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13 de febrero de 2022: DOMINGO VI ORDINARIO “C”


Vida o muerte.
¡Bienaventurados! o ¡Malditos!

Jr 17,5-8: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor

Sal 1, 1- 6: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

1 Co 15,12.16-20: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido

Lc 6, 17.20-26: Bienaventurados los pobres: Ay de vosotros, los ricos.

I. LA PALABRA DE DIOS

San Pablo proclama que nuestra fe en la resurrección de los muertos no se basa en razonamientos filosóficos, sino que es consecuencia directa de la fe en la resurrección de Jesucristo.

El profeta Jeremías y el Salmo señalan «los dos caminos» para la vida o la muerte del hombre: el de la confianza en Dios o el de la seguridad en el hombre.

San Lucas nos muestra un discurso semejante al «sermón de la montaña» de San Mateo, aunque de forma más breve. Los dichos de Jesús abren una reflexión sobre la vida del cristiano, la vida moral, que sigue el esquema de «los dos caminos».

El «primer catecismo cristiano» o «Didajé» decía: «Hay dos caminos: uno de la vida y otro de la muerte; pero muy grande es la diferencia entre los dos caminos». El discurso de Cristo que nos trasmite el evangelista S. Lucas, y que se va a proclamar en este y los próximos domingos, se inicia con cuatro bienaventuranzas –del camino de la vida– y cuatro lamentaciones –del camino de la muerte–. El camino de las bienaventuranzas no es otro que el de la vida en Cristo. Esa es la vida moral cristiana.

Jesús no sólo proclama las bienaventuranzas en positivo. También nos avisa de los peligros. El «¡ay de vosotros!» es un fuerte aldabonazo para que nadie se llame a engaño.

Vivimos en una sociedad opulenta, ambiciosa, y con frecuencia se intenta compaginar las riquezas —el bienestar, el consumismo y la diversión sin límites, el poder y la fama— con la fe en Jesucristo. Nunca más necesarias estas palabras de Cristo que ahora. Con ello está resaltando que no se puede ser «rico» y cristiano al mismo tiempo.

El evangelio es bastante explícito y Jesús no ahorra palabras para poner en guardia frente al peligro de las riquezas. Pocos males hay tan rechazados en los evangelios como este. Ante todo, porque las riquezas embotan, hacen al hombre necio e impiden escuchar la palabra de la salvación (Mt 13,22). Las riquezas llevan al hombre a hacerse auto-suficiente, endurecen su corazón y le impiden acoger a Dios; en vez de recibir todo como hijo, lleno de gratitud, el rico se afianza en sus posesiones y se olvida de Dios (Lc 12,15-21). Las riquezas empobrecen al hombre. Le impiden experimentar la inmensa dicha de poseer sólo a Dios.

A Cristo le duele que los ricos se pierdan, al no haber encontrado el único tesoro verdadero (Mt 13,44) y por eso grita y denuncia el daño de las riquezas, que además cierran y endurecen el corazón frente al hermano necesitado. Epulón no ha hecho nada malo a Lázaro; es condenado simplemente porque se hizo el desentendido (Lc 16,19-31).

El cristiano tiene hoy, como ayer, en el dinero y en el poder o la «notoriedad» la tentación del camino de la muerte… y este peligro no es sólo para los que aspiran o ejercen cargos públicos. La Virgen sabía bien, al cantar el Magnificat, que Dios «a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,53).

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Los dos caminos»
(1696)

El camino de Cristo «lleva a la vida», un camino contrario «lleva a la perdición». La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación. «Hay dos caminos, el uno de la vida, el otro de la muerte; pero entre los dos, una gran diferencia» (Didajé, 1,1).

El camino de la Bienaventuranza cristiana
(1716 — 1717)

Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra (la tierra prometida), sino al Reino de los cielos.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

La Bienaventuranza cristiana
(1718 — 1729)

Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de el Reino, de la visión de Dios, de la naturaleza divina y de la Vida eterna, de la filiación, del descanso en Dios. Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo y en el gozo de la vida trinitaria.

