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1º de enero de 2020: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


“Bienaventurado el vientre que te llevó
y los pechos que te criaron”

 
Nm 6,22-27: “Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré”
Sal 66: “El Señor tenga piedad y nos bendiga”
Ga 4,4-7: “Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”
Lc 2,16-21: “Encontraron a María y a José y al Niño. A los ocho días le pusieron por nombre Jesús”

I. LA PALABRA DE DIOS

La historia del hombre ha sido bendecida por Dios, por eso el creyente mira al mañana con esperanza. Su fundamento son las promesas de Dios. Y estas promesas tienen rostro y nombre: Abraham, Moisés… Jesús. Cristo Jesús hace que llegue la benevolencia y bendición divina a todos los pueblos de la tierra año tras año, hasta el fin del mundo.

«El Señor te bendiga y te proteja». La primera lectura hace alusión a la circunstancia del inicio del año civil. Sólo podemos comenzar adecuadamente un nuevo año de nuestra vida y de la historia del mundo implorando la bendición de Dios. Apoyados en esta bendición podemos mirar el futuro con esperanza. Solamente sostenidos por ella podremos afrontar las luchas y dificultades de cada día.

«Nacido de una mujer». El Hijo de Dios es verdaderamente hombre porque ha nacido de María. Por eso María es Madre de Dios. Y por eso ocupa un lugar central en la fe y en la espiritualidad cristianas. Por toda la eternidad Jesús será el nacido de mujer, el hijo de María. Este es el designio providencial de Dios. Ella es la colaboradora de Dios para entregar a su Hijo al mundo. Y esto que realizó una vez por todos lo sigue realizando en cada persona.

«Encontraron a María y a José y al niño». No podemos separar lo que Dios ha unido. Ni María sin Jesús, ni Jesús sin María. Ni ellos sin José. No se trata de lo que los hombres queramos pensar o imaginar, sino de cómo Dios ha hecho las cosas en su plan de salvación. Nuestra espiritualidad personal subjetiva ha de adecuarse a la objetividad del proyecto de Dios.

Dios ha “bendecido” especialmente a María para hacerla Madre de Dios, y la “bendición” ha culminado en la Maternidad. María sabe que no es ella la depositaria última de Cristo como definitiva bendición del Padre. Ella es la primera de los bendecidos, pero el don es para toda la humanidad: Cristo nos es dado a todos.

«María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón». Además de presentar a María como observadora, reflexiva, inteligente y de profunda vida interior, el evangelista san Lucas parece querer aludir a su principal fuente de información directa o indirecta (quizá a través de Juan), de estos relatos acerca de la infancia de Jesús.

«Circuncidaron al niño». La Circuncisión de Jesús es el signo de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la alianza, de su sumisión a la Ley, y de su consagración al culto de Israel en el que participará a lo largo de toda su vida. Un misterio (junto con el de su Presentación en el Templo y la Purificación de María) que expresa la voluntad del Hijo de Dios de someterse a una ley que no le obligaba, para redimir a los que estaban bajo la Ley (Gal 4,5), a los perdidos por la desobediencia (cf Rm 5,19).

«Y le pusieron el nombre de Jesús». En el centro del versículo, y de toda la historia humana, hay un nombre que hizo suyo, hace veinte siglos, un niño aldeano; Dios, cuyo nombre es oculto (Gn 32,30; Ex 3,14), tiene ya nombre de verdadera criatura humana.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre
(466)

La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la Persona divina del Hijo de Dios, que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne.

María, Madre de Dios
(495, 503, 508)

De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, llena de gracia, es el fruto excelente de la redención; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

María, llamada en los Evangelios la “Madre de Jesús”, es aclamada por su prima Isabel, bajo el impulso del Espíritu, como “la Madre de mi Señor”, desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo Eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios (Theotokos) porque es la Madre de Jesús, y Jesús además de ser verdadero hombre es también verdadero Dios.

La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios. La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre. Consubstancial con el Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas divina y humana.

María, Virgen y Madre
(506, 507, 510, 721)

María fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre (S. Agustín): Ella, con todo su ser, es “la esclava del Señor” (Lc 1, 38).

María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe, no adulterada por duda alguna, y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador.

María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia: La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo. 

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. 

María en el año litúrgico
(1171, 1172)

Las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.

En la celebración de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser.

