Archivo del Autor: P. Antonio Diufaín Mora

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Acerca de P. Antonio Diufaín Mora

Sacerdote católico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta (España). http://antoniodiufain.com

SAN PEDRO Y SAN PABLO, APÓSTOLES (29 de Junio)


«Pedro fue el primero en confesar la fe; Pablo, el maestro insigne que la interpretó»

Hch 12,1-11:                     «El Señor me ha librado de las manos de Herodes».

Sal 18,2-4:                     «El Señor me libró de todas mis ansias.»

2Tm 4,6-8.17-18:                 «Ahora me aguarda la corona merecida»

Mt 16,13-19:                     «Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los Cielos».

 

I. LA PALABRA DE DIOS

La fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo nos trae a la memoria los inicios de la Iglesia. Sin medios, sin poder, en total debilidad, realizaron grandes cosas.

San Lucas busca deliberadamente una relación entre la prisión y liberación de Pedro y las que se dan en otros momentos de la Historia de la Salvación.

La misma experiencia parece hacer notar San Pablo, al sentir que Dios le ayuda y que le llevará al cielo. Ha ido dejándose ganar por Cristo. Ha sabido adaptar perfectamente el mensaje cristiano a las diversas culturas y se siente satisfecho por haberlo anunciado a los gentiles.

Tanto Pedro como Pablo han vibrado con un amor tierno y apasionado a Cristo. Apóstol no es el que sabe muchas cosas, sino el que ama a Cristo apasionadamente, hasta el punto de estar dispuesto a perderlo todo por Él. Pedro y Pablo se desgastaron predicando el Evangelio, y al final perdieron por Cristo la vida. Así plantaron la Iglesia. Y sólo así puede seguir siendo edificada.

Jesús pensó en la Iglesia y la quiso siempre bajo Pedro y sus sucesores. Es de fe divina y católica, solemnemente definida, que Cristo, conforme a su promesa, concedió a Pedro el primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia. La afirmación de Lutero, de que esas palabras de Jesús sólo se dirigían a Pedro, no a sus sucesores, está condenada en la doctrina de la Iglesia.

Cristo ha dejado en la Iglesia un signo de su presencia: la «roca», fundamento de la unidad, aglutinante de cuantos creemos en Jesús, garantía de nuestra fe. Las «llaves» son signo de poder, en particular del poder de enseñar, de adoctrinar. Jesús entregará a Pedro la suprema autoridad visible sobre su Iglesia; cuando Jesús se ausente visiblemente, Pedro quedará haciéndolo presente y visible, con una presencia singular. «Lo que ates…, lo que desates…» indica la totalidad de poder (declarar lícito o ilícito en lo doctrinal; admitir o rechazar en la comunidad) e incluye el pleno poder de absolver y condenar. Pedro administra un poder cuyo dueño es Jesús. Y, como Cristo, será piedra «probada», «rechazada por los arquitectos», pero «piedra angular».

En nuestra sociedad proliferan personas y grupos que aceptan plenamente la doctrina pontificia y para quienes la figura del Papa suscita entusiasmos. Sus viajes y las multitudinarias adhesiones en ellos recibida así lo avalan. Pero hay también quienes lo rechazan y combaten su pensamiento ¿Será que es por sí mismo piedra de escándalo? De algo estamos todos muy ciertos: El Papa a nadie deja indiferente.

A esta Piedra-Palabra de Salvación (Cristo-Pedro-Apóstoles) hemos de acercarnos todos, apoyándonos en el sí de nuestra fe, arraigados y edificados en la fe de la Iglesia para ser «piedras vivas», para ser pueblo del Señor.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

Pedro, piedra de la Iglesia
(881 – 882, 891)

El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente a él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó Pastor de todo el rebaño. Está claro que también el Colegio de los apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro. Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles. El Pontífice Romano tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad.

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de infalibilidad en materia de fe y de costumbres en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar «como revelado por Dios para ser creído» y como enseñanza de Cristo, hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe. Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina.

Vivir en comunión con la Iglesia
(837; 2034
2040)

Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión.

La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3, 15), recibió de los apóstoles el solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva. Por tanto, compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.

El Romano Pontífice y los obispos, como maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo, predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica. El magisterio ordinario y universal del Papa, y de los obispos en comunión con él, enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.

El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina; se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas.

La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida por el Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las prescripciones de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce una parte esencial de su función profética de anunciar a los hombres lo que son en verdad y de recordarles lo que deben ser ante Dios.

La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, sanan la razón humana herida. Tienen el deber de observar las constituciones y los decretos promulgados por la autoridad legítima de la Iglesia.

