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DOMINGO II DE ADVIENTO “A”



El que viene a cambiar todo, nos llama a convertirnos a Él.
Is 11,1-10: Dar sentencia al pobre con equidad.
Sal 71, 1-17: Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.
Rm 15,4-9: Cristo salvó a todos los hombres.
Mt 3,1-12: Hagan penitencia, porque se acerca el Reino de Dios.

I. LA PALABRA DE DIOS

Isaías es el profeta del Adviento. Él nos conduce de la mano hacia el Mesías que esperamos. Hoy nos lo presenta como Ungido por el Espíritu. «Sobre Él reposará el Espíritu del Señor». El mismo nombre de Mesías o Cristo significa precisamente “ungido”, aquel que está totalmente impregnado del Espíritu de Dios y lo derrama en los demás.

El Cristo que esperamos en este Adviento viene a inundarnos con su Espíritu, a bautizar «con Espíritu Santo y fuego» (evangelio). Dos reproches hace Juan a los fariseos: que se creen que no les va a llegar el juicio de Dios y que viven de la seguridad que les proporciona el ser hijos de Abraham. El juicio va a llegar ya, y lo que desde ahora cuenta es la actitud de conversión ante el Reino que nos está dando alcance.

«Convertíos». Convertirse (metanoeîn = cambiar de mentalidad) es, en su aspecto moral, “arrepentirse” (epistréphete): un movimiento que, si bien requiere una labor intelectual (“arrepentirse supone gran inteligencia, porque el pecador se da cuenta de que hizo lo malo ante el Señor”: Hermas), para un semita afecta al hombre entero: arrepentirse es cambiar completamente de orientación y de conducta.

Ser cristiano es estar empapado del Espíritu de Cristo. No se puede ser verdaderamente cristiano sin estar lleno del Espíritu Santo.

Este Cristo a quien esperamos se nos presenta también como «enseña de los pueblos», como aquel «a quien busca el mundo entero». Cristo es «el Deseado de todos los pueblos». Aún sin saberlo, todos le buscan, todos le necesitan, pues todos hemos sido creados para Él y sólo en Él se encuentra la salvación. Ésta es la esperanza del Adviento: que todo hombre encuentre a Cristo. Clamamos «Ven, Señor Jesús» para que Él se manifieste a todo hombre. Nuestra misión es levantar bien alto este estandarte, esta enseña: presentar a Cristo a los hombres con nuestras palabras y con nuestras obras.

El profeta Isaías nos dibuja también como objeto de nuestra esperanza un auténtico paraíso, donde reine la paz y la armonía entre todos los vivientes. La situación calamitosa del pueblo de Israel no condiciona en nada los proyectos de salvación de Dios. Por encima de todo «brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago». Los frutos de la venida de Cristo –si realmente le recibimos– superan enormemente nuestras expectativas en todos los órdenes. Pero el profeta nos recuerda que esta paz tan deseada será sólo una consecuencia de otro hecho: que la tierra esté llena del conocimiento y del amor del Señor «como las aguas colman el mar».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios entrega a cada cristiano
las funciones que es capaz de ejercer
(1884 – 1889)

Dios no ha querido retener para Él solo el ejercicio de todos los poderes. Entrega a cada criatura las funciones que es capaz de ejercer, según las capacidades de su naturaleza. El comportamiento de Dios en el gobierno del mundo, que manifiesta tanto respeto a la libertad humana, debe inspirar la sabiduría de los que gobiernan las comunidades humanas. Estos deben comportarse como ministros de la providencia divina.

La sociedad es indispensable para la realización de la vocación humana. Para alcanzar este objetivo es preciso que sea respetada la justa jerarquía de los valores que subordina las dimensiones materiales e instintivas del ser del hombre a las interiores y espirituales.

La sociedad humana tiene que ser considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual: que impulse a los hombres, iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más diversos conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear los bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la belleza en todas sus manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho propio, los bienes espirituales del prójimo.

Todos estos valores informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de la economía, de la convivencia social del progreso y del orden político, del ordenamiento jurídico y, finalmente, de cuantos elementos constituyen la expresión externa de la comunidad humana en su incesante desarrollo.

La inversión de los medios y de los fines, que lleva a dar valor de fin último a lo que sólo es medio para alcanzarlo, o a considerar las personas como puros medios para un fin, engendra estructuras injustas que hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana, conforme a los mandamientos del Legislador Divino.

Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él.

Sin la ayuda de la gracia, los hombres no sabrían acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava. Es el camino de la caridad, es decir, del amor de Dios y del prójimo. La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo: «Quien intente guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará».

Preparativos de la venida de Cristo al mundo
(522 – 524)

La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la «Primera Alianza» (Hb 9, 15) todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.

San Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo», sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio; desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías», da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.

Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.

