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5 de abril de 2020: DOMINGO DE RAMOS, en la Pasión del Señor “A”


 

 “Aclamamos a Cristo como Rey;
nos sentimos redimidos por su entrega como siervo”

 
Procesión:
Mt 21,1-11: “Bendito el que viene en nombre del Señor”
Misa:
Is 50,4-7: “No oculté el rostro a insultos… y sé que no quedaré avergonzado”
Sal 21,8-24: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Flp 2,6-11: “Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo”
Mt 26,14-27,66: “Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

Al entrar en la Semana Santa la Iglesia proclama la Pasión de Jesucristo. Pero al escucharla, o al leerla por nuestra cuenta, hemos de evitar un peligro: el de asistir a ella como meros “espectadores” que contemplan unos hechos sólo desde fuera. Porque lo que el Espíritu Santo pretende es hacernos conocer cómo Cristo ha vivido la Pasión «por dentro». Se trata de dejarnos iluminar por la interioridad de Cristo. Lo que nos salva no son los simples sufrimientos de Cristo, sino el amor con que los ha vivido, su amor al Padre, que le ha llevado a dar la vida libremente por nosotros. La enormidad de su sufrimiento voluntario, nos habla de la inmensidad de su amor redentor.

De hecho, en la oración colecta del domingo pasado pedíamos a Dios Padre que «vivamos siempre de aquel mismo amor que llevó al Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo». La liturgia no es como una representación teatral. Nos introduce verdaderamente y eficazmente en el misterio. Y al introducirnos en él, no sólo nos hace capaces de contemplarlo en toda su riqueza, sino que el contacto con el misterio de Cristo nos transforma, pues Cristo mismo nos contagia su vida, sus actitudes y sentimientos. No podemos entrar en la Semana Santa, ni vivirla con provecho, si no estamos dispuestos a subir con Cristo a la cruz: hacer de nuestra vida un sacrificio de amor ofrecido a Dios por los demás.

La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección.

El relato de la Pasión destaca el vaciamiento total que arranca del poema del Siervo en Isaías. Las sombras que remarca S. Mateo (miedo o desengaño en los apóstoles; sensación de abandono del Padre, absoluta soledad) resalta el realismo de los vivos colores de la humanidad asumida por Cristo que, desde la Cruz, reina como Señor de todo. Típico de S. Mateo es llamar a Cristo repetidas veces con el título de “manso”; “manso y humilde”; o recoger aquella Bienaventuranza: “los mansos que poseerán la tierra”. Pues con esta actitud, propia del Siervo, “que no abrió su boca”, llegará a la cruz.

El relato de la Pasión según san Mateo subraya además cómo en ella se cumplen las Escrituras. Todo estaba previsto y predicho. Nada ocurre por casualidad. El plan del Padre se cumple. Y Cristo vive la Pasión en perfecta obediencia a la voluntad del Padre, «para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a su voluntad» (oración colecta). Cristo puede decir con las palabras del profeta: «El señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me he echado atrás» (primera lectura). Adán desobedeció la voluntad de Dios y nos trajo la ruina; Cristo obedece «hasta la muerte y muerte de cruz» y nos salva (Filipenses). En su obediencia al Padre y en su amor a los hombres está nuestra salvación. Y esta salvación seguirá haciéndose presente hoy si nosotros prolongamos la entrega de Cristo, su obediencia al Padre y su amor a los hombres. 

II. LA FE DE LA IGLESIA

Entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
(559, 560, 570)

¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre». Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación (“Hosanna” quiere decir “¡Sálvanos!”, “¡Danos la salvación!”). Pues bien, el “Rey de la Gloria” entra en su ciudad «montado en un asno»: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los “pobres de Dios”, que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación, «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!», ha sido recogida por la Iglesia en el “Santo” de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y Resurrección. Con su celebración en el Domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

La muerte redentora de Cristo
en el designio de salvación
(599  603)

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar, en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios. Dios ha permitido los actos nacidos de la ceguera de los hombres para realizar su designio de salvación.

«Muerto por nuestros pecados
según las Escrituras
»

Este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el Justo” había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado. S. Pablo profesa, en una confesión de fe, que dice haber “recibido” que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras». La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (Is 53, 78). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús, luego a los propios apóstoles.

«Dios le hizo pecado por nosotros»

En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Han sido rescatados de la conducta necia heredada de sus padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de ustedes». Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte. Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo, la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado, «a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él».

Jesús no conoció la reprobación como si Él mismo hubiese pecado. Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre, nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo».

