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24 de enero de 2021: DOMINGO III ORDINARIO “B”


“Creer en la conversión del corazón
es confiar en que es Dios mismo
quien cambia nuestra vida”

Jon 3,1-5.10: “Los ninivitas habían abandonado el mal camino”
Sal 24, 4-9: “Señor, enséñame tus caminos”
1 Co 7,29-31: La representación de este mundo se termina
Mc 1,14-20: Convertíos y creed en el Evangelio

I. LA PALABRA DE DIOS

El domingo tercero del Tiempo Ordinario nos presenta la predicación inicial de la buena nueva de Jesús, anunciando la llegada del reino y urgiendo a la conversión, y la llamada de los primeros discípulos. Tanto el carácter urgente de la llamada de Jesús –«se ha cumplido el tiempo»– como lo inmediato e incondicional del seguimiento por parte de los discípulos, manifiesta la grandiosidad y el atractivo de la persona de Jesús. Esta urgencia se manifiesta también en el carácter de «pescadores de hombres» que tienen los discípulos: lo mismo que Jonás son enviados a convertir a los hombres a Cristo: «Convertíos y creed en el Evangelio».

La frase de san Pablo en la segunda lectura –«el momento es apremiante»– está en dependencia de la del mismo Jesús en el evangelio: «se ha cumplido el tiempo». No podemos seguir viviendo como si Él no hubiera venido. Su presencia debe determinar toda nuestra vida. Su venida da a nuestra existencia un tono de seriedad y urgencia. No podemos seguir malgastando nuestra vida viviéndola al margen de Él. Con Él tiene un valor inmensamente mayor de lo que imaginamos. 

Hemos celebrado a Cristo en el Adviento como «el deseado de las naciones», el esperado de todos los pueblos. «Todo el mundo te busca» (Mc 1,37). Con la venida de Cristo en la Navidad entramos en la plenitud de los tiempos. El Reino de Dios está aquí, la salvación se nos ofrece para disfrutarla. Tenemos, sobre todo, a Cristo en persona. «¡Cuántos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!». La presencia de Cristo hace que las cosas no puedan seguir igual. Por eso, Jesús añade a continuación: «Convertíos». La presencia de Cristo exige una actitud radical de atención y entrega a Él, cambiando todo lo que haga falta, para que Él sea el centro de todo, para que su Reino se instaure en nosotros.

«El Reino». Esta expresión (el reinado, el señorío, la soberanía) indica el dominio universal de Dios, que va realizándose en la tierra y que se consumará en el cielo. Dicho brevemente, el Reino de Dios son las relaciones de Dios con la humanidad. Ese reino empezó con los hechos salvadores del Antiguo Testamento, llegó al mundo con Jesús, avanza mediante la Iglesia –instrumento del que Dios se vale para “reinar”–, hasta que definitivamente sean destruidos el pecado y el mal al fin del mundo. El Nuevo Testamento habla de ese Reino como de una situación o estado (que llega, se manifiesta, se da, se recibe, se posee, en el que se puede ser grande o pequeño), y como un lugar (al que se entra o no se entra, que se hereda, que hay que buscar). En su predicación inicial, Jesús parece aludir a la soberanía de Dios al final de los tiempos; como si dijera: “La etapa final de la historia ya ha comenzado”.

«Creed en el Evangelio». Evangelio significa “buena noticia”, “anuncio alegre y gozoso”. Jesús es el predicador y, a la vez, el contenido de “su” Evangelio. La presencia de Cristo, su cercanía, su poder, son una “buena noticia”. La llegada del Reino de Dios es una buena noticia. Cada una de las palabras y frases del evangelio son una noticia gozosa. ¿Recibo así el evangelio, como Buena nueva y anuncio gozoso, o lo veo como una carga y una exigencia molesta? Cada vez que lo escucho, lo leo o medito, ¿lo veo como promesa de salvación? ¿Creo de verdad en el evangelio? ¿Me fío de lo que Cristo en él me manda, me advierte o me aconseja?

«Venid en pos de mí». Al comienzo eligió Jesús a sus inmediatos seguidores: de ellos, poco después, eligió un grupo especial de “Doce”; estos hechos muestran la intención de Jesús de ir formando un núcleo de continuadores de su obra. Para cualquier judío. Un Mesías sin una comunidad mesiánica hubiera sido impensable.

San Marcos nos presenta la llamada de Jesús a los discípulos, cuando aún Jesús no ha predicado ni hecho milagros; sin embargo, ellos le siguen, «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron», dejando todo, incluso el trabajo y el propio padre. El modo de narrar esquemáticamente estás escenas de vocación tiene también una enseñanza: la síntesis de una vocación cristiana es: 1º) Jesús ve; 2º) Jesús llama; 3º) el llamado lo sigue sin condiciones. Ser cristiano es ante todo irse con Jesús, caminar tras Él, fiarse de Él, seguirle. 

La conversión que pide Jesús al principio del evangelio de hoy es ante todo dejarnos fascinar por su persona. Cuando se experimenta el atractivo de Cristo, ¡qué fácil es dejarlo todo por Él!

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia sigue llamando a la conversión
(1
427 – 1429)

Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio». En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en toda la vida del cristiano. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia, que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa, al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito”, atraído y movido por la gracia, a responder al amor misericordioso de Dios, que nos ha amado primero.

De ello da testimonio la conversión de S. Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia Él. La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: «¡Arrepiéntete!» (Ap 2,5.16). San Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, en la Iglesia, “existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia“.

La penitencia interior
(1430 – 1433. 1489)

Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores, “el saco y la ceniza”, los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia.

La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron “aflicción del espíritu”, “arrepentimiento del corazón”.

El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo. La conversión es primeramente  una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos». Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron. “Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento” (S. Clemente).

Después de Pascua, el Espíritu Santo «convence al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión.

Volver a la comunión con Dios, después de haberla perdido por el pecado, es un movimiento que nace de la gracia de Dios, rico en misericordia y deseoso de la salvación de los hombres. Es preciso pedir este don precioso para uno mismo y para los demás.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados; si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador, son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre, es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que él ha hecho. Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas. El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la Luz” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Por la lanza en su costado
brotó el río de pureza,
para lavar la bajeza
a que nos bajó el pecado.

Cristo, herida y manantial,
tu muerte nos da la vida,
gracia de sangre nacida
en tu fuente bautismal.

Sangre y agua del abismo
de un corazón en tormento:
un Jordán de sacramento
nos baña con el bautismo.

Y, mientras dura la cruz
y en ella el Crucificado,
bajará de su costado
un río de gracia y luz.

El Padre nos da la vida,
el Espíritu el amor,
y Jesucristo, el Señor,
nos da la gracia perdida. 

Amén.

17 de enero de 2021: DOMINGO II ORDINARIO “B”


“¿Dónde vives? Venid y lo veréis” 

I. LA PALABRA DE DIOS

1 S 3,3b-10.19: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”
Sal 39: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
1 Co 6,13c-15a.17-20: “¡Vuestros cuerpos son miembros de Cristo!”
Jn 1,35-42: “Vieron dónde vivía y se quedaron con él”

«Este es el Cordero de Dios». El evangelista Juan es el único evangelista que indica que los primeros seguidores de Jesús habían pertenecido al grupo de discípulos de Juan el bautista. Todo empieza con un testimonio. La fe de sus discípulos y el hecho de que sigan a Jesús es consecuencia del testimonio de Juan. Así de sencillo. ¡Cuántas veces a lo largo de nuestra vida tenemos oportunidad de dar testimonio de Cristo! En cualquier circunstancia podemos indicar como Juan, con un gesto o una palabra, que Cristo es el Cordero de Dios, es decir, el que salva al hombre y da sentido a su vida. El que muchos crean en Cristo y le sigan depende de nuestro testimonio, mediante la palabra y sobre todo con la vida.

«Venid y veréis». El testimonio de Juan despierta en sus acompañantes el interés por Jesús; sienten una fuerte atracción por Él. Por eso le siguen. Jesús no les da razones ni argumentos. Simplemente les invita a estar con Él, a hacer la experiencia de su intimidad. Y esta fue tan intensa que se quedaron el día entero; y san Juan, muchos años más tarde recuerda incluso la hora –«era como la hora décima»–, las cuatro de la tarde. También nosotros somos invitados a hacer esta experiencia de amistad con Cristo, de intimidad con Él. –Venid y veréis. «Gustad y ved que bueno es el Señor» (Sal 34,9).

«¡Hemos encontrado al Mesías! …  Y lo llevó a Jesús» La expresión usada (“hemos encontrado”) en griego se dice heurékamen, que recuerda el famoso grito de Arquímedes (¡Eureka!, ¡lo encontre!) cuando descubrió su famoso principio hidrostático. Pero, en la historia humana, el descubrimiento de cualquier persona por otra siempre es de más valor que descubrir un principio de la física; más aún, si la persona encontrada es Cristo.

La experiencia de Cristo es contagiosa. El que ha experimentado la bondad de Cristo no tiene más remedio que darla a conocer. El que ha estado con Cristo se convierte también él en testigo. Y no pretende que los demás se queden en él o en su grupo, sino que los lleva a Cristo. La actitud de Andrés nos enseña la manera de actuar todo auténtico apóstol: «Hemos encontrado al Mesías… Y lo llevó a Jesús».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las llaves del Reino
(551)

Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos hombres en número de doce para estar con Él y participar en su misión; les hizo partícipes de su autoridad «y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar» (Lc 9,2). Ellos permanecen para siempre asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia.

El apostolado
(863, 864, 1998)

Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado. Se llama “apostolado” a toda la actividad del Cuerpo Místico que tiende a propagar el Reino de Cristo por toda la tierra.

Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, el alma de todo apostolado.

La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos “el Reino de los cielos”, “el Reino de Dios”, que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por Él, hechos en Él «santos e inmaculados» en presencia de Dios en el Amor, serán reunidos como el único Pueblo de Dios, «la Esposa del Cordero», «la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios» (Ap 21, 10-11); y «la muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero» (Ap 21, 14).

Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como de toda criatura.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja. Porque su misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos sigue todavía para que, una vez curados, seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin Él no podemos hacer nada” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Muchas veces, Señor, a la hora décima
-sobremesa en sosiego-,
recuerdo que, a esa hora, a Juan y a Andrés
les saliste al encuentro.
Ansiosos caminaron tras de tí…
“¿Qué buscáis…?” Les miraste. Hubo silencio.

El cielo de las cuatro de la tarde
halló en las aguas del Jordán su espejo,
y el río se hizo más azul de pronto,
¡el río se hizo cielo!
“Rabbí -hablaron los dos-, ¿en dónde moras?”
“Venid, y lo veréis”. Fueron, y vieron…

“Señor, ¿en dónde vives?”
“Ven, y verás”. Y yo te sigo y siento
que estás… ¡en todas parte!,
¡Y que es tan fácil ser tu compañero!

Al sol de la hora décima, lo mismo,
que a Juan y a Andrés
-es Juan quien da fe de ello-,
lo mismo, cada vez que yo te busco,
Señor, ¡sal a mi encuentro!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

 Amén.

10 de enero de 2021: DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR “B”


“Te he llamado,… te he tomado de la mano,…
y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones”

Is 42,1-4.6-7: “Mirad a mi siervo, en quien me complazco”
Sal 28: “El Señor bendice a su pueblo con la paz”
Hch 10,34-38: “Ungido por Dios con la fuerza del  Espíritu Santo”
Mc 1,7-11: “Tú eres mi  Hijo amado, en ti me complazco”

I. LA PALABRA DE DIOS

«La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará». Son palabras que manifiestan la confianza de Dios en el hombre, a pesar de todas sus debilidades y vacilaciones. Quien sigue a Cristo habrá de estimar posible su salvación por lejana y difícil que parezca. Nuestra esperanza está puesta en Jesucristo, no en nuestras fuerzas.

San Marcos destaca el carácter teofánico del Bautismo de Jesús. El relato es a la vez una manifestación de fe en la divinidad de Cristo por parte de la comunidad primitiva. Por otra parte, los creyentes toman conciencia de lo que sucede en el Bautismo cristiano: que también somos ungidos por el Espíritu Santo, que somos hechos hijos de Dios, que entramos en comunión con la Santísima Trinidad.

El pasaje incluye, además del relato del bautismo en sí –muy breve en Marcos–, el anuncio del Bautista de que «Él os bautizará con Espíritu Santo»; con ello se pone de relieve que precisamente por ser el Mesías y estar lleno del Espíritu, Jesús puede bautizar –es decir, sumergir– en Espíritu a todos los le que aceptan.

«Fue bautizado por Juan». Siendo inocente y santo, al bautizarse Jesús pasa por un pecador; por eso Juan quiere impedírselo (Mt 3,14). Jesús inicia su vida pública con la humillación, lo mismo que había sido su infancia y seguirá siendo toda su vida hasta acabar en la suprema humillación de la cruz. Jesús vive en la humillación permanente; no sólo acepta la humillación, sino que Él mismo la elige. ¿Y nosotros?

«Vio rasgarse los cielos». Los cielos –tanto tiempo cerrados– ahora se rasgan: en Jesús se ha restablecido la comunicación de Dios con los hombres y de los hombres con Dios; con Jesús, siervo de Yahvé e Hijo muy amado de Dios, comienza una etapa nueva. 

En el relato del bautismo, Jesús aparece como el «Hijo amado» del Padre. Esta es su identidad y su misterio a la vez: este hombre es el Hijo único del Padre, Dios igual que Él. Toda la vida humana de Jesús es una vida filial; vive como Hijo y se sabe y se siente amado por el Padre: «El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus manos» (Jn 3,35). También nosotros somos hijos de Dios por el bautismo. Pero nuestra vida cristiana no tendrá base sólida ni cobrará altura si no vivimos en la benevolencia del Padre y no experimentamos la alegría de ser hijos amados de Dios.

El «Espíritu … bajaba hacia él como una paloma». El bautismo de Jesús pone de relieve que Él es efectivamente el Mesías, el Ungido de Dios. Ungido por el Espíritu Santo, toda su existencia va a ser conducida por este Espíritu (Lc 4,1.4).

Dios viene al mundo a través de la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad. El bautismo de Cristo fue la primera manifestación explícita de la Santísima Trinidad: la presencia física del Hijo, la voz del Padre, y el Espíritu Santo, bajando como una paloma.

Jesús es totalmente dócil a la acción del Espíritu Santo en Él, y nos da su mismo Espíritu a nosotros. ¿Tengo conciencia de ser «templo del Espíritu Santo»? (1Cor 6,19) ¿Conozco al Espíritu Santo o soy como aquellos discípulos de Juan que ni siquiera sabían que existía el Espíritu Santo? (He 19,2). «Los que se dejan llevar por el Espíritu, esos son los hijos de Dios» (Rom 8,14): ¿me dejo guiar dócilmente por este Espíritu que mora en mí? ¿Experimento como Jesús «la alegría del Espíritu Santo»? (Lc 10,21). ¿Dejo que Él produzca en mí sus frutos? (Gal 5,22-23).

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús, el Cristo, el Mesías, el Ungido
(151, 436, 438)

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su complacencia. Dios nos ha dicho que les escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí». Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado». Porque «ha visto al Padre», él es único en conocerlo y en poderlo revelar.

Cristo viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías” que quiere decir “ungido“. Pasa a ser nombre el propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa.

La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su misión divina. “Por otra parte, eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobre entendido El que ha ungido, El que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: El que ha ungido, es el Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción” (S. Ireneo de Lyon). Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su bautismo por Juan, cuando «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38) «para que él fuese manifestado a Israel» (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como «el santo de Dios».

El bautismo de Jesús
(536, 537)

El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»; anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia», es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre Él. De Él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con Él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y vivir una vida nueva.

Los frutos del Bautismo
(1279)

El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original y de todos los pecados personales; el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.

El Sello o carácter bautismal
(1280, 1272, 1273, 1274)

El Bautismo imprime en el alma un signo espiritual indeleble de su pertenencia a Cristo, el carácter, que consagra al bautizado al culto de la religión cristiana. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación. Dado una vez por todas, por razón del carácter, el Bautismo no puede ser reiterado.

El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz.

El “sello del Señor”, es el sello con que el Espíritu Santo nos ha marcado «para el día de la redención». El Bautismo, en efecto, es el sello de la vida eterna. El fiel que “guarde el sello” hasta el fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo, podrá morir marcado con “el signo de la fe”, con la fe de su Bautismo, en la espera de la visión bienaventurada de Dios –consumación de la fe– y en la esperanza de la resurrección.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Considera dónde eres bautizado, de dónde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: Él padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado” (San Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

A la orilla del Jordán,
descalza el alma y los pies,
bajan buscando pureza
doce tribus de Israel.

Piensan que a la puerta está
el Mesías del Señor
y que, par recibirlo,
gran limpieza es menester.

Mas ¿por qué se ha de lavar
el Autor de la limpieza?
Porque el bautismo hoy empieza,
y él lo quiere inaugurar.

Esta Palabra hecha carne
que ahora Juan tiene a sus pies,
esperando que la lave
sin haber hecho por qué.

Y se rompe todo el cielo,
y entre las nubes se ve
una paloma que viene
a posarse sobre él.

Y se oye la voz del Padre
que grita: “Tratadlo bien;
mi hijo querido es”.

Y así Juan, al mismo tiempo,
vio a Dios en personas tres,
voz y paloma en los cielos,
y al Verbo eterno a sus pies.

Amén.