Archivo del Autor: P. Antonio Diufaín Mora

Acerca de P. Antonio Diufaín Mora

Sacerdote católico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta (España). https://www.facebook.com/adiufain https://twitter.com/adiufain http://antoniodiufain.com

DOMINGO XVI ORDINARIO “A”


“Iglesia, santa y necesitada de purificación”

Sb 12,13.16-19: “En el pecado das lugar al arrepentimiento”
Sal 85,5-16a: “Tú, Señor, eres bueno y clemente”
Rm 8, 26-27: “El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables”

Mt 13, 24-43: “Dejadlos crecer juntos hasta la siega”

I. LA PALABRA DE DIOS

Las expresiones de la primera lectura: «Tú no juzgas injustamente», «Tu soberanía universal te hace perdonar a todos», enseñan que el juicio de Dios sobre el mundo y los hombres es de justicia misericordiosa e indulgente.

El término “indulgencia” no tiene en nuestro tiempo el verdadero sentido que encierra. A veces, la indulgencia se confunde con la pura y simple permisividad o el “a mí qué me importa”. Tampoco puede ser llamado indulgente el que acaba condescendiendo con el mal de manera que se hace cómplice de la injusticia. A veces, la indulgencia también es sinónimo de relativismo, es decir, de una actitud meramente pasiva ante el ataque a una verdad, simplemente, porque no se cree que existan verdades absolutas. La verdadera indulgencia es una actitud propia de inteligentes, pero no de cobardes.

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (2ª Lect.). Por el amor que Dios nos tiene convierte nuestra debilidad egoísta en comprensión y acogida hacia todo hombre.

El origen del mal en el mundo no está en Dios, sino en el «enemigo que … es el diablo», por él entró el pecado en el mundo y con él la muerte, el dolor, la violencia. Designio de Dios es la coexistencia en este mundo del bien y del mal, de los buenos y de los malos. La justa separación de buenos y malos se hará al final, y la hará Dios. No nos toca hacerlo aquí a nosotros. (Ev.).

La parábola de hoy es como un pequeño tratado de eclesiología: 1º) El reino definitivo de Dios tiene un primer estadio en la tierra: la Iglesia, compuesta no solamente de justos y predestinados, sino de buenos y malos, de trigo y cizaña. 2º) El reino de Dios en la Iglesia incluye elementos internos y espirituales y elementos externos y visibles, como el trigo y la cizaña, que se ven externamente y se aprecian sus diferencias. 3º) La perennidad de la Iglesia: la coexistencia trigo-cizaña será la “economía” que durará hasta la segunda venida del Señor; esa perennidad exige una continuación de los sucesores de los apóstoles, que no se cumple sólo por la mera continuidad de sus escritos.

¡En la Iglesia hay cizaña! En el campo de Cristo también brota el mal. Sin embargo, eso no es para rasgarnos las vestiduras. El amo del sembrado lo sabe, pero quiere dejarlo así. Frente a la buena intención precipitada de los siervos, está la paciencia respetuosa del dueño del campo, ejemplo para nosotros. No hemos de asustarnos ni escandalizarnos por los males reales que vemos en la Iglesia. Eso, sabemos, no es obra de Cristo, sino del Maligno y de los que pertenecen al Maligno, aunque parezcan pertenecer a Cristo. Si Cristo lo permite es para que ante el mal reaccionemos con el bien con mucho mayor entusiasmo. Lo que tendremos que preguntarnos y examinar es si no estaremos siendo nosotros, en algo o en algún momento, cizaña dentro de la Iglesia en lugar de semilla buena que da fruto: «Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona!».

La semilla buena tiene fuerza para crecer y desarrollarse ilimitadamente como el grano de mostaza o la masa que fermenta. ¿Creemos de verdad en la fuerza de la Palabra de Dios y en la eficacia de la gracia de Cristo? ¿Acaso Cristo no es el mismo ayer, hoy y siempre? Entonces, ¿qué es lo que esteriliza la palabra de Cristo?

