Archivos Mensuales: marzo 2009

DOMINGO DE RAMOS “B”


“Lo aclamamos como Rey porque entrega su vida como Siervo”

Mc 11,1-10: “Bendito el que viene en nombre del Señor”

Is 50,4-7: “No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaré defraudado”

Flp 2,6-11: “Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo”

Mc 14,1-15,47: “Era media mañana cuando lo crucificaron”


I. LA PALABRA DE DIOS

En el pórtico de la Semana Santa, el Domingo de Ramos presenta la Entrada Mesiánica de Jesús en Jerusalén. El texto muestra a un Jesús que prevé y domina los acontecimientos, precisamente cuando emprende el camino de la pasión. San Marcos, que había custodiado cuidadosamente en silencio la identidad de Jesús  para evitar confusiones –el “secreto mesiánico”–, manifiesta ahora a Jesús aclamado abiertamente como Mesías –«bendito el reino que llega, el de nuestro padre David»–. Sin embargo, no es un Mesías guerrero que aplasta a sus enemigos por la fuerza de las armas, sino el Mesías humilde que trae el gozo de la salvación en la debilidad –montado en un borrico: ver Zac 9,9s–.

El profeta Isaías destacó del Siervo sufriente la perfecta docilidad y entrega a la voluntad de Dios, y cómo todo eso se revela como proyecto de Dios. El Siervo resiste, pese a todo, porque sabe que el Señor está a su lado.

El himno de la Carta a los Filipenses resume todo el misterio de Cristo que vamos a celebrar en estos días de la Semana Santa:

«Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo». Estas son las disposiciones más profundas del Hijo de Dios hecho hombre. Justamente lo contrario de Adán, que siendo una simple criatura quiso ávidamente hacerse igual a Dios. Justamente lo contrario de nuestras tendencias egoístas, que nos llevan a enaltecernos a nosotros mismos y a dominar a los demás. Pero Jesús se despojó.

La fe católica nos dice que el Hijo de Dios no se despojó de su naturaleza divina, no renunció a su divinidad –cosa imposible–, sino que, al hacerse verdaderamente criatura humana, renunció durante su vida mortal al esplendor (= gloria divina) al que tenía derecho. Prefirió recibir como un don la gloria a la que tenía derecho por ser el Hijo. Prefirió hacerse esclavo de todos, siendo el Señor de todos. En su resurrección y ascensión, la humanidad de Cristo recibió del Padre esa gloria, como premio a su obediencia.

«Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz». Una obediencia que significaba morir a sí mismo y que le llevó hasta la muerte de cruz. Es preciso contemplar detenidamente esta tendencia de Cristo a la humillación. Lo menos es el sufrimiento físico, aun siendo atroz. Lo más impresionante es el sufrimiento moral, la humillación: Jesús es ajusticiado como culpable, pasa a los ojos de la gente como un malhechor. Más aún, pasa a los ojos de la gente piadosa como un maldito, uno que ha sido rechazado por Dios, pues dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un madero» (Gal 3,13).

«Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre», precisamente «por eso»: por humillarse, por obedecer. Jesús no buscó ni su voluntad, ni su gloria. No trató de defenderse ni de justificarse. Lo dejó todo en manos del Padre. El Padre se encargará de demostrar su inocencia. El Padre mismo le glorificará en la resurrecciónn. He aquí el resultado de su obediencia: el universo entero se le somete, toda la humanidad le reconoce como Señor (Kyrios, el Yahveh del Antiguo Testamento). La soberbia de Adán –y la nuestra–, el querer ser como Dios, acaba en el absoluto fracaso. La humillación voluntaria de Cristo acaba en su exaltación gloriosa. En Él, antes que en ningún otro, se cumplen sus propias palabras: «el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Este año, en el domingo de Ramos se proclama el relato de la Pasión según San Marcos, el más sobrio y realista. El evangelista no disimula los contrastes de un acontecimiento que resulta desconcertante: la cruz es escándalo al tiempo que revela perfectamente al Hijo de Dios. Jesús ha aceptado plenamente el plan del Padre en una obediencia absolutamente dócil y filial («Abba»: 14,36). En la escena central del relato –al ser interrogado por el Sumo Sacerdote– Jesús confiesa su verdadera identidad: es el Mesías, el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre –es decir, el Juez escatológico–. A diferencia de Pedro, que reniega de Jesús para salvar su piel, Jesús confiesa, en absoluta fidelidad, ser el Hijo de Dios –«Yo soy»– sabiendo que esta confesión le va a llevar a la cruz. Paradójicamente, en el momento de mayor humillación –cuando agoniza y expira– es cuando manifestará plenamente quién es. Pero para conocerle y aceptarle como Hijo de Dios en el colmo de su humillación es necesaria la fe que se somete al misterio: frente a la reacción de los discípulos –que huyen abandonando a Jesús– la única actitud válida, a pesar de lo chocante y desconcertante de la Pasión, es el acto de fe del centurión romano: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios». En medio de las tinieblas, brota la luz por la confesión de fe de un militar pagano, auténtica confesión de fe en la filiación divina de Jesús.

Frente al relato de la Pasión, hemos de evitar ante todo la impresión de algo “sabido”. Es preciso considerar, uno por uno, los indecibles sufrimientos de Cristo. En primer lugar, los sufrimientos físicos: latigazos, corona de espinas, golpes, crucifixión, desangramiento, sed, descoyuntamiento… Pero más todavía los interiores: humillación, burlas y desprecios, incluso de los discípulos y amigos, contradicciones, injusticia clamorosa… Basta pensar en nuestro propio sufrimiento ante cualquiera de estas situaciones. Y, lo más duro de todo, la sensación de abandono por parte del Padre; aunque Jesús sabía que el Padre estaba con Él, quiso experimentar en su alma ese abandono de Dios que siente el hombre pecador.

San Marcos nos sitúa ante la Pasión como frente a un misterio desconcertante. El que así sufre y es humillado es el mismo Hijo de Dios. Esto es algo que sobrepasa nuestro entendimiento y choca contra la lógica humana. Al considerar los sufrimientos de Cristo, hemos de evitar quedarnos en la mera conmoción sensible e ir más allá, contemplando en «este hombre» al Hijo eterno de Dios. Para ello es necesaria la fe del centurión, la única que nos capacita para penetrar en el misterio, oscuro y luminoso a la vez, del crucificado.

La meditación de la pasión desde la fe arroja un gran chorro de luz sobre nuestra vida de cada día. El sufrimiento no es una muralla que nos separa de Dios, sino una puerta de entrada al misterio de su amor. Cristo no ha venido a eliminar nuestros sufrimientos, lo mismo que Él no se ha bajado de la cruz cuando se lo pedían; ha venido a darles sentido, transfigurándolos por amor en fuente de fecundidad y de gloria. Por eso, el cristiano no rehúye el sufrimiento ni se evade de él, sino que lo asume con fe; la prueba no destruye su confianza y su ánimo, sino que les proporciona un fundamento más firme. Para quien ve la pasión con fe, la cruz deja de ser locura y escándalo y se convierte en sabiduría y fuerza.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
(559, 560, 570)

¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su Padre». Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir “¡sálvanos!”, “¡Danos la salvación!”). Pues bien, el «Rey de la Gloria» entra en su ciudad «montado en un asno»: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los “pobres de Dios”, que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación «Bendito el que viene en el nombre del Señor», ha sido recogida por la Iglesia en el “Santo” de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Fuera de la cruz no hay otra escala por donde subir al cielo” (Santa Rosa de Lima).

La Cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Jesucristo –Hombre, Hijo de María, Hijo putativo de José de Nazaret– deja este mundo, es al mismo tiempo una nueva manifestación  de la eterna paternidad de Dios, el cual se acerca de nuevo en Él a la humanidad, a todo hombre, dándole el tres veces santo Espíritu de Verdad”  (Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

¿Quién es éste que viene,
recién atardecido,
cubierto con su sangre
como varón que pisa los racimos?

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

DOMINGO V DE CUARESMA “B”


Conoceremos al Señor porque perdonará nuestros pecados por la Nueva Alianza en Cristo”

Jr 31,31-34: “Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados”

Sal 50: “Oh, Dios, crea en mí un corazón puro”

Hb 5,7-9:  “Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna”

Jn 12,20-33: “Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”


I. LA PALABRA DE DIOS

El anuncio de Jeremías –la Alianza Nueva– parece un anticipo del Evangelio. La letra había ahogado al espíritu y había que grabar en los corazones la Ley Nueva. Dios mismo será quien escriba esa ley dentro del hombre.

«Queremos ver a Jesús». ¿Accedió Jesús al deseo de estos griegos piadosos? Lo que dice a continuación es la respuesta indirecta: “Si quieren verme, que me ‘vean’ en la cruz”.

«Padre, glorifica tu nombre». Jesús acepta voluntariamente su muerte redentora, pero la idea de sufrir lo turba instintivamente, como en Getsemaní. Desearía verse libre de esa hora dolorosa: «¿qué puedo decir: “Padre sálvame de esta hora”?»; pero su oración no es egoísta: sólo busca que el Padre sea glorificado. La respuesta del Padre, que ya ha actuado en las señales reveladoras de Jesús (sus milagros), indica que precisamente ahora, en la muerte y la resurrección, va a mostrar con más claridad “el esplendor del Hijo único”.

«Ahora es glorificado el Hijo del hombre». La glorificación de Jesús empieza ya con la pasión. Jesús es «elevado sobre la tierra»: con esta expresión san Juan se refiere a la cruz y a la gloria al mismo tiempo. Con ello expresa una realidad muy profunda y misteriosa a la vez: en el patíbulo de la cruz, cuando Jesús pasa a los ojos de los hombres por un derrotado y por un maldito, es en realidad cuando Jesús está venciendo. «Ahora el Príncipe de este mundo –Satanás– es arrojado fuera». En la cruz Jesús es Rey.

«Si muere da mucho fruto». El cuerpo destruido de Jesús es fuente de vida. De su pasión somos fruto nosotros. Millones y millones de seres humanos han recibido y recibirán vida eterna por la entrega de Cristo en la cruz. El sufrimiento con amor y por amor es fecundo. La contemplación de Cristo crucificado debe encender en nosotros el deseo de sufrir con Cristo para dar vida al mundo: «les he destinado para que vayan y den fruto y su fruto dure» (Jn 15,16).

«Atraeré a todos hacia mí». Cristo crucificado atrae irresistiblemente las miradas y los corazones. Mediante la cruz ha sido colmado de gloria y felicidad. La cruz ha sido constituida fuente de vida para toda la humanidad. La cruz es expresión del amor del Padre a su Hijo: «Por esto me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17). Por eso, Jesús no rehúye la cruz: «Para esto he venido».

La segunda lectura, aludiendo a la oración del huerto, afirma que Cristo «fue escuchado» por su Padre. Expresión paradójica, porque el Padre no le ahorró pasar por la muerte. Y, sin embargo, fue escuchado. La resurrección revelará hasta qué punto el Hijo ha sido escuchado. A este Cristo, que había pedido: «Padre, glorifica a tu Hijo», lo vemos ahora coronado de honor y gloria precisamente en virtud de su pasión y su cruz. Más aún, una vez resucitado, llevado a la perfección, «se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna». A la luz de la Resurrección entendemos en toda su verdad que es el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto. Sí, efectivamente, en lo más hondo de su agonía el Hijo ha sido escuchado por el Padre.

