Archivos Mensuales: marzo 2019

31 de marzo de 2019: DOMINGO IV DE CUARESMA “C”


«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»

Jos 5, 9a. 10-12: El pueblo de Dios celebra la Pascua al entrar en la tierra prometida
Sal 33, 2-7: Gustad y ved qué bueno es el Señor
2 Co 5, 17-21: Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo
Lc 15, 1-3. 11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

I. LA PALABRA DE DIOS

Esta parábola, tan conocida, quiere movernos al arrepentimiento, poniéndolo en su sitio, es decir, en relación a Dios.

El pecado no es solamente hacer cosas malas o faltar a una ley. A las ideas judías de justicia y pecado, obediencia o desobediencia a las órdenes del Padre, muy presentes en el hijo mayor de la parábola –«te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya»–, Jesús opone otro modo de ver las relaciones del hombre con Dios: la rectitud consiste en comportarse como hijo y el pecado en dejar de proceder como tal; por esto, el hijo menor se aleja del Padre y de su casa. Esto equivale a morir y el retorno a vivir –«estaba muerto y ha revivido»–. El pecado es despreciar el amor infinito del Padre, marcharse de su casa, vivir por cuenta propia. Es, en definitiva, no vivir como hijo del Padre y, por tanto mal-vivir. De ahí que el muchacho de la parábola que se marcha alegremente, pensando ser libre y feliz, acabe pasando necesidad y muriendo de hambre. Ha perdido su dignidad de hijo y experimenta un profundo vacío.

Lo mismo el arrepentimiento. El perdón de Dios no alcanza al hombre, mientras éste no se vuelva a Él, mientras no se arrepienta, porque Dios no puede menos que respetar la libertad de la criatura. Pero sólo es posible convertirse de verdad cuando uno se siente desconcertado por el amor de Dios Padre, al que se ha despreciado: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». Precisamente «contra ti»: la conciencia de haber rechazado tanto amor y a pesar de todo seguir sabiéndonos amados por aquél a quien hemos ofendido es lo único que puede movernos a contrición. Y junto a ello, la experiencia del envilecimiento al que nos ha conducido nuestro pecado, la situación calamitosa en que nos ha dejado.

Igualmente, el perdón es fruto del amor del Padre, que se conmueve y sale al encuentro de su hijo, que se alegra de su vuelta y le abraza, que hace fiesta. La misericordia y la alegría de Dios Padre son los dos rasgos más destacados por S. Lucas. Este perdón devuelve al hijo la dignidad perdida. El pródigo recupera los privilegios del hijo: «el mejor traje» (más exactamente «el primer traje»); el anillo y las sandalias, propios de los hombres libres; y se le festeja con el ternero cebado, reservado para las grandes ocasiones. El Padre lo recibe con alegría de nuevo en la casa, en la intimidad del hogar. El suyo es un amor potente y eficaz que realiza una auténtica resurrección: «Este hijo mío estaba muerto y ha revivido».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La realidad del pecado
(386 – 387; 1856 – 1864; 1870 – 1876)

El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. La realidad del pecado sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente.

Cometer un pecado mortal es elegir deliberadamente, es decir, sabiéndolo y queriéndolo, una cosa gravemente contraria a la ley divina y al fin último del hombre. El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana contra el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es eliminado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la autoexclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno. Nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno.

La proliferación del pecado
(1865 – 1869)

El pecado, incluso venial, crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal, pero no puede destruir el sentido moral hasta su raíz.

Hay pecados que son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.

También existen «pecados que claman al cielo»: la sangre de Abel; el pecado de los sodomitas; el clamor del pueblo oprimido en Egipto; el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano; la injusticia para con el asalariado.

El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos: participando directa y voluntariamente; ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos; no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo; protegiendo a los que hacen el mal.

Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las «estructuras de pecado» son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal.

Un sacramento
para el perdón de los pecados
(986)

No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento, rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.

El pecado mortal, que ataca en nosotros el principio vital que es la caridad, necesita una nueva iniciativa de la misericordia de Dios y una conversión del corazón que se realiza ordinariamente en el marco del sacramento de la reconciliación.

Examen de conciencia
(1848)

Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. La gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón. Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

Dolor de los pecados
y propósito de enmienda
(1430 — 1433)

La llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Pero la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia.

La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables: la contrición, que es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar.

Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron.

Decir los pecados al confesor
(1455 – 1458)

Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.

La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia. En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente. Porque «si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora» (S. Jerónimo).

Sin ser estrictamente necesaria, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso.

Y cumplir la penitencia
(1459 — 1460)

Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo: restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. El pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer “algo más” para reparar sus pecados: debe “satisfacer” de manera apropiada o “expiar” sus pecados. Esta satisfacción se llama también “penitencia”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados; si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que Él ha hecho. Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas. El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la luz» (S. Agustín).

«Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No me pesa, Señor, haber faltado
por el eterno mal que he merecido,
ni me pesa tampoco haber perdido
el cielo como pena a mi pecado.

Pésame haber tus voces despreciado
y tus justos mandatos infringido,
porque con mis errores he ofendido
tu corazón, Señor, por mí llagado.

Llorar quiero mis culpas humillado,
y buscar a mis males dulce olvido
en la herida de amor de tu costado.

Quiero tu amor pagar, agradecido,
amándote cual siempre me has amado
y viviendo contigo arrepentido.

Amén.

24 de marzo de 2019: DOMINGO III DE CUARESMA “C”


«Fue a buscar fruto…
y no lo encontró»

Ex 3, 1-8a. 13-15: “Yo soy” me envía a vosotros
Sal 102, 1-11: El Señor es compasivo y misericordioso
1 Co 10, 1-6. 10-12: La vida del pueblo con Moisés en el desierto se escribió para escarmiento nuestro
Lc 13, 1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera

I. LA PALABRA DE DIOS

Los dos hechos trágicos del evangelio sirvieron a Jesús para iluminar un problema teológico: el del castigo de Dios a los pecadores, ya en este mundo. Jesús aclara que las desgracias –sean naturales o causadas por los hombres– no son necesariamente un castigo provocado por los pecados de quienes las padecen; pero sí que pueden ser un aviso: todos somos pecadores, todos necesitamos convertirnos.

Las lecturas de hoy nos presentan a un Dios justo y que castiga. La justicia es un atributo de Dios. No se trata de una justicia “vengadora”, sino de una justicia “purificadora”. Justicia y misericordia divinas se afirman en el Nuevo Testamento, en la profesión de fe de la Iglesia y en la experiencia cristiana de los fieles. La justicia de Dios supera nuestros esquemas de justicia. El castigo de Dios en este mundo se comprende como corrección pedagógica (castigar = hacer casto = purificar = corregir): Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? (Hb 12,7). Si Dios permite los males es para sacar de ellos mayores bienes (cf Rm 8,28; Hb 12, 5-11). El juicio en este mundo del Dios que nos ama ofrece un anticipo, sujeto a revisión, del juicio definitivo, porque el juicio de Dios en este mundo busca nuestra conversión. Hay que adherirse a los caminos de la providencia de Dios, que busca la purificación de nuestros corazones, bajo la sombra de la Cruz, en comunión con el Cristo paciente.

En el Evangelio, casi a la mitad de la Cuaresma, Cristo nos recuerda algo sumamente importante: tenemos el peligro de no convertirnos. La parábola de la higuera estéril lo pone de relieve con una fuerza sorprendente. La paciencia divina es ilimitada; pero nuestro tiempo tiene límite: hay que aprovechar este “ahora” para dar fruto que corresponda al arrepentimiento. Lo mismo que su amo a la higuera, Dios nos ha cuidado con cariño y con mimo. Más aún, en esta Cuaresma está derramando abundantemente su gracia. Pero ésta puede estar cayendo en vano, puede estar siendo rechazada y acabar siendo estéril en nosotros. ¿Encontrará Cristo frutos de conversión en nosotros esta Cuaresma?

«Déjala todavía este año». La parábola sugiere que este año puede ser el último. De hecho, será el último para mucha gente. No se trata de ponernos trágicos, sino de contemplar una posibilidad real. Puede no haber ya para nosotros más oportunidades de gracia. La conversión es urgente, de ahora mismo. Y retrasarla para otro año, para otra ocasión, es una manera de cerrarse a Cristo, de darle largas… Hay tantas maneras de decir “no”…

Llama la atención que precisamente san Lucas, el evangelista de la misericordia y la bondad de Jesús, traiga estas amenazas. «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». Pero si nos fijamos bien, estas advertencias también provienen de la misericordia. Advertirle a uno de un peligro es una forma principal de misericordia. Al llamarnos a la conversión, Cristo no sólo nos recuerda los bienes que nos va a traer la conversión, sino que nos abre los ojos ante los males que nos sobrevendrán si no nos convertimos. El amor apasionado que siente por nosotros le lleva a sacarnos de nuestro engaño.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Fe en los caminos de la Providencia
(309 – 314, 1488)

Si Dios es Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, y tiene cuidado de todas sus criaturas, entonces: ¿por qué existe el mal? A esta pregunta, tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa, no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.

Pero, ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” (en camino) hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección.

Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien.

Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: «No fuisteis vosotros –dice José a sus hermanos– los que me enviasteis acá, sino Dios… aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir… un pueblo numeroso» (Gn 45, 8; 50, 20). De el mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.

Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara”, nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (Descanso) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

A los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero.

Necesidad constante de conversión
(1425 – 1429)

La vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios. Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos.

Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa, al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del corazón contrito, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

Un sacramento para la conversión
(1422 – 1424)

Los que se acercan al sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él después del Bautismo.

Se le denomina sacramento de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión, la vuelta al Padre del que el hombre se había alejado por el pecado. Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador.

La conversión de la sociedad
(1886 – 1889)

La sociedad es indispensable para la realización de la vocación humana. Para alcanzar este objetivo es preciso que sea respetada la justa jerarquía de los valores que subordina las dimensiones “materiales e instintivas” del ser del hombre “a las interiores y espirituales”.

La inversión de los medios y de los fines, lo que lleva a dar valor de fin último a lo que sólo es medio para alcanzarlo, o a considerar las personas como puros medios para un fin, engendra estructuras injustas que hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana, conforme a los mandamientos del Legislador Divino.

Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Santo Tomás Moro, en la prisión poco antes de su martirio, consuela a su hija: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».

«Porque el Dios Todopoderoso, por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal» (S. Agustín).

Santa Catalina de Siena dice a los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede:«Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin».

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

La noche, el caos, el terror,
cuanto a las sombras pertenece
siente que el alba de oro crece
y anda ya próximo el Señor

El hombre estrena claridad
de corazón, cada mañana;
se hace la gracia más cercana
y es más sencilla la verdad

¡Oh la conciencia sin malicia!
¡La carne, al fin, gloriosa y fuerte!
Cristo de pié sobre la muerte,
y el sol gritando la noticia

Guárdanos tú, Señor del alba,
puros, austeros, entregados;
hijos de luz resucitados
en la Palabra que nos salva

Nuestros sentidos, nuestra vida,
cuanto oscurece la conciencia
vuelve a ser pura transparencia
bajo la luz recién nacida.

Amén.

17 de marzo de 2019: DOMINGO II DE CUARESMA “C”


«¡Maestro, qué bien se está aquí!»

Gn 15, 5-12. 17-18: Dios hace alianza con el fiel Abrahán
Sal 26, 1-14: El Señor es mi luz y mi salvación
Flp 3, 17-4, 1: Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso
Lc 9, 28b-36: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió

I. LA PALABRA DE DIOS

Comenzado el camino cuaresmal, la Iglesia nos presenta hoy a Cristo en su transfiguración –estrechamente vinculada al primer anuncio de la pasión y a la oración de Jesús–. Un acontecimiento indescriptible, pero que pone de relieve la hermosura de Cristo –«mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos»– y el enorme atractivo de su persona, que hace exclamar a Pedro «¡Qué hermoso es estar aquí!».

«Su rostro cambió». Su oración es la que transfigura a Jesús y lo hace aparecer con la luminosidad propia del Hijo de Dios. Transitoriamente, la apariencia humilde y cotidiana de Jesús se transformó, ante sus más íntimos, en irradiación de su gloria divina, inseparable de su Persona de Hijo de Dios.

«Qué bueno sería quedarnos aquí». Precipitadamente, Pedro habla en términos de estabilidad, de vida feliz, como si todo pudiera arreglarse sin la cruz; lo saca de sus fantasías la voz del Padre: «Éste es mi Hijo, mi elegido, escúchenlo».

Todo el esfuerzo de conversión en esta Cuaresma sólo tiene sentido si nace del encuentro con Cristo y de escuchar su voz. Pablo se convierte porque se encuentra con Jesús en el camino de Damasco. Pues, del mismo modo, nosotros no nos convertiremos a unas normas éticas, por elevadas que sean, sino a una persona viviente; tampoco por un conocimiento superficial, sino por un encuentro personal con Él. De ahí las palabras del salmo y de la antífona de entrada: «Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Se trata de mirar a Cristo y de dejarnos seducir por Él. De esta manera experimentaremos, como Pablo, que lo que nos parecía ganancia nos parece pérdida y la conversión se obrará con rapidez y facilidad.

