29 de marzo de 2020: DOMINGO V DE CUARESMA “A”


 
 “Morir al pecado es empezar a participar de la resurrección de Cristo”
 
Ez 37,12-14: “Os infundiré mi espíritu y viviréis”
Sal 129,1-8: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”
Rm 8,8-11: “El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros”
Jn 11,1-45: “Yo soy la resurrección y la vida”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

El mensaje principal de la liturgia del domingo V de Cuaresma es el siguiente: En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y somos hechos capaces de gustar a Dios, de hacer morir el hombre viejo para vivir del Espíritu del Resucitado.

«Señor, tu amigo está enfermo… Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». El evangelista juega con dos verbos en el texto griego original: “phileîn” (querer) y “agapân” (amar). «Tu amigo», al que quieres (phileîn) con afecto de amistad: es la percepción de las hermanas (y también del resto de la gente cuando le ven llorar ante la tumba: «¡Cómo lo quería!»); pero el evangelista, desde la fe revelada, corrige esta percepción limitada de la calidad del amor de Jesús: «Jesús amaba…» con amor de caridad (agapân), que tiene exigencias superiores a lo que puede pedir una mera amistad. Cristo nos ama con un amor que va mucho más allá de lo que nosotros somos capaces de experimentar o desear. El problema es cuando nosotros concebimos el amor de Cristo como proyección de nuestra limitada forma de amar. ¿Será por eso que Jesús nos manda amar a los demás, no como a nosotros mismos, sino como Él nos ha amado?

«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Idénticas palabras repiten las dos hermanas, cada una por su cuenta. Palabras que son expresión de fe en Jesús, pero de una fe muy limitada, muy a la medida humana. Creen que Jesús puede curar a un enfermo, pero no creen que pueda llegar a resucitar a un muerto. ¿Y no es así también nuestra fe? Ponemos condiciones al poder del Señor. Y sin embargo su poder es incondicionado: «para Dios nada hay imposible».

 «Si crees, verás la gloria de Dios». Frente a esta fe tan corta, el evangelio nos impulsa a una fe “a la medida de Dios”. Él quiere manifestar su grandeza divina, su poder infinito, su gloria. Deliberadamente, Jesús tarda en acudir a la llamada de Marta y Maria. Permite que Lázaro muera para resucitarle y manifestar de manera más potente su gloria: «Esta enfermedad… servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». No hay situación que no tenga remedio; cuanto más difícil, más fácil que Cristo “se luzca”.

«El que cree en mí… vivirá… no morirá para siempre». Jesús es el único que da la vida eterna, y quien la recibe, la tiene precisamente por creer en Él. La amistad entre Jesús, Lázaro y sus hermanas era de sobra conocida. Pero no les hace el milagro por eso, sino porque creían en Él. La fe, más que carta de recomendación para el milagro, es requisito indispensable. 

El centro del relato lo constituye la revelación que Jesús hace de sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida»; afirmación lo suficientemente grave como para acreditarla con una victoria sobre la muerte, resucitando a Lázaro. Jesús, no sólo “posee” la vida, “es” la vida; no sólo resucitará a otros en el último día, Él mismo “es” la resurrección. La vida sobrenatural, que Jesús concede ya ahora a quienes creen en Él, contiene en germen la resurrección final. Si permite el mal es para que más se manifieste lo que Él es y lo que es capaz de realizar: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros… para que creáis». 

En la oración que hace Jesús, la acción de gracias precede al acontecimiento: «Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado», lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: «Yo sabía bien que tú siempre me escuchas», es decir, que Jesús, por su parte, ora de manera constante y es consciente de su especial relación con “su” Padre. Así, apoyada en la acción de gracias y en la confianza filial y amorosa, la oración de Jesús nos enseña cómo pedir: antes de que lo pedido sea otorgado, Jesús se adhiere a la voluntad de Aquel que da y que se da al darnos sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el “tesoro“, y en Él está el Corazón de su Hijo; el don solicitado se otorga como «por añadidura».

Porque Jesús es la Resurrección, ha roto las ataduras de Lázaro; y a nosotros nos libra de las ataduras del pecado y de la muerte. Esta cuaresma tiene que significar para nosotros y para toda la Iglesia, y todavía más, para todos los que por el pecado están muertos a la vida de gracia –verdaderos “muertos vivientes”– una auténtica resurrección a una vida nueva. Cristo es la resurrección, y lo típico de su acción es hacer brotar la vida donde sólo había muerte. Cristo puede, y quiere, resucitar al que está muerto por el pecado o por la carencia de fe. Lo suyo es hacer cosas grandes, maravillas divinas. Y nosotros no debemos esperar menos. No tenemos derecho a dar a nadie por perdido.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe en Jesús y la fe en la resurrección
(994)

Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos, anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del “signo de Jonás“, del signo del Templo: anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte.

Los signos del Reino de Dios
(547  550)

Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos (o milagros) que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. Invitan a creer. Jesús concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser “ocasión de escándalo. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos, del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: «Pero, si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios». Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo». Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: “Dios reinó desde el madero de la Cruz“.

Libertad, necesidad y perseverancia en la fe
(160  162)

El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza. Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados. Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús. En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él.

Creer en Cristo Jesús, y en Aquel que lo envió, es necesario para obtener la salvación. Puesto que «sin la fe… es imposible agradar a Dios» (Hb 11, 6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que haya «perseverado en ella hasta el fin», obtendrá la vida eterna.

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo. S. Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe». Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe “actuar por la caridad”, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La conversión del corazón,
principio de una vida nueva
(1848; cf 1888)

Como afirma S. Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos «la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor». Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: «Reciban el Espíritu Santo». Así pues, en este convencer en lo «referente al pecado», descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito” (San Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El sueño, hermano de la muerte,
a su descanso nos convida;
guárdanos tú, Señor, de suerte
que despertemos a la vida.

Tu amor nos guía y nos reprende
y por nosotros se desvela,
del enemigo nos defiende
y, mientras dormimos, nos vela.

Te ofrecemos, humildemente,
dolor, trabajo y alegría;
nuestra plegaria balbuciente:
¡Gracias, Señor, por este día!

Recibe, Padre, la alabanza
del corazón que en ti confía
y alimenta nuestra esperanza
de amanecer a tu gran día.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. 

Amén.

INDULGENCIA PLENARIA 
POR EL CORONAVIRUS


INDULGENCIA PLENARIA POR LA PANDEMIA

El Santo Padre ha concedido indulgencia Plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), en cuanto sea posible su cumplimiento, a los fieles que, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se encuentren en las siguientes situaciones:

  1. Fieles enfermos de Coronavirus, sujetos a cuarentena por orden de la autoridad sanitaria en los hospitales o en sus propias casas: 
    • Obra prescrita: unirse espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Santa Misa, al rezo del Santo Rosario, a la práctica piadosa del Vía Crucis u otras formas de devoción, o si al menos rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales, apenas les sea posible.
  1. Fieles Agentes sanitarios, familiares y todos aquellos que cuidan de los enfermos de Coronavirus, 
    • Obra prescrita: atender a los enfermos, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, exponiéndose al riesgo de contagio.
  1. Fieles en general:
    • Obra prescrita: ofrecer la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí.
  1. Fieles en peligro de muerte que estén imposibilitados de recibir el sacramento de la Unción de los enfermos y el Viático, se les concede Indulgencia plenaria en punto de muerte siempre que estén debidamente dispuestos: 
    • Obra prescrita: que hayan rezado durante su vida algunas oraciones (en este caso la Iglesia suple a las tres condiciones habituales requeridas). Para obtener esta indulgencia se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz.

 

¿Qué son las indulgencias?

La indulgencia es la remisión de la pena temporal de los pecados ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel, dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia; la cual, como administradora de la Redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo, de la Virgen y de los santos. Se pueden aplicar por uno mismo o por los difuntos como sufragio, nunca por otra persona aún viva. La indulgencia puede ser parcial o plenaria, según que libere en parte o en todo de la pena temporal debida por los pecados.

 

¿Cuáles son los requisitos para las indulgencias?

Para ganar cualquier indul­gencia es necesario:

  1. estar bautizado, y no excomulgado. 
  2. estar en gra­cia de Dios, por lo menos al final de las obras prescritas.
  3. tener intención, al me­nos general, de ganarlas. 
  4. y cumplir las obras prescritas en el tiempo y en la forma debida.

Para ganar la indulgencia plenaria, además de lo anterior y de la exclusión de todo afecto de pecado, incluso venial, se necesita el cumplimiento de tres condiciones, que son: 

  1. la confesión sacramental, 
  2. la comunión euca­rística 
  3. y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice.

La indulgencia plenaria sólo puede ganarse una vez al día. Sin embargo, el fiel cristiano podrá alcanzar indul­gencia plenaria in articulo mortis, aunque el mismo día haya ganado ya otra indulgencia plenaria. 

Con una sola confesión pueden ganarse varias indulgencias plenarias. Las condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la ejecución de la obra prescrita: pero conviene que la comunión y la oración por las in­tenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se cumple la obra prescrita. La condición de orar por las intenciones del Sumo Pontífice se cumple si se reza a su intención un solo padrenuestro y avemaría, pero se concede a cada fiel la fa­cultad de rezar cualquier otra fórmula, según su piedad y devoción.

La indulgencia parcial puede ganarse varias veces al día, a no ser que expresamente se establezca lo contrario.

 

Imposibilidad física o moral de confesar

En el sacramento de la penitencia, los fieles que confiesan sus pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron al pecar.

La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede tener también por otros medios.

Debe recordarse, en estas difíciles circunstancias que, cuando un fiel cristiano se encuentre en la dolorosa imposibilidad de confesar sacramentalmente, la contrición perfecta —el dolor del alma y detestación del pecado cometido, con la resolución de no volver a pecar, que brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas— perdona las faltas veniales y obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental (Cfr. núm. 1451-1452 Catecismo de la Iglesia Católica).

 

Pecado, culpa y penas

Para entender las indulgencias es preciso creer en la existencia del Purgatorio. y no podremos entender la doctrina sobre el Purgatorio si no somos conscientes de los daños que causa el pecado y del misterio del perdón misericordioso de Dios. 

Pecado es toda desobediencia voluntaria a la Ley de Dios. Es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. La Ley de Dios la puede conocer todo el mundo por la voz de la conciencia recta, por la que la persona humana reconoce si un acto concreto es bueno o malo, y además, los creyentes, por los Diez Mandamientos. La raíz de todos los pecados está en el corazón del hombre, en su libre voluntad, que se alza contra Dios. El pecado rompe la comunión con Dios y con la Iglesia.

Todo pecado tiene una doble dimensión: es ofensa a Dios (culpa) y tiene consecuencias negativas para el mismo pecador —lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana— (penas). 

En primer lugar, si la ofensa es grave, y es cometida libremente (sabiéndolo y queriendo), el pecado es mortal —porque nos priva de la vida de la gracia— y comporta la ruptura de la comunión con Dios y, por consiguiente, la autoexclusión de la participación en la vida eterna (una verdadera autocondenación), que es lo que llamamos “pena eterna“. 

En segundo lugar, todo pecado, incluso venial (cuando la ofensa es leve, o falta el conocimiento o el consentimiento plenos), entraña apego desordenado a las criaturas, que es necesario purificar. Es lo que se llama “pena temporal“. Estas “penas”, no son, ni mucho menos, una especie de venganza o castigo de Dios, sino que son los daños causados por el mismo pecador (a si mismo, a los demás, a la Iglesia, a la naturaleza, etc.), que necesitan de reparación y purificación.

Perdón, reparación y purificación

El perdón de los pecados —garantizado en el sacramento de la Reconciliación— entraña el perdón de la culpa —es decir, el restablecimiento de la comunión con Dios, de la vida de gracia— y la remisión de la pena eterna de los pecado mortales, que verdaderamente quedan cancelados. Pero las penas temporales —las huellas negativas que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos— permanecen, al menos en parte: desórdenes, apegos, malos deseos e inclinaciones, heridas y cicatrices del alma que tienen necesidad de sanación, reparación y purificación, ya sea durante nuestra vida en la tierra, ya sea después de la muerte. 

El hombre herido por el pecado necesita ser progresivamente «sanado» de las consecuencias negativas que el pecado ha dejado en él (y que la tradición teológica llama «penas» y «restos» del pecado). 

A primera vista, hablar de penas después de recibir el perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. Así, Dios, después de definirse «Dios misericordioso y clemente, (…) que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Cf. Ex 34, 6-7). En el segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David después de su grave pecado le alcanza el perdón de Dios (Cf. 2S 12,13), pero no elimina el castigo anunciado (Cf. 2S 12,11; 16,21). El amor paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (Cf. Hb 12,4-11). 

En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, está todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura y docilidad a la gracia. Precisamente con vistas a una curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor. En este camino la misericordia de Dios le sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de «medicina» en la medida en que el hombre se deja interpelar para su conversión profunda. Éste es el significado de la «satisfacción» (la penitencia impuesta) que requiere el sacramento de la penitencia.

Mientras estamos en este mundo, la misericordia de Dios nos ofrece tres caminos o modos de expiar las penas temporales merecidas por los pecados: 1º.- por la penitencia sacramental (la «satisfacción» impuesta en la confesión); 2º.- mediante las distintas prácticas penitenciales voluntarias (ayunos y otras privaciones, limosnas y obras de misericordia y caridad, oración, soportar pacientemente las contrariedades, sufrimientos y pruebas de la vida y, finalmente, afrontando serenamente la muerte); 3º.- por el recurso a la comunión de los santos en las indulgencias. 

Después de la muerte, Dios misericordioso nos concede la gracia de ser purificados en el Purgatorio.

El Purgatorio

El Purgatorio es la última y definitiva oportunidad de purificación que concede Dios misericordioso, para poder entrar en el cielo, a las almas que lo necesitan. Nuestra fe nos dice que los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, necesitan una purificación después de su muerte a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos.

Dios es tan puro y santo que al alma que se presentase ante Él estando aún ligada a los deseos y las penas derivadas del pecado, se le haría imposible disfrutar de la visión beatífica de Dios. Puede servir de ejemplo lo que sucede cuando pasamos bruscamente de la obscuridad total a la luz del sol, nuestros ojos se cierran instintivamente, y nos provocaría un verdadero dolor abrirlos de golpe, porque necesitamos un tiempo de acomodación a la luz. Así, las almas de los difuntos necesitan de un “tiempo” de purificación, el Purgatorio (purificatorio), fruto de la misericordia de Dios, donde somos limpiados y liberados de todo resto de pecado para así poder contemplar gozosamente el rostro infinitamente luminoso y santo de Dios. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, «como a través del fuego». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama. Los santos, partiendo de la propia experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos en contraste con el infinito amor de Dios, hablan de un camino de purificación del alma hacía la comunión plena con Dios, un sufrimiento purificador y expiatorio, como un fuego abrasador. Para salvarse es necesario atravesar este “fuego” en primera persona y así llegar a ser definitivamente capaces de Dios y poder tomar parte en la mesa del banquete nupcial eterno. El Purgatorio es el “lugar” de la purificación de las almas, pero no un lugar como si fuera un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra, no es un fuego exterior, sino interior. Este fuego interior que purifica, es el fuego interior del Purgatorio. El alma es consciente del inmenso amor y de la perfecta justicia y santidad de Dios y, en consecuencia, sufre por no haber respondido de modo correcto y perfecto a ese amor, y por ello, el mismo amor a Dios se convierte en llama interior de amor que purifica de las escorias de sus pecados. En este estado, mediante purificaciones y curaciones, el alma madura para la comunión con Dios.

¿Es realmente eficaz la oración por los difuntos? ¿Podemos ayudarles a entrar en el cielo?

La pregunta es legítima: si el Purgatorio es ser purificado mediante el fuego en el encuentro personal con el Señor, Juez y Salvador, ¿cómo puede intervenir una tercera persona, por más que sea cercana a la otra? ¿No es suficiente lo que Cristo ha hecho ya por nosotros para salvarnos?

San Juan Pablo II nos dio la respuesta: Cristo, con su amor sobreabundante, nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: «Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia» (1,24). Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana.

Debemos caer en la cuenta de que ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil.

Un elemento importante del concepto cristiano de esperanza es que nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza para mí también. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal.

La oración por los difuntos

Orar por los difuntos es una obra de misericordia y un acto de justicia y caridad. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón? Una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos, y que sigue siendo también hoy una experiencia consoladora, es que el amor puede llegar hasta el más allá; que es posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto, más allá del confín de la muerte.

El cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico.

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos, cuyo número es incalculable (Cf. Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros.

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, siempre ha honrado la memoria de los difuntos y ha enseñado que, por el misterio de la comunión de los santos, podemos ayudar a nuestros difuntos —las almas del Purgatorio— mediante la oración, las limosnas, las indulgencias en su favor, los sacrificios y obras de penitencia, y especialmente ofreciendo por ellos la Santa Misa pidiendo por el perdón de sus pecados y su eterno descanso, y agradeciendo los beneficios que recibieron en vida, «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (2 M 12, 45). De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros, mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino que también hace eficaz su intercesión en nuestro favor. «No dudemos, pues,  en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo).

22 de marzo de 2020: DOMINGO IV DE CUARESMA “A”


 
“Los bautizados estamos iluminados por Cristo
para no caminar a ciegas ni en tinieblas”
 
1S 16,1b.6-7; 10-13a: “David es ungido rey de Israel”
Sal 22,1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”
Ef 5,8-14: “Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”

Jn 9,1-41: “Fue, se lavó, y volvió con vista”

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En los domingos de Cuaresma, de forma muy particular en este año litúrgico del ciclo A, somos introducidos a vivir un itinerario bautismal, casi a recorrer el camino de los catecúmenos, de aquellos que se preparan a recibir el Bautismo, para reavivar en nosotros este don y para hacer que nuestra vida recupere las exigencias y los compromisos de este Sacramento, que está en la base de nuestra vida cristiana.

La curación del ciego de nacimiento es un “milagro-signo revelador”, típico del evangelio de Juan: Jesús se revela con palabras y con hechos que las confirman; en este caso, la revelación es: «Yo soy la luz del mundo», soy «la Vida que es la luz de los hombres».

«¿Quién pecó?». La pregunta de los discípulos parte de la creencia en una relación causa–efecto entre pecado y enfermedad física. «Ni éste pecó ni sus padres». Jesús distingue el pecado del mal físico. El sentido de la respuesta de Jesús sería: “ni pecó este ni sus padres, pero dejad que se manifiesten en él las señales de Dios a favor mío”.

«Hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos». Todo el relato describe, por una parte, el itinerario hacia la fe (el ciego llega a ver); y, por otra, el itinerario inverso, el del endurecimiento (la ceguera de los fariseos es mayor al final): El primer paso para la fe resulta paradójico: cegar más; pero es que “la fe, cegando, da luz” (san Juan de la Cruz). Le abrió los ojos, cuando parecía se los tapaba con el barro. Ni en el gesto de la aplicación de la saliva –a pesar de que los antiguos le atribuían poderes curativos– ni en la purificación en el estanque, hay relación de causa a efecto, sino una significación sacramental más profunda (bautismo, eucaristía, y los demás sacramentos).

«Empecatado naciste». Queda claro el influjo de la voluntad en la fe y en la negativa a creer. Se acaba insultando al ciego–vidente que, con ironía popular, da una lección a sus jueces malintencionados. Mientras que Jesús había afirmado que no se trataba de un pecado personal del ciego, la actitud orgullosa de los fariseos hace que se erijan en jueces absolutos y lo condenen como pecador.

«Y lo expulsaron» … «¿Tú crees en el Hijo del Hombre?». Jesús acoge al rechazado por Israel y hace que su conocimiento de fe crezca hasta la plena luz: desde pensar que Jesús es un cualquiera («ese hombre que se llama Jesús»), a reconocer que es un profeta, aceptar luego que es santo y enviado de Dios; hasta, finalmente, confesar y adorar al Hijo del Hombre como Señor y Dios («Creo, Señor. Y se postró»).

«Para un juicio he venido»: para provocar en los hombres un discernimiento y una elección, una decisión a favor o en contra. Ésta es la clave de porqué el ciego llega a la luz mientras que los judíos se vuelven ciegos.

Éste ciego somos nosotros. Ciegos de nacimiento, e incapaces de curarnos nuestra propia ceguera. Hemos entrado en la Cuaresma para ser iluminados por Cristo, para que Él sane nuestra ceguera. ¡Qué poquito conocemos a Dios! ¡Qué poco entendemos sus planes! De Dios es más lo que no sabemos que lo que sabemos. Somos incapaces de reconocer a Cristo, que se acerca a nosotros bajo tantos disfraces. Nuestra fe es demasiado corta. El mejor fruto de Cuaresma es que salgamos de ella con la fe acrecentada, lúcida, potente, en sintonía con el misterio de Dios y sus planes, capaces de discernir la voluntad de Dios, que quiere «arrancarnos del dominio de las tinieblas» para que vivamos en la luz de Cristo, iluminados por su presencia.

La primera condición es reconocer que somos ciegos y dejar entrar en nuestra vida a Cristo, «la luz del mundo». El ciego reconoce su ceguera y además de la vista recibe la fe. Creer en Jesús es dejar atrás la oscuridad del pecado, y tener comunión de vida con Dios. Los fariseos, en cambio, se creen lúcidos «nosotros sabemos» y rechazan a Jesús, se cierran a la luz de la fe y quedan ciegos. La soberbia es el mayor obstáculo para acoger a Cristo y ser iluminados.

La sanación es un testimonio potente del paso de Cristo por la vida de este ciego. Él no sabe dar explicaciones de quién es Jesús. Simplemente confiesa: «sólo sé que yo era ciego y ahora veo». Pero con ello está proclamando que Cristo es la luz del mundo. No se trata de ideas, sino de un acontecimiento: estaba muerto y he vuelto a la vida, era esclavo del pecado y he sido liberado. Esto es nuestra Cuaresma y nuestra Pascua: el acontecimiento de Cristo que pasa por nuestra vida sanando, iluminando, resucitando, comunicando vida nueva.

En el Bautismo somos liberados de las tinieblas del mal y recibimos la luz de Cristo para vivir como hijos de la luz. También nosotros debemos aprender a ver la presencia de Dios en el rostro de Cristo y así la luz.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, revelación del Padre
y misterio de Redención
(516, 517) 

Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: «Quien me ve a mí, ve al Padre», y el Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenle». Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre, nos “manifestó el amor que nos tiene” con los menores rasgos de sus misterios.

Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz, pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza; en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento; en su palabra que purifica a sus oyentes; en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales «él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades»; en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica.

Cristo, luz de los pueblos
(748)

Cristo es la luz de los pueblos. La luz de Cristo, resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

El Bautismo, baño de iluminación
(1216)

Este baño, el Bautismo, es llamado iluminación” porque quienes reciben esta enseñanza en la catequesis su espíritu es iluminado. Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre», el bautizado, “tras haber sido iluminado“, se convierte en “hijo de la luz”, y en “luz” él mismo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son “la luz del mundo”.

El Bautismo nos da la luz de la fe

La fe es una virtud sobrenatural infusa por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, no por la evidencia de esas verdades, sino por la autoridad de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos. Los cristianos creemos las verdades contenidas en la Palabra de Dios, escrita en la Biblia o transmitida por la Tradición, y que son propuestas por el Magisterio de la Iglesia como divinamente reveladas. Las principales verdades de nuestra fe se encuentran resumidas en el Credo. El hombre necesita para creer la gracia del Espíritu Santo, pues la fe es un don sobrenatural. La fe es necesaria para la salvación, pues, como afirmó el Señor, «el que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer se condenará».

El Bautismo es el sacramento de la fe. Pero la fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. La fe debe crecer después del Bautismo.

La duda en la fe puede llevar a
la ceguera del espíritu
(2088)

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe: La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer; La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta –si la duda se fomenta deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del espíritu–; La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento; Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; Apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; Cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.

Los pecados más graves y comunes contra la fe son los siguientes: Creer alguna cosa contra la fe o fomentar dudas sobre ella; Desconfiar de la misericordia paternal de Dios; La idolatría o adoración de dioses falsos; La superstición, o sea, creer en fuerzas ocultas y ridículas; La adivinación y la magia, o sea, el recurso a medios ilícitos que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir; La irreligión, o sea, tentar a Dios o cometer sacrilegios; Leer, retener o propagar escritos contrarios a la fe; El ateísmo o negación de Dios.

Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.

La sexta bienaventuranza proclama «bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Los de “corazón puro” o limpio son los que, iluminados por el Espíritu Santo, han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor a la verdad y la ortodoxia de la fe. Hay un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe.

La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un prójimo; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Quedaremos iluminados, queridos hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento. También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que el Señor nos ilumine… Piensa que también iluminó a los ciegos” (San Agustín).

El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios… lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios” (San Gregorio Nacianceno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver,
quiero creer.

Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé,
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.

Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.

Están mis ojos cansados
de tanto ver luz sin ver;
por la oscuridad del mundo,
voy como un ciego que ve.

Tú que diste vista al ciego
y a Nicodemo también,
filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe.

Amén.