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DOMINGO XXIX ORDINARIO “C”


Pidan…

Ex 17, 8-13 Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel.

Sal 120, 1-8 El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

2 Tim 3,14-4,2 El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda buena obra.

Lc 18, 1-8 Dios hará justicia a sus elegidos, que claman a Él.


I. LA PALABRA DE DIOS

Moisés fue un gran ejemplo de orante. Su plegaria hecha con perseverancia fue eficaz. La oración de Moisés es la figura cautivadora de la oración de intercesión, que tiene su cumplimiento en el único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo‑Jesús.

Sigue la exhortación de S. Pablo a Timoteo: La Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura es el principal instrumento para que los sucesores de los apóstoles ejerzan su ministerio.

Por tercer domingo consecutivo el evangelio nos remite a la fe como realidad fundamental de nuestra vida cristina: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». En este caso, se trata de una fe que desemboca en oración, de una oración empapada de fe.

Para inculcarnos la necesidad de orar siempre sin desfallecer, Jesús nos propone la parábola del juez inicuo que «ni temía a Dios ni le importaban los hombres», es decir, tenía desquiciados los dos polos de su vida: la relación con Dios y con el prójimo. Si este hombre sin sentimientos atiende a los ruegos de la viuda sólo para que le deje en paz, ¡cuánto más no atenderá Dios las súplicas de los elegidos «que le gritan día y noche»!

La eficacia de la oración está garantizada por el lado de Dios, pues la súplica se encuentra con un Padre infinitamente amoroso que siempre escucha a sus hijos, atiende a sus necesidades y acude en su socorro. Pero del lado nuestro requiere una fe firme y sencilla, que suplica sin vacilar, convencida de que lo que pide ya está concedido. Es esta fe la que hace orar con insistencia –clamando «día y noche»– y con perseverancia –«siempre sin desanimarse»–, aunque a veces parezca que Dios no escucha, con la certeza de que «el auxilio me viene del Señor». La constancia es el núcleo de la enseñanza de esta parábola. Hay que perseverar a pesar de la amarga experiencia de que Dios “no interviene”.

Una ilustración de este poder de la oración lo tenemos en la primera lectura: «Mientras Moisés tenía en alto las manos vencía Israel». La oración es el arma más poderosa que nos ha sido dada. «La oración es lo único que vence a Dios» (Tertuliano). Ella es capaz de transformar los corazones y cambiar el curso de la historia. Una oración hecha con fe es invencible; ninguna dificultad se le resiste.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La oración de petición cristiana
(2629 – 2633)

Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra relación con Dios: por ser criaturas, no somos ni nuestro propio origen, ni dueños de nuestras adversidades, ni nuestro fin último; pero también, por ser pecadores, sabemos, como cristianos, que nos apartamos de nuestro Padre. La petición ya es un retorno hacia El.

La oración de la Iglesia es sostenida por la esperanza, aunque todavía estemos en la espera y tengamos que convertirnos cada día. La petición cristiana brota de otras profundidades, de lo que S. Pablo llama el gemido: el de la creación «que sufre dolores de parto» (Rm 8, 22), el nuestro también en la espera «del rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza» (Rm 8, 23‑24), y, por último, los «gemidos inefables» del propio Espíritu Santo que «viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rm 8, 26).

La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición (el publicano: «ten compasión de mí que soy pecador» Lc 13, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros: entonces cuanto pidamos lo recibimos de Él. Tanto la celebración de la Eucaristía como la oración personal comienzan con la petición de perdón.

La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús. Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.

El modelo del Padrenuestro:
las siete peticiones

(2803 – 2806)

Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro Padre para adorarle, amarle y bendecirle, el Espíritu filial hace surgir de nuestros corazones siete peticiones, siete bendiciones. Las tres primeras, más centradas en Dios, nos atraen hacia la Gloria del Padre; nos lleva hacia Él, para Él: ¡tu Nombre, tu Reino, tu Voluntad! Lo propio del amor es pensar primeramente en Aquel que amamos.

Al pedir: “Santificado sea tu Nombre” pedimos que el Nombre de Dios sea reconocido y tratado como santo por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada hombre.

Al pedir: “Venga a nosotros tu reino” pedimos principalmente el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También pedimos por el crecimiento del Reino de Dios, sirviendo a la verdad, a la justicia y a la paz, en el “hoy” de nuestras vidas.

Al pedir “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” pedimos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, realizar su plan de salvación, para la vida del mundo.

Las cuatro últimas peticiones, como caminos hacia Él, ofrecen nuestra miseria a su Gracia. Son la ofrenda de nuestra esperanza y atrae la mirada del Padre de las misericordias. Brota de nosotros y nos afecta ya ahora, en este mundo: «danos… perdónanos… no nos dejes… líbranos«.

Al pedir “Danos hoy nuestro pan de cada día”, al decir “danos” queremos expresar, en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre del cielo; “nuestro pan” designa los alimentos y bienes terrenos necesarios para la subsistencia de todos y significa también el “Pan de Vida”: la Palabra de Dios y la Eucaristía.

Al pedir: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” imploramos la misericordia de Dios para nuestros pecados, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos querido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo.

Al pedir: “No nos dejes caer en la tentación”, pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

Al pedir: “Y líbranos del mal”, pedimos a Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria, ya conquistada por Cristo, sobre “el príncipe de este mundo”, sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación. Pedimos también que seamos liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros, de los que el Maligno es autor o instigador.

El “Amén” final del Padre Nuestro significa nuestro “fiat”, “hága­se”, es decir, cúmplanse las siete peticiones: “Así sea”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, El les promete darles todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a Dios: el que posee a Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios» (S. Cipriano).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Padre nuestro,
padre de todos,
líbrame del orgullo
de estar solo.

No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor.

No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no.

Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre «nosotros»,
incluso si dice «yo».

Padre nuestro…

DOMINGO XXVII ORDINARIO “C”


La fe mueve montañas

Hab l,2-3; 2,2-4: El justo vivirá por su fe.

Sal 94, 1-9 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

2 Tm l,6-8.13-14: No tengan miedo de dar la cara por nuestro Señor.

Lc l7, 5-10: ¡Si tuvierais fe…!


I. LA PALABRA DE DIOS

La segunda carta pastoral a Timoteo recuerda el don del Espíritu que éste recibió en su ordenación como sucesor de los Apóstoles; espíritu de gobierno y de fortaleza para mantener con fidelidad el tesoro de la fe cristiana.

La frase del profeta Habacuc: «El justo vivirá por su fe», fue citada por S. Pablo como argumento fundamental en su carta a los Romanos. El Nuevo Testamento nos recuerda de múltiples maneras que la fe es el único camino para nuestra relación con Dios: «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11,6). Por eso mismo es la raíz y fundamento de toda la vida del cristiano. En el judaísmo estaba extendida la idea de que el cumplimiento mecánico de la Ley confiere derechos ante Dios, lo que supone prácticamente poder redimirse a sí mismo. Sin embargo, nuestra vida cristiana no se apoya en nuestros propios méritos. El hombre es incapaz de salvarse por su propio esfuerzo, toda “recompensa” de parte del Señor es “gracia” suya (don gratuito).

El Evangelio recoge la enseñanza de Jesús a sus discípulos sobre la actitud definitoria del creyente: es un hombre de fe que busca sólo hacer la voluntad de Dios. ¿Quién la tiene? La fe es un don de Dios que es necesario para salvarnos, un don que hay que reconocer y por el que darle gracias. Es un don que hay que pedir: ¡Señor, «auméntanos la fe»! Es un don que hay que conservar y hacer crecer. En rigor, no “se tiene fe”, sino que “se es creyente” o no se es, y se progresa o se retrocede en esa adhesión a Cristo. El ejercicio de la fe asegura el crecimiento de la misma, que no se tiene –ni se pierde– toda de una vez.

Las palabras «si tuvierais fe» que Jesús dirige a los apóstoles, y a nosotros, sugieren que nuestra fe es prácticamente nula o sólo interesada en lo milagroso, ya que bastaría «un granito» para ver maravillas. Es grande el poder de la fe, pues cuenta con el poder infinito de Dios. El verdadero creyente no se apoya en sus limitadas capacidades humanas, sino en la ilimitada potencia de Dios, para el cual «nada hay imposible» (Lc 1,37). La fe es la única condición que Jesús pone a cada paso para obrar milagros y es también la condición que espera encontrar hoy en nosotros para seguir realizando sus maravillas y llevar adelante la historia de la salvación en nuestro mundo.

El texto evangélico quiere fijar nuestra atención en este poder de Dios. El ejemplo de la morera es una forma de ilustrar que Dios es capaz de realizar lo humanamente imposible. Por eso, lo decisivo no son las dificultades y los males que vemos a nuestro alrededor. Lo decisivo es la fe que espera todo de Dios, que no pone límites al poder de Dios. «Si crees verás la gloria de Dios» (Jn 11,40), es decir, a Dios mismo actuando y transformando la muerte en vida. A nosotros, pobres siervos, nos corresponde avivar el fuego de esta gracia de la fe que nos ha sido dada; esto es «lo que teníamos que hacer».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe, virtud teologal
(1814 – 1816)

La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma.

Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios. La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios y a toda la verdad que Dios ha revelado. Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla.

Las características de la fe
(153 – 165)

La fe es don de Dios y respuesta del hombre: en la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia.

La fe es una gracia. La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad.

La fe es un acto humano. Creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas.

La fe trata de comprender. El creyente de­sea conocer mejor a Aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor.

La libertad de la fe. El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. El acto de fe es voluntario por su propia naturaleza.

La necesidad de la fe. Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación; y nadie, a no ser que haya perseverado en ella hasta el fin, obtendrá la vida eterna.

La perseverancia en la fe. La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1 Tm 1, 18‑19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe actuar por la caridad –la fe sin obras está muerta–, ser sostenida por la esperanza y debe estar enraizada en la fe de la Iglesia.

Luminosa, por Aquel en quien se cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación. «Sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hb 12, 1‑2).

Los pecados contra la fe
(2087 – 2089)

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar con­tra la fe:

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer.

La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del espíritu.

La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento.

La herejía es la negación pertinaz de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma.

El cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.

La apostasía es el rechazo total, después de haber recibido el bautismo, de la fe cristiana.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio».

Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven». Gracias a esta «fe poderosa», Abraham vino a ser «el padre de todos los creyentes».

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Isabel la saludó: «Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada.

Durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el «cumplimiento» de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Mis ojos, mis pobres ojos
que acaban de despertar
los hiciste para ver,
no sólo para llorar.

Haz que sepa adivinar
entre las sombras la luz,
que nunca me ciegue el mal
ni olvide que existes tú.

Que, cuando llegue el dolor,
que yo sé que llegará,
no se me enturbie el amor,
ni se me nuble la paz.

Sostén ahora mi fe,
pues, cuando llegue a tu hogar,
con mis ojos te veré
y mi llanto cesará. Amén.

DOMINGO XXVI ORDINARIO “C”


Amor a los pobres

Am 6, 1.4-7: Los que llevan una vida disoluta, irán al destierro.

Sal 145, 7-10: Alaba, alma mía, al Señor.

1 Tm 6,11-16: Guardad el Mandamiento, hasta la venida del Señor.

Lc 16, 19-31: Recibiste bienes y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras tú padeces.


I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Amós destaca en el Antiguo Testamento por la dureza de los términos con que condena el egoísmo y el ansia de placer de los ricos. Sólo se ama lo que se ve, y para ver hay que dejar la vida cómoda que embota la sensibilidad, de ahí la denuncia del profeta.

El resumen de las recomendaciones pastorales contenidas en esta carta a Timoteo es el fidelidad a Cristo y a sus mandamientos, que es el entero depósito de la fe confiado al sucesor del apóstol.

La parábola que se proclama en el Evangelio la recoge sólo San Lucas y es una crítica de Jesús a los ricos que no se preocupan de los necesitados. Quien tiene embotados los sentidos del alma por el excesivo bienestar no escucha la Palabra de Dios, ni le sirven los milagros. Mientras el pobre Lázaro es llevado al seno de Abrahán, del rico se dice simplemente que «lo enterraron» y ni se menciona su nombre; los tormentos son su herencia definitiva.

He aquí uno de esos evangelios que no necesitan comentario. Todo él está marcado por el contraste entre la situación de esta vida y la después de la muerte. «Se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros»: La muerte crea una situación definitiva; después ya no hay posibilidad de decidirse por o contra Dios, ni de revocar la decisión forjada en esta vida. ¿Hasta qué punto valoramos las cosas tal como son de verdad? ¿Realizamos nuestras opciones según los valores eternos? ¿O nos dejamos seducir por apariencias pasajeras y efímeras?

Aunque se supone, la parábola no dice expresamente que el rico fuera malo, ni que el pobre fuera bueno (más bien, en la mente de un judío se trataría de un pecador, castigado por Dios con la enfermedad), con lo cual queda más de relieve el contraste entre dos escalas mundanas de valores (riqueza-pobreza; salud-enfermedad), y cómo en el mundo futuro, inaugurado ya ahora por Jesús, su jerarquía será inversa. En cierto sentido esta parábola es un ejemplo concreto de las bienaventuranzas.

El texto sugiere que el rico es condenado precisamente por malgastar sus bienes y no atender al pobre que mendiga a sus pies. ¡Terrible aviso para nosotros, que tenemos algo –o mucho– del hombre rico de la parábola! Y es que el pobre es Cristo. Por eso, rechazar al pobre es rechazar a Cristo: «Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer».

Por otra parte, la condenación del rico esconde también otro rechazo: el desprecio de la palabra de Dios. Lo que parece una actitud dura de Abrahán, en realidad no lo es: los hermanos del rico podrán evitar la condenación si escuchan a Moisés y los profetas. Para el que quiere oír y obedecer a Dios, la palabra de Dios basta. En cambio, para el que está cerrado a Dios y a su palabra, porque las riquezas han endurecido su corazón, ni el mayor prodigio puede abrir sus ojos que están embotados para ver, no hará caso «ni aunque resucite un muerto». Un ejemplo confirma la enseñanza de este versículo: la incredulidad de los contemporáneos de Jesús, prototipo de la incredulidad moderna, no desapareció con la resurrección de Lázaro (el hermano de Marta y María), ni con la de Jesús.

En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: «Cuanto dejaron de hacer con uno de éstos, también conmigo dejaron de hacerlo».

El Evangelio y la enseñanza de la Iglesia es claro: el amor a los pobres es una exigencia del discípulo de Jesús. Y para amarlos hay que verlos. Sin embargo, como el rico de la parábola, en medio de las comodidades podemos no ver nada ni a nadie. La Pobreza es una situación concreta que afecta a personas concretas, cercanas. Y todos los pobres son cercanos, pues todos son prójimos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios bendice, en Jesucristo,
a los que aman a los pobres
(525; 544; 2443).

Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores, pobres, son los primeros testigos del acontecimiento. Desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino. Jesús fue enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres. Los declara bienaventurados porque de ellos es el Reino de los cielos. El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde; a los pequeños es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes.

Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprende a los que se niegan a hacerlo: «A quien te pide dale, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda» (Mt 5,42). «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva “anunciada a los pobres” es el signo de la presencia de Cristo.

El amor de la Iglesia a los pobres
(2444 – 2446).

El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de «hacer partícipe al que se halle en necesidad» (Ef 4, 28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa.

El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta: «Ahora bien, ustedes, ricos, lloren y den alaridos por las desgracias que están para caer sobre ustedes. Su riqueza está podrida y sus vestidos están apolillados; su oro y su plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra ustedes y devorará sus carnes como fuego. Han acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Miren: el salario que no han pagado a los obreros que cosecharon sus campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Han vivido sobre la tierra regaladamente y se han entregado a los placeres; han hartado sus corazones para el día de la matanza. Ustedes condenaron y mataron al justo; él no les resiste» (St 5, 1‑6).

Las obras de misericordia
(2447-2449).

Es preciso satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia.

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual. Como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los en enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

Bajo sus múltiples formas –indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte– la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los más pequeños de sus hermanos. También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables.

En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago cotidiano del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega…) corresponden a la exhortación del Deuteronomio: «Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Dt 15, 11). Jesús hace suyas estas palabras: «Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis» (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: «comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias…» (Am 8, 6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (Mt 25, 40).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo porque en ellos servimos a Jesús».

«No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos» (S. Juan Crisóstomo).

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (S. Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Dichosos los que, oyendo la llamada
de la fe y del amor en vuestra vida,
creísteis que la vida os era dada
para darla en amor y con fe viva.

Dichosos, si abrazasteis la pobreza
para llenar de Dios vuestras alforjas,
para servirle a él con fortaleza,
con gozo y con amor a todas horas.

Dichosos mensajeros de verdades,
que fuisteis por caminos de la tierra,
predicando bondad contra maldades,
pregonando la paz contra las guerras.

Dichosos, del amor dispensadores,
dichosos, de los tristes el consuelo,
dichosos, de los hombres servidores,
dichosos, herederos de los cielos. Amén.