Archivos Mensuales: julio 2007

DOMINGO XVII ORDINARIO “C”


«Orad así: Padrenuestro…»

Gn 18, 20-32: No se enfade mi Señor, si sigo hablando.

Sal 137, 1–8: Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste

Col 2,12-14: Os dio la vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados.

Lc 11,1-13: Pedid y se os dará.


I. LA PALABRA DE DIOS

La confiada insistencia de Abrahán, cuando intercedía por las ciudades condenadas de Sodoma y Gomorra, halló eco en la paciente condescendencia de Dios.

La segunda lectura expone cómo el misterio Pascual de Cristo se actualiza en el Bautismo y su poder regenerador se aprovecha mediante la fe.

La catequesis de Jesús sobre la oración tiene dos partes. En la primera enseña la plegaria modélica, el «Padre nuestro»; en la segunda expone las condiciones de la oración cristiana: constancia y confianza en la buena disposición de Dios Padre hacia su Hijo.

El evangelio nos recuerda algo esencial en la vida del cristiano: el trato de intimidad con nuestro Padre. Puesto que somos hijos de Dios, la tendencia y el impulso es a tratar familiarmente con el Padre. La oración, por tanto, no es un lujo, sino una necesidad; no es algo para privilegiados, sino ofrecido por gracia a todos; no es una carga, sino un gozo. Los discípulos se ven atraídos precisamente por esa familiaridad que Jesús tiene con el Padre. Viendo a Jesús en oración, le dicen: «Enséñanos a orar».

Esta intimidad desemboca en confianza. Jesús quiere despertar sobre todo esta confianza: «Si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial…!»

Si el amigo egoísta cede ante la petición del inoportuno, ¡cuánto más Él, que es el gran Amigo que ha dado hasta su vida por nosotros! Pero esta confianza sólo crece sobre la base del conocimiento de Dios. Lo mismo que un niño confía en sus padres en la medida en que conoce y experimenta su amor, así también el cristiano delante de Dios.

La certeza de «pedid y se os dará» está apoyada en el «¡cuánto más vuestro Padre celestial!» Por tanto, en el fondo, el evangelio nos está invitando a mirar a Dios, a tratarle de cerca para conocerle, a dejarnos sorprender por su grandeza, por su infinita generosidad, por su poder irresistible, por su sabiduría que nunca se equivoca. Sólo así crecerá nuestra confianza y podremos pedir con verdadera audacia, con la certeza de ser escuchados y de recibir lo que pedimos. Sólo así nuestras oraciones no serán palabras lanzadas al aire en un monólogo solitario.

La oración es parte integrante de la vida cristiana, pero ¿Sabemos orar? Jesús enseña a los discípulos a hablar con Dios en espíritu y verdad: el Padre Nuestro, y les exhorta a las actitudes del que ora en verdad. La confianza sencilla y fiel, y la seguridad humilde y alegre son las disposiciones propias del que reza el Padre Nuestro.

Revisemos la frecuencia en el rezo del Padrenuestro. ¿Se está perdiendo su uso? Revisemos la calidad en el rezo del Padrenuestro ¿Es una rutina? Revisemos, sobre todo, las disposiciones interiores en el rezo del Padre nuestro.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El «padrenuestro»,
resumen de todo el Evangelio
(2759-2776).

En el Padrenuestro el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental. San Lucas da de ella un texto breve con cinco peticiones (Lc 11, 2‑4), San Mateo nos transmite una versión más desarrollada con siete peticiones (Mt 6, 9‑13). La tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de San Mateo.

El Padrenuestro es el corazón de las Sagradas Escrituras. Se llama “oración dominical” porque nos viene del Señor Jesús, Maestro y modelo de nuestra oración. Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico. Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre.

La oración dominical es la oración por excelencia de la Iglesia. Las primeras comunidades recitaban la Oración del Señor tres veces al día, en lugar de las “Dieciocho bendiciones” de la piedad judía. Forma parte integrante de las principales Horas del oficio divino (Laudes y Vísperas) y de la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Inserta en la Eucaristía, manifiesta el carácter escatológico de sus peticiones, en la esperanza del Señor, “hasta que venga“.

Las siete peticiones
(2777-2865).

El Padre Nuestro consta de siete peticiones. Las tres primeras tienen por objeto la Gloria del Padre. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos.

Podemos invocar a Dios como “Padre” porque así nos lo ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en quien, por el Bautismo, somos incorporados y adoptados como hijos de Dios.

«Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios “Padre nuestro”, de que debemos comportarnos como hijos de Dios» (San Cipriano). «No pueden llamar Padre al Dios de toda bondad si mantienen un corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tienen en ustedes la señal de la bondad del Padre celestial» (San Juan Crisóstomo). «Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma» (San Gregorio de Nisa).

«El Señor nos enseña a orar en común por todos nuestros hermanos. Porque Él no dice “Padre mío” que estás en el cielo, sino “Padre nuestro“, a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el cuerpo de la Iglesia» (San Juan Crisóstomo). El adjetivo “nuestro” al comienzo de la Oración del Señor, así como el “nosotros” de las cuatro últimas peticiones no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad, debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros. Los bautizados no pueden rezar al Padre “nuestro” sin llevar con ellos ante Él a todos aquéllos por los que el Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra Oración tampoco debe tenerla.

La expresión “que estás en el cielo” no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, es la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos.

Al decir “Santificado sea tu Nombre” pedimos que el Nombre de Dios sea reconocido y tratado como santo por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada hombre.

Al decir “Venga a nosotros tu reino” pedimos principalmente el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También pedimos por el crecimiento del Reino de Dios, sirviendo a la verdad, a la justicia y a la paz, en el “hoy” de nuestras vidas.

Al pedir “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” pedimos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, realizar su plan de salvación, para la vida del mundo.

Al pedir “Danos hoy nuestro pan de cada día”, al decir “danos” queremos expresar, en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre del cielo; “nuestro pan” designa los alimentos y bienes terrenos necesarios para la subsistencia de todos y significa también el “Pan de Vida”: la Palabra de Dios y la Eucaristía.

Al pedir “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” imploramos la misericordia de Dios para nuestros pecados, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos querido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo.

Al pedir “No nos dejes caer en la tentación”, pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

Al pedir “Y líbranos del mal”, pedimos a Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria, ya conquistada por Cristo, sobre “el príncipe de este mundo”, sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación. Pedimos también que seamos liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros, de los que el Maligno es autor o instigador.

El “Amén” final del Padre Nuestro significa nuestro “fiat”, “hága­se”, es decir, cúmplanse las siete peticiones: “Así sea”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La oración dominical es la más perfecta de las Oraciones. En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad» (Santo Tomás de Aquino).

«La oración dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio. Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor, que sigue siendo la oración fundamental» (Tertuliano).

«Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Padre nuestro,
padre de todos,
líbrame del orgullo
de estar solo

No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor

No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no

Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre “nosotros”,
incluso si dice “yo”.

DOMINGO XVI ORDINARIO “C”


«Marta le recibió en su casa»

Gn 18,1-10a: Señor, no pases de largo junto a tu siervo.

Sal 14, 2-5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Col 1,24-28: El misterio que Dios ha tenido escondido, lo ha revelado ahora a su pueblo santo.

Lc 10,38-42: Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor.


I. LA PALABRA DE DIOS

El deber de la hospitalidad está fuertemente arraigado entre los pueblos de Oriente Medio desde la antigüedad; Abraham en el episodio de Mambré, recibió a Dios al acoger a esos tres misteriosos huéspedes.

El Apóstol completa en su carne los dolores de Cristo a medida que va anunciando el Evangelio y surgen contradicciones y divisiones. La buena noticia, escondida antes, es la plena incorporación de los gentiles a la Iglesia.

Jesús era recibido con frecuencia y agrado en la casa de Marta y de María. Allí enseñó a preferir sobre todas las cosas la escucha de su Palabra y la amistosa cercanía a su Persona.

«Sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra». La actitud de María resume perfectamente la postura de todo discípulo de Jesús. «A los pies del Señor», es decir, humildemente, en obediencia, en sometimiento amoroso a Cristo, consciente de que Él es el Señor; no como quien toma apuntes para preparar sus propias palabras, sino como quien se deja instruir dócilmente, más aún, se deja modelar por la Palabra de Cristo. Y ello en atención permanente al Maes­tro, en una escucha amorosa y continua, pen­diente de sus labios, como quien vive de «toda palabra que sale de la boca de Dios».

«Sólo una cosa es necesaria». Son palabras para todos, no las dijo Jesús sólo para las monjas de clausura. Y, si sólo una cosa es necesaria, quiere decir que las demás no lo son. Pero, por desgracia, ¡nos enredamos en tantas cosas que nos hacen olvidarnos de la única necesaria y nos tienen inquietos y nerviosos! Y lo peor es que, como en el caso de Marta, muchas veces se trata de cosas buenas. Las palabras de Jesús sugieren que nada debe inquietarnos ni distraernos de su presencia y que, en medio de las tareas que Dios mismo nos encomienda, hemos de permanecer a sus pies, atentos a Él y pendientes de su palabra.

