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26 de abril de 2020: DOMINGO III DE PASCUA “A”


 “Le reconocieron al partir el pan”
Hch 2,14.22-28: No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio
Sal 15,1-11: “Señor, me enseñarás el sendero de la vida”
1P 1,17-21: Habéis sido redimidos con la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto

Lc 24, 13-35: Le reconocieron al partir el pan

I. LA PALABRA DE DIOS

«Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo…». Después del grito exultante del día de Pascua, la Iglesia nos regala cincuenta días para «reconocer» serena y pausadamente al Resucitado, que camina con nosotros. Esa es nuestra tarea de toda la vida. El Cristo en quien creemos, el único que existe actualmente, es el Resucitado, el Viviente, el Señor glorioso. Él está siempre con nosotros, camina con nosotros. Y nuestra tragedia consiste en no ser capaces de reconocerle. Pidamos ansiosamente que en este tiempo de Pascua aumente nuestra fe para saber descubrir espontáneamente a Cristo siempre y en todo.

«Les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras». Es lo primero que hace Cristo Resucitado: iluminar a sus discípulos el sentido de las Escrituras, oculto a sus mentes. También a nosotros nos quiere explicar las Escrituras. Leer y entender la Biblia no es sólo ni principalmente tarea y esfuerzo nuestro. Se trata de pedir a Cristo Resucitado, vivo y presente, que nos ilumine para poder entender. ¡Cuánto más provecho sacaríamos de la lectura de la Palabra de Dios si nos pusiéramos a escuchar a Cristo y le dejásemos que nos explicase las Escrituras!

«Le reconocieron en la fracción del pan». Además de las Escrituras, Cristo Resucitado se nos da a conocer en la Eucaristía. El tiempo de Pascua es especialmente propicio para una experiencia gozosa y abundante, sosegada, de Cristo Resucitado, que sale a nuestro encuentro principalmente en su presencia eucarística. Se ha quedado para nosotros, para cada uno. Ahí nos espera para una intimidad inimaginable. Para contagiarnos su amor, para que también nuestro corazón se caldee y arda, como el de los de Emaús. Para que tengamos experiencia viva de Él «en persona», de Cristo vivo. Para que también nosotros podamos gritar con certeza: «¡Es verdad! ¡Ha resucitado el Señor!».

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Banquete del Señor
(1346  1347)

La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:

–La reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;

–la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la comunión.

Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas un solo acto de culto; la doble mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la mesa de la Palabra de Dios y la mesa del Cuerpo del Señor.

He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio». 

El nombre de este sacramento
(1328  1332)

La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:

Eucaristía, porque es acción de gracias a Dios. Las palabras “eucharistein” y “eulogein” recuerdan las bendiciones judías que proclaman –sobre todo durante la comida– las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación.

Banquete del Señor, porque se trata de la Cena  que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero en la Jerusalén celestial.

Fracción del pan, porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia, sobre todo en la última Cena. En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su resurrección, y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas. Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en Él.

Asamblea eucarística (synaxis), porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visible de la Iglesia.

Memorial de la pasión y de la resurrección del Señor.

Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también, santo sacrificio de la misa, “sacrificio de alabanza”,  sacrificio espiritual, sacrificio puro y santo, puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.

Santa y divina Liturgia, porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama también celebración  de los santos misterios

Se habla también del Santísimo Sacramento, porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.

Comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo; se la llama también las cosas santas (ta hagia; sancta) –es el sentido primero de la  comunión de los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles–,  pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad, viático

Santa Misa, porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (missio)  a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.

La Eucaristía,
fuente y cumbre de la vida eclesial
(1406  1413)

Jesús dijo: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre…el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna…permanece en mí y yo en él».

La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a su sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por todas en la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia.

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, es decir, de la obra de la salvación realizada por la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, obra que se hace presente por la acción litúrgica.

Es Cristo mismo, sumo sacerdote y eterno de la nueva Alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio eucarístico. Y es también el mismo Cristo, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, la ofrenda del sacrificio eucarístico.

Sólo los presbíteros (sacerdotes) válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso” (S. Juan Crisóstomo).

Partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre” (San Ignacio de Antioquia).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Quédate con nosotros,
la tarde está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.

Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

Amén.

 

12 de abril de 2020: DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN “A”


Vio y creyó

“No busquen entre los muertos al que vive”

Hch 10,34a-37-43: Nosotros hemos comido y bebido con él después de la Resurrección
Sal 117,1-23: Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”
Col 3,1-4: Busque los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Jn 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos

I. LA PALABRA DE DIOS

San Lucas, como lo hicieron S. Pedro y S. Pablo, presenta en Hechos el núcleo central de la predicación cristiana, el kerigma, “la sustancia viva del Evangelio”.

La expresión «Morir con Cristo» tenía en San Pablo una resonancia especial: Al dejar constancia de que su «vida está oculta con Cristo en Dios», invita a todos a una ruptura definitiva con cualquier actitud egoísta anterior, porque de ello depende aparecer «con Cristo en la gloria». Nuestra resurrección final consumará y manifestará lo que ya se ha realizado en el secreto de nuestra vida cristiana.

«Vio y creyó»: Aunque el hecho de encontrar el sepulcro vacío tiene gran importancia, en sí mismo no es prueba de la resurrección de Jesús, sino una especie de contraprueba, un signo según la terminología teológica de Juan: el sudario (pañuelo que se anudaba envolviendo la cabeza del difunto) aún enrollado, no revuelto con las vendas, sino de modo diverso en su mismo sitio (no “aparte” en sentido local como dice la traducción, sino “diversamente” en el sentido de distinto modo); y las vendas en el suelo –yaciendo suavemente, sin el volumen que habían tenido al envolver el cadáver, como desinfladas, liberadas del cuerpo que cubrían– indicaban que el cadáver de Jesús había desaparecido, pero que no había habido violencia y, por tanto, no había sido robado. Después, la gracia de comprender la Escritura, y las apariciones de Jesús resucitado, fueron datos determinantes para la fe de la primera comunidad cristiana.

«¡Ha resucitado!»: Es la noticia que hoy nos es gritada, proclamada. Esta es “La Noticia”. Es una certeza que se nos da a conocer. La gran certeza, la que sostiene toda nuestra vida, la que le da sentido y valor. ¡Ha resucitado! No podemos seguir viviendo como si Cristo no hubiese resucitado, como si no estuviese vivo. No podemos seguir viviendo como si no le hubiera sido sometido todo; como si Cristo no fuera el Señor, mi Señor. No podemos seguir viviendo «como si». Sólo cabe buscar con ansia al Resucitado, como María Magdalena o los apóstoles; o mejor, dejarse buscar y encontrar por Él.

«¡Ha resucitado!». También nosotros podemos ver, oír, tocar al Resucitado. No, no es un fantasma. Es real, muy real. Cristo vive, quiere entrar en nuestra vida. Quiere transformarla. No, nuestra fe no se basa en simples palabras o doctrinas, por hermosas que sean. Se basa en un hecho, un acontecimiento. Sí, verdaderamente ha resucitado el Señor. Para ti, para mí, para cada uno de todos los hombres. Él quiere irrumpir en nuestra vida con su presencia iluminadora y omnipotente. Es a Él, el mismo que salió resucitado del sepulcro, a quien encontramos en la Eucaristía.

«¡Ha resucitado!». La noticia que hemos recibido hemos de gritarla a otros. Si de verdad hemos tocado a Cristo, tampoco nosotros podemos callar «lo que hemos visto y oído». No somos sólo receptores. Cristo resucitado nos constituye en heraldos, pregoneros de esta noticia. Una noticia que es para todos. Una noticia que afecta a todos. Una noticia que puede cambiar cualquier vida: ¡Cristo ha resucitado, está vivo para ti, te busca, tú eres importante para Él, ha muerto por ti, ha destruido la muerte, te infunde su vida divina, te abre las puertas del paraíso, tus problemas tienen solución, tu vida tiene sentido, y vale la pena vivirla con alegría, a pesar de los problemas!

Creer en el Resucitado es comenzar a vivir como resucitados. Los apóstoles dan testimonio de Aquel en quien han creído. Y viven como resucitados. Los cristianos, la Iglesia ha de anunciar a todos la Resurrección. Nosotros mismos somos testigos de que “hemos pasado de la muerte a la vida“.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Resurrección
(639  658)

«¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5 6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío.

El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento.

El sepulcro vacío y las vendas en el suelo significan por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de Dios de las ataduras de la muerte y de la corrupción. Preparan a los discípulos para su encuentro con el Resucitado.

La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios.

«Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también su fe » (1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión “según las Escrituras” indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho: «Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy» (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, Él era “YO SOY” (YAHVEH), el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros… al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”». La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos… así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Vayan y avisen a mis hermanos». Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

Por último, la Resurrección de Cristo  y el propio Cristo resucitado  es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron… del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo». En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En Él los cristianos “saborean los prodigios del mundo futuro” y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina «para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos».

