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23 de diciembre de 2018: DOMINGO IV DE ADVIENTO “C”


«Enviad, cielos, vuestro rocío»

Mi 5, 2-5a: «De ti saldrá el jefe de Israel».
Sal 79, 2 y 3. 15-16. 18-19. «Oh Dios, restáuranos».
Hb 10, 5-10: «Aquí estoy para hacer tu voluntad».
Lc 1, 39-45: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?».

I. LA PALABRA DE DIOS

En el texto del Profeta Miqueas se anuncia al Mesías «Jefe de Israel» que «pastoreará con la fuerza del Señor» y realizará la unión de todos los hombres.

Cerca ya de la Navidad, la liturgia de este domingo nos invita a clavar nuestros ojos en el misterio de la Encarnación: Cristo entrando en el mundo. Y en este acontecimiento central de la historia, la obediencia. Desde el primer instante de su existencia humana, Cristo ha vivido en absoluta docilidad al plan del Padre: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Y así hasta el último momento, cuando en Getsemaní exclame: «No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Y gracias a esta voluntad «todos quedamos santificados», pues «así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos» (Rom 5,19).

Y, además de la obediencia, Cristo vive desde el primer instante de su existencia humana en actitud de ofrenda: «No quieres sacrificios… Pero me has preparado un cuerpo… Aquí estoy». La entrega de Cristo en la cruz no es cosa de un momento. Es que ha vivido así toda su vida humana, en oblación continua, como ofrenda permanente. Su ser de Hijo ha de expresarse necesariamente en esta manera de vivir dándonos al Padre. Se entregó al Padre y se hizo servidor de todos los hombres.

Y en el misterio de la encarnación está María. Más aún, la misma encarnación es posible gracias a la fe de María que se fía de Dios y acepta totalmente su plan. Por eso se le felicita: «¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!» Este acto de fe tan sencillo y aparentemente insignificante ha sido la puerta por la que ha entrado toda la gracia en el mundo.

El «fruto bendito» del vientre de María llenó de Espíritu Santo a Isabel y a la criatura de su vientre, Juan. Lo cual nos estimula a pedir a Dios, contemplando a toda la humanidad, «Oh Dios, restáuranos que brille tu rostro y nos salve»: que se muestre hoy al hombre el fruto bendito de la Virgen María.

La celebración del IV Domingo de Adviento nos invita a prepararnos a la gran fiesta de Navidad unidos a María y con el mismo espíritu de adoración y alabanza que manifestó ella en el Magníficat. Exige de nosotros, además, un compromiso para imitar el gesto de caridad que Ella tuvo con su prima santa Isabel, en el día a día de nuestra existencia, haciéndonos disponibles a nuestros hermanos más necesitados para que perciban y se alegren con la presencia cercana y amorosa de Cristo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti»
(484 – 486)

La anunciación a María inaugura la plenitud de “los tiempos”, es decir el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará «corporalmente la plenitud de la divinidad». La respuesta divina a su «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» se dio mediante el poder del Espíritu: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti».

La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es el Señor que da la vida, haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.

El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es “Cristo“, es decir, el Ungido por el Espíritu Santo, desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores, a los magos, a Juan Bautista, a los discípulos. Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará «cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder».

Nacido de la Virgen María
(487 – 489)

Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.

Dios envió a su Hijo, pero para formarle un cuerpo quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a «una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María».

El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida.

A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno y la de ser la Madre de todos los vivientes. En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada. Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel, Débora, Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres.

María sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de Él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación.

La oración de la Virgen María
(2617 – 2619, 2622)

La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la Anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos. La que el Omnipotente ha hecho «llena de gracia» responde con la ofrenda de todo su ser: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Fiat (Hágase), ésta es la oración cristiana: ser todo de Él, ya que Él es todo nuestro.

