9 de agosto de 2026: DOMINGO XIX ORDINARIO «A»


«La «poca fe» y las vacilaciones del corazón»

1R 19,9a.11-13a: «Permanece de pie en el monte ante el Señor«
Sal 84,9-13: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación»
Rm 9,1-5: «Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos«
Mt 14,22-33: «Mándame ir a ti sobre el agua»

I. LA PALABRA DE DIOS

En este evangelio hay que destacar tres elementos: 1º) Jesús «a solas para orar» en el monte y su teofanía caminando sobre el agua: «¡Animo, soy Yo, no tengáis miedo!».  2º) La situación de los discípulos: «se asustaron y gritaron de miedo», sacudidos por las olas, en medio de la noche. 3º) La sentencia del Maestro: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?» y la confesión de fe de los discípulos: «Realmente eres Hijo de Dios».

El relato evangélico del caminar prodigioso de Jesús sobre las aguas del lago reproduce un hecho real, aunque no podamos determinarlo en todos sus detalles; lo esencial de la escena está en que Jesús auxilió a sus discípulos en un grave apuro y se les reveló mediante la fórmula «Yo soy» (típica fórmula de revelación de Yahveh en el Antiguo Testamento); de ahí la doble confesión de Pedro como «Señor» y la de todos los de la barca: «Realmente, eres Hijo de Dios».

La barca «sacudida por las olas» apunta a la Iglesia en sus difíciles comienzos (y siempre). En ella Pedro ocupa un lugar relevante. Y Pedro y todos los ocupantes de la barca, confiesan a Jesús como «Hijo de Dios». Esta confesión es el corazón de la fe de la Iglesia. A propósito de esta fórmula, Jesús distinguió siempre su filiación respecto de Dios de la filiación de todos los demás; la intensidad de esta conciencia, manifestada sobre todo ante los Doce, hace explicable que la Iglesia primitiva encontrara en el título «Hijo de Dios» el medio más directo para confesar su fe en Jesús.

A pesar de los grandes dones de Dios, nuestra «poca fe» vacila. Sólo el contacto asiduo con el Maestro reaviva la fe, la hace grande. Esto requiere la firme decisión del corazón de buscar al que nos busca, de orar, de celebrar la Eucaristía.

Son numerosas las ocasiones en que los evangelistas nos repiten que Jesús se retiraba a solas a orar. Un gesto vale más que mil palabras. Con ello nos enseña también a nosotros la necesidad que tenemos de oración silenciosa, de estar con el Padre a solas, sabiendo que nos ama y nos cuida. Sin una vida profunda de oración, nuestra existencia será como la barca zarandeada por las olas, alborotada por cualquier dificultad, sin raíces, sin estabilidad.

El que ora de verdad va alimentando su vida de fe, va echando raíces en Dios. La oración le da ojos para conocer a Jesús y descubrirle en todo, incluso en medio de las dificultades, del sufrimiento y de las pruebas: «Realmente eres Hijo de Dios». La falta de oración, en cambio, hace que se sienta a Jesús como «un fantasma», como algo irreal; el que no ora es un hombre de poca fe, duda y hasta acaba perdiendo la fe. 

El que trata de manera íntima y familiar con Dios experimenta la seguridad de saberse acompañado, de saberse protegido por un amor que es más fuerte que el dolor y que la muerte. El que no ora se siente solo. El que ora convive con Cristo y experimenta la fuerza de sus palabras: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Es necesario volver a descubrir entre los cristianos la dicha de la oración. Cristo no quiere siervos, sino amigos que vivan en íntima familiaridad con Él.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús de Nazaret, Hijo único de Dios
(441 – 445, 454)

El nombre de «Hijo de Dios» significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: Él es el Hijo único del Padre y Él mismo es Dios. Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios.

Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles, al pueblo elegido, a los hijos de Israel y a sus reyes. Significa una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular.

En el Nuevo Testamento no ocurre así. Cuando Pedro confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo», Jesús le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: «Cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles». «Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios». Este será, desde el principio, el centro de la fe apostólica profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia.

Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque este lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?», Jesús ha respondido: «Vosotros lo decís: yo soy». Ya mucho antes, Él se designó como el «Hijo» que conoce al Padre –distinto de los «siervos» que Dios envió antes a su pueblo–  superior a los propios ángeles. Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás «nuestro Padre» salvo para ordenarles «vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro»; y subrayó esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre».

