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29 de marzo de 2020: DOMINGO V DE CUARESMA “A”


 
 “Morir al pecado es empezar a participar de la resurrección de Cristo”
 
Ez 37,12-14: “Os infundiré mi espíritu y viviréis”
Sal 129,1-8: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”
Rm 8,8-11: “El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros”
Jn 11,1-45: “Yo soy la resurrección y la vida”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

El mensaje principal de la liturgia del domingo V de Cuaresma es el siguiente: En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y somos hechos capaces de gustar a Dios, de hacer morir el hombre viejo para vivir del Espíritu del Resucitado.

«Señor, tu amigo está enfermo… Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». El evangelista juega con dos verbos en el texto griego original: “phileîn” (querer) y “agapân” (amar). «Tu amigo», al que quieres (phileîn) con afecto de amistad: es la percepción de las hermanas (y también del resto de la gente cuando le ven llorar ante la tumba: «¡Cómo lo quería!»); pero el evangelista, desde la fe revelada, corrige esta percepción limitada de la calidad del amor de Jesús: «Jesús amaba…» con amor de caridad (agapân), que tiene exigencias superiores a lo que puede pedir una mera amistad. Cristo nos ama con un amor que va mucho más allá de lo que nosotros somos capaces de experimentar o desear. El problema es cuando nosotros concebimos el amor de Cristo como proyección de nuestra limitada forma de amar. ¿Será por eso que Jesús nos manda amar a los demás, no como a nosotros mismos, sino como Él nos ha amado?

«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Idénticas palabras repiten las dos hermanas, cada una por su cuenta. Palabras que son expresión de fe en Jesús, pero de una fe muy limitada, muy a la medida humana. Creen que Jesús puede curar a un enfermo, pero no creen que pueda llegar a resucitar a un muerto. ¿Y no es así también nuestra fe? Ponemos condiciones al poder del Señor. Y sin embargo su poder es incondicionado: «para Dios nada hay imposible».

 «Si crees, verás la gloria de Dios». Frente a esta fe tan corta, el evangelio nos impulsa a una fe “a la medida de Dios”. Él quiere manifestar su grandeza divina, su poder infinito, su gloria. Deliberadamente, Jesús tarda en acudir a la llamada de Marta y Maria. Permite que Lázaro muera para resucitarle y manifestar de manera más potente su gloria: «Esta enfermedad… servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». No hay situación que no tenga remedio; cuanto más difícil, más fácil que Cristo “se luzca”.

«El que cree en mí… vivirá… no morirá para siempre». Jesús es el único que da la vida eterna, y quien la recibe, la tiene precisamente por creer en Él. La amistad entre Jesús, Lázaro y sus hermanas era de sobra conocida. Pero no les hace el milagro por eso, sino porque creían en Él. La fe, más que carta de recomendación para el milagro, es requisito indispensable. 

El centro del relato lo constituye la revelación que Jesús hace de sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida»; afirmación lo suficientemente grave como para acreditarla con una victoria sobre la muerte, resucitando a Lázaro. Jesús, no sólo “posee” la vida, “es” la vida; no sólo resucitará a otros en el último día, Él mismo “es” la resurrección. La vida sobrenatural, que Jesús concede ya ahora a quienes creen en Él, contiene en germen la resurrección final. Si permite el mal es para que más se manifieste lo que Él es y lo que es capaz de realizar: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros… para que creáis». 

En la oración que hace Jesús, la acción de gracias precede al acontecimiento: «Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado», lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: «Yo sabía bien que tú siempre me escuchas», es decir, que Jesús, por su parte, ora de manera constante y es consciente de su especial relación con “su” Padre. Así, apoyada en la acción de gracias y en la confianza filial y amorosa, la oración de Jesús nos enseña cómo pedir: antes de que lo pedido sea otorgado, Jesús se adhiere a la voluntad de Aquel que da y que se da al darnos sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el “tesoro“, y en Él está el Corazón de su Hijo; el don solicitado se otorga como «por añadidura».