La conciencia de cada cual en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor empeño debe abrirse a la consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia.

Así puede desarrollarse entre los cristianos un verdadero espíritu filial con respecto a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo miembros del Cuerpo de Cristo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que no cree en la unidad de la Iglesia, ¿puede tener fe? El que se opone y resiste a la Iglesia, el que abandona la cátedra de Pedro, sobre la que aquella está fundada, ¿puede pensar que se halla dentro de la Iglesia? También el bienaventurado Pablo enseña lo mismo y pone de manifiesto el misterio de la unidad, cuando dice: Sólo hay un cuerpo y un espíritu, como también una sola esperanza a la que habéis sido llamados: un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo»» (San Cipriano).

IV LA ORACIÓN CRISTIANA

El Señor te dijo: «Simón, tú eres Piedra,
sobre este cimiento fundaré mi Iglesia:
la roca perenne, la nave ligera.
No podrá el infierno jamás contra ella.
Te daré las llaves para abrir la puerta.»
Vicario de Cristo, timón de la Iglesia
.

Pablo, tu palabra, como una saeta,
llevó el Evangelio por toda la tierra.
Doctor de las gentes, vas sembrando Iglesias;
leemos tus cartas en las asambleas,
y siempre de Cristo nos hablas en ellas;
la cruz es tu gloria, tu vida y tu ciencia
.

San Pedro y san Pablo: en la Roma eterna
quedasteis sembrados cual trigo en la tierra;
sobre los sepulcros, espigas, cosechas,
con riesgo de sangre plantasteis la Iglesia.
San Pedro y san Pablo, columnas señeras,
testigos de Cristo y de sus promesas
.

San Pedro y san Pablo, unidos
por un martirio de amor,
en la fe comprometidos,
llevadnos hasta el Señor. Amén.

DOMINGO XIII ORDINARIO “A”


«La radicalidad evangélica frente a la mediocridad»

2R 4,8-11.14-16:     «Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí»

Sal 88,2-19:        «Cantaré eternamente las misericordias del Señor»

Rm 6,3-4.8-11:     «Por el Bautismo fuimos sepultados con Él, para que andemos en una vida nueva»

Mt 10,37-42:         «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mi»

 

I. LA PALABRA DE DIOS

Dios visita al matrimonio de Sunam y, por medio de Eliseo, le concede el hijo que hasta entonces no habían logrado. Era el premio de la hospitalidad hacia el Profeta. Abrir la puerta al pobre es abrírsela a Dios, a su gracia, a la salvación (1.a Lect.).

«Así como Cristo … también nosotros». He aquí la base de la novedad cristiana. Lo que Cristo es y vive estamos llamados a serlo y vivirlo también nosotros. Pero no como una imitación «desde fuera». Por el bautismo hemos sigo injertados a Cristo y Él vive en nosotros (Gal 2,20). Todo lo suyo es nuestro: sus virtudes, sus sentimientos, sus actitudes… Por eso, para un cristiano lo más natural es vivir como Cristo. No se nos pide nada extraño o imposible: se trata sencillamente de dejar que se desarrolle plenamente esa vida que ya está en nosotros.

«Considérense muertos al pecado…» La fe nos hace vernos a nosotros mismos como Dios nos ve. Por el bautismo hemos muerto al pecado, a quedado destruida «nuestra personalidad pecadora» y hemos cesado de ser esclavos del pecado (Rom 6,6). Se trata de tomar conciencia de este don recibido. ¿Por qué seguir pensando y actuando como si el pecado fuera insuperable? El pecado no tiene por qué esclavizarnos, pues Cristo nos ha liberado y la fuerza del pecado ha quedado radicalmente neutralizada. Hemos muerto al pecado: vivamos como tales muertos. «Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo seguir viviendo en él?» (Rom 6,2).

«…Y vivos para Dios en Cristo Jesús». La muerte al pecado es sólo la cara negativa. Lo más importante es la vida nueva que ha sido depositada en nuestra alma. Y esta vida nueva es esencialmente positiva: consiste en vivir –lo mismo que Cristo– para Dios, en la pertenencia total y exclusiva a Dios, dedicados a Él en alma y cuerpo. Esta es la riqueza y la eficacia de nuestro bautismo. Se trata sencillamente de cobrar conciencia de ello y dejar que aflore en nuestra vida lo que ya somos. ¡Reconoce, cristiano tu dignidad! ¡Sé lo que eres!