Dios entrega a su Hijo
por nuestros pecados
(604. 605)

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados». «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños». La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles, enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: no hay, ni hubo, ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo.

El camino cristiano pasa por la Cruz
(2015)

El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas. 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La Iglesia que no cesa de contemplar el misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado. Por esta razón la Redención se ha cumplido en el Misterio Pascual que a través de la Cruz y la Muerte conduce a la Resurrección” (Juan Pablo II).

 

Ibas como va el sol a un ocaso de gloria
cantaban ya tu muerte al cantar tu victoria.

Pero Tú eres el Rey, Señor, el Dios fuerte
la Vida que renace del fondo de la muerte
“. 

(Del Himno de la Procesión de Ramos)

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. 

Amén.

29 de marzo de 2020: DOMINGO V DE CUARESMA “A”


 
 “Morir al pecado es empezar a participar de la resurrección de Cristo”
 
Ez 37,12-14: “Os infundiré mi espíritu y viviréis”
Sal 129,1-8: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”
Rm 8,8-11: “El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros”
Jn 11,1-45: “Yo soy la resurrección y la vida”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

El mensaje principal de la liturgia del domingo V de Cuaresma es el siguiente: En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y somos hechos capaces de gustar a Dios, de hacer morir el hombre viejo para vivir del Espíritu del Resucitado.

«Señor, tu amigo está enfermo… Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». El evangelista juega con dos verbos en el texto griego original: “phileîn” (querer) y “agapân” (amar). «Tu amigo», al que quieres (phileîn) con afecto de amistad: es la percepción de las hermanas (y también del resto de la gente cuando le ven llorar ante la tumba: «¡Cómo lo quería!»); pero el evangelista, desde la fe revelada, corrige esta percepción limitada de la calidad del amor de Jesús: «Jesús amaba…» con amor de caridad (agapân), que tiene exigencias superiores a lo que puede pedir una mera amistad. Cristo nos ama con un amor que va mucho más allá de lo que nosotros somos capaces de experimentar o desear. El problema es cuando nosotros concebimos el amor de Cristo como proyección de nuestra limitada forma de amar. ¿Será por eso que Jesús nos manda amar a los demás, no como a nosotros mismos, sino como Él nos ha amado?

«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Idénticas palabras repiten las dos hermanas, cada una por su cuenta. Palabras que son expresión de fe en Jesús, pero de una fe muy limitada, muy a la medida humana. Creen que Jesús puede curar a un enfermo, pero no creen que pueda llegar a resucitar a un muerto. ¿Y no es así también nuestra fe? Ponemos condiciones al poder del Señor. Y sin embargo su poder es incondicionado: «para Dios nada hay imposible».

 «Si crees, verás la gloria de Dios». Frente a esta fe tan corta, el evangelio nos impulsa a una fe “a la medida de Dios”. Él quiere manifestar su grandeza divina, su poder infinito, su gloria. Deliberadamente, Jesús tarda en acudir a la llamada de Marta y Maria. Permite que Lázaro muera para resucitarle y manifestar de manera más potente su gloria: «Esta enfermedad… servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». No hay situación que no tenga remedio; cuanto más difícil, más fácil que Cristo “se luzca”.

«El que cree en mí… vivirá… no morirá para siempre». Jesús es el único que da la vida eterna, y quien la recibe, la tiene precisamente por creer en Él. La amistad entre Jesús, Lázaro y sus hermanas era de sobra conocida. Pero no les hace el milagro por eso, sino porque creían en Él. La fe, más que carta de recomendación para el milagro, es requisito indispensable. 

El centro del relato lo constituye la revelación que Jesús hace de sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida»; afirmación lo suficientemente grave como para acreditarla con una victoria sobre la muerte, resucitando a Lázaro. Jesús, no sólo “posee” la vida, “es” la vida; no sólo resucitará a otros en el último día, Él mismo “es” la resurrección. La vida sobrenatural, que Jesús concede ya ahora a quienes creen en Él, contiene en germen la resurrección final. Si permite el mal es para que más se manifieste lo que Él es y lo que es capaz de realizar: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros… para que creáis». 

En la oración que hace Jesús, la acción de gracias precede al acontecimiento: «Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado», lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: «Yo sabía bien que tú siempre me escuchas», es decir, que Jesús, por su parte, ora de manera constante y es consciente de su especial relación con “su” Padre. Así, apoyada en la acción de gracias y en la confianza filial y amorosa, la oración de Jesús nos enseña cómo pedir: antes de que lo pedido sea otorgado, Jesús se adhiere a la voluntad de Aquel que da y que se da al darnos sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el “tesoro“, y en Él está el Corazón de su Hijo; el don solicitado se otorga como «por añadidura».