El Evangelio nos revela cómo María ora e intercede en la fe: en Caná la madre de Jesús ruega a su hijo por las necesidades de un banquete de bodas, signo de otro banquete, el de las bodas del Cordero que da su Cuerpo y su Sangre a petición de la Iglesia, su Esposa. Y en la hora de la nueva Alianza, al pie de la Cruz, María es escuchada como la Mujer, la nueva Eva, la verdadera “madre de los que viven”.

Por eso, el cántico de María –el “Magnificat”– es a la vez el cántico de la Madre de Dios y el de la Iglesia, cántico de la Hija de Sión y del nuevo Pueblo de Dios, cántico de acción de gracias por la plenitud de gracias derramadas en la Economía de la salvación, cántico de los “pobres” cuya esperanza ha sido colmada con el cumplimiento de las promesas hechas a nuestros padres «en favor de Abraham y su descendencia, para siempre».

La oración de la Virgen María, en su Fiat y en su Magníficat, se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«En verdad, Virgen Santísima, que tu alabanza supera toda alabanza, por haberse encarnado Dios en Ti… Por Ti, hoy, llena de gracia, es conocida en la tierra la Trinidad beatísima» (S. Pedro Damiano)

Dichosa María que unió virginidad, fecundidad y humildad. «Venerad, pues, los casados la integridad y pureza de aquel cuerpo mortal; admirad vosotras vírgenes consagradas, la fecundidad de la Virgen; imitad, hombres todos, la humildad de la Madre de Dios; honrad ángeles santos a la Madre de vuestro Rey, a cuya dignidad sea dada toda gloria y honor». (S. Bernardo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

La pena que la tierra soportaba,
a causa del pecado, se ha trocado
en canto que brota jubiloso,
en labios de María pronunciado.

El sí de las promesas ha llegado,
la alianza se cumple, poderosa,
el Verbo eterno de los cielos
con nuestra débil carne se desposa.

Misterio que sólo la fe alcanza,
María es nuevo templo de la gloria,
rocío matinal, nube que pasa,
luz nueva en presencia misteriosa.

A Dios sea la gloria eternamente,
y al Hijo suyo amado, Jesucristo,
que quiso nacer para nosotros
y darnos su Espíritu divino.

Amén.

16 de diciembre de 2018: DOMINGO III DE ADVIENTO “C”


«Estad siempre alegres en el Señor»

So 3, 14-18a: «El Señor se alegrará en ti»
Is 12, 2-3; 4-6: «Gritad jubilosos…»
Fl 4, 4-7: «El Señor está cerca»
Lc 3, 10-18: «¿Qué hemos de hacer?»

I. LA PALABRA DE DIOS

La liturgia de este domingo quiere infundirnos una alegría desbordante por la presencia y acción de Jesucristo salvador en la historia humana: «Regocíjate… Grita de júbilo… Alégrate y gózate de todo corazón…» (Primera lectura); «Estad siempre alegres en el Señor» (Segunda lectura). ¿La razón? La Iglesia presiente la inminencia de Cristo –«el Señor será el rey de Israel en medio de ti»– y no puede contener su gozo; la esperanza, el deseo de Cristo, se transforma en júbilo porque ya viene, está a la puerta. He ahí la gran certeza de la esperanza cristiana.

La causa de la alegría es el Señor. Su presencia es el anuncio de la Buena Noticia, gozosa noticia. «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo». «El os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Evangelio). Bautismo que purifica, salva, santifica. Bautismo, es decir, la vida sacramental por la que Jesucristo está presente y actúa en la vida de los hombres. Jesús viene a bautizarnos con Espíritu Santo y fuego. Este es su don, el don mesiánico por excelencia. Jesús anhela sumergirnos en su Espíritu. El Adviento nos abre no sólo a Navidad, sino también a Pentecostés.

Y con la presencia de Cristo, la salvación que trae: «El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos». No sólo es la alegría por la presencia del Amado, sino también el entusiasmo por la victoria: «El Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva». Los males que nos rodean tienen, por fin, remedio, porque llega Cristo, Salvador del mundo.

