DOMINGO XXX ORDINARIO “A”


“Si me aman, guardarán mis mandamientos”

Ex 22,21-27: “Si explotan a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra ustedes”
Sal 17: “Yo te amo, Señor; tú eres mí fortaleza”
1Ts 1,5c-10: “Abandonaron los ídolos para servir a Dios y esperar la vuelta de su Hijo”

Mt 22,34-40: “Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo”

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio de hoy es una magnífica ocasión para ver si realmente estamos en el buen camino. Porque este doble mandamiento del amor es el principal: no sólo el más importante, sino el que está en el principio de todo lo demás. El que lo cumple, también cumple –o acaba cumpliendo– el resto, pues todo brota del amor a Dios y del amor al prójimo como de su fuente. Pero el que no vive esto, no ha hecho nada, aunque sea perfectamente cumplidor de los detalles –es el drama de los fariseos, «sepulcros blanqueados»–. La clave de todo está en el amor.

El amor a Dios está marcado por la totalidad. Siendo Dios el Único y el Absoluto, no se le puede amar más que con todo el ser personal. El hombre entero, con todas sus capacidades, con todo su tiempo, con todos sus bienes… ha de emplearse en este amor a Dios. No se trata de darle a Dios algo de lo nuestro de vez en cuando. Como todo es suyo, hay que darle todo y siempre. Pero ¡atención! El amor a Dios no es un simple sentimiento: «En esto consiste el amor a Dios, en que guardemos sus mandamientos» (1 Jn 5,3). Amar a Dios es cumplir los diez mandamientos y hacer su voluntad en cada instante.

Y el segundo es «semejante» a este. El segundo mandamiento no es igual ni equivalente al primero, sino parecido a él; ¡el primero siempre es el primero! 

El punto de referencia del amor al prójimo en la Ley de Moisés es «como a ti mismo» ¿Cómo me amo a mí mismo? Por desgracia, el contraste entre las atenciones para con el prójimo y para con uno mismo suele ser enorme. Aquí usamos también la “ley del embudo”: lo ancho para mí y lo estrecho para los demás. Pero amar al prójimo no es sólo no hacerle mal, sino hacerle todo el bien posible, como el buen samaritano (Lc 10,29-37). Y amar al prójimo «como a ti mismo» es todavía un mandamiento del Antiguo Testamento; Cristo va más allá: «Ámense unos a otros “como yo les he amado”», es decir, «hasta el extremo» (Jn 13,1), hasta dar la vida por el prójimo. Esta es la Ley Nueva —el mandamiento nuevo— de Cristo.

Cuanto más amor hay en el corazón del hombre, mejor refleja la imagen de Dios que hay en él. La gran diferencia entre los mandamientos de la Ley Antigua y los mismos trasladados a la Ley Nueva está en Jesucristo que los ha convertido en vida y en modo de ser. Son más exigentes, pero tenemos por delante un guía y un amigo que en la Eucaristía nos da su fuerza para cumplirlos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El amor y los mandamientos
(2067; cf 2072)

Los diez Mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo. Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano.

La relación amor-mandamientos:
(1822 — 1829. 2052 — 2074)

La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (Jn 13,34). Amando a los suyos «hasta el fin» (Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: «Como el Padre me amó, yo también les he amado a ustedes; permanezcan en mi amor» (Jn 15,9). Y también: «Este es el mandamiento mío: que se amen unos a otros como yo les he amado» (Jn 15,12).

Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: «Permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor».

Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos suyos. El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos, que nos hagamos prójimos del más lejano (cf. Lc 10,27-37), que amemos a los niños (Mc 9,37) y a los pobres como a Él mismo (Mt 25,40.45).

El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa. No es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).

«Si no tengo caridad –dice también el apóstol– nada soy». La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.

La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del «que nos amó primero» (1 Jn 4,19).

La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión.

El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.

El Amor de Dios se nos da como gracia, no es fruto espontáneo del corazón humano, hay que dejarse llevar de su impulso divino. «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto». El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida hecha fecunda por la unión con Cristo. El Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

“La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos” (S. Agustín).

“O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa  y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda y entonces estamos en la disposición de hijos” (S. Basilio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. 

Amén.

Sobre el reconocimiento legal de las uniones homosexuales.


CONSIDERACIONES ACERCA DE LOS
PROYECTOS DE RECONOCIMIENTO LEGAL
DE LAS UNIONES
ENTRE PERSONAS HOMOSEXUALES

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

EXTRACTO:

  1. No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, « cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso ».(4)

En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales « están condenadas como graves depravaciones… (cf. Rm 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía sean personalmente responsables de ella; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados ».(5) El mismo juicio moral se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos,(6) y ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica.

Sin embargo, según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales « deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta ».(7) Tales personas están llamadas, como los demás cristianos, a vivir la castidad.(8) Pero la inclinación homosexual es « objetivamente desordenada »,(9) y las prácticas homosexuales « son pecados gravemente contrarios a la castidad ».(10)

  1. La tolerancia del mal es muy diferente a su aprobación o legalización.

    Ante el reconocimiento legal de las uniones homosexuales, o la equiparación legal de éstas al matrimonio con acceso a los derechos propios del mismo, es necesario oponerse en forma clara e incisiva. Hay que abstenerse de cualquier tipo de cooperación formal a la promulgación o aplicación de leyes tan gravemente injustas.
  2. … Para sostener la legalización de las uniones homosexuales no puede invocarse el principio del respeto y la no discriminación de las personas. Distinguir entre personas o negarle a alguien un reconocimiento legal o un servicio social es efectivamente inaceptable sólo si se opone a la justicia.

    Las uniones homosexuales no cumplen ni siquiera en sentido analógico remoto las tareas por las cuales el matrimonio y la familia merecen un reconocimiento específico y cualificado. Por el contrario, hay suficientes razones para afirmar que tales uniones son nocivas para el recto desarrollo de la sociedad humana, sobre todo si aumentase su incidencia efectiva en el tejido social.
  3. Si todos los fieles están obligados a oponerse al reconocimiento legal de las uniones homosexuales, los políticos católicos lo están en modo especial, según la responsabilidad que les es propia.

CONCLUSIÓN

  1. La Iglesia enseña que el respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual ni a la legalización de las uniones homosexuales. El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, para el bien de los hombres y de toda la sociedad.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia concedida al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 28 de marzo de 2003, ha aprobado las presentes Consideraciones, decididas en la Sesión Ordinaria de la misma, y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 3 de junio de 2003, memoria de San Carlos Lwanga y Compañeros, mártires. Joseph Card. Ratzinger
Prefecto

Angelo Amato, S.D.B.
Arzobispo titular de Sila
Secretario

Texto completo:


http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20030731_homosexual-unions_sp.html

DOMINGO XXIX ORDINARIO “A”


 “Independencia y colaboración entre la Iglesia y la Autoridad civil”

Is 45,1.4-6: Llevó de la mano a Ciro para doblegar ante él las naciones
Sal 95: Aclamad la gloria y el poder del Señor”
1Ts 1,1-5b: Recordamos vuestra fe, esperanza y caridad

Mt 22,15-21: Páguenle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

I. LA PALABRA DE DIOS

Después de la Carta a los Filipenses, la Iglesia nos presenta durante los próximos domingos la Primera Carta a los Tesalonicenses, que es el primer escrito de san Pablo y de todo el Nuevo Testamento. Asistimos en ella a los primeros pasos de la comunidad cristiana de Tesalónica.

«Recordamos sin cesar la actividad de la fe de ustedes, el esfuerzo de su amor y el aguante de su esperanza». Motivo especial de gratitud es que el don de Dios no ha quedado estéril. La fe recibida por los tesalonicenses se ha traducido en obras, su amor se ha prolongado en entrega esforzada por el Señor y por los hermanos, su esperanza se ha manifestado en la tenacidad y el aguante. Y nosotros, ¿qué hemos hecho de los dones recibidos de Dios?

El evangelio pone de relieve la admirable sabiduría y el ingenio, la seguridad y la fuerza dialéctica de Jesús, que deja sin argumentos a sus adversarios. Como en otras ocasiones, intentan meterle en un callejón sin salida: o dice que hay que pagar, y entonces se gana la antipatía de los judíos, que no podían soportar la opresión de los romanos; o dice que no hay que pagar, y entonces se gana las iras de los romanos, que le verían como un revolucionario. Pero Jesús sale airoso de este dilema remontándose a un nivel superior. 

No sólo escapa de la trampa, sino que además hace ver a sus interlocutores su mala voluntad. El tributo al Cesar representaba claramente la humillante sumisión de los judíos al emperador romano. La moneda romana del tributo era en sí misma blasfema para un judío ortodoxo: por la imagen (contra el 2º mandamiento) y por la inscripción, que consideraba al emperador “hijo del divino Augusto“. Por el mero hecho de llevar consigo aquella moneda, demostraban su condición de súbditos del emperador; y aparecía más claramente su hipocresía. 

«Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». La moneda lleva la imagen del emperador y por eso le pertenece a él; pues bien, el hombre es imagen de Dios y por eso le pertenece a Dios, que es su Creador, su Dueño y Señor. Lo de menos es que el emperador exija un tributo que es una moneda, suya al fin y al cabo; lo importante es su tributo personal, es decir, a quién prestan ustedes su adhesión, a qué señor sirven. Es como recordarles: ustedes pertenecen a Dios, llevan grabada su imagen; obedézcanle, sométanse a Él y a su voluntad. El que viva en ese plano profundo, como súbdito o siervo de Dios, sabrá ser súbdito de la autoridad humana y adoptará la actitud más cristiana en cada caso concreto. 

Este evangelio no lleva a posturas subversivas o antisistema. Jesús afirma claramente: «Den al César lo que es del César», pues toda autoridad humana viene de Dios. Pero a la vez relativiza los poderes humanos: «Den a Dios lo que es de Dios». Si la autoridad humana obedece a Dios, es instrumento de Dios y hay que obedecer; pero si desobedece a Dios y pretende ponerse en el lugar de Dios, entonces hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia ha de promover la actitud de colaboración y de libertad entre los ciudadanos y el Estado. Pide de los Estados el cumplimiento de su misión para el bien común, sin sobrepasar sus límites. Y la Iglesia colabora para elevar la escala de valores de la sociedad. Los fieles han de cumplir sus deberes ciudadanos y evangelizar la política y la cultura. Así se va haciendo la nueva creación

Las autoridades en la sociedad civil
(2234 – 2237)

El cuarto mandamiento de Dios nos ordena también honrar a todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. Este mandamiento determina los deberes de quienes ejercen la autoridad y de quienes están sometidos a ella.

Los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio. «El que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su esclavo» (Mt 20,26). Nadie puede ordenar o instituir lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural.

El ejercicio de la autoridad ha de manifestar una justa jerarquía de valores con el fin de facilitar el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad de todos. Los superiores deben ejercer la justicia distributiva con sabiduría teniendo en cuenta las necesidades y la contribución de cada uno y atendiendo a la concordia y la paz. Deben velar porque las normas y disposiciones que establezcan no induzcan a la tentación de la corrupción oponiendo el interés personal al de la comunidad.

El poder político  está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente de las familias y de los desheredados.

Deberes de los ciudadanos
(2238 – 2243)

Los que están sometidos a la autoridad deben mirar a sus superiores como representantes de Dios que los ha instituido ministros de sus dones: «Sean sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana… Obren como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios» (1P 2,13.16). Su colaboración leal entraña el derecho, a veces el deber, de ejercer una justa reprobación de lo que les parece perjudicial para la dignidad de las personas o el bien de la comunidad.

Deber de los ciudadanos  es contribuir con la autoridad civil al bien de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política.

La sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto, la defensa del país: «Den a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor» (Rm 13,7).

El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, les es lícito a estos defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica.

La comunidad política y la Iglesia
(2044 – 2046)

La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre. Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia.

Pertenece a la misión de la Iglesia emitir un juicio moral también sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Los cristianos residen en su propia patria, pero como extranjeros domiciliados. Cumplen todos sus deberes de ciudadanos y soportan todas sus cargas como extranjeros. Obedecen a las leyes establecidas, y su manera de vivir está por encima de las leyes. Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar” (Carta a Diogneto).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Oh Dios, que diste un origen idéntico a todos los pueblos 
y quisiste formar con ellos una sola familia en tu amor,
llena los corazones del fuego de tu caridad 
y suscita en todos los hombres
el deseo de un progreso justo y fraternal,
para que, con los bienes que generosamente repartes entre todos, 
se realice cada uno como persona humana
y, suprimida toda discriminación, 
reinen en el mundo la igualdad y la justicia. 
Por Jesucristo nuestro Señor. 
Amén.