25 de julio de 2026, SANTIAGO, APÓSTOL, Patrono de España


Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2. «El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago».
Sal 66. «Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben».
2 Cor 4, 7-15. «Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús».
Mt 20, 20-28. «Mi cáliz lo beberéis»


Santiago, hijo de Zebedeo, hermano del apóstol san Juan, fue el primero de los apóstoles en beber el cáliz del Señor, cuando participó en su Pasión, al ser decapitado por orden del rey Herodes. De esa manera anunció el reino que viene por la muerte y resurrección de Cristo. Estando sus restos en Galicia, es patrono de los pueblos de España. Pidamos por su intercesión que España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos. Una petición muy necesaria hoy día, cuando la fe y los valores cristianos están tan en crisis en nuestra sociedad. Pidamos también que seamos testigos de esta fe, como Santiago, dispuestos a beber el cáliz del Señor.

El nombre Santiago, proviene de dos palabras latinas Sant Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: «Sant Iacob, ayúdanos». Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago.

Santiago es uno de los doce Apóstoles de Jesús; se le llama el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Con sus padres —Zebedeo y Salomé— vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea. Él y su hermano Juan, el evangelista, eran pescadores. Su posición social parece que era acomodada —su padre tenía una industria pesquera con empleados—. Y fueron llamados por Jesús mientras estaban arreglando sus redes de pescar, con Zebedeo, su padre, en la orilla del lago de Genesaret. Inmediatamente dejaron la barca y a Zebedeo, su padre, y lo siguieron. Antes habían sido seguidores de Juan el Bautista.

Santiago,
apóstol de Jesucristo

Recibieron de Cristo el nombre «Boanerges«, significando “Hijos del trueno”, por su impetuosidad y ardoroso celo. En una ocasión, Jesús no fue bien recibido por los samaritanos y los dos hermanos le preguntaron a Jesús si quería que hicieran bajar fuego del cielo para consumirlos. Su madre, que no se quedaba atrás, acompañada por sus hijos, pidió a Jesús que sus dos hijos se sentasen en su trono, uno a la derecha y otro a la izquierda, a lo que el Señor les respondió: “No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber y recibir el bautismo que yo voy a recibir?” A lo que respondieron ardorosamente: “¡Podemos!”

Durante la vida pública de Jesucristo, Santiago fue uno de los predilectos: Estuvo presente, junto con su hermano Juan y con Pedro, en la curación milagrosa de la suegra de Pedro y en la resurrección de la hija de Jairo. Con ellos, fue testigo ocular de la Transfiguración de Jesús. Y también lo acompañó de cerca durante su agonía en el huerto de Getsemaní.

Los Hechos de los Apóstoles relatan que éstos se dispersaron por todo el mundo para llevar la Buena Nueva. El apóstol Santiago es el primer apóstol mártir. Escribió una de las cartas del Nuevo Testamento. 

Santiago, evangelizador de España

Dicen las confusas narraciones de los primeros años de la cristiandad, que a él le fueron adjudicadas las tierras de la península  Ibérica para predicar el Evangelio. Viajó desde Jerusalén por mar hasta Gades (Cádiz, sur de España).

Santiago cumplió su misión, con poco éxito y escaso número de discípulos, en el noroeste de la península Ibérica, en la céltica y verde Galicia, a la que los romanos llamaron «Finis Terrae» (Fin de la Tierra) —por ser el extremo más occidental del mundo hasta entonces conocido—, cumpliendo el mandato del Señor de predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Desanimado por la poca acogida del Evangelio, fue a Zaragoza, donde corrió muchos peligros. La Leyenda Aurea de Jacobus de Voragine nos cuenta que las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas y solo siete personas se convirtieron al Cristianismo. Estos eran conocidos como “los Siete Convertidos de Zaragoza”.  Santiago llamó en su ayuda a la Virgen María, rogándole lo ayudase. 

Santiago y la Virgen del Pilar

Las cosas cambiaron cuando la Virgen Santísima, que entonces vivía aún en Jerusalén, se apareció en carne mortal al Apóstol sobre una columna o pilar, a las orillas del rio Ebro, en la ciudad romana de «Caesar Augusta», la actual Zaragoza; aparición conocida como la de la Virgen del Pilar.

