Archivo del Autor: P. Antonio Diufaín Mora

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Acerca de P. Antonio Diufaín Mora

Sacerdote católico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta (España). http://antoniodiufain.com

12 LA INFANCIA DE JESÚS


Enlazamos las Catequizis que ha preparado Juan Manuel Cotelo en su canal de YouTube, añadiéndoles unas preguntas del catecismo para memorizar, unas oraciones y algunas citas bíblicas que ayuden a asimilar el contenido de las Catequizis y ayudar así a la preparación de los niños para hacer su Primera Comunión.

CATEQUIZIS 12

Jesús nació y creció en una familia de emigrantes. ¡Y por eso aprendió a hablar en egipcio y a montar en camello!

SINTETIZA:

46. ¿Qué nos dice la fe cristiana acerca de Jesucristo?

La fe cristiana nos dice que Jesucristo es el Mesías, el Señor, el Hijo único de Dios, hecho hombre, que murió en la cruz por nuestros pecados; y a quien Dios, su Padre, resucitó de entre los muertos para nuestra salvación.

45 a) ¿Cuántas naturalezas hay en Jesucristo?

En Jesucristo hay dos naturalezas: una divina, porque es Dios, y otra humana, porque es hombre. 

45 b) ¿Cuántas personas hay en Jesucristo?

En Jesucristo hay una sola Persona, que es divina, y es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

45 c) ¿Qué significa el misterio de la Encarnación?

La Encarnación significa que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. No que sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea una mezcla confusa entre lo divino y lo humano, sino que el Verbo divino se hizo verdaderamente hombre, nuestro hermano, sin dejar de ser verdaderamente Dios, nuestro Señor. Por eso Jesucristo es el único Mediador entre Dios y los hombres.

45 d) ¿Qué significa que Jesucristo es verdadero hombre?

Que Jesucristo es verdadero hombre significa que tiene un cuerpo y un alma humanos; es decir: que tiene una inteligencia y una voluntad humanas y que es en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado. Pero su inteligencia y voluntad humanas están perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia y voluntad divinas que tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo.

46 a) ¿Para qué se hizo hombre el Hijo de Dios?

El Hijo de Dios se hizo hombre para salvarnos del pecado y darnos la vida eterna; es decir: para reconciliarnos con Dios, para que conociéramos el amor que Dios nos tiene, para hacernos partícipes de la naturaleza divina  —hijos adoptivos de Dios— y para ser nuestro modelo de vida y santidad.

53. ¿Qué hizo Jesús durante su vida pública?

Durante su vida pública, Jesús anunció e hizo presente la Buena Noticia de la Salvación: el Reino de Dios ya ha llegado a nosotros.

57. ¿Por qué la gente se admiraba al ver lo que hacía y decía Jesús?

La gente se admiraba porque Jesús pasó por la vida haciendo el bien con obras y palabras. Así mostraba que Dios quiere salvar a los hombres.

67 a) ¿Qué actitud debe tener el cristiano respecto a la Persona de Jesús?

El cristiano debe creer que Jesús es el Señor, que es Dios y que es el único Salvador.


LEE, MEDITA Y COMENTA:

Col 1,12-23
Flp 2,5-11
Ef 1,3-14


DOMINGO XXVII ORDINARIO “A”


 «El Reino comienza con la Muerte y Resurrección de Cristo»

Is 5,1-7: «La viña del Señor de los Ejércitos es la casa de Israel»
Sal 79,9-20: «La viña del Señor es la casa de Israel»
Flp 4,6-9: «El Dios de la paz estará con ustedes»

Mt 21,33-43: «Arrendará la viña a otros labradores»

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio anuncia la tercera parábola del Reino (ver los dos domingos anteriores), que resume la historia salvífica: las predilecciones de Dios; su Pueblo; los profetas, los enviados para recoger los frutos de la viña, asesinados por los viñadores; el Hijo, el Enviado por excelencia, a quien «mataron»; la desolación de Jerusalén…

El acento de la parábola –sobre todo a la luz de la canción de la viña que leemos en la primera lectura– está puesto en el amor de Dios por su viña: la cavó, le quitó las piedras, la plantó de cepa exquisita, la rodeo de una cerca… Todas ellas son expresiones que indican el cuidado delicado y amoroso que Dios ha tenido para con su Pueblo, Israel, elegido para anunciar y llevar la salvación a todas las naciones; y que tiene para con cada uno de nosotros, su nuevo Pueblo. Para darnos cuenta de ello hace falta detenernos a contemplar la historia de la salvación entera y la historia de nuestra vida: cómo Dios se ha volcado con ternura de manera sobreabundante. De ahí la queja dolorida del corazón de Dios ante la falta de correspondencia a su amor: «¿Qué más pude hacer por mi viña que no lo haya hecho?»

Y el lado luminoso de la misma historia: el desenlace salvador, «la piedra que desecharon los arquitectos… es ahora la piedra angular… ha sido un milagro patente». Consecuentemente el Reino pasa «a un pueblo que produzca sus frutos», a la Iglesia, el «nuevo Israel» reunido por Jesús en torno a sus doce Apóstoles, el pueblo de la última hora, los contratados al «atardecer», nosotros.

