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Domingo XVI Ordinario, ciclo B


“Como pueblo salvado por Cristo proclamamos: «El Señor es nuestra justicia»”

Jr 23,1-6: “Reuniré el resto de mis ovejas y les pondré pastores”

Sal 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta”
Ef 2,13-18: Él es nuestra paz, Él ha hecho de dos pueblos una sola cosa”

Mc 6,30-34: Andaban como ovejas sin pastor”

I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Jeremías lanza sus invectivas contra los dirigentes de Israel. Mientras tuvo buenos “pastores”, el pueblo de Dios caminó sin peligro por cualquier lugar; ahora que los pastores hacen el mal, andan errantes y sin rumbo. Por eso es necesario un nuevo pastor. La promesa «Yo mismo reuniré el resto… y las volveré a traer a sus dehesas», es una forma de anunciar la restauración y la vuelta del destierro; pero también de proclamar Dios mismo, por su profeta, que no se fiaba nada de los que antes habían sido nombrados pastores.

El Salmo 22 expresa con una fuerza poco común la sensación de paz y de dicha de quien se sabe cuidado por el Señor. El salmista hace alusión a los peligros, pero no como amenazas que acechan, sino como quien se siente libre de ellos en la presencia protectora de Dios.

Nosotros podemos dejarnos empapar por los sentimientos que este salmo manifiesta. Ante todo, la seguridad –«nada temo»– al saberse uno guiado por el Señor incluso en los momentos y situaciones en que no se ve la salida –las «cañadas oscuras»–. Junto a esta seguridad, el abandono de quien se sabe defendido con mano firme y acierto, de quien se sabe cuidado con ternura en toda ocasión y circunstancia. Finalmente, la plenitud –«nada me falta»–, que se traduce en paz y dicha sosegadas. Pero todo ello brota de la certeza de que el Señor está presente –«Tú vas conmigo»– y nos cuida directamente. El que pierde esta conciencia de la presencia protectora del Señor es presa de todo tipo de temores y angustias.

El Evangelio nos presenta el encuentro de los apóstoles con Jesús al regreso de su misión. El Buen Pastor es Jesucristo. En Él se realiza plenamente el salmo y la primera lectura. Él reúne a sus ovejas, las alimenta, las protege de todo mal; más aún, conoce y ama a cada una, y da su vida por ellas. Él siente lástima por las multitudes que están como ovejas sin pastor; también a nosotros debe dolernos que, teniendo un Pastor así, haya tanta gente que se siente perdida y abandonada porque no le conocen.

El descanso de las tareas apostólicas consiste en estar con Él, disfrutando de su intimidad. Sin embargo, la caridad del Buen Pastor es la norma decisiva del actuar de Jesús: ante la presencia de una multitud «como ovejas sin pastor» Jesús se compadece e interrumpe el descanso antes incluso de comenzarlo. Frente a los malos pastores, que dispersan a las ovejas porque buscan su interés, los discípulos de Jesús –y más los que por Él son constituidos pastores de su pueblo– deben compartir la misma compasión y la misma solicitud del Maestro por la multitudes que están como ovejas sin pastor

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia es apostólica
(857)

La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él.

La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:

1º.– Fue y permanece edificada sobre “el fundamento de los apóstoles”, testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo.

2º.– Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles.

3º.– Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia.

La misión de los apóstoles
(858)

Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar». Desde entonces, serán sus “enviados” (eso es lo que significa la palabra griega “apóstoloi“). En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo les envío». Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a ustedes recibe, a mí me recibe», dice a los Doce.

Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta», sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él, de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los Apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza, ministros de Dios, embajadores de Cristo, servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios».

Los obispos sucesores de los apóstoles
(861 – 862)

Los Apóstoles, para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio.

Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores; de la misma manera permanece el ministerio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser ejercido perennemente por el orden sagrado de los obispos. Por eso, la Iglesia enseña que por institución divina los obispos han sucedido a los Apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió.

El apostolado
(863 – 864)

Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado. Se llama “apostolado” a toda la actividad del Cuerpo Místico que tiende a propagar el Reino de Cristo por toda la tierra.

Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. La caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, es siempre como el alma de todo apostolado.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y adónde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza. Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece en ella la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es divinizado y diviniza” (San Gregorio Nacianzeno).

El sacerdote continua la obra de redención en la tierra. Si se comprendiese bien al sacerdote en la tierra se moriría no de pavor sino de amor. El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús” (santo Cura de Ars).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Padre, que conoces los corazones,
concede a tus siervos
que has elegido para el episcopado,
que apacienten tu santo rebaño
y que ejerzan ante ti el supremo sacerdocio,
sin reproche, sirviéndote noche y día;
que hagan sin cesar propicio tu rostro
y que ofrezcan los dones de tu santa Iglesia,
que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio
tengan poder de perdonar los pecados
según tu mandamiento,
que distribuyan las tareas siguiendo tu orden
y que desaten de toda atadura
en virtud del poder que tú diste a los apóstoles;
que te agraden por su dulzura y su corazón puro,
ofreciéndote un perfume agradable
por tu Hijo Jesucristo.
Amén.

(San Hipólito)

DOMINGO XV ORDINARIO “B”


“Destinados en la persona de Cristo a ser santos, por iniciativa de Dios,
para que la gloria de su gracia redunde en alabanza suya”

Am 7,12-15: “Ve y profetiza a mi pueblo”
Sal 84,9-14: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”
Ef 1,3-14: “Nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo”

Mc 6,7-13: “Los fue enviando”

I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Amós certifica que su carisma profético viene de Dios. Ha sido Yahvé quién le ha llamado, y sólo por haber sido llamado ejerce de profeta. Poco más tarde, Amasías tendrá la oportunidad de comprobar que lo que decía Amós era verdad, venía de Dios.

En el Evangelio se nos presenta la misión de los Doce. Jesús los envía con su misma autoridad, de modo que, al igual que Él, predican la conversión, curan enfermos y echan demonios.

«Les mandó que no llevaran nada para el camino». El Señor insiste en la necesidad de ir desprovistos de medios y seguridades; la única seguridad del apóstol reside –lo mismo que el profeta Amós– en el hecho de ir enviados en el nombre de Jesús, y respaldados por Él. El equipaje de los predicadores del evangelio es el mismo de Jesús: pobreza incluso material, confianza en Dios, y el respaldo de quien los envía. Esta es también una ley esencial para la eficacia de la misión evangelizadora de la Iglesia en todas las épocas y lugares.

De manera semejante que los Doce, todo cristiano es “enviado a echar demonios”, cada uno según su propia vocación y misión. Cristo mismo nos capacita para ello, dándonos parte en su mismo poder (Bautismo, Confirmación, Orden sacerdotal). Y así toda la vida del cristiano, lo mismo que la de Cristo, es una lucha contra el maligno y contra el mal en todas sus manifestaciones, no sólo en uno mismo, sino también en los demás y en el ambiente que nos rodea. Precisamente para esto se ha manifestado Cristo, para deshacer las obras del Diablo.

Finalmente, el texto de la carta a los Efesios nos sitúa en la razón de ser de nuestra vida en este mundo. Hemos sido creados para ser santos. Esa es la única tarea necesaria y urgente. Para eso hemos nacido. Sólo si somos santos nuestra vida valdrá la pena. Y sólo si somos santos echaremos los demonios y el mal de nosotros mismos y del mundo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia se apoya en la elección de los Doce
y de Pedro como Cabeza
(765)

El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza. Los Doce y los otros discípulos participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte. Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia.

Somos incorporados por el Bautismo
a la Iglesia, Cuerpo de Cristo
(1267 – 1268)

El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. El Bautismo nos incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos.

Cristo, médico
(1503)

La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Esta atención dio origen a los infatigables esfuerzos de la Iglesia, en todos los tiempos y lugares, por aliviar a los que sufren.

La sanación de los enfermos
(1506 – 1510)

Cristo invita a sus discípulos a seguirle, tomando a su vez su cruz. Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de curación: «Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban».

