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DOMINGO XII ORDINARIO “B”


«No tememos aunque tiemble la tierra y los montes se desplomen en el mar»

Jb 38,1.8-11:                                                       «Aquí se romperá la arrogancia de tus olas»

Sal 106:                                                        «Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia»

2 Co 5,14-17:                                                       «Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado»

Mc 4,35-41:                                                          «¿Quién es éste? !Hasta el viento y las aguas le obedecen!»

I. LA PALABRA DE DIOS

En el libro de Job, se van desmontando uno a uno los argumentos con los que los amigos de Job le habían atormentado haciéndolo culpable de sus males. Los considera como personas que no saben lo que dicen, ya que han pretendido entrar en la interpretación de un misterio y una responsabilidad que es exclusiva de Dios.

En el evangelio de san Marcos todo habla de Jesús. El domingo duodécimo nos lleva a presenciar un nuevo signo, la tempestad calmada, en el que Jesús manifiesta su soberanía absoluta ante los elementos y los fenómenos de la naturaleza, poniéndose así al mismo nivel del Creador. Ante esta grandeza soberana, no basta la admiración; es necesaria la fe viva en Él que ahuyenta el temor ante las dificultades.

«Jesús dormía en la popa». La escena nos habla de la humanidad del Hijo de Dios, que no es un superhombre: se cansa después de un día de predicación; y de su perfecto equilibrio psicológico: en plena tormenta duerme profundamente.

«Reprendió al viento y dijo al mar: «cállate, enmudece»». El mar, tenido entre los judíos como morada de potencias maléficas, es exorcizado por Jesús, que lo trata, igual que al viento, como a criatura a la que su Señor puede dar órdenes; y le obedecen, como le obedecen los espíritus impuros.

El Salmo 106 es un himno de acción de gracias del pueblo entero a su Dios, que con su amor y su poder les ha redimido de todas sus angustias cuando han clamado a Él. Al experimentar su salvación y su ayuda, el pueblo desborda en alabanza.

El trozo que se lee en la liturgia de hoy expresa un peligro particularmente grave: en medio de unas aguas tormentosas, los navegantes han sentido al vivo su impotencia para escapar; en esta situación humanamente angustiosa y desesperada –«de nada les valía su pericia»–, han gritado a Dios, que ha transformado el viento tormentoso en suave brisa y así, de forma inesperada, les ha conducido al ansiado puerto, manifestando su misericordia y su acción maravillosa. Imágenes éstas que reflejan toda situación límite del que se encuentra en una dificultad que le supera totalmente.

En el contexto de las lecturas de hoy, el salmo está cantando la grandeza y el poder de Cristo, Señor de la Creación, que calma la tempestad. Muchos Santos Padres han visto en la barca una imagen de la Iglesia, que avanza en medio de las dificultades y tempestades del mundo; y que a veces puede dar la impresión de que va a naufragar; y se hundiría totalmente si dependiera solamente de la pericia humana. Sólo la certeza de que Cristo está en ella y la conduce –aunque a veces parezca dormir– le da la seguridad de salir triunfante de las olas amenazantes y de toda tempestad, y de poder llegar al puerto definitivo. Ante las dificultades que parecen insalvables, se trata de mantener la confianza en el Cristo invisible, que domina la situación porque es el Señor de lo imposible.

De vez en cuando, por algunos escándalos vergonzosos, incluso de sacerdotes y obispos, llegan a nuestros oídos expresiones pesimistas y casi apocalípticas, en relación con la Iglesia y hasta hay quien anuncia su desmoronamiento por los pecados de los que la formamos. Es verdad que somos pecadores, que damos una imagen distorsionada o deforme de la Iglesia. Pero el mantenimiento en pie de la Iglesia no depende sólo de nosotros. Habría que interpelar a los profetas de calamidades sobre la Iglesia con la pregunta de Jesús: «¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?». Lo que to­davía faltaba a los discípulos, en el pasaje de hoy, era la fe en Cristo; esa falta de fe era la tormenta más peligrosa.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Reino, objeto de los ataques
de los poderes del mal
(671)

El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal, a pesar de que estos poderes hayan sido  vencidos en su raíz  por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido, y mientras no  haya «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia», la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios. Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: «Ven, Señor Jesús«.

