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9 de octubre de 2022: DOMINGO XXVIII ORDINARIO “C”


En todo, den gracias

2 R 5, 14-17: Volvió Naamán al hombre de Dios y alabó al Señor
Sal 97: El Señor revela a las naciones su salvación
2 Tm 2, 8-13: Si perseveramos, también reinaremos con Cristo
Lc 17, 11-19: ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?

I. LA PALABRA DE DIOS

Naamán, jefe del ejercito de Siria, curado milagrosamente de la lepra, un extranjero, es modelo de persona agradecida por los bienes recibidos de Dios por medio del profeta Eliseo.

La segunda lectura presenta el evangelio anunciado por san Pablo, y confiado a su sucesor Timoteo, que consiste en la proclamación del misterio pascual —Jesucristo, muerto y resucitado— y la invitación a su seguimiento.

En los tres evangelios sinópticos (Mt, Mc y Lc) la vida pública de Jesús culmina con su viaje a Jerusalén donde dio su último testimonio y entregó su vida. Exclusivamente san Lucas nos cuenta este episodio en el que, en ese camino, el Señor cura a diez leprosos y sólo uno, el extranjero, es agradecido.

San Lucas subraya el contraste entre los nueve leprosos que no regresan y el que sí vuelve sobre sus pasos para dar gloria a Dios. Todos han quedado limpios de su lepra, pero sólo este ha sido «salvado», porque sólo él ha sabido reconocer en Jesús al Salvador. Por eso se le dice: «Tu fe te ha salvado». Y es que Jesús obra el milagro para provocar la fe, y realizar así la curación de una enfermedad más grave y profunda que la lepra del cuerpo. «Se volvió» físicamente y, sin duda, espiritualmente. Quizás san Lucas piensa en la fe cristiana de aquel hombre; de hecho, el verbo griego usado puede traducirse también por “se convirtió”.

Los beneficios que recibimos de Dios son signos de su poder salvador y de su amor misericordioso. ¿Recibo los dones de Dios como signos de su amor? ¿Soy agradecido?¿Me llevan a creer más en Cristo y a abrirme a su poder salvador?

Por otra parte, la auténtica fe lleva a adorar: «Se postró a los pies de Jesús rostro en tierra». Este leproso, al verse curado, reconoce la grandeza de Cristo y experimenta la necesidad de adorarle. Frente a la actitud de los otros nueve, que sólo buscan a Jesús por su propio interés y cuando han recibido la curación pedida se olvidan de Él, este hombre entiende que Jesús es el Señor y que ha de ser amado por sí mismo y servido con absoluto desinterés. En él, la fe se convierte en amor agradecido y adoración. ¿Cómo es mi relación con Dios? ¿Le sirvo con todas mis fuerzas, o me quiero servir de Él para mis fines?

La fe hace al leproso agradecido experimentar además de la curación, la compasión de Jesús. Los otros nueve, que también pedían «ten compasión de nosotros», han sentido su cuerpo sanado, pero no han experimentado la compasión y la misericordia de Cristo que sólo la fe hace posible.

«Jesús tomó la palabra y dijo»: La naturaleza humana de Cristo posee esa riqueza que llamamos sensibilidad: le agrada la gratitud, le duele el desagradecimiento.

La Eucaristía es la Acción de Gracias por excelencia. Unidos a Jesucristo en su Muerte y Resurrección todo se agradece a Dios Padre, por Cristo, con Él y en Él: gracias por los beneficios recibidos: ¡Dios nos ama!; gracias por todo lo que nos sucede: ¡sólo Dios sabe!; gracias en la necesidad, en la pena y en el sufrimiento: ¡en Dios confiamos!

La acción de gracias a Dios, que es la forma más común de oración de la Iglesia, no lo es tanto en la vida de muchos cristianos. ¿Acaso seremos de los nueve leprosos malagradecidos? Sólo el que se reconoce sin derechos e indigno de la bondad de Dios, es agradecido.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La acción de gracias y la alabanza al Padre
por medio de Jesucristo
(1359 – 1361)

La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la Gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios, da testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre. La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquél que es su fuente y su término: «un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros» (1 Co 8, 6).

La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.

«Eucaristía» significa, ante todo, acción de gracias. La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación.

La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: Él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él.

La oración de acción de gracias
(2637 – 2638; 2648)

La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación del pecado y de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias le los miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.

Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. Las cartas de San Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. «En todo den gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de ustedes» (1 Ts 5, 18). «Sean perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Col 4, 2).

Toda alegría y toda pena, todo acontecimiento y toda necesidad pueden ser motivo de oración de acción de gracias, la cual, participando de la de Cristo, debe llenar la vida entera: «En todo den gracias» (1 Ts 5, 18).

La adoración
(2628)

La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el «Rey de la gloria» y el silencio respetuoso en presencia de Dios «siempre mayor» (S. Agustín). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El presidente de la eucaristía toma el pan y el vino y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da las gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones» (S. Justino).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Gracias, Señor, por la aurora;
gracias, por el nuevo día;
gracias, por la Eucaristía;
gracias, por nuestra Señora:

Y gracias, por cada hora
de nuestro andar peregrino.

Gracias, por el don divino
de tu paz y de tu amor,
la alegría y el dolor,
al compartir tu camino.

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

Amén.

2 de octubre de 2022: DOMINGO XXVII ORDINARIO “C”


La fe mueve montañas

Hab l,2-3; 2,2-4: El justo por su fe vivirá.
Sal 94:  Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
2 Tm l,6-8.13-14: No te avergüences del testimonio de nuestro Señor.
Lc l7, 5-10: ¡Si tuvierais fe!

I. LA PALABRA DE DIOS

San Pablo, en la segunda carta a Timoteo, le recuerda el don del Espíritu que éste recibió en su ordenación como sucesor de los Apóstoles; espíritu de gobierno y de fortaleza para mantener con fidelidad el tesoro de la fe cristiana.

La frase del profeta Habacuc: «El justo por su fe vivirá», fue citada por S. Pablo como argumento fundamental en su carta a los Romanos. El Nuevo Testamento nos recuerda de múltiples maneras que la fe es el único camino para nuestra relación con Dios: «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11,6).

El Evangelio recoge la enseñanza de Jesús a sus discípulos sobre lo que define al creyente: un hombre de fe, que busca sólo y siempre hacer la voluntad de Dios. ¿Quién tiene esta fe? La fe es un don de Dios necesario para salvarnos, un don que hay que reconocer y por el que tenemos que darle gracias. Un don que hay que pedir con humildad: «Señor: «Auméntanos la fe»» Un don que hay que cuidar y acrecentar por la oración y los sacramentos. En rigor, no “se tiene fe”, sino que “se es creyente” –y se progresa en la adhesión a Cristo–, o no se es –y se retrocede en esa adhesión–. El ejercicio de la fe asegura el crecimiento de la misma, que no se adquiere –ni se pierde– toda de una vez.

Las palabras «si tuvierais fe» que Jesús dirige a los apóstoles, y a nosotros, sugieren que nuestra fe es prácticamente nula o sólo interesada en lo milagroso, ya que bastaría que fuera «como un granito de mostaza» para ver maravillas. Es grande el don de la fe, pues nos confiere el poder infinito de Dios. El verdadero creyente no se apoya en sus limitadas capacidades humanas, sino en la ilimitada potencia de Dios, para el cual «nada hay imposible» (Lc 1,37). La fe es la única condición que Jesús pone a cada paso para obrar milagros, y es también la condición que espera encontrar hoy en nosotros para seguir realizando sus maravillas y llevar adelante la historia de la salvación en nuestro mundo.

La fe es la raíz y el fundamento de toda la vida del cristiano. En el judaísmo estaba extendida la idea de que el cumplimiento exacto de la Ley confería derechos ante Dios, lo que supondría en la práctica poder salvarse a sí mismo. Sin embargo, la vida cristiana no se apoya en nuestros propios méritos. El hombre es incapaz de salvarse por su propio esfuerzo, toda “recompensa” de parte del Señor es “gracia” suya (don gratuito). El texto evangélico quiere fijar nuestra atención en el poder de la auténtica fe en Dios. El ejemplo de la morera es una forma de ilustrar que el creyente –fiándose de Dios y esperándolo todo de Él– es capaz de realizar lo humanamente imposible. Por eso, lo decisivo no son las dificultades y los males que encontramos a nuestro paso. Lo decisivo es la fe, que espera todo de Dios, que no pone límites al poder de Dios. «Si crees verás la gloria de Dios» (Jn 11,40), es decir, a Dios mismo actuando y transformando la muerte en vida. A nosotros, pobres siervos, nos corresponde avivar el fuego de esta gracia de la fe que nos ha sido dada; esto es «lo que teníamos que hacer».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe, virtud teologal
(1814 – 1816)

La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma.

Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios. La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios y a toda la verdad que Dios ha revelado. Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla.

Las características de la fe
(153 – 165)

La fe es don de Dios y respuesta libre del hombre: en la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia.

La fe es una gracia. La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad.

La fe es un acto humano. Creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas.

La fe es racional, trata de comprender. El creyente desea conocer mejor a Aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor.

La fe es libre, no se puede imponer. El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. El acto de fe es voluntario por su propia naturaleza.

La fe es necesaria para salvarse. Creer en Cristo Jesús, y en Aquel que lo envió para salvarnos, es necesario para obtener esa salvación; y nadie, a no ser que haya perseverado en ella hasta el fin, obtendrá la vida eterna.

La fe tiene que cuidarse, defenderse y alimentarse. La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1 Tm 1, 1819). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe actuar por la caridad –la fe sin obras está muerta–, ser sostenida por la esperanza y debe estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La fe luminosa, por Aquel en quién se cree, con frecuencia es vivida en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación. «Sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hb 12, 12).

Los pecados contra la fe
(2087 – 2089)

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer.

La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del espíritu.

La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento.

La herejía es la negación pertinaz de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma.

El cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.

La apostasía es el rechazo total, después de haber recibido el bautismo, de la fe cristiana.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados, insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio». Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven». Gracias a esta «fe poderosa», Abraham vino a ser «el padre de todos los creyentes».

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Isabel la saludó como: «¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada. Durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el «cumplimiento» de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Mis ojos, mis pobres ojos
que acaban de despertar
los hiciste para ver,
no sólo para llorar.

Haz que sepa adivinar
entre las sombras la luz,
que nunca me ciegue el mal
ni olvide que existes tú.

Que, cuando llegue el dolor,
que yo sé que llegará,
no se me enturbie el amor,
ni se me nuble la paz.

Sostén ahora mi fe,
pues, cuando llegue a tu hogar,
con mis ojos te veré
y mi llanto cesará.

Amén.

25 de septiembre de 2022: DOMINGO XXVI ORDINARIO “C”


Amor a los pobres

Am 6, 1.4-7: Ahora se acabará la orgía de los disolutos.
Sal 145, 7-10: ¡Alaba, alma mía, al Señor!
1 Tm 6,11-16: Guardad el Mandamiento, hasta la manifestación del Señor.
Lc 16, 19-31: Recibiste bienes, y Lázaro males: ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.

I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Amós destaca en el Antiguo Testamento por la dureza de los términos con que condena el egoísmo y el ansia de placer de los ricos. Sólo se ama lo que se ve, y para ver hay que dejar la vida cómoda que embota la sensibilidad, de ahí la denuncia del profeta.

El resumen de las recomendaciones pastorales contenidas en la carta a Timoteo es la fidelidad a Cristo y a sus mandamientos, que es el entero depósito de la fe confiado al sucesor del apóstol.

La parábola que se proclama en el Evangelio la recoge sólo San Lucas, y es una crítica de Jesús a los ricos egoístas que no se preocupan de los necesitados. Quien tiene embotados los sentidos del alma por el excesivo bienestar, ni escucha la Palabra de Dios ni atiende a los milagros. Mientras que el pobre Lázaro es llevado al seno de Abrahán, del rico se dice simplemente que «fue enterrado», y ni se menciona su nombre; los tormentos son su herencia definitiva.

He aquí uno de esos evangelios que no necesitan muchas explicaciones. Todo él está marcado por el contraste entre la situación en esta vida y la de después de la muerte. «Se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros»: La muerte crea una situación definitiva; después ya no hay posibilidad de decidirse por Dios o contra Él, ni de revocar la decisión forjada en esta vida. ¿Hasta qué punto valoramos las cosas tal como son de verdad? ¿Tomamos nuestras decisiones teniendo en cuenta los valores eternos? ¿O nos dejamos seducir por apariencias pasajeras y efímeras?

La parábola no dice expresamente que el rico fuera malo, ni que el pobre fuera bueno (más bien, en la mente de un judío el pobre sería un pecador, castigado por Dios con la enfermedad y la miseria; y el rico un buen hombre y, por eso, bendecido con muchos bienes), con lo cual queda más de relieve el contraste entre dos escalas mundanas de valores (riqueza-pobreza; salud-enfermedad), y cómo en el mundo futuro, inaugurado ya ahora por Jesús, su jerarquía será inversa. En cierto sentido esta parábola es un ejemplo concreto de las bienaventuranzas.

El texto sugiere que el rico es condenado precisamente por malgastar sus bienes y no atender al pobre que mendiga a sus pies. ¡Terrible aviso para nosotros, que tenemos algo –o mucho– del hombre rico de la parábola! Y es que, el pobre es Cristo. Por eso, rechazar al pobre es rechazar a Cristo: «Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer».

Por otra parte, la condenación del rico esconde también otro rechazo: el desprecio a la palabra de Dios. Lo que parece una actitud dura de Abrahán, en realidad no lo es: los hermanos del rico podrán evitar la condenación si escuchan a Moisés y los profetas. Para el que quiere oír y obedecer a Dios, la palabra de Dios basta, sin necesidad de milagros especiales. En cambio, para el que está cerrado a Dios y a su Palabra, porque las riquezas han endurecido su corazón, ni el mayor prodigio puede abrir sus ojos, que están embotados para ver, «no se convencerán ni aunque resucite un muerto». Un ejemplo confirma la enseñanza de este versículo: la incredulidad de los contemporáneos de Jesús, prototipo de la incredulidad moderna, no desapareció ni con la resurrección de Lázaro (el hermano de Marta y María), ni con la del mismo Jesús.

En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: «Cuanto dejaron de hacer con uno de éstos, también conmigo dejaron de hacerlo».

El Evangelio y la enseñanza de la Iglesia están claros: el amor a los pobres es una exigencia del discípulo de Jesús. Y para amarlos hay que abrir los ojos y verlos. Sin embargo, como el rico de la parábola, en medio de las comodidades podemos quedar como cegados y no ver nada ni a nadie. La Pobreza es una situación concreta que afecta a personas concretas, cercanas. Y todos los pobres son cercanos, pues todos son prójimos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios bendice, en Jesucristo,
a los que aman a los pobres
(525; 544; 2443)

Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores, pobres, son los primeros testigos del acontecimiento. Desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino. Jesús fue enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres. Los declara bienaventurados porque «de ellos es el Reino de los cielos». El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde; a «los pequeños» es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes.

Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprende a los que se niegan a hacerlo: «A quien te pide dale, al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la espalda» (Mt 5,42). «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos por lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva “anunciada a los pobres” es el signo de la presencia de Cristo.

El amor de la Iglesia a los pobres
(2444 – 2446)

El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de «hacer partícipe al que se halle en necesidad» (Ef 4, 28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa.

El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta: «Atención, ahora, los ricos: llorad a gritos por las desgracias que se os vienen encima. Vuestra riqueza está podrida y vuestros trajes se han apolillado. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y su herrumbre se convertirá en testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. ¡Habéis acumulado riquezas… en los últimos días! Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos, el que vosotros habéis retenido, está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor del universo. Habéis vivido con lujo sobre la tierra y os habéis dado a la gran vida, habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza. Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, el cual no os ofrece resistencia» (St 5, 1- 6).

Las obras de misericordia
(2447 — 2449)

Es preciso satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia.

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir al que no sabe, aconsejar al que lo necesita, corregir al que yerra, consolar al triste y confortar al que sufre, son obras de misericordia espiritual. Como también lo son perdonar al que nos ofende, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y orar por los vivos y los difuntos. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, acoger al peregrino y ofrecer techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

Bajo sus múltiples formas –indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte– la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los «más pequeños de sus hermanos». También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Y lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables.

En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas –como son las referentes al año jubilar, a la prohibición del préstamo a interés y de la retención de la prenda, la obligación del diezmo, del pago cotidiano al jornalero, del derecho de rebusca después de la cosecha, y otras– corresponden a la exhortación del Deuteronomio: «Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Dt 15, 11). Jesús hace suyas estas palabras: «Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis» (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos de los antiguos profetas: «compráis por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias…» (Am 8, 6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los pobres, que son sus hermanos (Mt 25, 40).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo porque en ellos servimos a Jesús».

«No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos» (S. Juan Crisóstomo).

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (S. Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Dichosos los que, oyendo la llamada
de la fe y del amor en vuestra vida,
creísteis que la vida os era dada
para darla en amor y con fe viva.

Dichosos, si abrazasteis la pobreza
para llenar de Dios vuestras alforjas,
para servirle a él con fortaleza,
con gozo y con amor a todas horas.

Dichosos mensajeros de verdades,
que fuisteis por caminos de la tierra,
predicando bondad contra maldades,
pregonando la paz contra las guerras.

Dichosos, del amor dispensadores,
dichosos, de los tristes el consuelo,
dichosos, de los hombres servidores,
dichosos, herederos de los cielos.

Amén.