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22 de diciembre de 2019: DOMINGO IV DE ADVIENTO “A”


 La maternidad virginal de María y la salvación 
sólo pueden venir de Dios

Is 7,10-14: La Virgen concebirá.
Rm 1,1-7: Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios.
Sal 23, 1-6: Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.

Mt 1,18-24: Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David.

I. LA PALABRA DE DIOS

La permanencia del pueblo de Dios está apoyada en la promesa de venida de Dios a su pueblo. Una cosa es que Dios se haga historia con el hombre y otra que el hombre deshaga o destruya la historia de Dios con Él.

«El Señor por su cuenta os dará una señal». En la inminencia ya de la Navidad, la Iglesia quiere centrar más y más nuestra mirada y nuestro deseo en Cristo, que viene. Con las palabras del profeta nos recuerda que Cristo es el signo que Dios nos ha dado. Esperamos signos de que el mundo cambie, de que las cosas mejoren. Pero Dios nos da un único signo: Cristo Salvador. Él es la respuesta a todos los interrogantes, la solución a todos los problemas. Cristo nos basta. Sólo hace falta que le acojamos sin condiciones. Si creemos firmemente en Él y le dejamos entrar en nuestra vida, Él hará lo demás, «Él salvará a su pueblo de los pecados».

«La Virgen está encinta y da a luz a un hijo». María está en el centro de la liturgia de este domingo. Cristo nos es dado a través de ella. La virginal gravidez de la Virgen será signo de salvación porque de ella nacerá el «Dios-con-nosotros». Gracias a ella tenemos al Emmanuel. Como si hasta el sí de María, Dios fuera “simplemente” Dios, y desde María, “Dios-con-nosotros”. Para darlo al mundo, primero lo ha recibido. 

La vida de la Virgen no es llamativa en actividades exteriores. Al contrario, su vida fue totalmente sencilla. Y, sin embargo, ella está en el centro de la historia. Con ella la historia ha cambiado de rumbo. Al recibir a Cristo y darlo al mundo, todo ha cambiado.

Nuestra vida está llamada a ser tan sencilla, y a la vez tan grande, como la de María. No hemos de discurrir grandes planes complicados. Basta que recibamos del todo a Cristo y nos entreguemos plenamente a Él. Entonces podremos dar a luz a Cristo para los demás y el mundo tendrá salvación.

María da a Jesús, concebido virginalmente, sin concurso de varón, una naturaleza humana verdadera; José aceptó a María como esposa (una desposada era ya, jurídica y socialmente, esposa; pero faltaba la boda propiamente dicha, el rito de “llevar consigo” a casa el desposado a la desposada), y fue él quien puso nombre al hijo de María, transmitiendo así a Jesús sus derechos de descendencia davídica (“poner nombre” a un recién nacido supone actuar con autoridad paterna). San José es el ejemplo de quienes saben que hay situaciones vitales que exigen una decisión fundamental desde una visión de fe; que no pueden ser tomadas desde la desnuda voluntad humana, sino desde la que se decide desde Dios.

Las muestras de prepotencia y autosuficiencia, de las que hace gala el hombre de hoy, se ven muchas veces frenadas por la frustración. Pero la sensación de fracaso no suele ser para muchos ocasión de buscar soluciones por el camino de Dios, sino para insistir una y otra vez en más soluciones humanas, creyéndose salvadores de todo.

A veces ocurre que los grandes pensamientos o proyectos humanos son sometidos a prueba por el Evangelio, cuando es leído desde la fe; sin embargo ha de animarnos la convicción de que la fe, lejos de destruir la iniciativa del hombre, le ayuda a descubrir caminos nuevos e insospechados.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, concebido por obra del Espíritu Santo
(497, 498, 496).

La fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado siempre viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos. El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe, que lo ve dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo que reúne entre sí los misterios: “El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios.” 

Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas: “Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo“, dice el ángel a José a propósito de María, su desposada. La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo.”

Desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso; esto es, sin elemento humano. Los Padres de la Iglesia ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra: Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): “Ustedes están firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne, Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen… que fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato… que padeció verdaderamente, como también que resucitó verdaderamente.”

María, siempre Virgen
(499 – 503).

La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo “lejos de disminuir, consagró la integridad virginal” de su madre. La liturgia de la Iglesia celebra a María como “la siempre-virgen”. 

A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús. La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José “hermanos de Jesús” son los hijos de una María discípula de Cristo (cf Mt 27, 56) que se designa de manera significativa como “la otra María” (Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cf Gn 13, 8; 14, 16; 29, 15), en el que la palabra “hermano”, no siempre significa “hermano de sangre”.

La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios. “La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre…; consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas,” divina y humana.

La oración en comunión
con la Santa Madre de Dios
(2675, 2673, 2674).

Desde el sí dado por la fe en la Anunciación y mantenido sin vacilar al pie de la cruz, la maternidad de María se extiende desde entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo, que son peregrinos todavía y que están ante los peligros y las miserias. Jesús, el único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y nuestra Madre, es pura transparencia de Él: María “muestra el Camino“.

A partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, la Iglesia ha desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios. En los innumerables himnos y antífonas que expresan esta oración, se alternan habitualmente dos movimientos: uno “engrandece” al Señor por las “maravillas” que ha hecho en su humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres humanos; el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y alabanzas de los hijos de Dios, ya que ella conoce ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de Dios.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Merced a este vínculo especial que une a Cristo con la Iglesia, se aclara mejor el misterio de aquella mujer que, desde los primeros capítulos del libro del Génesis hasta el Apocalipsis, acompaña la revelación del designio salvífico de Dios respecto a la humanidad. Pues María, presente en la Iglesia como Madre del Redentor, participa maternalmente en aquella dura batalla contra el poder de las tinieblas que se desarrolla a lo largo de toda la historia humana” (san Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Ruega por nosotros,
Madre de la Iglesia.

Virgen del Adviento,
esperanza nuestra,
de Jesús la aurora,
del cielo la puerta.

Madre de los hombres,
de la mar estrella,
llévanos a Cristo,
danos sus promesas.

Eres, Virgen Madre,
la de gracia llena,
del Señor la esclava,
del mundo la reina.

Alza nuestros ojos
hacia tu belleza,
guía nuestros pasos
a la vida eterna.

Amén.

15 de diciembre de 2019: DOMINGO III DE ADVIENTO “A”


Los que han puesto en Cristo su esperanza
no conocen el miedo
porque Cristo es la garantía
de nuestro presente y de nuestro mañana

Is 35,1-6a.10: Dios vendrá y nos salvará.
Sal 145, 7 -10: Ven, Señor, a salvarnos.
St 5,7-10: Manténganse firmes porque la venida del Señor está cerca.
Mt 11,2-11: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

I. LA PALABRA DE DIOS

Las calamidades y el dolor habían sumido a Israel en la pesadumbre y el desánimo. Isaías anuncia que el poder de Dios traerá un nuevo estado de cosas. Lo que importaba era que el ansia de un futuro nuevo y mejor mantuviera la ilusión del pueblo de Dios. Lo que el profeta anunció lo realizó Jesús.

Santiago, con el anuncio de que «el Señor está cerca», invita a la esperanza y a la fortaleza a los que sufren.

En el Evangelio, al elogiar a Juan, Jesús quiere dirigir su mirada más lejos: a pesar de todo, el Bautista ‘está en la antesala’ del Reino; los que creemos en Jesucristo ‘estamos dentro’ del todo. Y por eso somos más importantes.

«El desierto florecerá». He aquí la intensidad de la esperanza que la Iglesia quiere infundir en nosotros mediante las palabras del profeta. Nosotros solemos esperar aquello que nos parece al alcance de nuestra mano. Sin embargo, la verdadera esperanza es la que espera aquello que humanamente es imposible. Debemos esperar milagros: que el desierto de los hombres sin Dios florezca en una vida nueva, que el desierto de nuestra sociedad secularizada y materialista reverdezca con la presencia del Salvador.

Estos son los signos que Dios quiere darnos y que debemos esperar este Adviento: que se abran a la fe los ojos de los que, por no tenerla, son ciegos; que se abran a escuchar la palabra de Dios los oídos endurecidos; que corra por la senda de la salvación el que estaba paralizado por sus pecados; que prorrumpa en cantos de alabanza a Dios la lengua que blasfemaba… Si esperamos estos signos que Dios quiere hacer, ciertamente se producirán, y todo el mundo los verá, y a través de ellos se manifestará la gloria del Señor, y los hombres creerán en Cristo, y no tendrán que preguntar más: «¿eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».

El que tiene esta esperanza se siente fuerte y sus rodillas dejan de temblar. Pero el secreto para tenerla es mirar al Señor. La palabra de Dios quiere que clavemos nuestra mirada en el Señor que viene, y que la dejemos fija en su potencia salvadora: ¡Animo!«Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que viene en persona… Él vendrá y os salvará». Dejar la mirada fija en las dificultades arruina la esperanza; fijarla en el Señor, y desde Él ver las dificultades, acrecienta la esperanza.

Cuando el hombre se cree dueño del futuro, este se vuelve contra él; cuando la fe le convence de que el dueño es Dios, se convierte en salvación.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El destino del mundo es ser transformado
(1047, 1048, 1050)

El universo visible está destinado a ser transformado, a fin de que el mundo mismo, restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo, esté al servicio de los justos, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado.

Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia, y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres.

La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna” (San Cirilo de Jerusalén).

En este universo nuevo,
Dios tendrá su casa entre los hombres
(1044, 1045)

En este “universo nuevo”, la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina es “como el sacramento”. Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios, «la Esposa del Cordero» que ya no será herida por el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

Dios da a los suyos el tiempo de salvación
para que se conviertan
(1041; 2854).

En el Padrenuestro, al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que el demonio es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa, en la humildad de la fe, la recapitulación de todos y de todo en Aquel que «tiene las llaves de la Muerte y del Hades», «el Dueño de todo, Aquel que es, que era y que ha de venir».