La parábola de la cizaña nos sitúa también ante el Juicio. Es absurdo engañarnos a nosotros mismos y pretender engañar a los demás, porque a Dios no se le engaña. Al final todo se pondrá en claro y la cizaña será arrancada y echada al fuego. ¡Cuántas cosas serían muy distintas en nuestra vida si viviésemos y actuásemos como si hubiéramos de ser juzgados esta misma noche!

II. LA FE DE LA IGLESIA

El bien y el mal en nosotros
(1706 —1709)

Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa a hacer el bien y a evitar el mal. Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo.

El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia. Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Quedó inclinado al mal y sujeto al error.

De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas.

Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura lo que el pecado había deteriorado en nosotros.

El que cree en Cristo se hace hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo.

El pecado junto a la buena semilla
hasta el fin de los tiempos:
(823 — 829)

Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo; la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación. Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores, alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación.

La Iglesia es santa, aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden  que la santidad de ella se difunda radiante.

La fe confiesa que la Iglesia no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama “el solo santo”, amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios. La Iglesia es, pues, “el Pueblo santo de Dios”, y sus miembros son llamados “santos” (cf Hch 9, 13; 1 Co 6, 1; 16, 1).

La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por Él y en Él, ella también ha sido hecha santificadora. Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan en conseguir la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios. En la Iglesia es en donde está depositada la plenitud total de los medios de salvación. Es en ella donde conseguimos la santidad por la gracia de Dios.

La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta. En sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar: Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre.

La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga. En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María: en ella, la Iglesia es ya enteramente santa.

Líbranos del mal
(2850)

La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno». Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el “nosotros”, en comunión con toda la Iglesia y para salvación de toda la familia humana. La Oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la Economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, en comunión con los santos.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos leves hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión» (S. Agustín).

«Si sois buenos, soportad con ecuanimidad a los malos; porque el que no soporta a los malos, él mismo, por su intolerancia, testifica que no es bueno, pues renuncia a ser Abel quien no es probado por la malicia de Caín. Así, en la era, durante la trilla, el grano se ve oprimido por la paja; así nacen las flores entre las espinas, y la rosa, que da su aroma, crece con la espina que hiere» (San Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No es lo que está roto, no,
el agua que el vaso tiene;
lo que está roto es el vaso,
y el agua al suelo se vierte.

No es lo que está roto, no,
la luz que sujeta el día;
lo que está roto es su tiempo,
y en sombra se desliza.

No es lo que está roto, no,
la caja del pensamiento;
lo que está roto es la idea
que la lleva a lo soberbio.

No es lo que está roto Dios
ni el campo que él ha creado;
lo que está roto es el hombre
que no ve a Dios en su campo.

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.

DOMINGO XV ORDINARIO “A”


Si el sembrador siembra y la semilla es fecunda,
¿por qué no hay fruto?

Is 55, 10-11:        La lluvia hace germinar la tierra

Sal 64,10-14:        La semilla cayó en tierra buena y dio fruto

Rm 8, 18-23:         La creación está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios

Mt 13, 1-23:         Salió el sembrador a sembrar

I. LA PALABRA DE DIOS

La palabra, como la semilla, es en sí eficaz. La Palabra de Dios que anunciaba a Israel el fin de la cautividad de Babilonia se cumpliría: «hará mi voluntad, cumplirá mi encargo» (1.a Lect.).

El Espíritu que habita en nosotros nos introduce en la Palabra para que produzca el fruto de la esperanza de la «libertad gloriosa de los hijos de Dios».

Cristo es el sembrador que siembra su palabra en nosotros. Y la semilla tiene fuerza para dar fruto abundante: ¡el ciento por uno! Por malo que venga el año, la semilla da fruto…, a no ser que algo lo impida.