Ante tanto cuidado y tanto amor se entiende mejor la gravedad de la falta de respuesta. Dios ha preparado la viña y la ha puesto en nuestras manos haciendo alianza con nosotros. Y he aquí lo absurdo del pecado: esa viña tan cuidada por parte de Dios no da todavía el fruto que le corresponde.

Pero lo peor, lo que es realmente monstruoso, es que los viñadores se toman la viña por suya, despreciando al dueño. Esto es lo que ocurre en todo pecado: en vez de vivir como hijo, recibiendo todo de Dios, en dependencia de Él, el que peca se siente dueño, disponiendo de los dones de Dios a su antojo, hasta el punto de querer ponerse a sí mismo en el lugar de Dios. He aquí la atrocidad de todo pecado. Por eso también a nosotros se dirige la amenaza de Jesús de quitarnos la viña y entregarla a otros que den fruto.

Acosados por el desmesurado aprecio por la pertenencia y propiedad de las cosas, puede resultar difícil entender que no somos propietarios del Reino de Dios, sino llamados a trabajar en lo que es propiedad de Dios («su viña», su Reino) y a dar fruto.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios ama a su pueblo
(595 – 598)

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones.

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

La muerte redentora de Cristo
(599 – 605)

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios.»

Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado. San Pablo dice que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras». La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (Is 53, 7-8). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús y a los propios apóstoles.

La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos, no ha olvidado jamás que los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor. Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo, la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús.

No se puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, ni se puede ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el espacio y en el tiempo. Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II: «Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy.»

Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal «crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia» (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los Judíos. Porque según el testimonio del Apóstol, «de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria» (1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de Él con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre Él nuestras manos criminales.

Todos formamos parte del grupo de viñadores que mataron al Hijo. Pero el desenlace de la Cruz fue la Resurrección, con la nueva llamada al Reino, que comienza en la Iglesia, a todos los hombres.

Los cristianos somos «la viña del Señor»
(1695)

Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios, santificados y llamados a ser santos, los cristianos se convierten en «el templo del Espíritu Santo». Este «Espíritu del Hijo» nos enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en nosotros, nos hace obrar para dar «los frutos del Espíritu» por la caridad operante. Curando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente por una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como «hijos de la luz», «por la bondad, la justicia y la verdad» en todo.

Los cristianos somos llamados a llevar en adelante una «vida digna del Evangelio de Cristo». Por los sacramentos y la oración recibimos la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que nos capacitan para ello.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios» (S. León Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos
de tus viñadores.

Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.

Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos.

Amén.

11 EL NACIMIENTO DE JESÚS


Enlazamos las Catequizis que ha preparado Juan Manuel Cotelo en su canal de YouTube, añadiéndoles unas preguntas del catecismo para memorizar, unas oraciones y algunas citas bíblicas que ayuden a asimilar el contenido de las Catequizis y ayudar así a la preparación de los niños para hacer su Primera Comunión.

CATEQUIZIS 11

Dios vino a la Tierra para ayudarnos a portarnos bien. ¡Se hizo hombre! ¡Eso es lo que celebramos en Navidad!

SINTETIZA:

15. ¿Qué es la Revelación de Dios?

La Revelación de Dios es la comunicación que Dios ha hecho de sí mismo y de sus designios de salvación en favor de todos los hombres para llevarlos a la comunión de vida y amor con él.

16. ¿Cómo se ha revelado Dios?

Dios se ha revelado interviniendo, con obras y palabras, en la historia del pueblo de Israel y, por último a través de Jesucristo, que es la plenitud de toda la comunicación de Dios.

16 a) ¿Cuándo terminó la revelación? 

La revelación terminó con Jesucristo: Dios envió a su Hijo para salvar al hombre y comunicar su palabra definitiva, de forma que ya no habrá otra revelación después de Él.

44. ¿Quién es Jesucristo?

Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre, que nació de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo. Es verdadero Dios y verdadero hombre.

45. ¿Qué significa que el Hijo de Dios se encarnó?

Que el Hijo de Dios se encarnó significa que el Hijo único y eterno de Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre débil y mortal, igual en todo a nosotros, menos en el pecado.

50. ¿Por qué llamamos Maestro a Jesús?

Llamamos Maestro a Jesús, porque Él nos enseña a amar Dios y al prójimo.

47. ¿Quién es la Virgen María?

La Virgen María es la Madre de Jesús y Madre nuestra, concebida sin pecado original, que está en el Cielo en cuerpo y alma.

52. ¿Qué nos enseñan los Evangelios sobre la infancia de Jesús?

Los Evangelios nos enseñan que Jesús nació en Belén y vivió en Nazaret con María y José. Junto a ellos, creció en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres.


LEE, MEDITA Y COMENTA:

Lc 1
Hb 1,1-5
Mt 16,13-17
Lc 9,18-20
Lc 1,26-38
Lc 2,1-20
Mt 1,18-2,23