23 de enero de 2022: DOMINGO III ORDINARIO “C”


El culto espiritual

Ne 8, 2-4a.5-6.8-10: Leyeron el libro de la Ley, explicando su sentido
Sal 18: Tus palabras, Señor, son espíritu y vida
1 Co 12, 12-30: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro
Lc 1, 1-4; 4, 14-21: Hoy se ha cumplido esta Escritura

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio nos presenta a Jesús en la Sinagoga proclamando la palabra divina. «Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él». Esta actitud de los presentes ilumina de manera elocuente cuál ha de ser también nuestra actitud. Puesto que Cristo está presente en su Palabra, y cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras es Él mismo quien habla, no tiene sentido una postura impersonal. Sólo cabe estar a la escucha de Cristo mismo, con toda la atención de la mente y del corazón, pendientes de cada una de sus palabras, con «los ojos clavados en él».

«Hoy se ha cumplido esta Escritura». La palabra que Cristo nos comunica de manera personal en ese diálogo «de tú a tú» es además una palabra eficaz; o sea, que no sólo nos comunica un mensaje, sino que por su propio dinamismo realiza aquello que significa o expresa. Si escuchamos con fe lo que Cristo nos dice, experimentaremos gozosamente que esa palabra se hace realidad en nuestra vida.

«Me ha enviado a evangelizar a los pobres». Esta palabra de Cristo es siempre evangelio, buena noticia. Pero sólo puede ser reconocida y experimentada como tal por un corazón pobre. El que se siente satisfecho con las cosas de este mundo no capta la insondable riqueza de la palabra de Cristo ni experimenta su dulzura y su consuelo. Las riquezas entorpecen el fruto de la palabra. Sólo el que se acerca a ella con hambre y sed experimenta la dicha de ser saciado.

Hemos sido consagrados a Cristo en el bautismo. Estamos ungidos por el mismo Espíritu de Dios. Formamos parte de su Cuerpo Místico. Estamos llamados a su misma misión. También en nosotros la Palabra se cumple hoy, y participamos de la misión sacerdotal, profética y real de Cristo. Los bautizados estamos llamados a hacer presente nuestra configuración con Cristo en medio de nuestros ambientes temporales. Es nuestro culto espiritual.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Un solo cuerpo.
Cristo, Cabeza de la Iglesia
(787 – 795)

Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo. La unidad del cuerpo no ha abolido la diversidad y las funciones de los miembros. Es el mismo Espíritu el que, según su riqueza y las necesidades de los ministerios, distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia.

Cristo es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Cristo y la Iglesia son, por tanto, el “Cristo total”. La Iglesia es una con Cristo.

Los fieles de Cristo:
jerarquía, laicos, vida consagrada
(871 – 873)

Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y, hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo.

Se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo.

Las mismas diferencias que el Señor quiso poner entre los miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios. En fin, en esos dos grupos [jerarquía y laicos], hay fieles que por la profesión de los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia) se consagran a Dios [vida consagrada].

Los fieles laicos.
Su vocación
(897 – 900)

Por laicos (o seglares) se entiende a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo. Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. Tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios.

Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas.

Como todos los fieles, los laicos están encargados por Dios del apostolado en virtud del Bautismo y de la Confirmación y por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia.

Participación de los laicos
en la misión sacerdotal de Cristo
(901 – 903)

Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, si se realizan en el Espíritu, se convierten en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del Cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios. De manera particular, los padres participan de la misión de santificación impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y procurando la educación cristiana de los hijos.

Participación de los laicos
en la misión profética de Cristo
(904 – 907)

Cristo realiza su función profética, no sólo a través de la jerarquía, sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra. Enseñar a alguien para traerlo a la fe es tarea de todo creyente.

Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra. En los laicos, esta evangelización adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo. Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes, como a los fieles.

Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los Pastores.