Según la tradición, una noche el apóstol estuvo rezando intensamente con algunos discípulos junto al río Ebro, cerca de los muros de la ciudad, pidiendo luz para saber si debía quedarse o huir. Él pensaba en María Santísima y le pedía que rogara por él para pedir consejo y ayuda a su divino Hijo Jesús, que nada podía negarle a su madre. De repente, se vio venir un resplandor del cielo sobre el apóstol y aparecieron sobre él los ángeles que entonaban un canto muy armonioso mientras traían una columna de luz, cuyo pie, en medio de un rayo luminoso, señalaba un lugar, a pocos pasos del apóstol, como indicando un sitio determinado. Sobre la columna (o pilar), se le apareció la Virgen María. Santiago se levantó del lugar donde estaba rezando de rodillas, y recibió el aviso de María de que debía erigir de inmediato una iglesia allí; que la intercesión de María haría crecer como una raíz y expandirse. María le indicó que, una vez terminada la iglesia, debía volver a Jerusalén. Santiago se levantó, llamó a los discípulos que lo acompañaban, que habían oído la música y visto el resplandor; les narró lo demás, y presenciaron luego todos cómo se iba desvaneciendo el resplandor de la aparición. Desde entonces la intercesión de la Virgen hizo que se abrieran extraordinariamente los corazones al Evangelio en España.

En el lugar de la aparición, se levantó posteriormente lo que hoy es la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, un lugar de peregrinación famoso en el mundo entero, que no fue destruido en la guerra civil española (1936-1939), puesto que las bombas que se lanzaron no explotaron, pudiéndose hoy en día verse expuestas en el interior de la Basílica.

Santiago partió de España para trasladarse a Jerusalén, como María le había ordenado. En este viaje visitó a María, que ya vivía en la casa de su hermano Juan en Éfeso. María le predijo la proximidad de su muerte en Jerusalén, y lo consoló y lo confortó en gran manera. Santiago se despidió de María y de su hermano Juan, y se dirigió a Jerusalén. 

Santiago,
el primer apóstol mártir de la fe

Cuando regresó a Palestina, en el año 44, fue hecho prisionero, torturado y decapitado por el rey Herodes Agripa I, el 25 de marzo de 41 AD (día en que la liturgia actual celebra La Anunciación). Fue llevado al monte Calvario, fuera de la ciudad. Durante el recorrido, estuvo predicando y aún fue capaz de convertir a algunas personas. Cuando le ataron las manos, dijo: «Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi bendición ni mi lengua». Un tullido que se encontraba a la vera del camino, clamó al apóstol que le diera la mano y lo sanase. El apóstol le contestó: «Ven tú hacia mí y dame tu mano». El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó.

Josías, la persona que había entregado a Santiago, fue corriendo hacia él para implorar su perdón. Este hombre se convirtió a Cristo. Santiago le preguntó si deseaba ser bautizado. Él dijo que sí, por lo que el apóstol lo abrazó y le dijo: «Tú serás bautizado en tu propia sangre». Y así se cumplió, siendo Josías decapitado a continuación del Apóstol. En otro tramo del recorrido, una mujer se acercó a Santiago con su hijo ciego para alcanzar de él la curación para su hijo, obteniéndola de inmediato.

Una vez llegado al Monte Calvario, el mismo lugar donde años antes fue crucificado nuestro Señor, Santiago fue atado. Le vendaron los ojos y le decapitaron. Y se prohibió que su cuerpo fuese enterrado. 

El sepulcro del apóstol Santiago

Sin embargo, sus discípulos, en secreto, durante la noche trasladaron su cuerpo hasta la orilla del mar, donde encontraron una barca preparada para navegar, pero sin tripulación. Allí depositaron, en un sepulcro de mármol, el cuerpo del apóstol; que llegaría tras la travesía marítima, remontando el río Ulla, hasta un puerto romano en la costa Gallega de Iria Flavia, la capital de la Galicia romana. Allí enterraron su cuerpo en un compostum o cementerio en el cercano bosque de Liberum Donum, donde levantaron un altar sobre el arca de mármol.

Tras las persecuciones romanas contra los cristianos y la prohibición de visitar el lugar, se olvidó la existencia del mismo, por más de 800 años. Bajo el reinado de Alfonso II (789-842), un ermitaño llamado Pelagio (Pelayo) recibió en visión, conocimiento del lugar donde se encontraban los restos del Apóstol. En el año 813 el eremita Pelayo observó el resplandor de una estrella y cánticos en un campo. En base a este suceso se llamaría al lugar Campus Stellae, o Campo de la Estrella, de donde derivaría el actual nombre de Compostela.

El eremita advirtió al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, quien después de apartar la maleza descubrió los restos del apóstol, identificados por la inscripción en la lápida. Informado el Rey Alfonso II del hallazgo, acudió al lugar y proclamó al apóstol Santiago patrono del reino, edificando allí un santuario que más tarde llegaría a ser la Catedral. A partir de esta declaración oficial los milagros y apariciones se repetirían en el lugar, dando lugar a numerosas historias y leyendas destinadas a infundir valor a los guerreros que luchaban contra los avances de los musulmanes desde Al-Andalus, y a los peregrinos que poco a poco iban trazando el Camino de Santiago. 

El apóstol Santiago,
defensor de la fe

Una de las tradiciones narra como Ramiro I, en la batalla de Clavijo, venció a las tropas de Abderramán II ayudado por un jinete sobre un caballo blanco que luchaba a su lado y que resultó ser el Apóstol. A partir de entonces se convirtió en patrón de la Reconquista. Los cristianos se encontraban abatidos bajo el imperio del Islam y la fe cristiana corría el peligro de ser erradicada. La lucha por la reconquista duró hasta el año 1492.  Ese largo período de tiempo forzó a los cristianos a una guerra de supervivencia en la que se apoyaban del auxilio del Apóstol y de la Virgen Santísima. Santiago sigue siendo el protector y guía de los Cristianos en la batalla actual por la defensa de la fe católica contra sus enemigos. 

Las peregrinaciones
y el Camino de Santiago

A partir del s. XI el sepulcro del apóstol Santiago de Compostela ejerció una fuerte atracción sobre el cristianismo europeo y fue centro de peregrinación multitudinaria, al que acudieron reyes, príncipes y santos.

En los s. XII y XIII, época en que se escribió el «Códice Calixtino«; primera “guía del peregrino”, la ciudad alcanzó su máximo esplendor. El Papa Calixto II concedió a la Iglesia Compostelana el «Jubileo Pleno del Año Santo» y Alejandro III lo declaró perpetuo, convirtiéndose Santiago de Compostela en Ciudad Santa junto a Jerusalén y Roma. El Año Santo se celebra cada vez que la festividad del Apóstol, el 25 de Julio, cae en Domingo.

En siglos posteriores y hasta el momento actual, numerosos fieles, principalmente de Europa, recorren el «Camino de Santiago» que les conduce a la tumba del Santo, con el fin de pedir perdón por sus pecados. 

Santiago y la evangelización de América

Santiago Apóstol preparó el camino para la Virgen María en España y también preparó su llegada al «Nuevo Mundo». El es el Apóstol de la Virgen María, también es conocido como el Apóstol de la Paz.

En 1519, Hernán Cortés llegó a Veracruz, y en Lantigua construyó la primera Iglesia dedicada a Santiago Apóstol en el continente Americano. También en 1521, cuando México fue conquistada, Cortés construyó una Iglesia en las ruinas de los Aztecas que al igual fue dedicada a Santiago Apóstol. A esta Iglesia era que san Juan Diego se dirigía el 9 de diciembre de 1531, para recibir clases de catecismo y oír la Santa Misa, ya que era la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Santiago Apóstol es patrón
de las siguientes ciudades de Hispanoamérica:

  • Santiago de Chile
  • Caracas, Venezuela (la cual fue fundada el 25 de julio de 1567 con el nombre de Santiago de León de Caracas).
  • Santiago de Guayaquil (Ecuador). 
  • Santiago de Cuba
  • Santiago de Querétaro (México)
  • Santiago de Cali, (Colombia)
  • Santiago de los Ocho Valles de Moyobamba, (Perú)
  • Santiago de Guatemala
  • Santiago de Veraguas (Panamá)
  • Santiago de Chiuitos (Bolivia)
  • Santiago de los Caballeros (Rep. Dominicana)
  • Provincia de Santiago de México
  • Saltillo Coahuila (México)
  • Santiago de Sesimbra (Portugal)
  • Alanje (Panamá)
  • Santiago del Estero (Argentina) 
  • Provincia de Mendoza (Argentina)
  • San Felipe y Santiago de Montevideo (Uruguay)

LETANÍA DE SANTIAGO “EL MAYOR”, APÓSTOL

  • Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
  • Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.
  • Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
  • Cristo, óyenos. Cristo, óyenos.
  • Cristo, escúchanos. Cristo, escúchanos.
  • Dios, Padre Celestial. Ten misericordia de nosotros.
  • Dios, Hijo Redentor del mundo. Ten misericordia de nosotros.
  • Dios, Espíritu Santo. Ten misericordia de nosotros.
  • Trinidad Santa, un solo Dios. Ten misericordia de nosotros.
  • Santa María  Ruega por nosotros.
  • Santa Madre de Dios.  Ruega por nosotros.
  • Santa Virgen de las vírgenes.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, Apóstol de Jesucristo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, hijo de Zebedeo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, nacido de María Salomé.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que seguiste a Jesús incluso antes de ser testigo de sus milagros.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que respondiste inmediatamente a la primera venida de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que despreciaste el mundo para seguir a Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que dejaste a tus padres por amor a Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que deseaste llamar fuego del Cielo contra los que se oponían a extender el mensaje salvador de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, uno de los tres testigos presenciales de la resurrección de la hija de Jairo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, uno de los tres testigos de la Transfiguración de Cristo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, uno de los tres que disteis testimonio de la agonía de Nuestro Señor en el Huerto de Getsemaní.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, por cuya predicación convertiste siete discípulos  en España.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que convertiste a una cantidad innumerable de personas en Judea y Samaria por tu predicación.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que desafiaste a los Judíos y confundiste a los Escribas y Fariseos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que valerosamente discutiste con Pilatos y ganaste el día.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que torturaste a los demonios enviados por Hermogenus, el gran hechicero.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que conseguiste que Hermogenus fuera confinado por los mismísimos demonios que él envió.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que posteriormente liberaste a Hermogenus y le hiciste seguidor de Cristo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que arrojaste libros de hechicería a los mares profundos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que curaste a un enfermo de reuma agudo e hiciste que alabara el Santo nombre de Dios.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que hiciste que tu verdugo compartiese tu agonía y obtuviste para él la salvación eterna.  Ruega por nosotros.  
  • Santiago, que te sometiste a ser decapitado y sufriste el martirio con alegría.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que tuviste el privilegio de tener una muerte similar a la de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que fuiste bendecido con un bautismo similar al de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que te ganaste el honor de ser el primer mártir de entre  los Apóstoles.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, cuyos restos mortales llegaron a España en un pequeño barco, sin timón, ni velas, ni tripulación.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que cuando tu sagrado cuerpo fue depositado en un duro bloque de granito, éste se ablandó para que recibieras un adecuado entierro.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que hiciste que los toros salvajes se comportaran como mansos corderos cuando los guiabas para tirar del carro  que contenía tus sagrados restos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que milagrosamente mantuviste vivo durante treinta días a un hombre inocente, injustamente condenado y ahorcado.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que salvaste España en muchas ocasiones de numerosos enemigos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que montado en un caballo blanco como la nieve derribaste sesenta mil enemigos durante el reinado del rey Samir.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que fuiste recompensado con un trono Celestial por tu obediencia al Señor.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, cuyo amor a la pobreza te hizo ganar el Reino de los Cielos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que saliste victorioso de la batalla contra legiones de demonios y contra todos los poderes de la oscuridad.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que despreciando todos los honores mundanos, y en combate con el mundo, saliste finalmente triunfante.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que por oraciones y mortificación dominaste la carne, y ganaste la eterna corona del Cielo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, siempre voluntarioso para ayudar a aquellos que luchan
    por la defensa del nombre de Dios.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que tanto ayudas a los que están en el exilio.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, rápido restablecedor de la buena salud.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, libertador de aquellos que se encuentran en la esclavitud.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, consuelo de los afligidos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, a quien se alaba y se da las gracias con gran devoción por el mundo entero.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, invocado con fe y confianza por todos los cristianos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, a quien se le da enormemente las gracias en todas  las naciones.  Ruega por nosotros.
  • Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Perdónanos, Señor.
  • Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Escúchanos, Señor.
  • Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Ten misericordia de nosotros.
  • Ruega por nosotros, oh Santiago. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN

Dios Todopoderoso y misericordioso, que escogiste doce Apóstoles para evangelizar al mundo entero. Entre ellos, tres fueron favorecidos de manera especial por Tu Hijo Jesucristo, quien se dignó a contar con el Apóstol Santiago en este  selecto número. Que por su intercesión seamos dignos de obtener la gloria del Cielo, donde Tú vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN A SANTIAGO, “EL MAYOR”.

¡Gran Apóstol Santiago, familiar cercano de nuestro Señor y aún más cercano a Él por lazos espirituales! Al ser llamado por Él entre los primeros discípulos y ser favorecido con Su especial intimidad, tú respondiste con gran generosidad, dejándolo todo para seguirle a la primera llamada. También tuviste el privilegio de ser el primero de los Apóstoles en morir por Él, sellando tu predicación con tu sangre.

“Atronador” en el entusiasmo en la tierra, que desde el cielo te has mostrado defensor de Su Iglesia una y otra vez, apareciendo en el campo de batalla de los cristianos para derrotar y dispersar a los enemigos de la Cruz, y llevar a los descorazonados creyentes a la victoria. Fuerza de los cristianos, refugio seguro de aquellos que te suplican con confianza, protégenos ahora en los peligros que nos rodean.

Que por tu intercesión, nuestro Señor nos conceda su santo amor, filial temor, justicia, paz y la victoria sobre nuestros adversarios, tanto visibles como invisibles, y sobre todo, que un día nos conceda la felicidad de verlo y tenerlo con nosotros en el cielo, en tu compañía y la de los ángeles y santos para siempre. Amén. 

¿Qué nos enseña Santiago, el Mayor?

A vivir nuestra fe con autenticidad; a ser testigos del Evangelio con nuestra vida. 

A cumplir con nuestra misión dentro de la Iglesia: extender la Palabra de Dios a todos los que nos rodean. 

A cumplir con nuestra misión cueste lo que cueste, ya que a él le costó el martirio.

A invocar y confiar en la intercesión maternal de María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización.

A ser fieles a Jesús y su Iglesia. Nosotros somos fieles a la Iglesia obedeciendo al Papa y ayudándolo en la tarea de la Nueva Evangelización.

A confiar en Dios y a sabernos abandonar en sus manos.

A perdonar a nuestros enemigos, a amar a aquél que me ofendió, a aquél que me ha hecho sufrir. 

¡Dios ayuda,
y Santiago!

26 de julio de 2026: DOMINGO XVII ORDINARIO “A”


 

«De un tesoro nos podemos apoderar;
pero el Reino de Dios se apodera de nosotros»

1R 3,5.7-12:«Pediste para ti inteligencia»
Sal 118: «¡Cuánto amo tu ley, Señor!»
Rm 8,28-30: «Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo»
Mt 13,44-52: «Vende todo lo que tiene y compra el campo»

I. LA PALABRA DE DIOS

La primera lectura de este domingo confirma la enseñanza de la parábola del evangelio con la narración del gesto de Salomón, que, por encima de todo, pide al Señor «un corazón atento para juzgar a su pueblo y discernir entre el bien y el mal», y logra de Él un «un corazón sabio e inteligente» y «también aquello que no ha pedido, riquezas y gloria».

San Pablo, en el texto de Romanos, nos presenta el amor a Dios como la luz que ilumina el misterio escondido detrás de todos los acontecimientos cósmicos, humanos y sociales.

El Reino de Dios es la mayor realidad de esta vida, el bien supremo para el hombre, la verdadera «perla preciosa». El Reino de Dios es la Salvación, la Sabiduría, el Amor de Dios que se nos comunica por Jesucristo. «El reino de los cielos» es la irrupción de Jesucristo Rey en nuestra vida. 

El Reino de Dios se nos ofrece gratuitamente; el hombre se «lo encuentra», después «va a vender todo lo que tiene» para conseguirlo. Para el que sabe apreciar ese tesoro, «todo» lo que vende para conseguirlo vale «nada«. Esa alegría es tal que la renuncia a todo lo demás es espontánea, fácil, lógica y nada extraordinaria.

Lógicamente, el Reino de Dios necesita un esfuerzo positivo y un ejercicio constante de la libertad personal para seguir a Jesucristo en el día a día de nuestra vida. Pero, con el Evangelio en la mano, no se entiende cómo se puede hablar de que ser cristiano es difícil y costoso. Es verdad que hay que dejar cosas, es verdad que hay que morir al pecado que todavía reside en nosotros, pero todo esto se hace con gusto y facilidad, porque hemos encontrado un Tesoro que vale mucho más sin comparación. Más aún, las renuncias se realizan «con alegría», como el hombre de la parábola, con la alegría de haber encontrado el Tesoro; es decir, sin costar, sin esfuerzo, de buen humor y con entusiasmo.

Si todavía vemos el seguir a Cristo como una carga, ¿no será que no hemos encontrado aún el Tesoro? ¿No será que no hemos abierto bastante los ojos de la fe y no nos hemos dejado deslumbrar lo suficiente por la Persona de Cristo? ¿No será que le conocemos poco o que le tratamos poco? ¿No será que no oramos bastante? El que ama la salud hace cualquier sacrificio por cuidarla y el que ama a Cristo está dispuesto a cualquier sacrificio por Él. Cristo de suyo es infinitamente atractivo, como para llenar nuestro corazón y hacernos fácil y gozosa cualquier renuncia. 

El mejor comentario a este evangelio son las palabras de san Pablo: «Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,7-8). El que de verdad ha encontrado a Cristo está dispuesto a perderlo todo por Él, pues todo lo estima basura comparado con la alegría de haber encontrado el verdadero Tesoro.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las parábolas
y el Reino de Dios
(546)

Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos». Para los que están «fuera», la enseñanza de las parábolas es algo enigmático.

Los signos del Reino de Dios
(547 — 550)

Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús, que concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos, del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás: «Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios». Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo». Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: ¡Dios reinó desde el madero de la Cruz!.

La oración cristiana
centrada en la búsqueda del Reino
(2632)

La petición cristiana está centrada en el deseo y la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús. Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica. Es la oración de Pablo, el apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana. Al orar, todo bautizado trabaja en la venida del Reino

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Entre todas las perlas no hay más que una preciosísima: el conocimiento del Salvador, el misterio de su Pasión y el arcano secreto de su Resurrección» (San Jerónimo).

«Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra? En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!» (Tertuliano).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este mundo del hombre,
en que él se afana
tras la felicidad que tanto ansía,
tu lo vistes, Señor, de luz temprana
y de radiante sol al mediodía.

Así el poder de tu presencia encierra
el secreto más hondo de esta vida;
un nuevo cielo y una nueva tierra
colmarán nuestro anhelo sin medida.

Poderoso Señor de nuestra historia,
no tardes en venir gloriosamente;
tu luz resplandeciente y tu victoria
inunden nuestra vida eternamente.

Amén.

19 de julio de 2026: DOMINGO XVI ORDINARIO “A”


«Iglesia, santa y necesitada de purificación»

Sb 12,13.16-19: «Concedes el arrepentimiento a los pecadores»
Sal 85: «Tú, Señor, eres bueno y clemente»
Rm 8, 26-27: «El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables»
Mt 13, 24-43: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega»

I. LA PALABRA DE DIOS

Las expresiones de la primera lectura: «No juzgas injustamente», «Tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos», enseñan que el juicio de Dios sobre el mundo y los hombres es de justicia misericordiosa e indulgente.

El término «indulgencia» no tiene en nuestro tiempo el verdadero sentido que encierra. A veces, la indulgencia se confunde con la pura y simple permisividad o con el «a mí qué me importa». Tampoco puede ser llamado indulgente el que acaba condescendiendo con el mal de manera que se hace cómplice de la injusticia. Ni la indulgencia es sinónimo de relativismo, es decir, de una actitud meramente pasiva o indiferente ante el ataque a una verdad, porque no se cree que existan verdades absolutas. La verdadera indulgencia es una actitud propia de inteligentes, pero no de cobardes.

«El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad» (2ª Lect.). Por el amor que Dios nos tiene, convierte nuestra debilidad egoísta en comprensión y acogida hacia todo hombre.

El origen del mal en el mundo no está en Dios, sino en «el enemigo … el diablo». Por él entró el pecado en el mundo y con él la muerte, el dolor, la violencia. Designio de Dios es la coexistencia en este mundo del bien y del mal, de los buenos y de los malos. La justa separación de buenos y malos se hará al final, y la hará Dios. No nos toca hacerlo aquí a nosotros. (Ev.).

La parábola de hoy es como un pequeño tratado de eclesiología: 1º) El reino definitivo de Dios tiene un primer estadio en la tierra: la Iglesia, compuesta no solamente de justos y predestinados, sino de buenos y malos, de trigo y cizaña. 2º) El reino de Dios en la Iglesia incluye elementos invisibles y espirituales y elementos externos y visibles, como el trigo y la cizaña, que se ven externamente y se aprecian sus diferencias. 3º) La perennidad de la Iglesia: la coexistencia trigo-cizaña será la «economía» que durará hasta la segunda venida del Señor; esa perennidad exige una continuación de la sucesión apostólica en los obispos hasta el final de los tiempos.

Es verdad, ¡en la Iglesia aparece cizaña! En el campo sembrado por Cristo también brota el mal. Sin embargo, eso, aunque sea doloroso, no es para rasgarnos las vestiduras. El amo del sembrado lo sabe, pero quiere dejarlo así. Frente a la buena intención precipitada de los siervos, está la paciencia respetuosa del dueño del campo, ejemplo para nosotros. No hemos de asustarnos ni escandalizarnos por los males reales que vemos en la Iglesia. Eso, sabemos, no es obra de Cristo, sino del Maligno y de los que pertenecen al Maligno, aunque aparenten pertenecer a Cristo. Si Cristo lo permite es para que ante el mal reaccionemos con el bien con mucho mayor entusiasmo. Lo que tendremos que preguntarnos y examinar es si no estaremos siendo nosotros, en algo o en algún momento, cizaña dentro de la Iglesia en lugar de semilla buena que da fruto: «Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona!».

La semilla buena tiene fuerza para crecer y desarrollarse ilimitadamente como el grano de mostaza o la masa que fermenta. ¿Creemos de verdad en la fuerza de la Palabra de Dios y en la eficacia de la gracia de Cristo? ¿Acaso Cristo no es el mismo ayer, hoy y siempre? Entonces, ¿qué es lo que debilita nuestra esperanza?

La parábola de la cizaña nos sitúa también ante el Juicio. Es absurdo engañarnos a nosotros mismos y pretender engañar a los demás, como si no fuéramos a ser juzgados al final de nuestras vidas, porque a Dios no se le engaña. Al final todos seremos juzgados por Dios y todo se pondrá en claro y la cizaña será arrancada y echada al fuego. ¡Cuántas cosas serían muy distintas en nuestra vida si viviésemos y actuásemos como si hubiéramos de ser juzgados esta misma noche!

II. LA FE DE LA IGLESIA

El bien y el mal en nosotros
(1706 —1709)

Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa a hacer el bien y a evitar el mal. Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo.

El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia. Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Quedó inclinado al mal y sujeto al error.

De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas.

Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura lo que el pecado había deteriorado en nosotros.

El que cree en Cristo se hace hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo.

El pecado junto a la buena semilla
hasta el fin de los tiempos
(823 — 829)

Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo; la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación. Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores, alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación.

La Iglesia es santa, aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden  que la santidad de ella se difunda radiante.

La fe confiesa que la Iglesia no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama «el solo santo», amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios. La Iglesia es, pues, «el Pueblo santo de Dios», y sus miembros son llamados «santos» (cf Hch 9, 13; 1 Co 6, 1; 16, 1).

La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por Él y en Él, ella también ha sido hecha santificadora. Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan en conseguir la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios. En la Iglesia es en donde está depositada la plenitud total de los medios de salvación. Es en ella donde conseguimos la santidad por la gracia de Dios.

La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta. En sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar: Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre.

La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga. En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María: en ella, la Iglesia es ya enteramente santa.

Líbranos del mal
(2850)

La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno». Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el «nosotros», en comunión con toda la Iglesia y para salvación de toda la familia humana. La Oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la Economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, en comunión con los santos.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos leves hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión» (S. Agustín).

«Si sois buenos, soportad con ecuanimidad a los malos; porque el que no soporta a los malos, él mismo, por su intolerancia, testifica que no es bueno, pues renuncia a ser Abel quien no es probado por la malicia de Caín. Así, en la era, durante la trilla, el grano se ve oprimido por la paja; así nacen las flores entre las espinas, y la rosa, que da su aroma, crece con la espina que hiere» (San Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No es lo que está roto, no,
el agua que el vaso tiene;
lo que está roto es el vaso,
y el agua al suelo se vierte.

No es lo que está roto, no,
la luz que sujeta el día;
lo que está roto es su tiempo,
y en sombra se desliza.

No es lo que está roto, no,
la caja del pensamiento;
lo que está roto es la idea
que la lleva a lo soberbio.

No es lo que está roto Dios
ni el campo que él ha creado;
lo que está roto es el hombre
que no ve a Dios en su campo.

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.