«Y que dónde yo estoy allí este también mi servidor». Para estar un día en la gloria con el Hijo resucitado, su servidor tiene que vivir también –no de modo fortuito, sino necesariamente– en comunidad de cruz con Él. Esto es iluminador para nosotros. Mucha gente se queja de que Dios no le escucha porque no le libra de los males que está sufriendo. Pero a su Hijo tampoco le liberó del sufrimiento ni le ahorró la muerte. Y, sin embargo, le escuchó. Dios escucha siempre. Lo que ocurre es que nosotros «no sabemos pedir lo que conviene». Dios puede escucharnos permitiendo que permanezcamos en la prueba y no evitándonos la muerte. Nos escucha dándonos fuerza para resistir en la prueba; dándonos gracia para ser aquilatados y purificados –glorificándonos– a través del sufrimiento. Nos escucha haciéndonos –con el Hijo– grano de trigo que muere para dar fruto abundante.

Todos los cristianos y santos de todas las épocas somos fruto de la pasión de Cristo. Gracias a ella el príncipe de este mundo ha sido echado fuera y hemos sido arrancados del poder del demonio y atraídos hacia Cristo. Por ella Dios ha sellado con nosotros una alianza nueva y nuestros pecados han sido perdonados; ha creado en nosotros un corazón puro y nos ha devuelto la alegría de la salvación. Por la pasión de Cristo ha sido inscrita en nuestro corazón la nueva ley, la ley del Espíritu Santo…

II. LA FE DE LA IGLESIA

Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
(606 – 607).

El Hijo de Dios –que ha bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado– al entrar en este mundo, dice: “He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad“. Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra“. El sacrificio de Jesús “por los pecados del mundo entero“, es la expresión de su comunión de amor con el Padre: “El Padre me ama porque doy mi vida. El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado“.

Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: “El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?”. Y todavía en la cruz antes de que “todo esté cumplido“, dice: “Tengo sed“.

El cordero que quita el pecado del mundo
(608).

Juan Bautista señaló a Jesús como el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo“. Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero y carga con el pecado de las multitudes y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua. Toda la vida de Cristo expresa su misión: “Servir y dar su vida en rescate por muchos“.

Jesús acepta libremente el amor del Padre
(609).

Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, los amó hasta el extremo porque “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos“. Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 18).

El Espíritu grabará en nosotros la Ley Nueva:
(715 – 716).

El Pueblo de los “pobres”, los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios; los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, es la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas (Antiguo Testamento). En los “últimos tiempos”, el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva.

Ley nueva o Ley evangélica
(1972).

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo, a la de amigo de Cristo, o también a la condición de hijo heredero.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

“Hubo, bajo el régimen de la antigua alianza, gentes que poseían la caridad y la gracia del Espíritu Santo y aspiraban ante todo a las promesas espirituales y eternas, en lo cual se adherían a la ley nueva. Y al contrario, existen, en la nueva alianza, hombres carnales, alejados todavía de la perfección de la ley nueva: para incitarlos a las obras virtuosas, el temor del castigo y ciertas promesas temporales han sido necesarias, incluso bajo la nueva alianza. En todo caso, aunque la ley antigua prescribía la caridad, no daba el Espíritu Santo, por el cual «la caridad es difundida en nuestros corazones» (Rm 5,5)” (Santo Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

A Ti, sumo y eterno Sacerdote
de la nueva alianza,
se ofrecen nuestros votos y se elevan
los corazones en acción de gracias.

Tú eres el Ungido, Jesucristo,
el Sacerdote único;
tiene su fin en ti la ley antigua,
por ti la ley de gracia viene al mundo.

Al derramar tu sangre por nosotros,
tu amor complace al Padre;
siendo la hostia de tu sacrificio,
hijos de Dios y hermanos tú nos haces.

Para alcanzar la salvación eterna,
día a día ofreces
tu sacrificio, mientras, junto al Padre,
sin cesar por nosotros intercedes.

A ti, Cristo pontífice, la gloria
por los siglos de los siglos;
tú que vives y reinas y te ofreces
al Padre en el amor del santo Espíritu. Amén.

DOMINGO IV DE CUARESMA “B”


Somos obra de Dios, liberados por Cristo de las tinieblas, salvados en su Nombre”

2 Cro 36,14-16.19-23: “La ira y la misericordia del Señor se manifestaron en el exilio y la liberación”

Sal 136: “Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti”

Ef 2,4-10: “Estando muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo”

Jn 3,14-21: “Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por Él”


  1. LA PALABRA DE DIOS

Toda la Cuaresma converge en el Crucificado. Él es el signo que el Padre levanta en medio del desierto de este mundo. Y se trata de mirarle a Él. Pero de mirarle con fe, con una mirada contemplativa y con un corazón contrito y humillado. Es el Crucificado quien salva. El que cree en Él tiene vida eterna. En Él se nos descubre el infinito amor de Dios, ese amor asombroso, desconcertante.

«La serpiente en el desierto» no podía curar ni dar vida, pero cuando los israelitas pecadores la miraban creían en Aquel que había ordenado a Moisés que la hiciera, y Él los curaba. Lo mismo que los israelitas al mirar la serpiente de bronce quedaban curados de las consecuencias de su pecado (Núm 21,4-9), así también nosotros hemos de mirar a Cristo levantado en la cruz. Estas últimas semanas de cuaresma son ante todo para mirar abundantemente al crucificado con actitud de fe contemplativa: «Mirarán al que traspasaron». Sólo salva la cruz de Cristo (Gál 6,14) y sólo contemplándola con fe podremos descubrir y experimentar la misericordia de Dios, que con su perdón nos limpia de nuestros pecados.

«El que cree en Él no será condenado». La Redención tiene su fuente en el amor de Dios a los hombres, y la realiza el Hijo entregando su vida: su finalidad es salvarnos, pero nosotros podemos permanecer en la oscuridad y no creer en el Hijo. El que no quiere creer en el crucificado, ni en el amor del Padre que nos lo entrega, ese ya está condenado, en la medida en que da la espalda al único que salva (cfr. He 4,12).

«Tanto amó». Si algo debe calarnos profundamente es ese «tanto», esa medida sin media, la desmesura del amor del Padre dándonos a su Hijo y del amor de Cristo entregándose por nosotros hasta el extremo (Jn 13,1), por cada uno de todos (Gal 2,20). La contemplación de la cruz tiene que llevar a contemplar el amor que está escondido tras ella, e infunde la seguridad de saberse amados: «Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rom 8,31-35).

«Tanto amó… al mundo». “El mundo“, en los escritos de san Juan, es palabra polivalente: puede significar “el universo” (lo que un judío llamaría “el cielo y la tierra”), o “la humanidad“, el género humano; y este segundo significado se desdobla en dos: el conjunto de todos los seres humanos, objeto del amor salvador de Dios (así es en este pasaje) o “el mundo malo“, es decir, los seres humanos que, como seres libres, rechazan creer en Jesús, revelador del Padre. Gracias a este amor de Dios a la humanidad, más fuerte que el pecado y que la muerte, el mundo tiene remedio, todo hombre puede tener esperanza, en cualquier situación en la que se encuentre, por lejos que se crea de Dios.

Este amor es el que hace exultar a san Pablo. Estando muertos por los pecados, Dios nos ha hecho vivir, nos ha salvado por pura gracia. Es este amor gratuito, inmerecido, el que explica la cruz. Este amor es el que nos ha salvado, sacándonos literalmente de la muerte. Nos ha resucitado. Ha hecho de nosotros criaturas nuevas. Este es el amor que se vuelca sobre nosotros en esta Cuaresma. Esta es la gracia nueva que se nos regala.

