LECTIO DIVINA: Domingo 25 de diciembre, la Natividad del Señor


C. LeBrun, Natividad, 1689

C. LeBrun, Natividad, 1689

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PREPARACIÓN:

  • Señal de la Cruz
  • Invocación al Espíritu Santo
  • Avemaría
  • Gloria
  • ¡Silencio! Dios va a hablar

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I – LECTIO

¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo?

1. Lectura lenta y atenta del texto

Is 52,7-10: “Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios”
Hb 1,1-6: “Dios nos ha hablado por su Hijo”
Jn 1,1-18: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”

Lectura del Evangelio según San Juan

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. 
Al principio estaba junto a Dios. 
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. 
En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 
La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. 
Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. 
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 
El no era la luz, sino el testigo de la luz. 
La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. 
Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. 
Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. 
Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. 
Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. 
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. 
Juan da testimonio de él, al declarar: “Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo”. 
De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: 
porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. 
Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.

2. Silencio

3. Releer

4. Reconstruir el texto con la Biblia cerrada

5. Entender el sentido del texto en sí

(notas, contexto, paralelos, comentario exegético, Padres, Catecismo, Arte…)

Comentarios:

Catequesis Dominical

LA PALABRA DE DIOS

La alegría que se anunciaba al pueblo cuando era proclamado un nuevo rey en Sión, la proclama ahora el Profeta para anunciar la inauguración de un nuevo reinado de Dios. La inminencia del retorno de los exiliados, y el anuncio de paz subsiguiente, serán los signos perceptibles de la acción divina.

La Palabra de Dios, que había hecho surgir el mundo y el hombre, acampa en el mundo y se hace hombre para dar a los hombres el poder ser y llamarse “hijos de Dios”. Percibida “en otro tiempo” (2ª Lect.) como una revelación del proyecto de Dios sobre el mundo y el hombre, acontece ahora entre nosotros como salvación.

La Palabra se ha hecho carne precisamente en este mundo. Es un modo de convencer al hombre de que Dios, a pesar de todo, le sigue amando.

LA FE DE LA IGLESIA (Catecismo de la Iglesia Católica)

Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia  pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo. La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche.

La celebración meramente costumbrista, comercial o vacacional de la Navidad la reduce a algo meramente humano y vacío de contenido.  Cristianos y no cristianos, los que celebran de corazón y “los que se apuntan”, todos necesitamos abandonar cualquier vestigio de frivolidad en estos días.

Todos deseamos la paz, especialmente en estos días de navidad. La búsqueda de la paz y de la convivencia tranquila no son de ahora; han sido siempre señal de la permanente e incansable búsqueda de Dios y de sus signos. En el corazón del hombre y del mundo estaban escritas esas señales, que no le dejarán tranquilo hasta que no halle a Dios en medio de este mundo que, por ser casa de Dios, cuenta con que el Padre en su Hijo ha venido a compartir la historia.

El hombre ha intentado conquistar siempre cotas de mayor bienestar. La historia está repleta de ejemplos de quienes han intentado –siempre con buena voluntad– ganar en dignidad, en capacidad de convivencia, en afán de paz, en búsqueda de la justicia.  Otra cosa es que hayan acertado en el método.

Cuando el hombre mira a su alrededor y ve el resultado del pecado en medio de la humanidad, siente de un lado la vergüenza y de otro la incapacidad del remedio. La mirada de Dios es distinta y la única que devuelve a la esperanza. Lejos de apartar sus ojos de la miseria humana, la asume para vencerla desde Jesucristo. Los que sueñen con un remedio de sólo origen humano, alguna vez se sentirán desengañados. ¿Acabarán los hombres por aceptar la acción divina como la exclusivamente salvadora, cuando el hombre es capaz de secundar la iniciativa de Dios?

Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador… ¿No merecía conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa).

Si el amor del Padre se ha manifestado en que ha entregado a su Hijo al mundo, más patente queda cuando lo contemplamos viviéndolo entre quienes ha venido a salvar.

El Verbo se hizo carne. “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Y lo hizo:

* “Para salvarnos reconciliándonos con Dios: “Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10).

* “para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9)”.

* “Para ser nuestro modelo de santidad: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí…” (Mt 11,29)”.

* Para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1,4). “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios. Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (S. Ireneo).

Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios”.

¡Admirable grandeza la de un Dios que, al acercarse al hombre ha atravesado las sombras! Pero para destruirlas llenándolas de su luz. Y cuanto más cerca, más luz. Los llamados a ser portadores de la luz son los que más de cerca la reciben.  El cristiano es luz porque lleva la de Cristo.

Todo el que recibe la luz de Cristo, se siente hijo de Dios y portador de esta luz. Y no solamente puede llenar de luz los caminos de los hombres, sino decirles dónde está la luz verdadera. La Iglesia es hoy la luz que alumbra a todo hombre, porque es el sacramento de Cristo ante el mundo.

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida –pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y se nos manifestó– lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo” (1 Jn 1,1-4)”.

TESTIGOS DE LA FE

¡Oh admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una Virgen, y hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad (Antífona de la octava de Navidad).

Hoy los pastores le conocieron por medio de un ángel, y a los que presiden la grey del Señor se les enseñó la manera de anunciar la Buena Nueva, para que nosotros también digamos con el ejército de la milicia celeste: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad! (San León Magno).

Compartir en Cristo

El “ya” es ahora el inicio de un tiempo definitivo, cuya “plenitud” ya empieza a tener lugar. Dios Amor nos lo ha dicho todo en su Hijo; pero el ser humano está llamado a entrar en ese camino de intimidad, donde el “ya” deja entender una “más allá” de encuentro definitivo. Mientras tanto, Cristo, el “Verbo Encarnado”, es la Palabra del Padre insertado por el amor del Espíritu Santo en nuestra historia. El camino de la historia ya tiene la “shekinah” (Dios hecho tienda de caminante, “Camino, Verdad y Vida”). Dios, que es un eterno presente, por el hecho de hacerse hombre, ha querido tener “tiempo” y decirnos así, sin prisas, que no antepone nada a nuestro amor; sólo se tiene tiempo (sin prisas en el corazón) para los seres queridos. El “evangelio” es el único libro donde el “protagonista” (Jesús) ama al modo de Dios: dándose él (porque él es bueno, no porque nosotros somos buenos) y llevándonos en su corazón como parte de su misma vida. Quien recibe a Jesús, se hace partícipe de su filiación divina y se inserta en la historia como él.

Reflexión complementaria, resumen de la fiesta:
Los textos inspirados son muchos. La realidad del cumplimiento es más profunda y silenciosa: El Verbo se ha hecho carne, concebido y nacido de la Virgen. Ya podemos “ver” al Invisible, sin esperar a reducirlo a una “primera causa”. Ya podemos vivir y anunciar lo que hemos visto y oído, el Verbo de la vida (1Jn 1,1ss). Jesús necesita de nuestra “voz” para hacer oír su realidad de Palabra personal del Padre, pronunciada eternamente en el amor del Espíritu Santo. Las circunstancias de Belén son sencillas, como las de todo nacimiento. Una hojita del árbol, una hierbecita del jardín o un vagido de un niño, son ya biografía de Dios. La vida tiene sentido. Las fiestas humanas dejan sólo cañas chamuscadas cuando no se viven en Cristo. La Madre, con su rostro de “fiat”, “Magníficat” y “contemplaba”, logró que el hijito sonriera. Jesús quiere “sonreír” viendo en nosotros su misma actitud filial capaz de afrontar la vida con amor (bienaventuranzas y mandamiento nuevo). Al hacerse partícipe de nuestra humanidad, nos puede hacer partícipes de su misma vida divina. El “milagro” de la sonrisa de un niño recién nacido, gracias a la mirada atenta de su Madre Virgen, ya se puede realizar todos los días, mirando a los demás con la misma mirada de María y Jesús.

evangeliodeldia.org

Benedicto XVI
Homilía del  25/12/05 (© Libreria Editrice Vaticana)

«Yo te he engendrado hoy»