«El que quiere a su padre o a su madre (a su hijo o a su hija) más que a mí no es digno de mí»: Cuando se escribieron estos versículos, la conversión al cristianismo suponía en muchos casos la ruptura con la familia, la pérdida de posición social o de bienes materiales. Aun los amores más santos y bendecidos por Dios no deben anteponerse al amor de Cristo. Estamos en la esfera del primer mandamiento –«Nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas»– y Jesús reclama para sí un amor semejante; así declara implícitamente su divinidad: sólo Dios puede exigir una adhesión a él tan inaudita.

La vida nueva ha de ser conducida por caminos nuevos. Por el «Camino» que es Jesucristo, de modo que nada ni nadie nos impida vivir en comunión con Él.

Ante evangelios como este, hemos adquirido el hábito de no darnos por aludidos, como si fueran dirigidos sólo a las monjas o a los sacerdotes. Y, sin embargo, estas palabras de Jesús van dirigidas a todos, para indicar que ningún lazo familiar, incluso bueno y legítimo, debe ser estorbo para seguirle a Él; y en el caso de que se plantease conflicto entre un lazo familiar y el seguir a Jesús, habría que elegir seguir a Jesús. Lo contrario significa no ser dignos de Él.

Se necesita la lógica de la fe y la luz del Espíritu para entender que lo que parece perder la vida es ganarla y lo que parece muerte es en realidad vida. Porque se trata de preferir a Cristo no solo por encima de los cariños familiares, sino incluso antes que la propia vida, antes que la propia comodidad, antes que la propia fama… estando dispuestos a ser despreciados y perseguidos por Cristo, a perderlo todo por Él, a sacrificarlo todo por Él.

Perderlo todo por Cristo: en realidad este evangelio nos está proponiendo un gran negocio, pues se trata de ganar a Cristo, cuyo amor vale infinitamente más que todo lo demás. Deberíamos mirar más a Cristo para dejarnos entusiasmar por Él. Es infinitamente más lo que recibimos que lo que damos.

Además, el evangelio de hoy nos propone otro «negocio» continuo. Un simple vaso de agua dado a un pobrecillo cualquiera, sólo porque es discípulo de Jesús, no perderá su paga. ¿Cuántas pagas perdemos cada día?

II. LA FE DE LA IGLESIA

La primera vocación del cristiano
es seguir a Jesucristo:
(2232-2233).

Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi».

Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal. Deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla.

Jesús, nuestro modelo:
(520).

Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo. Él es el hombre perfecto que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo a imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza invita a aceptar libremente la privación y las persecuciones.

Cristo, centro de toda vida cristiana:
(1618-1620).

Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales. Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya, para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle, para ir al encuentro del Esposo que viene. Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo.

La virginidad, o el celibato por el Reino de los Cielos, es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo.

Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la virginidad por el Reino y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Les ruego que piensen que Jesucristo, Nuestro Señor, es su verdadera Cabeza, y que ustedes son uno de sus miembros. Él es con relación a ustedes lo que la cabeza es con relación a sus miembros; todo lo que es Suyo es de ustedes, su Espíritu, su corazón, su cuerpo, su alma y todas sus facultades, y deben usar de ellas como de cosas que son de ustedes, para servir, alabar, amar y glorificar a Dios. Ustedes y Él son como los miembros y su cabeza. Así desea Él ardientemente usar de todo lo que hay en ustedes, para el servicio y la gloria de Su Padre, como de cosas que son de Él» (S. Juan Eudes ).

«El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo; se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable» (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Otra vez -te conozco- me has llamado.
Y no es la hora, no; pero me avisas.
De nuevo traen tus celestiales brisas
claros mensajes al acantilado

del corazón, que, sordo a tu cuidado,
fortalezas de tierra eleva, en prisas
de la sangre se mueve, en indecisas
torres, arenas, se recrea, alzado.

Y tú llamas y llamas, y me hieres,
y te pregunto aún, Señor, qué quieres,
qué alto vienes a dar a mi jornada.

Perdóname, si no te tengo dentro,
si no sé amar nuestro mortal encuentro,
si no estoy preparado a tu llegada.

Amén.

DOMINGO XII ORDINARIO “A”



«No tengáis miedo»

Jr 20,10-13:             «Libró la vida del pobre de manos de los impíos»

Sal 68,8-35:             «Que me escuche tu gran bondad, Señor»

Rm 5,12-15:             «El don no se puede comparar con la caída»

Mt 10,26-33:             «No tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo»

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En Jeremías, la audacia supera al temor. Pasa del «pavor en torno» a «el Señor está conmigo, mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo».

Gracias a un solo hombre, Jesucristo, «la gracia otorgada por Dios… sobró para la multitud». Merced a esta misericordia y don de Dios, la fuerza de Jesús está con los que creen en Él.

