¿Cómo podemos ayudar a nuestros difuntos?


La oración por los difuntos

Orar por los difuntos es una obra de misericordia y un acto de justicia y caridad. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón? Una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos, y que sigue siendo también hoy una experiencia consoladora, es que el amor puede llegar hasta el más allá; que es posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto, más allá del confín de la muerte.

El cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino que también hace eficaz su intercesión en nuestro favor. «No dudemos, pues,  en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo).

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos, cuyo número es incalculable (Cf. Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros.

La mejor ayuda a nuestros difuntos:
Misas e indulgencias

Dado que nadie conoce el estado en que una persona muere, la Iglesia celeste y la que peregrina en el mundo interceden por los difuntos para que alcancen la perfección necesaria para ver a Dios. La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, siempre ha honrado la memoria de los difuntos y ha enseñado que, por el misterio de la comunión de los santos, podemos ayudar a nuestros difuntos —las almas del Purgatorio—, pues después de la muerte ya no pueden merecer para sí mismos, mediante la oración, las limosnas, los sacrificios y obras de penitencia, las indulgencias en su favor y especialmente ofreciendo por ellos la Santa Misa pidiendo por el perdón de sus pecados y su eterno descanso, y agradeciendo los beneficios que recibieron en vida, «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (Cf. 2 M 12, 45). De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros, mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. El cristiano no teme el trance de la muerte ni la purificación que viene tras ella, pues es obra del amor de Dios que perfecciona a su criatura.

Para entender el sentido de la oración en sufragio por los difuntos y de las Indulgencias es preciso que previamente creamos en la existencia del Purgatorio. Pero no podremos entender la doctrina sobre el Purgatorio si no somos conscientes de los daños que causa el pecado y del misterio del perdón misericordioso de Dios. Por eso, vayamos por partes.

Pecado, culpa y penas

Pecado es toda desobediencia voluntaria a la Ley de Dios. Es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Es una ofensa a Dios que lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.

Todo pecado tiene una doble dimensión: es ofensa a Dios (culpa) y tiene consecuencias negativas para el mismo pecador, para los demás, para la Iglesia y para toda la creación (penas). 

Si la ofensa es grave —contra alguno de los diez Mandamientos—, y es cometida libremente (sabiéndolo y queriendo), el pecado es mortal —porque nos priva de la vida de la gracia— y comporta la ruptura de la comunión con Dios y, por consiguiente, la autoexclusión de la participación en la vida eterna —una verdadera autocondenación—, que es lo que llamamos “pena eterna“. Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno». Dios respeta hasta tal punto nuestra libertad que, salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Él. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra «infierno“. La enseñanza de la Iglesia sobre el infierno, no es para que vivamos asustados, sino un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno, y al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión.

Todo pecado, incluso venial (cuando la ofensa es leve, o falta el conocimiento o el consentimiento plenos), entraña apego desordenado a las criaturas, que es necesario purificar. Es lo que se llama “pena temporal“. Estas “penas”, no son, ni mucho menos, una especie de venganza o represalias de Dios, sino que son los daños causados por el mismo pecador (a si mismo, a los demás, a la Iglesia, a la naturaleza, etc.), y que necesitan de reparación y purificación.

Perdón, reparación y purificación

El perdón de los pecados —garantizado en el sacramento de la Reconciliación— entraña el perdón de la culpa —es decir, la restauración de la vida de gracia, de la comunión con Dios— y la remisión de la pena eterna de los pecado mortales, que realmente quedan cancelados. Pero las penas temporales —la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos— permanecen, al menos en parte: desórdenes, apegos, malos deseos e inclinaciones, heridas y cicatrices del alma que tienen necesidad de sanación, reparación y purificación, ya sea en nuestra vida en la tierra, ya sea después de la muerte. 

El pecador perdonado necesita ser progresivamente «sanado» de las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él (y que la tradición teológica llama «penas» y «restos» del pecado).  A primera vista, hablar de penas después del perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. Así, Dios, después de definirse «Dios misericordioso y clemente, (…) que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Cf. Ex 34, 6-7). En el segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David después de su grave pecado le alcanza el perdón de Dios (Cf. 2S 12,13), pero no elimina el castigo anunciado (Cf. 2S 12,11; 16,21). El amor paterno de Dios no excluye el castigo —purificación reparadora— dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (Cf. Hb 12,4-11). 

