Women with oil lamps await a bridegroom outside a stone doorway

8 de noviembre de 2026: DOMINGO XXXII ORDINARIO «A»


«Volverá el Señor para abrir y cerrar
la puerta del banquete de bodas»

Sab 6,12-16: «Quienes buscan la sabiduría la encuentran»
Sal 62: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío»
1Ts 4,12-18: «Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto»
Mt 25,1-13: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!»

I. LA PALABRA DE DIOS

En estas últimas semanas del año litúrgico la Iglesia quiere fijar nuestra mirada en la venida de Cristo al final de los tiempos. En esta venida aparecerá como Rey y como Juez (evangelio de los dos próximos domingos); pero hoy se nos presenta como el Esposo.

«No os aflijáis como los que no tienen esperanza». Hay un sentimiento de dolor por la muerte de los seres queridos que es natural. Pero también hay otro tipo de tristeza que no tiene nada de cristiana y que sólo refleja falta de fe y de esperanza. El verdadero cristiano puede sentir pena en su corazón, pero en el fondo de su alma está lleno de confianza, porque Cristo ha resucitado y los muertos también resucitarán.

«Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto». En esto se decide todo: en «morir en el Señor«. Para el cristiano, la verdadera tristeza no es la causada por el hecho de morir, sino por morir fuera de Jesús; porque esa sí que es verdadera muerte, la «muerte segunda», la muerte definitiva en los horrores del infierno por toda la eternidad. En cambio, el que muere en Jesús no puede perderse, pues Jesús no abandona a los suyos, sino que como Buen Pastor los conduce a las «verdes praderas de su reino» para hacerlos descansar. El que muere en el Señor no pierde ni siquiera su cuerpo, que un día resucitará. El que no muere en Jesús lo pierde todo, «se pierde a sí mismo».

El título de «Esposo», que se aplica a Yahvé en el Antiguo Testamento, Jesús lo toma para sí. Sin entrar en mayores explicaciones, este título subraya sobre todo la relación de profunda intimidad amorosa que Cristo-esposo establece con la Iglesia, su esposa y —en ella— con cada cristiano. Mientras llega ese momento, cada cristiano, y toda la Iglesia, debe estar vigilante.

El cristiano –según esta parábola– es el que está esperando a Cristo Esposo con un gran deseo que brota del amor y que le hace obrar en consecuencia; viviendo en gracia de Dios, con suficiente «aceite» para que no se apague la lámpara de la caridad. Por tanto, es una espera amorosa y activa. Y no es una espera de estar con los brazos cruzados: el que espera de verdad prepara la lámpara, sale al encuentro.

«Mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis». Esta respuesta sería egoísta si sólo se tratara de aceite material. Pero aquí tiene un sentido mucho más profundo: se trata de salvación o condenación, y nadie debe pensar que su respuesta personal a Cristo van a darla otros por él.

«Y se cerró la puerta». Es el dato más dramático de toda la parábola. Muchos de los invitados se quedarán fuera y para siempre. A un cristiano no lo salva automáticamente el hecho de pertenecer a la Iglesia por el bautismo, ni el estar invitado a las bodas del cielo, ni la sola fe en Jesús como su salvador personal («Señor, Señor, ábrenos»), sino el tener encendida la lámpara del amor, estando en gracia santificante, en el momento de su muerte, a la llegada del Esposo.

Precisamente, la parábola pone el acento en esta atención vigilante (esperanza) a Cristo que viene, estando preparado viviendo en gracia, con suficiente aceite de buenas obras para que arda la lámpara de la caridad. La lámpara sin aceite se apaga, «la fe sin obras está muerta».

Lejos de temer esta venida, el cristiano la desea, como la esposa fiel desea la vuelta del esposo que marchó de viaje. Sólo la esposa infiel teme la llegada del esposo. El cristiano no se entristece por la muerte, «como los que no tienen esperanza». La muerte es sólo un «dormir» y el cristiano tiene la certeza de que será despertado y experimentará la dicha de estar «siempre con el Señor». Por eso, en lugar de vivir de espaldas a la muerte, el verdadero creyente vive aguardando serenamente el momento del encuentro con el divino Esposo, la vuelta de Jesús desde el cielo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Señor Jesucristo»
(672)

El Reino de Cristo, está presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado. Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: «Ven, Señor Jesús.» Nosotros vivimos el entretiempo que media de la primera a la segunda venida del Señor. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía por la «tristeza» y la prueba del mal, que afecta también a la Iglesia, e inaugura los combates de los últimos días. Es un tiempo de espera y de vigilia.

La espera en vigilia
(2612; 2849; 2699)

«Vigilia» es un término clásico del lenguaje cristiano para designar un tiempo largo dedicado a la oración en las horas de la noche. Tiempo de silencio exterior y de riqueza interior, porque es espera del Señor y todo se mira desde su próxima venida (Parusía). Tiempo simbólico que remite a la venida del Señor en la muerte de cada uno y al fin de los tiempos.

Jesús –«el Reino de Dios está próximo»– llama a la conversión y a la fe, pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a aquél que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate; y velando en la oración es como no se cae en la tentación.

Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del «Tentador», desde el principio y en el último combate de su agonía. En la petición a nuestro Padre «no nos dejes caer en la tentación«, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es guarda del corazón, y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre». El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela».

El Señor conduce a cada persona por los caminos de la vida y de la manera que Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación, y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.

El retorno del Señor es gozoso: se compara a un banquete de bodas y, al mismo tiempo, abre un gran interrogante: decide la suerte eterna que cada uno se ha labrado durante la propia vida. El entretiempo actual es tiempo de oración vigilante. En su centro, la Plegaria eucarística y la comunión, esperando la venida del Señor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera  que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes’» (Lumen gentium, 48).

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos» (Misal Romano).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este es el tiempo en que llegas,
Esposo, tan de repente,
que invitas a los que velan
y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro
doncellas con ramos verdes
y lámparas que guardaron
copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpearon las necias
las puertas de tu banquete!
¡Y cómo lloran a oscuras
los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,
Esposo, por si vinieres,
y está el corazón velando,
mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,
Amor que a la noche vienes,
antes que la noche acabe
y que la puerta se cierre. 

Amén.

Religious painting with souls in purgatory and text “CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS”

2 de noviembre de 2026: Conmemoración de todos los fieles difuntos


SUFRAGIOS, la memoria provechosa para nuestros difuntos

Las Misas no son homenajes a los difuntos

Ofrecemos la Misa, no en honor, ni como homenaje a los difuntos, ni como un mero acto de recuerdo entrañable; sino en sufragio de sus almas, para el perdón y la purificación de sus pecados.

Sentimos naturalmente el dolor, por la separación temporal de una persona querida, pero también el gozo sereno que nos da la esperanza en la resurrección. Porque creemos en la misericordia de Dios, en el perdón de los pecados y en la vida eterna.

¿Cómo podemos ayudar de verdad
a nuestros difuntos?

La oración por los difuntos

Orar por los difuntos es una obra de misericordia y un acto de justicia y caridad. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón? Una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos, y que sigue siendo también hoy una experiencia consoladora, es que el amor puede llegar hasta el más allá; que es posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto, más allá del confín de la muerte.

El cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino que también hace eficaz su intercesión en nuestro favor. «No dudemos, pues,  en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo).

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos, cuyo número es incalculable (Cf. Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros.

La mejor ayuda a nuestros difuntos:
Misas e indulgencias

Dado que nadie conoce el estado en que una persona muere, la Iglesia celeste y la que peregrina en el mundo interceden por los difuntos para que alcancen la perfección necesaria para ver a Dios. La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, siempre ha honrado la memoria de los difuntos y ha enseñado que, por el misterio de la comunión de los santos, podemos ayudar a nuestros difuntos —las almas del Purgatorio—, pues después de la muerte ya no pueden merecer para sí mismos, mediante la oración, las limosnas, los sacrificios y obras de penitencia, las indulgencias en su favor y especialmente ofreciendo por ellos la Santa Misa pidiendo por el perdón de sus pecados y su eterno descanso, y agradeciendo los beneficios que recibieron en vida, «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (Cf. 2 M 12, 45). De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros, mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. El cristiano no teme el trance de la muerte ni la purificación que viene tras ella, pues es obra del amor de Dios que perfecciona a su criatura.

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Catholic All Saints liturgy with clergy, worshippers, saints, and heavenly figures

1 de noviembre de 2026: Domingo. Solemnidad de Todos los Santos


“!Oh glorioso reino en el que reinan con Cristo todos los santos!”

Ap 7,2-4.9-14: “Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas”
Sal 23,: “Esta es la generación que busca tu rostro, Señor”
1 Jn 3,1-3: “Veremos a Dios tal cual es”
Mt 5,1-12a: “Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”

I. LA PALABRA DE DIOS

La expresión «el número de los sellados» designa la Iglesia entera. «El sello del Dios vivo» es signo de pertenencia a Dios y garantía de la protección divina. Mencionando primero a la tribu de Judá, de la que procedía Jesús, recorre todas las tribus de Israel, el antiguo pueblo que dio paso a los marcados con el sello de Jesucristo.

El evangelio de hoy es el discurso inaugural programático de Jesús. Habla de reforma interior, de las actitudes internas necesarias para el nuevo estilo de vida llamado «salvación», «reino de Dios», «vida nueva», o, como dijo san Pablo VI, y le gustaba repetir a san Juan Pablo II, «la civilización del amor». «Las bienaventuranzas no tienen como objeto, propiamente unas normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no coinciden con los mandamientos. Pero no hay separación o discrepancia entre bienaventuranzas y mandamientos, pues ambos se refieren al bien, a la vida eterna. Las bienaventuranzas son, ante todo, promesas de las que también se derivan, de forma indirecta, indicaciones normativas para la vida moral. En su profundidad original son una especie de autorretrato de Cristo y, precisamente por esto , son invitaciones a su seguimiento y a la comunión de vida con él» (san Juan Pablo II).

Los «pobres en el espíritu»  de san Mateo se identifican con todos aquellos que tienen a Dios como fundamento de su esperanza, conscientes de su radical necesidad de Dios; son los humildes, más bien que los que carecen de bienes materiales (san León Magno). Se parecerían a «los mansos» de la tercera bienaventuranza, no precisamente porque les haya tocado en suerte un temperamento tranquilo. La mansedumbre incluye corrección y cortesía, humildad y moderación; es virtud propia de quien aprende como discípulo y de quien enseña como maestro. La mansedumbre en persona es Jesús. Quien aprende mansedumbre en la escuela de Jesús será feliz y heredará la tierra. El consuelo que se promete a «los que lloran» vendría de que lamentaban los pecados del pueblo. El «hambre y sed de justicia»  es el afán por la santidad, por la fidelidad a la voluntad de Dios. La misericordia es habitual en los evangelios, y el premio para quien la tiene es recibirla de otros. Jesús bendice a «los limpios de corazón», es decir, a los de pureza interior; los leales con Dios. La actitud profunda de tales personas es «la no doblez». Son «bienaventurados los que trabajan por la paz», porque son reconciliadores, pacificadores. «Los perseguidos por causa de la justicia», por ser fieles a Dios. Todas las bienaventuranzas son explicitaciones de la primera; «los pobres» son: los que sufren, los mansos, los pacificadores, los perseguidos, etc.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La comunión con los santos
(954 — 957. 960 — 961)

Los tres estados de la Iglesia: Iglesia peregrina, Iglesia purgante e Iglesia triunfante. Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es. Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios. Todos los de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en Él.

Al venerar a los santos, no veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. Así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios.

La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe con la muerte. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales. Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente  unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad, no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra. Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad. La Iglesia es «comunión de los santos», en Cristo que ha «muerto por todos», de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos.

La comunión con los difuntos
(958)

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (2M 12,45). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida» (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos).

«Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones» (san Pablo VI).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Peregrinos del reino celeste,
hoy, con nuestras plegarias y cantos,
invocamos a todos los santos,
revestidos de cándida veste.

Estos son los que a Cristo siguieron,
y por Cristo la vida entregaron,
en su sangre de Dios se lavaron,
testimonio de amigos le dieron.

Solo a Dios en la tierra buscaron,
y de todos hermanos se hicieron.
Porque a todos sus brazos se abrieron,
estos son los que a Dios encontraron.

Desde el cielo, nos llega cercana
su presencia y su luz guiadora:
nos invitan, nos llaman ahora,
compañeros seremos mañana.

Animosos, sigamos sus huellas,
nuestro barro será transformado
hasta verse con Cristo elevado
junto a Dios en su cielo de estrellas.

Gloria a Dios, que ilumina este día:
gloria al Padre, que quiso crearnos,
gloria al Hijo, que vino a salvarnos,
y al Espíritu que él nos envía. 
Amén.