Archivos Mensuales: noviembre 2017

DOMINGO I DE ADVIENTO “B”


 
“Desconocer el momento de la venida del Señor es invitación a la vigilancia”
Is 63,16b-17.19b; 64,2b-7:  “!Ojalá rasgases el cielo y bajases!”
Sal 79: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”
1Cor 1,3-9:  “Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”

Mc 13,33-37: “Velen, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

Isaías es el profeta del Adviento. En todo este tiempo santo somos conducidos de su mano. Él es el profeta de la esperanza.

«¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!» No se trata de un deseo utópico nuestro. El Señor quiere bajar. Ha bajado ya y quiere seguir bajando. Quiere entrar en nuestra vida. Él mismo pone en nuestros labios esta súplica. La única condición es que este deseo nuestro sea real e intenso, un deseo tan ardoroso que apague los demás deseos. Que el anhelo de la venida del Señor vaya apagando todos los demás pensamientos.

«Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero». Al inicio del Adviento, que es también el inicio de un nuevo año litúrgico, no se nos podía dar una palabra más vigorosa ni más esperanzadora. El Señor puede y quiere rehacernos por completo. A cada uno y a la Iglesia entera. Como un alfarero rehace una vasija estropeada y la convierte en una totalmente nueva, así el Señor con nosotros (Jer 12,1-6). Pero hacen falta dos condiciones por nuestra parte: que creamos sin límite en el poder de Dios y que nos dejemos rehacer con absoluta docilidad como barro en manos del alfarero.

El Evangelio del primer domingo de Adviento está tomado del final del “discurso escatológico” (que trata sobre los últimos acontecimientos y el desenlace final de la vida humana). El texto centra nuestra atención en la última venida de Cristo. Al contrario que muchos falsos profetas de nuestro tiempo, Jesús siempre se negó a dar la fecha de su segunda y última venida. San Marcos subraya la incertidumbre del “cuándo” –«no saben cuándo es el momento»–, explicada con la parábola del hombre que se ausenta. La consecuencia es la insistencia en la vigilancia –tres veces el imperativo «vigilen», «velen», al principio, en medio y al final del texto–, pues el Señor puede venir inesperadamente y encontrarnos dormidos. Finalmente, se subraya el carácter universal de esta llamada a la vigilancia: «lo digo a todos».

Llama la atención en estos pocos versículos el número de veces que se repite el verbo “velar”, “vigilar”.

Esta vigilancia se basa en que el Dueño de la casa va a venir y no sabemos cuándo.

Cristo viene a nosotros continuamente y de mil maneras, “en cada hombre y en cada acontecimiento“. El evangelio del domingo pasado nos subrayaba esta venida de Cristo en cada hombre necesitado («lo que ustedes hicieron o dejaron de hacer a uno de estos, a mí me lo hicieron»); Cristo mismo suplica que le demos de beber, le visitemos… Estar vigilante significa tener la fe despierta para saber reconocer a Cristo, que mendiga nuestra ayuda, y tener la caridad solícita y disponible para salir a su encuentro y atenderle en la persona de los pobres.

Además, Cristo viene en cada acontecimiento. Todo lo que nos sucede, agradable o desagradable, es una venida de Cristo, pues «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rom 8,28). Un rato agradable y un regalo recibido, pero también una enfermedad y un desprecio, son venida de Cristo. En todo lo que nos sucede Cristo nos visita. ¿Sabemos reconocerle con fe y recibirle con amor?

Pero la insistencia de Cristo en la vigilancia se refiere sobre todo a su última venida al final de los tiempos. Según el texto evangélico, lo contrario de vigilar es estar «dormidos». El que espera a Cristo y está pendiente de su venida, ese está despierto, está en la realidad. En cambio, el que está de espaldas a esa última venida o vive olvidado de ella, ese está dormido, fuera de la realidad. Nadie más realista que el verdadero creyente. ¿Vivo esperando a Jesucristo?

El mayor pecado es no confiar y no esperar bastante del amor de Dios. Ante el nuevo año litúrgico el mayor pecado es no esperar nada o muy poco de un Dios infinitamente poderoso y amoroso que nos promete realizar maravillas. 

Una manera de muerte es que la vida carezca de sentido. No parece posible vivir sin esperanza. El que no la tiene es como si estuviera muerto. 

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

“Velen, pues no saben
cuando vendrá el dueño de la casa”
(1001).

¿Cuándo? Sin duda en el último día; al fin del mundo. En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: “El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (1 Ts 4,16). 

