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15 de febrero de 2026: DOMINGO VI ORDINARIO “A”


«Los mandamientos, expresión de amor y senda de libertad»

Eclo 15,15-20: «A nadie obligó a ser impío»
Sal 118: «Dichoso el que camina en la ley del Señor»
1Co 2,6-10:  «Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria»

Mt 5,17-37:  «Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo»

I. LA PALABRA DE DIOS

El hombre es libre; los ojos de Dios ven las acciones y conoce todas las obras del hombre, respeta la libertad del hombre, pero «a nadie dio permiso para pecar».

Los Mandamientos son la manifestación del amor de Dios, que señala a sus hijos lo bueno y lo malo, para que nadie se equivoque eligiendo la muerte, sino la vida. Jesucristo los ha cumplido y llevado a plenitud y les ha dado una nueva perfección.

Algunos ven el Decálogo como retrógrado y represivo; algo del Antiguo Testamento, que ya no rige para los cristianos. Es que no han entendido la ley de Dios; porque cuando se la entiende, se la descubre como lo que verdaderamente es: fuente de libertad.

La Ley antigua y la Ley nueva no son dos realidades contrarias. Jesús conserva lo esencial de la tradición judía, pero le aporta un sello nuevo, original, superior: la Ley de Dios se cumple desde dentro, con espíritu y corazón nuevos. Para los judíos, la Ley era la personificación de la sabiduría divina; Jesús no es sólo el legislador de la nueva Ley: el mismo es la Ley; por eso Jesús es el punto de unión del Antiguo y del Nuevo testamento.

La expresión «pero yo os digo» muestra la enorme audacia de Jesús, consciente de su realidad divina que, pareciendo un mero aldeano de Nazaret, al explicar y definir la voluntad de Dios, se pone al mismo nivel de Dios: promulgando la nueva Ley con su propia autoridad, y no sólo transmitiendo disposiciones ajenas, como hizo Moisés.

La ley es tan necesaria como la caridad, y ambas deben ir unidas; quedarse en la ley es fariseismo; y despreciar la ley en nombre de una errónea moral de la caridad es desconocer al ser humano: unidad de materia y espíritu.

El discípulo de Cristo encuentra el equilibrio justo entre ley y libertad en la «sabiduría que no es de este mundo», sino que «es divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria», que «Dios nos ha revelado por el Espíritu».

En nuestra época, agnóstica y laicista, subjetivista y sometida a la dictadura del relativismo, se prescinde de los mandamientos y se pretende «flexibilizar» la frontera entre el bien y el mal, haciéndola depender de lo que cada uno arbitrariamente decide.

El Decálogo es un don divino que manifiesta el amor de Dios y traza el camino de la libertad, del bien y de la felicidad.

La nueva historia se ha de construir sobre la verdad, la que hace al hombre libre con la libertad con la que Cristo nos ha liberado.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los Mandamientos, revelación de Dios
y signos de la Alianza con el pueblo
(2056 — 2062)

La palabra «Decálogo» significa literalmente «diez palabras». Estas «diez palabras» Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Pertenecen a la revelación que Dios hace de sí mismo y de su gloria. El don de los Mandamientos es don de Dios y de su santa voluntad. Dando a conocer su voluntad, Dios se revela a su pueblo. 

El don de los mandamientos de la ley forma parte de la Alianza sellada por Dios con los suyos. Los mandamientos reciben su plena significación en el interior de la Alianza. Según la Escritura, el obrar moral del hombre adquiere todo su sentido en y por la Alianza. La primera de las «diez palabras» recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo.

Los Mandamientos expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida por la Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias. Es cooperación al plan que Dios realiza en la historia. 

Las «diez palabras» resumen y proclaman la ley de Dios. Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente, pero es en la nueva Alianza en Jesucristo donde será revelado su pleno sentido.

El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta.

El Decálogo en la Tradición de la Iglesia
(2064 — 2068)

Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.