“El Señor me ha dicho: Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Con estas palabras del Salmo segundo, la Iglesia inicia la Santa Misa de la vigilia de Navidad, en la cual celebramos el nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo en el establo de Belén. En otro tiempo, este Salmo pertenecía al ritual de la coronación del rey de Judá. El pueblo de Israel, a causa de su elección, se sentía de modo particular hijo de Dios, adoptado por Dios. Como el rey era la personificación de aquel pueblo, su entronización se vivía como un acto solemne de adopción por parte de Dios, en el cual el rey estaba en cierto modo implicado en el misterio mismo de Dios.
En la noche de Belén, estas palabras que de hecho eran más la expresión de una esperanza que de una realidad presente, han adquirido un significado nuevo e inesperado. El Niño en el pesebre es verdaderamente el Hijo de Dios. Dios no es soledad eterna, sino un círculo de amor en el recíproco entregarse y volverse a entregar. Él es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Más aún, en Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo se ha hecho hombre. El Padre le dice: “Tu eres mi hijo”. El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan potente que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. Es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, nos sea comunicada y continúe actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad: “Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado”. Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así. De este modo aprendemos a conocerlo. Y sobre todo niño resplandece algún destello de aquel hoy, de la cercanía de Dios que debemos amar y a la cual hemos de someternos; sobre todo niño, también sobre el que aún no ha nacido.

6. Frase o palabra clave

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II – MEDITATIO

¿Qué me dice el texto bíblico a mí?

1. Meditación en silencio

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2. Compartir en voz alta

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III – ORATIO

¿Qué le digo yo al Señor como respuesta
a su Palabra?

1. Oración espontánea en voz alta

2. Rezo de algún salmo, cántico, preces, oración escrita…

De un Dios que se encarnó muestra el misterio
la luz de Navidad.
Comienza hoy Jesús, tu nuevo imperio
de amor y de verdad.

El Padre eterno te engendró en su mente
desde la eternidad,
y antes que el mundo, ya eternamente,
fue tu natividad.

La plenitud del tiempo está cumplida;
rocío bienhechor
baja del cielo, trae nueva vida
al mundo pecador.

¡Oh santa noche! Hoy Cristo nacía
en mísero portal;
Hijo de Dios, recibe de María
la carne del mortal.

Señor Jesús, el hombre en este suelo
cantar quiere tu amor,
y, junto con los ángeles del cielo,
te ofrece su loor. 

Este Jesús en brazos de María
es nuestra redención;
cielos y tierra con su abrazo unía
de paz y de perdón.

Tú eres el Rey de Paz, de ti recibe
su luz el porvenir;
Ángel del gran Consejo, por ti vive
cuando llega a existir.

A ti, Señor, y al Padre la alabanza,
y de ambos al Amor.
Contigo al mundo llega la esperanza;
a ti gloria y honor.

Amén.

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IV – CONTEMPLATIO

¿Qué te ha hecho descubrir Dios?

1. ¿Con qué te ha sorprendido Dios?
Disfrútalo, saboréalo.

2. ¿Qué conversión de la mente, del corazón
y de la vida te pide el Señor?

3. Resonancia o eco

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V – ACTIO

¿Qué te mueve Dios a hacer?

1. Pide luz a Dios

2. Trata de fijar un compromiso

3. Revisión compromiso semana anterior

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CONCLUSIÓN:

  • Oración final:

Padre bueno,
tú que eres la fuente del amor,
te agradezco el don que me has hecho:
Jesús, palabra viva y alimento de mi vida espiritual.

Haz que lleve a la práctica la Palabra de tu Hijo
que he leído y acogido en mi interior,
de suerte que sepa contrastarla con mi vida.

Concédeme transformarla en lo cotidiano
para que pueda hallar mi felicidad en practicarla
y ser, entre los que vivo,
un signo vivo y testimonio auténtico
de tu evangelio de salvación.

Te lo pido por Cristo nuestro Señor.

Amén.

  • Texto próxima semana

Nm 6,22-27: “Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré”
Sal 66: “El Señor tenga piedad y nos bendiga”
Ga 4,4-7: “Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”
Lc 2,16-21: “Encontraron a María y a José y al Niño. A los ocho días le pusieron por nombre Jesús”

  • Encargados de preparar
  • Avisos
  • Canto

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