En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, está todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura a la gracia. Precisamente con vistas a una curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor. En este camino la misericordia de Dios le sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de «medicina» en la medida en que el hombre se deja interpelar para su conversión profunda. Éste es el significado de la «satisfacción» —cumplir la penitencia impuesta por el confesor— que requiere el sacramento de la penitencia.

Los cuatro modos de purificación interior

Nada impuro puede entrar en el cielo. Para ver a Dios hay que estar perfectamente purificado. El pecador perdonado puede necesitar una purificación ulterior, es decir, puede ser deudor de una pena temporal que ha de satisfacer en la vida terrena o en la otra vida. La misericordia de Dios nos ofrece cuatro modos de expiar las penas temporales merecidas por los pecados, tres en esta vida y uno en la eterna: 

  • 1.- por el cumplimiento de la penitencia impuesta en la confesión;
  • 2.- mediante distintas prácticas penitenciales voluntarias (ayunos y otras privaciones, limosnas y obras de misericordia y caridad, oración, soportar pacientemente las contrariedades, sufrimientos y pruebas de la vida y, finalmente, afrontando serenamente la muerte);
  • 3.- por el recurso a las indulgencias
  • 4.- y, después de la muerte, en el Purgatorio.

El Purgatorio

El Purgatorio —antesala del cielo— es la última y definitiva oportunidad de purificación que concede Dios misericordioso, antes de entrar en el cielo, a las almas que lo necesitan. Nuestra fe nos dice que los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, necesitan una purificación después de su muerte a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados.

Dios es tan puro y santo que al alma que se presentase ante Él estando aún ligada a los deseos y las penas derivadas del pecado, se le haría imposible disfrutar de la visión beatífica de Dios. Puede servir de ejemplo lo que sucede cuando pasamos bruscamente de la obscuridad total a la luz del sol, nuestros ojos se cierran instintivamente, y nos provocaría un verdadero dolor abrirlos de golpe, porque necesitamos un tiempo de acomodación a la luz. Así, las almas de los difuntos necesitan de un “tiempo” de purificación, el Purgatorio (purificatorio), fruto de la misericordia de Dios, donde somos limpiados y liberados de todo resto de pecado para así poder contemplar gozosamente el rostro infinitamente luminoso y santo de Dios. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, «como a través del fuego». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama. Los santos, partiendo de la propia experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos en contraste con el infinito amor de Dios, hablan de un camino de purificación del alma hacía la comunión plena con Dios, un sufrimiento purificador y expiatorio, como un fuego abrasador. Para salvarse es necesario atravesar este “fuego” en primera persona y así llegar a ser definitivamente capaces de Dios y poder tomar parte en la mesa del banquete nupcial eterno. El Purgatorio es el “lugar” de la purificación de las almas, pero no un lugar como si fuera un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra, no es un fuego exterior, sino interior. Este fuego interior que purifica, es el fuego interior del Purgatorio. El alma —ya salvada— es consciente del inmenso amor y de la perfecta justicia y santidad de Dios y, en consecuencia, sufre por no haber respondido de modo correcto y perfecto a ese amor, y por ello, el mismo amor a Dios se convierte en llama interior de amor que purifica de las escorias de sus pecados. En este estado, mediante purificaciones y curaciones, el alma madura para la comunión con Dios.

¿No son suficientes los méritos de Cristo
para salvarnos?

La pregunta es legítima: si el Purgatorio es ser purificado mediante el fuego en el encuentro personal con el Señor, Juez y Salvador, ¿cómo puede intervenir una tercera persona, por más cercana que sea a la otra? ¿No es suficiente lo que Cristo ha hecho ya por nosotros para salvarnos?

San Juan Pablo II nos dio la respuesta: Cristo, con su amor sobreabundante, nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: «Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia» (1,24). Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana.

Debemos caer en la cuenta de que ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil.

Un elemento importante del concepto cristiano de esperanza es que nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza para mí también. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal.