El Reino de Dios está cerca: ¡conviértanse!
(1427 – 1428)

Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva». En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del corazón contrito, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

El sacramento de la Penitencia
como anticipo del Juicio Final
(1470)

En el Sacramento de la Penitencia, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida, cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte, y sólo por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino del que el pecado grave nos aparta. Convirtiéndose a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de la muerte a la vida «y no incurre en juicio» (Jn 5, 24).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (Lumen gentium, 48).

«No hay cosa a Dios más contraria que el corazón que bien se parece a si mismo, porque no tiene vaso en que Dios eche las riquezas de su misericordia, y quédase en su propia bajeza y sequedad por no quererse abajar, para que corran en él las aguas de la gracia de Dios» (San Juan de Ávila).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

El amor hizo nuevas cosas,
el Espíritu ha descendido
y la sombra del que es poderoso
en la Virgen su luz ha encendido.

Ya la tierra reclama su fruto
y de bodas se anuncia alegría,
el Señor que en los cielos moraba
se hizo carne en la Virgen María.

Gloria a Dios, el Señor poderoso,
a su Hijo y Espíritu Santo,
que en su gracia y su amor nos bendijo
y a su reino nos ha destinado.

Amén.

DOMINGO I DE ADVIENTO “A”


Esperar al que viene a hacer nuevas todas las cosas es empezar a sentirse renovado
Is 2,1-15: El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del Reino de Dios.
Sal 121: Vamos alegres a la casa del Señor.
Rm 13,11-14: Nuestra salvación está cerca.
Mt 24,37-44: Estén en vela para estar preparados.

I. LA PALABRA DE DIOS

En el pórtico del Adviento nos encontramos con el texto de Isaías. Es la primera lectura que la Iglesia nos proclama en este Adviento. Más aún, es el primer texto que escuchamos en el nuevo año litúrgico que hoy empezamos. Y ello nos indica el calibre de la esperanza con que hemos de vivir esta nueva etapa. La visión no puede ser más grandiosa: pueblos innumerables que confluyen hacia la casa de Dios.

Isaías contempla desde Sión la ciudad santa abriendo una nueva esperanza por la próxima intervención salvadora de Yavé. Dios será el centro de atención de todos los pueblos, centro de instrucción sobre la Ley. Yavé inaugura una nueva etapa de salvación.

La Iglesia es el monte santo, la casa del Señor, la ciudad puesta en lo alto de un monte, la lámpara colocada en el candelero para que ilumine a todos los que están en este mundo. De esta nueva Jerusalén sale la Palabra del Señor. Ella da a los hombres lo más grande que tiene y lo mejor que los hombres pueden recibir: la Palabra de Dios, la voluntad de su Señor. Más aún, da a Cristo mismo, que es la Palabra personal del Padre. Y con Cristo da la paz y la hermandad entre todos los que le aceptan como Señor de sus vidas.

Frente a todo planteamiento individualista, esta visión debe dilatar nuestra mirada. Frente a toda desesperanza, porque no vemos aún que de hecho esto sea así, Dios quiere infundir en nosotros la certeza de que será realidad, porque Él lo promete. Más aún, a ello se compromete. Por eso la segunda lectura y el evangelio nos sacuden para que reaccionemos: «Daos cuenta del momento en que vivís».

En esta etapa de la historia de la salvación estamos llamados a experimentar las maravillas de Dios, la conversión de multitudes al Dios vivo. Más aún, se nos llama a ser colaboradores activos y protagonistas de esta historia. Pero ello requiere antes nuestra propia conversión: «Es hora de espabilarse… dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz»,«caminemos a la luz del Señor».

Lo viejo está pasado; lo nuevo se nos echa encima. La vigilancia cristiana –actitud tan destacada en la lectura evangélica– no es mirar temerosos en todas direcciones adivinando dónde pueda estar el enemigo, sino mantenerse alerta para descubrir los signos del Reino de Dios en el mundo.

Lo cristiano no es esperar a que nos den hecha la historia. Cuando el creyente se compromete con ella está haciendo presente la salvación de Dios, no la que él quiera hacer. Lo alienante es quedarse quieto; lo evangélico es trabajar por el Reino de Dios. Cuando alguien sabe que el Reino de Dios viene de Él, de Dios, no está afirmando lo obvio, está dando muestras de no inventarse el Reino de Dios. El reto cristiano es que aquí, en este mundo precisamente, se hace la salvación por Dios y su Reino.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La esperanza de los cielos nuevos
y de la tierra nueva
(1042-1045).

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reina­rán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado. La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la huma­ni­dad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo.

La Sagrada Escritura llama «cielos nuevos y tierra nueva» a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo. Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra». En este «universo nuevo», la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina es «como el sacramento» –el signo y el instrumento–. Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios, “la Esposa del Cordero”. Ya no estará herida por el pecado, ni por las manchas, ni por el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

El juicio sucederá
cuando vuelva Cristo glorioso
(1038-1040).

La resurrección de todos los muertos, «de los justos y de los pecadores», precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz, y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación». Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles… Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».

Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su adve­nimiento. Entonces, Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.

La vigilancia ante el Reino de Dios
(2730, 1001)

Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe.