El culto a la Santísima Virgen María
(971, 975)

Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial (culto de hiperdulía). Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de “Madre de Dios”, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Vino Nuestro Señor Jesucristo a liberarnos de nuestras dolencias, no a cargar con ellas; no a rendirse a los vicios sino a remediarlos… y por eso convenía que naciese de manera nueva quien traía la gracia nueva de la santidad inmaculada… Convino que la virtud del Hijo velase por la virginidad de la Madre y que tan grato claustro del pudor y morada de santidad fuera guardada por la gracia del Espíritu Santo” (San León Magno).

Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin  mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, ¡sálvanos!” (liturgia de S. Juan Crisóstomo, tropario “O monoghenis”).

Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo” (S. Agustín).

Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor, más aún, es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza” (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
ante bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

Amén.

(Esta es la oración más antigua que se conoce a la Virgen María).

17 de noviembre de 2019: DOMINGO XXXIII ORDINARIO “C”


 

Creo en la vida eterna

Ml 3,19-20a: Les iluminará un sol de justicia.

Sal 97, 5-9: El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

2 Ts 3, 7-12: El que no trabaja, que no coma.

Lc 21,5-19: Con su perseverancia, salvarán sus almas.

I. LA PALABRA DE DIOS

Malaquías y los últimos profetas anteriores a la venida de Jesucristo anunciaron «el día del Señor», grande y terrible. Las descripciones bíblicas del «último día» hablan de destrucción de lo que es pasajero, y de revelación del único Señor y Dios. ¿Producen temor, o más bien alimentan la esperanza en el Señor que viene?.

El apóstol Pablo critica en la segunda lectura a los que viven sin trabajar, a costa de los demás, con la excusa de esperar la venida del Señor. Él, con su ejemplo de vida, les enseña a mantenerse vigilantes, pero con serenidad y laboriosidad.
En el Evangelio, a pesar de la brillantez de la entrada de Jesús en Jerusalén, el presagio de la Pasión ya cercana oscureció los últimos días del Maestro en la ciudad santa. Jesús aprovechó para instruir a los discípulos acerca de la próxima destrucción del Templo y de la ciudad, así como sobre las persecuciones que acompañarían al nacimiento de la Iglesia, teniendo como perspectiva última el final de los tiempos.

«No quedará piedra sobre piedra». Jesús anuncia a todos la ruina de lo que más amaban. Pero el peligro más serio no era la caída de Jerusalén, ni la destrucción del Templo, sino la falta de fidelidad por cansancio en la larga espera, llena de persecuciones y dificultades, antes de entrar en la “gloria”. «Perseverancia» es paciencia, constancia, capacidad de resistir.

«Cuidado con que nadie os engañe». Son muchas veces las que el Nuevo Testamento nos advierte que surgirán falsos maestros y profetas (1 Tim 1,3-7; 6,3-5; 2 Tim 4,3-4; 2 Pe 2,1-3…) y que hemos de estar atentos para no dejarnos embaucar. En estos tiempos de confusión es necesaria más que nunca una fe firme y vigilante, una fe consciente y bien formada que sea capaz de discernir para detectar y denunciar estos falsos mesías: «muchos vendrán usando mi nombre, diciendo: “Yo soy”». Al final se pondrá de manifiesto su falsedad, pues desaparecerán como la paja, «no quedará de ellos ni rama ni raíz » (primera lectura). Pero mientras tanto pueden causar estragos.

«Todos os odiarán por causa de mi nombre». La persecución no debe sorprender al cristiano. Está más que avisada por Cristo. Más aún, está asegurada al que le es fiel a Él y a su evangelio. «Así tendréis ocasión de dar testimonio». Jesús y su Espíritu no abandonarán nunca a sus mártires (= testigos); les darán la capacidad de hablar con sabiduría elocuente. Por lo demás, nada más falso que concebir la vida en este mundo como un remanso de paz. La vida nos ha sido dada para combatir, para luchar por Cristo y por los hermanos. El que renuncia a luchar ya está derrotado. La seguridad nos viene de la protección fiel de Cristo, que ha luchado y sufrido antes que nosotros y más que nosotros.

Con la mirada puesta en las cosas últimas y definitivas, la Palabra de Dios quiere liberarnos de falsas ilusiones y espejismos. Lo mismo que aquellos judíos deslumbrados por la belleza exterior del templo, también nosotros nos deslumbramos por cosas que son pura apariencia, que son efímeras y pasajeras. Frente a tanta falsedad que nos acecha en el mundo en que vivimos, frente a tantas ofertas vanas e inconsistentes, sólo la Palabra de Dios es la verdad, sólo ella «permanece para siempre».

