Archivos Mensuales: septiembre 2010

DOMINGO XXVII ORDINARIO “C”


La fe mueve montañas

Hab l,2-3; 2,2-4:     El justo vivirá por su fe.

Sal 94, 1-9              Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

2 Tm l,6-8.13-14:    No tengan miedo de dar la cara por nuestro Señor.

Lc l7, 5-10:             ¡Si tuvierais fe…!

I. LA PALABRA DE DIOS

San Pablo, en la segunda carta a Timoteo, le recuerda el don del Espíritu que éste recibió en su ordenación como sucesor de los Apóstoles; espíritu de gobierno y de fortaleza para mantener con fidelidad el tesoro de la fe cristiana.

La frase del profeta Habacuc: «El justo vivirá por su fe», fue citada por S. Pablo como argumento fundamental en su carta a los Romanos. El Nuevo Testamento nos recuerda de múltiples maneras que la fe es el único camino para nuestra relación con Dios: «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11,6). Por eso mismo es la raíz y fundamento de toda la vida del cristiano. En el judaísmo estaba extendida la idea de que el cumplimiento mecánico de la Ley confería derechos ante Dios, lo que supone prácticamente poder salvarse a sí mismo. Sin embargo, la vida cristiana no se apoya en nuestros propios méritos. El hombre es incapaz de salvarse por su propio esfuerzo, toda “recompensa” de parte del Señor es “gracia” suya (don gratuito).

El Evangelio recoge la enseñanza de Jesús a sus discípulos sobre lo que define al creyente: un hombre de fe, que busca sólo y siempre hacer la voluntad de Dios. ¿Quién tiene esta fe? La fe es un don de Dios necesario para salvarnos, un don que hay que reconocer y por el que tenemos que darle gracias. Un don que hay que pedir con humildad: ¡Señor, «auméntanos la fe»! Un don que hay que conservar y acrecentar por la oración y los sacramentos. En rigor, no “se tiene fe“, sino que “se es creyente” –y se progresa en la adhesión a Cristo–, o no se es –y se retrocede en esa adhesión–. El ejercicio de la fe asegura el crecimiento de la misma, que no se tiene –ni se pierde– toda de una vez.

Las palabras «si tuvierais fe» que Jesús dirige a los apóstoles, y a nosotros, sugieren que nuestra fe es prácticamente nula o sólo interesada en lo milagroso, ya que bastaría «un granito» para ver maravillas. Es grande el poder de la fe, pues cuenta con el poder infinito de Dios. El verdadero creyente no se apoya en sus limitadas capacidades humanas, sino en la ilimitada potencia de Dios, para el cual «nada hay imposible» (Lc 1,37). La fe es la única condición que Jesús pone a cada paso para obrar milagros, y es también la condición que espera encontrar hoy en nosotros para seguir realizando sus maravillas y llevar adelante la historia de la salvación en nuestro mundo.

El texto evangélico quiere fijar nuestra atención en el poder de la auténtica fe en Dios. El ejemplo de la morera es una forma de ilustrar que el creyente –fiándose de Dios y esperándolo todo de Él– es capaz de realizar lo humanamente imposible. Por eso, lo decisivo no son las dificultades y los males que encontramos a nuestro paso. Lo decisivo es la fe, que espera todo de Dios, que no pone límites al poder de Dios. «Si crees verás la gloria de Dios» (Jn 11,40), es decir, a Dios mismo actuando y transformando la muerte en vida. A nosotros, pobres siervos, nos corresponde avivar el fuego de esta gracia de la fe que nos ha sido dada; esto es «lo que teníamos que hacer».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe, virtud teologal  
(1814 – 1816)

La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma.

Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios. La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios y a toda la verdad que Dios ha revelado. Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla.

Las características de la fe
(153 – 165)

La fe es don de Dios y respuesta libre del hombre: en la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia.

La fe es una gracia. La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad.

La fe es un acto humano. Creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas.

La fe es racional, trata de comprender. El creyente de­sea conocer mejor a Aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor.

La fe es libre, no se puede imponer. El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. El acto de fe es voluntario por su propia naturaleza.

La fe es necesaria para salvarse. Creer en Cristo Jesús, y en Aquel que lo envió para salvarnos, es necesario para obtener esa salvación; y nadie, a no ser que haya perseverado en ella hasta el fin, obtendrá la vida eterna.