Desde S. Agustín, los «diez mandamientos» ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. En el siglo quince se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy. Los catecismos de la Iglesia han expuesto con frecuencia la moral cristiana siguiendo el orden de los «diez mandamientos».

El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos. Y el Concilio Vaticano II lo afirma: «Los obispos, como sucesores de los apóstoles, reciben del Señor (…) la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación».

Conciencia personal y ley moral
(2032 — 2040)

La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, curan la razón humana herida.

La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3,15), recibió de los apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva. Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.

La conciencia de cada uno en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor empeño debe abrirse a la consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto ni indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y tener un solo corazón con su prójimo… Las palabras del Decálogo persisten también entre nosotros» (S. Ireneo).

«Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa toda la ley y los profetas…, así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en la otra» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón;
el que, sin cometer iniquidad,
anda por sus senderos. 

Tú promulgas tus decretos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus consignas;
entonces no sentiré vergüenza
al mirar tus mandatos. 

Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus leyes exactamente,
tú, no me abandones.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

15 de febrero de 2026: DOMINGO V ORDINARIO “A”


«A todos ha de llegar la luz de Cristo,
para que todos den gloria al Padre»

Is 58,7-10: «Surgirá tu luz como la aurora»
Sal 111: «El justo brilla en las tinieblas como una luz»
1Co 2,1-5: «Os anuncié el misterio de Cristo crucificado»
Mt 5,13-16: «Vosotros sois la luz del mundo»

I. LA PALABRA DE DIOS

El camino de los hombres para encontrarse con Dios y glorificarlo es el de las obras buenas de los discípulos de Jesús. Las obras buenas de los cristianos hacen descubrir a Dios como «amor». Los discípulos de Jesús son para sus hermanos los hombres «sal y luz» cuando, mediante las buenas obras y renunciando a si mismos, hacen visible y comunican el amor de Jesucristo. El discípulo de Jesús «ha de ser vela encendida, que a todos resplandece y sólo para sí arde: a sí se gasta y a los demás alumbra» (Francisco de Quevedo).

Esas buenas obras son: «parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo»… Con ellas «romperá tu luz como la aurora, y detrás irá la gloria del Señor».

Ser luz y sal es saber que nadie es inútil, si sabe poner lo que tiene a disposición de todos. Si te dejas iluminar por Cristo serás cristiano. Si por ti llega a otros su luz, serás testigo.

«Para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre». Glorificar a Dios es reconocerlo como el Dios verdadero, que actúa en quienes viven según el espíritu de las bienaventuranzas. La gloria, el resplandor que reviste cualquier intervención divina entre los hombres, es signo de su presencia activa en los cristianos, y provoca en los no creyentes de buena voluntad admiración y reconocimiento de la santidad divina. «Los buenos, entre los malos, con su vida y obras predican más que los que predican en los púlpitos, pues más es obrar que hablar» (San Francisco Javier).

San Pablo sufrió mucho y pasó una gran aflicción por la Iglesia de Corinto. Se presentó ante ellos «débil y temblando de miedo», «nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado»  (2.a Lect.). La cruz es la gran obra y expresión del amor.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La luz del mundo significada en el Bautismo
(1243)

Por Cristo, con Él y en Él, los bautizados son «la luz del mundo». La vestidura blanca simboliza que el recién bautizado se ha «revestido de Cristo»; que ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual significa que Cristo ha iluminado con su Luz al nuevo cristiano. 

El nuevo Pueblo de Dios,
sal de la tierra y luz del mundo
(782)

Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí sino haciendo de ellos un pueblo para que le conocieran de verdad y le sirvieran con una vida santa. La misión del Pueblo de Dios es ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano.

La fidelidad de los bautizados,
 fundamento de la evangelización
 (2044  2046)

La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. El testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son en si mismo eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios.

Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo, contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles. 

El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras

El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad. Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación.

Los discípulos de Cristo se han «revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad». Desechando la mentira, deben rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias.

El martirio, testimonio supremo de la verdad
 (2472  2474)

Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad»  (Jn 18, 37). El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor». En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres».

Mártir significa «testigo«. El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. «Déjenme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios» (S. Ignacio de Antioquía).

Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las Actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

En el Bautismo, «por la comunión con Él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios  Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna» (San Basilio).

«Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires… Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por El, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén» (S. Policarpo, mártir).

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir para unirme a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca… (S. Ignacio de Antioquía, mártir).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dame, Señor, la firme voluntad,
compañera y sostén de la virtud;
la que sabe en el golfo hallar quietud
y, en medio de las sombras, claridad;

la que trueca en tesón la veleidad,
y el ocio en perennal solicitud,
y las ásperas fiebres en salud,
y los torpes engaños en verdad.

Y así conseguirá mi corazón
que los favores que a tu amor debí
le ofrezcan algún fruto en galardón…

Y aún tú, Señor, conseguirás así
que no llegue a romper mi confusión
la imagen tuya que pusiste en mí. Amén.

18 de enero de 2026: DOMINGO II ORDINARIO “A”


 

 «Llamados a ser testigos de Cristo Salvador»

Is 49,3.5-6: «Te hago luz de las naciones para que seas mi salvación»

Sal 39: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»

1Cor 1,1-3: «A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.«

Jn 1,29-34: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»

I. LA PALABRA DE DIOS

En el evangelio, el Bautista manifiesta que Jesucristo existe antes que nada, que es el Hijo de Dios, el Ungido por el Espíritu, el que bautiza con el Espíritu. Proclama, sobre todo, que es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», clara alusión a la Pasión. Quita los pecados de nosotros y los carga sobre sí mismo, y los hace como suyos, para ser Él castigado por ellos y que nosotros quedásemos libres.

El Siervo de Yavé de Isaías, al que Dios hace luz de las naciones para salvarlas, es Jesucristo.

A partir de hoy, durante los próximos domingos, leeremos como segunda lectura la Primera Carta a los Corintios. Intentaremos recoger algunas de las indicaciones que San Pablo hace a esta joven comunidad, llena de vitalidad, pero también con problemas y dificultades de crecimiento. Esas indicaciones, el Espíritu Santo nos las hace hoy también a nosotros.

«Llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios». Llama la atención la profunda conciencia que San Pablo tiene de haber sido llamado personalmente al apostolado. Si ha recibido esta misión no es por iniciativa suya, sino por voluntad de Dios. Por eso la realiza en nombre de Cristo, con la autoridad del mismo Cristo, como embajador suyo. También nosotros hemos de considerarnos así. Cada uno ha recibido una llamada de Cristo y una misión dentro de la Iglesia para contribuir al crecimiento de la Iglesia. 

«A la Iglesia de Dios». Cualquier comunidad católica, por pequeña que sea, es Iglesia de Dios. Así debe considerarse a sí misma. Esta es nuestra identidad y a la vez la fuente única de nuestra seguridad: somos Iglesia de Dios, a Él pertenecemos, somos obra suya, construcción suya. No somos una simple institución o asociación humana. 

«A los santificados por Jesucristo, llamados santos». Es casi una definición de lo que significa ser cristiano: santificados, santos. Por el bautismo hemos recibido la gracia santificante, hemos sido santificados, consagrados; pertenecemos a Dios, hemos entrado en el ámbito de lo divino, formamos parte de la casa de Dios. Pero este don conlleva el impulso, la llamada y la exigencia a «completar nuestra consagración», a «ser santos en toda nuestra conducta». Esta es la voluntad de Dios (1 Tes 4,3). La Iglesia es santa. La santidad es una nota esencial e irrenunciable de la Iglesia. Si nosotros no somos santos, si no perseveramos en gracia de Dios; estamos destruyéndonos a nosotros mismos… y estamos destruyendo la Iglesia.

