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El Greco, Cristo abrazado a la cruz (Museo de El Prado)

16 de septiembre de 2018: Domingo XXIV ordinario “B”


“Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros”

Is 50,5-9a: “Ofrecí la espalda a los que me apaleaban”
Sal 114,1-9: “Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida”
St 2,14-18: “La fe, si no tiene obras, está muerta”

Mc 8,27-35: “Tú eres el Mesías… El Hijo del hombre tiene que padecer mucho”

I. LA PALABRA DE DIOS

La Buena Nueva del reino de Dios no es una especie de cuerpo de enseñanzas doctrinales, sino un misterio encarnado en Jesucristo, una revelación de su propia intimidad e identidad y de su papel personal en el plan de Dios (que se refleja también en una “doctrina”, “su” doctrina). En este contexto se entiende mejor la pregunta y la confesión de fe en Cesarea de Filipo. Pedro es el primero de los hombres en confesar a Jesús como el Mesías esperado. Es un profundo acto de fe proclamada.

Jesús no rechaza el título de Mesías, el esperado de Israel, lo es; pero pide a los que ya lo reconocen como tal que guarden silencio. Ese silencio era aconsejable en circunstancias en las que el pueblo podía tomar a Jesús como Mesías político, o para evitar la animadversión de los jefes religiosos antes de tiempo.

Jesús precisa de qué tipo de Mesías se trata: es Mesías, pero cumplirá su misión mesiánica a través del sufrimiento y de la muerte voluntaria; es el Siervo de Yahvé, que se entrega en obediencia a los planes del Padre, confiando totalmente en su protección (1ª lectura). Con la expresión «el Hijo del hombre tiene que padecer» unirá en una sola las figuras del Mesías juez glorioso y la del Siervo doliente de Isaías. Jesús quiere que, ya que sus discípulos le aceptan como Mesías, le acepten tal como los sucesos futuros de la pasión les harán ver, algo apenas captado por los discípulos.

El Siervo sufriente de Isaías repite lo que se le ha dicho: «Me ha abierto el oído», indica la revelación que ha recibido; «mesaban mi barba», evoca el desprecio a su dignidad personal; «no oculté el rostro…», se cumplió en Jesucristo. Ante el misterio de la cruz, Jesús no se echa atrás. Al contrario, se ofrece libre y voluntariamente, se adelanta, «ofrece la espalda a los que le golpean». En el evangelio de hoy aparece el primero de los tres anuncios de la pasión: Jesús sabe perfectamente a qué ha venido y no se resiste.

La raíz de esta actitud de firmeza y seguridad de Jesús es su plena y absoluta confianza en el Padre. «Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido». Si tenemos que reconocer que todavía la cruz nos echa para atrás es porque no hemos descubierto en ella la sabiduría y el amor del Padre. Jesús veía en ella la mano del Padre y por eso puede exclamar: «Sé que no quedaré avergonzado». Y esta confianza le lleva a clamar y a invocar al Padre en su auxilio.

Una vez desvelado el destino de sufrimiento y muerte que le corresponde como Hijo del Hombre, Jesús emprende su camino hacia Jerusalén. A lo largo de este camino Jesús va manifestando más abierta y detalladamente su destino doloroso y el estilo que deben vivir sus seguidores. Si antes abundaban los milagros y eran escasas las enseñanzas, dirigidas preferentemente al gran público; a partir de ahora escasean las curaciones milagrosas, y abundan las enseñanzas de Jesús, sobre todo para los discípulos.

El discípulo no sólo debe confesar rectamente su fe en un Mesías crucificado y humillado, sino que debe seguirle fielmente por su mismo camino de donación, de entrega y de renuncia. Todo lo que sea salirse de la lógica de la cruz es deslizarse por los senderos de la lógica satánica. ¿Acepto yo de buena gana la cruz que aparece en mi vida? ¿O me rebelo frente a ella? Al fin y al cabo, nuestra cruz es más fácil: se trata de seguir la senda de Jesús, el camino que Él ya ha recorrido antes que nosotros y que ahora recorre con nosotros. Pero es necesario cargarla con firmeza.

La cruz de Jesús supuso humillación y desprestigio público, y es imposible ser cristiano sin estar dispuesto a aceptar el desprecio de los hombres por causa de Cristo, por el hecho de ser cristiano. «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí y por el evangelio, la salvará». El valor supremo de la vida física está en sacrificarla para adquirir la Vida; en la jerarquía cristiana de valores, la vida del alma vale el sacrificio de todos los demás bienes.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La obediencia de la fe
(142 – 144)

Por su revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor, y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. La respuesta adecuada a esta invitación es la fe.

Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela. La Sagrada Escritura llama «obediencia de la fe» a esta respuesta del hombre a Dios que revela.

Obedecer (“ob-audire”) en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma.

