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26 de mayo de 2019: DOMINGO VI DE PASCUA “C”


«El Espíritu Santo os irá recordando lo que os he dicho»

Hch 15, 1-2. 22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables
Sal 66,2-8: !Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben
Ap 21, 10-14.22-23: Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo
Jn 14, 23-29: El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho

I. LA PALABRA DE DIOS

«Haremos morada en él». La inhabitación de la Trinidad en la Iglesia y en los fieles: he aquí el fruto principal de la Pascua. La mayor realización del amor que Dios nos tiene. El amor busca la cercanía, la intimidad, la unión. Dios no nos ama a distancia. Su deseo es vivir en nosotros, inundarnos con su presencia y con su amor. Esta es la alegría del cristiano en este mundo y lo será en el cielo. Somos templos, lugar donde Dios habita. Hemos sido rescatados del pecado para vivir en su presencia. ¿Cómo seguir pensando en un Dios lejano? Lo que deberemos preguntarnos es cómo recibimos esta visita, cómo acogemos esta presencia activa y amorosa, qué atención le prestamos, cómo respondemos a su acción y a su amor en nosotros…

«El que me ama guardará mi palabra». Esta es la condición para que las Personas divinas habiten en nosotros: amar a Cristo. Lo cual no es un puro sentimiento, sino que supone «guardar su palabra»: la fidelidad a Él y cada una de sus enseñanzas. Encontramos aquí un test para comprobar la autenticidad de nuestro amor a Cristo. Por el contrario, «el que no me ama no guardará mis palabras»: sin amor a Cristo será imposible cumplir sus mandamientos.

«Él os lo enseñará todo». Estamos a la espera de Pentecostés y es conveniente conocer lo que el Espíritu Santo quiere hacer en nosotros. Él es el Maestro interior y su acción es necesaria para entender las palabras de Cristo y ponerlas por obra. Si Él no ilumina, si no hace atractiva la palabra de Cristo, si no da fuerzas para cumplirla, nunca llegaremos a vivir el evangelio. Sin Él, el evangelio queda en letra muerta; sólo el Espíritu da vida.

«La paz os dejo, mi paz os doy». La paz, la alegría, la gratitud, etc., son sentimientos espirituales que abundan en el AT, pero que irrumpen singularmente con la llegada de Cristo a la tierra y constituyen el legado de Jesús resucitado a su Iglesia.

«El Padre es más que yo». “Jesucristo es igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad”, reza el símbolo Atanasiano (DS 76). Aun en la Trinidad, lo propio del Hijo es recibir y obedecer. La superioridad del Padre es la propia del que envía, respecto a su enviado. ¿Vivimos como hijos?

II. LA FE DE LA IGLESIA

La promesa del Espíritu Santo
(727 – 730)

Toda la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías. Toda la obra de Cristo es misión conjunta del Hijo y del Espíritu Santo.

Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que Él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo. Lo sugiere también a Nicodemo, a la Samaritana y a los que participan en la fiesta de los Tabernáculos. A sus discípulos les habla de Él abiertamente a propósito de la oración y del testimonio que tendrán que dar.

Solamente cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres.

Jesús entrega su espíritu en las manos del Padre en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de modo que, resucitado de los muertos por la Gloria del Padre, enseguida da a sus discípulos el Espíritu Santo dirigiendo sobre ellos su aliento. A partir de esta hora, la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia: «Como el Padre me ha enviado, también yo os envío».

La acción del Espíritu Santo
en la liturgia de la Iglesia
(1091 – 1109)

En la Liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las obras maestras de Dios que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que Él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la Liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia.

En esta dispensación sacramental del misterio de Cristo, el Espíritu Santo actúa: prepara la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador; finalmente, el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la misión de Cristo.

Prepara:

Toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia.

La Asamblea debe prepararse para encontrar a su Señor, debe ser un pueblo bien dispuesto. Esta preparación de los corazones es la obra común del Espíritu Santo y de la Asamblea, en particular de sus ministros. La gracia del Espíritu Santo tiende a suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias ofrecidas en la celebración misma y a los frutos de vida nueva que está llamada a producir.

Recuerda:

El Espíritu y la Iglesia cooperan en la manifestación de Cristo y de su obra de salvación en la Liturgia, Memorial del Misterio de la salvación. El Espíritu Santo es la memoria viva de la Iglesia.

El Espíritu Santo recuerda el sentido del acontecimiento de la salvación a la asamblea litúrgica dando vida a la Palabra de Dios que es anunciada para ser recibida y vivida.

El Espíritu Santo es quien da a los lectores y a los oyentes, según las disposiciones de sus corazones, la inteligencia espiritual de la Palabra de Dios. A través de las palabras, las acciones y los símbolos que constituyen la trama de una celebración, el Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo, Palabra e Imagen del Padre, a fin de que puedan hacer pasar a su vida el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan en la celebración.

La fe se suscita en el corazón de los no creyentes y se alimenta en el corazón de los creyentes con la palabra de la salvación. Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes. El anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una enseñanza: exige la respuesta de fe, como consentimiento y compromiso, con miras a la Alianza entre Dios y su pueblo. Es también el Espíritu Santo quien da la gracia de la fe, la fortalece y la hace crecer en la comunidad. La asamblea litúrgica es ante todo comunión en la fe.

En la Liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo recuerda a la Asamblea todo lo que Cristo ha hecho por nosotros. Una celebración hace memoria de las maravillas de Dios en una Anámnesis (“hacer memoria”). El Espíritu Santo, que despierta así la memoria de la Iglesia, suscita entonces la acción de gracias y la alabanza.

Actualiza:

La Liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El Misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único Misterio.

La Epíclesis (“invocación sobre”) es la intercesión mediante la cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu santificador para que las ofrendas se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y para que los fieles, al recibirlos, se conviertan ellos mismos en ofrenda viva para Dios.

El poder transformador del Espíritu Santo en la Liturgia apresura la venida del Reino y la consumación del Misterio de la salvación. En la espera y en la esperanza nos hace realmente anticipar la comunión plena con la Trinidad Santa. El Espíritu da la vida a los que lo acogen, y constituye para ellos, ya desde ahora, “las arras” de su herencia.

Une:

La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los sarmientos. En la Liturgia se realiza la cooperación más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu de Comunión permanece indefectiblemente en la Iglesia, y por eso la Iglesia es el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna.

La asamblea litúrgica recibe su unidad de la comunión del Espíritu Santo que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo. Esta reunión desborda las afinidades humanas, raciales, culturales y sociales.

La Epíclesis es también oración por el pleno efecto de la comunión de la Asamblea con el Misterio de Cristo. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo deben permanecer siempre con nosotros y dar frutos más allá de la celebración eucarística. La Iglesia, por tanto, pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo se logra por el Espíritu Santo» (San Ireneo).

«Preguntas cómo el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu Santo irrumpe y realiza aquello que sobrepasa toda palabra y todo pensamiento. Que te baste oír que es por la acción del Espíritu Santo, de igual modo que gracias a la Santísima Virgen y al mismo Espíritu, el Señor, por sí mismo y en sí mismo, asumió la carne humana» (S. Juan Damasceno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Ven, Creador, Espíritu amoroso,
ven y visita el alma que a ti clama
y con tu soberana gracia inflama
los pechos que criaste poderoso.

Tú que abogado fiel eres llamado,
del Altísimo don, perenne fuente
de vida eterna, caridad ferviente,
espiritual unción, fuego sagrado.

Ilustra con tu luz nuestros sentidos,
del corazón ahuyenta la tibieza,
haznos vencer la corporal flaqueza,
con tu eterna virtud fortalecidos.

Amén.

12 de mayo de 2019: DOMINGO IV DE PASCUA “C”


Hch 13, 14. 43-52: Nos dedicamos a los gentiles
Sal 99, 2.3.5: Somos su pueblo y ovejas de su rebaño
Ap 7, 9. 14b-17: El Cordero será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas
Jn 10, 27-30: Yo doy la vida eterna a mis ovejas

«El Buen Pastor se hace presente
en los pastores de la Iglesia»

I. LA PALABRA DE DIOS

A los tres primeros Domingos pascuales, centrados en las apariciones de Jesús resucitado, sigue este Domingo dedicado a el Buen Pastor.

«Conozco a mis ovejas». Cristo Buen Pastor conoce a cada uno de los suyos. Con un conocimiento que es amor y complacencia. Cristo me conoce como soy de verdad. No soy un extraño que camina perdido por el mundo. Cristo me conoce. Conoce mi vida entera, toda mi historia. Más aún, conoce lo que quiere hacer en mí. Conoce también mi futuro. ¿Vivo apoyado en este conocimiento que Cristo tiene de mí?

«Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen». No sólo oyen, sino que atienden con interés y responden acogiendo la Palabra sembrada en el corazón. ¡Qué hermosa definición de lo que es el cristiano! Se trata de estar atento a Cristo, a su voz, a las llamadas que sin cesar, a cada instante, nos dirige. No creemos en un muerto. Cristo está vivo, resucitado; más aún, está presente, cercano, camina con nosotros. Se trata de escuchar su voz y de seguirle, de caminar detrás de Él siguiendo sus huellas. El cristiano nunca está solo, porque no defiende una ideología, sino que sigue a una persona. Y seguir a Cristo compromete la vida entera.

«Yo y el Padre somos uno». Jesús actúa juntamente con el Padre y hace sólo lo que el Padre hace. De la unidad en el actuar se deduce la unicidad de naturaleza entre Padre e Hijo.

«Nadie las arrebatará de mi mano». Al que se sabe conocido y amado por Cristo y procura con toda el alma escuchar su voz y seguirle, Cristo le hace esta promesa. Nadie podrá arrebatar las ovejas de las manos de Jesús, porque se las ha dado el Padre, que todo lo puede, con el que Jesús es «Uno».

Nuestra seguridad sólo puede venir de sabernos guiados por Él. El Buen Pastor es el Resucitado, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Estamos en buenas manos. “No suelta Cristo tan presto las almas que una vez toma”, decía San Juan de Ávila. Ningún verdadero mal puede suceder al que de verdad confía en Cristo y se deja conducir por su mano poderosa.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los pastores en la misión de la Iglesia
(754, 873, 874, 879, 881, 1546 – 1547)

El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó pastor de todo el rebaño. Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

Para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, Cristo instituyó en su Iglesia diversos ministerios que están ordenados al bien de todo el Cuerpo. El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. Él lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad. A los Apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios lleguen a la salvación.

Hay dos modos diferentes de participar del sacerdocio de Cristo: el sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles. Aunque su diferencia es esencial y no sólo de grado, están ordenados el uno al otro y ambos participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo. ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, esperanza y caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. El ministerio sacerdotal es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden.

El Sacramento del Orden
(1536, 1545)

El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

El sacramento del Orden comunica un poder sagrado, que no es otro que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos. Este sacerdocio es ministerial. Esta función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio. Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia.

Los pastores tienen la misión de enseñar
(888 – 892)

Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios, según la orden del Señor. Son los predicadores del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo.

El oficio pastoral del Magisterio está dirigido a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica.

Los pastores tienen la misión de santificar
(893)

El obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos. La santifican con su ejemplo, no tiranizando a los que les ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey. Así es como llegan a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado.

Los pastores tienen la misión de gobernar
(894 – 896)

Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada, que deben, no obstante, ejercer para edificar con espíritu de servicio, que es el de su Maestro.

El Buen Pastor será el modelo y la “forma” de la misión pastoral del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a los que cuida como verdaderos hijos.

Los sacerdotes representan a Cristo
(1548 – 1551)

En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que, en virtud del sacramento del Orden, el sacerdote actúa «in persona Christi Capitis» (en la persona de Cristo Cabeza). Por la consagración sacerdotal recibida, goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo, a quien representa.

Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia.

En último término es Cristo quien actúa y realiza la salvación a través del ministro ordenado, la indignidad de éste no impide a Cristo actuar. San Agustín lo dice con firmeza: «En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo. Sin embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega a través de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece limpio y llega a la tierra fértil. En efecto, la virtud espiritual del sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la reciben en su pureza y, si atraviesa seres manchados, no se mancha».

Los sacerdotes también representan a la Iglesia
(1552 – 1553)

El sacerdocio ministerial no tiene solamente por tarea representar a Cristo –Cabeza de la Iglesia– ante la asamblea de los fieles, actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oración de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico.

Esto no quiere decir que los sacerdotes sean los delegados de la comunidad. La oración y la ofrenda de la Iglesia son inseparables de la oración y la ofrenda de Cristo, su Cabeza. Todo el cuerpo, cabeza y miembros, ora y se ofrece, y por eso quienes, en este cuerpo, son específicamente sus ministros, son llamados ministros no sólo de Cristo, sino también de la Iglesia. El sacerdocio ministerial puede representar a la Iglesia porque representa a Cristo.

El carácter sacerdotal es imborrable
(1581 – 1584)

El sacramento del Orden configura con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo en favor de su Iglesia. Por la ordenación se recibe la capacidad de actuar como representante de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta participación en la misión de Cristo es concedida de una vez para siempre. El sacramento del Orden confiere también un carácter espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un tiempo determinado.

Un sacerdote válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación (secularizado), o se le puede impedir ejercerlas (suspendido), pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido estricto porque el carácter impreso por la ordenación es para siempre. La vocación y la misión recibidas el día de su ordenación, lo marcan de manera permanente.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y a dónde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza. Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece en ella la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es divinizado y diviniza» (San Gregorio Nazianceno).

«El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a Él» (San Juan Crisóstomo).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo, el buen Pastor que al mundo vino,
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.

Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores.

Amén

17 de marzo de 2019: DOMINGO II DE CUARESMA “C”


«¡Maestro, qué bien se está aquí!»

Gn 15, 5-12. 17-18: Dios hace alianza con el fiel Abrahán
Sal 26, 1-14: El Señor es mi luz y mi salvación
Flp 3, 17-4, 1: Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso
Lc 9, 28b-36: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió

I. LA PALABRA DE DIOS

Comenzado el camino cuaresmal, la Iglesia nos presenta hoy a Cristo en su transfiguración –estrechamente vinculada al primer anuncio de la pasión y a la oración de Jesús–. Un acontecimiento indescriptible, pero que pone de relieve la hermosura de Cristo –«mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos»– y el enorme atractivo de su persona, que hace exclamar a Pedro «¡Qué hermoso es estar aquí!».

«Su rostro cambió». Su oración es la que transfigura a Jesús y lo hace aparecer con la luminosidad propia del Hijo de Dios. Transitoriamente, la apariencia humilde y cotidiana de Jesús se transformó, ante sus más íntimos, en irradiación de su gloria divina, inseparable de su Persona de Hijo de Dios.

«Qué bueno sería quedarnos aquí». Precipitadamente, Pedro habla en términos de estabilidad, de vida feliz, como si todo pudiera arreglarse sin la cruz; lo saca de sus fantasías la voz del Padre: «Éste es mi Hijo, mi elegido, escúchenlo».

Todo el esfuerzo de conversión en esta Cuaresma sólo tiene sentido si nace del encuentro con Cristo y de escuchar su voz. Pablo se convierte porque se encuentra con Jesús en el camino de Damasco. Pues, del mismo modo, nosotros no nos convertiremos a unas normas éticas, por elevadas que sean, sino a una persona viviente; tampoco por un conocimiento superficial, sino por un encuentro personal con Él. De ahí las palabras del salmo y de la antífona de entrada: «Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Se trata de mirar a Cristo y de dejarnos seducir por Él. De esta manera experimentaremos, como Pablo, que lo que nos parecía ganancia nos parece pérdida y la conversión se obrará con rapidez y facilidad.

La transfiguración nos da la certeza de que nuestra conversión es posible: «Él transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo». Si la conversión dependiera de nuestras débiles fuerzas, poco podríamos esperar de la Cuaresma. Pero el saber que depende de la energía poderosa de Cristo nos da la confianza y el deseo de lograrla, porque Cristo puede y quiere cambiarnos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Una visión anticipada del Reino:
La Transfiguración
(554 – 556)

En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. “Por el bautismo de Jesús fue manifestado el misterio de la primera regeneración: nuestro bautismo; la Transfiguración es el sacramento de la segunda regeneración: nuestra propia resurrección” (Santo Tomás). Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo». Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hch 14, 22).

