Archivos Mensuales: marzo 2010

DOMINGO DE RESURRECCIÓN “C”


«¡En verdad resucitó el Señor!»
Hch 10, 34a. 37-43:        Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección
Sal 117, 1-23:                 Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo
Col 3, 1-4:                       Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo
1Co 5, 6b-8]:               Barred la levadura vieja, para ser una masa nueva
Jn 20, 1-9:                      El había de resucitar de entre los muertos
I. LA PALABRA DE DIOS
¡Cristo ha resucitado! Este hecho transforma la historia entera. Un hecho esperado, intensamente deseado. Este es el anuncio que la Iglesia grita con gozo, con sorpresa y asombro, pero con total seguridad: ¡Ha resucitado! Verdaderamente el Señor ha resucitado. No, nuestra fe no se apoya en fábulas, ni en ideas, ni en ideologías, ni en presuntas reconstrucciones idealizadas fruto de deseos insatisfechos: La resurrección de Cristo es un hecho real, histórico, verdadero.


Y un hecho que nos toca de lleno: «Habéis resucitado con Cristo». La vida del cristiano es una vida de resucitado. Hemos de volver a estrenar el gozo de sabernos salvados, la dicha de nuestra victoria sobre el pecado gracias a Cristo. Por tanto «buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios».
«Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús» serán los primeros apóstoles testigos de la Resurrección. Al ver el sepulcro vacío creen. La fe está vinculada a entender la Escritura: «que Él había de resucitar de entre los muertos». Del principio al fin de la Revelación, Dios se muestra siempre fiel, no abandona ni a su pueblo ni a cada uno de sus hijos. No se deja ganar en fidelidad y amor. Por eso resucita al Justo por excelencia, «el Hijo amado, el predilecto».
Una traducción más exacta del texto griego de los versículos 5, 6 y 7 nos hace entender mejor porqué creyeron Pedro y Juan al ver las vendas y el sudario en el sepulcro vacio: «las vendas en el suelo», no significa “tiradas por el suelo, de cualquier manera“, sino “yaciendo“, es decir, ‘allanadas suavemente‘, sin el relieve y volumen que habían tenido al envolver el cadáver, como ‘desinfladas‘. Y la frase «y el sudario … no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte» estaría mejor traducida de la siguiente forma: “no yaciendo entre las vendas , sino de modo diverso, enrollado en [su] mismo sitio” (no en sentido local = ‘sitio aparte’, sino en sentido de modo = ‘modo diferente’).
Precisamente porque hemos resucitado con Cristo, también nosotros somos testigos. El Señor se ha hecho presente en nuestra vida y nos ha transformado con su poder. «Sabemos por tu gracia que estás resucitado». Un muerto no puede producir estas maravillas. Y nosotros no podemos callar, no podemos menos de gritar a todos esta alegría que nos inunda. ¡Sí, verdaderamente ha resucitado el Señor!
II. LA FE DE LA IGLESIA
El sepulcro vacío
(640)
El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo. A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, y después de Pedro. «El discípulo que Jesús amaba» afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir «las vendas en el suelo», «vio y creyó». Eso supone que constató, en el estado del sepulcro vacío, que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro.
Los Apóstoles no pudieron inventar la resurrección, puesto que les parecía imposible: en efecto, Jesús les echó en cara su incredulidad.
La Resurrección de Cristo y la Santísima Trinidad
(648-650)
La Resurrección de Cristo es objeto de fe, en cuanto que es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres Personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre, que «ha resucitado» a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad –con su cuerpo y alma– en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente como «Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos». San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios por la acción del Espíritu que ha vivificado y glorificado la humanidad muerta de Jesús, uniendo de nuevo alma y cuerpo.
En cuanto al Hijo, Él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término). Por otra parte, Él afirma explícitamente: «doy mi vida, para recobrarla de nuevo … Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo».
La Resurrección de Cristo es la culminación de la Encarnación. Es una prueba de la divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en nuestro favor. Además, el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo.
Resucitados ya con Cristo
(1002-1004)
Así como Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos y vive para siempre, así también Él resucitará a todos en el último día, con un cuerpo incorruptible.
Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participamos ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado, pero esta vida permanece «escondida con Cristo en Dios». Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos «manifestaremos con Él llenos de gloria».
Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser «en Cristo»; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre: «El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? No os pertenecéis. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo».
Esperanza personal y comunitaria
(1817-1821, 1042-1050)
La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.
La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.
Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado.
La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo.
La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.
La Eucaristía y la resurrección
(1402-1405, 1085)
El misterio pascual de Cristo no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte; y todo lo que Cristo es, y todo lo que hizo y padeció por los hombres, participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos, y en ellos se mantiene permanentemente presente.
En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: “¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!“. Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor, y si por nuestra comunión en el altar somos colmados de toda bendición celestial y gracia, la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial.
La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía “Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo“, pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro“.
De esta gran esperanza no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto, que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, se realiza la obra de nuestra redención y partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre.
III. EL TESTIMONIO CRISTIANO
«Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la creación, la salvación del mundo, la renovación del género humano; en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor» (Oficio siríaco de Antioquía).
«Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin» (S. Teresa de Jesús).
IV. LA ORACIÓN CRISTIANA
Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías. 
Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría. 
Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia. 
Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía. 
Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas. 
Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica.
Amén. ¡Aleluya!

