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19 de enero de 2020: DOMINGO II ORDINARIO “A”


 

 “Llamados a ser testigos de Cristo Salvador”

Is 49,5-6: “Te hago luz de las naciones para que seas mi salvación”
Sal 39,2-10: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
1Co 1,1-3: Gracias y paz os dé Dios nuestro Padre, y Jesucristo, nuestro Señor”
Jn 1,29-34: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”

I. LA PALABRA DE DIOS

En el evangelio, el Bautista manifiesta que Jesucristo existe antes que nada, que es el Hijo de Dios, el Ungido por el Espíritu, el que bautiza con el Espíritu. Proclama, sobre todo, que es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», clara alusión a la Pasión. Quita los pecados de nosotros y los carga sobre sí mismo, y los hace como suyos, para ser Él castigado por ellos y que nosotros quedásemos libres.

El Siervo de Yavé de Isaías, al que Dios hace luz de las naciones para salvarlas, es Jesucristo.

A partir de hoy, durante los próximos domingos, leeremos como segunda lectura la primera carta a los corintios. Intentaremos recoger algunas de las indicaciones que San Pablo hace a esta joven comunidad, llena de vitalidad, pero también con problemas y dificultades de crecimiento. Esas indicaciones, el Espíritu Santo nos las hace hoy también a nosotros.

«Llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios». Llama la atención la profunda conciencia que San Pablo tiene de haber sido llamado personalmente al apostolado. Si ha recibido esta misión no es por iniciativa suya, sino por voluntad de Dios. Por eso la realiza en nombre de Cristo, con la autoridad del mismo Cristo, como embajador suyo. También nosotros hemos de considerarnos así. Cada uno ha recibido una llamada de Cristo y una misión dentro de la Iglesia para contribuir al crecimiento de la Iglesia. 

«A la Iglesia de Dios». Cualquier comunidad católica, por pequeña que sea, es Iglesia de Dios. Así debe considerarse a sí misma. Esta es nuestra identidad y a la vez la fuente única de nuestra seguridad: somos Iglesia de Dios, a Él pertenecemos, somos obra suya, construcción suya. No somos una simple asociación humana. 

«A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos». Es casi una definición de lo que significa ser Iglesia de Dios: Los santificados llamados a ser santos. Por el bautismo hemos recibido la gracia santificante, hemos sido santificados, consagrados; pertenecemos a Dios, hemos entrado en el ámbito de lo divino, formamos parte de la casa de Dios. Pero este don conlleva el impulso, la llamada y la exigencia a «completar nuestra consagración», a «ser santos en toda nuestra conducta». Esta es la voluntad de Dios (1 Tes 4,3). La Iglesia es santa. La santidad es una nota esencial e irrenunciable de la Iglesia. Si nosotros no somos santos, si no perseveramos en gracia de Dios; estamos destruyéndonos a nosotros mismos… y estamos destruyendo la Iglesia.

La Iglesia se dirige hoy «a los santificados en Cristo-Jesús, llamados a ser santos», y nos invita a predicar, como S. Pablo, a Jesucristo y éste crucificado, que salva al hombre liberándolo del  pecado.

Para anunciarle a Jesucristo al hombre de nuestros días, a quien nada dicen ni las verdades abstractas ni las palabras vacías, los cristianos hemos de presentarnos limpios de pecado, llenos de Espíritu, servidores humildes de todos, para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra.

En comunión con la Iglesia, abrazados a la Cruz de Cristo y haciéndonos entender por el mundo de hoy, hemos de proclamar, como el Bautista, que Jesucristo es el Salvador.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo
(789 – 798)

La Iglesia, comunión con Jesús, es el sacramento de Jesucristo que, por la comunicación de su Espíritu a los hombres reunidos de todos los pueblos, los constituye místicamente en su Cuerpo.

Jesús asoció a sus discípulos a su vida; les reveló el Misterio del Reino; les dio parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos. Jesús habló de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan: «Permanezcan en mí, como yo en ustedes… Yo soy la vid y ustedes los sarmientos». Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él».

Cuando los discípulos fueron privados de su presencia visible, después de su Ascensión, Jesús no los dejó huérfanos. Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos, les envió su Espíritu. Por eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa. Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo. 

La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo.

Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y son hechos miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a Cristo: La vida de Cristo se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real. Esto es particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo, y en el caso de la Eucaristía, por la cual, compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con Él y entre nosotros.

El Espíritu Santo es el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del Cuerpo. Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo en la caridad: por la Palabra de Dios, que tiene el poder de construir el edificio; por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo; por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por la gracia concedida a los apóstoles, que entre estos dones destaca; por las virtudes que hacen obrar según el bien; y por las múltiples gracias especiales llamadas “carismas“, mediante las cuales los fieles quedan preparados y dispuestos para asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia.