Lo que confiesa la fe, los sacramentos lo comunican: por los sacramentos que les han hecho renacer, los cristianos han llegado a ser hijos de Dios, partícipes de la naturaleza divina. Por los sacramentos y la oración reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les capacitan para ello. Los cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una vida digna del Evangelio de Cristo.

La gracia transfigura ya a los hombres
(1996 – 2005)

La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria. Es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla.

La gracia santificante es un don habitual (permanente), una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios y de obrar por su amor. La gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

La transfiguración del bautizado por la oración
(2559 – 2565)

La oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él.

La transfiguración del bautizado por la vida moral
(1691 – 1698)

Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios” (San León Magno).

Cristo Jesús hizo siempre lo que agradaba al Padre. Vivió siempre en perfecta comunión con Él. De igual modo sus discípulos son invitados a vivir bajo la mirada del Padre que ve en lo secreto para ser perfectos como el Padre celestial es perfecto.

Incorporados a Cristo por el bautismo, los cristianos están muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, participando así en la vida del Resucitado. Siguiendo a Cristo y en unión con él, los cristianos pueden ser imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor, conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con los sentimientos que tuvo Cristo y siguiendo sus ejemplos.

Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios, santificados y llamados a ser santos, los cristianos se convierten en el templo del Espíritu Santo. Este Espíritu del Hijo les enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar para dar los frutos del Espíritu por la caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como hijos de la luz, por la bondad, la justicia y la verdad en todo.

El camino de Cristo lleva a la vida, un camino contrario lleva a la perdición. Es preciso caer en cuenta de la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación. Es importante destacar con toda claridad el gozo y las exigencias del camino de Cristo. La vida nueva en Él será: vida de gracia, pues por la gracia somos salvados, y también por la gracia nuestras obras pueden dar fruto para la vida eterna; vida en el Espíritu Santo, Maestro interior de la vida según Cristo, dulce huésped del alma que inspira, conduce, rectifica y fortalece esta vida; vivencia de las bienaventuranzas, porque el camino de Cristo está resumido en las bienaventuranzas, único camino hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón del hombre; viva conciencia de la gravedad del pecado y de la necesidad del perdón, porque sin reconocerse pecador, el hombre no puede conocer la verdad sobre sí mismo, condición del obrar justo, y sin el ofrecimiento del perdón no podría soportar esta verdad; cultivo de las virtudes humanas que haga captar la belleza y el atractivo de las rectas disposiciones para el bien; experiencia de las virtudes cristianas de fe, esperanza y caridad inspiradas en el ejemplo de los santos; práctica del doble mandamiento de la caridad desarrollado en el Decálogo; vida eclesial, pues en los múltiples intercambios de los bienes espirituales en la comunión de los santos es donde la vida cristiana puede crecer, desplegarse y comunicarse.

La referencia primera y última de esta vida nueva será siempre Jesucristo que es «el camino, la verdad y la vida». Contemplándole en la fe, los fieles de Cristo podemos esperar que Él realice en nosotros sus promesas, y que amándolo con el amor con que Él nos ha amado realicemos las obras que corresponden a nuestra dignidad.

La transformación de los deseos
(2520 – 2533; 2544 – 2550)

El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios y nos da desde ahora la capacidad de ver según Dios todas las cosas. La purificación del corazón es imposible sin la oración; la práctica de la castidad, que nos permite amar con un corazón recto e indiviso; la pureza de intención, que es afán por encontrar y realizar en todo la voluntad de Dios; la limpieza de mirada, exterior e interior; la disciplina de los sentidos y la imaginación; y el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros.

La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja. Porque su misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos sigue todavía para que, una vez sanados, seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin él no podemos hacer nada” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Transfigúrame, Señor, transfigúrame

Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado

Transfigúrame, Señor, transfigúrame

Mas no a mí solo,
purifica también
a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro

Transfigúranos, Señor, transfigúranos

Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo

Transfigúralos, Señor, transfigúralos

Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Amén.