DOMINGO DE RAMOS “C”


«Murió por nuestros pecados, según las Escrituras»

Lc 19,28-40 (Procesión):       Bendito el que viene en nombre del Señor

Is 50,4-7:                             No oculté el rostro a insultos; y sé que no quedaré avergonzado

Sal 21,8-24:                         Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Flp. 2,6-11:                          Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo

Lc 22,14-23,56:                    Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas

I. LA PALABRA DE DIOS

La lectura de la Pasión según san Lucas –que hemos de releer y meditar abundantemente en estos días– quiere llevarnos a mirar a Jesús, para aprender de Él a ser verdaderos discípulos. El relato comienza en la última Cena, como invitándonos a interpretar los dos acontecimientos en mutua referencia. San Lucas subraya el carácter sacrificial de la Cena: sacrificio expiatorio, sacrificio de la Nueva Alianza y sacrificio memorial de la Nueva Pascua. La traición de Judas, uno de los Doce, nos pone en guardia frente a nosotros mismos, que también podemos traicionar al Señor. Y lo mismo ocurre con la negación de Pedro, que desenmascara la tentación que aparece en cada corazón: no querer cuentas con un Maestro que se abaja hasta ese punto. Sin embargo, la mirada de Jesús, que se vuelve hacia él, alcanza su conversión, y las lágrimas de Pedro, pecador arrepentido, indican la manera como el discípulo debe participar en la pasión del Salvador.

San Lucas insiste más que ningún otro evangelista en la inocencia de Jesús, para sacar así la lección de que los discípulos no deben extrañarse de que sean arrastrados a los tribunales por su fidelidad a la voluntad de Dios. Más aún, siendo inocente, Jesús muere perdonando a sus asesinos y confiando en el Padre, en cuyas manos se abandona totalmente. También los cristianos deberán seguir este doble ejemplo, asociándose de cerca a la pasión de su Salvador.

Finalmente, san Lucas subraya la eficacia del sacrificio de Cristo: la cruz de Jesús transforma el mundo produciendo la conversión de los corazones y abriendo a los hombres el Paraíso. Junto al buen ladrón, cada uno de nosotros es invitado a considerar los sufrimientos de Jesús y a hacer examen de conciencia –«lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada »– para poder oír de labios del mismo Jesús: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La subida a Jerusalén y la entrada mesiánica
(557 – 562)

La entera vida de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección, son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación.

Los discípulos de Cristo deben asemejarse a Él hasta que Él crezca y se forme en ellos. Por eso somos integrados en los misterios de su vida: con él estamos identificados, muertos y resucitados hasta que reinemos con él.

En el tiempo establecido, Jesús decide subir a Jerusalén para sufrir su Pasión, morir y resucitar. Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su Padre». Como Rey-Mesías, entra en la ciudad montado sobre un asno, no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad; y es acogido por los pequeños, cuya aclamación es recogida por el “Santo” de la Misa para introducir al memorial de la Pascua del Señor: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! (¡Sálvanos!)». Con la entrada en Jerusalén, Jesús manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

La muerte de Jesús, designio divino de salvación
(599 – 605)

Anunciada ya en el Antiguo Testamento, particularmente como sacrificio del Siervo doliente (Is 53,7-8), la muerte redentora de Jesús tuvo lugar según las Escrituras.