El mensaje del Juicio final llama a la conversión, mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación»; inspira el santo temor de Dios; compromete para la justicia del Reino de Dios; anuncia la «bienaventurada esperanza» de la vuelta del Señor, que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Juan era en todo parecido a Cristo. La voz o la palabra es la representación de la idea. Juan representaba en todo a Cristo. Le anunciaron los ángeles, nació de una mujer estéril… Así deben ser los predicadores cristianos. Libres de toda preocupación, han de predicar no sólo con su palabra, sino con su vida, luz del mundo y sal de la tierra» (San Roberto Belarmino).

«Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por su misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» (Misal Romano, Embolismo del Padrenuestro).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de Madre,
y reúne a sus hijos en vela,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino.

Amén.

8 de diciembre de 2019, domingo: SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA


La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, atendiendo una solicitud de la Conferencia Episcopal Española, ha dispensado de la observancia de las normas litúrgicas que imponen el traslado de la solemnidad de la Inmaculada Concepción al lunes siguiente, por lo que en España se celebra este domingo dicha solemnidad. Para ello, y con el fin de no perder el sentido del domingo II de Adviento, debe observarse lo siguiente: La segunda lectura de la Misa debe ser la del segundo domingo de Adviento.

“Salve, llena de gracia, el Señor está contigo”

Gn 3,9-15.20: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre su estirpe y la tuya”
Sal 97,1.2-3ab.3c-4: “Cantad al Señor una cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”
Rom 15, 4-9: “Cristo salva a todos los hombres”
Lc 1,26-38: “Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo”

I. LA PALABRA DE DIOS

En el relato de la Anunciación a María san Lucas confronta los textos antiguos con la propia venida de Cristo. En realidad es un relato, no de anunciación (que dice lo que va a suceder y no admite réplica), sino de vocación (que expone una misión y pide consentimiento). Y vemos cómo la Virgen es la nueva Hija de Sión a la que Yavé renueva con su amor, según Sofonías; es la llena de gracia (Isaías); el resto que regresa de la cautividad y sobre el que ha brillado la luz divina (Isaías); el templo que rebosa de la gloria de Dios, según Ageo.

LLENA-DE-GRACIA es el nombre que da el ángel a la doncella. “Gracia”, no en el significado profano (amabilidad, belleza), sino en el doble significado bíblico de: benevolencia divina, por la que Dios concede benignamente un don gratuito (un favor, una «gracia»). María había sido transformada por la acción divina, agraciada por Dios desde antes, y en ella estaba remansada la gracia, preparándola para ser la madre del Mesías. Lo cual confirma que la plenitud de gracia de María está en función de su Hijo, de su maternidad divina. No hubiera estado, ni sido, «Llena de gracia», santificada por la gracia, si la sombra de cualquier pecado la hubiera tocado.

Sin dejar de pensar en el Adviento, marco en el que se celebra esta gran festividad, hacemos notar que en María tiene lugar el gran encuentro de Dios con la humanidad.

Aunque la humanidad cometa el primer pecado, Dios no se olvida de su misericordia. Pero ya se plantea entonces una batalla contra el mal, en la que a María le tocan las primicias de la victoria. Por eso, el misterio de la Inmaculada nos anuncia que hay un plan de regeneración total, que ha comenzado en María.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia contempla y celebra gozosa a la Virgen Inmaculada porque ve en ella la imagen que Jesucristo quiere de ella misma: limpia, pura, sin mancha ni arruga, preparada para el Esposo que llega.

La Inmaculada Concepción
(490 — 493)

Para ser la Madre del Salvador, María fue “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante”. El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como “llena de gracia”. En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios.

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María “llena de gracia” por Dios había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX: “la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano”.

Esta “resplandeciente santidad del todo singular” de la que ella fue “enriquecida desde el primer instante de su concepción”, le viene toda entera de Cristo: ella es “redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo”. El Padre la ha “bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo” (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).

Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios “la Toda Santa” (“Panagia”), la celebran como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura”. Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

“Hágase en mí según tu palabra”
(494)

Al anuncio de que ella dará a luz al “Hijo del Altísimo” sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo, María respondió por “la obediencia de la fe” (Rm 1, 5), segura de que “nada hay imposible para Dios”: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra”. Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y , aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención.

Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, “por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano”. Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar “el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe”. Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes’ y afirman con mayor frecuencia: “la muerte vino por Eva, la vida por María”.

Ella es nuestra Madre
en el orden de la gracia
(967 —970)

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia, incluso constituye la figura [“typus”] de la Iglesia.

Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia.

Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.

La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia. Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente.

El culto a la Santísima Virgen
(971)

“Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de “Madre de Dios”, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Dice san Ireneo, “por su obediencia fue causa de la salvación propia y la del todo género humano”. Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar “el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe”.

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.

A ti, celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
yo te ofrezco en este día,
alma, vida y corazón.

Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía,
por tu pura Concepción.

Amén.