A la luz de tanto amor y tanta misericordia entendemos mejor la gravedad enorme de nuestros pecados, que nos han llevado a la muerte; y que al pueblo de Israel le llevó al destierro. Entendemos que las expresiones de la primera lectura no son exageradas y se aplican a nosotros en toda su cruda y dolorosa realidad: hemos multiplicado las infidelidades, hemos imitado las costumbres abominables de los gentiles (no creyentes), hemos manchado la casa del Señor, nos hemos burlado de los mensajeros de Dios, hemos despreciado sus palabras…

Que Dios sea rico en misericordia no significa que nuestros pecados no tengan importancia. Significa que su amor es tan potente que es capaz de rehacer lo destruido, de crear de nuevo lo que estaba muerto. La conversión a la que la cuaresma nos invita es una llamada a asomarnos al abismo infernal de nuestro pecado y al abismo divino del amor misericordioso de Cristo y del Padre. Cuando el hombre se acerca a la Verdad de  Dios  por  el camino  de  Cristo, además de encontrarse con «el Verdadero», se encuentra a sí mismo de verdad.

  1. LA FE DE LA IGLESIA

Dios es Verdad y Amor
(214)

Dios, «El que es», se reveló a Israel como el que es «rico en amor y fidelidad» (Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. «Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad» (Sal 138,2). Él es la Verdad, porque «Dios es Luz, en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1,5); Él «es Amor», como lo enseña el apóstol Juan.

Dios es la Verdad
(215)

Dios es la Verdad misma, sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las cosas. El comienzo del pecado y de la caída del hombre fue una mentira del tentador que indujo a dudar de la palabra de Dios, de su benevolencia y de su fidelidad.

Dios es amor
(218 – 219)

A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito. E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo y de perdonarle su infidelidad y sus pecados.

El amor de Dios a Israel es comparado en la Biblia al amor de un padre a su hijo (Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16).

Vivir en la verdad
(2466 – 2472)

El hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla y testimoniarla: Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias.

En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó toda entera. El que cree en él, no permanece en las tinieblas. El discípulo de Jesús, «permanece en su palabra», para conocer «la verdad que hace libre» y que santifica. Seguir a Jesús es vivir del «Espíritu de verdad» que el Padre envía en su nombre y que conduce «a la verdad completa». Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional a la Verdad: «Sea su lenguaje: “sí, sí”; “no, no”» (Mt 5,37).

La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.

Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad” (S. Tomás de Aquino). La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción. En justicia, “un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad” (S. Tomás de Aquino).

El discípulo de Cristo acepta «vivir en la verdad», es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en su Verdad. «Si decimos que estamos en comunión con Él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad» (1 Jn 1,6).

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar, con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra, al hombre nuevo del que se revistieron por el Bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la Confirmación. En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, sin avergonzarse nunca de la cruz de Jesucristo.

  1. EL TESTIMONIO CRISTIANO

“¿Dónde, pues, están inscritas estas normas sino en el libro de esa luz que se llama la Verdad? Allí está escrita toda ley justa, de allí pasa al corazón del hombre que cumple la justicia; no que ella emigre a él, sino que en él pone su impronta a la manera de un sello que de un anillo pasa a la cera, pero sin dejar el anillo” (San Agustín).

“Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mi mismo para darme todo a ti” (S. Nicolás de Flüe).

  1. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Mi Cristo, tú no tienes
la lóbrega mirada de la muerte.
Tus ojos no se cierran:
son agua limpia donde puedo verme.

Mi Cristo, tú no puedes
cicatrizar la llaga del costado:
un corazón tras ella
noches y días me está esperando.

Mi Cristo, tú conoces
la intimidad oculta de mi vida.
Tú sabes mis secretos:
te los voy confesando día a día.

Mi Cristo, tú sonríes
cuando te hieren, sordas, las espinas.
Si mi cabeza hierve,
haz, Señor, que te mire y te sonría. Amén.