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios. Pero esto no significa que los que entregaron a Jesús fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano. Dios, para quien todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad, establece su designio eterno de salvación incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia.

A fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la amorosa iniciativa, que precede a todo mérito por nuestra parte, de enviar a su Hijo, en la condición de esclavo –la condición de la humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado–, para que se entregara a la muerte por los pecadores. Dios «a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él» (2 Co 5, 21). Es decir, Jesús no conoció la reprobación, como si Él mismo hubiese pecado, sino que, en el amor redentor que le unía siempre al Padre, nos asumió –desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado– hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8). Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción. La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles, enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo.

La ofrenda de Cristo por nuestros pecados
(606 – 618)

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora. Su Pasión es la razón de ser de su Encarnación. Toda la vida de Cristo es una oblación libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de salvación. Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, con su sufrimiento y su muerte, manifiesta cómo su humanidad fue el instrumento libre y perfecto del Amor divino, que quiere la salvación de todos los hombres. Aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y por amor –hasta el extremo– a los hombres que el Padre quiere salvar.

Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la Cena tomada con los Doce Apóstoles la víspera de su Pasión. En la última Cena Jesús anticipa, es decir, significa y realiza anticipadamente, la oblación libre de sí mismo al Padre, por la salvación de todos los hombres: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros», «ésta es mi sangre que será derramadapara remisión de los pecados …haced esto en memoria mía». De este modo, Jesús instituye, al mismo tiempo, la Eucaristía como «memorial» de su sacrificio, y a sus Apóstoles como sacerdotes de la nueva Alianza.

El cáliz de la Nueva Alianza, que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo, lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní, haciéndose obediente hasta la muerte. En el huerto de Getsemaní –a pesar del horror que suponía la muerte para la humanidad absolutamente santa de Aquél que es el autor de la vida– la voluntad humana del Hijo de Dios se adhiere a la voluntad del Padre; acepta su muerte como redentora: para salvarnos, acepta llevar nuestros pecados en su cuerpo hasta la cruz.

El sacrificio de Cristo es ante todo un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él. Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor, ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.

La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual –que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres– y el sacrificio de la Nueva Alianza –que devuelve al hombre a la comunión con Dios–. Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena obediencia de su amor hasta la muerte. Este amor hasta el extremo del Hijo de Dios –que nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida– es el que confiere su valor al sacrificio de Cristo –Cabeza de toda la humanidad– y reconcilia a la humanidad entera con el Padre, sustituyéndonos –reemplazando nuestra desobediencia con su obediencia– y satisfaciendo por nuestros pecados. Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la comunión con Dios.

Nuestra participación constante en el sacrificio de Cristo
(2028 – 2029; 618)

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Todos los fieles son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Al llamar a sus discípulos a tomar su cruz y seguirle, Jesús quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios.

Participación sacramental
(1227; 1362-1372)

Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo, es sepultado y resucita con él.

La Eucaristía es memorial del sacrificio de Cristo, en el sentido de que hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la cruz en favor de la humanidad. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las mismas palabras de la institución: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros» y «Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre, que se derrama por vosotros». El sacrificio de la cruz y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Son idénticas la víctima y el oferente, y sólo es distinto el modo de ofrecerse: de manera cruenta en la cruz, incruenta en la Eucaristía.

El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.

Participación contemplativa
(2718-2719)

La contemplación es silencio. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús. La contemplación es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. Son tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús que su Espíritu (y no la «carne, que es débil») hace vivir en la contemplación. Es necesario consentir en «velar una hora con Él».

Participación en la muerte
(1005-1014)

Morir en Cristo Jesús significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente en Cristo, siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de obediencia y de amor al Padre. «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él» (2 Tm 2, 11).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Cuando se hizo hombre recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán… lo recuperamos en Cristo Jesús» (S. Ireneo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

¡Dichosa cruz que con tus brazos firmes,
en que estuvo colgado nuestro precio,
fuiste balanza para el cuerpo santo
que arrebató su presa a los infiernos. 

Ella sostuvo el sacrosanto cuerpo
que, al ser herido por la lanza dura,
derramó sangre y agua en abundancia
para lavar con ellas nuestras culpas. 

A ti, que eres la única esperanza,
te ensalzamos, oh cruz, y te rogamos
que acrecientes la gracia de los justos
y borres los delitos de los malos. Amén.