El Adviento,
actualización de la espera de Cristo:
(524).

Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza la espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda venida

La esperanza se apoya en las promesas divinas:
(1817 – 1821).

La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. 

La virtud de la esperanza responde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham, colmada en Isaac, de las promesas de Dios y purificada por la prueba del sacrificio. «Esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones» (Rm 4,18).

La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. La esperanza es “el ancla del alma“, segura y firme, «que penetra…adonde entró por nosotros como precursor Jesús» (Hb 6,19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación: «Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación» (1 Ts 5,8). Nos procura el gozo en la prueba misma: «Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación» (Rm 12,12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman y hacen su voluntad. En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. 

 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque su deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin” (Santa Teresa de Jesús).

El justo no muere nunca ‘de improviso’, porque previó la muerte perseverando en la justicia cristiana hasta el fin; muere, a veces, súbita y repentinamente; por eso la Iglesia, siempre sabia, no nos hace pedir en las letanías vernos libres de la muerte repentina simplemente, sino de la muerte ‘repentina e imprevista’; la muerte no es mala por ser repentina, sino por ser imprevista” (San Francisco de Sales).

 

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de Madre,
y reúne a sus hijos en vela,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino. 

Amén.

 

DOMINGO XXXIV ORDINARIO “A”


 
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO 
 
 “Volverá el Señor, Rey del universo, y separará a unos de otros”
 
Ez 34,11s.15-17: A ustedes, ovejas mías, las voy a juzgar
Sal 22, 1-6: El Señor es mi pastor, nada me falta
1Co 15,20-26a.28: Devolverá el Reino a Dios Padre para que Dios sea todo en todo

Mt 25,31-46: Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En este Domingo, el anuncio evangélico tiene dos perspectivas destacadas: la contemplación de Cristo Rey y el retorno del Señor con el juicio final, que remata el tema escatológico de los Domingos anteriores.

La contemplación de Cristo Rey coloca en primer plano a la persona de Jesucristo, por la acumulación de títulos cristológicos en este pasaje: Hijo del hombre, Pastor, Rey, Hijo del Padre, Hermano de los hombres, Señor, Juez de todas las vidas humanas.

El retorno del Señor pone en primer plano, en el juicio final, la caridad con los más necesitados. Se completan las parábolas anteriores: En la vigilancia y el quehacer cristiano, la caridad ocupa el centro. Y la caridad ha de completarse con la vigilancia y el quehacer cristianos.

«Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies». Esta fiesta nos sitúa ante un aspecto central de nuestra fe: Cristo es Rey del universo, es Señor de todo. Este es el plan de Dios: someter todo bajo sus pies, bajo su dominio. Así lo confesaron y proclamaron los apóstoles desde el día mismo de Pentecostés: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien ustedes han crucificado». Toda la realidad creada ha de ser sometida a este poder salvífico de Cristo el Señor. Su influjo poderoso va destruyendo el mal, el pecado, la muerte hasta que sean sometidos todos sus enemigos, que lo son también del hombre.

«Yo mismo apacentaré mis ovejas». Todas las imágenes humanas aplicadas a Cristo se quedan cortas. Por eso, la imagen del Rey es matizada en la primera lectura con la del pastor. Cristo reina pastoreando a todos, cuidando con delicadeza y amor de cada hombre, más aún, buscando al perdido, sanando al pecador, haciendo volver al descarriado… Su dominio, su realeza, su señorío van dirigidos exclusivamente a la salvación y al bien del hombre. Y además este dominio y señorío no son al modo de los reyes humanos: es un influjo en el corazón del hombre, que ha de ser aceptado libremente. Él es Señor, pero cada uno debe reconocerle como Señor, como su Señor, dejándose gobernar por Él en todo. Él apacienta, pero cada uno debe dejarse guiar y apacentar: «El Señor es mi pastor».

El evangelio subraya otro aspecto de la realeza de Cristo: Si ahora ejercita su señorío salvando, al final lo ejercitará juzgando. Y juzgando acerca de la caridad. Por tanto, si no queremos al final ser rechazados «al castigo eterno», es preciso acoger ahora, sin límites ni condiciones, el señorío y la realeza de Cristo. Si nos sometemos ahora a Él y le dejamos infundir en nosotros su amor a todos los necesitados, tendremos garantía de estar también al final bajo su dominio e ir con Él «a la vida eterna».