Si nosotros estamos recibiendo continuamente la semilla de la palabra de Cristo, ¿a qué se debe que no demos fruto, o que no demos todo lo que teníamos que dar? La culpa no es del sembrador –Cristo no puede fallar al sembrar–, ni de la semilla –que tiene poder de germinar–, sino de las condiciones de la tierra en la que cae esa semilla. ¿Qué hay en nosotros que nos impide dar fruto? Jesús mismo lo explica claramente. La Palabra necesita de la cooperación humana como la semilla necesita de la tierra. Su eficacia está condicionada a la libre respuesta del hombre.

Con la imagen de la tierra, el evangelista señala cuatro actitudes:

1) El corazón duro, orgulloso, autosuficiente; es el no entender la Palabra, el no pararnos a asimilarla, a meditarla, a orarla; la superficialidad hace que el Maligno, siempre activo, se lleve lo que ese tal ha recibido.

2) Los veleidosos, inconstantes, caprichosos; el tener miedo a los desprecios y burlas; el que busca quedar bien ante todos y ser aceptado por todos y no está dispuesto a ser despreciado por causa de Cristo y de su Evangelio, ese tal no puede agradar a Cristo ni acoger su Palabra. Y este no tener raíces hondas hace también que cualquier dificultad acabe con todo.

3) Los que están esclavizados por las riquezas, las comodidades, los honores, las vanidades; el apego a las cosas de este mundo; sin un mínimo de sosiego para escuchar a Cristo y sin un mínimo de desprendimiento, de austeridad y de pobreza, la palabra sembrada se ahoga y queda estéril.

4) Los que acogen la Palabra con buena voluntad y dan fruto.

El que no da fruto es el único culpable de su propia esterilidad. Al que no quiere escuchar porque endurece su corazón, Jesús no se molesta en explicarle. En el pecado lleva la penitencia. El que voluntariamente se cierra a Dios tiene el castigo de su propia obcecación: Dios no podrá curar la ceguera ni la sordera de ese «corazón embotado». Es inútil intentar aclarar al que no es dócil, pues oye sin querer entender: «El que tenga oídos que oiga».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, Palabra única
de la Sagrada Escritura:
(65; 104; 108).

En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas. A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien Él se dice en plenitud:

“Recuerden que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo” (S. Agustín).

Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios. En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos.

«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta ya pronunciada.

Sin embargo, la fe cristiana no es una “religión del Libro”. El cristianismo es la religión de la “Palabra” de Dios, “no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo” (S. Bernardo). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas.

La fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas Religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes “revelaciones”.

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia.

Fecundidad de la Palabra divina:
(1724; 2654).

El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ello avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.

Los Padres espirituales, parafraseando Mt 7,7, resumen así las disposiciones del corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: “Busca leyendo, y encontrarás meditando; llama orando, y se te abrirá por la contemplación” (El Cartujano).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra… porque lo que hablaba antes en partes a los profetas, ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad” (S. Juan de la Cruz).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dame, Señor, la firme voluntad,
compañera y sostén de la virtud;
la que sabe en el golfo hallar quietud
y, en medio de las sombras, claridad;

la que trueca en tesón la veleidad,
y el ocio en perennal solicitud,
y las ásperas fiebres en salud,
y los torpes engaños en verdad.

Y así conseguirá mi corazón
que los favores que a tu amor debí
le ofrezcan algún fruto en galardón…

Y aún tú, Señor, conseguirás así
que no llegue a romper mi confusión
la imagen tuya que pusiste en mí.

Amén.

DOMINGO XIV ORDINARIO “A”


 Hacerse pequeño para recibir el Reino
Za 9,9-10: Tu rey viene pobre a ti
Sal 144,1-14: “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey”
Rm 8,9.11-13: Si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán

Mt 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón

I. LA PALABRA DE DIOS

En Jesucristo se cumple la profecía de Zacarías: «Mira a tu Rey». En contraste con los jefes políticos y religiosos de Israel y de los escribas, que oprimían las conciencias con interpretaciones abusivas de la Ley, Jesucristo proclama que los valores del Reino se realizan en los pequeños. Él mismo es el primero de ellos. 