Esta actitud de María, la hermana de Marta, se realiza admirablemente en la otra María, la Madre de Jesús. Ella es la perfecta discípula de Jesús, siempre pendiente de los labios de su Maestro, totalmente dócil a su palabra, flechada hacia lo único necesario.

El primer mandamiento de Dios es amarle sobre todas las cosas. Él es el único importante. Este es el mandamiento más combatido actualmente en una sociedad que quiere implantar el agnosticismo y el laicismo: pensar, actuar y legislar como si Dios no existiera.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El primer mandamiento:
Adorarás al Señor tu Dios, y le servirás
(2086-2094).

El primero de los preceptos abarca la fe, la esperanza y la caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable, siempre el mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se sigue que nosotros debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en Él una fe y una confianza completas. El es todo­poderoso, clemente, infinitamente inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría no poner en Él todas sus esperanzas? ¿Y quién podrá no amarlo contemplando todos los tesoros de bondad y de ternura que ha derramado en nosotros? De ahí esa fórmula que Dios emplea en la Sagrada Escritura tanto al comienzo como al final de sus preceptos: «Yo soy el Señor».

Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo habla de la «obediencia de la fe» como de la primera obligación. Hace ver en el “desconocimiento de Dios” el principio y la explicación de todas las desviaciones morales. Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él.

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella.

Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios; es también el temor de ofender el amor de Dios y de provocar su castigo.

Un grave pecado contra la esperanza es la “presunción”: o bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito).

La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él.

A Él sólo darás culto
(2095 – 2105, 2135).

Las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, informan y vivifican las virtudes morales. Así, la caridad nos lleva a dar a Dios lo que en toda justicia le debemos en cuanto criaturas. La virtud de la religión nos dispone a esta actitud.

Adorar a Dios, orar a Él, ofrecerle el culto que le corresponde, cumplir las promesas y los votos que se le han hecho, son todos ellos actos de la virtud de la religión que constituye la obediencia al primer mandamiento.

La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso.

Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la nada de la criatura, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo.

La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.

La oración: Los actos de fe, esperanza y caridad que ordena el primer mandamiento se realizan en la oración. La elevación del espíritu hacia Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios: oración de alabanza y de acción de gracias, de intercesión y de súplica.

La oración es una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios.

El sacrificio: Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración y de gratitud, de súplica y de comunión.

El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior o sin relación con el amor al prójimo. Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: «Misericordia quiero, que no sacrificio».

El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación. Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios.

Promesas y votos: En varias circunstancias, el cristiano es llamado a hacer promesas a Dios. El bautismo y la confirmación, el matrimonio y la ordenación las exigen siempre. Por devoción personal, el cristiano puede también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto a la Majestad divina y de amor hacia el Dios fiel.

El voto, es decir, la promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor, debe cumplirse por la virtud de la religión. El voto es un acto de devoción en el que el cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena. Por tanto, mediante el cumplimiento de sus votos entrega a Dios lo que le ha prometido y consagrado.

La Iglesia reconoce un valor ejemplar a los votos de practicar los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia). La santa Iglesia se alegra de que haya en su seno muchos hombres y mujeres que siguen más de cerca y muestran más claramente el anonadamiento de Cristo, escogiendo la pobreza con la libertad de los hijos de Dios y renunciando a su voluntad propia. Estos, pues, se someten a los hombres por Dios en la búsqueda de la perfección más allá de lo que está mandado, para parecerse más a Cristo obediente.

El derecho a la libertad religiosa
(2005 – 2006)

El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo. Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive. Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica. Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo. La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas.

En materia religiosa, ni se puede obligar a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le puede impedir que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo o asociado con otros. Este derecho se funda en la naturaleza misma de la persona humana, cuya dignidad le hace adherirse libremente a la verdad divina, que trasciende el orden temporal.

El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de adherirse al error, ni un supuesto derecho al error, sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en materia religiosa por parte del poder político. Este derecho natural debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad de manera que constituya un derecho civil.

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Un alma abrasada de amor no puede permanecer inactiva. Ciertamente, a imitación de María Magdalena, permanece a los pies de Jesús escuchando su dulce e inflamada palabra. Y aunque parece no dar nada, da mucho más que Marta… Todos los santos lo entendieron así» (Sta. Teresa de Lisieux).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizá con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro valle! Amén.

DOMINGO XV ORDINARIO “C”


«Cúmplelo»

Dt 30, 10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo

Sal 68, 14 – 37: Buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón

Col 1,15-20: Todo fue creado por él y para él

Lc 10,25-37: ¿Quién es mi prójimo?


