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29 de enero de 2023: DOMINGO IV ORDINARIO “A”


Cristo llama bienaventurados a los que el mundo desprecia
Sof 2,3;3,12-13: Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre
Sal 145: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es
el reino de los cielos
1Co 1,1-12: Dios ha escogido lo débil del mundo

Mt 5,1-12: Bienaventurados los pobres en el espíritu

I. LA PALABRA DE DIOS

Como Moisés en el Sinaí promulgó la Ley antigua, Cristo en el monte proclama la Ley de la Nueva Alianza.

«Abriendo su boca, les enseñaba diciendo». Después de la proclamación, viene la enseñanza catequética para los seguidores de Jesús. Este discurso inaugural es programático: habla de reforma interior, de las actitudes internas necesarias para ese nuevo tipo de existencia, o «nuevo estilo de vida», llamado «salvación», «reino de Dios», «vida nueva», «civilización del amor». 

«Las bienaventuranzas no tienen como objeto, propiamente, unas normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no coinciden con los mandamientos. Pero no hay separación o discrepancia entre las bienaventuranzas y los mandamientos, pues ambos se refieren al bien, a la vida eterna. Las bienaventuranzas son, ante todo, promesas de las que también se derivan, de forma indirecta, indicaciones normativas para la vida moral. En su profundidad original son una especie de autorretrato de Cristo y, precisamente por esto, son invitaciones a su seguimiento y a la comunión de vida con Él» (San Juan Pablo II).

«Los pobres en el espíritu». Literalmente «los pobres (en cuanto) al espíritu«. Esos «pobres» son los «anawím» del AT: conscientes de su radical necesidad de Dios, ponen sólo en Él su confianza; son los «humildes», más bien que los que carecen de bienes materiales. Esos «pobres» pueden ser ricos, como el rey David, que «llámase pobre, aunque está claro que era rico, porque no tenía en las riquezas su voluntad; si fuera realmente pobre, y de la voluntad no lo fuera, no era verdaderamente pobre» (San Juan de la Cruz). El Eclesiástico (31,8-11) habla de la bienaventuranza del rico que usa bien sus riquezas. En cambio, puede existir un triunfalismo de la pobreza, no evangélico: en Qumrán «pobres de espíritu» parece ser título honorífico que se atribuía a sí misma la comunidad. Las demás bienaventuranzas son todas explicitaciones de la primera; los «pobres» son los que sufre, los mansos, los pacificadores, los perseguidos, etc.

Esa pobreza es la característica de la Antigua Alianza en la que Dios realiza su designio a través de «un pueblo humilde y pobre» (1a Lect.). Es también la característica de la Iglesia en la que «no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas» (2a Lect.).

«Lo necio del mundo lo ha escogido Dios,… lo débil… la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta». Cuando San Pablo escribe estas palabras a los corintios no sólo está poniendo de relieve una situación de hecho –la inmensa mayoría de los cristianos eran gente pobre, sencilla, inculta, que no contaba a los ojos del mundo, despreciable para los que se creían algo–, sino que está enunciando un principio, un criterio de la acción de Dios, que elige con preferencia lo humanamente inútil para manifestar que Él y sólo Él es el Salvador.

«De modo que nadie pueda gloriarse en presencia de Dios». Tenemos que estar muy atentos para ver si nuestros criterios y modos de actuar son los del evangelio. El mayor pecado es el gloriarnos en presencia de Dios, el enorgullecernos pensando que somos algo o podemos algo por nosotros mismos. El Señor nos dice tajantemente: «Sin mí no podéis hacer nada». No dice que sin Él no podemos mucho o sólo una parte, sino «nada». Cuando nos apoyamos –en la vida personal o apostólica– en la sabiduría humana, estamos perdidos. Cuando confiamos en el prestigio humano o en el poder, el resultado es el fracaso total, la esterilidad más absoluta.

«El que se gloríe, que se gloríe en el Señor». En Él y sólo en Él vale la pena apoyarse. «En cuanto a mí –dirá San Pablo– me glorío en mis debilidades» (2 Cor 12,9). Gozarnos en ser nada, en sabernos inútiles e incapaces, para apoyarnos sólo en Él, que nos dice: «Te basta mi gracia». Apoyarnos en los hombres no sólo conduce al fracaso, sino que es reproducir el primer pecado, el querer «ser como dioses», el prescindir de Dios.

Esto es tan serio, que San Pablo exclamará con vehemencia: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6,14). Sólo Cristo crucificado y humillado salva, pues Él es «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23-24). Él es para nosotros «sabiduría, justicia, santificación y redención». Fuera de Él no hay santidad, no hay salvación, no hay sabiduría.

Las Bienaventuranzas nos conducen a reconocer nuestra insuficiencia, a identificarnos con Jesucristo, a construir un mundo nuevo con los valores del Reino y a conseguir la bienaventuranza de Dios.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las Bienaventuranzas
(1716-1723)

Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.  

La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor

Los que esperan de Dios la justicia:
(716; 721; 725)

La gran obra del Espíritu Santo, durante el tiempo de las promesas para preparar la venida de Cristo, es el Pueblo de los «pobres», los humildes y los mansos; totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías. Esta es la calidad del corazón, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor «un pueblo bien dispuesto». 

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres.

Por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en comunión con Cristo a los hombres «objeto del amor benevolente de Dios», y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

««Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios». Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, «nadie verá a Dios y seguirá viviendo», porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios… porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (San Ireneo).

«¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti» (S. Agustín).

«El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje «instintivo» la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad… Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro… La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración» (Newman).

«Sólo Dios sacia» (S. Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Sólo desde el amor
la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas.

Desde el cimiento mismo
del corazón despierto,
desde la fuente clara
de las verdades últimas.

Ver al hombre y al mundo
con la mirada limpia
y el corazón cercano,
desde el solar del alma.

Tarea y aventura:
entregarme del todo,
ofrecer lo que llevo,
gozo y misericordia.

Aceite derramado
para que el carro ruede
sin quejas egoístas,
chirriando desajustes.

Soñar, amar, servir,
y esperar que me llames,
tú, Señor, que me miras,
tú que sabes mi nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén.

22 de enero de 2023: DOMINGO III ORDINARIO “A”


«Convertíos para ser libres»

Is 8,23b-9,3: En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande
Sal 26, 1-14: El Señor es mi luz y mi salvación
1Co 1,10-13.17: Decid todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros
Mt 4,12-23: Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías

I. LA PALABRA DE DIOS

En Jesucristo se cumple el anuncio de Isaías: Él es la luz que ilumina las tinieblas y libera a los que habitan en sombras de muerte.
Jesús, en la «Galilea de los gentiles», llama a los pecadores y los incorpora a su intimidad y a su misión, que es iluminar y liberar, proclamando el Evangelio del Reino. Enseñando y curando las enfermedades, Jesucristo realiza su misión iluminadora y liberadora. 
«Convertíos» Jesús usa las mismas palabras que Juan el Bautista; la diferencia está en que Juan anunciaba el reino de Dios pensando en el juicio divino sobre el mundo, mientras que Jesús lo proclamaba, especialmente, con la oferta de la misericordia y el perdón del Padre, a quien quisiera acogerlo. Solamente exige una condición: «convertíos».
El primer mandamiento decía: «no vayan detrás de otros dioses» (Dt 6,14); Jesús dice: «Venid en pos de mí», y lo hace para vincularlos, no precisamente a una nueva escuela al estilo de los rabinos, sino a su persona, a la comunidad de vida con Él.
«Pescadores de hombres» … «echando la red en el mar». «Congregadores» de hombres, para ofrecerles la salvación definitiva; «repasando las redes», este verbo griego se usa en las cartas del NT para una tarea propia de los «pescadores de hombres»: «rehacer la armonía» entre los creyentes en Jesús.
«Enseñando…, proclamando el evangelio… y curando». San Mateo resume así la actividad de Jesús: discursos y milagros, «obras y palabras»; es la misma tarea que encomendará a los suyos. 
«Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros». San Pablo arremete con todas sus energías contra las divisiones en la Iglesia. Evitar las divisiones no es algo simplemente «deseable». Si la Iglesia es una, y la unidad es una nota tan esencial como la santidad, cualquier división –por pequeña que parezca– desfigura el rostro de la Iglesia, destruye la Iglesia. La unidad dentro de la Iglesia es un don y una tarea, gracia de Dios que hemos de pedir, y respuesta nuestra a esa gracia; la razón última de esa unidad es Cristo, que no está dividido.
«Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo…» Todas las divisiones nacen de una consideración puramente humana, mundana. Mientras nos quedemos en los hombres estaremos echando todo a perder. Los hombres somos sólo colaboradores subordinados, siervos inútiles: «yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien dio el crecimiento» (1 Cor 3,6). Quedarse en los hombres es una idolatría, y todo afán de protagonismo es una forma de robar la gloria que sólo a Dios corresponde. Por eso San Pablo responde con absoluta contundencia: « ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?» Es como decir: No hay más salvador que Cristo Jesús. El colaborador debe permanecer en su lugar. Lo demás es mentir y desfigurar la realidad.
«¿Está dividido Cristo?» Puesto que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1 Cor 12,12), toda división en la Iglesia en realidad desgarra al mismo Cristo. La falta de unidad en nuestros criterios, en nuestras actuaciones, en nuestras relaciones… tiene el efecto horrible de presentar un Cristo en pedazos. En consecuencia, se hace imposible que la gente crea. 
Por eso San Pablo se muestra tan intransigente en este punto y apela a la necesidad absoluta de estar todos «unidos con un mismo pensar y un mismo sentir». Lo cual viene a significar no pensar ni actuar desde un punto de vista humano, sino siempre y en todo desde la fe, que es la que da realmente consistencia y unidad: «poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu… Un sólo cuerpo y un sólo Espíritu… Un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo Dios y Padre de todos» (Ef 4,3-6).
Convertíos de corazón a Jesucristo. Él es la base de nuestra libertad. Hay que predicarlo en un mundo desunido por falta de amor. Trabajar por la conversión de todos al amor es construir hoy el Reino de Dios.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús llama a la conversión
(1427, 1428)

Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.
Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa, al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. 
Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito», atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

La conversión es el camino
para la liberación
(1989 — 1993)

La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación. Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior.
La justificación arranca al hombre del pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón, reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana.
La justificación establece la colaboración entre la Gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia: Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al recibir esta inspiración, que por otra parte puede rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él.

Libertad y responsabilidad:
(1731  1734; 1742)

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.
Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.
En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a «la esclavitud del pecado» (cf Rm 6, 17).
La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos. 
La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones de mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

La libertad es una exigencia inseparable
de la dignidad de la persona humana.
(1738)

La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa. Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que asciende no deja nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce» (San Gregorio de Nisa).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Dios omnipotente y misericordioso,
aparta de nosotros todos los males,
para que, bien dispuesto
nuestro cuerpo y nuestro espíritu,
podamos libremente cumplir tu voluntad.
Amén.