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DOMINGO XVII ORDINARIO “A”


 

“De un tesoro nos podemos apoderar;
pero el Reino de Dios se apodera de nosotros”

1R 3,5.7-12: “Pediste discernimiento”
Sal 118, 57-130 “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!”
Rm 8,28-30: “Nos predestinó a ser imagen de su Hijo”

Mt 13,44-52: “Vende todo lo que tiene y compra el campo”

I. LA PALABRA DE DIOS

La primera lectura de este domingo confirma la enseñanza de la parábola del evangelio con la narración del gesto de Salomón, que, por encima de todo, pide al Señor y logra de Él un «corazón sabio e inteligente», y no «vida larga ni riquezas, ni la vida de tus enemigos».

San Pablo, en el texto de Romanos, nos presenta el amor a Dios como la luz que ilumina el misterio escondido detrás de todos los acontecimientos cósmicos, humanos y sociales.

El Reino de Dios es la mayor realidad de esta vida, el bien supremo para el hombre, la verdadera “perla preciosa”. El Reino de Dios es la Salvación, la Sabiduría, el Amor de Dios que se nos comunica por Jesucristo. «El reino de los cielos» es la irrupción de Jesucristo Rey en nuestra vida. 

El Reino de Dios se nos ofrece gratuitamente; el hombre se «lo encuentra», después «va a vender todo lo que tiene» para conseguirlo. Para el que sabe apreciar ese tesoro, «todo» vale “nada“. Esa alegría es tal que la renuncia a todo lo demás es espontánea, lógica y nada extraordinaria.

Lógicamente, el Reino de Dios necesita un esfuerzo positivo y un ejercicio constante de la libertad personal para seguir a Jesucristo en el día a día de nuestra vida. Pero, con el Evangelio en la mano, no se entiende cómo se puede hablar de que ser cristiano es difícil y costoso. Es verdad que hay que dejar cosas, es verdad que hay que morir al pecado que todavía reside en nosotros, pero todo esto se hace con gusto y facilidad, porque hemos encontrado un Tesoro que vale mucho más sin comparación. Más aún, las renuncias se realizan «con alegría», como el hombre de la parábola, con la alegría de haber encontrado el Tesoro; es decir, sin costar, sin esfuerzo, de buen humor y con entusiasmo.

Si todavía vemos el cristianismo como una carga, ¿no será que no hemos encontrado aún el Tesoro? ¿No será que no nos hemos dejado deslumbrar lo suficiente por la Persona de Cristo? ¿No será que le conocemos poco, que le tratamos poco? ¿No será que no oramos bastante? El que ama la salud hace cualquier sacrificio por cuidarla y el que ama a Cristo está dispuesto a cualquier sacrificio por Él. Cristo de suyo es infinitamente atractivo, como para llenar nuestro corazón y hacernos fácil y gozosa cualquier renuncia. 

El mejor comentario a este evangelio son las palabras de san Pablo: «Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,7-8). El que de verdad ha encontrado a Cristo está dispuesto a perderlo todo por Él, pues todo lo estima basura comparado con la alegría de haber encontrado el verdadero Tesoro.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las parábolas
y el Reino de Dios
(546)

Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos». Para los que están “fuera”, la enseñanza de las parábolas es algo enigmático.

Los signos del Reino de Dios:
(547 — 550)

Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús, que concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: «Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios». Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo». Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: ¡Dios reinó desde el madero de la Cruz!.

La oración cristiana
centrada en la búsqueda del Reino:
(2632)

La petición cristiana está centrada en el deseo y la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús. Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica. Es la oración de Pablo, el apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana. Al orar, todo bautizado trabaja en la venida del Reino

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Entre todas las perlas no hay más que una preciosísima: el conocimiento del Salvador, el misterio de su Pasión y el arcano secreto de su Resurrección” (San Jerónimo).

Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra? En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!” (Tertuliano).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este mundo del hombre,
en que él se afana
tras la felicidad que tanto ansía,
tu lo vistes, Señor, de luz temprana
y de radiante sol al mediodía.