Abraham, «el padre de todos los creyentes»
(145 – 147)

La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados, insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba… Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida… Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio» (cf. Hb 11). Gracias a esta “fe poderosa”, Abraham vino a ser «el padre de todos los creyentes» (Rom 4,11.18).

María : «Dichosa la que ha creído»
(148 – 149)

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que nada es imposible para Dios y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1,48).

Durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el “cumplimiento” de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

Creer sólo en Dios,
en Jesucristo, en el Espíritu Santo
(150 – 152)

La fe es ante todo la adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura.

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que Él ha enviado, Jesucristo, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su complacencia. Dios nos ha dicho que le escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: «Crean en Dios, crean también en mí» (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18). Porque “ha visto al Padre”, Él es único en conocerlo y en poderlo revelar.

No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque nadie puede decir: “Jesús es Señor” sino bajo la acción del Espíritu Santo. «El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios…Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2,10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios.

Las características de la fe
(153 – 165)

La fe es necesaria para la salvación, pues, como afirmó el Señor, «el que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer se condenará» (Mc 16,16).

La fe es una virtud sobrenatural infusa por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, no por la evidencia de esas verdades, sino por la autoridad de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos. Consiste en la respuesta afirmativa, consciente y libre, del hombre a Dios. El hombre para creer necesita la gracia del Espíritu Santo, pues la fe es un don sobrenatural, concedido por Dios a quién lo pide con humildad.

¿En quién creemos? Creemos en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿En qué creemos? Los cristianos creemos aquellas verdades reveladas por Dios, contenidas en la Palabra de Dios –la escrita en la Biblia y la transmitida en la Tradición– y que son propuestas por el Magisterio de la Iglesia como divinamente reveladas. Las principales verdades de nuestra fe se encuentran resumidas en el Credo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Con esta revelación del Padre y con la efusión del Espíritu Santo, que marcan un sello imborrable en el misterio de la Redención, se explica el sentido de la Cruz y de la muerte de Cristo. El Dios de la Creación se revela como Dios de la Redención, como Dios que es fiel a sí mismo, fiel a su amor y al hombre y al mundo, ya revelado el día de la Creación. El suyo es amor que no retrocede ante nada… Y sobre todo el amor es más grande que el pecado, que la debilidad, «que la vanidad de la creación», más fuerte que la muerte; es amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar…” (Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza:
grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida.

Y el hombre, pequeña parte de tu creación,
pretende alabarte, precisamente el hombre
que, revestido de su condición mortal,
lleva en sí el testimonio de su pecado
y el testimonio de que tú resistes a los soberbios.

A pesar de todo, el hombre,
pequeña parte de tu creación, quiere alabarte.

Tú mismo le incitas a ello,
haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti
y nuestro corazón está inquieto
mientras no descansa en ti.

Amén.
(S. Agustín)

Alexander Bida, Jesús cura al sordomudo

9 de septiembre de 2018: Domingo XXIII ordinario B


“Cuando hables, serás un signo para ellos
y sabrán que yo soy el Señor”

Is 35,4-7a: “Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará”
Sal 145,7-10: “Alaba, alma mía, al Señor”
St 2,1-5: “¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del Reino?”

Mc 7,31-37: “Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”

I. LA PALABRA DE DIOS

Eran demasiadas las calamidades sufridas por el pueblo como para mantener fácilmente la esperanza. El profeta Isaías les anima, les dice que Dios se sigue acordando de ellos, y se dirige especialmente a los más débiles, «a los cobardes de corazón». La profusión de imágenes de las que se sirve Isaías nos muestran que gran parte de lo prometido se cumplirá en los días de Jesús.

El pasaje de la carta de Santiago subraya, con ejemplos prácticos, el nuevo estilo del amor al prójimo tal como lo enseñó Jesús. Se nos pide actuar como actúa Dios: sin favoritismos. Por difícil que sea cumplir el mandamiento “nuevo”, nadie puede decir que cree en Jesucristo si no practica el amor que Jesús exige a los suyos; lo contrario es engañarse a sí mismo y da ocasión para que el nombre de “cristiano” sea escarnecido.

El Evangelio nos narra un milagro que necesitamos que se repita abundantemente en nuestras comunidades cristianas y en cada uno de nosotros. La palabra hebrea «Effetá», “Ábrete“, evoca a Ez 24,27: «Tu boca se abrirá, y hablarás». En el ritual del bautismo se repite este gesto de Jesús para significar que al recién bautizado se le abre el oído para entender la Palabra de Dios y se le suelta la lengua para poder proclamarla.

