Archivo del Autor: P. Antonio Diufaín Mora

Acerca de P. Antonio Diufaín Mora

Sacerdote católico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta (España). https://www.facebook.com/adiufain https://twitter.com/adiufain http://antoniodiufain.com

6 de enero de 2020: LA EPIFANÍA DEL SEÑOR


Amanece el Señor,
y los pueblos caminan a su luz

Is 60,1-6 La gloria del Señor amanece sobre ti
Sal 71 Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra
Ef 3,2-6 Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos
Mt 2,1-12 Venimos de Oriente para adorar al Rey

I. LA PALABRA DE DIOS

Isaías anuncia un universalismo centrado en torno a la ciudad de Jerusalén. Pero ahora, la referencia para el creyente no es una ciudad; es una Persona: Jesucristo. La noticia de que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo por el Evangelio, es la motivación principal de la misión de San Pablo.

San Mateo quiere dejar bien sentada la universalidad de la salvación de Cristo, y más teniendo en cuenta que los destinatarios principales de su mensaje eran judíos, marcados aún por el nacionalismo a ultranza. En el momento de redactar el evangelio, la ruptura de fronteras y razas por el cristianismo era ya una realidad. El encuentro de Jesús con los hombres y las culturas, cuando es auténtico, hace superar los nacionalismos particularistas.

El primer detalle que el evangelio de hoy sugiere es el enorme atractivo de Jesucristo. Apenas ha nacido y unos magos de países lejanos vienen a adorarlo. Ya desde el principio, sin haber hecho nada, Jesús comienza a brillar y a atraer. Es lo que después ocurrirá en su vida pública continuamente: «¿Quién es este?» (Mc 4,41). «Nunca hemos visto cosa igual» (Mc 2,12). ¿Me siento yo atraído por Cristo? ¿Me fascina su grandeza y su poder? ¿Me deslumbra la hermosura de aquel que es «el más bello de los hombres» (Sal 45,3)?

Toda la escena de la Epifanía gira en torno a la adoración. «Hemos venido a adorarlo». Los Magos se rinden ante Cristo y le adoran, reconociéndole como Rey –el «oro»– y como Dios –el «incienso»– y preanunciando el misterio de su muerte, como hombre que era, y resurrección –la «mirra»–. La adoración brota espontánea precisamente al reconocer la grandeza de Cristo y su soberanía, sobre todo, al descubrir su misterio insondable. En medio de un mundo que no sólo no adora a Cristo, sino que es indiferente ante Él o le rechaza abiertamente, los cristianos estamos llamados más que nunca a vivir este sentido de adoración, de reverencia y admiración, esta actitud profundamente religiosa de quien se rinde ante el misterio de Dios.

Y, finalmente, aparece el símbolo de la luz. «La estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos». La estrella que conduce a los Magos hasta Cristo expresa de una manera gráfica lo que ha de ser la vida de todo cristiano: una luz que, brillando en medio de las tinieblas de nuestro mundo, ilumine «a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc 1,79), les conduzca a Cristo para que experimenten su atractivo y le adoren, y les muestre «una razón para vivir» (Fil 2,15-16).

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios ha enviado a su Hijo para salvarnos
(422).

«Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva». He aquí «la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios»: Dios ha visitado a su pueblo, ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia; lo ha hecho más allá de toda expectativa: Él ha enviado a su «Hijo amado».

Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha «salido de Dios», «bajó del cielo», «ha venido en carne», porque «la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad… Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia tras gracia».

Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por el Padre nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Sobre la roca de esta fe, confesada por San Pedro, Cristo ha construido su Iglesia.

La Epifanía,
manifestación de Jesús al mundo
(528)

La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná, la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos «magos» venidos de Oriente. En estos «magos», representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén, para «rendir homenaje al rey de los Judíos», muestra que buscan en Israel –a la luz mesiánica de la estrella de David– al que será el Rey de las naciones. Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos y recibiendo de ellos su promesa mesiánica, tal como está contenida en el Antiguo Testamento. La Epifanía manifiesta que “la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas” (S. León Magno).

La salvación viene de Cristo-Cabeza
por la Iglesia
(846 – 850)

«Fuera de la Iglesia no hay salvación». ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo, significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo. La Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella.

Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia. Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.

Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, «sin la que es imposible agradarle», a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar.

La misión es exigencia de la catolicidad de la Iglesia. La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser «sacramento universal de salvación», por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

El mandato misionero del Señor tiene su fuente última en el amor eterno de la Santísima Trinidad: La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre. El fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor.

Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero: «porque el amor de Cristo nos apremia». En efecto, «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad». Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Precisamente porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera.

La fidelidad de los bautizados,
condición primordial para la misión
(2044)

La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios.

Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo, contribuyen, mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres, a la edificación de la Iglesia. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles, «hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Para la evangelización del mundo hacen falta, sobre todo, evangelizadores. Por eso, todos, comenzando desde las familias cristianas, debemos sentir la responsabilidad de favorecer el surgir y madurar de vocaciones específicamente misioneras, ya sacerdotales y religiosas, ya laicales, recurriendo a todo medio oportuno, sin abandonar jamás el medio privilegiado de la oración, según las mismas palabras del Señor Jesús: “La mies es mucha y los obreros pocos. Pues, ¡rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies!”» (San Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Ayer, en leve centella,
te vio Moisés sobre el monte;
hoy no basta el horizonte
para contener tu estrella.

Los magos preguntan; y ella
de un Dios infante responde
que en duras pajas se acuesta
y más se nos manifiesta
cuando más hondo se esconde.

Amén

1º de enero de 2020: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


“Bienaventurado el vientre que te llevó
y los pechos que te criaron”

 
Nm 6,22-27: “Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré”
Sal 66: “El Señor tenga piedad y nos bendiga”
Ga 4,4-7: “Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”
Lc 2,16-21: “Encontraron a María y a José y al Niño. A los ocho días le pusieron por nombre Jesús”

I. LA PALABRA DE DIOS

La historia del hombre ha sido bendecida por Dios, por eso el creyente mira al mañana con esperanza. Su fundamento son las promesas de Dios. Y estas promesas tienen rostro y nombre: Abraham, Moisés… Jesús. Cristo Jesús hace que llegue la benevolencia y bendición divina a todos los pueblos de la tierra año tras año, hasta el fin del mundo.

«El Señor te bendiga y te proteja». La primera lectura hace alusión a la circunstancia del inicio del año civil. Sólo podemos comenzar adecuadamente un nuevo año de nuestra vida y de la historia del mundo implorando la bendición de Dios. Apoyados en esta bendición podemos mirar el futuro con esperanza. Solamente sostenidos por ella podremos afrontar las luchas y dificultades de cada día.

«Nacido de una mujer». El Hijo de Dios es verdaderamente hombre porque ha nacido de María. Por eso María es Madre de Dios. Y por eso ocupa un lugar central en la fe y en la espiritualidad cristianas. Por toda la eternidad Jesús será el nacido de mujer, el hijo de María. Este es el designio providencial de Dios. Ella es la colaboradora de Dios para entregar a su Hijo al mundo. Y esto que realizó una vez por todos lo sigue realizando en cada persona.

«Encontraron a María y a José y al niño». No podemos separar lo que Dios ha unido. Ni María sin Jesús, ni Jesús sin María. Ni ellos sin José. No se trata de lo que los hombres queramos pensar o imaginar, sino de cómo Dios ha hecho las cosas en su plan de salvación. Nuestra espiritualidad personal subjetiva ha de adecuarse a la objetividad del proyecto de Dios.

Dios ha “bendecido” especialmente a María para hacerla Madre de Dios, y la “bendición” ha culminado en la Maternidad. María sabe que no es ella la depositaria última de Cristo como definitiva bendición del Padre. Ella es la primera de los bendecidos, pero el don es para toda la humanidad: Cristo nos es dado a todos.

«María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón». Además de presentar a María como observadora, reflexiva, inteligente y de profunda vida interior, el evangelista san Lucas parece querer aludir a su principal fuente de información directa o indirecta (quizá a través de Juan), de estos relatos acerca de la infancia de Jesús.

«Circuncidaron al niño». La Circuncisión de Jesús es el signo de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la alianza, de su sumisión a la Ley, y de su consagración al culto de Israel en el que participará a lo largo de toda su vida. Un misterio (junto con el de su Presentación en el Templo y la Purificación de María) que expresa la voluntad del Hijo de Dios de someterse a una ley que no le obligaba, para redimir a los que estaban bajo la Ley (Gal 4,5), a los perdidos por la desobediencia (cf Rm 5,19).

«Y le pusieron el nombre de Jesús». En el centro del versículo, y de toda la historia humana, hay un nombre que hizo suyo, hace veinte siglos, un niño aldeano; Dios, cuyo nombre es oculto (Gn 32,30; Ex 3,14), tiene ya nombre de verdadera criatura humana.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre
(466)

La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la Persona divina del Hijo de Dios, que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne.

María, Madre de Dios
(495, 503, 508)

De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, llena de gracia, es el fruto excelente de la redención; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

María, llamada en los Evangelios la “Madre de Jesús”, es aclamada por su prima Isabel, bajo el impulso del Espíritu, como “la Madre de mi Señor”, desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo Eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios (Theotokos) porque es la Madre de Jesús, y Jesús además de ser verdadero hombre es también verdadero Dios.

La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios. La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre. Consubstancial con el Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas divina y humana.

María, Virgen y Madre
(506, 507, 510, 721)

María fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre (S. Agustín): Ella, con todo su ser, es “la esclava del Señor” (Lc 1, 38).

María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe, no adulterada por duda alguna, y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador.

María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia: La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo. 

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. 

María en el año litúrgico
(1171, 1172)

Las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.

En la celebración de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser.

El culto a la Santísima Virgen María
(971, 975)

Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial (culto de hiperdulía). Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de “Madre de Dios”, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Vino Nuestro Señor Jesucristo a liberarnos de nuestras dolencias, no a cargar con ellas; no a rendirse a los vicios sino a remediarlos… y por eso convenía que naciese de manera nueva quien traía la gracia nueva de la santidad inmaculada… Convino que la virtud del Hijo velase por la virginidad de la Madre y que tan grato claustro del pudor y morada de santidad fuera guardada por la gracia del Espíritu Santo” (San León Magno).

Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin  mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, ¡sálvanos!” (liturgia de S. Juan Crisóstomo, tropario “O monoghenis”).

Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo” (S. Agustín).

Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor, más aún, es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza” (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
ante bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

Amén.

(Esta es la oración más antigua que se conoce a la Virgen María).

29 de diciembre de 2019: Domingo después de Navidad, LA SAGRADA FAMILIA “A”


“El Hijo de Dios vive en una familia;
la familia, idea y obra de Dios”

Eclo 3,3-l7 El que teme al Señor honra a sus padres.
Sal 127,1-5 ¡Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos!
Col 3,12-21 La vida de familia vivida en el Señor.
Mt 2,13-15;19-23 Coge al Niño y a su Madre y huye a Egipto.

I. LA PALABRA DE DIOS

Entre los muchos deberes que lleva consigo la fidelidad a Dios, el libro de Sirácida propone como de vital importancia el amor a los padres.
El Concilio Vaticano II presenta a la familia cristiana como «Iglesia doméstica». La segunda lectura de hoy nos presenta algunos rasgos que la definen.
Las recomendaciones que San Pablo hace a los Colosenses acerca de la familia no pueden ser más sencillas ni más “corrientes”. Aquí la originalidad está en la motivación: «en el Señor» o «le gusta al Señor». No cabe duda que quiere el Apóstol algo más que un comportamiento meramente moralista.
«Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados». La familia es el lugar natural donde se ora, donde se alaba a Dios. Con la misma naturalidad con que se enseña al niño a leer o se le da de comer; se le debe enseñar también a orar, orando con él. La familia es una comunidad orante. Es necesario recuperar la alegría de la oración en familia, dejando de lado timideces y falsos pudores.
«Enseñaos unos a otros con toda sabiduría, exhortaos mutuamente». Cada uno debe ayudar al otro con el testimonio, pero también con la palabra. Cada uno ha recibido el don de la palabra para ponerlo al servicio de los demás; una palabra que ilumina, que alienta, que estimula, que consuela, que corrige, que abre los ojos, que da vida…
«El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo». La convivencia de cada día requiere mucha paciencia, mucha capacidad de perdón, mucha capacidad de ceder… Cristo nos ofrece no sólo el modelo, sino la fuerza para perdonar una y otra vez. Apoyados en el perdón que de Él hemos recibido, también nosotros somos capaces de perdonar siempre.
El Evangelio nos muestra que la vida de familia que Cristo experimenta desde el principio, lejos de la comodidad, conoce el destierro, el exilio, la amenaza… Pero en todo esto estaba ya el proyecto del Padre. Prehistoria sangrienta, que anuncia ya la futura Pasión del Mesías. Toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con Él. 
«Al niño y a su madre». Cinco veces usa Mateo en este capítulo (11, 13, 14, 20, 21) la expresión “el Niño (literalmente: el niñito) y [María] su Madre”. No en orden inverso –«María y el Niño»–, pues la relación entre la Madre y el Hijo no está determinada por María, sino por Jesús, que es siempre «más grande». Pero es importante el hecho de que aquí, como el Lc 1,43 (visita a Isabel) y en Jn 2,11 (la boda en Caná), en el acto inicial de fe en Cristo de alguien está presente María.
«Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto». El evangelista no parte de un texto del Antiguo Testamento que luego explica o adorna con hechos más o menos inventados; sino que parte de hechos históricos, sobre los que reflexiona basándose en el AT. Jesús revive, en su propia historia, la historia de Israel, llamado de Egipto por Dios. Jesús es el nuevo Moisés, el liberador definitivo. 
«Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno». Imposible saber a qué texto profético se refiere. La cita, tal como está, no se encuentra en el AT. Sí que importa el nuevo “nombre de Cristo” —el Nazareno—  calificativo de Jesús añadido a los otros que aparecen en los dos primeros capítulos de Mateo: «Jesús» (Salvador), «Hijo de David», «Cristo» (Ungido), «Rey de los judíos», «Enmanuel» (Dios con nosotros) y, todavía más cercano aún: «el niñito».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Familia de Nazaret
(531 – 533)

Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida en familia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad. 
Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo: «No se haga mi voluntad». La obediencia de Cristo, en lo cotidiano de la vida oculta, inaugura ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de Adán había destruido.
La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana. Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio.

La familia en el plan de Dios
(2201 – 2203)

Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental.
Un hombre y una mujer, unidos en matrimonio, forman, con sus hijos, una familia. Esta disposición es anterior a todo reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella.
La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de una familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.

La familia cristiana
(2204 – 2306)

La familia cristiana constituye una revelación y una actuación específicas de la comunión eclesial; por eso puede y debe decirse “iglesia doméstica“. Es una comunidad de fe, esperanza y caridad, posee en la Iglesia una importancia singular como aparece en el Nuevo Testamento.
La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera.

Familia, célula original de la vida social
(2207)

La familia es la “célula original de la vida social”. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad.

Ayuda mutua entre los miembros de la familia
(2208)

La familia debe vivir de manera que sus miembros aprendan el cuidado y la responsabilidad respecto de los pequeños y mayores, de los enfermos o disminuidos, y de los pobres. Numerosas son las familias que en ciertos momentos no se hallan en condiciones de prestar esta ayuda. Corresponde entonces a otras personas, a otras familias, y subsidiariamente a la sociedad, proveer a sus necesidades.

La familia y la sociedad
(2209 – 2211)

La familia debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas. Cuando las familias no son capaces de realizar sus funciones, los otros cuerpos sociales tienen el deber de ayudarlas y de sostener la institución familiar. En conformidad con el principio de subsidiariedad, las comunidades más vastas deben abstenerse de privar a las familias de sus propios derechos y de inmiscuirse en sus vidas.
La importancia de la familia para la vida y el bienestar de la sociedad entraña una responsabilidad particular de ésta en el apoyo y fortalecimiento del matrimonio y de la familia. 
La comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle especialmente:
— la libertad de fundar un hogar, de tener hijos y de educarlos de acuerdo con sus propias convicciones morales y religiosas;
— la protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar;
— la libertad de profesar su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con los medios y las instituciones necesarios;
— el derecho a la propiedad privada, a la libertad de iniciativa, a tener un trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar;
— conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la asistencia de las personas de edad, a los subsidios familiares;
— la protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere a peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc.;
— la libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así representadas ante las autoridades civiles.
El cuarto mandamiento ilumina las demás relaciones en la sociedad. En nuestros hermanos y hermanas vemos a los hijos de nuestros padres; en nuestros primos, los descendientes de nuestros antepasados; en nuestros conciudadanos, los hijos de nuestra patria; en los bautizados, los hijos de nuestra madre, la Iglesia; en toda persona humana, un hijo o una hija del que quiere ser llamado “Padre nuestro”. 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano, no nos referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar más bien que, en la paternidad y maternidad humanas, Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación sobre la tierra» (San Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Temblando estaba de frío
el mayor fuego del cielo,
y el que hizo el tiempo mismo
sujeto al rigor del tiempo
Su virgen Madre le mira,
ya llorando, ya riendo,
que como en su espejo en el Niño,
hace los mismos efectos
No lejos el casto esposo
mirándole está encogido,
y de los ojos atentos
llueve al revés de las nubes,
porque llora sobre el cielo. 
Amén.