Porque Jesús es la Resurrección, ha roto las ataduras de Lázaro; y a nosotros nos libra de las ataduras del pecado y de la muerte. Esta cuaresma tiene que significar para nosotros y para toda la Iglesia, y todavía más, para todos los que por el pecado están muertos a la vida de gracia –verdaderos “muertos vivientes”– una auténtica resurrección a una vida nueva. Cristo es la resurrección, y lo típico de su acción es hacer brotar la vida donde sólo había muerte. Cristo puede, y quiere, resucitar al que está muerto por el pecado o por la carencia de fe. Lo suyo es hacer cosas grandes, maravillas divinas. Y nosotros no debemos esperar menos. No tenemos derecho a dar a nadie por perdido.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe en Jesús y la fe en la resurrección
(994)

Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos, anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del “signo de Jonás“, del signo del Templo: anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte.

Los signos del Reino de Dios
(547  550)

Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos (o milagros) que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. Invitan a creer. Jesús concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser “ocasión de escándalo. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos, del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: «Pero, si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios». Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo». Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: “Dios reinó desde el madero de la Cruz“.

Libertad, necesidad y perseverancia en la fe
(160  162)

El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza. Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados. Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús. En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él.

Creer en Cristo Jesús, y en Aquel que lo envió, es necesario para obtener la salvación. Puesto que «sin la fe… es imposible agradar a Dios» (Hb 11, 6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que haya «perseverado en ella hasta el fin», obtendrá la vida eterna.

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo. S. Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe». Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe “actuar por la caridad”, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La conversión del corazón,
principio de una vida nueva
(1848; cf 1888)

Como afirma S. Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos «la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor». Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: «Reciban el Espíritu Santo». Así pues, en este convencer en lo «referente al pecado», descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito” (San Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El sueño, hermano de la muerte,
a su descanso nos convida;
guárdanos tú, Señor, de suerte
que despertemos a la vida.

Tu amor nos guía y nos reprende
y por nosotros se desvela,
del enemigo nos defiende
y, mientras dormimos, nos vela.

Te ofrecemos, humildemente,
dolor, trabajo y alegría;
nuestra plegaria balbuciente:
¡Gracias, Señor, por este día!

Recibe, Padre, la alabanza
del corazón que en ti confía
y alimenta nuestra esperanza
de amanecer a tu gran día.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. 

Amén.

INDULGENCIA PLENARIA 
POR EL CORONAVIRUS


INDULGENCIA PLENARIA POR LA PANDEMIA

El Santo Padre ha concedido indulgencia Plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), en cuanto sea posible su cumplimiento, a los fieles que, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se encuentren en las siguientes situaciones:

  1. Fieles enfermos de Coronavirus, sujetos a cuarentena por orden de la autoridad sanitaria en los hospitales o en sus propias casas: 
    • Obra prescrita: unirse espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Santa Misa, al rezo del Santo Rosario, a la práctica piadosa del Vía Crucis u otras formas de devoción, o si al menos rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales, apenas les sea posible.
  1. Fieles Agentes sanitarios, familiares y todos aquellos que cuidan de los enfermos de Coronavirus, 
    • Obra prescrita: atender a los enfermos, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, exponiéndose al riesgo de contagio.
  1. Fieles en general:
    • Obra prescrita: ofrecer la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí.
  1. Fieles en peligro de muerte que estén imposibilitados de recibir el sacramento de la Unción de los enfermos y el Viático, se les concede Indulgencia plenaria en punto de muerte siempre que estén debidamente dispuestos: 
    • Obra prescrita: que hayan rezado durante su vida algunas oraciones (en este caso la Iglesia suple a las tres condiciones habituales requeridas). Para obtener esta indulgencia se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz.

 

¿Qué son las indulgencias?

La indulgencia es la remisión de la pena temporal de los pecados ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel, dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia; la cual, como administradora de la Redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo, de la Virgen y de los santos. Se pueden aplicar por uno mismo o por los difuntos como sufragio, nunca por otra persona aún viva. La indulgencia puede ser parcial o plenaria, según que libere en parte o en todo de la pena temporal debida por los pecados.

 

¿Cuáles son los requisitos para las indulgencias?

Para ganar cualquier indul­gencia es necesario:

  1. estar bautizado, y no excomulgado. 
  2. estar en gra­cia de Dios, por lo menos al final de las obras prescritas.
  3. tener intención, al me­nos general, de ganarlas. 
  4. y cumplir las obras prescritas en el tiempo y en la forma debida.