Porque Jesús es la Resurrección, ha roto las ataduras de Lázaro; y a nosotros nos libra de las ataduras del pecado y de la muerte. Esta cuaresma tiene que significar para nosotros y para toda la Iglesia, y todavía más, para todos los que por el pecado están muertos a la vida de gracia –verdaderos “muertos vivientes”– una auténtica resurrección a una vida nueva. Cristo es la resurrección, y lo típico de su acción es hacer brotar la vida donde sólo había muerte. Cristo puede, y quiere, resucitar al que está muerto por el pecado o por la carencia de fe. Lo suyo es hacer cosas grandes, maravillas divinas. Y nosotros no debemos esperar menos. No tenemos derecho a dar a nadie por perdido.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe en Jesús y la fe en la resurrección
(994)

Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos, anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del “signo de Jonás“, del signo del Templo: anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte.

Los signos del Reino de Dios
(547  550)

Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos (o milagros) que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. Invitan a creer. Jesús concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser “ocasión de escándalo. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos, del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: «Pero, si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios». Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo». Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: “Dios reinó desde el madero de la Cruz“.

Libertad, necesidad y perseverancia en la fe
(160  162)

El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza. Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados. Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús. En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él.

Creer en Cristo Jesús, y en Aquel que lo envió, es necesario para obtener la salvación. Puesto que «sin la fe… es imposible agradar a Dios» (Hb 11, 6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que haya «perseverado en ella hasta el fin», obtendrá la vida eterna.

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo. S. Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe». Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe “actuar por la caridad”, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La conversión del corazón,
principio de una vida nueva
(1848; cf 1888)

Como afirma S. Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos «la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor». Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: «Reciban el Espíritu Santo». Así pues, en este convencer en lo «referente al pecado», descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito” (San Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El sueño, hermano de la muerte,
a su descanso nos convida;
guárdanos tú, Señor, de suerte
que despertemos a la vida.

Tu amor nos guía y nos reprende
y por nosotros se desvela,
del enemigo nos defiende
y, mientras dormimos, nos vela.

Te ofrecemos, humildemente,
dolor, trabajo y alegría;
nuestra plegaria balbuciente:
¡Gracias, Señor, por este día!

Recibe, Padre, la alabanza
del corazón que en ti confía
y alimenta nuestra esperanza
de amanecer a tu gran día.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. 

Amén.

15 de marzo de 2020: DOMINGO III DE CUARESMA “A”


 

“Rescatados por el agua del bautismo, estamos llamados
a beber del agua que salta hasta la vida eterna”

Ex 17,3-7: Danos agua para beber
Sal 94, 1-9: Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: «no endurezcan su corazón»
Rm 5,1-2.5-8: Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo

Jn 4,5-42: Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna

 

I. LA PALABRA DE DIOS

«Jesús, fatigado del camino». El evangelista san Juan sabe unir los extremos: la “gloria” de Jesús y el realismo de su “carne”: la fatiga, la sed, las lágrimas, la preocupación, la turbación, la amistad humana. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, pero su vida humana no fue cómoda; la pobreza y las dificultades materiales lo acompañaron durante largas jornadas agotadoras.

«Dame de beber». Con sorpresa de los discípulos y de ella misma (hablar con una mujer era una de las seis cosas que tenían prohibidas los discípulos de los rabinos), Cristo inicia el diálogo con la samaritana. Él toma la iniciativa. No tiene inconveniente en mendigar de ella un poco de agua para entrar en diálogo. Dios tiene sed de dar. Cristo desea ardientemente establecer este diálogo con cada uno de nosotros. El pecado rompe este diálogo. El pecado no consiste ante todo en hacer el mal, sino en romper este diálogo, dejar que se enfríe esta amistad. Por eso, el primer fruto de la Cuaresma debe ser un diálogo renovado con Cristo, una oración más viva, más consciente y personal, más abundante; un diálogo que impregne toda nuestra vida.

«Si conocieras el don de Dios…» Como en otro momento le ocurrió a Nicodemo, la samaritana se queda en la superficie de lo que oye. El verdadero pecado de la Samaritana, del que brota su vida moral desquiciada, es no conocer a Jesús. Conocer al Señor es el primer paso de la conversión. Jesús va conduciendo el diálogo con esta mujer pecadora, suscitando en ella el atractivo por lo bello, por lo grande, por lo eterno. El que ha empezado pidiendo, se revela en seguida como el que ofrece y es capaz de dar lo infinito, lo divino, «el don de Dios»: el don de la verdad. Todo el relato está orientado hacia la revelación de la identidad de Jesús. Poco a poco se va dando a conocer a ella, para que al final termine aceptándole como «el Salvador del mundo». El diálogo con Cristo –también para nosotros– es siempre un diálogo de salvación, un diálogo que nos dignifica y nos hace descubrir el sentido de nuestra vida, los horizontes sin fin de una vocación eterna.

«Agua viva». La que brota fresca y corre limpia, en oposición al agua estancada. Conocer a Jesús es beber agua que fluye como manantial perenne y comunica vida eterna. A partir de la glorificación de Jesús, ese conocimiento se da en la Iglesia gracias a la acción del Espíritu Santo, que nos acerca la revelación.

«Adorarán al Padre en espíritu y en verdad». Mucho más que espiritualmente (en oposición a un culto meramente exterior) y que verdaderamente (con autenticidad). La adoración al Padre es suscitada en el creyente por el Espíritu de Dios, que lo hace orar “injertado” en el Hijo, en Jesús (que es la verdad). El culto cristiano (interno y externo) querido por Dios, nace cuando se acepta la revelación de Cristo y se siguen las mociones del Espíritu del Padre y del Hijo.

«Yo soy, el que te está hablando». Es la cima del relato; Jesús se revela, se da a conocer: «Yo soy». Así se revela Yahveh en el AT (cf. Ex 3,14); al hacer suyo el nombre divino, Jesús se coloca en el nivel de Dios, expresando su ser eterno. 

«En aquel pueblo, muchos creyeron en Él por el testimonio que había dado la mujer». El que nota que Cristo ha entrado en su vida y experimenta el gozo de su salvación, hace que continúe para otros este diálogo de salvación. Es lo que hace la samaritana: «Venid a ver… me ha dicho todo lo que he hecho…» Su testimonio suscita en otros el atractivo por Cristo y hace que entren en la órbita de Cristo. De esa manera acaban también ellos experimentando la salvación: «Ya no creemos por lo que tú dices, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos…» ¿Será tan difícil que cada uno de nosotros dé testimonio de lo que Cristo hace en su vida?

II. LA FE DE LA IGLESIA

El agua, símbolo del Espíritu Santo
(694)

El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero «bautizados en un solo Espíritu», también «hemos bebido de un solo Espíritu»: el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna. 

El agua en la economía de la salvación
(1217  1222)

En la liturgia de la Noche Pascual, cuando se bendice el agua bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria de los grandes acontecimientos de la historia de la salvación que prefiguraban ya el misterio del Bautismo. Desde el origen del mundo, el agua, criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad. La Sagrada Escritura dice que el Espíritu de Dios «se cernía» sobre ella. La Iglesia ha visto en el arca de Noé una prefiguración de la salvación por el bautismo. Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la Cruz. Por este simbolismo, el bautismo significa la comunión con la muerte de Cristo. Sobre todo el paso del mar Rojo, verdadera liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la liberación obrada por el bautismo. Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida, imagen de la vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza.

Dar a Dios culto en espíritu y en verdad
(1179)

El culto «en espíritu y en verdad» de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles se reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las «piedras vivas», reunidas para «la edificación de un edificio espiritual». El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo, «somos el templo de Dios vivo».

Fuentes de la oración
(2652  2660)

El Espíritu Santo es el «agua viva» que, en el corazón orante, «brota para vida eterna». Él es quien nos enseña a recogerla de la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo.

* La Palabra de Dios 

La Iglesia recomienda insistentemente a todos sus fieles la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras” (San Ambrosio).

Los Padres espirituales resumen así las disposiciones de un corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: “Busca leyendo, y encontraras meditando; llama orando, y te abrirán contemplando” (Guido el Cartujano).

* La Liturgia de la Iglesia 

La misión de Cristo y del Espíritu Santo, que en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante su celebración y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive «en lo secreto», siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Santísima Trinidad.

* Las virtudes teologales 

Se entra en oración como se entra en la liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo que queremos escuchar y guardar.

El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza. Inversamente, la oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la esperanza. Los salmos muy particularmente, con su lenguaje concreto y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: «En el Señor puse toda mi esperanza, Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor» (Sal 40, 2). «El Dios de la esperanza les colme de todo gozo y paz en su fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15, 13).

«La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como Él nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración.

* “Hoy”

Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual; pero, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración. La enseñanza de Jesús sobre la oración a nuestro Padre está en la misma línea que la de la Providencia (cf. Mt 6, 11.34): el tiempo está en las manos del Padre; lo encontramos en el presente, ni ayer ni mañana, sino hoy: «¡ojalá oigan hoy su voz!: no endurezcan su corazón» (Sal 94,7.8).

Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los “pequeños”, a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino (cf. Lc 13, 20 21).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Jesús pide de beber y promete dar de beber; necesita como si hubiera de recibir, y mana como si hubiera de saciar. “Si conocieras, dice, el don de Dios”.  Este don de Dios es el Espíritu Santo, pero todavía está oculto a la mujer y poco a poco va entrando en su corazón.  Quizás ya lo está presagiando. ¿Hay algo más suave y bello que estas palabras: Si conocieras…? Agua viva es la que corre de una fuente…. es la que había allí, ¿cómo, pues, promete lo que pide?» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Te amo, Dios mío,
y mi único deseo es amarte
hasta el último suspiro de mi vida.

Te amo, Dios mío infinitamente amable
y prefiero morir amándote
a vivir sin amarte.

Te amo, Señor,
la única gracia que te pido
es amarte eternamente… 

Dios mío, si mi lengua no puede decir
en todos los momentos que te amo,
quiero que mi corazón te lo repita
cada vez que respiro
.
 

(S. Juan María Vianney).

8 de marzo de 2020: DOMINGO II DE CUARESMA “A”


 

Los que habían anunciado al Mesías ven su luz;
los que tienen que anunciarlo verán antes su cruz

Gn 12,1-4a: Vocación de Abraham, padre del pueblo de Dios
Sal 32, 4-32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
2Tm 1,8b-10: Dios llama y nos ilumina

Mt 17,1-9: Su rostro resplandeció como el sol

 

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: Él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La escena de la Transfiguración, situada junto a la predicción de la Pasión, hace que los discípulos descubran la profundidad de lo que antes les resultaba escandaloso: el anuncio de la Cruz. Para los discípulos, que acaban de oír que el Mesías realizará su misión mediante el sufrimiento, la transfiguración de Jesús tenía una función pedagógica: sostener su fe con una experiencia de gloria, breve anticipación de lo que verían cuando el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. 

La llamada a la conversión que la Iglesia nos ha dirigido en el primer domingo, ahora se precisa más. La conversión sólo es posible mirando a Cristo, dejándonos cautivar por su infinito atractivo: «Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!». Contemplando a Cristo también nosotros vamos siendo transfigurados; recibiendo su luz vamos siendo transformados en una imagen cada vez más perfecta del Señor.

«Nos salvó y nos llamó a una vida santa» (segunda lectura). La conversión no es poner algún parche o remiendo a los defectos más gruesos. Cristo quiere hacernos santos. Y la conversión está en función de esta vida santa a la que Él nos llama. El Señor no se conforma con menos. La conversión debe ser continua, hasta que quede perfectamente restaurada en nosotros la imagen de Dios, hasta que Cristo sea plenamente formado en nosotros, hasta que en todo y siempre nos dejemos conducir por el Espíritu. Dejar de lado la tarea de la conversión es olvidar que hemos sido llamados a una vida santa y es despreciar a Cristo que nos llama a ella.