Resucitados con Cristo
(1002  1004)

Cristo, «el primogénito de entre los muertos», es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma, más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo.

Si es verdad que Cristo nos resucitará en “el último día“, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo: «Sepultados con él en el bautismo, con él también ustedes han resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios».

Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado, pero esta vida permanece «escondida con Cristo en Dios». Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos «manifestaremos con él llenos de gloria».

Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser “en Cristo“; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre: «El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo?… No se pertenecen… Glorifique, por tanto, a Dios en sus cuerpos».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mi morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…» (S. Ignacio de Antioquía).

«Cristo resucitó de entre los muertos. Con su muerte venció a la muerte. A los muertos ha dado la vida» (Liturgia bizantina).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!

Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!

Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!

Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!

Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.

22 de marzo de 2020: DOMINGO IV DE CUARESMA “A”


 
“Los bautizados estamos iluminados por Cristo
para no caminar a ciegas ni en tinieblas”
 
1S 16,1b.6-7; 10-13a: “David es ungido rey de Israel”
Sal 22,1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”
Ef 5,8-14: “Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”

Jn 9,1-41: “Fue, se lavó, y volvió con vista”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En los domingos de Cuaresma, de forma muy particular en este año litúrgico del ciclo A, somos introducidos a vivir un itinerario bautismal, casi a recorrer el camino de los catecúmenos, de aquellos que se preparan a recibir el Bautismo, para reavivar en nosotros este don y para hacer que nuestra vida recupere las exigencias y los compromisos de este Sacramento, que está en la base de nuestra vida cristiana.

La curación del ciego de nacimiento es un “milagro-signo revelador”, típico del evangelio de Juan: Jesús se revela con palabras y con hechos que las confirman; en este caso, la revelación es: «Yo soy la luz del mundo», soy «la Vida que es la luz de los hombres».

«¿Quién pecó?». La pregunta de los discípulos parte de la creencia en una relación causa–efecto entre pecado y enfermedad física. «Ni éste pecó ni sus padres». Jesús distingue el pecado del mal físico. El sentido de la respuesta de Jesús sería: “ni pecó este ni sus padres, pero dejad que se manifiesten en él las señales de Dios a favor mío”.

«Hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos». Todo el relato describe, por una parte, el itinerario hacia la fe (el ciego llega a ver); y, por otra, el itinerario inverso, el del endurecimiento (la ceguera de los fariseos es mayor al final): El primer paso para la fe resulta paradójico: cegar más; pero es que “la fe, cegando, da luz” (san Juan de la Cruz). Le abrió los ojos, cuando parecía se los tapaba con el barro. Ni en el gesto de la aplicación de la saliva –a pesar de que los antiguos le atribuían poderes curativos– ni en la purificación en el estanque, hay relación de causa a efecto, sino una significación sacramental más profunda (bautismo, eucaristía, y los demás sacramentos).

«Empecatado naciste». Queda claro el influjo de la voluntad en la fe y en la negativa a creer. Se acaba insultando al ciego–vidente que, con ironía popular, da una lección a sus jueces malintencionados. Mientras que Jesús había afirmado que no se trataba de un pecado personal del ciego, la actitud orgullosa de los fariseos hace que se erijan en jueces absolutos y lo condenen como pecador.

«Y lo expulsaron» … «¿Tú crees en el Hijo del Hombre?». Jesús acoge al rechazado por Israel y hace que su conocimiento de fe crezca hasta la plena luz: desde pensar que Jesús es un cualquiera («ese hombre que se llama Jesús»), a reconocer que es un profeta, aceptar luego que es santo y enviado de Dios; hasta, finalmente, confesar y adorar al Hijo del Hombre como Señor y Dios («Creo, Señor. Y se postró»).

«Para un juicio he venido»: para provocar en los hombres un discernimiento y una elección, una decisión a favor o en contra. Ésta es la clave de porqué el ciego llega a la luz mientras que los judíos se vuelven ciegos.

Éste ciego somos nosotros. Ciegos de nacimiento, e incapaces de curarnos nuestra propia ceguera. Hemos entrado en la Cuaresma para ser iluminados por Cristo, para que Él sane nuestra ceguera. ¡Qué poquito conocemos a Dios! ¡Qué poco entendemos sus planes! De Dios es más lo que no sabemos que lo que sabemos. Somos incapaces de reconocer a Cristo, que se acerca a nosotros bajo tantos disfraces. Nuestra fe es demasiado corta. El mejor fruto de Cuaresma es que salgamos de ella con la fe acrecentada, lúcida, potente, en sintonía con el misterio de Dios y sus planes, capaces de discernir la voluntad de Dios, que quiere «arrancarnos del dominio de las tinieblas» para que vivamos en la luz de Cristo, iluminados por su presencia.

La primera condición es reconocer que somos ciegos y dejar entrar en nuestra vida a Cristo, «la luz del mundo». El ciego reconoce su ceguera y además de la vista recibe la fe. Creer en Jesús es dejar atrás la oscuridad del pecado, y tener comunión de vida con Dios. Los fariseos, en cambio, se creen lúcidos «nosotros sabemos» y rechazan a Jesús, se cierran a la luz de la fe y quedan ciegos. La soberbia es el mayor obstáculo para acoger a Cristo y ser iluminados.

La sanación es un testimonio potente del paso de Cristo por la vida de este ciego. Él no sabe dar explicaciones de quién es Jesús. Simplemente confiesa: «sólo sé que yo era ciego y ahora veo». Pero con ello está proclamando que Cristo es la luz del mundo. No se trata de ideas, sino de un acontecimiento: estaba muerto y he vuelto a la vida, era esclavo del pecado y he sido liberado. Esto es nuestra Cuaresma y nuestra Pascua: el acontecimiento de Cristo que pasa por nuestra vida sanando, iluminando, resucitando, comunicando vida nueva.

En el Bautismo somos liberados de las tinieblas del mal y recibimos la luz de Cristo para vivir como hijos de la luz. También nosotros debemos aprender a ver la presencia de Dios en el rostro de Cristo y así la luz.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, revelación del Padre
y misterio de Redención
(516, 517) 

Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: «Quien me ve a mí, ve al Padre», y el Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenle». Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre, nos “manifestó el amor que nos tiene” con los menores rasgos de sus misterios.

Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz, pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza; en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento; en su palabra que purifica a sus oyentes; en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales «él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades»; en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica.

Cristo, luz de los pueblos
(748)

Cristo es la luz de los pueblos. La luz de Cristo, resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

El Bautismo, baño de iluminación
(1216)

Este baño, el Bautismo, es llamado iluminación” porque quienes reciben esta enseñanza en la catequesis su espíritu es iluminado. Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre», el bautizado, “tras haber sido iluminado“, se convierte en “hijo de la luz”, y en “luz” él mismo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son “la luz del mundo”.

El Bautismo nos da la luz de la fe

La fe es una virtud sobrenatural infusa por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, no por la evidencia de esas verdades, sino por la autoridad de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos. Los cristianos creemos las verdades contenidas en la Palabra de Dios, escrita en la Biblia o transmitida por la Tradición, y que son propuestas por el Magisterio de la Iglesia como divinamente reveladas. Las principales verdades de nuestra fe se encuentran resumidas en el Credo. El hombre necesita para creer la gracia del Espíritu Santo, pues la fe es un don sobrenatural. La fe es necesaria para la salvación, pues, como afirmó el Señor, «el que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer se condenará».

El Bautismo es el sacramento de la fe. Pero la fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. La fe debe crecer después del Bautismo.

La duda en la fe puede llevar a
la ceguera del espíritu
(2088)

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe: La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer; La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta –si la duda se fomenta deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del espíritu–; La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento; Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; Apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; Cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.

Los pecados más graves y comunes contra la fe son los siguientes: Creer alguna cosa contra la fe o fomentar dudas sobre ella; Desconfiar de la misericordia paternal de Dios; La idolatría o adoración de dioses falsos; La superstición, o sea, creer en fuerzas ocultas y ridículas; La adivinación y la magia, o sea, el recurso a medios ilícitos que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir; La irreligión, o sea, tentar a Dios o cometer sacrilegios; Leer, retener o propagar escritos contrarios a la fe; El ateísmo o negación de Dios.

Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.

La sexta bienaventuranza proclama «bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Los de “corazón puro” o limpio son los que, iluminados por el Espíritu Santo, han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor a la verdad y la ortodoxia de la fe. Hay un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe.

La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un prójimo; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Quedaremos iluminados, queridos hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento. También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que el Señor nos ilumine… Piensa que también iluminó a los ciegos” (San Agustín).

El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios… lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios” (San Gregorio Nacianceno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver,
quiero creer.

Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé,
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.

Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.

Están mis ojos cansados
de tanto ver luz sin ver;
por la oscuridad del mundo,
voy como un ciego que ve.

Tú que diste vista al ciego
y a Nicodemo también,
filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe.

Amén.