La fe tiene que cuidarse, defenderse y alimentarse. La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1 Tm 1, 18‑19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe actuar por la caridad –la fe sin obras está muerta–, ser sostenida por la esperanza y debe estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La fe luminosa, por Aquel en quién se cree, con frecuencia es vivida en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación. «Sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hb 12, 1‑2).

Los pecados contra la fe
(2087 – 2089)

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar con­tra la fe:

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer.

La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del espíritu.

La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento.

La herejía es la negación pertinaz de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma.

El cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.

La apostasía es el rechazo total, después de haber recibido el bautismo, de la fe cristiana.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados, insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio».

Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven». Gracias a esta “fe poderosa”, Abraham vino a ser “el padre de todos los creyentes”.

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Isabel la saludó como: «¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada.

Durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el “cumplimiento” de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Mis ojos, mis pobres ojos
que acaban de despertar
los hiciste para ver,
no sólo para llorar.

Haz que sepa adivinar
entre las sombras la luz,
que nunca me ciegue el mal
ni olvide que existes tú.

Que, cuando llegue el dolor,
que yo sé que llegará,
no se me enturbie el amor,
ni se me nuble la paz.

Sostén ahora mi fe,
pues, cuando llegue a tu hogar,
con mis ojos te veré
y mi llanto cesará. 

Amén.

DOMINGO XXVI ORDINARIO “C”


Amor a los pobres

Am 6, 1.4-7:             Los que llevan una vida disoluta, irán al destierro.

Sal 145, 7-10:          Alaba, alma mía, al Señor.

1 Tm 6,11-16:          Guardad el Mandamiento, hasta la venida del Señor.

Lc 16, 19-31:            Recibiste bienes y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras  tú padeces.

I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Amós destaca en el Antiguo Testamento por la dureza de los términos con que condena el egoísmo y el ansia de placer de los ricos. Sólo se ama  lo que se ve, y para ver hay que dejar la vida cómoda que embota la sensibilidad, de ahí la denuncia del profeta.

El resumen de las recomendaciones pastorales contenidas en la carta a Timoteo es la fidelidad a Cristo y a sus mandamientos, que es el entero depósito de la fe confiado al sucesor del apóstol.

La parábola que se proclama en el Evangelio la recoge sólo San Lucas, y es una crítica de Jesús a los ricos egoístas que no se preocupan de los necesitados. Quien tiene embotados los sentidos del alma por el excesivo bienestar no escucha la Palabra de Dios, ni le sirven los milagros. Mientras el pobre Lázaro es llevado al seno de Abrahán, del rico se dice simplemente que «lo enterraron» y ni se menciona su nombre; los tormentos son su herencia definitiva.

He aquí uno de esos evangelios que no necesitan comentario. Todo él está marcado por el contraste entre la situación en esta vida y la de después de la muerte. «Se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros»: La muerte crea una situación definitiva; después ya no hay posibilidad de decidirse por Dios o contra Él, ni de revocar la decisión forjada en esta vida. ¿Hasta qué punto valoramos las cosas tal como son de verdad? ¿Tomamos nuestras decisiones teniendo en cuenta los valores eternos? ¿O nos dejamos seducir por apariencias pasajeras y efímeras?

Aunque se supone, la parábola no dice expresamente que el rico fuera malo, ni que el pobre fuera bueno (más bien, en la mente de un judío se trataría de un pecador, castigado por Dios con la enfermedad y la miseria), con lo cual queda más de relieve el contraste entre dos escalas mundanas de valores (riqueza-pobreza; salud-enfermedad), y cómo en el mundo futuro, inaugurado ya ahora por Jesús, su jerarquía será inversa. En cierto sentido esta parábola es un ejemplo concreto de las bienaventuranzas.

El texto sugiere que el rico es condenado precisamente por malgastar sus bienes y no atender al pobre que mendiga a sus pies. ¡Terrible aviso para nosotros, que tenemos algo –o mucho– del hombre rico de la parábola! Y es que, el pobre es Cristo. Por eso, rechazar al pobre es rechazar a Cristo: «Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer».

Por otra parte, la condenación del rico esconde también otro rechazo: el desprecio a la palabra de Dios. Lo que parece una actitud dura de Abrahán, en realidad no lo es: los hermanos del rico podrán evitar la condenación si escuchan a Moisés y los profetas. Para el que quiere oír y obedecer a Dios, la palabra de Dios basta, sin necesidad de milagros especiales. En cambio, para el que está cerrado a Dios y a su Palabra, porque las riquezas han endurecido su corazón, ni el mayor prodigio puede abrir sus ojos, que están embotados para ver, no hará caso «ni aunque resucite un muerto». Un ejemplo confirma la enseñanza de este versículo: la incredulidad de los contemporáneos de Jesús, prototipo de la incredulidad moderna, no desapareció con la resurrección de Lázaro (el hermano de Marta y María), ni con la del mismo Jesús.