Para ganar la indulgencia plenaria, además de lo anterior y de la exclusión de todo afecto de pecado, incluso venial, se necesita el cumplimiento de tres condiciones, que son: 

  1. la confesión sacramental, 
  2. la comunión euca­rística 
  3. y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice.

La indulgencia plenaria sólo puede ganarse una vez al día. Sin embargo, el fiel cristiano podrá alcanzar indul­gencia plenaria in articulo mortis, aunque el mismo día haya ganado ya otra indulgencia plenaria. 

Con una sola confesión pueden ganarse varias indulgencias plenarias. Las condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la ejecución de la obra prescrita: pero conviene que la comunión y la oración por las in­tenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se cumple la obra prescrita. La condición de orar por las intenciones del Sumo Pontífice se cumple si se reza a su intención un solo padrenuestro y avemaría, pero se concede a cada fiel la fa­cultad de rezar cualquier otra fórmula, según su piedad y devoción.

La indulgencia parcial puede ganarse varias veces al día, a no ser que expresamente se establezca lo contrario.

 

Imposibilidad física o moral de confesar

En el sacramento de la penitencia, los fieles que confiesan sus pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron al pecar.

La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede tener también por otros medios.

Debe recordarse, en estas difíciles circunstancias que, cuando un fiel cristiano se encuentre en la dolorosa imposibilidad de confesar sacramentalmente, la contrición perfecta —el dolor del alma y detestación del pecado cometido, con la resolución de no volver a pecar, que brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas— perdona las faltas veniales y obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental (Cfr. núm. 1451-1452 Catecismo de la Iglesia Católica).

 

Pecado, culpa y penas

Para entender las indulgencias es preciso creer en la existencia del Purgatorio. y no podremos entender la doctrina sobre el Purgatorio si no somos conscientes de los daños que causa el pecado y del misterio del perdón misericordioso de Dios. 

Pecado es toda desobediencia voluntaria a la Ley de Dios. Es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. La Ley de Dios la puede conocer todo el mundo por la voz de la conciencia recta, por la que la persona humana reconoce si un acto concreto es bueno o malo, y además, los creyentes, por los Diez Mandamientos. La raíz de todos los pecados está en el corazón del hombre, en su libre voluntad, que se alza contra Dios. El pecado rompe la comunión con Dios y con la Iglesia.

Todo pecado tiene una doble dimensión: es ofensa a Dios (culpa) y tiene consecuencias negativas para el mismo pecador —lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana— (penas). 

En primer lugar, si la ofensa es grave, y es cometida libremente (sabiéndolo y queriendo), el pecado es mortal —porque nos priva de la vida de la gracia— y comporta la ruptura de la comunión con Dios y, por consiguiente, la autoexclusión de la participación en la vida eterna (una verdadera autocondenación), que es lo que llamamos “pena eterna“. 

En segundo lugar, todo pecado, incluso venial (cuando la ofensa es leve, o falta el conocimiento o el consentimiento plenos), entraña apego desordenado a las criaturas, que es necesario purificar. Es lo que se llama “pena temporal“. Estas “penas”, no son, ni mucho menos, una especie de venganza o castigo de Dios, sino que son los daños causados por el mismo pecador (a si mismo, a los demás, a la Iglesia, a la naturaleza, etc.), que necesitan de reparación y purificación.

Perdón, reparación y purificación

El perdón de los pecados —garantizado en el sacramento de la Reconciliación— entraña el perdón de la culpa —es decir, el restablecimiento de la comunión con Dios, de la vida de gracia— y la remisión de la pena eterna de los pecado mortales, que verdaderamente quedan cancelados. Pero las penas temporales —las huellas negativas que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos— permanecen, al menos en parte: desórdenes, apegos, malos deseos e inclinaciones, heridas y cicatrices del alma que tienen necesidad de sanación, reparación y purificación, ya sea durante nuestra vida en la tierra, ya sea después de la muerte. 

El hombre herido por el pecado necesita ser progresivamente «sanado» de las consecuencias negativas que el pecado ha dejado en él (y que la tradición teológica llama «penas» y «restos» del pecado). 

A primera vista, hablar de penas después de recibir el perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. Así, Dios, después de definirse «Dios misericordioso y clemente, (…) que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Cf. Ex 34, 6-7). En el segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David después de su grave pecado le alcanza el perdón de Dios (Cf. 2S 12,13), pero no elimina el castigo anunciado (Cf. 2S 12,11; 16,21). El amor paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (Cf. Hb 12,4-11). 