En continuidad con el evangelio del domingo pasado, en este relato –sin paralelos en todo el Nuevo Testamento– Jesucristo es presentado hoy como «Rey» que viene a juzgar a «todas las naciones», los pueblos del mundo. En esta venida de Cristo al final de la historia habrá un discernimiento –separará a los unos de los otros–. Éste será un juicio perfectamente justo y definitivo. El juicio de Dios quita importancia a los juicios que los hombres puedan hacer de nosotros. El verdadero creyente sabe que no es mejor ni peor porque los hombres le tengan por tal; lo que de verdad somos es lo que somos a los ojos de Dios. En un mundo en que tantas veces triunfa la injusticia y la incomprensión, consuela saber que todo se pondrá en claro y en su sitio, y para siempre y cada uno recibirá su merecido. 

Pero Cristo no es sólo el Juez; es también el centro y el punto de referencia por el que se juzga: «a mí me lo hicieron»; «conmigo dejaron de hacerlo». Él ha de ser siempre el fin de todas nuestras acciones. El verdadero amor a Dios es inseparable del amor activo al prójimo; aunque no captemos el sentido profundo de nuestros gestos de caridad, Jesús dice que se considera amado y servido cuando amamos y servimos incondicionalmente a los demás. Por lo demás, ¡qué fácil amar a cada persona cuando en ella se ve a Cristo! ¡Señor, auméntanos la fe!

Este evangelio insiste en otro aspecto que ya aparecía en la parábola de los talentos. El siervo era condenado por guardar su talento sin hacerlo fructificar. A los que son condenados no se les imputan asesinatos, robos…, sino omisiones: no me dieron de comer, no me vistieron… Se les condena porque han «dejado de hacer». No se trata sólo de no matar al hermano, sino de ayudarle a vivir dando la vida por él. El que no da a su hermano lo que necesita, en realidad le mata. El texto nos hace entender la enorme gravedad de todo pecado de omisión, que realmente mata, pues deja de producir la vida que debía producir y que el hermano necesitaba para vivir.

Que la sentencia sea irreversible, y totalmente diversa según las “obras” de cada uno –o bien «la vida eterna», o bien «el castigo eterno» (no la aniquilación física de los condenados)–, es una verdad de fe definida solemnemente por la Iglesia. El «castigo eterno» está en nivel de igualdad, en cuanto a la duración, con «la vida eterna»; el Nuevo Testamento no dice, ni supone, que acabará el infierno, ni que su «fuego» tenga carácter meramente purificador. El infierno existe y es eterno, y no tiene nada de divertido.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo reina ya mediante la Iglesia
(668 – 669, 450).

Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos. La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» porque el Padre «bajo sus pies sometió todas las cosas». Cristo es el Señor del cosmos y de la historia. En Él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación, encuentran su recapitulación, su cumplimiento transcendente.

La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura, el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre mayor”.

La Iglesia manifiesta la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas. Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el “Señor”. La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro.

Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo. Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia. La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio, constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra. 

Para juzgar a vivos y  muertos
(678 – 679)

Siguiendo a los profetas y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La  actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. Jesús dirá en el último día: «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25, 40).

Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo”. Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en Él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.

 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Cuando damos a los pobres las cosas indispensables, no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo… es cumplir un deber de justicia” (S. Gregorio Magno). 

No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles” (S. Juan Crisóstomo).

 

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Oh Príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, Rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico,
somete a los espíritus rebeldes,
y haz que encuentren rumbo los perdidos,
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Glorificado seas, Jesucristo,
que repartes los cetros de la tierra;
y que contigo y con tu eterno Padre
glorificado el Espíritu sea. 

Amén.

DOMINGO XXXIII ORDINARIO “A”


 
“Volverá el Señor y retribuirá a cada uno según sus obras”
 
Pr 31,10-13.19s.30s.: “Trabaja con la destreza de sus manos”
Sal 127, 1-5: “Dichoso el que teme al Señor”
1Ts 5,1-6: “El día del Señor llegará como un ladrón en la noche”

Mt 25,14-30: “Como has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que toda persona sensata experimenta que las seguridades de este mundo se quiebran. Por eso, la llamada de atención que nos hace hacia el fin de esta vida, que es comienzo de la otra, no puede desatenderse. Lo único sensato es vivir vigilante, continuar buscando, mejor deseando confiadamente, el futuro final.

«Así pues, no durmamos…, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente». Es la postura de una sana vigilancia, tantas veces recomendada por el Nuevo Testamento y tan practicada por los cristianos de todas las épocas. Los santos, por ejemplo, han meditado con mucha frecuencia en la muerte. No se trata de una postura macabra, sino profundamente realista. En efecto, el que sabe que su vida es como hierba «que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca», y que ha de rendir cuentas a Dios por lo que realice en este mundo, ese es verdaderamente sensato, se da cuenta, es consciente del momento que vive. En cambio, el que se olvida de la muerte y vive de espaldas a ella es absolutamente insensato: «cuando están diciendo: Paz y seguridad, entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina… y no podrán escapar».

«Pero ustedes, hermanos… son hijos de la luz e hijos del día». Ahí está el secreto y la forma de esta vigilancia. No se trata de estar esperando con miedo, como quien se teme algo horrible. Se trata de vivir en la luz, es decir, unido al Señor, en su presencia, sometido a su influjo, en la obediencia a su voluntad. El que así vive en la luz pasará con gozo y sin sobresalto a la luz en plenitud. Sólo el que vive en tinieblas es sorprendido, denunciado y sus planes son desbaratados completamente por la luz.

En el Evangelio, la “parábola de los talentos” acentúa el hecho de que a su vuelta el Señor «ajustará cuentas» con cada uno de sus siervos. Lo que menos importa en la parábola es que uno haya recibido más o menos talentos: Dios da a cada uno según quiere y al fin y al cabo todo lo que tenemos es recibido de Él. Se trata de que hagamos fructificar los talentos —los dones naturales o sobrenaturales recibidos—, pues de todos ellos hemos de dar cuentas a Dios. Lo que en todo caso es rechazable es limitarse a guardar el talento. El que esconde su talento es condenado porque no ha dado el fruto que de él se esperaba. El que se limita a “no hacer mal”, en realidad está haciendo mal, pues no realiza el bien que tenía que hacer. 

Es posible que en otras épocas se haya insistido desenfocada o desproporcionadamente en el juicio de Dios; en la nuestra parece que lo tenemos demasiado olvidado. El Dios Juez no se contrapone al Dios Amor: son dos aspectos del mismo misterio de Dios que debemos aceptar como es, sin reducirlo a nuestros esquemas o seleccionando los textos evangélicos a nuestro capricho. Dios no es un Dios bonachón que pasa de todo; Dios se toma en serio al hombre y por eso le pide cuentas de su vida. Somos responsables ante Dios de todo lo que hagamos y digamos y de todo lo que dejemos de hacer y de decir. No se trata de tener miedo a Dios, pero sí de «trabajar con temor y temblor por nuestra salvación». Pensar en el juicio de Dios da seriedad a nuestra vida.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios quiere que todos se salven,
pero respeta la libertad del hombre
(679).

El Hijo de Dios no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo, es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor. 

Preparemos el juicio
eligiendo ahora el camino de Cristo:
(1696).

El camino de Cristo “lleva a la vida”, un camino contrario “lleva a la perdición”. La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación. “Hay dos caminos, el uno de la vida, el otro de la muerte; pero entre los dos, una gran diferencia”.

Adelantemos el juicio definitivo
en el tribunal de misericordia de la Iglesia:
(1468 – 1470).

Por el Sacramento de la Penitencia, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida, cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte, y sólo por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino del que el pecado grave nos aparta. Convirtiéndose a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de la muerte a la vida «y no incurre en juicio». 

Toda la fuerza del sacramento de la penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad. El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual. En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera “resurrección espiritual“, una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios.

Este sacramento reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia la repara o la restaura. En este sentido, no cura solamente al que se reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros. Restablecido o afirmado en la comunión de los santos, el pecador es fortalecido por el intercambio de los bienes espirituales entre todos los miembros vivos del Cuerpo de Cristo, estén todavía en situación de peregrinos o que se hallen ya en la patria celestial.

Pero hay que añadir que tal reconciliación con Dios tiene como consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo más íntimo de su propio ser, en el que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la Iglesia, se reconcilia con toda la creación.

 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Todos los frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra inteligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal. Dios será entonces «todo en todos»” (Gaudium et spes, 39).

Quiso Dios dejar al hombre en manos de su propia decisión, de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección” (Gaudium et spes, 17).

 

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este mundo del hombre,
en que él se afana
tras la felicidad que tanto ansía,
tu lo vistes, Señor, de luz temprana
y de radiante sol al mediodía.

Así el poder de tu presencia encierra
el secreto más hondo de esta vida;
un nuevo cielo y una nueva tierra
colmarán nuestro anhelo sin medida.

Poderoso Señor de nuestra historia,
no tardes en venir gloriosamente;
tu luz resplandeciente y tu victoria
inunden nuestra vida eternamente. 

Amén.