En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: «Cuanto dejaron de hacer con uno de éstos, también conmigo dejaron de hacerlo».

El Evangelio y la enseñanza de la Iglesia están claros: el amor a los pobres  es una exigencia del discípulo de Jesús. Y para amarlos hay que verlos. Sin embargo, como el rico de la parábola, en medio de las comodidades podemos no ver nada ni a nadie. La Pobreza es una situación concreta que afecta a personas concretas, cercanas. Y todos los pobres son cercanos, pues todos son prójimos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios bendice, en Jesucristo,
a los que aman a los pobres
(525; 544; 2443).

Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores, pobres, son los primeros testigos del acontecimiento. Desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino. Jesús fue enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres. Los declara bienaventurados porque «de ellos es el Reino de los cielos». El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde; a «los pequeños» es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes.

Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprende a los que se niegan a hacerlo: «A quien te pide dale, al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la espalda» (Mt 5,42). «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos por lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva “anunciada a los pobres” es el signo de la presencia de Cristo.

El amor de la Iglesia a los pobres
(2444 – 2446).

El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de «hacer partícipe al que se halle en necesidad» (Ef 4, 28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa.

El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta: «Ahora bien, ustedes, ricos, lloren y den alaridos por las desgracias que están para caer sobre ustedes. Su riqueza está podrida y sus vestidos están apolillados; su oro y su plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra ustedes y devorará sus carnes como fuego. Han acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Miren: el salario que no han pagado a los obreros que cosecharon sus campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Han vivido sobre la tierra regaladamente y se han entregado a los placeres; han hartado sus corazones para el día de la matanza. Ustedes condenaron y mataron al justo; él no les resiste» (St 5, 1‑6).

Las obras de misericordia
(2447-2449).

Es preciso satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia.

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir al que no sabe, aconsejar al que lo necesita, corregir al que yerra, consolar al triste y confortar al que sufre, son obras de misericordia espiritual. Como también lo son perdonar al que nos ofende, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y orar por los vivos y los difuntos. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, acoger al peregrino y ofrecer techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

Bajo sus múltiples formas –indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte– la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los «más pequeños de sus hermanos». También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Y lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables.

En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas –como son las referentes al año jubilar, a la prohibición del préstamo a interés y de la retención de la prenda, la obligación del diezmo, del pago cotidiano al jornalero, del derecho de rebusca después de la cosecha, y otras– corresponden a la exhortación del Deuteronomio: «Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Dt 15, 11). Jesús hace suyas estas palabras: «Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis» (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos de los antiguos profetas: «compráis por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias…» (Am 8, 6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los pobres, que son sus hermanos (Mt 25, 40).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo porque en ellos servimos a Jesús».

«No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos» (S. Juan Crisóstomo).

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (S. Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Dichosos los que, oyendo la llamada
de la fe y del amor en vuestra vida,
creísteis que la vida os era dada
para darla en amor y con fe viva.

Dichosos, si abrazasteis la pobreza
para llenar de Dios vuestras alforjas,
para servirle a él con fortaleza,
con gozo y con amor a todas horas. 

Dichosos mensajeros de verdades,
que fuisteis por caminos de la tierra,
predicando bondad contra maldades,
pregonando la paz contra las guerras. 

Dichosos, del amor dispensadores,
dichosos, de los tristes el consuelo,
dichosos, de los hombres servidores,
dichosos, herederos de los cielos. 

Amén.

DOMINGO XXV ORDINARIO “C”


«Dios… o el dinero»

Am 8, 4-7: Contra los que compran por dinero al pobre.

Sal 112, 1-8 Alabad al Señor, que alza al pobre.

1 Tm 2, 1-8: Pedid por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven.

Lc 16, 1-13: No podéis servir a Dios y al dinero.

I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Amós es conocido por su denuncia de los ambiciosos a quienes su especulación les lleva al abuso de los más pobres e indefensos.

La primera  carta a Timoteo es un escrito pastoral, en el que el apóstol recomienda la oración por todos los hombres, pues la voluntad salvífica universal de Dios enseña a los cristianos a no olvidar a nadie.

