Archivo del Autor: P. Antonio Diufaín Mora

Acerca de P. Antonio Diufaín Mora

Sacerdote católico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta (España). https://www.facebook.com/adiufain https://twitter.com/adiufain http://antoniodiufain.com

DOMINGO XIV ORDINARIO “A”


 Hacerse pequeño para recibir el Reino
Za 9,9-10: Tu rey viene pobre a ti
Sal 144,1-14: “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey”
Rm 8,9.11-13: Si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán

Mt 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón

I. LA PALABRA DE DIOS

En Jesucristo se cumple la profecía de Zacarías: «Mira a tu Rey». En contraste con los jefes políticos y religiosos de Israel y de los escribas, que oprimían las conciencias con interpretaciones abusivas de la Ley, Jesucristo proclama que los valores del Reino se realizan en los pequeños. Él mismo es el primero de ellos. 

El que tiene el Espíritu de Cristo destruye la autosuficiencia, la soberbia, los egoísmos y ambiciones y, mediante la acción del Espíritu, es vivificado y asemejado a Jesús (2ª Lect.).

«Ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu». San Pablo quiere inculcarnos la certeza de esta nueva vida que ha sido infundida en nuestra alma por el bautismo. No estamos en “la carne”, es decir, no estamos abandonados a nuestras solas fuerzas naturales y a nuestra debilidad pecaminosa. Por tanto, no tiene sentido seguir autojustificándo nuestros pecados, lamentándonos y apelando a nuestra debilidad, cuando estamos en el Espíritu, cuando tenemos en nosotros la fuerza del Espíritu que nos hace capaces de una vida santa. «Estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente».

«El Espíritu de Dios habita en ustedes». Somos templo del Espíritu Santo. Estamos consagrados. Somos lugar donde Dios mora y donde ha de ser glorificado. El Espíritu Santo no está en nosotros inmóvil. Permanece en nosotros como Ley nueva, como impulso de vida. Su acción omnipotente se vuelca sobre nosotros para hacernos santos, para vivir según Cristo. Ser santo ni es imposible ni es difícil. Se trata de acoger dócilmente la acción del Espíritu, secundando su impulso poderoso, dando muerte con la fuerza del Espíritu a las obras de la carne para que se manifieste en nosotros el fruto del Espíritu.

«Vivificará también sus cuerpos mortales por el mismo Espíritu». Hay una “primera resurrección”: cuando el hombre es arrancado del dominio del pecado y comienza a caminar en novedad de vida por la acción del Espíritu. Pero habrá una “segunda resurrección”: cuando también nuestro cuerpo mortal se beneficiará de esta vida nueva suscitada por Dios en nosotros. El Espíritu Santo tiene por característica propia el ser Creador y desea vivificar nuestra persona entera, alma y cuerpo.

Quien con plena naturalidad y normalidad habla en el Evangelio de hoy es “el Jesús histórico”. Es cierto que no emplea las fórmulas dogmáticas de los concilios de Nicea, Éfeso o Calcedonia, pero dice lo mismo con una cristología indirecta: cuando habla, vive, actúa, ora, etc., lo hace con la autoconciencia de quien sabe que es Hijo de Dios en sentido singular y exclusivo. Si el mero apelativo “hijo” no acreditara por sí mismo la identidad con la naturaleza divina del Padre, la anterior afirmación quedaría confirmada por la forma como Jesús se muestra a lo largo de su vida terrena: igual conocimiento, igual poder de hacer milagros, de perdonar pecados, de juzgar a vivos y muertos, que el que tiene el Padre. El que hoy nos habla en el Evangelio –Jesús– era Dios, y sabía que era Dios.

«Exclamó Jesús: –Te doy gracias, Padre…». Jesús sabe, no sólo que es conocido por Dios, sino que, en cierto modo, es el objeto único del conocimiento divino; y responde al Padre con esta típica oración de alabanza y acción de gracias judía proclamando “las maravillas de Dios”. ¿Cuáles son esas maravillas? El conocimiento de Dios Padre por parte de los pequeñuelos («la gente sencilla», los discípulos), que por revelación divina han conocido secretos de Dios ocultos para «los sabios y entendidos». La línea de pensamiento es la del Magnificat de María y la de san Pablo en 1Cor 1,26ss (Dios ha elegido lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes). Dios no revela sus secretos más que a los que se hacen pequeños.

Al que es humilde de veras, Dios le concede entrar en su intimidad y conocer los misterios de su vida trinitaria, la relación entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Esto no es sólo para unos pocos privilegiados, sino para todo bautizado, para todo el que es «sencillo» y se deja conducir por Dios. Pues precisamente «esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Y conocer no es sólo saber con la cabeza, sino tratar con Dios con familiaridad. ¿Mi vida como cristiano va dirigida a crecer en este trato familiar con el Dios que vive en mí, o me quedo en unas simples formulas de tratamiento?

La expresión Dios «Padre» nunca había sido revelada a nadie anteriormente. Cuando el mismo Moisés preguntó a Dios quién era, escuchó otro nombre: Yahveh (cf. Ex 3,14). A nosotros se nos ha revelado este nombre en el Hijo, pues este nombre de Hijo implica el nombre nuevo de Padre (Tertuliano).

«Venid a mí … cansados y agobiados». Son prácticamente los pobres de las bienaventuranzas, los sencillos: personas sin prestigio social o religioso, tal vez incultos y sin muchos conocimientos. 

«Mi yugo … y mi carga». La ley de Jesús es llevadera; Él da fuerzas. Cristo se nos presenta como nuestro descanso. Frente a los cansancios y agobios que nos procuramos a nosotros mismos y frente a las cargas inútiles e insoportables que ponemos en nuestros hombros, Cristo es el verdadero descanso y su ley un alivio. El pecado cansa y agobia. El trato y la familiaridad con Cristo descansan. ¿Me decido a fiarme de Cristo y de su palabra?

Pero la razón decisiva para aceptar su invitación al discipulado («aprended de mí») no es la enseñanza que da, sino el Maestro que la imparte: lo más íntimo y secreto de Cristo, su «corazón», está lleno del espíritu del siervo de Isaías. El verdadero pobre bíblico que vive las bienaventuranzas, sometido a sólo el Padre, en quien solamente confía, es Jesús, «manso y humilde de corazón».

Ante la humildad de Cristo, el cristiano aprende también a ser humilde. El Hijo de Dios no ha venido con triunfalismos, sino sumamente humilde y modesto, montado en un asno. A Jesús le gusta la humildad. Es el estilo de Dios. Y el cristiano no tiene otro camino. Dios no se da a conocer a los que se creen sabios y entendidos, a los que creen saberlo todo, a los arrogantes y autosuficientes, sino a los que humildemente se ponen ante Dios reconociendo su pequeñez y su ceguera.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Reino de Dios revelado a los pequeños
 (544; 2603)

El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para «anunciar la Buena Nueva a los pobres». Los declara bienaventurados porque «de ellos es el Reino de los cielos»; a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes. Jesús, desde el pesebre hasta la cruz, comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino.

Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los “pequeños” (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor «¡Sí, Padre!» expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el “Fiat” de su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al misterio de la voluntad del Padre.

La oración confiada
 (2778; 2779; 2785)

El poder del Espíritu, que nos introduce en la Oración del Señor, se expresa en las liturgias de Oriente y Occidente con la bella palabra, típicamente cristiana “parrhesía“, simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado.  Es un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños; porque es a “los pequeños” a los que el Padre se revela.

Antes de hacer nuestra la primera exclamación de la Oración del Señor –¡Padre nuestro!–, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas, de “este mundo”. La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo  quiera revelar», es decir, “a los pequeños.” 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La Sagrada Escritura me parecía indigna. Mi hinchazón huía su manera de decir, y mi agudeza no penetraba en su sentido más profundo. Y, sin embargo, era esa Escritura cuya inteligencia crece a medida que uno se hace párvulo; pero yo rehusaba hacerme párvulo: hinchado de orgullo, me parecía grande». (San Agustín).

«Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tú bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo te has convertido en buen hijo… Eleva pues, los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro… Pero no reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras que a nosotros nos ha creado. Di entonces también por medio de la gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo». (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El mal se destierra,
ya vino el consuelo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.

Ya el mundo es trasunto
del eterno bien,
pues está en Belén
todo el cielo junto.

Ya no habrá más guerra
entre cielo y suelo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.

Ya baja a ser hombre
porque subáis vos,
ya están hombre y Dios
en un solo hombre.

Ya muere el recelo
y el llanto se cierra:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.

Ya el hombre no tiene
sueños de grandeza,
porque el Dios que viene
viene en la pobreza.

Ya nadie se encierra
en su propio miedo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo. Amén. 

DOMINGO XIII ORDINARIO “A”


“La radicalidad evangélica
frente a la mediocridad”

2R 4,8-11.14-16:     “Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí”

Sal 88,2-19:        “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”

Rm 6,3-4.8-11:     “Por el Bautismo fuimos sepultados con Él, para que andemos en una vida nueva”

Mt 10,37-42:         “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mi”

I. LA PALABRA DE DIOS

Dios visita al matrimonio de Sunam y, por medio de Eliseo, le concede el hijo que hasta entonces no habían logrado. Era el premio de la hospitalidad hacia el Profeta. Abrir la puerta al pobre es abrírsela a Dios, a su gracia, a la salvación (1.a Lect.).

«Lo mismo que Cristo … así también nosotros». He aquí la base de la novedad cristiana. Lo que Cristo es y vive estamos llamados a serlo y vivirlo también nosotros. Pero no como una imitación «desde fuera». Por el bautismo hemos sigo injertados a Cristo y Él vive en nosotros (Gal 2,20). Todo lo suyo es nuestro: sus virtudes, sus sentimientos, sus actitudes… Por eso, para un cristiano lo más natural es vivir como Cristo. No se nos pide nada extraño o imposible: se trata sencillamente de dejar que se desarrolle plenamente esa vida que ya está en nosotros.

«Considérense muertos al pecado…» La fe nos hace vernos a nosotros mismos como Dios nos ve. Por el bautismo hemos muerto al pecado, a quedado destruida «nuestra personalidad pecadora» y hemos cesado de ser esclavos del pecado (Rom 6,6). Se trata de tomar conciencia de este don recibido. ¿Por qué seguir pensando y actuando como si el pecado fuera insuperable? El pecado no tiene por qué esclavizarnos, pues Cristo nos ha liberado y la fuerza del pecado ha quedado radicalmente neutralizada. Hemos muerto al pecado: vivamos como tales muertos. «Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo seguir viviendo en él?» (Rom 6,2).

«…Y vivos para Dios en Cristo Jesús». La muerte al pecado es sólo la cara negativa. Lo más importante es la vida nueva que ha sido depositada en nuestra alma. Y esta vida nueva es esencialmente positiva: consiste en vivir –lo mismo que Cristo– para Dios, en la pertenencia total y exclusiva a Dios, dedicados a Él en alma y cuerpo. Esta es la riqueza y la eficacia de nuestro bautismo. Se trata sencillamente de cobrar conciencia de ello y dejar que aflore en nuestra vida lo que ya somos. ¡Reconoce, cristiano tu dignidad! ¡Sé lo que eres!

«El que quiere a su padre o a su madre (a su hijo o a su hija) más que a mí no es digno de mí»: Cuando se escribieron estos versículos, la conversión al cristianismo suponía en muchos casos la ruptura con la familia, la pérdida de posición social o de bienes materiales. Aun los amores más santos y bendecidos por Dios no deben anteponerse al amor de Cristo. Estamos en la esfera del primer mandamiento –«Nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas»– y Jesús reclama para sí un amor semejante; así declara implícitamente su divinidad: sólo Dios puede exigir una adhesión a él tan inaudita.

La vida nueva ha de ser conducida por caminos nuevos. Por el “Camino” que es Jesucristo, de modo que nada ni nadie nos impida vivir en comunión con Él.

Ante evangelios como este, hemos adquirido el hábito de no darnos por aludidos, como si fueran dirigidos sólo a las monjas o a los sacerdotes. Y, sin embargo, estas palabras de Jesús van dirigidas a todos, para indicar que ningún lazo familiar, incluso bueno y legítimo, debe ser estorbo para seguirle a Él; y en el caso de que se plantease conflicto entre un lazo familiar y el seguir a Jesús, habría que elegir seguir a Jesús. Lo contrario significa no ser dignos de Él.

Se necesita la lógica de la fe y la luz del Espíritu para entender que lo que parece perder la vida es ganarla y lo que parece muerte es en realidad vida. Porque se trata de preferir a Cristo no solo por encima de los cariños familiares, sino incluso antes que la propia vida, antes que la propia comodidad, antes que la propia fama… estando dispuestos a ser despreciados y perseguidos por Cristo, a perderlo todo por Él, a sacrificarlo todo por Él.

Perderlo todo por Cristo: en realidad este evangelio nos está proponiendo un gran negocio, pues se trata de ganar a Cristo, cuyo amor vale infinitamente más que todo lo demás. Deberíamos mirar más a Cristo para dejarnos entusiasmar por Él. Es infinitamente más lo que recibimos que lo que damos.

Además, el evangelio de hoy nos propone otro «negocio» continuo. Un simple vaso de agua dado a un pobrecillo cualquiera, sólo porque es discípulo de Jesús, no perderá su paga. ¿Cuántas pagas perdemos cada día?

II. LA FE DE LA IGLESIA

La primera vocación del cristiano
es seguir a Jesucristo:
(2232 — 2233)

Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi».

Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal. Deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla.

Jesús, nuestro modelo:
(520)

Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo. Él es el hombre perfecto que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo a imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza invita a aceptar libremente la privación y las persecuciones.

Cristo, centro de toda vida cristiana:
(1618 — 1620)

Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales. Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya, para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle, para ir al encuentro del Esposo que viene. Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo.

La virginidad, o el celibato por el Reino de los Cielos, es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo.

Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la virginidad por el Reino y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Les ruego que piensen que Jesucristo, Nuestro Señor, es su verdadera Cabeza, y que ustedes son uno de sus miembros. Él es con relación a ustedes lo que la cabeza es con relación a sus miembros; todo lo que es Suyo es de ustedes, su Espíritu, su corazón, su cuerpo, su alma y todas sus facultades, y deben usar de ellas como de cosas que son de ustedes, para servir, alabar, amar y glorificar a Dios. Ustedes y Él son como los miembros y su cabeza. Así desea Él ardientemente usar de todo lo que hay en ustedes, para el servicio y la gloria de Su Padre, como de cosas que son de Él” (S. Juan Eudes ).

El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo; se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable” (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Otra vez -te conozco- me has llamado.
Y no es la hora, no; pero me avisas.
De nuevo traen tus celestiales brisas
claros mensajes al acantilado

del corazón, que, sordo a tu cuidado,
fortalezas de tierra eleva, en prisas
de la sangre se mueve, en indecisas
torres, arenas, se recrea, alzado.

Y tú llamas y llamas, y me hieres,
y te pregunto aún, Señor, qué quieres,
qué alto vienes a dar a mi jornada.

Perdóname, si no te tengo dentro,
si no sé amar nuestro mortal encuentro,
si no estoy preparado a tu llegada.

Amén.

DOMINGO XII ORDINARIO “A”



«No tengáis miedo»

Jr 20,10-13:             “Libró la vida del pobre de manos de los impíos”

Sal 68,8-35:             “Que me escuche tu gran bondad, Señor”

Rm 5,12-15:             “El don no se puede comparar con la caída”

Mt 10,26-33:             “No tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo”

I. LA PALABRA DE DIOS

En Jeremías, la audacia supera al temor. Pasa del «pavor en torno» a «el Señor está conmigo, mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo».

Gracias a un solo hombre, Jesucristo, «la gracia otorgada por Dios… sobró para la multitud». Merced a esta misericordia y don de Dios, la fuerza de Jesús está con los que creen en Él.

Ante evangelios como este uno se sorprende viendo lo cobardes que podemos llegar a ser los cristianos. Jesús nos dice que no tengamos miedo a los que matan el cuerpo, y sin embargo todo son temores ante el sufrimiento, ante la muerte, ante lo que los hombres puedan hacernos, ante lo que puedan opinar o decir de nosotros…

«Las azoteas» no son las sacristías, ni “la intimidad de la conciencia“, ni el “ámbito privado“, donde parece que nos quieren recluir a los cristianos en una sociedad laicista y anticatólica. La razón para no tener miedo es que Dios nos envía para dar a conocer el Evangelio a todos mediante nuestro testimonio público. El verdadero cristiano –es decir, el que tiene una fe viva– encuentra su seguridad en el Padre. Si Dios cuida de los gorriones ¿cómo no va a cuidar de sus hijos? Sabe que nada malo puede pasarle.

Lo que ocurre es que a veces llamamos malo a lo que en realidad no es malo. ¿Qué de malo puede tener que nos quiten la vida, o nos arranquen la piel a tiras, o nos crucifiquen en una televisión o en un periódico o digital, si eso nos da la vida eterna? Ahí está el testimonio de tantos mártires a lo largo de la historia de la Iglesia, que han ido gozosos y contentos al martirio en medio de terribles tormentos.

«Los que matan el cuerpo»: El discípulo no es más que el Maestro. Habrá persecución y martirio, pero el poder de los perseguidores es ridículo: todo lo que pueden hacer, lo hace también un simple microbio. Lo importante es la fidelidad a Dios –con “santo temor” o respeto– que es quien tiene poder sobre el alma.

El único mal real que el hombre debe temer es el pecado, que le llevaría a una condenación eterna –«temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo»–. Ante este evangelio, ¡cuántas maneras de pensar y de actuar tienen que cambiar en nuestra vida!.

Este evangelio de hoy nos invita a mirar al juicio –«nada hay escondido que no llegue a saberse»–. En ese momento se aclarará todo. Y en esa perspectiva, ante lo único que tenemos que temblar es ante la posibilidad de avergonzarnos de Cristo, pues en tal caso también Él se avergonzará de nosotros ese día ante el Padre.

Por otro lado, en los dos últimos versículos hay una nueva formulación implícita de la divinidad de Jesús; si el hecho de decir que le pertenecemos, o el de negarlo, es afirmar nuestra salvación o condenación eternas; quien habla así es consciente de ser más que un simple hombre, “Jesús de Nazaret”.

La sociedad humana, tantas veces tan hostil a principios irrenunciables para un cristiano, nos ofrece la oportunidad de defender valientemente nuestra fe. No se trata de crearse enemigos ni de suscitar polémicas inútiles para ejercer de héroes todos los días; pero viviendo sencillamente nuestras verdades suscitaremos interrogantes o rechazo en muchos, especialmente entre quienes creen estar muy seguros “de su propia verdad”.

Estamos llamados a la valentía de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad.

II. LA FE DE LA IGLESIA

¡Ánimo! Yo he vencido al mundo
(1808)

La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso hasta la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. «Mi fuerza y mi cántico es el Señor». «En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo».

Dar testimonio de la verdad
(2471 — 2474, 1302, 2499)

Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad». El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor». En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres».

El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad.

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar, con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra, al hombre nuevo de que se revistieron por el Bautismo. La fuerza del Espíritu Santo les ha fortalecido con la Confirmación para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz.

El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza.

Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.

La moral cristiana denuncia la llaga de los estados totalitarios que falsifican sistemáticamente la verdad, ejercen mediante los medios de comunicación un dominio político de la opinión, manipulan a los acusados y a los testigos en los procesos públicos y tratan de asegurar su tiranía yugulando y reprimiendo todo lo que consideran “delitos de opinión”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir para unirme a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros» (S. Ignacio de Antioquía).

«Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no obedece más que a Él (lo cual pertenece a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia puede derribar (lo cual pertenece a la fortaleza)» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Pléyade santa y noble de mártires insignes,
testigos inmortales del Cristo victimado;
dichosos, pues sufristeis la cruz de vuestro Amado
Señor, que a su dolor vuestro dolor ha unido.

Bebisteis por su amor el cáliz de la sangre,
dichosos cirineos, camino del Calvario,
seguisteis, no dejasteis a Jesús en solitario,
llevasteis vuestra cruz junto a su cruz unida.

Rebosa ya el rosal de rosas escarlatas,
y la luz del sol tiñe de rojo el alto cielo,
la muerte estupefacta contempla vuestro vuelo,
enjambre de profetas y justos perseguidos.

Vuestro valor intrépido deshaga cobardías
de cuantos en la vida persigue la injusticia;
siguiendo vuestras huellas, hagamos la milicia,
sirviendo con amor la paz de Jesucristo. Amén.