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2 de enero de 2022: Domingo segundo después de Navidad


“Eché raíces en un pueblo glorioso,
en la porción del Señor, en su heredad”

Eclo 24,1-4.8-12: La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido

Sal 147: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Ef 1,3-6.15-18: Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos

Jn 1,1-18: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

I. LA PALABRA DE DIOS

La primera lectura presenta la sabiduría personificada y hablando de sí misma. Al igual que toda la creación fue obra de la Palabra, también lo fue la Sabiduría. La Sabiduría se identifica con la palabra creadora de Dios y con su espíritu que aleteaba sobre el caos primordial, descrito en los primeros versículos del Génesis. Este pasaje es como un anuncio profético de la Encarnación de Dios Hijo, que asumió una naturaleza humana creada, en el seno de María. Por ello, uno de los títulos de María es «sede de la sabiduría».

El Evangelio comienza revelando la divinidad de Jesucristo, que es el Verbo, la Palabra eterna de Dios. «El Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios», este versículo revela la doctrina de la Trinidad, es decir, el Verbo, que es Dios Hijo, es consustancial a Dios Padre, pero diferente de Él, dada su condición de Hijo. «Por medio de él se hizo todo», Dios lo creó todo a través del Verbo, que es Cristo, y se da a conocer a través de la creación, que aunque se atribuye a Dios Padre, es obra de toda la Trinidad. «Y el Verbo de hizo carne y habitó entre nosotros», aquí se describe el misterio de la Encarnación. Jesucristo es Dios Hijo que se ha hecho hombre. Él es una Persona divina que posee dos naturalezas y dos voluntades, humana y divina. «De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia», Cristo, que posee la plenitud del Espíritu Santo, derrama las gracias necesarias para la santificación y la salvación sobre los que le reciben.

«Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió», aquí aparece la lucha entre el bien y el mal. Este drama existió durante toda la vida terrena de Jesús y continúa en la Iglesia. La «tiniebla» es el reino malo, satánico, en el que los hombres, si libremente se oponen a Cristo-Luz, pueden entrar; no hay zona neutral, ni tierra de nadie: o somos de la luz o somos de las tinieblas. Pero la luz puede triunfar sobre las tinieblas. Nada tiene que ser definitivamente oscuridad, porque ésta puede ser vencida desde Cristo. Su victoria sobre el pecado ha hecho posible el bien en el mundo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La creación
(285 — 286)

Desde sus comienzos, la fe cristiana se ha visto confrontada por respuestas distintas de las suyas sobre la cuestión de los orígenes. Así, en las religiones y culturas antiguas encontramos numerosos mitos referentes a los orígenes. Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros han dicho que el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de esta fuente y retorna a ella; otros han afirmado incluso la existencia de dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo); según algunas de estas concepciones, el mundo (al menos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y por tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros, finalmente, no aceptan ningún origen transcendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de una materia que ha existido siempre (materialismo). Todas estas tentativas dan testimonio de la permanencia y de la universalidad de la cuestión de los orígenes. Esta búsqueda es inherente al hombre.
La existencia de Dios Creador puede ser conocida con certeza por sus obras gracias a la luz de la razón humana, aunque este conocimiento es con frecuencia oscurecido y desfigurado por el error. Por eso la fe viene a confirmar y a esclarecer la razón para la justa inteligencia de esta verdad: Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios.

La oposición de las tinieblas a la luz
(529, 530)

La Presentación de Jesús en el Templo lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor. Con Simeón y Ana, toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador. Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, «luz de las naciones» y «gloria de Israel», pero también «signo de contradicción». La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado «ante todos los pueblos».
La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: «Vino a su Casa, y los suyos no lo recibieron». Toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con él. Su vuelta de Egipto recuerda el éxodo y presenta a Jesús como el liberador definitivo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

“Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, era necesario que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado?” (San Gregorio de Nisa).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Oh Jesucristo, Redentor de todos,
Que antes de que la luz resplandeciera
Naciste de tu Padre soberano
Con gloria semejante a la paterna:

Tú que eres luz y resplandor del Padre
Y perpetua esperanza de los hombres,
Escucha las palabras que tus siervos
Elevan hasta Ti de todo el orbe.

Oh Creador de todo lo creado,
Acuérdate del día en que este suelo
Te vió nacer del vientre de la Virgen
Vestido con un cuerpo igual al nuestro.

Hoy es el día en que conmemoramos
El hecho portentoso de aquel día,
Cuando dejando el seno de tu Padre
Viniste a darnos la salud perdida.

La tierra, el mar, el cielo y cuanto existe
Bajo la muchedumbre de sus astros
Rinden tributo con un canto nuevo
A quien la nueva salvación nos trajo.

Gloria sea al divino Jesucristo,
Que nació de tan puro y casto seno,
Y gloria igual al Padre y al Espíritu
Por infinitos e infinitos tiempos.

y nosotros, los hombres, los que fuimos
Lavados con tu sangre sacratísima,
Celebramos también con nuestros cantos
Y nuestras alabanzas tu venida.

Amén

1º de enero de 2022: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


«Bienaventurado el vientre que te llevó
y los pechos que te criaron»

Nm 6,22-27: «Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los
bendeciré»
Sal 66: «Que Dios tenga piedad y nos bendiga»
Ga 4,4-7: «Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer»
Lc 2,16-21: «Encontraron a María y a José y al Niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús»

I. LA PALABRA DE DIOS

La historia del hombre ha sido bendecida por Dios, por eso el creyente mira al mañana con esperanza. Su fundamento son las promesas de Dios. Y estas promesas tienen rostro y nombre: Abraham, Moisés… y Jesús. Cristo Jesús hace que llegue la benevolencia y bendición divina a todos los pueblos de la tierra año tras año, hasta el fin del mundo.

«El Señor te bendiga y te proteja». La primera lectura hace alusión al inicio del año civil. Sólo podemos comenzar adecuadamente un nuevo año de nuestra vida y de la historia del mundo implorando la bendición de Dios. Apoyados en esta bendición podemos mirar el futuro con esperanza. Solamente sostenidos por ella podremos afrontar las luchas y dificultades de cada día.

«Nacido de mujer». El Hijo de Dios es verdaderamente hombre porque ha nacido de María. Por eso María es Madre de Dios. Y por eso ocupa un lugar central en la fe y en la espiritualidad cristianas. Por toda la eternidad Jesús será el nacido de mujer, el hijo de María. Este es el designio providencial de Dios. Ella es la colaboradora de Dios para entregar a su Hijo al mundo. Y esto que realizó una vez por todos lo sigue realizando en cada persona.

«Encontraron a María y a José, y al niño». No podemos separar lo que Dios ha unido. Ni María sin Jesús, ni Jesús sin María. Ni ellos sin José. No se trata de lo que los hombres queramos pensar o imaginar, sino de cómo Dios ha hecho las cosas en su plan de salvación. Nuestra espiritualidad personal subjetiva ha de adecuarse a la objetividad del proyecto de Dios.

Dios ha «bendecido» especialmente a María para hacerla Madre de Dios, y la «bendición» ha culminado en la Maternidad. María sabe que no es ella la depositaria última de Cristo como definitiva bendición del Padre. Ella es la primera de los bendecidos, pero el don es para toda la humanidad: Cristo nos es dado a todos.

«María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Además de presentar a María como observadora, reflexiva, inteligente y de profunda vida interior, el evangelista san Lucas parece querer aludir a su principal fuente de información directa o indirecta (quizá a través de Juan), de estos relatos acerca de la infancia de Jesús.

«Se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño». La Circuncisión de Jesús es el signo de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la alianza, de su sumisión a la Ley, y de su consagración al culto de Israel en el que participará a lo largo de toda su vida. Un misterio (junto con el de su Presentación en el Templo y la Purificación de María) que expresa la voluntad del Hijo de Dios de someterse a una ley que no le obligaba, para redimir a los que estaban bajo la Ley (Gal 4,5), a los perdidos por la desobediencia (cf Rm 5,19).

«Le pusieron por nombre  Jesús». En el centro del versículo, y de toda la historia humana, hay un nombre que hizo suyo, hace veinte siglos, un niño aldeano; Dios, cuyo nombre es oculto (Gn 32,30; Ex 3,14), tiene ya nombre de verdadera criatura humana.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre
(466)

La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la Persona divina del Hijo de Dios, que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne.

María, Madre de Dios
(495, 503, 508)

De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, llena de gracia, es el fruto excelente de la redención; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

María, llamada en los Evangelios la «Madre de Jesús», es aclamada por su prima Isabel, bajo el impulso del Espíritu, como «la Madre de mi Señor», desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo Eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios (Theotokos) porque es la Madre de Jesús, y Jesús además de ser verdadero hombre es también verdadero Dios.

La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios. La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre. Consubstancial con el Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas divina y humana.

María, Virgen y Madre
(506, 507, 510, 721)

María fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre (S. Agustín): Ella, con todo su ser, es «la esclava del Señor» (Lc 1, 38).

María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe, no adulterada por duda alguna, y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador.

María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia: La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo. 

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. 

María en el año litúrgico
(1171, 1172)

Las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.

En la celebración de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser.

El culto a la Santísima Virgen María
(971, 975)

Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial (culto de hiperdulía). Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de «Madre de Dios», bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Vino Nuestro Señor Jesucristo a liberarnos de nuestras dolencias, no a cargar con ellas; no a rendirse a los vicios sino a remediarlos… y por eso convenía que naciese de manera nueva quien traía la gracia nueva de la santidad inmaculada… Convino que la virtud del Hijo velase por la virginidad de la Madre y que tan grato claustro del pudor y morada de santidad fuera guardada por la gracia del Espíritu Santo» (San León Magno).

«Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin  mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, ¡sálvanos!» (liturgia de S. Juan Crisóstomo, tropario «O monoghenis«).

«Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo» (S. Agustín).

«Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor, más aún, es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
ante bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

Amén.

(Esta es la oración más antigua que se conoce a la Virgen María).

26 de diciembre de 2021: Domingo de LA SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ, “C”


«Los padres de Jesús lo encuentran en el templo»

Eclo 3, 2-6. 12-14: «Quien teme al Señor honrará a sus padres»
Sal 127: «Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos»
Col 3, 12-21: «La vida de familia en el Señor»
Lc 2, 41-52: «Los padres de Jesús lo encontraron en medio de los maestros»

I. LA PALABRA DE DIOS

Nada más celebrar la Navidad, la liturgia nos introduce en la fiesta de la Sagrada Familia. Tiene un profundo significado: al entrar en este mundo, el Verbo lo renueva todo; al hacerse hombre, sana y regenera todo lo humano. También la familia. Al sanar el corazón humano, herido por el pecado, Cristo hace posible una familia nueva.

A la familia se refieren las tres lecturas. La primera de ellas a la familia en cuanto institución; las otras dos, a la familia cristiana.

El autor del Eclesiástico se fija en la relación del hijo con los padres. Se insinúa implícitamente la corriente de vida que los padres transmiten a los hijos.

«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar de la casa de mi Padre?». Comúnmente llamamos a esta escena del evangelio el Niño perdido, sin algún fundamento: ni sus padres le perdieron, ni Él se perdió. Jesús orienta la queja de María que, por discreción, ha aludido en público a José como «padre» de Jesús; le viene a decir: “Tú sabes bien quién es mi Padre, yo le obedezco, no me he escapado de la casa paterna”. Las primeras palabras de Jesús conservadas por los evangelistas, igual que las últimas, antes de morir, nos dicen que el Padre es el supremo interés de Jesús y el término de la entrega de su vida.

Jesús demuestra que, ante todo, tiene conciencia de ser Hijo del Padre; obediente a Él, Jesús será fiel hijo de la Ley (expresión de la voluntad del Padre), y dócil en Nazaret a «sus padres», representantes del Padre. Por experiencia dolorosa empieza a aprender que, para un ser humano, llamar «Padre» a Dios supone a veces no llamar “padre” a nadie más sobre la tierra.

El evangelio también nos muestra varios elementos que configuran la familia cristiana. Comunión en el amor («Te buscábamos angustiados»). Unidad en la prueba (desandan el camino para la búsqueda del Niño). Cumplimiento del deber religioso (el hecho de subir a celebrar la Pascua y las palabras de Cristo «no sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre») y escuela de realización personal («Jesús iba creciendo en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres»).

La mentalidad actual plantea grandes desafíos a la familia. El amor esponsal se desnaturaliza por la enorme fuerza del hedonismo y la unión libre. Se hace necesaria una educación para un amor paciente, abnegado, comprensivo.

Muchas familias hoy, víctimas de la pobreza y marginación, tienen que emigrar de su país y no encuentran protección ni ayuda en el país que las recibe. Como emigró a Egipto la familia de Nazaret.

Cuando la familia se deteriora por momentos, el cristiano está llamado a defender la familia cristiana conforme a la Doctrina Social de la Iglesia. Y es más necesario que nunca contemplar a la Sagrada Familia de Nazaret, para comprender que sólo en Cristo la familia puede realizar su ideal. Pues sólo Él une, da cohesión y hace a cada uno capaz de amar generosamente, de perdonar, de darse sin medida, de comprender. Sin Cristo, el hombre y la familia, dejados a su debilidad, sucumben. «el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena» (Mt 7,26).

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los misterios de la vida oculta de Jesús
(531-534)

Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús estaba «sometido» a sus padres y que «progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres».

Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo: «No se haga mi voluntad …». La obediencia de Cristo en lo cotidiano de la vida oculta, inauguraba ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de Adán había destruido.

La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana.

La familia en el plan de Dios
(2201-2206)

La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de una familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.

Un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus hijos una familia. Esta disposición es anterior a todo reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella. Se la considerará como la referencia normal en función de la cual deben ser apreciadas las diversas formas de parentesco.

Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental. Sus miembros son personas iguales en dignidad. Para el bien común de sus miembros y de la sociedad, la familia implica una diversidad de responsabilidades, de derechos y de deberes.

La familia cristiana constituye una revelación y una actuación específicas de la comunión eclesial; por eso puede y debe decirse iglesia doméstica. Es una comunidad de fe, esperanza y caridad, posee en la Iglesia una importancia singular.

La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera.

Las relaciones en el seno de la familia entrañan una afinidad de sentimientos, afectos e intereses que provienen sobre todo del mutuo respeto de las personas.

El cuarto mandamiento
(2251-2253)

Los hijos deben a sus padres respeto, gratitud, justa obediencia y ayuda. El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar.

Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos en la fe, en la oración y en todas las virtudes. Tienen el deber de atender, en la medida de lo posible, las necesidades físicas y espirituales de sus hijos.

La familia y el reino de Dios
(2232 – 2233)

Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece, hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal. Deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37).

Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: «El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12,49).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio. Una lección de silencio ante todo. Que nazca en nosotros la estima del silencio, esta condición del espíritu admirable e inestimable. Una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe lo que es la familia, su comunión de amor, su austera y sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable. Una lección de trabajo. Nazaret, oh casa del «Hijo del Carpintero», aquí es donde querríamos comprender y celebrar la ley severa y redentora del trabajo humano; cómo querríamos, en fin, saludar aquí a todos los trabajadores del mundo entero y enseñarles su gran modelo, su hermano divino» (San Pablo VI).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

De una Familia divina
pasó a una Familia humana.
Nació de una Virgen Madre
una noche iluminada
por ángeles y luceros
en una pobre cabaña;
tuvo un padre carpintero
que todo el día trabajaba
para darle de comer
al hijo de la esperanza,
que un día edificó los mundos
por ser la eterna Palabra.

De una Familia divina
pasó a una Familia humana.
Vivió humilde en la obediencia
su humildad humillada;
pobre vivió en Nazaret
quien rico en su Padre estaba,
y siendo todo en la altura
en el suelo se hizo nada.

¡Oh Jesús de Nazaret,
hijo de Familia humana,
por tu Familia divina
santifica nuestras casas!

Amén.