La bienaventuranza de la vida eterna es un don gratuito de Dios. Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Por eso la llamamos sobrenatural, así como la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.

La bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios sólo, fuente de todo bien y de todo amor.

La bienaventuranza del Cielo determina los criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos conforme a la Ley de Dios. El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los Cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante actos cotidianos, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti» (S. Agustín).

«Sólo Dios sacia» (Sto. Tomás de Aquino).

«El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje «instintivo» la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad… Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro… La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración» (Newman).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Este mundo del hombre, en que él se afana
tras la felicidad que tanto ansía,
tú lo vistes, Señor, de luz temprana
y de radiante sol al mediodía.

Así el poder de tu presencia encierra
el secreto más hondo de esta vida;
un nuevo cielo y una nueva tierra
colmarán nuestro anhelo sin medida.

Poderoso Señor de nuestra historia,
no tardes en venir gloriosamente;
tu luz resplandeciente y tu victoria
inunden nuestra vida eternamente.

Amén.

29 de agosto de 2021: DOMINGO XXII ORDINARIO “B”


«Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada
y que es capaz de salvaros»

Dt 4,1-2.6-8: «No añadáis nada a lo que yo os mando… observaréis los preceptos del Señor«

Sal 14,2-5: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?«

St 1,17-18.21b-22.27: «Poned en práctica la Palabra«

Mc 7,1-8a.14-15.21-23: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres«

I. LA PALABRA DE DIOS

En el Deuteronomio Moisés exhorta a su pueblo, destacando que Dios está en medio de ellos y pueden escucharlo; Israel ha recibido de Dios una Ley como ningún otro pueblo la tiene; el pasaje recuerda a la teofanía del Sinaí en el que el pueblo oyó a Dios, pero no le vio.

En el Evangelio encontramos una nueva polémica de tipo legalista ritual con los escribas y fariseos. Después de una larga explicación acerca del rito de lavarse las manos, Jesús marca la frontera entre la ley y Él. Esto da pie a Jesús para afirmar una de sus enseñanzas morales más importantes: frente al legalismo puramente externo, lo que importa es la interioridad del hombre. Una vez más la enseñanza de Jesús se presenta como noticia gozosa (Evangelio = Buena Noticia) y profundamente liberadora. Más allá de la mera observancia de cumplimiento, es en el corazón del hombre –de donde brota lo bueno y lo malo– donde se da la verdadera batalla; es ahí, en el corazón, donde se realiza la auténtica adhesión a la voluntad santa y sabia de Dios (1ª lectura).

El reproche de Jesús a los fariseos también nos afecta a nosotros. Los mandamientos de Dios son portadores de sabiduría y vida. Pero muchas veces hacemos más caso a otros criterios distintos de la Palabra de Dios. Incluso muchos refranes y dichos de la llamada «sabiduría popular» chocan con el evangelio. De esa manera despreciamos el Evangelio y nos quedamos con unas palabras que sólo llevan muerte y mentira. Es necesario estar atentos para no aferrarnos a preceptos y tradiciones humanas contrarias a veces a la Palabra de Dios.

«Del corazón del hombre…». Para un hebreo, el «corazón» no sólo es un órgano corporeo, sino la fuente de los sentimientos y emociones, sinónimo de «las entrañas». Es la sede de lo más propio del hombre: la inteligencia y la voluntad (pensamientos, proyectos, decisiones), el núcleo de la personalidad, de lo más arcano e íntimo de cada uno. En el AT Dios prometió el don de «un corazón nuevo» , que aseguraba la unión entre Dios y su pueblo; esa promesa se cumplió en Jesucristo, corazón verdaderamente nuevo y recreador de corazones nuevos

Uno de los aspectos más importantes de la Buena Nueva que Jesús ha traído es la interioridad. No basta la limpieza exterior, que puede ir unida a la suciedad interior. Cristo ha venido a cambiar el interior del hombre, a darnos un corazón nuevo. Cuando el corazón ha sido transformado por Cristo, también lo exterior es limpio y bueno. De lo contrario, todo esfuerzo por alcanzar obras buenas será inútil. ¿Hasta qué punto creo en la capacidad de Cristo para renovar mi vida y deseo intensamente esta renovación?

Ser cristiano no consiste en «hacer» cosas distintas o mejores, sino en «ser» distinto y mejor, es decir, de otra calidad: la divina. El amor y el poder de Cristo se manifiestan en que no se conforma con un barniz superficial. Somos una «nueva creación» (2Cor 5,17), hemos sido hechos «hombres nuevos» (Ef 4,24) y por eso estamos llamados a vivir una «vida nueva» (Rom 6,4).

Hoy nos hallamos en el polo opuesto con el que Jesús se enfrentó. Si Él tuvo que luchar contra el legalismo, hoy hay que esforzarse en luchar contra el relativismo subjetivista; contra la falsa defensa de una libertad individual mal entendida. Hoy se presenta cualquier mandato o precepto como imposición destructora del hombre y de su iniciativa personal. Para el cristiano «los Mandamientos –decía Juan Pablo II– constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad.»

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios constituye su pueblo y le da su Ley
(62, 708)

Después de la etapa de los patriarcas, Dios constituyó a Israel como su pueblo salvándolo de la esclavitud de Egipto. Estableció con él la Alianza del Sinaí y le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera como al único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y para que esperase al Salvador prometido.

La pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley. La letra de la Ley fue dada como un «pedagogo» para conducir al Pueblo hacia Cristo.

Dios ha dicho todo en su Verbo
(65 – 100)

La Revelación de Dios es la comunicación o manifestación que Él ha hecho, de Sí mismo y de su plan salvador, a los hombres.

Dios se ha revelado, en primer lugar, a nuestros primeros padres; después, en la historia del pueblo de Israel, a través de los patriarcas y los profetas; y, por último, por medio de Jesucristo, que es la plenitud de la revelación.

«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta.

Es decir, que Dios ya se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su Alianza para siempre. La revelación terminó con Jesucristo. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no hay ni habrá ya otra Revelación después de Él.

La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

La Revelación de Dios llega a nosotros mediante la Iglesia Católica, fundada por Jesucristo sobre los Apóstoles. Esta Revelación de Dios o Depósito de la fe, que también se llama la Palabra de Dios, se contiene en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia. Es decir, la Escritura y la Tradición constituyen un único Depósito Sagrado de la Palabra de Dios.

Por tanto, no toda la Revelación de Dios se encuentra escrita en la Biblia, pues parte de ella se conserva en la Tradición, que es la Palabra de Dios no escrita en la Biblia y que se nos ha transmitido en la vida de la Iglesia, en los escritos de los Santos Padres y en la Liturgia.

El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios (la Biblia y la Tradición) lo tiene, por voluntad de Jesucristo, el Magisterio de la Iglesia, es decir, el Papa y los obispos en comunión con Él.

La fe cristiana no puede aceptar «revelaciones» que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Este es el caso de ciertas Religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes «revelaciones».

A lo largo de los siglos ha habido las llamadas «revelaciones «privadas»», algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de «mejorar» o «completar» la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y [Dios] no tiene más que hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad» (San Juan de la Cruz).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Verbo de Dios, eterna luz divina,
fuente eternal de toda verdad pura,
gloria de Dios que el cosmos ilumina,
antorcha toda luz en noche oscura.

Palabra eternamente pronunciada
en la mente del Padre sin principio,
que en el tiempo a los hombres nos fue dada,
de la Virgen María, hecha Hijo.

Las tinieblas de muerte y de pecado
en que yacía el hombre, así vencido,
su verdad y su luz han disipado,
con su vida y su muerte ha redimido. Amén.