En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, está todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura y docilidad a la gracia. Precisamente con vistas a una curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor. En este camino la misericordia de Dios le sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de «medicina» en la medida en que el hombre se deja interpelar para su conversión profunda. Éste es el significado de la «satisfacción» (la penitencia impuesta) que requiere el sacramento de la penitencia.

Mientras estamos en este mundo, la misericordia de Dios nos ofrece tres caminos o modos de expiar las penas temporales merecidas por los pecados: 1º.- por la penitencia sacramental (la «satisfacción» impuesta en la confesión); 2º.- mediante las distintas prácticas penitenciales voluntarias (ayunos y otras privaciones, limosnas y obras de misericordia y caridad, oración, soportar pacientemente las contrariedades, sufrimientos y pruebas de la vida y, finalmente, afrontando serenamente la muerte); 3º.- por el recurso a la comunión de los santos en las indulgencias. 

Después de la muerte, Dios misericordioso nos concede la gracia de ser purificados en el Purgatorio.

El Purgatorio

El Purgatorio es la última y definitiva oportunidad de purificación que concede Dios misericordioso, para poder entrar en el cielo, a las almas que lo necesitan. Nuestra fe nos dice que los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, necesitan una purificación después de su muerte a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos.

Dios es tan puro y santo que al alma que se presentase ante Él estando aún ligada a los deseos y las penas derivadas del pecado, se le haría imposible disfrutar de la visión beatífica de Dios. Puede servir de ejemplo lo que sucede cuando pasamos bruscamente de la obscuridad total a la luz del sol, nuestros ojos se cierran instintivamente, y nos provocaría un verdadero dolor abrirlos de golpe, porque necesitamos un tiempo de acomodación a la luz. Así, las almas de los difuntos necesitan de un “tiempo” de purificación, el Purgatorio (purificatorio), fruto de la misericordia de Dios, donde somos limpiados y liberados de todo resto de pecado para así poder contemplar gozosamente el rostro infinitamente luminoso y santo de Dios. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, «como a través del fuego». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama. Los santos, partiendo de la propia experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos en contraste con el infinito amor de Dios, hablan de un camino de purificación del alma hacía la comunión plena con Dios, un sufrimiento purificador y expiatorio, como un fuego abrasador. Para salvarse es necesario atravesar este “fuego” en primera persona y así llegar a ser definitivamente capaces de Dios y poder tomar parte en la mesa del banquete nupcial eterno. El Purgatorio es el “lugar” de la purificación de las almas, pero no un lugar como si fuera un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra, no es un fuego exterior, sino interior. Este fuego interior que purifica, es el fuego interior del Purgatorio. El alma es consciente del inmenso amor y de la perfecta justicia y santidad de Dios y, en consecuencia, sufre por no haber respondido de modo correcto y perfecto a ese amor, y por ello, el mismo amor a Dios se convierte en llama interior de amor que purifica de las escorias de sus pecados. En este estado, mediante purificaciones y curaciones, el alma madura para la comunión con Dios.

¿Es realmente eficaz la oración por los difuntos? ¿Podemos ayudarles a entrar en el cielo?

La pregunta es legítima: si el Purgatorio es ser purificado mediante el fuego en el encuentro personal con el Señor, Juez y Salvador, ¿cómo puede intervenir una tercera persona, por más que sea cercana a la otra? ¿No es suficiente lo que Cristo ha hecho ya por nosotros para salvarnos?

San Juan Pablo II nos dio la respuesta: Cristo, con su amor sobreabundante, nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: «Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia» (1,24). Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana.

Debemos caer en la cuenta de que ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil.

Un elemento importante del concepto cristiano de esperanza es que nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza para mí también. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal.

La oración por los difuntos

Orar por los difuntos es una obra de misericordia y un acto de justicia y caridad. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón? Una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos, y que sigue siendo también hoy una experiencia consoladora, es que el amor puede llegar hasta el más allá; que es posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto, más allá del confín de la muerte.

El cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico.

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos, cuyo número es incalculable (Cf. Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros.

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, siempre ha honrado la memoria de los difuntos y ha enseñado que, por el misterio de la comunión de los santos, podemos ayudar a nuestros difuntos —las almas del Purgatorio— mediante la oración, las limosnas, las indulgencias en su favor, los sacrificios y obras de penitencia, y especialmente ofreciendo por ellos la Santa Misa pidiendo por el perdón de sus pecados y su eterno descanso, y agradeciendo los beneficios que recibieron en vida, «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (2 M 12, 45). De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros, mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino que también hace eficaz su intercesión en nuestro favor. «No dudemos, pues,  en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo).