Archivos Mensuales: julio 2008

DOMINGO XIX ORDINARIO “A”


“La «poca fe» y las vacilaciones del corazón”

1R 19,9a.11-13a:                     “Aguarda al Señor en el monte”

Sal 84,9-13:                     “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Rm 9,1-5:                         “Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos”

Mt 14,22-33:                     “Mándame ir hacia ti andando sobre el agua”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En este evangelio hay que destacar tres elementos: 1º) Jesús orante solitario en el monte y su teofanía caminando sobre el agua: «!Animo, soy Yo, no tengáis miedo!». 2º) La situación de los discípulos: llenos de miedo, sacudidos por las olas, en medio de la noche. 3º) La sentencia del Maestro: «!Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» y la confesión de fe de todos los discípulos.

El relato evangélico del caminar prodigioso de Jesús sobre las aguas del lago reproduce un hecho real, aunque no podamos determinarlo en todos sus detalles; lo esencial de la escena está en que Jesús auxilió a sus discípulos en un apuro y se les reveló mediante la fórmula «Yo soy» (típica fórmula de revelación de Yahveh en el Antiguo Testamento); de ahí la doble confesión de Pedro como «Señor» y la de todos los de la barca: «Verdaderamente, eres Hijo de Dios».

La barca «zarandeada por las olas» apunta a la Iglesia en sus difíciles comienzos (y siempre). En ella Pedro ocupa un lugar relevante. Y Pedro y todos los ocupantes de la barca, confiesan a Jesús como «Hijo de Dios». Esta confesión es el corazón de la fe de la Iglesia. A propósito de esta fórmula, Jesús distinguió siempre su filiación respecto de Dios de la filiación de todos los demás; la intensidad de esta conciencia, manifestada sobre todo ante los Doce, hace explicable que la Iglesia primitiva encontrara en el título «Hijo de Dios» el medio más directo para confesar su fe en Jesús.

A pesar de los grandes dones de Dios, nuestra «poca fe» vacila. Sólo el contacto asiduo con el Maestro reaviva la fe, la hace grande. Esto requiere la firme decisión del corazón de buscar al que nos busca, de orar, de celebrar la Eucaristía.

Son numerosas las ocasiones en que los evangelistas nos repiten que Jesús se retiraba a solas a orar. Un gesto vale más que mil palabras. Con ello nos enseña también a nosotros la necesidad que tenemos de oración silenciosa, de estar con el Padre a solas, sabiendo que nos ama y nos cuida. Sin una vida profunda de oración, nuestra existencia será como la barca zarandeada por las olas, alborotada por cualquier dificultad, sin raíces, sin estabilidad.

El que ora de verdad va alimentando su vida de fe, va echando raíces en Dios. La oración le da ojos para conocer a Jesús y descubrirle en todo, incluso en medio de las dificultades, del sufrimiento y de las pruebas: «Verdaderamente eres Hijo de Dios». La falta de oración, en cambio, hace que se sienta a Jesús como «un fantasma», como algo irreal; el que no ora es un hombre de poca fe, duda y hasta acaba perdiendo la fe.

El que trata de manera íntima y familiar con Dios experimenta la seguridad de saberse acompañado, de saberse protegido por un amor que es más fuerte que el dolor y que la muerte. El que no ora se siente solo. El que ora convive con Cristo y experimenta la fuerza de sus palabras: «¡Ánimo! Soy yo, no temáis». Es necesario volver a descubrir entre los cristianos la dicha de la oración. Cristo no quiere siervos, sino amigos que vivan en íntima familiaridad con Él.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús de Nazaret, Hijo único de Dios
(441 – 445, 454)

El nombre de “Hijo de Dios” significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: Él es el Hijo único del Padre y Él mismo es Dios. Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios.

Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles, al pueblo elegido, a los hijos de Israel y a sus reyes. Significa una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular.

En el Nuevo Testamento no ocurre así. Cuando Pedro confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo», Jesús le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: «Cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles». «Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios». Este será, desde el principio, el centro de la fe apostólica profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia.

Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque este lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?», Jesús ha respondido: «Vosotros lo decís: yo soy». Ya mucho antes, Él se designó como el “Hijo” que conoce al Padre, que es distinto de los “siervos” que Dios envió antes a su pueblo, superior a los propios ángeles. Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás “nuestro Padre” salvo para ordenarles «vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro»; y subrayó esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre».

Los Evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios». Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios», porque solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título “Hijo de Dios”.

Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos». Los apóstoles podrán confesar «Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad».

La llamada universal a la oración
(2560 – 2567)

La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él.

Olvide el hombre a su Creador o se esconda lejos de su Faz, corra detrás de sus ídolos o acuse a la divinidad de haberle abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa del amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la iniciativa del hombre es siempre una respuesta.

La oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él.

Cristo orante, modelo y maestro de oración
(2599, 2620 – 2621)

El Hijo de Dios hecho hombre también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Él aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las “maravillas ” del Todopoderoso y las meditaba en su corazón. Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: «Yo debía estar en las cosas de mi Padre» (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con y para los hombres.