DOMINGO XXVII ORDINARIO “A”


 «El Reino comienza con la Muerte y Resurrección de Cristo»

Is 5,1-7: «La viña del Señor de los Ejércitos es la casa de Israel»
Sal 79,9-20: «La viña del Señor es la casa de Israel»
Flp 4,6-9: «El Dios de la paz estará con ustedes»

Mt 21,33-43: «Arrendará la viña a otros labradores»

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio anuncia la tercera parábola del Reino (ver los dos domingos anteriores), que resume la historia salvífica: las predilecciones de Dios; su Pueblo; los profetas, los enviados para recoger los frutos de la viña, asesinados por los viñadores; el Hijo, el Enviado por excelencia, a quien «mataron»; la desolación de Jerusalén…

El acento de la parábola –sobre todo a la luz de la canción de la viña que leemos en la primera lectura– está puesto en el amor de Dios por su viña: la cavó, le quitó las piedras, la plantó de cepa exquisita, la rodeo de una cerca… Todas ellas son expresiones que indican el cuidado delicado y amoroso que Dios ha tenido para con su Pueblo, Israel, elegido para anunciar y llevar la salvación a todas las naciones; y que tiene para con cada uno de nosotros, su nuevo Pueblo. Para darnos cuenta de ello hace falta detenernos a contemplar la historia de la salvación entera y la historia de nuestra vida: cómo Dios se ha volcado con ternura de manera sobreabundante. De ahí la queja dolorida del corazón de Dios ante la falta de correspondencia a su amor: «¿Qué más pude hacer por mi viña que no lo haya hecho?»

Y el lado luminoso de la misma historia: el desenlace salvador, «la piedra que desecharon los arquitectos… es ahora la piedra angular… ha sido un milagro patente». Consecuentemente el Reino pasa «a un pueblo que produzca sus frutos», a la Iglesia, el «nuevo Israel» reunido por Jesús en torno a sus doce Apóstoles, el pueblo de la última hora, los contratados al «atardecer», nosotros.

Ante tanto cuidado y tanto amor se entiende mejor la gravedad de la falta de respuesta. Dios ha preparado la viña y la ha puesto en nuestras manos haciendo alianza con nosotros. Y he aquí lo absurdo del pecado: esa viña tan cuidada por parte de Dios no da todavía el fruto que le corresponde.

Pero lo peor, lo que es realmente monstruoso, es que los viñadores se toman la viña por suya, despreciando al dueño. Esto es lo que ocurre en todo pecado: en vez de vivir como hijo, recibiendo todo de Dios, en dependencia de Él, el que peca se siente dueño, disponiendo de los dones de Dios a su antojo, hasta el punto de querer ponerse a sí mismo en el lugar de Dios. He aquí la atrocidad de todo pecado. Por eso también a nosotros se dirige la amenaza de Jesús de quitarnos la viña y entregarla a otros que den fruto.

Acosados por el desmesurado aprecio por la pertenencia y propiedad de las cosas, puede resultar difícil entender que no somos propietarios del Reino de Dios, sino llamados a trabajar en lo que es propiedad de Dios («su viña», su Reino) y a dar fruto.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios ama a su pueblo
(595 – 598)

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones.

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

La muerte redentora de Cristo
(599 – 605)

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios.»

Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado. San Pablo dice que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras». La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (Is 53, 7-8). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús y a los propios apóstoles.

La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos, no ha olvidado jamás que los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor. Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo, la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús.

No se puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, ni se puede ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el espacio y en el tiempo. Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II: «Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy.»

Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal «crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia» (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los Judíos. Porque según el testimonio del Apóstol, «de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria» (1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de Él con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre Él nuestras manos criminales.

Todos formamos parte del grupo de viñadores que mataron al Hijo. Pero el desenlace de la Cruz fue la Resurrección, con la nueva llamada al Reino, que comienza en la Iglesia, a todos los hombres.

Los cristianos somos «la viña del Señor»
(1695)

Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios, santificados y llamados a ser santos, los cristianos se convierten en «el templo del Espíritu Santo». Este «Espíritu del Hijo» nos enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en nosotros, nos hace obrar para dar «los frutos del Espíritu» por la caridad operante. Curando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente por una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como «hijos de la luz», «por la bondad, la justicia y la verdad» en todo.

Los cristianos somos llamados a llevar en adelante una «vida digna del Evangelio de Cristo». Por los sacramentos y la oración recibimos la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que nos capacitan para ello.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios» (S. León Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos
de tus viñadores.

Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.

Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos.

Amén.