Jesús expone en el evangelio la parábola del administrador infiel, que tiene una enseñanza: nadie puede servir a Dios, si tiene como dios al dinero.

«Los hijos de este mundo son más astutos… que los hijos de la luz». He aquí la enseñanza fundamental de esta parábola. Este administrador renuncia a su ganancia, a los intereses que le correspondían del préstamo, para ganarse amigos que le reciban en su casa cuando quede despedido. Jesús no alaba el fraude, sino que reconoce la astucia de los que se rigen por los principios de este mundo y sugiere que los hijos de la luz deberíamos ser más astutos cuando son los bienes espirituales y eternos los que están en juego. ¡Qué distinto sería si los cristianos pusiéramos en el negocio de la vida eterna, por lo menos, el mismo interés que en los negocios humanos! Debemos preguntarnos: ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar por Cristo?

«Ningún siervo puede servir a dos amos». Esta es la explicación profunda de lo anterior. El que tiene como rey y centro de su corazón el dinero, discurre lo posible y lo imposible para tener más. Y lo mismo el que busca fama y honor, gloria humana, poder, comodidad… El que de veras se ha decidido a servir al Señor, está atento a cómo agradarle en todo y se entrega a la construcción del Reino de Dios, buscando que todos le conozcan y le amen. Se nota si servimos al Señor en que cada vez más nuestros pensamientos, anhelos y deseos están centrados en Él y en sus cosas. «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Lc 12,34). ¿Dónde está puesto mi corazón? ¿Cuál es mi tesoro? ¿A quién sirvo de veras?

El dinero siempre ha sido y es un peligroso ídolo. Es absorbente de los intereses y preocupaciones del hombre. ¿Cuantas personas han caído en sus redes y han sido esclavizadas por él? La corrupción, la desconfianza familiar y social, las rupturas de amistades… tienen muchas veces como causa el señorío del dinero sobre las personas.

Frente a este ídolo Jesús establece una oposición radical para el servidor de Dios. No se puede servir a dos señores.

Entre los mandamientos de la Ley de Dios, el décimo habla de poner el corazón o en Dios o en los bienes ajenos. Pocas veces se habla de los deseos del corazón, pero es ahí donde se elevan altares: o a Dios o al dinero.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios, Bien Supremo y fuente de todo bien.
La pobreza de corazón
(2541 – 2550).

Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio. Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (Lc 21, 4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

Todos los cristianos han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto.

«Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Rei-no: «Jesucristo llama “pobreza en el Espíritu” a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: “Se hizo pobre por nosotros”» (S. Gregorio de Nisa).

El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. «El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en el espíritu busca el Reino de los cielos» (S. Agustín). El abandono en la providencia del Padre del cielo libera de la inquietud por el mañana. La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.

El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión y la bienaventuranza de Dios.

Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

La codicia y concupiscencia por los bienes
 
(2534 – 2540).

El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el séptimo mandamiento. La “concupiscencia de los ojos” (1 Jn 2, 16) lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto. La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley (Sb 14,12). El décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.

El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido, a otra persona.

El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: “No codiciarás“, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed de los bienes del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada como está escrito: «el ojo del avaro no se satisface con su suerte» (Si 14, 9).

No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por medios justos.

¿Quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas? y a los que, por tanto, es preciso exhortar más a observar este precepto: los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles; los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos.

El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que. a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (2 Sam 12, 1‑4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (Gn 4, 3‑7; 1 R 21, 1‑29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (Sb 2, 24).

La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal: San Agustín veía en la envidia el “pecado diabólico por excelencia“. El bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (S. Agustín).

«¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado –se dirá– porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros» (S. Juan Crisóstomo).

«La  promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir» (S. Gregorio de Nisa).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Atardece, anochece, el alma cesa
de agitarse en el mundo
como una mariposa sacudida

La sombra fugitiva ya se esconde.
Un temblor vagabundo
en la penumbra deja su fatiga

Y rezamos, muy juntos,
hacia dentro de un gozo sostenido,
Señor, por tu profundo
ser insomne que existe y nos cimienta

Señor, gracias, que es tuyo
el universo aún; y cada hombre
hijo es, aunque errabundo,
al final de la tarde, fatigado,
se marche hacia lo oscuro
de sí mismo; Señor, te damos gracias
por este ocaso último.
Por este rezo súbito. 

Amén.