Así el poder de tu presencia encierra
el secreto más hondo de esta vida;
un nuevo cielo y una nueva tierra
colmarán nuestro anhelo sin medida.

Poderoso Señor de nuestra historia,
no tardes en venir gloriosamente;
tu luz resplandeciente y tu victoria
inunden nuestra vida eternamente.
Amén.

 

5 de abril de 2020: DOMINGO DE RAMOS, en la Pasión del Señor “A”


 

 “Aclamamos a Cristo como Rey;
nos sentimos redimidos por su entrega como siervo”

 
Procesión:
Mt 21,1-11: “Bendito el que viene en nombre del Señor”
Misa:
Is 50,4-7: “No oculté el rostro a insultos… y sé que no quedaré avergonzado”
Sal 21,8-24: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Flp 2,6-11: “Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo”
Mt 26,14-27,66: “Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

Al entrar en la Semana Santa la Iglesia proclama la Pasión de Jesucristo. Pero al escucharla, o al leerla por nuestra cuenta, hemos de evitar un peligro: el de asistir a ella como meros “espectadores” que contemplan unos hechos sólo desde fuera. Porque lo que el Espíritu Santo pretende es hacernos conocer cómo Cristo ha vivido la Pasión «por dentro». Se trata de dejarnos iluminar por la interioridad de Cristo. Lo que nos salva no son los simples sufrimientos de Cristo, sino el amor con que los ha vivido, su amor al Padre, que le ha llevado a dar la vida libremente por nosotros. La enormidad de su sufrimiento voluntario, nos habla de la inmensidad de su amor redentor.

De hecho, en la oración colecta del domingo pasado pedíamos a Dios Padre que «vivamos siempre de aquel mismo amor que llevó al Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo». La liturgia no es como una representación teatral. Nos introduce verdaderamente y eficazmente en el misterio. Y al introducirnos en él, no sólo nos hace capaces de contemplarlo en toda su riqueza, sino que el contacto con el misterio de Cristo nos transforma, pues Cristo mismo nos contagia su vida, sus actitudes y sentimientos. No podemos entrar en la Semana Santa, ni vivirla con provecho, si no estamos dispuestos a subir con Cristo a la cruz: hacer de nuestra vida un sacrificio de amor ofrecido a Dios por los demás.

La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección.

El relato de la Pasión destaca el vaciamiento total que arranca del poema del Siervo en Isaías. Las sombras que remarca S. Mateo (miedo o desengaño en los apóstoles; sensación de abandono del Padre, absoluta soledad) resalta el realismo de los vivos colores de la humanidad asumida por Cristo que, desde la Cruz, reina como Señor de todo. Típico de S. Mateo es llamar a Cristo repetidas veces con el título de “manso”; “manso y humilde”; o recoger aquella Bienaventuranza: “los mansos que poseerán la tierra”. Pues con esta actitud, propia del Siervo, “que no abrió su boca”, llegará a la cruz.

El relato de la Pasión según san Mateo subraya además cómo en ella se cumplen las Escrituras. Todo estaba previsto y predicho. Nada ocurre por casualidad. El plan del Padre se cumple. Y Cristo vive la Pasión en perfecta obediencia a la voluntad del Padre, «para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a su voluntad» (oración colecta). Cristo puede decir con las palabras del profeta: «El señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me he echado atrás» (primera lectura). Adán desobedeció la voluntad de Dios y nos trajo la ruina; Cristo obedece «hasta la muerte y muerte de cruz» y nos salva (Filipenses). En su obediencia al Padre y en su amor a los hombres está nuestra salvación. Y esta salvación seguirá haciéndose presente hoy si nosotros prolongamos la entrega de Cristo, su obediencia al Padre y su amor a los hombres. 