La transfiguración nos da la certeza de que nuestra conversión es posible: «Él transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo». Si la conversión dependiera de nuestras débiles fuerzas, poco podríamos esperar de la Cuaresma. Pero el saber que depende de la energía poderosa de Cristo nos da la confianza y el deseo de lograrla, porque Cristo puede y quiere cambiarnos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Una visión anticipada del Reino:
La Transfiguración
(554 – 556)

En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. “Por el bautismo de Jesús fue manifestado el misterio de la primera regeneración: nuestro bautismo; la Transfiguración es el sacramento de la segunda regeneración: nuestra propia resurrección” (Santo Tomás). Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo». Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hch 14, 22).

Lo que confiesa la fe, los sacramentos lo comunican: por los sacramentos que les han hecho renacer, los cristianos han llegado a ser hijos de Dios, partícipes de la naturaleza divina. Por los sacramentos y la oración reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les capacitan para ello. Los cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una vida digna del Evangelio de Cristo.

La gracia transfigura ya a los hombres
(1996 – 2005)

La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria. Es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla.

La gracia santificante es un don habitual (permanente), una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios y de obrar por su amor. La gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

La transfiguración del bautizado por la oración
(2559 – 2565)

La oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él.

La transfiguración del bautizado por la vida moral
(1691 – 1698)

Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios” (San León Magno).

Cristo Jesús hizo siempre lo que agradaba al Padre. Vivió siempre en perfecta comunión con Él. De igual modo sus discípulos son invitados a vivir bajo la mirada del Padre que ve en lo secreto para ser perfectos como el Padre celestial es perfecto.

Incorporados a Cristo por el bautismo, los cristianos están muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, participando así en la vida del Resucitado. Siguiendo a Cristo y en unión con él, los cristianos pueden ser imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor, conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con los sentimientos que tuvo Cristo y siguiendo sus ejemplos.

Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios, santificados y llamados a ser santos, los cristianos se convierten en el templo del Espíritu Santo. Este Espíritu del Hijo les enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar para dar los frutos del Espíritu por la caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como hijos de la luz, por la bondad, la justicia y la verdad en todo.

El camino de Cristo lleva a la vida, un camino contrario lleva a la perdición. Es preciso caer en cuenta de la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación. Es importante destacar con toda claridad el gozo y las exigencias del camino de Cristo. La vida nueva en Él será: vida de gracia, pues por la gracia somos salvados, y también por la gracia nuestras obras pueden dar fruto para la vida eterna; vida en el Espíritu Santo, Maestro interior de la vida según Cristo, dulce huésped del alma que inspira, conduce, rectifica y fortalece esta vida; vivencia de las bienaventuranzas, porque el camino de Cristo está resumido en las bienaventuranzas, único camino hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón del hombre; viva conciencia de la gravedad del pecado y de la necesidad del perdón, porque sin reconocerse pecador, el hombre no puede conocer la verdad sobre sí mismo, condición del obrar justo, y sin el ofrecimiento del perdón no podría soportar esta verdad; cultivo de las virtudes humanas que haga captar la belleza y el atractivo de las rectas disposiciones para el bien; experiencia de las virtudes cristianas de fe, esperanza y caridad inspiradas en el ejemplo de los santos; práctica del doble mandamiento de la caridad desarrollado en el Decálogo; vida eclesial, pues en los múltiples intercambios de los bienes espirituales en la comunión de los santos es donde la vida cristiana puede crecer, desplegarse y comunicarse.

La referencia primera y última de esta vida nueva será siempre Jesucristo que es «el camino, la verdad y la vida». Contemplándole en la fe, los fieles de Cristo podemos esperar que Él realice en nosotros sus promesas, y que amándolo con el amor con que Él nos ha amado realicemos las obras que corresponden a nuestra dignidad.

La transformación de los deseos
(2520 – 2533; 2544 – 2550)

El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios y nos da desde ahora la capacidad de ver según Dios todas las cosas. La purificación del corazón es imposible sin la oración; la práctica de la castidad, que nos permite amar con un corazón recto e indiviso; la pureza de intención, que es afán por encontrar y realizar en todo la voluntad de Dios; la limpieza de mirada, exterior e interior; la disciplina de los sentidos y la imaginación; y el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros.

La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja. Porque su misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos sigue todavía para que, una vez sanados, seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin él no podemos hacer nada” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Transfigúrame, Señor, transfigúrame

Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado

Transfigúrame, Señor, transfigúrame

Mas no a mí solo,
purifica también
a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro

Transfigúranos, Señor, transfigúranos

Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo

Transfigúralos, Señor, transfigúralos

Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Amén.