La última prueba de la Iglesia
(769, 675 – 677)

La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo, cuando Cristo vuelva glorioso. Hasta ese día, la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios. Aquí abajo, ella se sabe en exilio, lejos del Señor (cf. 2Co 5, 6), y aspira al advenimiento pleno del Reino, y espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria. La consumación de la Iglesia en la gloria, y a través de ella la del mundo, no sucederá sin grandes pruebas. Solamente entonces, todos los justos desde Adán hasta el último de los elegidos se reunirán con el Padre en la Iglesia universal.

Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el «Misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne.

Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, la cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico; incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de «milenarismo«, sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, intrínsecamente perverso: la falsificación de la redención de los humildes.

La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección. El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el Cielo a su Esposa. El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa.

Las puertas del infierno
no prevalecerán contra la Iglesia Católica
(834, 869 – 870)

La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Está edificada sobre sólidos cimientos: «los doce apóstoles del Cordero»; es indestructible, porque, según las mismas promesas del Salvador, las puertas del infierno no han prevalecido jamás contra ella; se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Incluso aunque esta oración –el Padre nuestro– no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?» En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!» (Tertuliano).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Tu barca de pescador,
que llegó de Roma al puerto,
va siguiendo el rumbo cierto
que le trazara el Señor.
La va llevando el amor
siempre a nuevas singladuras.
En las borrascas oscuras,
para que a Cristo sea fiel,
Simón Pedro, el timonel,
vela desde las alturas.

Si toda la Iglesia oraba
por ti, ahora tú por ella,
que eres su roca y su estrella.
Cuando se tambaleaba
tu fe, sobre el mar te daba
Cristo fuerza con sus manos.
Boga mar adentro, y danos
-a la Iglesia, que te implora-
tu presencia guiadora
y confirma a tus hermanos. Amén.

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI “B”


«Después del tradicional cordero, terminada la cena, 

fue dado el Cuerpo del Señor a los discípulos; todo a todos, todo a cada uno«

Ex 24,3-8: «Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros»

Sal 115: «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor»

Hb 9,11-15: «La sangre de Cristo podría purificar nuestra conciencia»

Mc 14,12-16.22-26: «Esto es mi Cuerpo. Ésta es mi Sangre»


 I. LA PALABRA DE DIOS

En los evangelios, la Pascua judía es el marco de la institución de la Eucaristía. Este Sacramento es, pues, la actualización y renovación de la Pascua de Jesucristo. Todo el proyecto salvador de Dios en Cristo, lo actualiza la Iglesia celebrando este Sacramento.

El pueblo de Dios encontrará en la Ley la oportunidad de responder a la iniciativa salvadora de Yavé, y la Alianza se sellará con la aspersión de la sangre sacrificial, que simboliza la vida de Dios. En el rito de Bendición de la cena de pascua judía, se rememoraba la Alianza del Sinaí. Esa misma plegaria, en labios de Cristo, adquirirá una dimensión nueva, no sólo en las palabras, sino sobre todo en el contenido: la Alianza será a partir de ahora la Nueva y Eterna, sellada con su Sangre.

Jesús rubrica con su propia sangre un pacto nuevo, que supera al de Moisés sellado con sangre de animales. De todo el contexto se deduce que Jesús celebró en la cena un verdadero sacrificio, aunque incruento y misterioso: la víctima real es el cuerpo y la sangre de Cristo.

A medida que en nuestra sociedad se abandona el espíritu de sacrificio, de renuncia, de entrega, se desvirtúa y se diluye el carácter sacrificial de la Muerte de Cristo y de la misma Eucaristía. Destacamos –y hacemos bien– la condición de «banquete de fraternidad», pero nunca se debe olvidar el aspecto sacrificial, ni contraponer un elemento al otro.

El texto seleccionado del evangelio incluye los preparativos para la cena, en que Jesús aparece –como en la entrada en Jerusalén– gobernando y dirigiendo los acontecimientos; y el relato de la institución de la Eucaristía, en el que Jesús realiza anticipadamente el gesto de donación de su propia vida que llevará a cabo al día siguiente en la cruz. La mención en el último versículo del camino hacia el monte de los Olivos apunta hacia lo trágicamente real de ese gesto.