Los ya bautizados necesitamos que Cristo quebrante nuestra sordera para que su Palabra penetre de verdad en nosotros y nos transforme, y para que no seleccionemos unas palabras y dejemos otras según nuestro gusto o conveniencia. Cada vez que escuchamos el evangelio deberíamos darnos cuenta de que somos “sordos”, y pedir a Cristo que nos espabile el oído, para ponernos ante Él en actitud incondicional de escucha.

Si es intolerable que seamos sordos al evangelio –o por lo menos a muchas de sus palabras– igualmente lo es que seamos “mudos” para proclamarlo. Ya está bien de una Iglesia de “mudos”, es decir, de bautizados que no sienten el deseo y el entusiasmo de anunciar gozosamente a su alrededor la Buena Noticia del amor de Dios a los hombres, con obras y palabras. Los no creyentes tienen derecho a escuchar de nosotros la Palabra de salvación y a recibir el testimonio que la confirma.

Este doble milagro Cristo quiere, ciertamente, realizarlo en nosotros. Si curó al sordomudo es para hacernos saber que quiere curar nuestra sordera y nuestra mudez más profunda. La única condición es que nos reconozcamos sordos y mudos, necesitados de curación, y que lo pidamos con fe. En el relato de hoy, Jesús hace el milagro porque se lo piden. Si pedimos de verdad, también nosotros veremos cosas grandes.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La enfermedad en la vida humana
(1500 – 1501)

La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.

La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a él.

El enfermo ante Dios
(1502)

El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad y de Él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación. La enfermedad se convierte en camino de conversión y el perdón de Dios inaugura la curación. Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: «Yo, el Señor, soy el que te sana» (Ex 15,26). El profeta Isaías entrevé que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás. Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad.

Cristo, médico
(1503 – 1505)

La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitaron». Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos en la Iglesia por aliviar a los que sufren.

A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo «pues salía de él una fuerza que los curaba a todos». Así, en los sacramentos, Cristo continúa “tocándonos” para sanarnos.

Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades». No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el “pecado del mundo“, del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.

“Sanen a los enfermos…”
(1506 – 1509)

Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su cruz. Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de curación: «Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban».

El Señor resucitado renueva este envío: «En mi nombre…impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien»; y lo confirma con los signos que la Iglesia realiza invocando su nombre. Estos signos manifiestan de una manera especial que Jesús es verdaderamente “Dios que salva.

El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así, S. Pablo aprende del Señor que «mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza», y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia».

«¡Sanen a los enfermos!». La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de los Sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna y cuya conexión con la salud corporal insinúa S. Pablo (cf 1 Co 11,30).

La Penitencia y la Unción de los enfermos son los Sacramentos de curación. La vida nueva de hijos de Dios, mientras estamos en este mundo sometidos al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte, puede ser debilitada e incluso perdida por el pecado. La Iglesia continúa en estos sacramentos, con la fuerza del Espíritu Santo, la obra de curación y de salvación de Cristo en sus propios miembros.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Con la sagrada Unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios” (Lumen gentium, 11).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén.

2 de septiembre de 2018: DOMINGO XXII ORDINARIO “B”


“Acepten dócilmente la Palabra que ha sido plantada
y que es capaz de salvarles”

Dt 4,1-2.6-8: “No añadan nada a lo que les mando… así cumplirán los preceptos del Señor”

Sal 14,2-5: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?”

St 1,17-18.21b-22.27: “Lleven a la práctica la Palabra”

Mc 7,1-8a.14-15.21-23: “Dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a la tradición de los hombres”

I. LA PALABRA DE DIOS

En el Deuteronomio Moisés exhorta a su pueblo, destacando que Dios está en medio de ellos y pueden escucharle; Israel ha recibido de Dios una Ley como ningún otro pueblo la tiene; el pasaje recuerda a la teofanía del Sinaí en el que el pueblo oyó a Dios, pero no le vio.

En el Evangelio encontramos una nueva polémica de tipo legalista ritual con los escribas y fariseos. Después de una larga explicación acerca del rito de lavarse las manos, Jesús marca la frontera entre la ley y Él. Esto da pie a Jesús para afirmar una de sus enseñanzas morales más importantes: frente al legalismo puramente externo, lo que importa es la interioridad del hombre. Una vez más la enseñanza de Jesús se presenta como noticia gozosa (Evangelio = Buena Noticia) y profundamente liberadora. Más allá de la mera observancia de cumplimiento, es en el corazón del hombre –de donde brota lo bueno y lo malo– donde se da la verdadera batalla; es ahí, en el corazón, donde se realiza la auténtica adhesión a la voluntad santa y sabia de Dios (1ª lectura).

El reproche de Jesús a los fariseos también nos afecta a nosotros. Los mandamientos de Dios son portadores de sabiduría y vida. Pero muchas veces hacemos más caso a otros criterios distintos de la Palabra de Dios. Incluso muchos refranes y dichos de la llamada “sabiduría popular” chocan con el evangelio. De esa manera despreciamos el Evangelio y nos quedamos con unas palabras que sólo llevan muerte y mentira. Es necesario estar atentos para no aferrarnos a preceptos y tradiciones humanas contrarias a veces a la Palabra de Dios.

