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28 de febrero de 2021: DOMINGO II DE CUARESMA “B”


“Ante la proximidad de la Pasión, 
fortaleció la fe de los apóstoles, 
para que sobrellevasen el escándalo de la cruz” 

Gn 22,1-2.9-13.15-18: “El sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe”
Sal 115: “Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos”
Rm 8,31b-34: “Dios no se reservó a su propio Hijo”
Mc 9,2-10: “Este es mi Hijo, el amado” 

I. LA PALABRA DE DIOS

La liturgia del segundo domingo de cuaresma nos lleva a contemplar a Jesús transfigurado. Tras el doloroso y desconcertante primer anuncio de la pasión y la llamada de Jesús a seguirle por el camino de la cruz, se hace necesario alentar a los discípulos abatidos. El Antiguo Testamento –La ley y los profetas– personificado en «Moisés y Elías», presenta a Jesús como aquel en quien halla su cumplimiento. Y es Dios mismo –simbolizado en la nube– quien le proclama su Hijo amado. 

El relato de la Transfiguración coloca estratégicamente en un solo cuadro la gloria y la cruz. Por un instante se ha desvelado el misterio de la gloria divina de Cristo para volver a ocultarse de nuevo; más aún, para esconderse todavía más en el camino de la progresiva humillación hasta la muerte de cruz. La enseñanza de este misterio, dirigida a los tres apóstoles más cercanos a Jesús, tampoco fue entendida por estos. Como en la oración en Getsemaní, Pedro se durmió y, al despertar, «no sabía lo que decía». Sólo después –«cuando resucite de entre los muertos»– les será posible entender todo lo que encerraba el misterio de la Transfiguración.  

No es sólo que Cristo haya sufrido humillaciones ocasionales, sino que ha vivido humillado, pues «tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos» y «actuando como un hombre cualquiera» cuando en realidad era igual a Dios (Fil 2,6-8). El relato de la Transfiguración quiere mostrarnos la gloria oculta de Cristo. El resplandor que aparece en la transfiguración debía ser normal en Jesús, pero se despojó voluntariamente de él. ¿No es este un aspecto de Cristo que deberíamos contemplar mucho nosotros, tan propensos a exaltarnos a nosotros mismos y buscar la gloria humana?

En la Transfiguración escuchamos la voz del Padre que nos dice: «Éste es mi Hijo amado». No es sólo un gesto de presentación, de manifestación de Cristo. Es el gesto del Padre que nos entrega a su Hijo, nos lo da para nuestra salvación: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…». Este gesto de Dios Padre aparece simbolizado y prefigurado en el de Abraham, que toma a su «hijo único, al que quiere» y lo ofrece en sacrificio sobre un monte. La muerte de Cristo en el Calvario, que la Cuaresma nos prepara a celebrar, es la mayor manifestación del amor de Dios.

El gesto de Abraham no sólo simboliza el de Dios. Resume también nuestra actitud ante Dios. Abraham lo da todo, lo más querido, su hijo único, en quien tiene todas sus esperanzas. Lo da a Dios. Y al darlo parece que lo pierde. Sin embargo, realizado el sacrificio de su corazón, Dios le devuelve a su hijo, y precisamente en virtud de ese sacrificio –«por haber hecho eso, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único»– Dios le bendice abundantemente dándole una descendencia «como las estrellas del cielo y como la arena de la playa». Los sacrificios de la cuaresma –y en general nuestra fidelidad al evangelio– no son muerte, son vida. Todo sacrificio realizado por amor, con verdadero espíritu cristiano, nos eleva, nos santifica. Cada sacrificio hecho por amor es una puerta abierta por donde la gracia nos llega de manera torrencial.

En pleno camino cuaresmal de esfuerzo confiado y sacrificio amoroso, también a nosotros –tan torpes como los discípulos– se dirige la voz del Padre con un mandato único y preciso: «Escuchadle», es decir, fíjense en Él y fíense de Él –de este Cristo que se ha transfigurado ante vuestros ojos–, aunque les lleve por caminos de cruz. En el camino hacia la pasión, Jesús nos es presentado como el Hijo amado del Padre, objeto de su amor y su complacencia. La cruz y el sufrimiento no están en contradicción con el amor del Padre. Al contrario, es en la cruz donde más se manifiesta ese amor; precisamente porque muere confiando en el Padre y en su amor, Jesús se revela en la cruz como el Hijo de Dios. De igual modo nosotros, al sufrir la cruz, no debemos sentirnos rechazados por Dios, sino –al contrario– especialmente amados.

El conocimiento y la experiencia de este amor de Dios es el fundamento de nuestro camino cuaresmal. San Pablo prorrumpe lleno de admiración, de gozo y de confianza: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?» Al darnos a su Hijo, Dios ha demostrado que está «por nosotros», a favor nuestro. Pues «si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» No podemos encontrar fundamento más sólido para nuestra confianza en la lucha contra el pecado y en el camino hacia nuestra propia transfiguración pascual.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Transfiguración,
visión anticipada del Reino
(554 – 556)

A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén, y sufrir … y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día»: Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por Él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron refulgentes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le «hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén». Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadlo».

Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que «para entrar en su gloria», es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la ley y los Profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como Siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo. Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa.

En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección. Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo». Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios». 

Fe-obediencia de Abraham
(2572)

Como última purificación de su fe, se le pide al «que había recibido las promesas» (Hb 11,17) que sacrifique al hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila: «Dios proveerá el cordero para el holocausto», «pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar a los muertos» (Hb 11,19). Así, el padre de los creyentes se hace semejante al Padre que no perdonará a su propio Hijo, sino que lo entregará por todos nosotros. 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre” (Liturgia bizantina).

Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña. Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, Él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el camino desciende para fatigarse andando; la fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado.

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Mas no a mí solo,
purifica también
a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo.

Transfigúralos, Señor, transfigúralos.

Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Amén.

21 de febrero de 2021: DOMINGO I DE CUARESMA “B”


“Tentado para parecerse a nosotros;
vencedor para que nos parezcamos a Él”

Gn 9,8-15: “Pacto de Dios con Noé liberado del diluvio de las aguas”
Sal 24: “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza”
1P 3,18-22: “El bautismo que actualmente os está salvando”
Mc 1,12-15: “Era tentado por Satanás, y los ángeles lo servían”

I. LA PALABRA DE DIOS

La primera lectura nos habla de la alianza sellada por Dios con Noé y toda la creación después del diluvio. Lo mismo que Noé y los suyos, también nosotros hemos sido salvados de la muerte a través de las aguas. En este contexto conviene hacer memoria de nuestro bautismo. Por medio del agua bautismal, en el arca que es la Iglesia, hemos pasado de la muerte a la vida. Y en el bautismo Dios ha sellado con cada uno un pacto imborrable, una alianza de amor por la cual se compromete a librarnos del Maligno. La salvación no está lejos de nosotros: por el bautismo tenemos ya en nosotros su semilla. La Cuaresma es un tiempo para luchar contra el pecado, pero sabiendo que por el bautismo tenemos dentro de nosotros la fuerza para vencer: El Espíritu, que crea, renueva, alienta y capacita.

El relato del evangelio de san Marcos –singularmente breve– presenta a Jesús como nuevo Adán que vence a aquel que venció al primero –es lo que evocan las imágenes de los animales salvajes y los ángeles a su servicio (cfr. Gen 2 y 3; Is 11,6-9). Por fin entra en la historia humana la victoria sobre el mal y el pecado, sobre Satanás en persona: el «fuerte» va a ser vencido por el «más fuerte». 

Hace poco que hemos celebrado la Navidad: el Hijo de Dios que se hace hombre, verdadero hombre. El evangelio de hoy le presenta «tentado por Satanás». Ciertamente «no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4,15). Hombre de verdad, hasta el fondo, y sin pecado. Uno como nosotros, uno de los nuestros, ha sido acosado por Satanás, pero ha salido victorioso. Cristo –tentado y vencedor– es luz, es ánimo, es fortaleza para nosotros.

El relato de las tentaciones de Jesús nos habla en primer lugar del “realismo de la Encarnación”. El Hijo de Dios no se ha hecho hombre “a medias”, sino que ha asumido la existencia humana en toda su profundidad y con todas sus consecuencias, «en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4,15). El cristiano que se siente acosado por la prueba y la tentación se sabe comprendido por Jesucristo, que –antes que él y de manera más intensa– ha pasado por esas situaciones.

Por otra parte, las tentaciones hacen pensar en un Cristo que combate. El Hijo de Dios, hecho hombre, vino a derrotar al demonio y su imperio sobre el mundo. San Marcos da mucha importancia al relato poniéndolo al inicio de la vida pública de Jesús, después del bautismo y antes de empezar a predicar y a hacer milagros, como para indicar que toda su vida va a ser un combate contra el mal y contra Satanás. Va «empujado por el Espíritu al desierto» a buscar a Satanás en su propio terreno para vencerle. Asimismo, la vida del cristiano tiene toda la seriedad de una lucha contra las fuerzas del mal, para la cual ha recibido armas más que suficientes (Ef 6,10-20).

Sin embargo, la novedad más gozosa de este relato de las tentaciones de Jesús es que Él ha vencido. Él, que es en todo semejante a nosotros, «excepto en el pecado». Todo seguiría igual si Cristo hubiera sido tentado como nosotros, pero hubiera sido derrotado. Lo grandioso consiste en que Cristo, hombre como nosotros, ha vencido la tentación, el pecado y a Satanás. Y a partir de Él la historia ha cambiado de signo. En Cristo y con Cristo también nosotros vencemos la tentación y el pecado, pues Él «nos asocia siempre a su triunfo» (2Cor 2,14). Si por un hombre entró el pecado en el mundo, por otro hombre –Jesucristo– ha entrado la gracia y, con ella, la victoria sobre el pecado (cfr. Rom 5,12-21).

Si Cristo no ha sido vencido, nosotros sí lo fuimos. Somos pecadores. Pero esta situación no es irremediable. La segunda lectura afirma: «Cristo murió por los pecados…, el inocente por los culpables». Ello significa que su combate ha sido en favor nuestro. Cristo si que ha llegado hasta la sangre en su pelea contra el pecado (cfr. Heb 12,4). Y con su fuerza podemos vencer también nosotros. Apoyados en Él, unidos a Él, la Cuaresma nos invita a luchar decididamente contra el pecado que hay en nosotros y en el mundo.

El evangelio de este domingo nos invita a entrar en la Cuaresma con decisión y firmeza: puesto que se ha cumplido el tiempo y ha llegado el Reino de Dios, es urgente y necesario convertirse y creer, es decir, acoger plenamente la soberanía de Dios en nuestra vida. Este será nuestro particular combate cuaresmal.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las tentaciones de Jesús:
(538 – 540)

Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de Él «hasta el tiempo determinado». 

La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

No nos dejes caer en la tentación
(2848 – 2849)

“No entrar en la tentación” implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón… Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21-24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Ga 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este “dejarnos conducir” por el Espíritu Santo. 

Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía (cf Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es “guarda del corazón”, y Jesús pide al Padre que “nos guarde en su Nombre”. El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela».

El Reino de Dios está cerca:
(541 – 542)

«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1,15). Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre inauguró en la tierra el Reino de los cielos. Pues bien, la voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación de la vida divina. Y lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra el germen y el comienzo de este Reino.

Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como “familia de Dios”. Los convoca en torno a Él por su palabra, por sus señales –que manifiestan el reino de Dios–, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, Él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres. En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado” (Orígenes).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.

Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.

La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.

“Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros”,
esto dice el Señor.

Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. 

Amén.

DOMINGO XVII ORDINARIO “A”


 

“De un tesoro nos podemos apoderar;
pero el Reino de Dios se apodera de nosotros”

1R 3,5.7-12: “Pediste discernimiento”
Sal 118, 57-130 “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!”
Rm 8,28-30: “Nos predestinó a ser imagen de su Hijo”

Mt 13,44-52: “Vende todo lo que tiene y compra el campo”

I. LA PALABRA DE DIOS

La primera lectura de este domingo confirma la enseñanza de la parábola del evangelio con la narración del gesto de Salomón, que, por encima de todo, pide al Señor y logra de Él un «corazón sabio e inteligente», y no «vida larga ni riquezas, ni la vida de tus enemigos».

San Pablo, en el texto de Romanos, nos presenta el amor a Dios como la luz que ilumina el misterio escondido detrás de todos los acontecimientos cósmicos, humanos y sociales.

El Reino de Dios es la mayor realidad de esta vida, el bien supremo para el hombre, la verdadera “perla preciosa”. El Reino de Dios es la Salvación, la Sabiduría, el Amor de Dios que se nos comunica por Jesucristo. «El reino de los cielos» es la irrupción de Jesucristo Rey en nuestra vida. 

El Reino de Dios se nos ofrece gratuitamente; el hombre se «lo encuentra», después «va a vender todo lo que tiene» para conseguirlo. Para el que sabe apreciar ese tesoro, «todo» vale “nada“. Esa alegría es tal que la renuncia a todo lo demás es espontánea, lógica y nada extraordinaria.

Lógicamente, el Reino de Dios necesita un esfuerzo positivo y un ejercicio constante de la libertad personal para seguir a Jesucristo en el día a día de nuestra vida. Pero, con el Evangelio en la mano, no se entiende cómo se puede hablar de que ser cristiano es difícil y costoso. Es verdad que hay que dejar cosas, es verdad que hay que morir al pecado que todavía reside en nosotros, pero todo esto se hace con gusto y facilidad, porque hemos encontrado un Tesoro que vale mucho más sin comparación. Más aún, las renuncias se realizan «con alegría», como el hombre de la parábola, con la alegría de haber encontrado el Tesoro; es decir, sin costar, sin esfuerzo, de buen humor y con entusiasmo.

Si todavía vemos el cristianismo como una carga, ¿no será que no hemos encontrado aún el Tesoro? ¿No será que no nos hemos dejado deslumbrar lo suficiente por la Persona de Cristo? ¿No será que le conocemos poco, que le tratamos poco? ¿No será que no oramos bastante? El que ama la salud hace cualquier sacrificio por cuidarla y el que ama a Cristo está dispuesto a cualquier sacrificio por Él. Cristo de suyo es infinitamente atractivo, como para llenar nuestro corazón y hacernos fácil y gozosa cualquier renuncia. 

El mejor comentario a este evangelio son las palabras de san Pablo: «Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,7-8). El que de verdad ha encontrado a Cristo está dispuesto a perderlo todo por Él, pues todo lo estima basura comparado con la alegría de haber encontrado el verdadero Tesoro.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las parábolas
y el Reino de Dios
(546)

Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos». Para los que están “fuera”, la enseñanza de las parábolas es algo enigmático.

Los signos del Reino de Dios:
(547 — 550)

Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús, que concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: «Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios». Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo». Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: ¡Dios reinó desde el madero de la Cruz!.

La oración cristiana
centrada en la búsqueda del Reino:
(2632)

La petición cristiana está centrada en el deseo y la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús. Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica. Es la oración de Pablo, el apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana. Al orar, todo bautizado trabaja en la venida del Reino

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Entre todas las perlas no hay más que una preciosísima: el conocimiento del Salvador, el misterio de su Pasión y el arcano secreto de su Resurrección” (San Jerónimo).

Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra? En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!” (Tertuliano).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este mundo del hombre,
en que él se afana
tras la felicidad que tanto ansía,
tu lo vistes, Señor, de luz temprana
y de radiante sol al mediodía.

Así el poder de tu presencia encierra
el secreto más hondo de esta vida;
un nuevo cielo y una nueva tierra
colmarán nuestro anhelo sin medida.

Poderoso Señor de nuestra historia,
no tardes en venir gloriosamente;
tu luz resplandeciente y tu victoria
inunden nuestra vida eternamente.
Amén.