El discípulo de Jesucristo vive en comunión con Él, que actúa en el misterio; cree y espera su venida final y definitiva. Sabe que, por la presencia y acción de Cristo, que nos acompaña, nuestra vida cristiana está penetrada de la vida nueva de Dios. Aquí está el secreto de la alegría del creyente.

El poeta pagano Ovidio escribía en su destierro: «Nada puede hacerse, sino llorar» (De tristitia). San Pablo, prisionero recomienda: «Estad siempre alegres en el Señor; de nuevo os digo, estad alegres». Dice también: «Sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones» (2 Co 7,4). Este vive de Cristo; Ovidio, no.

En un mundo que cada día se torna más triste, el creyente debe velar para no esclavizarse por lo contingente; esforzarse por el cumplimiento del deber, la austeridad de vida y la solidaridad con los hombres necesitados, y presentar a Dios sus peticiones y acciones de gracias.

Se nos regala un nuevo Adviento para que aprendamos a vivir esta realidad: «¡Gritad jubilosos…! ¡Qué grande es en medio de ti el santo de Israel!».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La acción de Cristo glorioso en la liturgia:
(1084-1086)

«Sentado a la derecha del Padre» y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo.

En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora, vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre «una vez por todas».

La Resurrección de Jesús es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.

Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre, Él mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica.

…y en la oración
(2655 – 2658)

La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de su celebración.

Se entra en oración como se entra en la liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo que queremos escuchar y guardar.

El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza. Inversamente, la oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la esperanza. Los salmos muy particularmente, con su lenguaje concreto y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios.

«La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como Él nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien saca el agua de ella, alcanza la cumbre de la oración.

Alegría y búsqueda de Dios
(30)

«Se alegre el corazón de los que buscan a Dios» (Sal 105, 3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, “un corazón recto”, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La verdadera alegría se encuentra donde dijo S. Pablo: En el Señor. Las demás cosas, a parte de ser mudables, no nos proporcionan tanto gozo que puedan impedir la tristeza ocasionada por otros avatares en cambio, el temor de Dios la produce indeficiente porque quien teme a Dios como se debe, a la vez que teme confía en El y adquiere la fuente del placer y el manantial de toda la alegría» (S. Juan Crisóstomo).

«Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

¡Cielos, lloved vuestra justicia!
¡Ábrete, tierra!
¡Haz germinar al Salvador!

Oh Señor, Pastor de la casa de Israel,
que conduces a tu pueblo,
ven a rescatarnos por el poder de tu brazo.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Oh Sabiduría, salida de la boca del Padre,
anunciada por profetas,
ven a enseñarnos el camino de la salvación.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Hijo de David, estandarte de los pueblos y los reyes,
a quien clama el mundo entero,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Llave de David y Cetro de la casa de Israel,
tú que reinas sobre el mundo,
ven a libertar a los que en tinieblas te esperan.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Oh Sol naciente,
esplendor de la luz eterna y sol de justicia,
ven a iluminar
a los que yacen de sombras de muerte.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia,
tú que unes a los pueblos,
ven a libertar a los hombres que has creado.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Oh Emmanuel, nuestro rey,
salvador de las naciones,
esperanza de los pueblos,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Amén.

9 de diciembre de 2018: DOMINGO II DE ADVIENTO “C”


«El Señor vendrá…»

Ba 5, 1-9: «Dios mostrará su esplendor sobre tí»
Sal 125: «El Señor ha estado grande con nosotros»
Flp 1, 4-6.8-11: «Manteneos limpios e irreprochables para el día de Cristo»
Lc 3, 1-6: «Todos verán la salvación de Dios»

I. LA PALABRA DE DIOS

En el texto de Baruc contemplamos que «Dios se acuerda de nosotros», «nos ama», nos conduce por los caminos de la historia, en medio de tribulaciones y dificultades, como un Dios salvador y liberador en Jesucristo.

«En el año… Judea… Galilea…» El evangelio nos da unos datos histórico-geográficos que subrayan la verdadera inserción de Jesús en la historia humana, y la importancia de Juan el Bautista. Con su mentalidad de historiador, san Lucas tiene mucho interés en precisar los datos históricos de la predicación del Bautista. La palabra de Dios acontece. No se nos habla de algo irreal, abstracto o ajeno a nuestra historia. Dios interviene en momentos concretos y en lugares determinados de la historia de los hombres. También de la tuya. Quizá ahora mismo, en este preciso instante…

«Vino la palabra de Dios sobre Juan». Se subraya la actividad de san Juan Bautista como punto de partida de la misión de Jesús; hasta para elegir al sucesor de Judas era condición haber sido testigo de la vida de Jesús, «empezando desde el bautismo de Juan».

«Un bautismo de conversión». La misión de Juan ha estado marcada por esta llamada incesante a la conversión. También la Iglesia ha recibido este encargo. Y esta llamada no siempre nos resulta grata; nos escuece, nos molesta… Y sin embargo, la llamada a la conversión es llamada a la vida. Las tres lecturas convergen en un mismo mensaje: Esperanza.

Sólo mediante la conversión será realidad que «todos verán la salvación de Dios». Convertirnos es en realidad despojarnos del vestido de luto y aflicción y vestirnos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da.

«Elévense los valles, desciendan los montes y colinas». La esperanza del adviento quiere levantarnos de los valles de nuestros desánimos y cobardías, y abajarnos de los montes de nuestros orgullos y autosuficiencias. Quiere ponernos en la verdad de Dios y en la verdad de nosotros mismos. Quiere conducirnos a no esperar nada de nosotros mismos, y al mismo tiempo a esperarlo todo de Dios, a esperar cosas grandes y maravillosas porque Dios es grande y maravilloso.

«Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús». La salvación anunciada se realizó y se realiza hoy en Cristo (Filipenses).

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los preparativos para la venida del Salvador
(552-524)

La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la “Primera Alianza”, todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.

San Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo», sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio; desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías», da testimonio de Él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio. Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya».

Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda venida.

La virtud de la esperanza
(2090-2092)

Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es la espera confiada de la bendición divina y de la visión bienaventurada de Dios; es también el temor de ofender al amor de Dios y de provocar el castigo.

Los pecados contra la esperanza, son la desesperación y la presunción. Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia –porque el Señor es fiel a sus promesas– y a su Misericordia. Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades –esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto–, o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas, –esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito–.

La esperanza, virtud teologal
(1817-1821)

La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

La virtud de la esperanza responde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en «la esperanza que no falla» (Rom 5,5). La esperanza es «el ancla del alma», segura y firme, «que penetra…adonde entró por nosotros como precursor Jesús» (Hb 6,19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación: «Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación» (1 Ts 5,8). Nos procura el gozo en la prueba misma: «Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación» (Rm 12,12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman y hacen su voluntad. En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, perseverar hasta el fin y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que todos los hombres se salven. Espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la Voluntad del Padre» (S. Ireneo de Lyón).

«Cada uno de nosotros estaba torcido. Por la venida de Cristo, ya realizada, lo que estaba torcido en nuestra alma se ha enderezado. ¿De qué te sirve a ti que Cristo haya venido históricamente en la humanidad si no ha venido también a tu alma? Roguemos pues para que cada día se realice en nosotros su venida de manera que podamos decir: Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí» (Orígenes).

«Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin» (S. Teresa de Jesús).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Preparemos los caminos
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.

Ven, Señor, a libertarnos,
ven tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.

El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el Mesías prometido,
hecho niño, va a nacer.

Te esperamos anhelantes
y sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar.

Consolaos y alegraos,
desterrados de Sión,
que ya viene, ya está cerca,
él es nuestra salvación.

Amén.