El que tiene el Espíritu de Cristo destruye la autosuficiencia, la soberbia, los egoísmos y ambiciones y, mediante la acción del Espíritu, es vivificado y asemejado a Jesús (2ª Lect.).

«Ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu». San Pablo quiere inculcarnos la certeza de esta nueva vida que ha sido infundida en nuestra alma por el bautismo. No estamos en “la carne”, es decir, no estamos abandonados a nuestras solas fuerzas naturales y a nuestra debilidad pecaminosa. Por tanto, no tiene sentido seguir autojustificándo nuestros pecados, lamentándonos y apelando a nuestra debilidad, cuando estamos en el Espíritu, cuando tenemos en nosotros la fuerza del Espíritu que nos hace capaces de una vida santa. «Estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente».

«El Espíritu de Dios habita en ustedes». Somos templo del Espíritu Santo. Estamos consagrados. Somos lugar donde Dios mora y donde ha de ser glorificado. El Espíritu Santo no está en nosotros inmóvil. Permanece en nosotros como Ley nueva, como impulso de vida. Su acción omnipotente se vuelca sobre nosotros para hacernos santos, para vivir según Cristo. Ser santo ni es imposible ni es difícil. Se trata de acoger dócilmente la acción del Espíritu, secundando su impulso poderoso, dando muerte con la fuerza del Espíritu a las obras de la carne para que se manifieste en nosotros el fruto del Espíritu.

«Vivificará también sus cuerpos mortales por el mismo Espíritu». Hay una “primera resurrección”: cuando el hombre es arrancado del dominio del pecado y comienza a caminar en novedad de vida por la acción del Espíritu. Pero habrá una “segunda resurrección”: cuando también nuestro cuerpo mortal se beneficiará de esta vida nueva suscitada por Dios en nosotros. El Espíritu Santo tiene por característica propia el ser Creador y desea vivificar nuestra persona entera, alma y cuerpo.

Quien con plena naturalidad y normalidad habla en el Evangelio de hoy es “el Jesús histórico”. Es cierto que no emplea las fórmulas dogmáticas de los concilios de Nicea, Éfeso o Calcedonia, pero dice lo mismo con una cristología indirecta: cuando habla, vive, actúa, ora, etc., lo hace con la autoconciencia de quien sabe que es Hijo de Dios en sentido singular y exclusivo. Si el mero apelativo “hijo” no acreditara por sí mismo la identidad con la naturaleza divina del Padre, la anterior afirmación quedaría confirmada por la forma como Jesús se muestra a lo largo de su vida terrena: igual conocimiento, igual poder de hacer milagros, de perdonar pecados, de juzgar a vivos y muertos, que el que tiene el Padre. El que hoy nos habla en el Evangelio –Jesús– era Dios, y sabía que era Dios.

«Exclamó Jesús: –Te doy gracias, Padre…». Jesús sabe, no sólo que es conocido por Dios, sino que, en cierto modo, es el objeto único del conocimiento divino; y responde al Padre con esta típica oración de alabanza y acción de gracias judía proclamando “las maravillas de Dios”. ¿Cuáles son esas maravillas? El conocimiento de Dios Padre por parte de los pequeñuelos («la gente sencilla», los discípulos), que por revelación divina han conocido secretos de Dios ocultos para «los sabios y entendidos». La línea de pensamiento es la del Magnificat de María y la de san Pablo en 1Cor 1,26ss (Dios ha elegido lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes). Dios no revela sus secretos más que a los que se hacen pequeños.

Al que es humilde de veras, Dios le concede entrar en su intimidad y conocer los misterios de su vida trinitaria, la relación entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Esto no es sólo para unos pocos privilegiados, sino para todo bautizado, para todo el que es «sencillo» y se deja conducir por Dios. Pues precisamente «esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Y conocer no es sólo saber con la cabeza, sino tratar con Dios con familiaridad. ¿Mi vida como cristiano va dirigida a crecer en este trato familiar con el Dios que vive en mí, o me quedo en unas simples formulas de tratamiento?

