7 de febrero de 2021: DOMINGO V ORDINARIO “B”


“Nuestros corazones sanan; nuestras heridas se curan:
ha llegado a nosotros el Reino de Dios”

Jb 7,1-4.6-7: “Me harto de dar vueltas hasta el alba”
Sal 146: “Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados”
1 Co 9,16-19.22-23: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!
Mc 1,29-39: “Curó a muchos enfermos de diversos males”

I. LA PALABRA DE DIOS

El domingo quinto  nos lleva a contemplar a un Jesús que salva a todo el hombre –curación de enfermos en su cuerpo y sanación de endemoniados en su espíritu– y a todos los hombres –las multitudes que acuden a Él–. De ese modo levanta de su postración y abatimiento –a la suegra de Pedro «la cogió de la mano y la levantó»– a los hombres que bajo el peso del mal ven pasar sus días como un soplo y consumirse sin dicha y sin esperanza –personificados en Job–.

«¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!». Estas palabras de san Pablo son para todos, también para nosotros. Anunciar el evangelio es un deber, una obligación que incumbe a todo cristiano. Todo cristiano es un apóstol, un enviado de Cristo en el mundo. Para anunciar el evangelio no hace falta subir a un púlpito ni hablar por un megáfono. Podemos hablar de Cristo en casa y por la calle, a los vecinos y a los compañeros de trabajo, con nuestra palabra y con nuestra vida. ¡Pero es necesario que lo hagamos! ¿Cómo puede creer la gente sin que alguien les hable de Cristo?

«Me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos». ¡Admirable testimonio de san Pablo! Hacerse todo a todos significa renunciar a sus costumbres, a sus gustos, a sus formas… Y todo para que se salven algunos, para llevarles al Evangelio. Exactamente lo que hizo el mismo Cristo, que se despojó de su rango y se hizo uno de nosotros para hablarnos al modo humano, con palabras y gestos que pudiéramos entender. A la luz de esto, nunca podemos decir que hemos hecho bastante para llevar a los demás a Cristo. 

«Sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio». San Pablo reconoce que el que predica tiene derecho a vivir del evangelio. Sin embargo, gustosamente ha renunciado a este derecho, no recibiendo nada de los corintios y trabajando con sus propias manos, «para no poner impedimento al Evangelio de Cristo». El que anuncia el evangelio debe dar testimonio de absoluto desinterés personal, renunciando incluso a lo justo y a lo necesario. Sólo así podrá ser testigo creíble de una palabra que anuncia el amor gratuito de Dios. 

Jesús «se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar». Es enormemente hermoso en los evangelios el misterio de la oración personal de Jesús. El Hijo de Dios hecho hombre vive una continua y profunda intimidad con el Padre. A través de su conciencia humana Jesús se sabe intensamente amado por el Padre. Y su oración es una de las expresiones más hermosas de su conciencia filial. Se sabe recibiéndolo todo del Padre y a Él lo devuelve todo en una entrega perfecta de amor agradecido.

«Todo el mundo te busca». Estas palabras de los discípulos centran la atención en la persona de Jesús. Todo hombre ha sido creado para Cristo y todo hombre –aun sin saberlo– busca a Cristo; incluso el que le rechaza, en el fondo necesita a Cristo. Su búsqueda de alegría, de bien, de justicia, es búsqueda de Cristo, el único que puede colmar todos los anhelos del corazón humano.

«Le llevaron todos los enfermos y endemoniados». San Marcos nos presenta a Jesús realizando curaciones. De esta manera se expresa, mejor que con palabras, su poder de salvar del pecado. Los endemoniados son distintos de los enfermos, aunque también ellos son criaturas enfermas, seres degradados. Sin llegar a este estado, todo hombre en pecado está pervertido y enfermo, por muchos éxitos aparentes que tenga.

A los demonios «no les permitía hablar». La consigna del silencio aparece en tantas ocasiones, especialmente en el Evangelio de san Marcos, que se ha acuñado el término técnico “secreto mesiánico”. Muy probablemente era un recurso pedagógico de Jesús, para evitar que lo identificaran con un Mesías político liberador de la dominación romana; también podría ser un recurso literario del evangelista, para no anticipar la plena identidad de Jesús hasta después de la resurrección.

Con este evangelio la Iglesia quiere afianzar nuestra fe en Jesús que es capaz de sanar a un mundo –el nuestro– y a unos hombres –nuestros hermanos y nosotros mismos– profundamente enfermos. Cristo puede hacerlo; la única condición para hacer el milagro es nuestra fe: «¿Crees que puedo hacerlo?».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los signos del reino de Dios
(547 – 549)

Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús que concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. 

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos, del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en nuestra vocación de hijos de Dios y causa de todas nuestras servidumbres humanas.

Jesús ora y nos enseña a orar
(2599 – 2615)

El Hijo de Dios hecho hombre también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. El aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las “maravillas” del Todopoderoso y las meditaba en su corazón. La oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con y para los hombres.

Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión; ora también ante los momentos decisivos que van a comprometer la misión de sus Apóstoles. La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.

Es, sobre todo, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar. Entonces, puede aprender del Maestro de la oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre. Cuando Jesús ora, ya nos enseña a orar.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Jesús ora por nosotros, como sacerdote nuestro; ora en nosotros, como cabeza nuestra; a Él dirige nuestra oración, como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Cuando sembramos de esperanza,
cuando regamos con dolor,
con las gavillas en las manos,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. 

Amén.

31 de enero de 2021: DOMINGO IV ORDINARIO “B”


“Hoy y siempre escucharéis su voz;
¡no endurezcáis el corazón!” 

Dt 18,15-20: Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca”
Sal 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón»
1 Co 7,32-35: La soltera se preocupa de los asuntos del Señor, de ser santa
Mc 1,21-28: Les enseñaba con autoridad

I. LA PALABRA DE DIOS

El texto de la Primera Carta a los Corintios es uno de esos que choca a primera vista, porque da la impresión de que san Pablo no valorase suficientemente el matrimonio. Sin embargo no es así, porque en el mismo capítulo indica que «cada cual tiene de Dios su gracia particular», unos el celibato o virginidad consagrada y otros el matrimonio, e insiste en que cada uno debe santificarse en el estado al que Dios le ha llamado, casado o célibe.

No obstante, hace una llamada especial al celibato y a la virginidad como un estado de especial consagración. Y da las razones: el célibe se preocupa exclusivamente de los asuntos del Señor, busca únicamente contentar el Señor, vive consagrado a Él en cuerpo y alma, se dedica al trato con Él con corazón indiviso.

La Iglesia siempre ha apreciado como un don singular de Cristo la virginidad consagrada a Él. La virginidad testimonia la belleza de un corazón poseído sólo por Cristo Esposo. Manifiesta al mundo el infinito atractivo de Cristo, el más hermoso de los hijos de los hombres, y la inmensa dicha de pertenecer sólo a Él. Así siente el que sabe que Cristo basta, que Cristo sacia plenamente los más profundos anhelos del corazón humano.

En el Evangelio leemos, «un hombre que tenía un espíritu inmundo». Para san Marcos, el poseso está como “asociado” con un espíritu demoniaco, metido en su esfera de influencia; este espíritu es el que hace que el hombre sea “impuro” (opuesto a Dios, que es “Santo”) y lo incapacita para el culto y para el trato con Dios. Los gritos de aquel hombre, que habla en plural como portavoz de las potencias del mal, son confesión de la categoría divina de Jesús (el  santo de Dios); su curación será signo de la liberación de los que están espiritualmente oprimidos.

«Cállate y sal de él». Los evangelistas tienen mucho interés en presentar a Jesús curando endemoniados y expulsando demonios. Quieren resaltar el dominio de Jesús sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte; pero sobre todo ponen de relieve que Jesús ha vencido a Satanás, que –directa o indirectamente– es la causa de todo mal. Ningún mal espíritu tiene poder sobre el cristiano unido a Cristo por la gracia, pues todo está sometido a Cristo. El milagro confirma la predicación de Jesús: el reino de Dios ha llegado, y empieza a destruir el reino de Satanás.

«Todos se preguntaron estupefactos». Con breves pinceladas, san Marcos nos pinta el poder de Jesús. Desde el principio de su evangelio quiere presentarnos la grandeza de Cristo, que produce asombro a su paso por todo lo que hace y dice. Y la Iglesia nos presenta a Cristo para que también nosotros quedemos admirados. Pero para admirar a Cristo, hace falta antes que nada mirarle y tratarle, contemplarle. Y es sobre todo en la oración y en la meditación del evangelio donde vamos conociendo a Jesús. Por lo demás, también la vida del cristiano debe producir asombro y admiración. Nuestra vida, ¿produce asombro por vivir el evangelio o pasa sin pena ni gloria?

«Enseñaba con autoridad». Jesús no da opiniones. Enseña la verdad eterna de Dios de manera nueva (distinta y mejor), más por el modo que por el contenido (san Marcos no se preocupó siquiera de concretarnos el tema de aquella enseñanza). Por eso habla con seguridad, como quien tiene poder para imponer con fuerza de ley su interpretación personal de la Ley. Y, sobre todo, su palabra es eficaz, tiene poder para realizar lo que dice. Si escuchamos la palabra de Cristo con fe, esa palabra nos transforma, nos purifica, crea vida en nosotros, porque «es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» (Heb 4,12).

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios ha dicho todo en su Verbo
(65 — 67)

«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta.

La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas“, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia –por ejemplo, los “secretos” de Fátima–. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia. 

La fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas Religiones no cristianas y también de ciertas sectas pseudocristianas recientes que se fundan en semejantes “revelaciones”.

Cristo, Palabra única de la Sagrada Escritura
(101 — 1049)

En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres.

A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud: “Es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las Escrituras, es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo” (S. Agustín).

Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios. “En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos“.

Creer solo en Dios
(150 — 152)

La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana.

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que Él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda «su complacencia». Dios nos ha dicho que le escuchemos (Mc 9,7). El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí» (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18). 

No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque «nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’ sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios. La Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra…; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad” (San Juan de la Cruz).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver,
quiero creer.

Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé,
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.

Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.

Están mis ojos cansados
de tanto ver luz sin ver;
por la oscuridad del mundo,
voy como un ciego que ve.

Tú que diste vista al ciego
y a Nicodemo también,
filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe.

Amén.

24 de enero de 2021: DOMINGO III ORDINARIO “B”


“Creer en la conversión del corazón
es confiar en que es Dios mismo
quien cambia nuestra vida”

Jon 3,1-5.10: “Los ninivitas habían abandonado el mal camino”
Sal 24, 4-9: “Señor, enséñame tus caminos”
1 Co 7,29-31: La representación de este mundo se termina
Mc 1,14-20: Convertíos y creed en el Evangelio

I. LA PALABRA DE DIOS

El domingo tercero del Tiempo Ordinario nos presenta la predicación inicial de la buena nueva de Jesús, anunciando la llegada del reino y urgiendo a la conversión, y la llamada de los primeros discípulos. Tanto el carácter urgente de la llamada de Jesús –«se ha cumplido el tiempo»– como lo inmediato e incondicional del seguimiento por parte de los discípulos, manifiesta la grandiosidad y el atractivo de la persona de Jesús. Esta urgencia se manifiesta también en el carácter de «pescadores de hombres» que tienen los discípulos: lo mismo que Jonás son enviados a convertir a los hombres a Cristo: «Convertíos y creed en el Evangelio».

La frase de san Pablo en la segunda lectura –«el momento es apremiante»– está en dependencia de la del mismo Jesús en el evangelio: «se ha cumplido el tiempo». No podemos seguir viviendo como si Él no hubiera venido. Su presencia debe determinar toda nuestra vida. Su venida da a nuestra existencia un tono de seriedad y urgencia. No podemos seguir malgastando nuestra vida viviéndola al margen de Él. Con Él tiene un valor inmensamente mayor de lo que imaginamos. 

Hemos celebrado a Cristo en el Adviento como «el deseado de las naciones», el esperado de todos los pueblos. «Todo el mundo te busca» (Mc 1,37). Con la venida de Cristo en la Navidad entramos en la plenitud de los tiempos. El Reino de Dios está aquí, la salvación se nos ofrece para disfrutarla. Tenemos, sobre todo, a Cristo en persona. «¡Cuántos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!». La presencia de Cristo hace que las cosas no puedan seguir igual. Por eso, Jesús añade a continuación: «Convertíos». La presencia de Cristo exige una actitud radical de atención y entrega a Él, cambiando todo lo que haga falta, para que Él sea el centro de todo, para que su Reino se instaure en nosotros.

«El Reino». Esta expresión (el reinado, el señorío, la soberanía) indica el dominio universal de Dios, que va realizándose en la tierra y que se consumará en el cielo. Dicho brevemente, el Reino de Dios son las relaciones de Dios con la humanidad. Ese reino empezó con los hechos salvadores del Antiguo Testamento, llegó al mundo con Jesús, avanza mediante la Iglesia –instrumento del que Dios se vale para “reinar”–, hasta que definitivamente sean destruidos el pecado y el mal al fin del mundo. El Nuevo Testamento habla de ese Reino como de una situación o estado (que llega, se manifiesta, se da, se recibe, se posee, en el que se puede ser grande o pequeño), y como un lugar (al que se entra o no se entra, que se hereda, que hay que buscar). En su predicación inicial, Jesús parece aludir a la soberanía de Dios al final de los tiempos; como si dijera: “La etapa final de la historia ya ha comenzado”.

«Creed en el Evangelio». Evangelio significa “buena noticia”, “anuncio alegre y gozoso”. Jesús es el predicador y, a la vez, el contenido de “su” Evangelio. La presencia de Cristo, su cercanía, su poder, son una “buena noticia”. La llegada del Reino de Dios es una buena noticia. Cada una de las palabras y frases del evangelio son una noticia gozosa. ¿Recibo así el evangelio, como Buena nueva y anuncio gozoso, o lo veo como una carga y una exigencia molesta? Cada vez que lo escucho, lo leo o medito, ¿lo veo como promesa de salvación? ¿Creo de verdad en el evangelio? ¿Me fío de lo que Cristo en él me manda, me advierte o me aconseja?

«Venid en pos de mí». Al comienzo eligió Jesús a sus inmediatos seguidores: de ellos, poco después, eligió un grupo especial de “Doce”; estos hechos muestran la intención de Jesús de ir formando un núcleo de continuadores de su obra. Para cualquier judío. Un Mesías sin una comunidad mesiánica hubiera sido impensable.

San Marcos nos presenta la llamada de Jesús a los discípulos, cuando aún Jesús no ha predicado ni hecho milagros; sin embargo, ellos le siguen, «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron», dejando todo, incluso el trabajo y el propio padre. El modo de narrar esquemáticamente estás escenas de vocación tiene también una enseñanza: la síntesis de una vocación cristiana es: 1º) Jesús ve; 2º) Jesús llama; 3º) el llamado lo sigue sin condiciones. Ser cristiano es ante todo irse con Jesús, caminar tras Él, fiarse de Él, seguirle. 

La conversión que pide Jesús al principio del evangelio de hoy es ante todo dejarnos fascinar por su persona. Cuando se experimenta el atractivo de Cristo, ¡qué fácil es dejarlo todo por Él!

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia sigue llamando a la conversión
(1
427 – 1429)

Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio». En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en toda la vida del cristiano. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia, que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa, al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito”, atraído y movido por la gracia, a responder al amor misericordioso de Dios, que nos ha amado primero.

De ello da testimonio la conversión de S. Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia Él. La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: «¡Arrepiéntete!» (Ap 2,5.16). San Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, en la Iglesia, “existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia“.

La penitencia interior
(1430 – 1433. 1489)

Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores, “el saco y la ceniza”, los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia.

La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron “aflicción del espíritu”, “arrepentimiento del corazón”.

El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo. La conversión es primeramente  una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos». Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron. “Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento” (S. Clemente).

Después de Pascua, el Espíritu Santo «convence al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión.

Volver a la comunión con Dios, después de haberla perdido por el pecado, es un movimiento que nace de la gracia de Dios, rico en misericordia y deseoso de la salvación de los hombres. Es preciso pedir este don precioso para uno mismo y para los demás.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados; si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador, son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre, es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que él ha hecho. Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas. El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la Luz” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Por la lanza en su costado
brotó el río de pureza,
para lavar la bajeza
a que nos bajó el pecado.

Cristo, herida y manantial,
tu muerte nos da la vida,
gracia de sangre nacida
en tu fuente bautismal.

Sangre y agua del abismo
de un corazón en tormento:
un Jordán de sacramento
nos baña con el bautismo.

Y, mientras dura la cruz
y en ella el Crucificado,
bajará de su costado
un río de gracia y luz.

El Padre nos da la vida,
el Espíritu el amor,
y Jesucristo, el Señor,
nos da la gracia perdida. 

Amén.