«Del corazón del hombre…». Para un hebreo, el “corazón” no sólo es un órgano corporeo, sino la fuente de los sentimientos y emociones, sinónimo de “las entrañas”. Es la sede de lo más propio del hombre: la inteligencia y la voluntad (pensamientos, proyectos, decisiones), el núcleo de la personalidad, de lo más arcano e íntimo de cada uno. En el AT Dios prometió el don de «un corazón nuevo» , que aseguraba la unión entre Dios y su pueblo; esa promesa se cumplió en Jesucristo, corazón verdaderamente nuevo y recreador de corazones nuevos

Uno de los aspectos más importantes de la Buena Nueva que Jesús ha traído es la interioridad. No basta la limpieza exterior, que puede ir unida a la suciedad interior. Cristo ha venido a cambiar el interior del hombre, a darnos un corazón nuevo. Cuando el corazón ha sido transformado por Cristo, también lo exterior es limpio y bueno. De lo contrario, todo esfuerzo por alcanzar obras buenas será inútil. ¿Hasta qué punto creo en la capacidad de Cristo para renovar mi vida y deseo intensamente esta renovación?

Ser cristiano no consiste en “hacer” cosas distintas o mejores, sino en “ser” distinto y mejor, es decir, de otra calidad: la divina. El amor y el poder de Cristo se manifiestan en que no se conforma con un barniz superficial. Somos una «nueva creación» (2Cor 5,17), hemos sido hechos «hombres nuevos» (Ef 4,24) y por eso estamos llamados a vivir una «vida nueva» (Rom 6,4).

Hoy nos hallamos en el polo opuesto con el que Jesús se enfrentó. Si Él tuvo que luchar contra el legalismo, hoy hay que esforzarse en luchar contra el relativismo subjetivista; contra la falsa defensa de una libertad individual mal entendida. Hoy se presenta cualquier mandato o precepto como imposición destructora del hombre y de su iniciativa personal. Para el cristiano “los Mandamientos –decía Juan Pablo II– constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad.”

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios constituye su pueblo y le da su Ley
(62, 708)

Después de la etapa de los patriarcas, Dios constituyó a Israel como su pueblo salvándolo de la esclavitud de Egipto. Estableció con él la Alianza del Sinaí y le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera como al único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y para que esperase al Salvador prometido.

La pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley. La letra de la Ley fue dada como un “pedagogo” para conducir al Pueblo hacia Cristo.

Dios ha dicho todo en su Verbo
(65 – 100)

La Revelación de Dios es la comunicación o manifestación que Él ha hecho, de Sí mismo y de su plan salvador, a los hombres.

Dios se ha revelado, en primer lugar, a nuestros primeros padres; después, en la historia del pueblo de Israel, a través de los patriarcas y los profetas; y, por último, por medio de Jesucristo, que es la plenitud de la revelación.

«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta.

Es decir, que Dios ya se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su Alianza para siempre. La revelación terminó con Jesucristo. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no hay ni habrá ya otra Revelación después de Él.

La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

La Revelación de Dios llega a nosotros mediante la Iglesia Católica, fundada por Jesucristo sobre los Apóstoles. Esta Revelación de Dios o Depósito de la fe, que también se llama la Palabra de Dios, se contiene en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia. Es decir, la Escritura y la Tradición constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios.

Por tanto, no toda la Revelación de Dios se encuentra escrita en la Biblia, pues parte de ella se conserva en la Tradición, que es la Palabra de Dios no escrita en la Biblia y que se nos ha transmitido en la vida de la Iglesia, en los escritos de los Santos Padres y en la Liturgia.

El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios (la Biblia y la Tradición) lo tiene, por voluntad de Jesucristo, el Magisterio de la Iglesia, es decir, el Papa y los obispos en comunión con Él.

La fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Este es el caso de ciertas Religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes “revelaciones”.

A lo largo de los siglos ha habido las llamadas “revelaciones «privadas»”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

“Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y [Dios] no tiene más que hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad” (San Juan de la Cruz).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Verbo de Dios, eterna luz divina,
fuente eternal de toda verdad pura,
gloria de Dios que el cosmos ilumina,
antorcha toda luz en noche oscura.

Palabra eternamente pronunciada
en la mente del Padre sin principio,
que en el tiempo a los hombres nos fue dada,
de la Virgen María, hecha Hijo.

Las tinieblas de muerte y de pecado
en que yacía el hombre, así vencido,
su verdad y su luz han disipado,
con su vida y su muerte ha redimido. Amén.