La enseñanza de la Iglesia sobre el juicio final y el último día es un mensaje esperanzador. Quien vive en Cristo, espera y ansía ver a Dios.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El juicio final
(1020, 1038 – 1041)

El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. La resurrección de todos los muertos, de los justos y de los pecadores, precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 28‑29). Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles… y serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna» (Mt 25, 31ss).

Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces, Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.

El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación». Inspira el santo temor de Dios (respeto a Dios). Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la «bienaventurada esperanza» de la vuelta del Señor que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído».

La esperanza de los cielos nuevos
y la tierra nueva
(1042 – 1048)

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado.

Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres.

La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo. Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra». En este “universo nuevo” Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».

Frutos para la vida eterna
(1049 – 1050)

No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz.

Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontraremos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal.

Venga a nosotros tu Reino
(2816 – 2821)

Marana Tha”, es el grito del Espíritu y de la Esposa: “ven, Señor Jesús”: es a Cristo en persona a quien llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete.

«El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo». Sólo un corazón puro puede decir con seguridad: “¡venga a nosotros tu Reino!” Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: «Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal» (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: “¡venga tu Reino!”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Todo el mal que hacen los malos se registra –y ellos no lo saben–. El día en que “Dios no se callará” … Se volverá hacia los malos: “Yo había colocado sobre la tierra, dirá El, a los pobrecitos para ustedes. Yo, su cabeza gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubieran dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados de ustedes para llevar sus buenas obras a mi tesoro: como no han depositado nada en sus manos, no poseen nada en Mí” (San Agustín).

«A la tarde [de la vida] te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
más cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.

Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.

Este mundo bueno fue
si bien usásemos de él
como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquel
que atendemos.

27 de octubre de 2019: DOMINGO XXX ORDINARIO “C”


¡Señor, enséñanos a orar!

Si 35,15-17.20-22: Los gritos del pobre atraviesan las nubes.
Sal 33, 2-3. 17-23: Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha.
1 Tm 4,6-8.16-18: Ahora me aguarda la corona merecida.
Lc 18, 9-14: El publicano bajó a su casa justificado; el fariseo, no.

I. LA PALABRA DE DIOS

En el libro sapiencial del Eclesiástico se subraya la perseverancia de los humildes en la oración. Esto es lo que mueve a Dios. Sólo el pobre es audaz en su humildad. La oración del pobre es escuchada. ¿Quién puede presentarse rico ante Dios?

Las últimas palabras de la primera carta a Timoteo son como el testamento espiritual de S. Pablo: él ha mantenido la fe y ésta le sostiene a él ante la prueba final y del martirio.

En el Evangelio, la parábola del fariseo y del publicano muestra que la oración, además de confiada y constante, ha de ser humilde.

«En pie, … ¡Oh Dios!, te doy gracias». El fariseo no pide, agradece; pero su agradecimiento es hipócrita; en realidad, piensa que es Dios quien tiene que estarle agradecido por ser tan buen cumplidor: 1°) No hace cosas malas, «como los demás». 2°) Hace obras buenas, y más de las que están prescritas en la Ley. El fariseo piensa no necesitar nada para salvarse, sabe y puede salvarse solo. “Nos encontramos ante dos actitudes diferentes de la conciencia moral del hombre de todos los tiempos: el publicano nos presenta una conciencia penitente, plenamente consciente de la fragilidad de la propia naturaleza y que ve en sus faltas, cualesquiera que sean las justificaciones subjetivas, una confirmación de que su ser necesita redención. El fariseo nos presenta una conciencia satisfecha de sí misma, que cree poder observar la ley sin ayuda de la gracia y está convencida de no necesitar misericordia” (Juan Pablo II).

«Bajó a su casa justificado, y aquel no». El que se tenía por justo salió del templo siendo pecador, el que se confesó pecador salió en amistad con Dios.

La actitud adecuada del hombre en su relación con Dios sólo puede ser la de reconocer que Dios es «el que es» y «el que hace ser» (Ex 3,14), mientras que el hombre es «el que no es nada por sí mismo», el que lo recibe todo de Dios. La auténtica relación del hombre con Dios sólo puede basarse en la verdad de lo que es Dios y en la verdad de lo que es el hombre. Por eso, enorgullecerse delante de Dios no es sólo algo que esté moralmente mal, sino que es una tontería; es vivir en la mentira radical: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7).

Esto es válido sobre todo para el encuentro con Dios en la oración. Además de la fe, que nos recordaba el evangelio del domingo pasado, es radicalmente necesaria la humildad, que nos recuerda el de hoy. La única actitud justa delante de Dios es la de acercarnos a Él mendigando su gracia, como el pobre que sabe que no tiene derecho a exigir nada y que pide confiando sólo en la bondad del que escucha, no en sus propios méritos. Por eso, nada hay más contrario a la verdadera oración que la actitud del fariseo, que se presenta ante Dios exigiendo derechos, pasando factura de “sus buenas obras”.