La expresión Dios «Padre» nunca había sido revelada a nadie anteriormente. Cuando el mismo Moisés preguntó a Dios quién era, escuchó otro nombre: Yahveh (cf. Ex 3,14). A nosotros se nos ha revelado este nombre en el Hijo, pues este nombre de Hijo implica el nombre nuevo de Padre (Tertuliano).

«Venid a mí … cansados y agobiados». Son prácticamente los pobres de las bienaventuranzas, los sencillos: personas sin prestigio social o religioso, tal vez incultos y sin muchos conocimientos. 

«Mi yugo … y mi carga». La ley de Jesús es llevadera; Él da fuerzas. Cristo se nos presenta como nuestro descanso. Frente a los cansancios y agobios que nos procuramos a nosotros mismos y frente a las cargas inútiles e insoportables que ponemos en nuestros hombros, Cristo es el verdadero descanso y su ley un alivio. El pecado cansa y agobia. El trato y la familiaridad con Cristo descansan. ¿Me decido a fiarme de Cristo y de su palabra?

Pero la razón decisiva para aceptar su invitación al discipulado («aprended de mí») no es la enseñanza que da, sino el Maestro que la imparte: lo más íntimo y secreto de Cristo, su «corazón», está lleno del espíritu del siervo de Isaías. El verdadero pobre bíblico que vive las bienaventuranzas, sometido a sólo el Padre, en quien solamente confía, es Jesús, «manso y humilde de corazón».

Ante la humildad de Cristo, el cristiano aprende también a ser humilde. El Hijo de Dios no ha venido con triunfalismos, sino sumamente humilde y modesto, montado en un asno. A Jesús le gusta la humildad. Es el estilo de Dios. Y el cristiano no tiene otro camino. Dios no se da a conocer a los que se creen sabios y entendidos, a los que creen saberlo todo, a los arrogantes y autosuficientes, sino a los que humildemente se ponen ante Dios reconociendo su pequeñez y su ceguera.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Reino de Dios revelado a los pequeños
 (544; 2603)

El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para «anunciar la Buena Nueva a los pobres». Los declara bienaventurados porque «de ellos es el Reino de los cielos»; a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes. Jesús, desde el pesebre hasta la cruz, comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino.

Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los “pequeños” (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor «¡Sí, Padre!» expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el “Fiat” de su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al misterio de la voluntad del Padre.

La oración confiada
 (2778; 2779; 2785)

El poder del Espíritu, que nos introduce en la Oración del Señor, se expresa en las liturgias de Oriente y Occidente con la bella palabra, típicamente cristiana “parrhesía“, simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado.  Es un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños; porque es a “los pequeños” a los que el Padre se revela.

Antes de hacer nuestra la primera exclamación de la Oración del Señor –¡Padre nuestro!–, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas, de “este mundo”. La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo  quiera revelar», es decir, “a los pequeños.” 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La Sagrada Escritura me parecía indigna. Mi hinchazón huía su manera de decir, y mi agudeza no penetraba en su sentido más profundo. Y, sin embargo, era esa Escritura cuya inteligencia crece a medida que uno se hace párvulo; pero yo rehusaba hacerme párvulo: hinchado de orgullo, me parecía grande». (San Agustín).

«Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tú bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo te has convertido en buen hijo… Eleva pues, los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro… Pero no reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras que a nosotros nos ha creado. Di entonces también por medio de la gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo». (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El mal se destierra,
ya vino el consuelo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.

Ya el mundo es trasunto
del eterno bien,
pues está en Belén
todo el cielo junto.

Ya no habrá más guerra
entre cielo y suelo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.

Ya baja a ser hombre
porque subáis vos,
ya están hombre y Dios
en un solo hombre.

Ya muere el recelo
y el llanto se cierra:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.

Ya el hombre no tiene
sueños de grandeza,
porque el Dios que viene
viene en la pobreza.

Ya nadie se encierra
en su propio miedo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo. Amén.