El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así San Pablo aprende del Señor que «mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Co 12,9). El cristiano cree que la enfermedad y el sufrimiento son una ocasión de unirse a los sufrimientos de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia. Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su Pasión redentora.

«¡Sanen a los enfermos!». La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos, como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna y cuya conexión con la salud corporal insinúa S. Pablo (cf 1Co 11,30).

El sacramento de la Unción de los enfermos
(1499 – 1532)

La Iglesia apostólica tuvo un rito propio en favor de los enfermos, atestiguado por Santiago: «¿Está enfermo alguno de ustedes? Llame a los presbíteros (los sacerdotes) de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,14-15). La Tradición ha reconocido en este rito el Sacramento de la Unción de los enfermos, que es el Sacramento en el que Jesucristo alivia y reconforta al cristiano que comienza a encontrarse en peligro de muerte por enfermedad o vejez.

La Unción de los enfermos comunica un don particular del Espíritu Santo que produce los siguientes efectos: une al enfermo a la Pasión de Cristo, consagrándole para dar fruto para su bien y el de toda la Iglesia; le da al enfermo el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez; fortalece la fe del enfermo contra las tentaciones del maligno, especialmente la tentación del desaliento y de angustia ante la muerte; le perdona los pecados si el enfermo no ha podido recibir el sacramento de la Penitencia; puede restablecer la salud corporal del enfermo, si conviene a su salud espiritual; al enfermo en peligro de muerte le prepara para su paso a la vida eterna y acaba en el enfermo la conformación con la muerte y resurrección de Cristo, que el Bautismo había comenzado. A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático, que es semilla de vida eterna y poder de resurrección.

Sólo los sacerdotes (obispos y presbíteros) están capacitados para administrar válidamente la Unción de los enfermos. El sacerdote impone –en silencio– las manos sobre el enfermo; ora por el enfermo y luego lo unge con óleo bendecido en la cabeza y en las manos.

Los fieles deben acompañar a los enfermos con sus oraciones y con la atención fraterna y deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este Sacramento y ayudarlos a que se preparen para recibirlo con buenas disposiciones; también participan en la celebración de la Unción con su presencia y oración, pero no imponen las manos ni ungen al enfermo. Los familiares y amigos del enfermo tienen el grave deber de avisar al sacerdote y poner todos los medios para que reciba fructuosamente este hermoso sacramento.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

“Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios” (Lumen gentium)

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén.

DOMINGO XIV ORDINARIO “B”


“Sabemos que hay un Profeta en medio de nosotros”

Ez 2,2-5: “Son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”
Sal 122: “Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia”
2 Co 12,7b-10: “Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo”

Mc 6,1-6: “No desprecian a un profeta más que en su tierra”

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio de este domingo está en contraste brutal con los domingos anteriores. Después de los impresionantes signos realizados por Jesús vemos que es claramente rechazado. La rebeldía y la dureza de corazón, la falta de fe de quienes se quedan a ras de tierra, les impiden reconocer y aceptar los signos más evidentes. El poder milagroso de Cristo parece quedar sin efecto ante la incredulidad de sus paisanos. La reacción de los parientes y paisanos de Jesús es una advertencia del peligro que también nosotros corremos si no damos continuamente el salto de la fe.

«¿Dónde aprendió éste tantas cosas?» La primera reacción –de admiración de la sabiduría y los poderes de Jesús, a quien habían conocido en el pueblo, como uno de tantos–, da paso al rechazo; su historial, su nivel social, hacen más bochornosa la presencia de «el carpintero, el hijo de María», metido a intelectual y hacedor de milagros. Les faltaba fe.

«El carpintero»: Quizá fuera mejor traducir un peón de la construcción o un obrero manual en general. «El hijo de María»: como entre los judíos los “apellidos” hacían referencia al padre, no a la madre, hablar así de Jesús suponía: o que José ya había muerto, o que se trataba de una expresión insultante, como dirigida a hijo de padre desconocido. «El hermano de…»: esta palabra, en las lenguas bíblicas, comprende desde el hermano de sangre hasta el hermano de raza (el connacional); designa lo mismo al “pariente” en cualquier grado, que al miembro de una misma comunidad. Ni en el Nuevo Testamento –ni en ninguna otra fuente de la tradición primitiva– se mencionan otros “hijos de María” fuera de Jesús, ni se dice que los “hermanos” de Jesús, cuyos nombres se citan aquí, sean “hijos de María”.