«Sal de tu tierra» (primera lectura). La respuesta de Abraham a la llamada de Dios irrumpiendo en su historia, no puede ser otra que la fe. Es respuesta arriesgada, porque no sabe a dónde va; y segura porque Dios está con él. Luz y tinieblas mezcladas. También a nosotros se nos dirige esta llamada, como a Abraham. Conversión significa salir de nosotros mismos, romper con nuestra instalación y nuestras seguridades, dejar nuestros egoísmos y comodidades. Llamada a la santidad significa ponernos en camino hacia la tierra que el Señor nos mostrará, con entera disponibilidad a su voluntad, a los planes que nos irá manifestando, para que nos lleve a donde Él quiera, cuando y como Él quiera.

«Sal de tu tierra» significa también «toma parte en los duros trabajos del evangelio según las fuerzas que Dios te dé» (segunda lectura), es decir, colabora con todas tus energías para que muchos otros puedan recibir la buena noticia de que su vida puede cambiar a mejor, que pueden convertirse y ser santos, con la gracia de Dios. He ahí el profundo sentido apostólico, evangelizador y misionero de la Cuaresma. El Señor nos promete, como a Abraham: «De ti haré un gran pueblo». El Señor desea que demos fruto abundante (Jn 15,16). Pero una vida mediocre es una vida estéril. De nuestra conversión y santidad depende que nuestra vida sea fecunda.

La cruz en el horizonte del cristiano, aunque como a los discípulos dé miedo, no deja de ser identificación con el propio Cristo. A la luz del Tabor es sencillo sentirse cómodo; pero el de la luz no es el Cristo “completo”: falta el paso de la Cruz.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Transfiguración, visión anticipada del Reino
(568, 554 – 556).

La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un “monte alto” prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: “la esperanza de la gloria”.

A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir… y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día»: Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por Él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le «hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén». Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle».

Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria”, es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: “Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa” (Santo Tomás de Aquino).

En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús “fue manifestado el misterio de la primera regeneración”: nuestro bautismo; la Transfiguración “es el sacramento de la segunda regeneración”: nuestra propia resurrección

Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios»: “Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña. Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?” (S. Agustín).

En la Cruz Jesús nos mereció la salvación
(616 – 618).

Jesús consuma su sacrificio en la cruz. El “amor hasta el extremo” es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación” enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como “causa de salvación eterna”. Y la Iglesia venera la Cruz cantando: “Salve, oh cruz, única esperanza“.

Nosotros participamos en el sacrificio de Cristo. La Cruz es el único sacrificio de Cristo, único mediador entre Dios y los hombres. Pero, porque en su Persona divina encarnada, se ha unido en cierto modo con todo hombre, Él ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual. El llama a sus discípulos a “tomar su cruz y a seguirle” porque El «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas». Él quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

“Para que los apóstoles concibiesen con toda su alma esta dichosa fortaleza, no temblasen ante la aspereza de la cruz, no se avergonzasen de la Pasión de Cristo y no tuviesen por denigrante el padecer …. subió con ellos solos a un monte elevado, les manifestó el resplandor de su gloria, porque, aunque creían en la majestad de Dios, sin embargo ignoraban el poder del cuerpo, bajo el que se ocultaba la divinidad… Con esa Transfiguración pretendía especialmente sustraer el corazón de sus discípulos del escándalo de la cruz y evitar que la voluntaria ignominia de su Pasión hiciese flaquear la fe de los mismos” (San León Magno).

“Tú te has transfigurado en la montaña, y en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente irradiación del Padre” (Liturgia bizantina de la Fiesta de la Transfiguración).

“Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo” (Sta. Rosa de Lima).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado.

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Mas no a mí solo,
purifica también a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo.

Transfigúralos, Señor, transfigúralos.

Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Amén.