El verdadero tesoro de la Iglesia

Los méritos de valor infinito de Jesús, Divino Redentor del género humano, y los méritos de la Santísima Virgen María y de todos los santos, constituyen el indefectible tesoro de la Iglesia de Cristo y han sido confiados a ésta en virtud de la potestad de atar y desatar que el mismo Fundador de la Iglesia confirió a Pedro y a los otros Apóstoles, y, a través de ellos, a sus sucesores, el Sumo Pontífice y los Obispos, para que sean aplicados en remisión de los pecados y de sus consecuencias.

¿Qué son las indulgencias?

La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual —como administradora de la redención— distribuye y aplica el tesoro de los méritos de Cristo y de los Santos.

La indulgencia puede ser parcial o plenaria, según libere en parte o totalmente de la pena temporal debida por los pecados.

Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias, pero no son aplicables a otras personas vivas en la tierra.

La doctrina de la fe sobre la indulgencia y la práctica laudable de ésta confirman los misterios tan profundamente consoladores del Cuerpo místico de Cristo y de la comunión de los santos, y con gran eficacia contribuyen a la consecución de la santidad de los fieles. Con el don de la indulgencia se estimula a los fieles cristianos a realizar determinadas obras de piedad, de caridad y de penitencia, y se les induce también a unirse más íntimamente por la caridad a Cristo cabeza y al Cuerpo de la Iglesia.

¿Cómo se ganan las indulgencias?

En general, para lucrar las indulgencias hace falta cumplir determinadas condiciones y realizar determinadas obras.

Para lucrar las indulgencias, tanto plenarias como parciales, es preciso que el fiel se halle en estado de gracia, al menos antes de cumplir las últimas exigencias de la obra indulgenciada.

Para conseguir la indulgencia plenaria, además del estado de gracia, es necesario

  • — un desapego total del pecado, incluso venial;
  • confesión sacramental;
  • — recibir la sagrada Comunión 
    (es mejor recibirla participando en la santa Misa,
    pero para la indulgencia sólo es necesaria la sagrada Comunión);
  • — oración por las intenciones del Romano Pontífice.

Las condiciones pueden cumplirse unos veinte días antes o después de la ejecución de la obra prescrita. No obstante, es conveniente, pero no necesario, que la confesión sacramental, y especialmente la sagrada Comunión y la oración por las intenciones del Papa, se hagan el mismo día en que se realiza la obra indulgenciada. La oración según la mente del Papa queda a elección de los fieles, pero se sugiere un «Padrenuestro» y un «Avemaría». 

Para varias indulgencias plenarias basta una confesión sacramental, pero para cada indulgencia plenaria se requiere una distinta sagrada Comunión y una distinta oración según la mente del Santo Padre. Si falta la plena disposición, o si no se cumplen las condiciones antedichas, la indulgencia será sólo parcial.

Para ganar una indulgencia parcial se requiere la ejecución de la obra y, como mínimo, la contrición del corazón. Al fiel cristiano que, al menos arrepentido interiormente, realiza una obra enriquecida con indulgencia parcial, se le concede, por medio de la Iglesia, una remisión de la pena temporal equivalente a la que ya recibe él mismo con su acción.

Si para obtener indulgencia se requiere la recitación de unas preces, de una letanía o de un oficio parvo, los textos siempre tienen que haber sido aprobados por la autoridad eclesiástica competente. Asimismo, la recitación de ellas, como también la visita a un lugar sagrado, el ejercicio de una obra de piedad o el uso de un objeto sagrado, deben llevarse a efecto con devoción y afecto piadoso del corazón.

La indulgencia plenaria sólo puede ganarse una vez al día; la indulgencia parcial puede ganarse varias veces al día. Sin embargo, se podrá alcanzar indulgencia plenaria in articulo mortis, aunque el mismo día se haya ganado ya otra indulgencia plenaria.