El modelo perfecto de oración se encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la soledad, en lo secreto, la oración de Jesús entraña una adhesión amorosa a la voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta confianza en ser escuchada.

Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseverante, una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a Dios en su Nombre. El mismo escucha las plegarias que se le dirigen.

El combate de la oración
(2725)

La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. La oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible para separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá habitualmente orar en su Nombre.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina” (S. Juan Crisóstomo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Padre nuestro,
padre de todos,
líbrame del orgullo
de estar solo.

No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor.

No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no.

Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre “nosotros”,
incluso si dice “yo”. Amén.

DOMINGO XVIII ORDINARIO “A”



“Gusten y vean qué bueno es el Señor”

Is 55,1-3: “Dense prisa y coman”

Sal 144,8-18: “Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores”

Rm 8,35.37-39: “Nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo”

Mt 14,13-21: “Comieron todos hasta quedar satisfechos”

I. LA PALABRA DE DIOS

Jesús sintió «lástima» del gentío y multiplicó los panes. Sus gestos y oración son los de la institución de la Eucaristía: «tomando los cinco panes… pronunció la bendición, partió los panes y se los dio.».

Destacan los contrastes entre «la multitud» y la escasez de recursos: «cinco panes y dos peces»; y entre estos recursos y el resultado: «quedaron satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras». Desde los comienzos, ya en las catacumbas, la Tradición contempló en el suceso un anuncio del banquete mesiánico del fin de los tiempos. Y entre el prodigio evangélico y el fin, se sitúa la Eucaristía, avance del banquete del Reino.

También a nosotros nos dice hoy Jesús: «Denles ustedes de comer». Con cinco panes y dos peces –y la colaboración de los apóstoles– dio de comer a la multitud. Pero ¿qué hubiera ocurrido si los discípulos se hubieran guardado para ellos los cinco panes y los dos peces? ¿Y si no hubieran querido hacer el trabajo de repartirlo? Probablemente, o Jesús no hubiera hecho el milagro, o el pan del milagro no habría llegado hasta la gente; y varios miles se hubieran quedado sin comer y, sobre todo, se hubieran quedado sin conocer el poder de Cristo realizando tal milagro.

Lo mismo que a los discípulos, a nosotros no nos pide Jesús que solucionemos todos los problemas ni que hagamos milagros. Los milagros los hace Él. Pero sí nos pide una cosa: colaboración, que nos pongamos a su disposición con todo lo que somos y tenemos, aunque nos parezca poco.

Ante el hambre de pan material y el hambre de la verdad de Cristo que tanta gente padece, ¿vas a negarle a Cristo tus cinco panes y tus dos peces? Con tantos pueblos y comunidades cristianas sin sacerdotes que celebren la Eucaristía ¿No querrás colaborar con Él para que las multitudes hambrientas puedan sentarse a comer su pan a su mesa (Palabra y Eucaristía)? Entonces serás responsable de que Cristo hoy no pueda seguir alimentando a las multitudes y de que muchos no le reconozcan como Dios.

¿Qué podemos hacer para que nuestras celebraciones y comuniones sean más hondas? También el texto evoca hoy el pavoroso problema del hambre en el mundo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Eucaristía, prenda de la vida futura
(1404-1405).

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo“. De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la nueva tierra no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía, remedio de inmortalidad, antídoto para no morir sino para vivir en Jesucristo para siempre.

La Eucaristía y el hambre en el mundo:
(1397).

Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos. “¿Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano? Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. ¿Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso?” (S. Juan Crisóstomo)

Participar de la Eucaristía
bien dispuestos, para gustar el Pan de Vida:
(1385-1386).

La Misa es un banquete porque la misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial del sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La celebración del sacrificio eucarístico se hace para que los fieles se unan íntimamente con Cristo por medio de la comunión.

Los fieles deben comulgar cuando participan en la misa. El mismo Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,53).

La Iglesia nos recomienda vivamente a los fieles que recibamos la sagrada comunión cada vez que participamos en la misa; nos manda participar los domingos y días de fiesta en la misa y comulgar al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección.

Debemos prepararnos para este momento tan grande y santo de recibir la Eucaristía en la Comunión. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo» (1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno de una hora prescrito por la Iglesia. Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

Por tanto, para recibir bien la Sagrada Comunión son necesarias tres cosas: 1º. Saber a quién vamos a recibir (tener fe en la presencia viva de Cristo); 2º. Estar en gracia de Dios (sin conciencia de estar en pecado mortal) y 3º. Guardar el ayuno eucarístico (no comer nada desde una hora antes de comulgar).

Ante la grandeza de este sacramento el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa».