Más aún: no sólo no tenemos derecho, sino que somos positivamente indignos de estar en presencia de Dios por haber rechazado tantas invitaciones suyas a lo largo de nuestra vida. Nuestra realidad de pecadores es un motivo más para la humildad, que, como al publicano, nos debe hacer sentirnos avergonzados, sin atrevernos a levantar los ojos: «Ten compasión de este pecador».

En los anteriores domingos hemos recibido las enseñanzas de Jesús sobre la vida moral y la vida de oración. La parábola del fariseo y del publicano nos ayuda a recapitular nuestras reflexiones sobre la vida de oración: El único maestro de oración es Jesús; El ora y nos enseña a orar.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús ora
(2598 – 2606)

El modelo perfecto de oración se encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la soledad –en lo secreto–, la oración de Jesús entraña una adhesión amorosa a la voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta confianza en ser escuchada.

Jesús se retira con frecuencia en soledad a la montaña, con preferencia por la noche, para orar. Lleva a los hombres en su oración, y los ofrece al Padre, ofreciéndose a sí mismo. Sus palabras y sus obras aparecen como la manifestación visible de su oración «en lo secreto».

Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el Padre dé testimonio de Él en su Bautismo y de su Transfiguración, y antes de dar cumplimiento con su Pasión al designio de amor del Padre. Jesús ora también ante los momentos decisivos que van a comprometer la misión de sus apóstoles: antes de elegir y de llamar a los Doce, antes de que Pedro lo confiese como «el Cristo de Dios» y para que la fe del príncipe de los apóstoles no desfallezca ante la tentación. La oración de Jesús es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.

Los evangelistas han conservado las dos oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de ellas comienza precisamente con la acción de gracias. En la primera, Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los “pequeños”: los pobres de las Bienaventuranzas. La segunda oración es narrada por San Juan en el pasaje de la resurrección de Lázaro. La acción de gracias precede al acontecimiento: «Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado», lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: «Yo sabía bien que tú siempre me escuchas», lo que implica que Jesús, por su parte, pide de una manera constante.

La “oración sacerdotal” de Jesús (cf. Jn 17) ocupa un lugar único en la Economía de la salvación. Esta oración, en efecto, muestra el carácter permanente de la plegaria de nuestro Sumo Sacerdote, y, al mismo tiempo, contiene lo que Jesús nos enseña en la oración del Padre Nuestro.

Cuando llega “la hora” de cumplir el plan amoroso del Padre, Jesús deja entrever la profundidad insondable de su plegaría filial, no sólo antes de entregarse libremente: «Abbá… no mi voluntad, sino la tuya»; sino hasta en sus últimas palabras en la Cruz, donde orar y entregarse son una sola cosa: hasta ese “fuerte grito” cuando expira entregando el espíritu. Todos los infortunios de la humanidad de todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las intercesiones de la historia de la salvación están recogidas en este grito del Verbo encarnado. He aquí que el Padre las acoge y, por encima de toda esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo.

Jesús enseña a orar
(2607 – 2615)

«Estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Maestro, enséñanos a orar”». Es, sobre todo, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar. Entonces, puede aprender del Maestro de oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre.

En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseverante, una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a Dios en su nombre.

Jesús insiste en la conversión del corazón: la reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda sobre el altar, el amor a los enemigos y la oración por los perseguidores, orar al Padre “en lo secreto”, no gastar muchas palabras, perdonar desde el fondo del corazón al orar, la pureza del corazón y la búsqueda del Reino. Esta conversión se centra totalmente en el Padre; es lo propio de un hijo.

Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: «todo cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido». La oración de fe no consiste solamente en decir «Señor, Señor», sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre. Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino.

En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.

Jesús escucha nuestra oración
(2616)

La oración a Jesús ya ha sido escuchada por Él durante su ministerio: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso, Jairo, la cananea, el buen ladrón), o en silencio (los portadores del paralítico, la hemorroisa que toca su vestido, las lágrimas y el perfume de la pecadora).

La petición apremiante de los ciegos: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» o «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: “¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!” Sanando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica con fe: «ve en paz, tu fe te ha salvado».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo no nos empujase a proferir este grito: ¡Abbá, Padre!» (S. Pedro Crisólogo).

San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: «Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a Él se dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros».

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén.