11 de noviembre de 2018: DOMINGO XXXII ORDINARIO “B”


“Tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará”

1 R 17,10-16: “La viuda hizo un panecillo y se lo dio a Elías”

Sal 145,7-10: “Alaba, alma mía, al Señor”

Hb 9,24-28: “Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos”

Mc 12,38-44: “Esa pobre viuda ha echado más que nadie”

I. LA PALABRA DE DIOS

San Marcos presenta aquí un severísimo juicio contra los escribas o doctores de la ley. Las acusaciones de Jesús adquieren su verdadero sentido en el contexto de aquella cultura: usar el manto propio de la oración (el “tallith“) fuera del templo, era un signo de ostentación de religiosidad; sentarse en el primer banco de la sinagoga, bajo el cual se guardaban los rollos de la ley, era señal de categoría social y se buscaba afanosamente. Si se añaden gestos de hipocresía, rapiña y orgullo –«devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos»–, comprendemos por que Jesús se muestra tan duro con ellos.

El breve episodio de la pobre e insignificante viuda nos conduce de lleno al corazón del evangelio. En efecto, lo que Jesús alaba en ella no es la cantidad –tan exigua que no sacaba a nadie de ningún apuro–, sino su actitud: «Ha dado todo lo que tenía para vivir», de manera semejante a lo que antiguamente hiciera aquella viuda de Sarepta con Elías, el hombre de Dios (1ª lectura). Al darlo todo se convierte en ejemplo concreto de cumplimiento del primer mandamiento; justamente en las antípodas del joven rico, que permaneció aferrado a sus seguridades; y de los escribas, llenos de codicia y vanidad. Este gesto silencioso, realizado a la entrada del templo, pone de relieve cuál es la correcta disposición en el culto y en toda relación con Dios: en el Reino de Dios sólo cabe la lógica del don total.

Quizá, el mejor comentario a este evangelio –que nos habla de totalidad– sean las conocidas palabras de San Juan de la Cruz: “Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. Para venir a gustarlo todo, no quieras gustar algo en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada“. Sólo llega a poseer a Dios el que lo da todo, el que se da del todo, pues Dios no se entrega al que se reserva algo. El que no está dispuesto a darlo todo, aún no ha dado el primer paso en la vida cristiana.

Nosotros hubiéramos tachado a la viuda de imprudente –se quedó sin lo necesario para vivir–, pero Jesús la alaba. Lo cual quiere decir que nuestra prudencia suele ser poco sobrenatural, poco cristiana. Tendemos a poseer y guardar porque en el fondo no contamos del todo con Dios –por si acaso–. Tenemos miedo de quedarnos sin nada, olvidando que en realidad Dios nos basta. Preferimos confiar en nuestras previsiones y provisiones más que en el hecho de que Dios es providente (1ª lectura). Desatendemos la palabra de Jesús: el que quiera guardar su vida, la pierde; el que la pierde por Él, es quién de verdad la gana (cf. Mc 8,35). Y además, lo que tenemos ¿es nuestro?: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7).

II. LA FE DE LA IGLESIA

El septimo mandamiento
(2401)

El séptimo mandamiento –no robarás– prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y hacer daño al prójimo en sus bienes de cualquier manera. Prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenos y los frutos del trabajo de los hombres.

La propiedad privada
y el destino universal de los bienes
(2402 – 2406)

Los bienes creados están destinados a todo el género humano. La propiedad privada es lícita para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres.

Pero, el derecho a la propiedad privada –adquirida o recibida de modo justo– no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continua siendo primordial. La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus prójimos.

El respeto a las personas y a sus bienes
(2407 – 2418; 2428, 2434)

Toda forma de retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las disposiciones de la ley civil, es contraria al séptimo mandamiento: retener deliberadamente bienes prestados u objetos perdidos; defraudar en el ejercicio del comercio; pagar salarios injustos; elevar los precios especulando con la ignorancia o necesidad ajenas; la corrupción, mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones; la apropiación y el uso privado de los bienes sociales de una empresa o del Estado; los trabajos mal hechos; el fraude fiscal; la falsificación de cheques y facturas; los gastos excesivos; el despilfarro; causar voluntariamente daños a las propiedades privadas o públicas.

Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objetos de consumo o a una fuente de beneficios. Con respecto a las personas, el séptimo mandamiento prohíbe todo lo que por cualquier razón conduce a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancías.

Cada cual debe poder sacar del trabajo los medios para sustentar su vida y la de los suyos, y para prestar servicio a la comunidad humana. El salario justo es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o retenerlo puede constituir una grave injusticia.

Para determinar la justa remuneración se han de tener en cuenta, a la vez, las necesidades y las contribuciones de cada uno. El trabajo debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea productiva de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común. El acuerdo de las partes no basta para justificar moralmente la cuantía del salario.

Todo pecado contra la justicia, bien sea el robo, bien el daño causado injustamente, exige que se restituya lo robado a su propietario y se repare el mal cometido.

El amor de la Iglesia por los pobres
(2443 – 2449, 2459)

El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social. El punto decisivo de la cuestión social consiste en que los bienes creados por Dios para todos lleguen de hecho a todos, según la justicia y con la ayuda de la caridad.

Bajo sus múltiples formas –indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o síquicas y, por último, la muerte– la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los “más pequeños de sus hermanos”. También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables.

El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta. Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo. Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25,31-36). La buena nueva «anunciada a los pobres» (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo.

El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa.

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

De todos modos, es necesario satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Zaqueo fue un hombre de gran voluntad y su caridad fue grande. Dio la mitad de sus bienes en limosnas y se quedó con la otra mitad sólo para devolver lo que acaso había defraudado. Mucho dio y mucho sembró. Entonces aquella viuda que dio dos céntimos, ¿sembró poco? No, lo mismo que Zaqueo. Tenía menos dinero pero igual voluntad, y entregó sus dos moneditas con el mismo amor que Zaqueo la mitad de su patrimonio. Si miras lo que dieron, verás que entregan cantidades diversas; pero si miras de dónde lo sacan, verás que sale del mismo sitio lo que da la una que lo que entrega el otro” (San Agustín).

Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia” (S. Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Cuando sembramos de esperanza,
cuando regamos con dolor,
con las gavillas en las manos,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

4 de noviembre de 2018: DOMINGO XXXI ORDINARIO “B”


“¿Por la fe privamos a la ley de su valor?
¡De ningún modo! Más bien la afianzamos”

Dt 6,2-6: “Escucha, Israel: Amarás al Señor, con todo el corazón”
Sal 17: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”
Hb 7,23-28: “Como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa”
Mc 12,28-34: “No estás lejos del Reino de Dios”

I. LA PALABRA DE DIOS

Israel tiene que ser fiel a Yavé. Por eso el «amarás al Señor tu Dios con todo el corazón», lo llevan tan profundamente clavado en el alma y en los labios que todo israelita piadoso recita a diario la “Shemá” (=Escucha Israel…). Lejos del miedo a Dios, el amor y el respeto han de mover al pueblo para cumplir con lo mandado. Este método recordatorio: «Las escribirás en las jambas de tu casa», se tomó al pie de la letra, y los judíos guardaban a la entrada de sus casas una cajita (mezuza), con ese texto escrito.

Los rabinos, en tiempos de Jesús, discutían cuál de los mandamientos promulgados por Moisés, y multiplicados por la tradición oral, era el principal. A aquél escriba, que parece que se acercó con buena intención, Jesús, repitiéndole la “Shemá”, le responde conservando intacta la validez de aquel precepto. En los mandamientos de Moisés, se incluía también el amor al prójimo, sin excluir a los extranjeros. Lo original de Jesús es unir ambos mandatos (a Dios y al prójimo) en un solo y principal precepto moral. Y deja claro que este doble amor constituye la base del culto verdadero y perfecto. La expresión «no estás lejos del Reino de Dios» indica que, obedeciendo a la voluntad de Dios revelada por Moisés, el escriba sintonizaba con lo nuclear del mensaje de Jesús, …pero aún le faltaba algo.

«Amarás al Señor». Este es el mandamiento primero y principal. La unicidad de Dios funda ese radicalismo en las exigencias del amor («todo…, todo…, todo…»): no hay varios dioses, varios “señores” entre los que dividir el corazón. De nada servirá cumplir todos los demás mandamientos sin cumplir este. El amor al Señor da sentido y valor a cada mandamiento, a cada acto de fidelidad. Para esto hemos sido creados, para amar a Dios. Y sólo este amor da sentido a nuestra vida, solamente Él nos puede hacer felices, nadie más que Él puede hacer que nos vaya bien.

«Con todo tu corazón». Pues el amor a Dios no es una simple obligación, sino una necesidad, una respuesta espontánea al experimentar que «Él nos amó primero» (1Jn 4,16).