Los frutos de la sagrada comunión
(1391-1401)

La Sagrada Comunión produce en nosotros los siguientes frutos: acrecienta nuestra unión íntima con Cristo; conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo; nos purifica de los pecados veniales, porque fortalece la caridad; nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra amistad con Cristo; renueva, fortalece y profundiza la unidad con toda la Iglesia; nos compromete en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo; y se nos da la prenda de la gloria futura.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubieran dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados de ustedes para llevar las buenas obras de ustedes a mi tesoro: como no han depositado nada en sus manos, no poseen nada en Mí» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este es el tiempo en que llegas,
Esposo, tan de repente,
que invitas a los que velan
y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro
doncellas con ramos verdes
y lámparas que guardaron
copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpearon las necias
las puertas de tu banquete!
¡Y cómo lloran a oscuras
los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,
Esposo, por si vinieres,
y está el corazón velando,
mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,
Amor que a la noche vienes,
antes que la noche acabe
y que la puerta se cierre. Amén.

DOMINGO XVII ORDINARIO “A”


“De un tesoro nos podemos apoderar; pero el Reino de Dios se apodera de nosotros”

1R 3,5.7-12:                     “Pediste discernimiento”

Sal 118, 57-130                “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!”

Rm 8,28-30:                     “Nos predestinó a ser imagen de su Hijo”

Mt 13,44-52:                     “Vende todo lo que tiene y compra el campo”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

La liturgia confirma la enseñanza de la parábola del evangelio con la narración del gesto de Salomón que, por encima de todo, pide al Señor y logra de Él un «corazón sabio e inteligente» y no «vida larga ni riquezas, ni la vida de tus enemigos» (1.a Lect.).

El amor a Dios es luz que ilumina el misterio escondido detrás de todos los acontecimientos cósmicos, humanos y sociales (2.a Lect.).

El Reino de Dios es la mayor realidad de esta vida, el bien supremo para el hombre, la verdadera “perla preciosa”. El Reino de Dios es la Salvación, la Sabiduría, el Amor de Dios que se nos comunica por Jesucristo. «El reino de los cielos» es la irrupción de Jesucristo Rey en nuestra vida. Para el que sabe apreciar ese tesoro, «todo» vale “nada“. Esa alegría es tal que la renuncia a todo lo demás es lógica y nada extraordinaria.

El Reino de Dios se nos ofrece gratuitamente; el hombre se «lo encuentra», después «va a vender todo lo que tiene» para conseguirlo.

Lógicamente, el Reino de Dios necesita un esfuerzo positivo y un ejercicio constante de la libertad personal para seguir a Jesucristo en el día a día de nuestra vida. Pero, con el evangelio en la mano, no se entiende cómo se puede hablar de que ser cristiano es difícil y costoso. Es verdad que hay que dejar cosas, es verdad que hay que morir al pecado que todavía reside en nosotros, pero todo esto se hace con facilidad, porque hemos encontrado un Tesoro que vale mucho más sin comparación. Más aún, las renuncias se realizan «con alegría», como el hombre de la parábola, con la alegría de haber encontrado el tesoro, es decir, sin costar, sin esfuerzo, de buen humor y con entusiasmo.

Si todavía vemos el cristianismo como una carga, ¿no será que no hemos encontrado aún el Tesoro? ¿No será que no nos hemos dejado deslumbrar lo suficiente por la Persona de Cristo? ¿No será que le conocemos poco, que le tratamos poco? ¿No será que no oramos bastante? El que ama la salud hace cualquier sacrificio por cuidarla y el que ama a Cristo está dispuesto a cualquier sacrificio por Él. Cristo de suyo es infinitamente atractivo, como para llenar nuestro corazón y hacernos fácil toda renuncia.

El mejor comentario a este evangelio son las palabras de san Pablo: «Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo» (Fil 3,7-8). El que de verdad ha encontrado a Cristo está dispuesto a perderlo todo por Él, pues todo lo estima basura comparado con la alegría de haber encontrado el verdadero Tesoro.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las parábolas
y el Reino de Dios
(546)

Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos». Para los que están “fuera”, la enseñanza de las parábolas es algo enigmático.

Los signos del Reino de Dios:
(547- 550).

Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: «Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios». Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo». Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: ¡Dios reinó desde el madero de la Cruz!.

La oración cristiana
centrada en la búsqueda del Reino:
(2632).

La petición cristiana está centrada en el deseo y la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús. Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica. Es la oración de Pablo, el apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana. Al orar, todo bautizado trabaja en la venida del Reino.

 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Entre todas las perlas no hay más que una preciosísima: el conocimiento del Salvador, el misterio de su Pasión y el arcano secreto de su Resurrección” (San Jerónimo).

Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra? En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!” (Tertuliano).

 

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este mundo del hombre,
en que él se afana
tras la felicidad que tanto ansía,
tu lo vistes, Señor, de luz temprana
y de radiante sol al mediodía.

Así el poder de tu presencia encierra
el secreto más hondo de esta vida;
un nuevo cielo y una nueva tierra
colmarán nuestro anhelo sin medida.

Poderoso Señor de nuestra historia,
no tardes en venir gloriosamente;
tu luz resplandeciente y tu victoria
inunden nuestra vida eternamente.
Amén.