Archivo de la categoría: evangelio

8 de diciembre de 2019, domingo: SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA


La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, atendiendo una solicitud de la Conferencia Episcopal Española, ha dispensado de la observancia de las normas litúrgicas que imponen el traslado de la solemnidad de la Inmaculada Concepción al lunes siguiente, por lo que en España se celebra este domingo dicha solemnidad. Para ello, y con el fin de no perder el sentido del domingo II de Adviento, debe observarse lo siguiente: La segunda lectura de la Misa debe ser la del segundo domingo de Adviento.

“Salve, llena de gracia, el Señor está contigo”

Gn 3,9-15.20: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre su estirpe y la tuya”
Sal 97,1.2-3ab.3c-4: “Cantad al Señor una cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”
Rom 15, 4-9: “Cristo salva a todos los hombres”
Lc 1,26-38: “Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo”

I. LA PALABRA DE DIOS

En el relato de la Anunciación a María san Lucas confronta los textos antiguos con la propia venida de Cristo. En realidad es un relato, no de anunciación (que dice lo que va a suceder y no admite réplica), sino de vocación (que expone una misión y pide consentimiento). Y vemos cómo la Virgen es la nueva Hija de Sión a la que Yavé renueva con su amor, según Sofonías; es la llena de gracia (Isaías); el resto que regresa de la cautividad y sobre el que ha brillado la luz divina (Isaías); el templo que rebosa de la gloria de Dios, según Ageo.

LLENA-DE-GRACIA es el nombre que da el ángel a la doncella. “Gracia”, no en el significado profano (amabilidad, belleza), sino en el doble significado bíblico de: benevolencia divina, por la que Dios concede benignamente un don gratuito (un favor, una «gracia»). María había sido transformada por la acción divina, agraciada por Dios desde antes, y en ella estaba remansada la gracia, preparándola para ser la madre del Mesías. Lo cual confirma que la plenitud de gracia de María está en función de su Hijo, de su maternidad divina. No hubiera estado, ni sido, «Llena de gracia», santificada por la gracia, si la sombra de cualquier pecado la hubiera tocado.

Sin dejar de pensar en el Adviento, marco en el que se celebra esta gran festividad, hacemos notar que en María tiene lugar el gran encuentro de Dios con la humanidad.

Aunque la humanidad cometa el primer pecado, Dios no se olvida de su misericordia. Pero ya se plantea entonces una batalla contra el mal, en la que a María le tocan las primicias de la victoria. Por eso, el misterio de la Inmaculada nos anuncia que hay un plan de regeneración total, que ha comenzado en María.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia contempla y celebra gozosa a la Virgen Inmaculada porque ve en ella la imagen que Jesucristo quiere de ella misma: limpia, pura, sin mancha ni arruga, preparada para el Esposo que llega.

La Inmaculada Concepción
(490 — 493)

Para ser la Madre del Salvador, María fue “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante”. El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como “llena de gracia”. En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios.

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María “llena de gracia” por Dios había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX: “la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano”.

Esta “resplandeciente santidad del todo singular” de la que ella fue “enriquecida desde el primer instante de su concepción”, le viene toda entera de Cristo: ella es “redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo”. El Padre la ha “bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo” (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).

Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios “la Toda Santa” (“Panagia”), la celebran como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura”. Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

“Hágase en mí según tu palabra”
(494)

Al anuncio de que ella dará a luz al “Hijo del Altísimo” sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo, María respondió por “la obediencia de la fe” (Rm 1, 5), segura de que “nada hay imposible para Dios”: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra”. Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y , aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención.

Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, “por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano”. Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar “el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe”. Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes’ y afirman con mayor frecuencia: “la muerte vino por Eva, la vida por María”.

Ella es nuestra Madre
en el orden de la gracia
(967 —970)

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia, incluso constituye la figura [“typus”] de la Iglesia.

Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia.

Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.

La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia. Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente.

El culto a la Santísima Virgen
(971)

“Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de “Madre de Dios”, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Dice san Ireneo, “por su obediencia fue causa de la salvación propia y la del todo género humano”. Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar “el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe”.

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.

A ti, celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
yo te ofrezco en este día,
alma, vida y corazón.

Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía,
por tu pura Concepción.

Amén.

1 de diciembre de 2019: DOMINGO I DE ADVIENTO “A”


Esperar al que viene
a hacer nuevas todas las cosas
es empezar a sentirse renovado

Is 2,1-15: El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del Reino de Dios.
Sal 121: Vamos alegres a la casa del Señor.
Rm 13,11-14: Nuestra salvación está cerca.
Mt 24,37-44: Estén en vela para estar preparados.

I. LA PALABRA DE DIOS

En el pórtico del Adviento nos encontramos con el texto de Isaías. Es la primera lectura que la Iglesia nos proclama en este Adviento. Más aún, es el primer texto que escuchamos en el nuevo año litúrgico que hoy empezamos. Y ello nos indica el calibre de la esperanza con que hemos de vivir esta nueva etapa. La visión no puede ser más grandiosa: pueblos innumerables que confluyen hacia la casa de Dios.

Isaías contempla desde Sión la ciudad santa abriendo una nueva esperanza por la próxima intervención salvadora de Yavé. Dios será el centro de atención de todos los pueblos, centro de instrucción sobre la Ley. Yavé inaugura una nueva etapa de salvación.

La Iglesia es el monte santo, la casa del Señor, la ciudad puesta en lo alto de un monte, la lámpara colocada en el candelero para que ilumine a todos los que están en este mundo. De esta nueva Jerusalén sale la Palabra del Señor. Ella da a los hombres lo más grande que tiene y lo mejor que los hombres pueden recibir: la Palabra de Dios, la voluntad de su Señor. Más aún, da a Cristo mismo, que es la Palabra personal del Padre. Y con Cristo da la paz y la hermandad entre todos los que le aceptan como Señor de sus vidas.

Frente a todo planteamiento individualista, esta visión debe dilatar nuestra mirada. Frente a toda desesperanza, porque no vemos aún que de hecho esto sea así, Dios quiere infundir en nosotros la certeza de que será realidad, porque Él lo promete. Más aún, a ello se compromete. Por eso la segunda lectura y el evangelio nos sacuden para que reaccionemos: «Daos cuenta del momento en que vivís».

En esta etapa de la historia de la salvación estamos llamados a experimentar las maravillas de Dios, la conversión de multitudes al Dios vivo. Más aún, se nos llama a ser colaboradores activos y protagonistas de esta historia. Pero ello requiere antes nuestra propia conversión: «Es hora de espabilarsedejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz»,«caminemos a la luz del Señor».

Lo viejo está pasado; lo nuevo se nos echa encima. La vigilancia cristiana –actitud tan destacada en la lectura evangélica– no es mirar temerosos en todas direcciones adivinando dónde pueda estar el enemigo, sino mantenerse alerta para descubrir los signos del Reino de Dios en el mundo.

Lo cristiano no es esperar a que nos den hecha la historia. Cuando el creyente se compromete con ella está haciendo presente la salvación de Dios, no la que él quiera hacer. Lo alienante es quedarse quieto; lo evangélico es trabajar por el Reino de Dios. Cuando alguien sabe que el Reino de Dios viene de Él, de Dios, no está afirmando lo obvio, está dando muestras de no inventarse el Reino de Dios. El reto cristiano es que aquí, en este mundo precisamente, se hace la salvación por Dios y su Reino.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La esperanza de los cielos nuevos
y de la tierra nueva
(1042 – 1045).

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reina­rán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado. La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la huma­ni­dad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo.

La Sagrada Escritura llama «cielos nuevos y tierra nueva» a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo. Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra». En este «universo nuevo», la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina es “como el sacramento” –el signo y el instrumento–. Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios, “la Esposa del Cordero”. Ya no estará herida por el pecado, ni por las manchas, ni por el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

El juicio sucederá
cuando vuelva Cristo glorioso
(1038 – 1040).

La resurrección de todos los muertos, «de los justos y de los pecadores», precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz, y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación». Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles… Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».

Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su adve­nimiento. Entonces, Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.

La vigilancia ante el Reino de Dios
(2730, 1001)

Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al “hoy”. El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe.

La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar». ¿Cuándo? Sin duda en el “último día”; “al fin del mundo”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La espera de una tierra nueva no debe amortiguar sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimien­to del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 38).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Preparemos los caminos
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.

Ven, Señor, a libertarnos,
ven tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.

El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el Mesías prometido,
hecho niño, va a nacer.

Te esperamos anhelantes
y sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar.

Amén.

24 de noviembre de 2019: JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO. DOMINGO XXXIV ORDINARIO “C”


«Jesucristo es el Señor»

2 S 5, 1-3: Ungieron a David como rey de Israel

Sal 121, 1-5: Vamos alegres a la casa del Señor

Col 1, 12-20: Nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido

Lc 23, 35-43: Señor, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino

I. LA PALABRA DE DIOS

David es el ungido del Señor. Es “cristo” o “ungido” (cristo significa ungido). Se ungía a los reyes porque representaban a Dios en medio de su pueblo.

Jesús fue ungido por el Espíritu Santo públicamente en el Bautismo del Jordán. En la cruz es proclamado rey en el título de su condena y en la invocación del malhechor crucificado junto a Él.

La entronización del Rey del universo se hace en la cruz, suplicio de muerte para malhechores. El reinado de Jesucristo es el reinado de Dios, del amor y de la vida. Amor que tiene su máxima expresión en la cruz. Vida que gana para todos los hombres, entregándola en la cruz.

Cristo agonizante manifiesta su realeza sobre la muerte y el pecado. ¡Qué paradoja! A un hombre que es un hombre agonizante como Él, a un hombre que es un gran malhechor –y que recibe en el suplicio el pago justo por lo que ha hecho–, le dice con soberano aplomo: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso». Así es como reina Cristo. Ejerce su soberanía salvando. Basta una súplica humilde y confiada para que desencadene todo su poder salvador.

El himno recogido en esta carta a los Colosenses acumula título sobre título para exaltar la indescriptible grandeza de nuestro Señor. Dios Padre nos ha introducido en el reino de su Hijo gracias a que por la sangre de Cristo hemos sido redimidos, hemos quedado libres de nuestros pecados.

Esta sangre que fluye del costado de Cristo inunda todo, lo purifica, lo regenera, lo fecunda, y extiende por todas partes su eficacia salvífica. El dominio de Cristo sobre nosotros es para ejercer su influjo vivificante. Como Cabeza que es, toda la vida de cada uno de los miembros del Cuerpo depende de que acoja el señorío de Cristo sobre sí mismo. Más aún, el universo entero sólo alcanzará su plenitud cuando el reinado de Cristo sea total y perfecto y Dios sea todo en todos.

Nunca hemos de olvidar que nuestro Rey es un rey crucificado. En vez de salvarse a sí mismo del suplicio, como le pide la gente, prefiere aceptarlo para salvar multitudes para toda la eternidad. Mirando a este Rey crucificado entendemos que también nuestra muerte es vida y nuestra humillación victoria. Entendemos que el sufrimiento por amor es fecundo, es fuente de una vida que brota para la vida eterna. Mirando a este Rey crucificado se trastocan todos nuestros criterios de eficacia, de deseo de influir, de dominio.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, Hijo único de Dios,
y Señor
(436 – 451)

El nombre de Cristo es la traducción al griego del término hebreo “Mesías” que quiere decir “ungido“. En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey. Jesús es el Cristo porque «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder». Era «el que ha de venir», el objeto de «la Esperanza de Israel».

Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su bautismo por Juan. Durante su vida pública, Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas, porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.

El verdadero sentido de su realeza mesiánica no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Y solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado».

El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: Él es el Hijo único del Padre y Él mismo es Dios. Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios.

Pedro confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» y Jesús le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Este será, desde el principio, el centro de la fe apostólica, profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia.

Si Pedro pudo reconocer el carácter trascendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?», Jesús respondió: «tu lo dices: yo soy». Ya mucho antes, Él se designó como el “Hijo” que conoce al Padre, que es distinto de los “siervos” que Dios envió antes a su pueblo, superior a los propios ángeles. Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás “nuestro Padre” salvo para ordenarles «ustedes, pues, oren así: Padre Nuestro»; y subrayó esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre».

Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su “Hijo amado“. Jesús se designa a sí mismo como “el Hijo Único de Dios” y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en “el Nombre del Hijo Único de Dios“. Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios», porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título “Hijo de Dios”.

Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos». Los apóstoles podrán confesar «Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad».

El nombre de Señor significa la soberanía divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad. «Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino por influjo del Espíritu Santo».

En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés, YaHWeH, es traducido por “Kyrios” (“Señor”). El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título “Señor” para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios.

A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban la soberanía divina de Jesús.

Este título –”Señor”– expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío». Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!».

Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo.

La oración cristiana está marcada por el título “Señor”, ya sea en la invitación a la oración “el Señor esté con vosotros“, o en su conclusión “por Jesucristo nuestro Señor” o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: “Maran atha” (“¡el Señor viene!”) o “Marana tha” (“¡Ven, Señor!”): «¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«En el nombre de Cristo está sobrentendido el que ha ungido, el que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: el que ha ungido, es el Padre, el que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción» (S. Ireneo de Lyon).

«Que el Credo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
con una mirada suave,
te lo diré contemplando
tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizá con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,
con los hombres y los ángeles,
con el aliento del cielo
que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro valle!

Amén.

¿Nos quiere ayudar a sostener los costes de este blog?

¡GRACIAS!

€5,00