II. LA FE DE LA IGLESIA

Entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
(559, 560, 570)

¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre». Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación (“Hosanna” quiere decir “¡Sálvanos!”, “¡Danos la salvación!”). Pues bien, el “Rey de la Gloria” entra en su ciudad «montado en un asno»: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los “pobres de Dios”, que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación, «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!», ha sido recogida por la Iglesia en el “Santo” de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y Resurrección. Con su celebración en el Domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

La muerte redentora de Cristo
en el designio de salvación
(599  603)

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar, en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios. Dios ha permitido los actos nacidos de la ceguera de los hombres para realizar su designio de salvación.

«Muerto por nuestros pecados
según las Escrituras
»

Este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el Justo” había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado. S. Pablo profesa, en una confesión de fe, que dice haber “recibido” que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras». La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (Is 53, 78). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús, luego a los propios apóstoles.

«Dios le hizo pecado por nosotros»

En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Han sido rescatados de la conducta necia heredada de sus padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de ustedes». Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte. Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo, la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado, «a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él».

Jesús no conoció la reprobación como si Él mismo hubiese pecado. Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre, nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo».

Dios entrega a su Hijo
por nuestros pecados
(604. 605)

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados». «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños». La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles, enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: no hay, ni hubo, ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo.

El camino cristiano pasa por la Cruz
(2015)

El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas. 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La Iglesia que no cesa de contemplar el misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado. Por esta razón la Redención se ha cumplido en el Misterio Pascual que a través de la Cruz y la Muerte conduce a la Resurrección” (Juan Pablo II).

 

Ibas como va el sol a un ocaso de gloria
cantaban ya tu muerte al cantar tu victoria.

Pero Tú eres el Rey, Señor, el Dios fuerte
la Vida que renace del fondo de la muerte
“. 

(Del Himno de la Procesión de Ramos)

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. 

Amén.

29 de marzo de 2020: DOMINGO V DE CUARESMA “A”


 
 “Morir al pecado es empezar a participar de la resurrección de Cristo”
 
Ez 37,12-14: “Os infundiré mi espíritu y viviréis”
Sal 129,1-8: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”
Rm 8,8-11: “El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros”
Jn 11,1-45: “Yo soy la resurrección y la vida”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

El mensaje principal de la liturgia del domingo V de Cuaresma es el siguiente: En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y somos hechos capaces de gustar a Dios, de hacer morir el hombre viejo para vivir del Espíritu del Resucitado.

«Señor, tu amigo está enfermo… Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». El evangelista juega con dos verbos en el texto griego original: “phileîn” (querer) y “agapân” (amar). «Tu amigo», al que quieres (phileîn) con afecto de amistad: es la percepción de las hermanas (y también del resto de la gente cuando le ven llorar ante la tumba: «¡Cómo lo quería!»); pero el evangelista, desde la fe revelada, corrige esta percepción limitada de la calidad del amor de Jesús: «Jesús amaba…» con amor de caridad (agapân), que tiene exigencias superiores a lo que puede pedir una mera amistad. Cristo nos ama con un amor que va mucho más allá de lo que nosotros somos capaces de experimentar o desear. El problema es cuando nosotros concebimos el amor de Cristo como proyección de nuestra limitada forma de amar. ¿Será por eso que Jesús nos manda amar a los demás, no como a nosotros mismos, sino como Él nos ha amado?

«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Idénticas palabras repiten las dos hermanas, cada una por su cuenta. Palabras que son expresión de fe en Jesús, pero de una fe muy limitada, muy a la medida humana. Creen que Jesús puede curar a un enfermo, pero no creen que pueda llegar a resucitar a un muerto. ¿Y no es así también nuestra fe? Ponemos condiciones al poder del Señor. Y sin embargo su poder es incondicionado: «para Dios nada hay imposible».

 «Si crees, verás la gloria de Dios». Frente a esta fe tan corta, el evangelio nos impulsa a una fe “a la medida de Dios”. Él quiere manifestar su grandeza divina, su poder infinito, su gloria. Deliberadamente, Jesús tarda en acudir a la llamada de Marta y Maria. Permite que Lázaro muera para resucitarle y manifestar de manera más potente su gloria: «Esta enfermedad… servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». No hay situación que no tenga remedio; cuanto más difícil, más fácil que Cristo “se luzca”.

«El que cree en mí… vivirá… no morirá para siempre». Jesús es el único que da la vida eterna, y quien la recibe, la tiene precisamente por creer en Él. La amistad entre Jesús, Lázaro y sus hermanas era de sobra conocida. Pero no les hace el milagro por eso, sino porque creían en Él. La fe, más que carta de recomendación para el milagro, es requisito indispensable. 

El centro del relato lo constituye la revelación que Jesús hace de sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida»; afirmación lo suficientemente grave como para acreditarla con una victoria sobre la muerte, resucitando a Lázaro. Jesús, no sólo “posee” la vida, “es” la vida; no sólo resucitará a otros en el último día, Él mismo “es” la resurrección. La vida sobrenatural, que Jesús concede ya ahora a quienes creen en Él, contiene en germen la resurrección final. Si permite el mal es para que más se manifieste lo que Él es y lo que es capaz de realizar: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros… para que creáis». 

En la oración que hace Jesús, la acción de gracias precede al acontecimiento: «Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado», lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: «Yo sabía bien que tú siempre me escuchas», es decir, que Jesús, por su parte, ora de manera constante y es consciente de su especial relación con “su” Padre. Así, apoyada en la acción de gracias y en la confianza filial y amorosa, la oración de Jesús nos enseña cómo pedir: antes de que lo pedido sea otorgado, Jesús se adhiere a la voluntad de Aquel que da y que se da al darnos sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el “tesoro“, y en Él está el Corazón de su Hijo; el don solicitado se otorga como «por añadidura».

Porque Jesús es la Resurrección, ha roto las ataduras de Lázaro; y a nosotros nos libra de las ataduras del pecado y de la muerte. Esta cuaresma tiene que significar para nosotros y para toda la Iglesia, y todavía más, para todos los que por el pecado están muertos a la vida de gracia –verdaderos “muertos vivientes”– una auténtica resurrección a una vida nueva. Cristo es la resurrección, y lo típico de su acción es hacer brotar la vida donde sólo había muerte. Cristo puede, y quiere, resucitar al que está muerto por el pecado o por la carencia de fe. Lo suyo es hacer cosas grandes, maravillas divinas. Y nosotros no debemos esperar menos. No tenemos derecho a dar a nadie por perdido.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe en Jesús y la fe en la resurrección
(994)

Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos, anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del “signo de Jonás“, del signo del Templo: anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte.

Los signos del Reino de Dios
(547  550)

Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos (o milagros) que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. Invitan a creer. Jesús concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser “ocasión de escándalo. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos, del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: «Pero, si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios». Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo». Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: “Dios reinó desde el madero de la Cruz“.

Libertad, necesidad y perseverancia en la fe
(160  162)

El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza. Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados. Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús. En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él.

Creer en Cristo Jesús, y en Aquel que lo envió, es necesario para obtener la salvación. Puesto que «sin la fe… es imposible agradar a Dios» (Hb 11, 6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que haya «perseverado en ella hasta el fin», obtendrá la vida eterna.

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo. S. Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe». Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe “actuar por la caridad”, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La conversión del corazón,
principio de una vida nueva
(1848; cf 1888)

Como afirma S. Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos «la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor». Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: «Reciban el Espíritu Santo». Así pues, en este convencer en lo «referente al pecado», descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito” (San Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El sueño, hermano de la muerte,
a su descanso nos convida;
guárdanos tú, Señor, de suerte
que despertemos a la vida.

Tu amor nos guía y nos reprende
y por nosotros se desvela,
del enemigo nos defiende
y, mientras dormimos, nos vela.

Te ofrecemos, humildemente,
dolor, trabajo y alegría;
nuestra plegaria balbuciente:
¡Gracias, Señor, por este día!

Recibe, Padre, la alabanza
del corazón que en ti confía
y alimenta nuestra esperanza
de amanecer a tu gran día.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. 

Amén.