Los Evangelios narran en dos momentos solemnes –el bautismo y la transfiguración de Cristo–  que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios». Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios», porque solamente en el misterio pascual el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».

Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos». Los apóstoles podrán confesar «Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad».

La llamada universal a la oración
 (2560 – 2567)

Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre.

Aunque el hombre olvide a su Creador, o se esconda lejos de su Rostro, aunque corra detrás de sus ídolos o acuse a la divinidad de haberle abandonado, Dios llama incansablemente a cada uno al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa del amor del Dios fiel, vivo y verdadero, es siempre lo primero en la oración, la iniciativa del hombre es siempre una respuesta.

La oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él.

Cristo orante, modelo y maestro de oración
(2599, 2620 – 2621)

El Hijo de Dios hecho hombre también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Él aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las «maravillas » del Todopoderoso y las meditaba en su corazón. Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: «Yo debía estar en la casa de mi Padre» (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos, va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con y para los hombres.

El modelo perfecto de oración se encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la soledad, en lo secreto, la oración de Jesús entraña una adhesión amorosa a la voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta confianza en ser escuchada.

Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseverante, una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a Dios en su Nombre. Él mismo escucha las plegarias que se le dirigen.

El combate de la oración
(2725)

La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. La oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible para separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá habitualmente orar en su Nombre.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina» (S.  Juan Crisóstomo).

«Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior.» (Santa Teresa de Jesús, Fundaciones 5,8)

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Padre nuestro,
padre de todos,
líbrame del orgullo
de estar solo.

No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor.

No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no.

Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre «nosotros»,
incluso si dice «yo». Amén.

2 de agosto de 2026: Domingo XVIII Ordinario «A»


«Gustad y ved qué bueno es el Señor»

Is 55,1-3«Venid y comed»
Sal 144,8-18: «Abres tú la mano, Señor, y nos sacias»
Rm 8,35.37-39: «Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo»
Mt 14,13-21: «Comieron todos y se saciaron»

I. LA PALABRA DE DIOS

En el evangelio de hoy, Jesús «se compadeció» del gentío y multiplicó los panes. Sus gestos y oración son los de la institución de la Eucaristía: «tomando los cinco panes …, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio».

Destacan los contrastes entre «la multitud» y la escasez de recursos: «cinco panes y dos peces»; y entre estos recursos y el resultado: «se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras». Desde los comienzos, ya en las catacumbas, la Tradición de la Iglesia contempla en el suceso un anuncio del banquete mesiánico del fin de los tiempos. Y entre el prodigio evangélico y el fin del mundo, se sitúa la Eucaristía, anticipo del Banquete del Reino.

También a nosotros nos dice hoy Jesús: «dadles vosotros de comer». Con cinco panes y dos peces –y la colaboración de los apóstoles– dio de comer a la multitud. Pero ¿qué hubiera ocurrido si los discípulos se hubieran guardado para ellos sus cinco panes y sus dos peces? ¿Y si no hubieran querido hacer el trabajo de repartirlo? Probablemente, o Jesús no hubiera hecho el milagro, o el pan del milagro no habría llegado hasta la gente; y varios miles se hubieran quedado sin comer y, sobre todo, se hubieran quedado sin conocer el poder de Cristo realizando tal milagro.

Lo mismo que a los discípulos, a nosotros no nos pide Jesús que solucionemos todos los problemas, ni que hagamos milagros. Los milagros los hace Él. Pero sí nos pide una cosa: colaboración; que nos pongamos a su disposición con todo lo que somos y tenemos, aunque nos parezca poco.

Ante el hambre de pan material y el hambre de la verdad de Cristo que tanta gente padece, ¿vas a negarle a Cristo tus cinco panes y tus dos peces? Con tantos pueblos y comunidades cristianas sin sacerdotes que celebren la Eucaristía ¿No querrás colaborar con Él para que las multitudes hambrientas puedan sentarse a comer su pan a su mesa (Palabra y Eucaristía)? Entonces serás responsable de que Cristo hoy no pueda seguir alimentando a las multitudes y de que muchos no le reconozcan como Dios.

¿Qué podemos hacer para que nuestras celebraciones  y comuniones eucarísticas sean más auténticas y fructuosas?

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Eucaristía, prenda de la vida futura
(1404 — 1405)

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la nueva tierra no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía,  remedio de inmortalidad, antídoto para no morir sino para vivir en Jesucristo para siempre.

La Eucaristía y el hambre en el mundo
(1397)

Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos. «¿Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano? Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. ¿Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso?» (S. Juan Crisóstomo)

Participar de la Eucaristía bien dispuestos,
para gustar el Pan de Vida
(1385 —1386)

La Misa es un banquete porque la misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial del sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La celebración del sacrificio eucarístico se hace para que los fieles se unan íntimamente con Cristo por medio de la comunión.

Los fieles deben comulgar cuando participan en la misa. El mismo Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,53).

La Iglesia nos recomienda vivamente a los fieles que recibamos la sagrada comunión cada vez que participamos en la misa; nos manda participar los domingos y días de fiesta en la misa y comulgar al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección.

Debemos prepararnos para este momento tan grande y santo de recibir la Eucaristía en la Comunión. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo» (1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno de una hora prescrito por la Iglesia. Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

Por tanto, para recibir bien la Sagrada Comunión son necesarias tres cosas: 1º. Saber a quién vamos a recibir (tener fe en la presencia real y viva de Cristo en la Sagrada Forma); 2º. Estar en gracia de Dios (bautizado, habiendo confesado recientemente y sin conciencia de estar en pecado mortal) y 3º. Guardar el ayuno eucarístico (no comer ni beber nada —excepto agua o medicinas— desde una hora antes de comulgar).

Ante la grandeza de este sacramento el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa».

Los frutos de la sagrada comunión
(1391—1401)

La Sagrada Comunión produce en nosotros los siguientes frutos: acrecienta nuestra unión íntima con Cristo; conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo; nos purifica de los pecados veniales, porque fortalece la caridad; nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra amistad con Cristo; renueva, fortalece y profundiza la unidad con toda la Iglesia; nos compromete en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo; y se nos da la prenda de la gloria futura.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubieran dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados de ustedes para llevar las buenas obras de ustedes a mi tesoro: como no han depositado nada en sus manos, no poseen nada en Mí» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este es el tiempo en que llegas,
Esposo, tan de repente,
que invitas a los que velan
y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro
doncellas con ramos verdes
y lámparas que guardaron
copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpean las necias
las puertas de tu banquete!
¡Y cómo lloran a oscuras
los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,
Esposo, por si vinieres,
y está el corazón velando,
mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,
Amor que a la noche vienes,
antes que la noche acabe
y que la puerta se cierre. 

Amén.

25 de julio de 2026, SANTIAGO, APÓSTOL, Patrono de España


Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2. «El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago».
Sal 66. «Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben».
2 Cor 4, 7-15. «Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús».
Mt 20, 20-28. «Mi cáliz lo beberéis»


Santiago, hijo de Zebedeo, hermano del apóstol san Juan, fue el primero de los apóstoles en beber el cáliz del Señor, cuando participó en su Pasión, al ser decapitado por orden del rey Herodes. De esa manera anunció el reino que viene por la muerte y resurrección de Cristo. Estando sus restos en Galicia, es patrono de los pueblos de España. Pidamos por su intercesión que España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos. Una petición muy necesaria hoy día, cuando la fe y los valores cristianos están tan en crisis en nuestra sociedad. Pidamos también que seamos testigos de esta fe, como Santiago, dispuestos a beber el cáliz del Señor.

El nombre Santiago, proviene de dos palabras latinas Sant Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: «Sant Iacob, ayúdanos». Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago.

Santiago es uno de los doce Apóstoles de Jesús; se le llama el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Con sus padres —Zebedeo y Salomé— vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea. Él y su hermano Juan, el evangelista, eran pescadores. Su posición social parece que era acomodada —su padre tenía una industria pesquera con empleados—. Y fueron llamados por Jesús mientras estaban arreglando sus redes de pescar, con Zebedeo, su padre, en la orilla del lago de Genesaret. Inmediatamente dejaron la barca y a Zebedeo, su padre, y lo siguieron. Antes habían sido seguidores de Juan el Bautista.

Santiago,
apóstol de Jesucristo

Recibieron de Cristo el nombre «Boanerges«, significando “Hijos del trueno”, por su impetuosidad y ardoroso celo. En una ocasión, Jesús no fue bien recibido por los samaritanos y los dos hermanos le preguntaron a Jesús si quería que hicieran bajar fuego del cielo para consumirlos. Su madre, que no se quedaba atrás, acompañada por sus hijos, pidió a Jesús que sus dos hijos se sentasen en su trono, uno a la derecha y otro a la izquierda, a lo que el Señor les respondió: “No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber y recibir el bautismo que yo voy a recibir?” A lo que respondieron ardorosamente: “¡Podemos!”

Durante la vida pública de Jesucristo, Santiago fue uno de los predilectos: Estuvo presente, junto con su hermano Juan y con Pedro, en la curación milagrosa de la suegra de Pedro y en la resurrección de la hija de Jairo. Con ellos, fue testigo ocular de la Transfiguración de Jesús. Y también lo acompañó de cerca durante su agonía en el huerto de Getsemaní.

Los Hechos de los Apóstoles relatan que éstos se dispersaron por todo el mundo para llevar la Buena Nueva. El apóstol Santiago es el primer apóstol mártir. 

Santiago, evangelizador de España

Dicen las confusas narraciones de los primeros años de la cristiandad, que a él le fueron adjudicadas las tierras de la península  Ibérica para predicar el Evangelio. Viajó desde Jerusalén por mar hasta Gades (Cádiz, sur de España).

Santiago cumplió su misión, con poco éxito y escaso número de discípulos, en el noroeste de la península Ibérica, en la céltica y verde Galicia, a la que los romanos llamaron «Finis Terrae» (Fin de la Tierra) —por ser el extremo más occidental del mundo hasta entonces conocido—, cumpliendo el mandato del Señor de predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Desanimado por la poca acogida del Evangelio, fue a Zaragoza, donde corrió muchos peligros. La Leyenda Aurea de Jacobus de Voragine nos cuenta que las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas y solo siete personas se convirtieron al Cristianismo. Estos eran conocidos como “los Siete Convertidos de Zaragoza”.  Santiago llamó en su ayuda a la Virgen María, rogándole lo ayudase. 

Santiago y la Virgen del Pilar

Las cosas cambiaron cuando la Virgen Santísima, que entonces vivía aún en Jerusalén, se apareció en carne mortal al Apóstol sobre una columna o pilar, a las orillas del rio Ebro, en la ciudad romana de «Caesar Augusta», la actual Zaragoza; aparición conocida como la de la Virgen del Pilar.

Según la tradición, una noche el apóstol estuvo rezando intensamente con algunos discípulos junto al río Ebro, cerca de los muros de la ciudad, pidiendo luz para saber si debía quedarse o huir. Él pensaba en María Santísima y le pedía que rogara por él para pedir consejo y ayuda a su divino Hijo Jesús, que nada podía negarle a su madre. De repente, se vio venir un resplandor del cielo sobre el apóstol y aparecieron sobre él los ángeles que entonaban un canto muy armonioso mientras traían una columna de luz, cuyo pie, en medio de un rayo luminoso, señalaba un lugar, a pocos pasos del apóstol, como indicando un sitio determinado. Sobre la columna (o pilar), se le apareció la Virgen María. Santiago se levantó del lugar donde estaba rezando de rodillas, y recibió el aviso de María de que debía erigir de inmediato una iglesia allí; que la intercesión de María haría crecer como una raíz y expandirse. María le indicó que, una vez terminada la iglesia, debía volver a Jerusalén. Santiago se levantó, llamó a los discípulos que lo acompañaban, que habían oído la música y visto el resplandor; les narró lo demás, y presenciaron luego todos cómo se iba desvaneciendo el resplandor de la aparición. Desde entonces la intercesión de la Virgen hizo que se abrieran extraordinariamente los corazones al Evangelio en España.

En el lugar de la aparición, se levantó posteriormente lo que hoy es la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, un lugar de peregrinación famoso en el mundo entero, que no fue destruido en la guerra civil española (1936-1939), puesto que las bombas que se lanzaron no explotaron, pudiéndose hoy en día verse expuestas en el interior de la Basílica.

Santiago partió de España para trasladarse a Jerusalén, como María le había ordenado. En este viaje visitó a María, que ya vivía en la casa de su hermano Juan en Éfeso. María le predijo la proximidad de su muerte en Jerusalén, y lo consoló y lo confortó en gran manera. Santiago se despidió de María y de su hermano Juan, y se dirigió a Jerusalén. 

Santiago,
el primer apóstol mártir de la fe

Cuando regresó a Palestina, en el año 44, fue hecho prisionero, torturado y decapitado por el rey Herodes Agripa I, el 25 de marzo de 41 AD (día en que la liturgia actual celebra La Anunciación). Fue llevado al monte Calvario, fuera de la ciudad. Durante el recorrido, estuvo predicando y aún fue capaz de convertir a algunas personas. Cuando le ataron las manos, dijo: «Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi bendición ni mi lengua». Un tullido que se encontraba a la vera del camino, clamó al apóstol que le diera la mano y lo sanase. El apóstol le contestó: «Ven tú hacia mí y dame tu mano». El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó.

Josías, la persona que había entregado a Santiago, fue corriendo hacia él para implorar su perdón. Este hombre se convirtió a Cristo. Santiago le preguntó si deseaba ser bautizado. Él dijo que sí, por lo que el apóstol lo abrazó y le dijo: «Tú serás bautizado en tu propia sangre». Y así se cumplió, siendo Josías decapitado a continuación del Apóstol. En otro tramo del recorrido, una mujer se acercó a Santiago con su hijo ciego para alcanzar de él la curación para su hijo, obteniéndola de inmediato.

Una vez llegado al Monte Calvario, el mismo lugar donde años antes fue crucificado nuestro Señor, Santiago fue atado. Le vendaron los ojos y le decapitaron. Y se prohibió que su cuerpo fuese enterrado. 

El sepulcro del apóstol Santiago

Sin embargo, sus discípulos, en secreto, durante la noche trasladaron su cuerpo hasta la orilla del mar, donde encontraron una barca preparada para navegar, pero sin tripulación. Allí depositaron, en un sepulcro de mármol, el cuerpo del apóstol; que llegaría tras la travesía marítima, remontando el río Ulla, hasta un puerto romano en la costa Gallega de Iria Flavia, la capital de la Galicia romana. Allí enterraron su cuerpo en un compostum o cementerio en el cercano bosque de Liberum Donum, donde levantaron un altar sobre el arca de mármol.

Tras las persecuciones romanas contra los cristianos y la prohibición de visitar el lugar, se olvidó la existencia del mismo, por más de 800 años. Bajo el reinado de Alfonso II (789-842), un ermitaño llamado Pelagio (Pelayo) recibió en visión, conocimiento del lugar donde se encontraban los restos del Apóstol. En el año 813 el eremita Pelayo observó el resplandor de una estrella y cánticos en un campo. En base a este suceso se llamaría al lugar Campus Stellae, o Campo de la Estrella, de donde derivaría el actual nombre de Compostela.

El eremita advirtió al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, quien después de apartar la maleza descubrió los restos del apóstol, identificados por la inscripción en la lápida. Informado el Rey Alfonso II del hallazgo, acudió al lugar y proclamó al apóstol Santiago patrono del reino, edificando allí un santuario que más tarde llegaría a ser la Catedral. A partir de esta declaración oficial los milagros y apariciones se repetirían en el lugar, dando lugar a numerosas historias y leyendas destinadas a infundir valor a los guerreros que luchaban contra los avances de los musulmanes desde Al-Andalus, y a los peregrinos que poco a poco iban trazando el Camino de Santiago. 

El apóstol Santiago,
defensor de la fe

Una de las tradiciones narra como Ramiro I, en la batalla de Clavijo, venció a las tropas de Abderramán II ayudado por un jinete sobre un caballo blanco que luchaba a su lado y que resultó ser el Apóstol. A partir de entonces se convirtió en patrón de la Reconquista. Los cristianos se encontraban abatidos bajo el imperio del Islam y la fe cristiana corría el peligro de ser erradicada. La lucha por la reconquista duró hasta el año 1492.  Ese largo período de tiempo forzó a los cristianos a una guerra de supervivencia en la que se apoyaban del auxilio del Apóstol y de la Virgen Santísima. Santiago sigue siendo el protector y guía de los Cristianos en la batalla actual por la defensa de la fe católica contra sus enemigos. 

Las peregrinaciones
y el Camino de Santiago

A partir del s. XI el sepulcro del apóstol Santiago de Compostela ejerció una fuerte atracción sobre el cristianismo europeo y fue centro de peregrinación multitudinaria, al que acudieron reyes, príncipes y santos.

En los s. XII y XIII, época en que se escribió el «Códice Calixtino«; primera “guía del peregrino”, la ciudad alcanzó su máximo esplendor. El Papa Calixto II concedió a la Iglesia Compostelana el «Jubileo Pleno del Año Santo» y Alejandro III lo declaró perpetuo, convirtiéndose Santiago de Compostela en Ciudad Santa junto a Jerusalén y Roma. El Año Santo se celebra cada vez que la festividad del Apóstol, el 25 de Julio, cae en Domingo.

En siglos posteriores y hasta el momento actual, numerosos fieles, principalmente de Europa, recorren el «Camino de Santiago» que les conduce a la tumba del Santo, con el fin de pedir perdón por sus pecados. 

Santiago y la evangelización de América

Santiago Apóstol preparó el camino para la Virgen María en España y también preparó su llegada al «Nuevo Mundo». El es el Apóstol de la Virgen María, también es conocido como el Apóstol de la Paz.

En 1519, Hernán Cortés llegó a Veracruz, y en Lantigua construyó la primera Iglesia dedicada a Santiago Apóstol en el continente Americano. También en 1521, cuando México fue conquistada, Cortés construyó una Iglesia en las ruinas de los Aztecas que al igual fue dedicada a Santiago Apóstol. A esta Iglesia era que san Juan Diego se dirigía el 9 de diciembre de 1531, para recibir clases de catecismo y oír la Santa Misa, ya que era la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Santiago Apóstol es patrón
de las siguientes ciudades de Hispanoamérica:

  • Santiago de Chile
  • Caracas, Venezuela (la cual fue fundada el 25 de julio de 1567 con el nombre de Santiago de León de Caracas).
  • Santiago de Guayaquil (Ecuador). 
  • Santiago de Cuba
  • Santiago de Querétaro (México)
  • Santiago de Cali, (Colombia)
  • Santiago de los Ocho Valles de Moyobamba, (Perú)
  • Santiago de Guatemala
  • Santiago de Veraguas (Panamá)
  • Santiago de Chiuitos (Bolivia)
  • Santiago de los Caballeros (Rep. Dominicana)
  • Provincia de Santiago de México
  • Saltillo Coahuila (México)
  • Santiago de Sesimbra (Portugal)
  • Alanje (Panamá)
  • Santiago del Estero (Argentina) 
  • Provincia de Mendoza (Argentina)
  • San Felipe y Santiago de Montevideo (Uruguay)

LETANÍA DE SANTIAGO “EL MAYOR”, APÓSTOL

  • Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
  • Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.
  • Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
  • Cristo, óyenos. Cristo, óyenos.
  • Cristo, escúchanos. Cristo, escúchanos.
  • Dios, Padre Celestial. Ten misericordia de nosotros.
  • Dios, Hijo Redentor del mundo. Ten misericordia de nosotros.
  • Dios, Espíritu Santo. Ten misericordia de nosotros.
  • Trinidad Santa, un solo Dios. Ten misericordia de nosotros.
  • Santa María  Ruega por nosotros.
  • Santa Madre de Dios.  Ruega por nosotros.
  • Santa Virgen de las vírgenes.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, Apóstol de Jesucristo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, hijo de Zebedeo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, nacido de María Salomé.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que seguiste a Jesús incluso antes de ser testigo de sus milagros.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que respondiste inmediatamente a la primera venida de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que despreciaste el mundo para seguir a Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que dejaste a tus padres por amor a Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que deseaste llamar fuego del Cielo contra los que se oponían a extender el mensaje salvador de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, uno de los tres testigos presenciales de la resurrección de la hija de Jairo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, uno de los tres testigos de la Transfiguración de Cristo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, uno de los tres que disteis testimonio de la agonía de Nuestro Señor en el Huerto de Getsemaní.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, por cuya predicación convertiste siete discípulos  en España.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que convertiste a una cantidad innumerable de personas en Judea y Samaria por tu predicación.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que desafiaste a los Judíos y confundiste a los Escribas y Fariseos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que valerosamente discutiste con Pilatos y ganaste el día.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que torturaste a los demonios enviados por Hermogenus, el gran hechicero.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que conseguiste que Hermogenus fuera confinado por los mismísimos demonios que él envió.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que posteriormente liberaste a Hermogenus y le hiciste seguidor de Cristo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que arrojaste libros de hechicería a los mares profundos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que curaste a un enfermo de reuma agudo e hiciste que alabara el Santo nombre de Dios.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que hiciste que tu verdugo compartiese tu agonía y obtuviste para él la salvación eterna.  Ruega por nosotros.  
  • Santiago, que te sometiste a ser decapitado y sufriste el martirio con alegría.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que tuviste el privilegio de tener una muerte similar a la de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que fuiste bendecido con un bautismo similar al de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que te ganaste el honor de ser el primer mártir de entre  los Apóstoles.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, cuyos restos mortales llegaron a España en un pequeño barco, sin timón, ni velas, ni tripulación.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que cuando tu sagrado cuerpo fue depositado en un duro bloque de granito, éste se ablandó para que recibieras un adecuado entierro.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que hiciste que los toros salvajes se comportaran como mansos corderos cuando los guiabas para tirar del carro  que contenía tus sagrados restos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que milagrosamente mantuviste vivo durante treinta días a un hombre inocente, injustamente condenado y ahorcado.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que salvaste España en muchas ocasiones de numerosos enemigos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que montado en un caballo blanco como la nieve derribaste sesenta mil enemigos durante el reinado del rey Samir.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que fuiste recompensado con un trono Celestial por tu obediencia al Señor.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, cuyo amor a la pobreza te hizo ganar el Reino de los Cielos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que saliste victorioso de la batalla contra legiones de demonios y contra todos los poderes de la oscuridad.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que despreciando todos los honores mundanos, y en combate con el mundo, saliste finalmente triunfante.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que por oraciones y mortificación dominaste la carne, y ganaste la eterna corona del Cielo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, siempre voluntarioso para ayudar a aquellos que luchan
    por la defensa del nombre de Dios.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que tanto ayudas a los que están en el exilio.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, rápido restablecedor de la buena salud.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, libertador de aquellos que se encuentran en la esclavitud.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, consuelo de los afligidos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, a quien se alaba y se da las gracias con gran devoción por el mundo entero.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, invocado con fe y confianza por todos los cristianos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, a quien se le da enormemente las gracias en todas  las naciones.  Ruega por nosotros.
  • Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Perdónanos, Señor.
  • Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Escúchanos, Señor.
  • Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Ten misericordia de nosotros.
  • Ruega por nosotros, oh Santiago. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN

Dios Todopoderoso y misericordioso, que escogiste doce Apóstoles para evangelizar al mundo entero. Entre ellos, tres fueron favorecidos de manera especial por Tu Hijo Jesucristo, quien se dignó a contar con el Apóstol Santiago en este  selecto número. Que por su intercesión seamos dignos de obtener la gloria del Cielo, donde Tú vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN A SANTIAGO, “EL MAYOR”.

¡Gran Apóstol Santiago, familiar cercano de nuestro Señor y aún más cercano a Él por lazos espirituales! Al ser llamado por Él entre los primeros discípulos y ser favorecido con Su especial intimidad, tú respondiste con gran generosidad, dejándolo todo para seguirle a la primera llamada. También tuviste el privilegio de ser el primero de los Apóstoles en morir por Él, sellando tu predicación con tu sangre.

“Atronador” en el entusiasmo en la tierra, que desde el cielo te has mostrado defensor de Su Iglesia una y otra vez, apareciendo en el campo de batalla de los cristianos para derrotar y dispersar a los enemigos de la Cruz, y llevar a los descorazonados creyentes a la victoria. Fuerza de los cristianos, refugio seguro de aquellos que te suplican con confianza, protégenos ahora en los peligros que nos rodean.

Que por tu intercesión, nuestro Señor nos conceda su santo amor, filial temor, justicia, paz y la victoria sobre nuestros adversarios, tanto visibles como invisibles, y sobre todo, que un día nos conceda la felicidad de verlo y tenerlo con nosotros en el cielo, en tu compañía y la de los ángeles y santos para siempre. Amén. 

¿Qué nos enseña Santiago, el Mayor?

A vivir nuestra fe con autenticidad; a ser testigos del Evangelio con nuestra vida. 

A cumplir con nuestra misión dentro de la Iglesia: extender la Palabra de Dios a todos los que nos rodean. 

A cumplir con nuestra misión cueste lo que cueste, ya que a él le costó el martirio.

A invocar y confiar en la intercesión maternal de María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización.

A ser fieles a Jesús y su Iglesia. Nosotros somos fieles a la Iglesia obedeciendo al Papa y ayudándolo en la tarea de la Nueva Evangelización.

A confiar en Dios y a sabernos abandonar en sus manos.

A perdonar a nuestros enemigos, a amar a aquél que me ofendió, a aquél que me ha hecho sufrir. 

¡Dios ayuda,
y Santiago!