Participación de los laicos
en la misión real de Cristo
(908 – 913)

Por su obediencia hasta la muerte, Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, para que vencieran en sí mismos, con la propia renuncia y una vida santa, al reino del pecado. «El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: Se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; Es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable» (San Ambrosio).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«En la Sinagoga estaba establecido el pasaje que debía leerse. Pero, sea cual sea el pasaje, hoy está escrito para mí. Tanto si escucho la Escritura en la asamblea de los fieles, como si la escucho en privado, si Tú, Señor, lees por mí, siempre habrá un texto que me dirá algo en la situación en que me encuentro. Y si mi corazón está lleno de ti, descubriré inmediatamente la palabra que me puede dar el empuje y la ayuda que necesito» (Un monje de la Iglesia oriental).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Tu poder multiplica
la eficacia del hombre,
y crece cada día, entre sus manos,
la obra de tus manos.

Nos señalaste un trozo de la viña
y nos dijiste: «Venid y trabajad».

Nos mostraste una mesa vacía
y nos dijiste: «Llenadla de pan».

Nos presentaste un campo de batalla
y nos dijiste: «Construid la paz».

Nos sacaste al desierto con el alba
y nos dijiste: «Levantad la ciudad».

Pusiste una herramienta en nuestras manos
y nos dijiste: «Es tiempo de crear».

Escucha a mediodía el rumor del trabajo
con que el hombre se afana en tu heredad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Por los siglos.

Amén.

16 de enero de 2022: DOMINGO II ORDINARIO “C”


La familia, iglesia doméstica

Is 62, 1-5: Se regocija el marido con su esposa
Sal 95: Contad las maravillas del Señor a todas las naciones
1 Co 12, 4-11: El mismo y único Espíritu reparte a cada uno en particular como él quiere
Jn 2,1-11: Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea

I. LA PALABRA DE DIOS

Finalizado ya el tiempo de Navidad, la liturgia de hoy todavía se detienen a saborear algo de lo que en ese tiempo se nos ha dado. El Evangelio habla de misterio nupcial: «había una boda». Cristo aparece como el Esposo que celebra el festín de las bodas con la Esposa, la Iglesia, cuyo modelo es María –«La Mujer»–. En efecto, la liturgia de Navidad y Epifanía nos ha hecho contemplar el misterio de la Encarnación como los desposorios del Verbo con la humanidad.

Isaías profetiza lo que el Evangelio manifestará. La venida del Mesías será como la de un novio regio que alegrará y elevará a su esposa. Expresa el amor apasionado de Cristo por su Iglesia, a la que anhela embellecer y adornar con su propia santidad: «por amor de Jerusalén, no descansaré hasta que rompa la aurora de su justicia». La Iglesia, antes abandonada y devastada, ahora es la «Desposada». El amor de Cristo, lavándola y uniéndola consigo, la ha hecho nueva: «Te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor». Más aún, la ha engalanado, depositando en ella sus propias gracias y virtudes, la ha colmado de una gloria que es visible para todos los pueblos.

El salmo 95 canta estas maravillas obradas en la Iglesia Esposa, invitando a «toda la tierra» a unirse a su alabanza. Es un himno exultante: «Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones», pues la gloria de la Iglesia le viene de su Esposo. «Cantad al Señor un cántico nuevo», pues la Iglesia, que ha sido renovada por la gracia de la Navidad, es capaz de cantar de manera nueva.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los milagros de Jesús:
signos del Reino de Dios
(561, 547 — 550)

La vida entera de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección, son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación.

Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado. Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: Dios reinó desde el madero de la Cruz.

El matrimonio cristiano:
signo eficaz del amor esponsal de Cristo
(1612 — 1613, 1617)

En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo —a petición de su Madre— con ocasión de un banquete de bodas. La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza.

El matrimonio en el plan de Dios
(1603 — 1608)

Dios, que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor. Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador. Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. «Y los bendijo Dios y les dijo: «Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla«».

La íntima comunidad de vida y amor conyugal, está fundada por el Creador y provista de leyes propias. El mismo Dios es el autor del matrimonio. La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana. La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar.

El matrimonio
bajo la esclavitud del pecado
(1606 — 1608)

Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura.

Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos; su atractivo mutuo, don propio del creador, se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia; la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan.

Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado. Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó «al comienzo».

El matrimonio en Cristo
(1614 — 1616, 1661)

En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a la mujer era una concesión a la dureza del corazón; la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: «lo que Dios unió, que no lo separe el hombre».

Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, Cristo da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces, los esposos podrán «comprender» el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

El Sacramento del Matrimonio, instituido por Cristo, es el Sacramento por el que un hombre y una mujer –bautizados– se unen ante Dios para siempre, con el fin de formar una comunidad de vida y amor, colaborando con el Creador en la transmisión de la vida. Por tanto los fines del Matrimonio son dos: el bien de los esposos y la generación y educación de los hijos.

El amor conyugal tiene tres propiedades esenciales: la unidad fiel –un sólo hombre con sólo una mujer–, la indisolubilidad –hasta la muerte– y la apertura a la vida –sin impedir los hijos–. Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.

El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia y produce los siguientes efectos: da a los esposos la gracia de amarse con el amor con el que Cristo ama a su Iglesia; reafirma su unidad indisoluble, y les ayuda a santificarse y a educar a los hijos formando una familia cristiana.

Las parejas de bautizados que hacen vida matrimonial sin recibir el Sacramento del Matrimonio, o los divorciados que se casan otra vez, son uniones irregulares que van gravemente contra la Ley de Dios. Los que viven así, aunque no están separados de la Iglesia, no pueden recibir la comunión eucarística, ni ningún otro Sacramento, mientras no regularicen su situación. Sí que pueden vivir la vida cristiana practicando la oración y educando a sus hijos en la fe.

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«¡Qué matrimonio el de dos cristianos!.. Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne. Donde la carne es una, también es uno el espíritu» (Tertuliano).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Oh, Dios, que en la Sagrada Familia
nos dejaste un modelo perfecto de vida familiar
vivida en la fe y la obediencia a tu voluntad.

Ayúdanos a ser ejemplo de fe y amor
a tus mandamientos.

Socórrenos en nuestra misión
de transmitir la fe a nuestros hijos.

Abre su corazón para que crezca en ellos
la semilla de la fe que recibieron en el bautismo.

Fortalece la fe de nuestros jóvenes,
para que crezcan en el conocimiento de Jesús.

Aumenta el amor y la fidelidad
en todos los matrimonios,
especialmente aquellos que pasan
por momentos de sufrimiento o dificultad.

Amén.

9 de enero de 2022: DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR, “C”


«Tú eres mi Hijo,
el Amado, el Predilecto»

Is 42, 1-4.6-7: «Mirad a mi siervo, en quien me complazco»
Sal 28, 1-4.9-10: «El Señor bendice a su pueblo con la paz»
Hch 10, 34-38: «Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo»
Lc 3, 15-16.21-22: «Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos»

I. LA PALABRA DE DIOS

El texto de Isaías es el llamado primer cántico del Siervo de Yahvé, un anuncio profético del Mesías: «Mirad a mi Siervo, en quien me complazco».

Los Hechos de los Apóstoles testifican que Jesús fue «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo».

El bautismo de Jesucristo manifiesta la relación íntima de Jesucristo con el Padre y con el Espíritu Santo: «se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco»».

Jesucristo, siendo Hijo, pasa por el Bautismo para que los que éramos «hijos de ira» (Ef 2,3) llegásemos a ser hijos de Dios. Él, que no tenía pecado, se hizo solidario con los pecadores para quitar el pecado del mundo. Gracias a Cristo se han abierto para nosotros los cielos, cerrados desde que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso. Mediante Él, entramos los hombres en comunión íntima con la Trinidad.

Gracias a Cristo somos «miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). No deberíamos olvidar nunca la gratitud ni apartar de nuestro corazón el gozo ante esta realidad: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).

Hemos sido bautizados «con Espíritu Santo y fuego». El Espíritu es fuego que, derramado en nuestros corazones por el bautismo, nos incendia en el amor a Cristo y a los hombres. No hemos recibido un Espíritu cobarde, sino un «Espíritu de energía» (2 Tim 1,7) que nos impulsa sin cesar, como a Cristo; pues también nosotros hemos sido «ungidos con la fuerza del Espíritu» para pasar«haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo».