«Esto es mi cuerpo». Ante todo, la fiesta de hoy nos debe hacer cobrar una conciencia más intensa de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. El cuerpo significa la persona entera. Cristo está presente con su cuerpo glorioso, con su alma humana, con su personalidad divina. ¿Somos de veras conscientes de que en cada sagrario hay un hombre viviente, infinitamente más real que todos nosotros? ¿Qué me es más real, la presencia de las demás personas humanas o la presencia de Cristo en la Eucaristía? ¿Soy consciente de tener en el Sagrario a Dios con nosotros, a mi disposición, esperándome eternamente?

«que se entrega por vosotros». Sin embargo, la presencia de Cristo en la Eucaristía no es inerte ni pasiva. Cristo vive apasionadamente en la Eucaristía su amor infinito por nosotros, su entrega sin límites por cada uno. El amor manifestado en la cruz perdura eternamente; no ha menguado; por el contrario, es ahora más intenso. Y se hace especialmente presente y eficaz en cada celebración de la Eucaristía. Y eso «por vosotros y por todos», por cada uno de todos los hombres, por los que fueron, son y serán.

«para el perdón de los pecados». Cristo sabe muy bien por quién y a quién se entrega; por hombres que son pecadores. Pero para esto ha venido precisamente, para quitar el pecado del mundo. Cristo en la Eucaristía anhela borrar nuestro pecado y hacernos santos. Para eso se ha entregado. Y para eso se queda en la eucaristía, para ser alimento de pecadores. Y nosotros necesitamos acudir con ansia y comer y beber nuestra redención.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La institución de la Eucaristía
(1337 – 1340)

El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Euca­ristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento.

Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).

Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre. Al celebrar la última Cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón» (Hch 2,42.46).

El memorial sacrificial de Cristo
y de su Cuerpo, que es la Iglesia
( 1362 – 1372)

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución, una oración llamada anámnesis o memorial.

En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13,3).

El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual: Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención.

Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros» y «Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros» (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que «derramó por muchos para remisión de los pecados».

La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica  su fruto. El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer.

La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

Los frutos de la comunión
 (1392 – 1401)

La Sagrada Comunión produce los siguientes frutos: acrecienta nuestra unión íntima con Cristo; conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo; nos purifica de los pecados veniales, porque fortalece la caridad; nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra amistad con Cristo; renueva, fortalece y profundiza la unidad con toda la Iglesia; nos compromete en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo; y se nos da la prenda de la gloria futura.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis «Amén» (es decir, «sí», «es verdad») a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir «el Cuerpo de Cristo», y respondes «amén». Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu «amén» sea también verdadero» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Adórote devotamente, oculta Deidad,
que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:
A ti mi corazón totalmente se somete,
pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo.

La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;
sólo con el oído se llega a tener fe segura.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,
nada más verdadero que esta palabra de Verdad. Amén.

 

LA SANTÍSIMA TRINIDAD “B”


«Con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor»

Dt 4,32-34.39-40:             «El Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra»

Sal 32:                              «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad»

Rm 8,14-17:                      «Han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: !Abbá! (¡Padre!)»

Mt 28,16-20:                      «Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»


I. LA PALABRA DE DIOS

San Pablo nos recuerda el fundamento trinitario de la vida cristiana: el bautizado entra a formar parte de una familia, la familia de Dios: el Padre es Dios, Jesucristo es el primogénito, el Espíritu Santo es el amor familiar, el «nosotros» divino. Por eso el cristiano llama a Dios ¡Abbá!, ¡Padre!, porque nos ha adoptado como hijos en el Hijo, que nos hace hermanos y coherederos; y nos comunican el Espíritu, que habita en nosotros y nos hace conscientes y capaces de saborear amorosamente todo ello.

A muchos cristianos el misterio de la Trinidad les echa para atrás. Les parece demasiado complicado y prefieren dejarlo de lado. Y sin embargo las páginas del Nuevo Testamento nos hablan a cada paso de Cristo, del Padre y del Espíritu Santo. Ellos son el fundamento de toda nuestra vida cristiana.

