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13 de junio de 2021: Domingo XI ordinario “B”


“De la más alta rama del tronco de David
suscitó el Señor un renuevo”

Ez 17,22-24: Yo exalto al árbol humilde
Sal 91: “Es bueno darte gracias, Señor”
2 Co 5,6-10: “En destierro o en patria nos esforzamos en agradar al Señor”
Mc 4,26-34: “Es la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas”

I. LA PALABRA DE DIOS

Muchos judíos en tiempos de Jesús esperaban una implantación pronta del reino de Israel. Un Mesías que inmediatamente, y de una vez por todas, y si era preciso de manera violenta, arreglase las cosas. Esto chocaba con las palabras y las maneras de hacer las cosas de Cristo. Dadas las dificultades evidentes con que tropieza su palabra y su actuación, Jesús se ve obligado a explicar que la fuerza del Reino de Dios es imparable; que aunque a veces parezca que no pasa nada, el resultado final será espectacular. El reino de Dios, que va desarrollándose lenta y trabajosamente en la historia humana, acabará imponiéndose inexorablemente.

El domingo undécimo nos presenta las parábolas de la semilla que crece por sí sola y del grano de mostaza. La primera insiste en el dinamismo del Reino de Dios: la semilla depositada en tierra tiene vigor para crecer; a pesar de las dificultades del entorno, Dios mismo está actuando y su acción es invencible. La segunda pone más de relieve el resultado impresionante a que ha dado lugar una semilla insignificante. «La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo». El Reino de Dios no llega de repente, sino que va creciendo a partir de unos comienzos ocultos. Y siempre por obra divina.

Una vez más queda de relieve que en la persona de Jesús se cumplen las profecías. El profeta Ezequiel anuncia que Dios se ocupará de dejar una rama verde de la que brote el Mesías, plantada «en la cumbre de un monte elevado». Y todos los pueblos se reunirán en Jerusalén («aves de todas clases»); y todas las naciones («todos los árboles del campo») reconocerán que todo ha sido obra de Dios.

Dios es la fuente de la vida y sólo el que vive en Dios tiene vida. El hombre que confía en el Señor es como un árbol plantado junto al agua, que está siempre frondoso y no deja de dar fruto; en cambio, el que confía en sí mismo es como un cardo en el desierto, totalmente seco y estéril. Es preciso descubrir que todo nos viene de Dios, que todo es gracia. Toda la vitalidad personal y toda la fecundidad –el dar fruto– dependen de estar o no injertados en Cristo. Y ello, a pesar de las dificultades, a pesar de la sequía y hostilidad del entorno, o a pesar de la vejez. Las lecturas de hoy han de acrecentar en nosotros el deseo de echar raíces en Dios para germinar, ir creciendo, y dar fruto abundante. Así testimoniaremos que «el Señor es justo», que en Él no hay maldad y que hace florecer incluso los árboles secos, hasta en los desiertos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El anuncio del Reino de Dios
(541, 543, 544)

Jesús proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos. Pues bien, la voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación de la vida divina. Y lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra el germen y el comienzo de este Reino.

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús.

El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir, a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para “anunciar la Buena Nueva a los pobres”. Los declara bienaventurados porque de “ellos es el Reino de los cielos”; a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes. Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino.

¡Venga a nosotros tú Reino!
(2816 – 2820, 2632)

Esta petición es el “Marana Tha“, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús“.

El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre.

La oración de petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús. Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica. Es la oración de Pablo, el Apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana. Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.

El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre “la carne” y el Espíritu.

Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz.

En la oración del Señor –el Padre nuestro–, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo. Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Solo un corazón puro puede decir con seguridad: «¡Venga a nosotros tu Reino!» Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: «Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal» (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: «¡Venga tu Reino!»” (San Cirilo de Jerusalén).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo veamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión, sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces -siempre, siempre-, entonces
seremos bien lo que seremos

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo.

Amén.

6 de junio de 2021: SOLEMNIDAD DEL “CORPUS CHRISTI” “B”


“Después del tradicional cordero, terminada la cena,
fue dado el Cuerpo del Señor a los discípulos;
todo a todos, todo a cada uno”

Ex 24,3-8: “Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros”
Sal 115: “Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor”
Hb 9,11-15: “La sangre de Cristo podría purificar nuestra conciencia”
Mc 14,12-16.22-26: “Esto es mi Cuerpo. Ésta es mi Sangre”

I. LA PALABRA DE DIOS

En los evangelios, la Pascua judía es el marco ambiental de la institución de la Eucaristía. Este Sacramento es, pues, la actualización y renovación de la Pascua de Jesucristo. Todo el proyecto salvador de Dios en Cristo, lo actualiza la Iglesia celebrando este Sacramento.

El antiguo pueblo de Dios encontraba en la Ley la oportunidad de responder a la iniciativa salvadora de Yahvé en la Alianza del Sinaí, que fue sellada con la aspersión de la sangre de animales sacrificados, que simbolizaba la vida de Dios. En la cena de pascua judía, la oración de bendición rememoraba la antigua Alianza. Esa misma plegaria, en labios de Cristo, adquirirá una dimensión nueva, no sólo en las palabras, sino sobre todo en el contenido: la Alianza será a partir de ahora la Nueva y Eterna, sellada con su Sangre.

Jesús rubrica con su propia sangre un pacto nuevo, que supera al de Moisés sellado con sangre de animales. De todo el contexto se deduce que Jesús celebró en la cena un verdadero sacrificio, aunque incruento y misterioso: la víctima real es el cuerpo y la sangre de Cristo.

A medida que en nuestra sociedad se abandona el espíritu de sacrificio, de renuncia, de entrega, se desvirtúa y se diluye el carácter sacrificial de la Muerte de Cristo y de la misma Eucaristía. Destacamos –y hacemos bien– la condición de “banquete de fraternidad”, pero nunca se debe olvidar el aspecto sacrificial, ni contraponer un elemento al otro.

El texto del evangelio incluye los preparativos para la cena, en que Jesús aparece –como en la entrada en Jerusalén– gobernando y dirigiendo los acontecimientos; y el relato de la institución de la Eucaristía, en el que Jesús realiza anticipadamente el gesto de donación de su propia vida, que llevará a cabo al día siguiente en la cruz. La mención en el último versículo del camino hacia el monte de los Olivos apunta hacia lo trágicamente real de ese gesto.

«Esto es mi cuerpo». Ante todo, la fiesta de hoy nos debe hacer cobrar una conciencia más intensa de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. El “cuerpo” significa la persona entera. Cristo está realmente presente con su cuerpo glorioso, con su alma humana y con su naturaleza y personalidad divina. ¿Somos de veras conscientes de que en cada sagrario hay “alguien”, no “algo”: un hombre viviente, infinitamente más real que todos nosotros? ¿Qué me es más real, la presencia de las demás personas humanas o la presencia de Cristo en la Eucaristía? ¿Soy consciente de tener en el Sagrario a Dios con nosotros, a mi disposición, esperándome eternamente?

«Que se entrega por vosotros». Sin embargo, la presencia de Cristo en la Eucaristía no es inerte, ni pasiva. Cristo vive apasionadamente en la Eucaristía su amor infinito por nosotros, su entrega sin límites por cada uno. El amor manifestado en la cruz perdura eternamente; no ha menguado; por el contrario, es ahora más intenso. Y se hace especialmente presente y eficaz en cada celebración de la Eucaristía. Y eso, «por vosotros y por muchos», por la totalidad, por cada uno de todos los hombres, por los que fueron, son y serán; y eso, aunque sea ignorado o rechazado por tantos.

«Para el perdón de los pecados». Cristo sabe muy bien por quién y a quién se entrega; por hombres que son pecadores. Pero para esto ha venido precisamente, para quitar el pecado del mundo. Cristo en la Eucaristía anhela borrar nuestro pecado y hacernos santos. Para eso se ha entregado. Y para eso se queda en la eucaristía, para ser alimento de pecadores. Y nosotros necesitamos acudir con ansia y comer y beber nuestra redención.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La institución de la Eucaristía
(1337 – 1340)

El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento.

Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el Pan de Vida, bajado del cielo (cf Jn 6).

Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaún: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre. Al celebrar la última Cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el “paso” de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón» (Hch 2,42.46).

El memorial sacrificial de Cristo
y de su Cuerpo, que es la Iglesia
( 1362 – 1372)

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia, que es su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución, una oración llamada anámnesis o memorial.

En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13,3).

El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual: Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención.

Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros» y «Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros» (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que «derramó por muchos para remisión de los pecados».

La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto. El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: Es una y la misma víctima la que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes y la que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer.

La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

Los frutos de la comunión
(1392 – 1401)

La Sagrada Comunión produce los siguientes frutos: acrecienta nuestra unión íntima con Cristo; conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo; nos purifica de los pecados veniales, porque fortalece la caridad; nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra amistad con Cristo; renueva, fortalece y profundiza la unidad con toda la Iglesia; nos compromete en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo; y se nos da la prenda de la gloria futura.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis «Amén» (es decir, «sí», «es verdad») a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir «el Cuerpo de Cristo», y respondes «amén». Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu «amén» sea también verdadero” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Adórote devotamente, oculta Deidad,
que bajo estas sagradas especies
te ocultas verdaderamente:
A ti mi corazón totalmente se somete,
pues al contemplarte,
se siente desfallecer por completo.

La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;
sólo con el oído se llega a tener fe segura.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,
nada más verdadero que esta palabra de Verdad.

Amén.

Santísima Trinidad. Anónimo. Siglo XVIII. Escuela de Potosí, Sucre, Bolivia.

30 de mayo de 2021: DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD “B”



“Con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor”

Dt 4,32-34.39-40: “El Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra”
Sal 32: “Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad”
Rm 8,14-17: “Han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: !Abbá!”

Mt 28,16-20: “Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”


I. LA PALABRA DE DIOS 

San Pablo nos recuerda el fundamento trinitario de la vida cristiana: el bautizado entra a formar parte de una familia, la familia de Dios: el Padre es Dios, Jesucristo es el primogénito, el Espíritu Santo es el amor familiar, el “nosotros” divino. Por eso el cristiano llama a Dios ¡Abbá!, ¡Padre!, porque nos ha adoptado como hijos en el Hijo, que nos hace hermanos y coherederos; y nos comunica el Espíritu, que habita en nosotros y nos hace capaces de saborear consciente y amorosamente todo ello.

A muchos cristianos el misterio de la Trinidad les echa para atrás. Les parece demasiado complicado y prefieren dejarlo de lado. Y sin embargo las páginas del Nuevo Testamento nos hablan a cada paso de Cristo, del Padre y del Espíritu Santo. Ellos son el fundamento de toda nuestra vida cristiana. 

Explicar el misterio de la Trinidad, no es que sea difícil, ¡es imposible!; precisamente porque es misterio. Pero esto no quiere decir que sea un mito o que no sea real. Seguramente nosotros tampoco sepamos explicar qué es la electricidad, pero todos sabemos que existe y sabemos utilizarla y aprovecharnos de ella. 

Lo mismo que un niño puede conocer y tener gran familiaridad con su padre, aunque no sepa decir muchas cosas de él, nosotros podemos vivir también en una profunda familiaridad con el Padre, con Cristo, con el Espíritu y tener experiencia de estas Personas divinas. No sólo podemos: estamos llamados por Dios a ello en virtud de nuestro bautismo. No es un privilegio de algunos místicos.

Podemos conocer al Padre como Fuente y Origen de todo, Principio sin principio, Causa última y absoluta de la vida, que no depende de nada ni de nadie. El Hijo es engendrado por el Padre, recibe de Él todo su ser: por eso es Hijo; pero el Padre se da totalmente: por eso el Hijo es Dios, igual al Padre, de la misma naturaleza del Padre. Nada tiene el Hijo que no reciba del Padre; nada tiene el Padre que no comunique al Hijo. La personalidad del Hijo consiste precisamente en recibir todo del Padre; y el Hijo mira al Padre en un movimiento eterno de amor, gratitud y donación; y el Padre mira complacido al Hijo, su imagen perfecta, su expresión, su Verbo. Y ese abrazo eterno de amor entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo, que procede de ambos.

El Espíritu nos da a conocer a Cristo y al Padre y nos pone en relación con ellos. Las Personas divinas viven como en un templo en el hombre que está en gracia. Estamos habitados por Dios. Nunca estamos solos. Las Tres divinas Personas viven en nosotros, nos conocen y nos aman; los Tres quieren vivificarnos y ser conocidos y amados por nosotros para mantener un continuo diálogo personal de amor. Somos templo suyo, templo vivo y habitado. Vivimos, nos movemos y existimos en el seno de la Trinidad; y los Tres habitan en nosotros por la gracia. ¿Se puede imaginar mayor familiaridad? Todo nuestro cuidado consiste en permanecer en esta unión vital y mantener esta conversación amistosa.


II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe en la Santísima Trinidad

(232, 234, 236, 237, 260)

Los cristianos somos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Antes respondemos –nosotros mismos o nuestros padrinos– “Creo” a la triple pregunta que nos pide confesar nuestra fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu: “La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad” (S. Cesáreo de Arlés).

Hay un solo Dios verdadero –”Si Dios no es único, no es Dios”–, pero en Dios hay tres Personas distintas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, pero no son tres dioses; sino que son tres Personas distintas y un solo Dios verdadero. Esto es un misterio que nos ha revelado Jesucristo y le llamamos el Misterio de la Santísima Trinidad, que consiste en que existen tres Personas distintas y un sólo Dios verdadero. Es decir, que Dios es uno en esencia y trino en Personas.

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la “jerarquía de las verdades de fe”. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos.

El fin último de todas las acciones de Dios es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad en el Cielo. Pero ya desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: «Si alguno me ama –dice el Señor– guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).

La gracia de Dios

(cf. 1996 – 2000)

Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder libremente a su llamada: ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina y de la vida eterna. La gracia nos santifica: es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma –en el Bautismo– para curarla del pecado y santificarla

La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia.

Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como de toda criatura. 

La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la llamada divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas sea en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación. 


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la Unidad me posee de nuevo” (San Gregorio Nacianceno).

Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora” (Beata Isabel de la Trinidad).


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El Dios uno y trino,

misterio de amor,

habita en los cielos

y en mi corazón.

Dios escondido en el misterio,

como la luz que apaga estrellas;

Dios que te ocultas a los sabios,

y a los pequeños te revelas.

No es soledad, es compañía.

es un hogar tu vida eterna,

es el amor que se desborda

de un mar inmenso sin riberas.

Padre de todos, siempre joven,

al Hijo amado eterno que engendras,

y el Santo Espíritu procede

como el Amor que a los dos sella.

Padre, en tu gracia y tu ternura,

la paz, el gozo y la belleza,

danos ser hijos en el Hijo

y  hermanos todos en tu Iglesia.

Al Padre, al Hijo y al Espíritu,

acorde melodía eterna,

honor y gloria por los siglos

canten los cielos y la tierra. 

Amén.