«No pudo hacer allí ningún milagro»: no es que la fe tenga poder o ejerza un derecho sobre Dios para obtener milagros, es que un milagro carece de sentido cuando el hombre se cierra a Dios que se le acerca en la acción prodigiosa. Dios no se impone a la fuerza, ni siquiera a fuerza de milagros.

«Estaba sorprendido de su falta de fe»: en el difícil problema teológico del conocimiento de Cristo, lo más claro en el evangelio de San Marcos es la llamada “ciencia experimental”; no hubiera sido Jesús verdadera criatura humana si en su crecimiento corporal y espiritual no hubiera tenido experiencias nuevas, por la observación de la naturaleza, el trato con la gente, etc. El testimonio explícito de los evangelistas dice que Jesús “se admiraba”, “se sorprendía”, al saber algo que hasta entonces no conocía experimentalmente.

El Salmo 122 es la súplica confiada de los pobres de Yahvé que experimentan el desprecio a su alrededor. Y manifiesta de manera muy elocuente la postura del que ora a Dios: una confianza total en su amor y en su poder y, a la vez, un absoluto respeto y reverencia ante la majestad de Dios.

En el contexto de la liturgia de hoy, el salmo se pone en labios de Cristo, que ante el desprecio de su propio pueblo, ante el rechazo de una gente rebelde y obstinada, se dirige a su Padre abandonándose a Él y dejando en sus manos todos sus cuidados. Muchas veces a lo largo de su vida terrena Jesús experimentó burlas y sarcasmos, oposición de los pecadores, y con mucha frecuencia debió levantar sus ojos y su corazón al Padre que está en los cielos.

También nosotros podemos hacer nuestro este salmo. Ante todo, nos enseña a orar con humildad, no exigiendo a Dios, sino acudiendo a Él como el esclavo que sabe que no tiene ningún derecho y que lo espera todo de la bondad de su Señor y le deja las manos libres para que actúe como quiera y cuando quiera. Por otra parte, frente a las dificultades, nos enseña a levantar los ojos a nuestro Padre esperando su socorro y su misericordia, de manera que podamos experimentar como san Pablo la certeza de su protección: «Te basta mi gracia», pues la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad del hombre.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Mesías, el Cristo, el Ungido
(436)

Cristo viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías” que quiere decir “Ungido“. Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

La Iglesia es pueblo sacerdotal, profético y real
(783 – 786, 1241)

Jesucristo es aquél a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido “Sacerdote, Profeta y Rey”.

En el Bautismo, la unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo. El nuevo bautizado ha llegado a ser un cristiano, es decir, “ungido” por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey. Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas.

Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo el bautizado participa en la vocación única de este Pueblo: en su vocación sacerdotal: Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo «un reino de sacerdotes para Dios, su Padre». Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo.

El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo. Lo es sobre todo por el sentido sobrenatural de la fe que es el de todo el pueblo, laicos y jerarquía, cuando se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre y profundiza en su comprensión y se hace testigo de Cristo en medio de este mundo.

El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección. Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo venido «a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Para el cristiano, “servir es reinar“, particularmente es en los pobres y en los que sufren donde descubre la imagen de su Fundador pobre y sufriente. El pueblo de Dios realiza su “dignidad regia” viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

El Bautismo de los niños
(1250 – 1252, 1261)

Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento. Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha confiado.

La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando “casas” enteras recibieron el Bautismo (cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los niños.

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: «Dejen que los niños se acerquen a mí, no se lo impidan», nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de la cruz hace reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra como sacerdotes, a fin de que, puesto aparte el servicio particular de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y que usan de su razón se reconozcan miembros de esta raza de reyes y participantes de la función sacerdotal. ¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que consagrar a Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón las víctimas sin mancha de la piedad?” (San León Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios.

Amén.