La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar». ¿Cuándo? Sin duda en el «último día»; «al fin del mundo».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La espera de una tierra nueva no debe amortiguar sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimien­to del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 38).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Preparemos los caminos
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.

Ven, Señor, a libertarnos,
ven tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.

El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el Mesías prometido,
hecho niño, va a nacer.

Te esperamos anhelantes
y sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar.

Amén.

DOMINGO XXXII ORDINARIO “C”


Creo en la resurrección de la carne

2 M 7, 1-2.9-14: El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.

Sal 16,1-15: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

2 Ts 2, 15-3,5: El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Lc 20,27-38: Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En la última etapa del Antiguo Testamento era bastante común la creencia en la resurrección de los muertos, si bien limitada a los justos y a los mártires, como los siete hermanos Macabeos con su madre.

Jesús se remonta al más antiguo testimonio de Moisés para fundamentar la doctrina sobre la vida eterna y la resurrección de todos los difuntos, contra los saduceos de Jerusalén, que sólo aceptaban el Pentateuco y que la negaban e ironizaban sobre ello, tal como se expresan en la pregunta que hacen a Jesús.

La argumentación de Jesús es: 1.°) No aceptáis la resurrección por entenderla de forma demasiado “carnal”. 2.°) Aun aceptando de la Escritura solamente el Pentateuco, debéis recordar que en sus páginas se habla de la inmortalidad y la resurrección. Como en la parábola del rico y de Lázaro, las palabras de Jesús suponen la existencia de un estado, o situación, de los difuntos previo a la resurrección universal.

El texto evangélico quiere recordarnos algo tan central en nuestra fe como es la resurrección de los muertos. Se trata de algo tan fundamental, de una realidad tan conectada al misterio de Cristo, que san Pablo puede afirmar: «Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado» (1 Cor 15, 13.16). Y es que Dios es un Dios de vivos, el Dios vivo y fuente de vida. El que realmente está unido a Él no permanece en la muerte, ni en la muerte del pecado ni en la muerte corporal.

Esta esperanza en la resurrección nos libra del miedo a la muerte. Cristo ha venido a «liberar a los que por miedo a la muerte pasaban la vida como esclavos» (Hb 2,15). La muerte es como un paño oscuro que cubre la humanidad cerrando todo horizonte (Is 25,7). Pero Cristo ha descorrido ese paño y ha abierto la puerta de la luz y la esperanza, de manera que la muerte ya no es el final. La primera lectura nos muestra como el que cree en la resurrección no teme la muerte; al contrario, la encara con valentía y la desafía con firmeza triunfal. «¿Dónde está, muerte, tu victoria?» (1 Cor 15,55).

La certeza de la resurrección es el «consuelo permanente» y la «gran esperanza» que Dios ha regalado precisamente porque «nos ha amado tanto» (segunda lectura). Frente a la pena y aflicción en que viven los que no tienen esperanza, el verdadero creyente vive en el gozo de la esperanza (Rom 12,12). A la luz de esto hemos de preguntarnos: ¿Cómo es mi esperanza en la resurrección? ¿Qué grado de convicción y certeza tiene? ¿En qué medida ilumina y sostiene toda mi vida?

La Iglesia ora por los difuntos. Sabe por la fe que viven. Pide la intercesión de los santos que viven con Dios, en el cielo. Ora en sufragio por los que se purifican después de muertos en el purgatorio. Ora para que nadie muera eternamente yendo al infierno.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Creo en la resurrección de la carne
(988 – 991)

El Credo cristiano culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna. Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día.

La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también “nuestros cuerpos mortales” volverán a tener vida. Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana.

La resurrección de Cristo y la nuestra
(992 – 1004)

La esperanza en la resurrección de los muertos es una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, y por Él.

¿Qué es resucitar? En la muerte –separación del alma y el cuerpo al final de la vida terrena– el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma inmortal va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos definitivamente a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: «los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación».

¿Cómo resucitaremos? Cristo resucitó con su propio cuerpo: «Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo»; pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él «todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora», pero este cuerpo será «transfigurado en cuerpo de gloria», en «cuerpo espiritual».

¿Cuándo vamos a resucitar? Sin duda en el «último día»; «al fin del mundo». En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (1Ts 4, 16).

El sentido de la muerte cristiana
(1010 – 1014)

En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es «salario del pecado». Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección.

La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y, como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida.

La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.” (Misa de difuntos).

La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin «el único curso de nuestra vida terrena«, ya no volveremos a otras vidas terrenas. «Está establecido que los hombres mueran una sola vez» (Hb 9, 27). Por tanto, no hay «reencarnación» después de la muerte.

La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte («De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor«: antiguas Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros «en la hora de nuestra muerte» (Avemaría), y a confiarnos a San José, patrono de la buena muerte.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
»
(San Francisco de Asís).

«Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?» (Imitación de Cristo).

«Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección». (S. Ireneo de Lyón).

«La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella» (Tertuliano).

IV LA ORACIÓN CRISTIANA

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera. 

No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. 

Amén.