I. LA PALABRA DE DIOS

La carta a los Colosenses es una de las «cartas de la cautividad» escrita por S. Pablo en una de sus frecuentes detenciones en prisión. El tema fundamental: la primacía absoluta de Cristo en el universo y en la Iglesia.

Los principales, mandamientos del Señor inscritos en el corazón del hombre son los que se recuerdan en el Decálogo. Hacen felices al hombre.

La parábola del Buen Samaritano invita a plantearse con seriedad el amor al prójimo. Cumplir la voluntad de Dios es la vida cristiana y el centro de la oración. En el mandamiento doble del amor a Dios y al prójimo se resume todo. Pero no para cumplirlo externamente. Es tan conocido este mandamiento del amor que puede darse fácilmente por cumplido. Hoy se nos llama la atención para no caer en esa actitud conformista, pasiva y farisaica.

«Dio un rodeo y pasó de largo». Hay tantas formas de pasar de largo… Y lo peor es cuando además las enmascaramos con justificaciones «razonables»: «No tengo tiempo», «los pobres engañan», «ya he hecho todo lo que podía…» O peor aún: «hoy día ya no hay pobres». Es exactamente dar un rodeo –aunque sea muy elegante– y pasar de largo. Lo que hicieron el sacerdote y el levita. Y, sin embargo, el pobre es Cristo, que nos espera ahí, que nos sale al encuentro bajo el ropaje del mendigo: «tuve hambre… estuve enfermo… estuve en la cárcel».

«Se compadeció de él». Este es el secreto. El verdadero cristiano tiene entrañas de misericordia. No sólo ayuda: se compadece, se duele del mal del otro, sufre con él, comparte su suerte… Y porque tiene entrañas de misericordia llega hasta el final, no se conforma con los «primeros auxilios»; lo toma a su cargo, como cosa propia; y eso que era un desconocido, un extranjero –incluso de un país enemigo, pues «los judíos no se trataban con los samaritanos»–. «Señor, danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana».

El buen samaritano es Cristo. Es Él quien «siente compasión, pues andaban como ovejas sin pastor». Es Él quien no sólo nos ha encontrado «medio muertos», sino completamente «muertos por nuestros pecados» (Ef 2,1). Es Él quien se nos ha acercado y nos ha vendado las heridas derramando sobre nosotros el vino de su sangre. Es Él quien nos ha liberado de las manos de los bandidos… «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» «Anda, haz tú lo mismo».

Jesús no vino a anular la Ley del Decálogo, la amplió y espiritualizó. Los mandamientos de Dios, expresión de su voluntad, están muy cerca, inscritos en el corazón humano, escritos en el decálogo, llevados a plenitud en su vida y predicación por Jesús…y sin embargo hay que meditarlos y profundizar sobre ellos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los Diez mandamientos
(2052 – 2082)

Por su modo de actuar y su predicación, Jesús ha atestiguado el valor perenne del Decálogo. La Ley no es abolida por Cristo, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta.

Jesús recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la «justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos», así como la de los paganos. Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos: «han oído que se dijo a los antepasados: No matarás… Pues yo les digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal».

Cuando le hacen la pregunta: «¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?», Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley: El apóstol S. Pablo lo recuerda: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robaras, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 8‑10).

La palabra “Decálogo” significa literalmente “diez palabras”. Estas “diez palabras” Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Pero su pleno sentido será revelado en la nueva Alianza en Jesucristo. Las “diez palabras”, indican las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un camino de vida.

Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.

Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo.

El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las “diez palabras” remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.

Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios. Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la “ley natural”.

Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto de las exigencias de la ley natural, la humanidad pecadora necesitaba esta revelación. Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la conciencia moral.

Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano.

Dios hace posible por su gracia lo que manda. Jesús dice: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada». El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida hecha fecunda por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. «Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo les he amado».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo» (S. Ireneo).

«En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del obscurecimiento de la luz de la razón y de la desviación de la voluntad» (S. Buenaventura).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Sólo desde el amor
la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas

Desde el cimiento mismo
del corazón despierto,
desde la fuente clara
de las verdades últimas

Ver al hombre y al mundo
con la mirada limpia
y el corazón cercano,
desde el solar del alma

Tarea y aventura:
entregarme del todo,
ofrecer lo que llevo,
gozo y misericordia

Aceite derramado
para que el carro ruede
sin quejas egoístas,
chirriando desajustes

Soñar, amar, servir,
y esperar que me llames,
tú, Señor, que me miras,
tú que sabes mi nombre

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén