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14 de abril de 2019: DOMINGO DE RAMOS “C”


«Murió por nuestros pecados, según las Escrituras»

Lc 19,28-40 (Procesión): Bendito el que viene en nombre del Señor
Is 50,4-7: No oculté el rostro a insultos; y sé que no quedaré avergonzado
Sal 21,8-24: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Flp. 2,6-11: Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo
Lc 22,14-23,56: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas

I. LA PALABRA DE DIOS

La lectura de la Pasión según san Lucas –que hemos de releer y meditar abundantemente en estos días– quiere llevarnos a mirar a Jesús, para aprender de Él a ser verdaderos discípulos. El relato comienza en la última Cena, como invitándonos a interpretar los dos acontecimientos en mutua referencia. San Lucas subraya el carácter sacrificial de la Cena: sacrificio expiatorio, sacrificio de la Nueva Alianza y sacrificio memorial de la Nueva Pascua. La traición de Judas, uno de los Doce, nos pone en guardia frente a nosotros mismos, que también podemos traicionar al Señor. Y lo mismo ocurre con la negación de Pedro, que desenmascara la tentación que aparece en cada corazón: no querer cuentas con un Maestro que se abaja hasta ese punto. Sin embargo, la mirada de Jesús, que se vuelve hacia él, alcanza su conversión, y las lágrimas de Pedro, pecador arrepentido, indican la manera como el discípulo debe participar en la pasión del Salvador.

San Lucas insiste más que ningún otro evangelista en la inocencia de Jesús, para sacar así la lección de que los discípulos no deben extrañarse de que sean arrastrados a los tribunales por su fidelidad a la voluntad de Dios. Más aún, siendo inocente, Jesús muere perdonando a sus asesinos y confiando en el Padre, en cuyas manos se abandona totalmente. También los cristianos deberán seguir este doble ejemplo, asociándose de cerca a la pasión de su Salvador.

Finalmente, san Lucas subraya la eficacia del sacrificio de Cristo: la cruz de Jesús transforma el mundo produciendo la conversión de los corazones y abriendo a los hombres el Paraíso. Junto al buen ladrón, cada uno de nosotros es invitado a considerar los sufrimientos de Jesús y a hacer examen de conciencia –«lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada »– para poder oír de labios del mismo Jesús: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La subida a Jerusalén
y la entrada mesiánica
(557 – 562)

La entera vida de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección, son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación.

Los discípulos de Cristo deben asemejarse a Él hasta que Él crezca y se forme en ellos. Por eso somos integrados en los misterios de su vida: con él estamos identificados, muertos y resucitados hasta que reinemos con él.

En el tiempo establecido, Jesús decide subir a Jerusalén para sufrir su Pasión, morir y resucitar. Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su Padre». Como Rey-Mesías, entra en la ciudad montado sobre un asno, no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad; y es acogido por los pequeños, cuya aclamación es recogida por el “Santo” de la Misa para introducir al memorial de la Pascua del Señor: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! (¡Sálvanos!)». Con la entrada en Jerusalén, Jesús manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

La muerte de Jesús,
designio divino de salvación
(599 – 605)

Anunciada ya en el Antiguo Testamento, particularmente como sacrificio del Siervo doliente (Is 53,7-8), la muerte redentora de Jesús tuvo lugar según las Escrituras.

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios. Pero esto no significa que los que entregaron a Jesús fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano. Dios, para quien todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad, establece su designio eterno de salvación incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia.

A fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la amorosa iniciativa, que precede a todo mérito por nuestra parte, de enviar a su Hijo, en la condición de esclavo –la condición de la humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado–, para que se entregara a la muerte por los pecadores. Dios «a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5, 21). Es decir, Jesús no conoció la reprobación, como si él mismo hubiese pecado, sino que, en el amor redentor que le unía siempre al Padre, nos asumió –desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado– hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8). Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción. La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles, enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo.

La ofrenda de Cristo
por nuestros pecados
(606 – 618)

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora. Su Pasión es la razón de ser de su Encarnación. Toda la vida de Cristo es una oblación libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de salvación. Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, con su sufrimiento y su muerte, manifiesta cómo su humanidad fue el instrumento libre y perfecto del Amor divino, que quiere la salvación de todos los hombres. Aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y por amor –hasta el extremo– a los hombres que el Padre quiere salvar.

Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la Cena tomada con los Doce Apóstoles la víspera de su Pasión. En la última Cena Jesús anticipa, es decir, significa y realiza anticipadamente, la oblación libre de sí mismo al Padre, por la salvación de todos los hombres: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros», «ésta es mi sangre que será derramadapara remisión de los pecados …haced esto en memoria mía». De este modo, Jesús instituye, al mismo tiempo, la Eucaristía como «memorial» de su sacrificio, y a sus Apóstoles como sacerdotes de la nueva Alianza.

El cáliz de la Nueva Alianza, que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo, lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní, haciéndose obediente hasta la muerte. En el huerto de Getsemaní –a pesar del horror que suponía la muerte para la humanidad absolutamente santa de Aquél que es el autor de la vida– la voluntad humana del Hijo de Dios se adhiere a la voluntad del Padre; acepta su muerte como redentora: para salvarnos, acepta llevar nuestros pecados en su cuerpo hasta la cruz.

El sacrificio de Cristo es ante todo un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él. Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor, ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.

La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual –que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres– y el sacrificio de la Nueva Alianza –que devuelve al hombre a la comunión con Dios–. Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena obediencia de su amor hasta la muerte. Este amor hasta el extremo del Hijo de Dios –que nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida– es el que confiere su valor al sacrificio de Cristo –Cabeza de toda la humanidad– y reconcilia a la humanidad entera con el Padre, sustituyéndonos –reemplazando nuestra desobediencia con su obediencia– y satisfaciendo por nuestros pecados. Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la comunión con Dios.

Nuestra participación
en el sacrificio de Cristo
(2028 – 2029; 618)

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Todos los fieles son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Al llamar a sus discípulos a tomar su cruz y seguirle, Jesús quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios.

Participación sacramental
(1227; 1362 — 1372)

Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo, es sepultado y resucita con él.

La Eucaristía es memorial del sacrificio de Cristo, en el sentido de que hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la cruz en favor de la humanidad. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las mismas palabras de la institución: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros» y «Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre, que se derrama por vosotros». El sacrificio de la cruz y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Son idénticas la víctima y el oferente, y sólo es distinto el modo de ofrecerse: de manera cruenta en la cruz, incruenta en la Eucaristía.

El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.

Participación contemplativa
(2718 — 2719)

La contemplación es silencio. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús. La contemplación es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. Son tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús que su Espíritu (y no la «carne que es débil») hace vivir en la contemplación. Es necesario consentir en «velar una hora con él».

Participación en la muerte
(1005 — 1014)

Morir en Cristo Jesús significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente en Cristo, siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de obediencia y de amor al Padre. «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él» (2 Tm 2, 11).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Cuando se hizo hombre recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán… lo recuperamos en Cristo Jesús» (S. Ireneo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

¡Dichosa cruz que con tus brazos firmes,
en que estuvo colgado nuestro precio,
fuiste balanza para el cuerpo santo
que arrebató su presa a los infiernos.

Ella sostuvo el sacrosanto cuerpo
que, al ser herido por la lanza dura,
derramó sangre y agua en abundancia
para lavar con ellas nuestras culpas.

A ti, que eres la única esperanza,
te ensalzamos, oh cruz, y te rogamos
que acrecientes la gracia de los justos
y borres los delitos de los malos.

Amén.

DOMINGO V DE CUARESMA “C”


«Mujer, tampoco yo te condeno,
anda y no peques más»

Is 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo y daré bebida a mi pueblo
Sal 125, 1-6: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres
Fl 3,8-14: Todo lo estimo pérdida, comparado con Cristo, configurado,
como estoy, con su muerte

Jn 8, 1-11: El que esté sin pecado que le tire la primera piedra

I. LA PALABRA DE DIOS

El pasaje evangélico de hoy se ha de examinar no sólo desde el caso concreto presentado por los acusadores, sino desde la oposición a Jesús y su mensaje cuestionados: pretendían «comprometerlo y poder acusarlo». Pero Jesús responde muy hábilmente. Se muestra fiel al mensaje de la misericordia y fiel a la Ley, que también viene del Padre.

El relato manifiesta toda la fuerza y la profundidad del perdón de Cristo, que no consiste en disimular el pecado, sino en perdonarlo y en dar la capacidad de emprender un camino nuevo exhortando al arrepentimiento: «Vete, y en adelante no peques más». La grandeza del perdón de Cristo se manifiesta en el impulso para vencer el pecado y vivir sin pecar.

Los acusadores de esta mujer desaparecen uno tras otro cuando Jesús les hace ver que son tan pecadores como ella. El reconocimiento del propio pecado es lo que nos hace radicalmente humildes. La presente Cuaresma quiere dejarnos más instalados en la verdadera humildad, la que brota de la conciencia de la propia miseria y no juzga ni desprecia a los demás.

Si el evangelio del domingo pasado nos revelaba el pecado como ruptura con el Padre, hoy nos lo presenta como infidelidad al Esposo. La mujer adúltera somos cada uno de nosotros que, en lugar de ser fieles al amor de Cristo, le hemos fallado en multitud de ocasiones. Ahí radica la gravedad de nuestros pecados: el amor de Cristo traicionado.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Sólo Dios puede perdonar pecados
(587 – 589, 594)

Jesús realizó obras, como el perdón de los pecados, que lo revelaron como Dios Salvador. Algunos judíos, que no le reconocían como Dios hecho hombre, veían en Él a un hombre que se hace Dios, y lo juzgaron como un blasfemo.

Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos. Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”. Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema –porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios– o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios.

La misericordia de Dios
y la confesión de los pecados
(1846 – 1848)

El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores. “Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (S. Agustín). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos: «no tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia”.

La conversión exige el reconocimiento del pecado. Como afirma san Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos “la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor”. Es una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención.

Sacramento de la penitencia
y de la reconciliación
(1440 – 1446, 1449, 1484)

El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia.

Sólo Dios perdona los pecados. Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” y ejerce ese poder divino: “Tus pecados están perdonados” (Mc 2,5; Lc 7,48).

En virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf. Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre. Confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18).

Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

La fórmula de absolución expresa el elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión. Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: “Hijo, tus pecados están perdonados”; es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de Él para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna.

Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama «sigilo sacramental», porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda “sellado” por el sacramento.

Los dones del sacramento
(1468 — 1470, 1496)

Los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la gracia; la reconciliación con la Iglesia; la remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales; la remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual; el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano.

En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida, cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos pequeños hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Los hombros traigo cargados
de graves culpas, mi Dios:
dadme esas lágrimas vos
y tomad estos pecados.

Yo soy quien ha de llorar,
por ser acto de flaqueza;
que no hay en naturaleza
más flaqueza que el pecar.

Y, pues andamos trocados,
que yo peco y lloráis vos,
dadme esas lágrimas vos
y tomad estos pecados.

Vos sois quien cargar se puede
estas mis culpas mortales,
que la menor destas tales
a cualquier peso excede;

y, pues que son tan pesados
aquestos yerros, mi Dios,
dadme esas lágrimas vos
y tomad estos pecados.

Amén.

31 de marzo de 2019: DOMINGO IV DE CUARESMA “C”


«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»

Jos 5, 9a. 10-12: El pueblo de Dios celebra la Pascua al entrar en la tierra prometida
Sal 33, 2-7: Gustad y ved qué bueno es el Señor
2 Co 5, 17-21: Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo
Lc 15, 1-3. 11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

I. LA PALABRA DE DIOS

Esta parábola, tan conocida, quiere movernos al arrepentimiento, poniéndolo en su sitio, es decir, en relación a Dios.

El pecado no es solamente hacer cosas malas o faltar a una ley. A las ideas judías de justicia y pecado, obediencia o desobediencia a las órdenes del Padre, muy presentes en el hijo mayor de la parábola –«te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya»–, Jesús opone otro modo de ver las relaciones del hombre con Dios: la rectitud consiste en comportarse como hijo y el pecado en dejar de proceder como tal; por esto, el hijo menor se aleja del Padre y de su casa. Esto equivale a morir y el retorno a vivir –«estaba muerto y ha revivido»–. El pecado es despreciar el amor infinito del Padre, marcharse de su casa, vivir por cuenta propia. Es, en definitiva, no vivir como hijo del Padre y, por tanto mal-vivir. De ahí que el muchacho de la parábola que se marcha alegremente, pensando ser libre y feliz, acabe pasando necesidad y muriendo de hambre. Ha perdido su dignidad de hijo y experimenta un profundo vacío.

Lo mismo el arrepentimiento. El perdón de Dios no alcanza al hombre, mientras éste no se vuelva a Él, mientras no se arrepienta, porque Dios no puede menos que respetar la libertad de la criatura. Pero sólo es posible convertirse de verdad cuando uno se siente desconcertado por el amor de Dios Padre, al que se ha despreciado: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». Precisamente «contra ti»: la conciencia de haber rechazado tanto amor y a pesar de todo seguir sabiéndonos amados por aquél a quien hemos ofendido es lo único que puede movernos a contrición. Y junto a ello, la experiencia del envilecimiento al que nos ha conducido nuestro pecado, la situación calamitosa en que nos ha dejado.

Igualmente, el perdón es fruto del amor del Padre, que se conmueve y sale al encuentro de su hijo, que se alegra de su vuelta y le abraza, que hace fiesta. La misericordia y la alegría de Dios Padre son los dos rasgos más destacados por S. Lucas. Este perdón devuelve al hijo la dignidad perdida. El pródigo recupera los privilegios del hijo: «el mejor traje» (más exactamente «el primer traje»); el anillo y las sandalias, propios de los hombres libres; y se le festeja con el ternero cebado, reservado para las grandes ocasiones. El Padre lo recibe con alegría de nuevo en la casa, en la intimidad del hogar. El suyo es un amor potente y eficaz que realiza una auténtica resurrección: «Este hijo mío estaba muerto y ha revivido».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La realidad del pecado
(386 – 387; 1856 – 1864; 1870 – 1876)

El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. La realidad del pecado sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente.

Cometer un pecado mortal es elegir deliberadamente, es decir, sabiéndolo y queriéndolo, una cosa gravemente contraria a la ley divina y al fin último del hombre. El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana contra el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es eliminado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la autoexclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno. Nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno.

La proliferación del pecado
(1865 – 1869)

El pecado, incluso venial, crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal, pero no puede destruir el sentido moral hasta su raíz.

Hay pecados que son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.

También existen «pecados que claman al cielo»: la sangre de Abel; el pecado de los sodomitas; el clamor del pueblo oprimido en Egipto; el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano; la injusticia para con el asalariado.

El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos: participando directa y voluntariamente; ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos; no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo; protegiendo a los que hacen el mal.

Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las «estructuras de pecado» son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal.

Un sacramento
para el perdón de los pecados
(986)

No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento, rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.

El pecado mortal, que ataca en nosotros el principio vital que es la caridad, necesita una nueva iniciativa de la misericordia de Dios y una conversión del corazón que se realiza ordinariamente en el marco del sacramento de la reconciliación.

Examen de conciencia
(1848)

Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. La gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón. Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

Dolor de los pecados
y propósito de enmienda
(1430 — 1433)

La llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Pero la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia.

La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables: la contrición, que es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar.

Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron.

Decir los pecados al confesor
(1455 – 1458)

Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.

La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia. En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente. Porque «si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora» (S. Jerónimo).

Sin ser estrictamente necesaria, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso.

Y cumplir la penitencia
(1459 — 1460)

Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo: restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. El pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer “algo más” para reparar sus pecados: debe “satisfacer” de manera apropiada o “expiar” sus pecados. Esta satisfacción se llama también “penitencia”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados; si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que Él ha hecho. Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas. El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la luz» (S. Agustín).

«Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No me pesa, Señor, haber faltado
por el eterno mal que he merecido,
ni me pesa tampoco haber perdido
el cielo como pena a mi pecado.

Pésame haber tus voces despreciado
y tus justos mandatos infringido,
porque con mis errores he ofendido
tu corazón, Señor, por mí llagado.

Llorar quiero mis culpas humillado,
y buscar a mis males dulce olvido
en la herida de amor de tu costado.

Quiero tu amor pagar, agradecido,
amándote cual siempre me has amado
y viviendo contigo arrepentido.

Amén.