Los bautizados somos «Hijos de Dios, santos, y amados», y, en cuanto tales, hemos de empeñarnos en hacer un mundo nuevo, fraterno y justo, en el que sea posible el amor y la paz. Somos llamados a la “Nueva Evangelización” –que tiene por núcleo la noticia de que “Dios te ama, Cristo ha venido y ha dado la vida por ti”– y la construcción de la “Civilización del amor”.

Cristo es verdaderamente el Emmanuel, el Dios que se acerca a nosotros, que se nos comunica, que se une a nosotros. La fiesta del Bautismo del Señor debe hacernos reconocer nuestra dignidad de bautizados. En el bautismo radica nuestra identidad mas profunda y nuestra dignidad mas alta. En el bautismo hemos recibido la vida misma de Dios y la capacidad de vivir en intimidad con el Padre, con Cristo, en el Espíritu Santo. Dejemos que la gracia del bautismo fructifique en nosotros para la vida eterna.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El bautismo de Jesús
(535 – 537; 1223 – 1225)

El comienzo de la vida pública de Jesús es su Bautismo por Juan en el Jordán. Juan proclamaba «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados». Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos y prostitutas viene a hacerse bautizar por él. Entonces aparece Jesús. El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de San Juan — destinado a los pecadores— para «cumplir toda justicia». Este gesto de Jesús es una manifestación de su «despojamiento» (Flp 2,7). El Espíritu Santo –el Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación–, en forma de paloma, viene sobre Jesús –como preludio de la nueva creación–, y la voz del cielo –el Padre– proclama que Él es «mi Hijo amado». Es la manifestación («Epifanía«) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

El Bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»; anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia», es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu –que Jesús posee en plenitud desde su concepción– viene a «posarse» sobre Él. De Él manará este Espíritu para toda la humanidad.

Todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública después de hacerse bautizar por S. Juan el Bautista en el Jordán. En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios. Después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado».

Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con Él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse –en el Hijo– en hijo amado del Padre y «vivir una vida nueva».

El bautismo cristiano:
incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo
(1267 – 1270)

El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. «Por tanto…somos miembros los unos de los otros» (Ef 4,25). El Bautismo nos incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1 Co 12,13).

Los bautizados venimos a ser «piedras vivas» para «edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo» (1 P 2,5). Por el Bautismo participamos del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, somos «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9). El Bautismo nos hace participar en el sacerdocio común de los fieles.

Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo, sino al que murió y resucitó por nosotros. Por tanto, está llamado a someterse a los demás, a servirles, en la comunión de la Iglesia, y a ser «obediente y dócil» a los pastores de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1 Ts 5,12-13).

Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia.

Los bautizados –por su nuevo nacimiento como hijos de Dios– están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios” (S. Hilario).

Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis llegado a ser conformes al Hijo de Dios. Dios, que nos ha predestinado a la adopción, nos ha vuelto semejantes al Cuerpo Glorioso de Cristo. Salidos del baño, habéis recibido el crisma, símbolo y prenda de la unción con la que fue ungido Cristo. Esta unción es el Espíritu Santo del que el profeta Isaías, hablando en nombre del Señor dice “El Espíritu Santo está sobre Mí. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres” (S. Cirilo de Jerusalén).

Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: Él padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado” (S. Ambrosio).

Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él” (S. Gregorio Naciancianceno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Porque el bautismo hoy empieza
y él lo quiere inaugurar,
hoy se ha venido a lavar
el Autor de la limpieza.

Aunque es santo y redentor,
nos da ejemplo singular:
se quiere hoy purificar
como cualquier pecador.

Aunque él mismo es la Hermosura
y no hay hermosura par,
hoy quiere al agua bajar
y hermosear nuestra basura.

Nadie lo hubiera pensado:
vino el pecado a quitar,
y se hace ahora pasar
por pecador y pecado.

Gracias, Bondad y Belleza,
pues te quisiste humillar
y no te pesó lavar
tu santidad y pureza.

Amén.