La Iglesia se dirige hoy a nosotros, «a los santificados por Jesucristo, llamados santos», y nos invita a anunciar a todos, como S. Pablo, a Jesucristo y éste crucificado, que salva al hombre liberándolo del  pecado.

Para anunciarle a Jesucristo al hombre de nuestros días, a quien nada dicen ni las verdades abstractas ni las palabras vacías, los cristianos hemos de presentarnos limpios de pecado, llenos de Espíritu, servidores humildes de todos, para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra.

En comunión con la Iglesia, abrazados a la Cruz de Cristo y haciéndonos entender por el mundo de hoy, hemos de proclamar, como el Bautista, que Jesucristo es el Salvador.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo
(789 – 798)

La Iglesia, comunión con Jesús, es el sacramento de Jesucristo que, por la comunicación de su Espíritu a los hombres reunidos de todos los pueblos, los constituye místicamente en su Cuerpo.

Jesús asoció a sus discípulos a su vida; les reveló el Misterio del Reino; les dio parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos. Jesús habló de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan: «Permanezcan en mí, como yo en vosotros… Yo soy la vid y vosotros los sarmientos». Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él».

Cuando los discípulos fueron privados de su presencia visible, después de su Ascensión, Jesús no los dejó huérfanos. Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos, les envió su Espíritu. Por eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa. Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo. 

La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo.

Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y son hechos miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a Cristo: La vida de Cristo se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real. Esto es particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo, y en el caso de la Eucaristía, por la cual, compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con Él y entre nosotros.

El Espíritu Santo es el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del Cuerpo. Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo en la caridad: por la Palabra de Dios, que tiene el poder de construir el edificio; por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo; por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por la gracia concedida a los apóstoles, que entre estos dones destaca; por las virtudes que hacen obrar según el bien; y por las múltiples gracias especiales llamadas «carismas«, mediante las cuales los fieles quedan preparados y dispuestos para asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia.

Cristo, Cabeza del Cuerpo de la Iglesia
(792 – 796)

Cristo es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Es el Principio de la creación y de la redención. Elevado a la gloria del Padre, «Él es el primero en todo», principalmente en la Iglesia por cuyo medio extiende su reino sobre todas las cosas: Él nos une a su Pascua. Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a Él hasta que Cristo esté formado en ellos. Por eso somos integrados en los misterios de su vida, nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con Él para ser glorificados con Él. 

Él provee a nuestro crecimiento: Para hacernos crecer hacia Él, nuestra Cabeza, Cristo distribuye en su Cuerpo, la Iglesia, los dones y los servicios mediante los cuales nos ayudamos mutuamente en el camino de la salvación.

Cristo y la Iglesia son, por tanto, el «Cristo total«. La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de esta unidad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos. Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza o en el de cuerpo. Según lo que está escrito: «Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia». Y el Señor mismo en el Evangelio dice: «De manera que ya no son dos sino una sola carne». Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal. Como cabeza Él se llama «esposo» y como cuerpo «esposa«» (San Agustín).

«Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Comprenden, hermanos, la gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como Cabeza? Admírense y regocíjense, hemos sido hechos Cristo. En efecto, ya que Él es la Cabeza y nosotros somos los miembros, el hombre todo entero es Él y nosotros. La plenitud de Cristo es, pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué quiere decir la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia» (San Agustín).

Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces resume la fe de los santos doctores y expresa el buen sentido del creyente: «De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello» (Juana de Arco).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No; yo no dejo la tierra.
No; yo no olvido a los hombres.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están vuestros nombres.

¿Qué hacéis mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
ya es vuelta y es cercanía.

El gozo es mi testigo.
La paz, mi presencia viva,
que, al irme, se va conmigo
la cautividad cautiva.

El cielo ha comenzado.
Vosotros sois mi cosecha,
El padre ya os ha sentado
conmigo, a su derecha.

Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora.
Comienza vuestra tarea.