Ante evangelios como este uno se sorprende viendo lo cobardes que podemos llegar a ser los cristianos. Jesús nos dice que no tengamos miedo a los que matan el cuerpo, y sin embargo todo son temores ante el sufrimiento, ante la muerte, ante lo que los hombres puedan hacernos, ante lo que puedan opinar o decir de nosotros…

«Las azoteas» no son las sacristías, ni «la intimidad de la conciencia», ni el «ámbito privado», donde parece que nos quieren recluir a los cristianos en una sociedad laicista y anticatólica. La razón para no tener miedo es que Dios nos envía para dar a conocer el Evangelio a todos mediante nuestro testimonio público. El verdadero cristiano –es decir, el que tiene una fe viva– encuentra su seguridad en el Padre. Si Dios cuida de los gorriones ¿cómo no va a cuidar de sus hijos? Sabe que nada malo puede pasarle.

Lo que ocurre es que a veces llamamos malo a lo que en realidad no es malo. ¿Qué de malo puede tener que nos quiten la vida, o nos arranquen la piel a tiras, o nos crucifiquen en una televisión, si eso nos da la vida eterna? Ahí está el testimonio de tantos mártires a lo largo de la historia de la Iglesia, que han ido gozosos y contentos al martirio en medio de terribles tormentos.

«Los que matan el cuerpo»: El discípulo no es más que el Maestro. Habrá persecución y martirio, pero el poder de los perseguidores es ridículo: todo lo que pueden hacer, lo hace también un simple microbio. Lo importante es la fidelidad a Dios con «santo temor» o respeto que es quien tiene poder sobre el alma.

El único mal real que el hombre debe temer es el pecado, que le llevaría a una condenación eterna –«temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo»–. Ante este evangelio, ¡cuántas maneras de pensar y de actuar tienen que cambiar en nuestra vida!.

Este evangelio de hoy nos invita a mirar al juicio –«nada hay escondido que no llegue a saberse»–. En ese momento se aclarará todo. Y en esa perspectiva, ante lo único que tenemos que temblar es ante la posibilidad de avergonzarnos de Cristo, pues en tal caso también Él se avergonzará de nosotros ese día ante el Padre.

Por otro lado, en los dos últimos versículos hay una nueva formulación implícita de la divinidad de Jesús; si decir que le pertenecemos, o negarlo, es afirmar nuestra salvación o condenación eternas, quien habla así es más que el simple «Jesús de Nazaret».

La sociedad humana, tantas veces tan hostil a principios irrenunciables para un cristiano, nos ofrece la oportunidad de defender valientemente nuestra fe. No se trata de crearse enemigos ni de suscitar polémicas inútiles para ejercer de héroes todos los días; pero viviendo sencillamente nuestras verdades suscitaremos interrogantes en muchos, especialmente entre quienes creen estar muy seguros «de su propia verdad».

Estamos llamados a la valentía de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad.

II. LA FE DE LA IGLESIA

¡Ánimo! Yo he vencido al mundo
(1808)

La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso hasta la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. «Mi fuerza y mi cántico es el Señor». «En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo».

Dar testimonio de la verdad
(2471 – 2474, 1302, 2499)

Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad». El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor». En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres».

El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad.

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar, con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra, al hombre nuevo de que se revistieron por el Bautismo. La fuerza del Espíritu Santo les ha fortalecido con la Confirmación para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz.

El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza.

Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.

La moral cristiana denuncia la llaga de los estados totalitarios que falsifican sistemáticamente la verdad, ejercen mediante los medios de comunicación un dominio político de la opinión, manipulan a los acusados y a los testigos en los procesos públicos y tratan de asegurar su tiranía yugulando y reprimiendo todo lo que consideran «delitos de opinión».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir para unirme a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros» (S. Ignacio de Antioquía).

«Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no obedece más que a Él (lo cual pertenece a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia puede derribar (lo cual pertenece a la fortaleza)» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Pléyade santa y noble de mártires insignes,
testigos inmortales del Cristo victimado;
dichosos, pues sufristeis la cruz de vuestro Amado
Señor, que a su dolor vuestro dolor ha unido.

Bebisteis por su amor el cáliz de la sangre,
dichosos cirineos, camino del Calvario,
seguisteis, no dejasteis a Jesús en solitario,
llevasteis vuestra cruz junto a su cruz unida.

Rebosa ya el rosal de rosas escarlatas,
y la luz del sol tiñe de rojo el alto cielo,
la muerte estupefacta contempla vuestro vuelo,
enjambre de profetas y justos perseguidos.

Vuestro valor intrépido deshaga cobardías
de cuantos en la vida persigue la injusticia;
siguiendo vuestras huellas, hagamos la milicia,
sirviendo con amor la paz de Jesucristo. Amén
.