Una obra que deba cumplirse por ley o por precepto (por ejemplo: la Misa dominical, el ayuno del miércoles de ceniza o la abstinencia en cuaresma, etc.) no tiene indulgencia añadida. La participación en el Sacrificio de la Misa y en los Sacramentos, debido a su altísima eficacia en cuanto a «la santificación y la purificación», no tienen indulgencias añadidas. Pero el que cumple una obra impuesta como penitencia sacramental, y que al mismo tiempo está indulgenciada (por ejemplo: dar una limosna, visita al Santísimo, rezar el Rosario, etc), puede satisfacer la penitencia y ganar las indulgencias al mismo tiempo

Los confesores pueden conmutar tanto la obra prescrita como las condiciones, en favor de aquellos que, debido a un legítimo impedimento, no pueden ponerlas en práctica.

Cuatro concesiones generales
de indulgencia parcial

Cada una de las cuatro concesiones generales abarca varias obras del mismo género y recuerdan al fiel cristiano que debe impregnar de espíritu cristiano las acciones que entretejen la vida cotidiana, y que en su estado de vida debe tender a la perfección de la caridad. 

Estos determinados actos, debido a la fragilidad humana, no son frecuentes. Y si hay alguien tan diligente y fervoroso que multiplica estos actos muchas veces a lo largo del día, merece —además de un copioso aumento de gracia— una más amplia remisión de la pena, y, por su caridad, puede ayudar a las almas del purgatorio.

  1. Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que, en el cumplimiento de sus obligaciones y en el sufrimiento de las dificultades de la vida, eleva su alma a Dios con humilde confianza, añadiendo —aunque sólo sea mentalmente— alguna piadosa invocación.
  2. Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que, movido por el espíritu de fe, pone su persona o sus bienes, con sentimientos de misericordia, al servicio de los hermanos necesitados.
  3. Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que, con espíritu de penitencia, se priva voluntariamente de alguna cosa lícita y agradable.
  4. Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que, en circunstancias particulares de la vida cotidiana, dé testimonio explícito de la fe ante los demás.

Indulgencias plenarias
que se pueden ganar diariamente:

Pueden ganarse indulgencias plenarias todos los días del año, una vez cada día:

  • —la adoración del Santísimo Sacramento durante al menos media hora;
  • —el piadoso ejercicio del Via Crucis;
  • —el rezo del Rosario (o del himno Akhátistos) en una iglesia o un oratorio, o en familia, y siempre que varios fieles se reúnan para ello;
  • —la piadosa lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora.

Indulgencias específicas por los fieles difuntos

1. Se concede indulgencia plenaria, aplicable solamente a las Almas del Purgatorio, al fiel cristiano que:

  • 1. en cada uno de los días del 1 al 8 de noviembre visite devotamente el cementerio y haga oración por los difuntos, aunque sea solo mentalmente;
  • 2. en el día de la Conmemoración de los fieles difuntos o en el día de la solemnidad de Todos los Santos visite una iglesia u oratorio y rece un Padrenuestro y un Credo.

2. Se concede indulgencia parcial, aplicable solamente a las Almas del Purgatorio, al fiel cristiano que:

  • 1. visite devotamente el cementerio y haga oración por los difuntos, aunque sea solo mentalmente;
  • 2. que rece piadosamente Laudes y Vísperas del Oficio de difuntos o la invocación “Dales, Señor, el descanso eterno”:

Indulgencias plenarias para los fieles difuntos
en la actual situación de pandemia

Este año, en las circunstancias actuales debidas a la pandemia del “covid-19”, las indulgencias plenarias para los fieles fallecidos se prorrogarán durante todo el mes de noviembre, con la adecuación de las obras y condiciones para garantizar la seguridad de los fieles y para evitar las aglomeraciones donde están prohibidas:

  • a.- La indulgencia plenaria para los que visiten un cementerio y recen por los difuntos aunque sólo sea mentalmente, establecida por regla general sólo en días concretos del 1 al 8 de noviembre, podrá ser trasladada a otros días del mismo mes hasta que acabe. Estos días, elegidos libremente por los fieles, también pueden ser independientes entre sí.
  • b.- la indulgencia plenaria del 2 de noviembre, establecida con ocasión de la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos para los que visiten piadosamente una iglesia u oratorio y reciten allí el “Padre Nuestro” y el “Credo”, puede ser transferida no sólo al domingo anterior o posterior o al día de la solemnidad de Todos los Santos, sino también a otro día del mes de noviembre, libremente elegido por cada uno de los fieles.