Explicar el misterio de la Trinidad, no es que sea difícil, ¡es imposible!; precisamente porque es misterio. Seguramente nosotros tampoco sepamos explicar que es la electricidad, pero todos sabemos que existe y sabemos utilizarla y aprovecharnos de ella.

Lo mismo que un niño puede conocer y tener gran familiaridad con su padre, aunque no sepa decir muchas cosas de él, nosotros podemos vivir también en una profunda familiaridad con el Padre, con Cristo, con el Espíritu y tener experiencia de estas Personas divinas. No sólo podemos: estamos llamados por Dios a ello en virtud de nuestro bautismo. No es un privilegio de algunos místicos.

Podemos conocer al Padre como Fuente y Origen de todo, Principio sin principio, Causa última y absoluta de la vida, que no depende de nada ni de nadie. El Hijo es engendrado por el Padre, recibe de Él todo su ser: por eso es Hijo; pero el Padre se da totalmente: por eso el Hijo es Dios, igual al Padre, de la misma naturaleza del Padre. Nada tiene el Hijo que no reciba del Padre; nada tiene el Padre que no comunique al Hijo. La personalidad del Hijo consiste precisamente en recibir todo del Padre; y el Hijo mira al Padre en un movimiento eterno de amor, gratitud y donación; y el Padre mira complacido al Hijo, su imagen perfecta, su expresión, su Verbo. Y ese abrazo eterno de amor entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo.

El Espíritu nos da a conocer a Cristo y al Padre y nos pone en relación con ellos. Las Personas divinas viven como en un templo en el hombre que está en gracia. Estamos habitados por Dios. Nunca estamos solos. Las Tres divinas Personas viven en nosotros, nos conocen y nos aman; y quieren vivificarnos y ser conocidas y amadas por nosotros para mantener un continuo diálogo personal de amor. Somos templo suyo, templo vivo y habitado. Vivimos en el seno de la Trinidad. ¿Se puede imaginar mayor familiaridad? Todo nuestro cuidado consiste en permanecer en esta unión vital y mantener esta conversación amistosa.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe en la Santísima Trinidad
(232, 234, 236, 237, 260)

Los cristianos somos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Antes respondemos –nosotros mismos o nuestros padrinos– «Creo» a la triple pregunta que nos pide confesar nuestra fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu: «La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad» (S. Cesáreo de Arlés).

Hay un solo Dios verdadero –»Si Dios no es único, no es Dios»–, pero en Dios hay tres Personas distintas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, pero no son tres dioses; sino que son tres Personas distintas y un solo Dios verdadero. Esto es un misterio que nos ha revelado Jesucristo y le llamamos el Misterio de la Santísima Trinidad, que consiste en que existen tres Personas distintas y un sólo Dios verdadero. Es decir, que Dios es uno en esencia y trino en Personas.

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de fe». Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos.

El fin último de todas las acciones de Dios es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad en el Cielo. Pero ya desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: «Si alguno me ama –dice el Señor– guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).

La gracia de Dios
(cf. 1996 – 2000)

Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder libremente a su llamada: ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina y de la vida eterna. La gracia nos santifica: es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma –en el Bautismo– para curarla del pecado y santificarla.

La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como «hijo adoptivo» puede ahora llamar «Padre» a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia.

Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como de toda criatura.

La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la llamada divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas sea en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la Unidad me posee de nuevo» (San Gregorio Nacianceno).

«Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Beata Isabel de la Trinidad).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El Dios uno y trino,
misterio de amor,
habita en los cielos
y en mi corazón.

Dios escondido en el misterio,
como la luz que apaga estrellas;
Dios que te ocultas a los sabios,
y a los pequeños te revelas.

No es soledad, es compañía.
es un hogar tu vida eterna,
es el amor que se desborda
de un mar inmenso sin riberas.

Padre de todos, siempre joven,
al Hijo amado eterno que engendras,
y el Santo Espíritu procede
como el Amor que a los dos sella.

Padre, en tu gracia y tu ternura,
la paz, el gozo y la belleza,
danos ser hijos en el Hijo
y  hermanos todos en tu Iglesia.

Al Padre, al Hijo y al Espíritu,
acorde melodía eterna,
honor y gloria por los siglos
canten los cielos y la tierra. Amén.