«Con todo tu ser». Precisamente porque el amor de Dios a nosotros ha sido y es sin medida, el nuestro para con Él no puede ser a ratos o en parte. No importa que nos sintamos poca cosa y limitados; la autenticidad de nuestro amor se manifiesta en que debe ser total, que no se reserve nada: todo nuestro tiempo, todas nuestras energías y capacidades, todos nuestro bienes… Al Dios que es único le corresponde la totalidad de nuestro ser.

«Amarás a tu prójimo». Jesús une estos dos preceptos que los judíos consideraban independientes. La revelación plena de la caridad (Jn 13-17; 1Jn) nos dice que el amor a Dios y el amor al prójimo son un único río que brota de la misma fuente: El Espíritu del Padre y del Hijo, Espíritu de amor.

«Como a ti mismo». No es difícil entender cómo ha de ser nuestro amor al prójimo. Basta observar cómo nos amamos a nosotros mismos… y comparar. Podemos y debemos amar al prójimo como a nosotros mismos porque forma parte de nosotros mismos, porque no nos es ajeno. «No hay judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28). Gracias a Cristo, el prójimo ha dejado de ser un extraño.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El mandamiento principal
(2053 – 2055)

El Decálogo debe ser interpretado a la luz del doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.

Jesús,en su mensaje, recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la «justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos» (Mt 5,20), así como la de los paganos. Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos: «habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás…Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mt 5,21-22).

El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta.

La enseñanza de los diez mandamientos
(2064 – 2072)

Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.

Desde S. Agustín, los “diez mandamientos” ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. Enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo.

El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las “diez palabras” remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.

Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano. Nadie podría dispensar de ellos.

Lo que Dios manda lo hace posible por su gracia. Jesús dice: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

La Ley nueva, ley del amor
(1972)

Toda la Ley evangélica está contenida en el “mandamiento nuevo” de Jesús: amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto, ni indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y tener un solo corazón con su prójimo… Las palabras del Decálogo persisten también entre nosotros (cristianos). Lejos de ser abolidas, han recibido amplificación y desarrollo por el hecho de la venida del Señor en la carne” (S. Ireneo).

“Aunque la ley antigua prescribía la caridad, no daba el Espíritu Santo, por el cual «la caridad es difundida en nuestros corazones» (Rm 5,5)” (Santo Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Sólo desde el amor
la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas.

Desde el cimiento mismo
del corazón despierto,
desde la fuente clara
de las verdades últimas.

Ver al hombre y al mundo
con la mirada limpia
y el corazón cercano,
desde el solar del alma.

Tarea y aventura:
entregarme del todo,
ofrecer lo que llevo,
gozo y misericordia.

Aceite derramado
para que el carro ruede
sin quejas egoístas,
chirriando desajustes.

Soñar, amar, servir,
y esperar que me llames,
tú, Señor, que me miras,
tu que sabes mi nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo.

Amén.

28 de octubre de 2018: DOMINGO XXX ORDINARIO “B”


“He sido enviado…
a dar la vista a los ciegos”

Jr 31,7-9: “Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos”
Sal 125: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”
Hb 5,1-6: “Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec”
Mc 10,46-52: “Maestro, haz que pueda ver”

I. LA PALABRA DE DIOS

La ceguera de los discípulos –es decir, su incapacidad de entender y seguir a Jesús– requiere una intervención sanadora del propio Jesús. Es lo que aparece en el evangelio. Bartimeo se convierte en modelo del verdadero discípulo que, reconociendo su ceguera, apela con una oración firme e insistente a la misericordia de Jesús y, una vez curado, le sigue por el camino. Sólo siendo curado de la ceguera e iluminado por Cristo se le puede seguir hasta Jerusalén y adentrarse con Él por la senda oscura de la cruz. Así, Bartimeo se convierte en signo de la multitud doliente de excluidos, que por el camino de Jerusalén –el camino de la cruz–, es reconducida por Cristo a la casa del Padre (1ª lectura).

Es la primera vez que una persona corriente (no un endemoniado) proclama la mesianidad de Jesús. A Jesús no le molesta; son los otros los que quieren que se calle. La pregunta que Jesús hace al ciego: «¿Qué quieres que haga por ti?», está redactada en los mismos términos que la que hizo a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, cuando le pidieron algo muy distinto (cf.: Mc 10,36s).

Es de resaltar la insistencia de la súplica del ciego –repetida dos veces– y su intensidad –«gritando», y cuando intentan callarle «él gritaba mucho más»–, una súplica que nace de la conciencia de su indigencia –la ceguera– y sobre todo de la confianza cierta y segura en que Jesús puede curarle; de ahí la respuesta sorprendente de Jesús: «tu fe te ha salvado». A Bartimeo no le curaron sus gritos, sino la fe en Jesús; comienza gritando el nombre de Jesús y termina siguiéndole. Para san Marcos el seguimiento es más importante que la curación en sí misma.

En la manera de escribir, el evangelista está sugiriendo con fuerza que la falta de fe se identifica con la ceguera, lo mismo que la fe se identifica con recobrar la vista. El que creé en Cristo es el que ve las cosas como son en realidad, aunque sea ciego de nacimiento –o aunque sea inculto o torpe, humanamente hablando–; en cambio, el que no cree está rematadamente ciego, aunque tenga la pretensión de ver, e incluso presuma de ello.

Es significativa también la petición –«Ten piedad de mí»–, que tiene que resultarnos muy familiar, porque todos necesitamos de la misericordia de Cristo. Pero no menos significativo es el hecho de que esta compasión de Cristo no deja al hombre en su egoísmo, viviendo para sí. Se le devuelve la vista para seguir a Cristo. El que ha sido librado de su ceguera no puede continuar sentado, al margen, viendo pasar la vida, reclamando atenciones. Si de verdad se le han abierto los ojos, no puede por menos de quedar deslumbrado por Cristo, sólo puede tener ojos para Él y para seguirle por el camino, con la mirada del corazón fija en Él.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El nombre JESÚS
(430 – 435)

Jesús quiere decir en hebreo: “Dios salva”. En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de “Jesús” que expresa a la vez su identidad y su misión. Ya que «¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?», es Él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre, «salvará a su pueblo de sus pecados». En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.

El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados. Él es el Nombre divino, el único que trae la salvación y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación de tal forma que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos».

La Resurrección de Jesús glorifica el nombre de Dios Salvador porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del «Nombre que está sobre todo nombre». Los espíritus malignos temen su Nombre y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, Él se lo concede.

El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula “Por Nuestro Señor Jesucristo”. El “Avemaría” culmina en “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. La oración del corazón, en uso en oriente, llamada “oración a Jesús” dice: “Jesucristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador”. Numerosos cristianos mueren, como Santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: “Jesús”.

La oración a Jesús
(2664 – 2669)

No hay otro camino de oración cristiana que Cristo. Sea comunitaria o individual, vocal o interior, nuestra oración no tiene acceso al Padre más que si oramos “en el Nombre” de Jesús. La santa humanidad de Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre.

La oración de la Iglesia, alimentada por la palabra de Dios y por la celebración de la liturgia, nos enseña a orar al Señor Jesús. Aunque esté dirigida sobre todo al Padre, en todas las tradiciones iturgiacas incluye formas de oración dirigidas a Cristo. Algunos salmos y el Nuevo Testamento ponen en nuestros labios y gravan en nuestros corazones las invocaciones de esta oración a Cristo: Hijo de Dios, Verbo de Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Rey, Hijo amado, Hijo de la Virgen, Buen Pastor, Vida nuestra, nuestra Luz, nuestra Esperanza, Resurrección nuestra, Amigo de los hombres

Pero el Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús. El nombre divino es inefable para los labios humanos (cf Ex 3,14; 33,19-23), pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: “Jesús”, “YaHVeH salva”. El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir “Jesús” es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él.

Esta invocación de fe, bien sencilla, ha sido desarrollada en la tradición de la oración bajo formas diversas en el Oriente y el Occidente cristianos. La formulación más habitual, transmitida por los padres espirituales orientales, como decíamos, es la invocación: “Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ¡Ten piedad de nosotros, pecadores!” Conjuga el himno cristológico de Filipenses (2, 6-11) con la petición del publicano y del mendigo ciego (cf Lc 18,13; Mc 10, 46-52). Mediante ella, el corazón está acorde con la miseria de los hombres y con la misericordia de su Salvador.

La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en palabrerías, sino que conserva la Palabra y fructifica con perseverancia. Es posible “en todo tiempo” porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús.

La oración de la Iglesia venera y honra al Corazón de Jesús, como invoca su Santísimo Nombre. Adora al Verbo encarnado y a su Corazón que, por amor a los hombres, se dejó traspasar por nuestros pecados.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones” (San Teófilo de Antioquía).

“Para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima (la de Jesús), en quien su Majestad se deleita. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros.” (Santa Teresa de Jesús).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!)
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo.

Amén.