DOMINGO V DE CUARESMA “C”


«Mujer, tampoco yo te condeno, anda y no peques más»

Is 43, 16-21:                         Mirad que realizo algo nuevo y daré bebida a mi pueblo

Sal 125, 1-6:                         El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres

Fl 3,8-14:                         Todo lo estimo pérdida, comparado con Cristo, configurado, como estoy, con su muerte

Jn 8, 1-11:                         El que esté sin pecado que le tire la primera piedra

I. LA PALABRA DE DIOS

El pasaje evangélico de hoy se ha de examinar no sólo desde el caso concreto presentado por los acusadores, sino desde la oposición a Jesús y su mensaje cuestionados: pretendían «comprometerlo y poder acusarlo». La trampa parecía segura: si Jesús decía que se cumpliese el castigo quedaba desmentida su fama de misericordioso; si perdonaba, desobedecía a la Ley. Pero Jesús responde muy hábilmente. Se muestra fiel al mensaje de la misericordia y fiel a la Ley, que también viene del Padre.

El relato manifiesta toda la fuerza y la profundidad del perdón de Cristo, que no consiste en disimular el pecado, sino en perdonarlo y en dar la capacidad de emprender un camino nuevo exhortando al arrepentimiento: «Vete, y en adelante no peques más». De los que estaban allí, el único inocente era Jesús; pero no cogió piedras para lanzárselas a la mujer. Jesús no justifica el pecado; perdona a la mujer y le pide enmendarse. La grandeza del perdón de Cristo lleva consigo en el impulso para vencer el pecado y vivir sin pecar.

Los acusadores de esta mujer desaparecen uno tras otro cuando Jesús les hace ver que son tan pecadores como ella. El reconocimiento del propio pecado es lo que nos hace radicalmente humildes. La presente Cuaresma quiere dejarnos más instalados en la verdadera humildad, la que brota de la conciencia de la propia miseria y no juzga ni desprecia a los demás.

Si el evangelio del domingo pasado nos revelaba el pecado como ruptura con el Padre, hoy nos lo presenta como infidelidad al Esposo. La mujer adúltera somos cada uno de nosotros que, en lugar de ser fieles al amor de Cristo, le hemos fallado en multitud de ocasiones. Ahí radica la gravedad de nuestros pecados: el amor de Cristo despreciado.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Sólo Dios puede perdonar pecados
(587 – 589, 594)

Jesús realizó obras, como el perdón de los pecados, que lo revelaron como Dios Salvador. Algunos judíos, que no le reconocían como Dios hecho hombre, veían en Él a un hombre que se hace Dios, y lo juzgaron como un blasfemo.

Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos. Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?“. Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema –porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios– o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios.

La misericordia de Dios
y la confesión de los pecados
(1846 – 1848)

El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores. “Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (S. Agustín). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. «Si decimos: “no tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia».

La conversión exige el reconocimiento del pecado. Como afirma san Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia», pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos «la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor». Es una “doble dádiva”: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención.

Sacramento de la penitencia
y de la reconciliación
 (1440 – 1446, 1449, 1484)

El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia.

Sólo Dios perdona los pecados. Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: «El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra» y ejerce ese poder divino: «Tus pecados están perdonados» (Mc 2,5; Lc 7,48).

En virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf. Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre. Confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,18).

Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

La fórmula de absolución expresa el elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo“.

La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión. Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: «Hijo, tus pecados están perdonados»; es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de Él para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna.

Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama “sigilo sacramental“, porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda “sellado” por el sacramento.

Los dones del sacramento
(1468-1470, 1496)

Los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios, por la que el penitente recupera la gracia; la reconciliación con la Iglesia; la remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales; la remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual; el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano.

En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida, cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos pequeños hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión.” (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Los hombros traigo cargados
de graves culpas, mi Dios:
dadme esas lágrimas vos
y tomad estos pecados.

Yo soy quien ha de llorar,
por ser acto de flaqueza;
que no hay en naturaleza
más flaqueza que el pecar.

Y, pues andamos trocados,
que yo peco y lloráis vos,
dadme esas lágrimas vos
y tomad estos pecados.

Vos sois quien cargar se puede
estas mis culpas mortales,
que la menor destas tales
a cualquier peso excede;

y, pues que son tan pesados
aquestos yerros, mi Dios,
dadme esas lágrimas vos
y tomad estos pecados.

Amén.