Los ancianos, los enfermos y todos aquellos que por motivos graves no puedan salir de casa, por ejemplo a causa de las restricciones impuestas por la autoridad competente para el tiempo de la pandemia, con el fin de evitar que numerosos fieles se aglomeren en los lugares sagrados, podrán obtener la indulgencia plenaria siempre que se unan espiritualmente a todos los demás fieles, completamente desapegados del pecado y con la intención de cumplir cuanto antes las tres condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), ante una imagen de Jesús o de la Santísima Virgen María, recen oraciones piadosas por los difuntos, por ejemplo, laudes y vísperas del Oficio de Difuntos, el rosario mariano, la corona de la Divina Misericordia, otras oraciones por los difuntos más apreciadas por los fieles, o se dediquen a la lectura meditada de alguno de los pasajes del Evangelio propuestos por la liturgia de los difuntos, o realicen una obra de misericordia ofreciendo a Dios los dolores y las dificultades de su propia vida.

Indulgencias especiales a los fieles que sufren la enfermedad del Covid-19, a los trabajadores de la salud, a los familiares y a los que los cuidan.

Se concede la Indulgencia plenaria a los fieles enfermos de Coronavirus, sujetos a cuarentena por orden de la autoridad sanitaria en los hospitales o en sus propias casas si, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se unen espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Santa Misa, al rezo del Santo Rosario, o del himno Akàthistos a la Madre di Dios, a la práctica piadosa del Vía Crucis, o del Oficio de la  Paràklisis a la Madre de  Dios o a otras oraciones de las respectivas tradiciones orientales, u otras formas de devoción, o si al menos rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), apenas les sea posible.

Los agentes sanitarios, los familiares y todos aquellos que, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, exponiéndose al riesgo de contagio, cuidan de los enfermos de Coronavirus según las palabras del divino Redentor: “Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13), obtendrán el mismo don de la Indulgencia Plenaria en las mismas condiciones.

Esta Penitenciaría Apostólica, además, concede de buen grado, en las mismas condiciones, la Indulgencia Plenaria con ocasión de la actual epidemia mundial, también a aquellos fieles que ofrezcan la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o del himno Akàthistos a la Madre di Dios, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, o el Oficio de la  Paràklisis a la Madre de  Dios u otras formas de las respectivas tradiciones orientales de pertenencia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí.

La Iglesia reza por los que estén imposibilitados de recibir el sacramento de la Unción de los enfermos y el Viático, encomendando a todos y cada uno de ellos a la Divina Misericordia en virtud de la comunión de los santos y concede a los fieles la Indulgencia plenaria en punto de muerte siempre que estén debidamente dispuestos y hayan rezado durante su vida algunas oraciones (en este caso la Iglesia suple a las tres condiciones habituales requeridas). Para obtener esta indulgencia se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz.

Un pensamiento en “¿Cómo podemos ayudar a nuestros difuntos?

  1. A.

    La festividad de los fieles difuntos, se celebrò el pasado dìa 2 de noviembre. No obstante, el mes completo, sigue dedicado a los que se marcharon. No deberíamos contentarnos, con aplicar la Santa Misa, solamente el dìa oficial en que se conmemora(Y que conste que es bueno que se haga). Tendríamos que tenerlos mas presentes. Ellos lo fueron todo para cada uno de nosotros. Compartimos años de nuestra vida a su lado, y creo que se merecen mucho màs. El Padre Antonio, ha dado un compendio de todo lo que se puede hacer por ellos. Lo que hace falta es que lo hagamos, y ,muchas veces. Oraciones, rosarios, aplicación de la santa misa, indulgencias, limosnas, sacrificios, confesiones, arrepentimientos y en resumen obrar bien, de acuerdo con lo que Dios nos pide a cada uno. Querer a los difuntos, es también querer y amar a Dios, y a todos los que aùn peregrinamos, a la espera de un dia reunirnos juntos al Padre, en el Cielo, y para ello, estamos en un momento ideal para comenzar esa tarea. Los amaba mucho, no, los sigo amando, como Dios nos ama a todos.

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