Cristo, Cabeza del Cuerpo de la Iglesia
(792 – 796)

Cristo es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Es el Principio de la creación y de la redención. Elevado a la gloria del Padre, «Él es el primero en todo», principalmente en la Iglesia por cuyo medio extiende su reino sobre todas las cosas: Él nos une a su Pascua. Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a Él hasta que Cristo esté formado en ellos. Por eso somos integrados en los misterios de su vida, nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con Él para ser glorificados con Él. 

Él provee a nuestro crecimiento: Para hacernos crecer hacia Él, nuestra Cabeza, Cristo distribuye en su Cuerpo, la Iglesia, los dones y los servicios mediante los cuales nos ayudamos mutuamente en el camino de la salvación.

Cristo y la Iglesia son, por tanto, el “Cristo total“. La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de esta unidad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos. Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza o en el de cuerpo. Según lo que está escrito: “Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia”. Y el Señor mismo en el Evangelio dice: “De manera que ya no son dos sino una sola carne”. Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal. Como cabeza Él se llama “esposo” y como cuerpo “esposa“» (San Agustín).

«Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Comprenden, hermanos, la gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como Cabeza? Admírense y regocíjense, hemos sido hechos Cristo. En efecto, ya que Él es la Cabeza y nosotros somos los miembros, el hombre todo entero es Él y nosotros. La plenitud de Cristo es, pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué quiere decir la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia» (San Agustín).

Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces resume la fe de los santos doctores y expresa el buen sentido del creyente: «De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello» (Juana de Arco).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No; yo no dejo la tierra.
No; yo no olvido a los hombres.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están vuestros nombres.

¿Qué hacéis mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
ya es vuelta y es cercanía.

El gozo es mi testigo.
La paz, mi presencia viva,
que, al irme, se va conmigo
la cautividad cautiva.

El cielo ha comenzado.
Vosotros sois mi cosecha,
El padre ya os ha sentado
conmigo, a su derecha.

Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora.
Comienza vuestra tarea.

12 de enero de 2020: DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR “A”


 “El hijo amado del Padre es el Hijo-siervo”

Is 42,1-4.6-7: “Mirad a mi siervo a quien prefiero”
Hch 10,34-38: “Dios ungió a Jesús con la fuerza del Espíritu Santo”
Mt 3,13-17: “Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre él”

I. LA PALABRA DE DIOS

El “Siervo” que presenta Isaías es alguien excepcional y desconcertante. Su misión de renovar a Israel, haciendo retornar a los exilados, es presentada por S. Mateo, tan amigo de citar el AT, como la del que toma nuestras flaquezas y carga con nuestras enfermedades.

Las escenas evangélicas consecutivas del Bautismo de Jesús y de las tentaciones en el desierto son las dos bisagras de su actividad mesiánica: glorificación y sufrimiento. El Bautismo viene a ser como la consagración formal de Jesús para su misión.

A los primeros cristianos les preocupaba la cuestión de por qué Cristo se hizo bautizar si no tenía pecados, ni original ni personales; de ahí también la resistencia de Juan a bautizarle. La razón que le da Jesús de que «cumplamos así todo lo que Dios quiere» (lo que es justo), parece expresar la plena solidaridad con la humanidad pecadora a la que había venido a salvar. La presentación como «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» invita a pensar así. La salvación la llevará a cabo Jesús, el Cordero inmaculado, como “siervo paciente de Dios” que se pone en nuestro lugar, carga con nuestras culpas, sufre el castigo que nos correspondía y nos salva, según profetizó Isaías.

Jesús, al comienzo de su vida pública, tiene delante el proyecto salvador del Padre y le va a costar la vida —a su muerte la llamará “bautismo”—. Esa es precisamente la razón de su vivir: «Dar la vida en rescate por muchos».

El pasaje del Bautismo de Jesús es un texto trinitario, dónde se manifiestan el Padre, el Hijo —designado con un énfasis especial y en un tono superior al usado a veces en el Antiguo Testamento para la relación del hombre con Dios— y el Espíritu. 

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Bautismo de Jesús
(536) 

La escena del Jordán, manifestación trinitaria, nos muestra el amor íntimo de Dios revelándose en el Hijo amado a los hombres.

Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para “cumplir toda justicia“. Este gesto de Jesús es una manifestación de su “anonadamiento“. Es la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo“; anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta. Viene ya a “cumplir toda justicia”, es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo y manifiesta a Jesús como su “Hijo amado“.

El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación, Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción, viene a “posarse” sobre Él como preludio de la nueva creación. De Él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, “se abrieron los cielos” que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como comienzo de la nueva creación.

Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con Él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y “vivir una vida nueva“.

El Bautismo en la economía de la salvación
(1224, 1225)

Todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo. Jesús comienza su vida pública después de hacerse bautizar por san Juan Bautista en el Jordán, y después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado».

En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un “Bautismo” con que debía ser bautizado. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, Sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible “nacer del agua y del Espíritu” para entrar en el Reino de Dios.

El bautismo en la Iglesia

Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo». Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos… El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: «ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa» declara S. Pablo a su carcelero en Filipo. El relato continúa: «el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos».

Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con El: «¿O es que ignoran que cuantos fuimos bautizados  en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 34; cf Col 2,12).

Los bautizados se han “revestido de Cristo”. Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6, 11;12, 13).

El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la “Semilla incorruptible” de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador.

El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño del agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la voz del Padre, llegaremos a ser hijos de Dios” (San Hilario).

Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él, para ser glorificados con él” (San Gregorio Nacianceno).

Considera dónde eres bautizado, de dónde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: Él padeció por ti. En Él eres rescatado, en Él eres salvado” (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Mas ¿por qué se ha de lavar
el Autor de la limpieza?
Porque el Bautismo hoy empieza
y él lo quiere inaugurar.

Juan es gracia y tiene tantas,
que confiesa el mundo de él
que hombre no nació mayor
ni delante, ni después.

Y, para que hubiera alguno
mayor que él, fue menester
que viniera a hacerse hombre
la Palabra que Dios es.

Esta Palabra hecha carne
que ahora Juan tiene a sus pies,
esperando que la lave
sin haber hecho por qué.

Y se rompe todo el cielo,
y entre las nubes se ve
una paloma que viene
a posarse sobre él.

Y se oye la voz del Padre
que grita: “Tratadlo bien;
mi hijo querido es”.
Y así Juan, al mismo tiempo,
vio a Dios en personas tres,
voz y paloma en los cielos,
y al Verbo eterno a sus pies. 

Amén.

29 de diciembre de 2019: Domingo después de Navidad, LA SAGRADA FAMILIA “A”


“El Hijo de Dios vive en una familia;
la familia, idea y obra de Dios”

Eclo 3,3-l7 El que teme al Señor honra a sus padres.
Sal 127,1-5 ¡Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos!
Col 3,12-21 La vida de familia vivida en el Señor.
Mt 2,13-15;19-23 Coge al Niño y a su Madre y huye a Egipto.

I. LA PALABRA DE DIOS

Entre los muchos deberes que lleva consigo la fidelidad a Dios, el libro de Sirácida propone como de vital importancia el amor a los padres.
El Concilio Vaticano II presenta a la familia cristiana como «Iglesia doméstica». La segunda lectura de hoy nos presenta algunos rasgos que la definen.
Las recomendaciones que San Pablo hace a los Colosenses acerca de la familia no pueden ser más sencillas ni más “corrientes”. Aquí la originalidad está en la motivación: «en el Señor» o «le gusta al Señor». No cabe duda que quiere el Apóstol algo más que un comportamiento meramente moralista.
«Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados». La familia es el lugar natural donde se ora, donde se alaba a Dios. Con la misma naturalidad con que se enseña al niño a leer o se le da de comer; se le debe enseñar también a orar, orando con él. La familia es una comunidad orante. Es necesario recuperar la alegría de la oración en familia, dejando de lado timideces y falsos pudores.
«Enseñaos unos a otros con toda sabiduría, exhortaos mutuamente». Cada uno debe ayudar al otro con el testimonio, pero también con la palabra. Cada uno ha recibido el don de la palabra para ponerlo al servicio de los demás; una palabra que ilumina, que alienta, que estimula, que consuela, que corrige, que abre los ojos, que da vida…
«El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo». La convivencia de cada día requiere mucha paciencia, mucha capacidad de perdón, mucha capacidad de ceder… Cristo nos ofrece no sólo el modelo, sino la fuerza para perdonar una y otra vez. Apoyados en el perdón que de Él hemos recibido, también nosotros somos capaces de perdonar siempre.
El Evangelio nos muestra que la vida de familia que Cristo experimenta desde el principio, lejos de la comodidad, conoce el destierro, el exilio, la amenaza… Pero en todo esto estaba ya el proyecto del Padre. Prehistoria sangrienta, que anuncia ya la futura Pasión del Mesías. Toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con Él. 
«Al niño y a su madre». Cinco veces usa Mateo en este capítulo (11, 13, 14, 20, 21) la expresión “el Niño (literalmente: el niñito) y [María] su Madre”. No en orden inverso –«María y el Niño»–, pues la relación entre la Madre y el Hijo no está determinada por María, sino por Jesús, que es siempre «más grande». Pero es importante el hecho de que aquí, como el Lc 1,43 (visita a Isabel) y en Jn 2,11 (la boda en Caná), en el acto inicial de fe en Cristo de alguien está presente María.
«Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto». El evangelista no parte de un texto del Antiguo Testamento que luego explica o adorna con hechos más o menos inventados; sino que parte de hechos históricos, sobre los que reflexiona basándose en el AT. Jesús revive, en su propia historia, la historia de Israel, llamado de Egipto por Dios. Jesús es el nuevo Moisés, el liberador definitivo. 
«Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno». Imposible saber a qué texto profético se refiere. La cita, tal como está, no se encuentra en el AT. Sí que importa el nuevo “nombre de Cristo” —el Nazareno—  calificativo de Jesús añadido a los otros que aparecen en los dos primeros capítulos de Mateo: «Jesús» (Salvador), «Hijo de David», «Cristo» (Ungido), «Rey de los judíos», «Enmanuel» (Dios con nosotros) y, todavía más cercano aún: «el niñito».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Familia de Nazaret
(531 – 533)

Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida en familia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad. 
Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo: «No se haga mi voluntad». La obediencia de Cristo, en lo cotidiano de la vida oculta, inaugura ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de Adán había destruido.
La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana. Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio.

La familia en el plan de Dios
(2201 – 2203)

Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental.
Un hombre y una mujer, unidos en matrimonio, forman, con sus hijos, una familia. Esta disposición es anterior a todo reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella.
La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de una familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.

La familia cristiana
(2204 – 2306)

La familia cristiana constituye una revelación y una actuación específicas de la comunión eclesial; por eso puede y debe decirse “iglesia doméstica“. Es una comunidad de fe, esperanza y caridad, posee en la Iglesia una importancia singular como aparece en el Nuevo Testamento.
La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera.

Familia, célula original de la vida social
(2207)

La familia es la “célula original de la vida social”. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad.

Ayuda mutua entre los miembros de la familia
(2208)

La familia debe vivir de manera que sus miembros aprendan el cuidado y la responsabilidad respecto de los pequeños y mayores, de los enfermos o disminuidos, y de los pobres. Numerosas son las familias que en ciertos momentos no se hallan en condiciones de prestar esta ayuda. Corresponde entonces a otras personas, a otras familias, y subsidiariamente a la sociedad, proveer a sus necesidades.

La familia y la sociedad
(2209 – 2211)

La familia debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas. Cuando las familias no son capaces de realizar sus funciones, los otros cuerpos sociales tienen el deber de ayudarlas y de sostener la institución familiar. En conformidad con el principio de subsidiariedad, las comunidades más vastas deben abstenerse de privar a las familias de sus propios derechos y de inmiscuirse en sus vidas.
La importancia de la familia para la vida y el bienestar de la sociedad entraña una responsabilidad particular de ésta en el apoyo y fortalecimiento del matrimonio y de la familia. 
La comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle especialmente:
— la libertad de fundar un hogar, de tener hijos y de educarlos de acuerdo con sus propias convicciones morales y religiosas;
— la protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar;
— la libertad de profesar su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con los medios y las instituciones necesarios;
— el derecho a la propiedad privada, a la libertad de iniciativa, a tener un trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar;
— conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la asistencia de las personas de edad, a los subsidios familiares;
— la protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere a peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc.;
— la libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así representadas ante las autoridades civiles.
El cuarto mandamiento ilumina las demás relaciones en la sociedad. En nuestros hermanos y hermanas vemos a los hijos de nuestros padres; en nuestros primos, los descendientes de nuestros antepasados; en nuestros conciudadanos, los hijos de nuestra patria; en los bautizados, los hijos de nuestra madre, la Iglesia; en toda persona humana, un hijo o una hija del que quiere ser llamado “Padre nuestro”. 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano, no nos referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar más bien que, en la paternidad y maternidad humanas, Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación sobre la tierra» (San Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Temblando estaba de frío
el mayor fuego del cielo,
y el que hizo el tiempo mismo
sujeto al rigor del tiempo
Su virgen Madre le mira,
ya llorando, ya riendo,
que como en su espejo en el Niño,
hace los mismos efectos
No lejos el casto esposo
mirándole está encogido,
y de los ojos atentos
llueve al revés de las nubes,
porque llora sobre el cielo. 
Amén.