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DOMINGO VII ORDINARIO “B”



«Miren que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?»

Is 43,18-19.21-22.24b-25: «Por mi cuenta borraba tus crímenes»
Sal 40: «Sáname, Señor, pues he pecado contra ti»
2 Co 1,18-22: «En Jesús todo se ha convertido en un «sí»»

Mc 2,1-12: «El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados»


I. LA PALABRA DE DIOS

Con todo lo importante que habían sido las intervenciones de Dios en favor de su pueblo,  el profeta Isaías dice que no se pueden comparar con lo que ahora se prepara. Era el retorno de la cautividad de Babilonia lo que estaba a punto de suceder. Si grande había sido el castigo de la deportación, mayor sería el gozo del retorno. Todo, como siempre, fruto de la gratuidad divina.

«Llegaron cuatro llevando un paralítico». El gesto de estos cuatro personajes anónimos resulta precioso e iluminador para nosotros. El paralítico –por definición– no se puede mover por sí mismo, pero estos amigos le colocan ante Jesús. Y «viendo Jesús la fe que tenían» realiza el milagro. 

Hay en nuestro mundo y a nuestro alrededor muchos paralíticos por la incredulidad o por el pecado. A nosotros nos toca acercarnos a ellos y ponerlos a los pies de Jesús con una fe intensa y confiada. Lo demás es cosa del Señor. El evangelio no dice si ese hombre tenía fe en Jesús o sólo se dejó llevar por sus amigos. Lo que sí afirma es la fe de aquellos cuatro que arrancan el milagro a Jesús. ¿Presentamos a las personas al Señor? ¿Acercamos a nuestros amigos a Cristo? ¿Con qué fe lo hacemos?

«Para que vean…» Jesús realiza la curación que le piden, pero deja claro que lo que le interesa es sobre todo la sanación interior. Las palabras de Jesús al paralítico descubren la raíz última de cualquier miseria humana: la verdadera enfermedad de aquel hombre era su pecado; por eso es lo primero que Jesús cura. Por otra parte, el perdón de Cristo no queda en algo meramente interno, sino que gana para el reino de Dios a toda la persona: llega primeramente al alma, por ella al cuerpo, y con él a toda la creación. Dios quiere el bien entero del hombre, cuerpo y alma. Nosotros, en cambio, con demasiada frecuencia sólo nos damos cuenta de la necesidad corporal. Sin embargo, hay enfermedades físicas que son ocasión de un bien espiritual enorme y de santificación para quién la padece y para muchas otras personas; mientras la enfermedad espiritual, a la que no solemos dar demasiada importancia, puede llevar –aun con perfecta salud física– a la condenación eterna propia y de los que el Señor ha querido hacer depender de nosotros.

«Hijo, tus pecados te quedan perdonados». «Quedan perdonados tus pecados» es más que «Dios perdona tus pecados», afirmación que no hubiera escandalizado a los escribas; lo que les escandaliza es que allí hay «otro» que perdona, como lo hace Dios; aun aceptando a Jesús como Mesías, hubieran esperado de él que aniquilara a los pecadores, no que los perdonara. «Eso es una blasfemia», la acusación de blasfemia –de apropiarse prerrogativas divinas– será la decisiva para condenarlo a muerte.

«El Hijo del Hombre». Esta expresión, en el Antiguo Testamento, se aplica a un individuo celeste y transcendente, juez escatológico –que recibirá imperio eterno sobre todos los pueblos de la tierra– a veces entendido como Mesías nacionalista. En el Nuevo testamento, aparece en boca de Jesús como título que, sin revelar del todo el misterio de su persona, une dos extremos de su vida y su misión: la debilidad de su existencia terrena hasta la cruz (como el título «siervo de Yahvé» en Isaías), y su venida gloriosa como Juez universal al fin de los tiempos.

«Nunca hemos visto una cosa igual». Las acciones de Jesús producen asombro y admiración. Los que contemplaron este prodigio «daban gloria a Dios». ¿Sé descubrir las acciones de Cristo? ¿Me alegro de ellas? ¿Me admiro? Más aún, ¿tengo fe para esperar cosas grandes, como aquellos cuatro amigos del evangelio de hoy?


II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesucristo es Dios
(589)

Jesús escandalizó a los fariseos sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos. Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores, los admitía al banquete mesiánico. Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?». Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema –porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios– o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios.

Sólo Dios perdona el pecado
(1441 – 1449)

Sólo Dios perdona los pecados. Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: «El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra» y ejerce ese poder divino: «Tus pecados están perdonados». Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.

Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del ministerio de la reconciliación. El apóstol es enviado en nombre de Cristo, y es Dios mismo quien, a través de él, exhorta y suplica: «Déjense reconciliar con Dios».

Reconciliación con la Iglesia
(1443 – 1445)

Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, Él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios y el retorno al seno del pueblo de Dios.

Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro.

Las palabras «atar y desatar» significan: aquel a quien excluyan de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que reciban de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

El sacramento del perdón
(1446; 2839)

Cristo instituyó el Sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como la segunda tabla de salvación después del naufragio que es la pérdida de la gracia por el pecado.

Los cristianos, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. En la Confesión, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo, y nos reconocemos pecadores ante Él, como el publicano. Al confesar nuestros pecados afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. En el sacramentos de la Confesión encontramos el signo eficaz e indudable de su perdón.


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados; si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador, son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre, es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que Él ha hecho… Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas» (San Agustín).


IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Cuando la luz del sol es ya poniente,
gracias, Señor, es nuestra melodía;
recibe, como ofrenda, amablemente,
nuestro dolor, trabajo y alegría.

Si poco fue el amor en nuestro empeño
de darle vida al día que fenece,
convierta en realidad lo que fue un sueño
tu gran amor que todo lo engrandece.

Tu cruz, Señor, redime nuestra suerte
de pecadora en justa, e ilumina
la senda de la vida y de la muerte
del hombre que en la fe lucha y camina.

Jesús, Hijo del Padre, cuando avanza
la noche oscura sobre nuestro día,
concédenos la paz y la esperanza
de esperar cada noche tu gran día. 

Amén.

DOMINGO VI ORDINARIO “B”



«El que cree en Cristo como vencedor del mal, nunca desaprovechará el paso del Señor»

Lv 13,1-2.44-46: «El leproso vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento«
Sal 31: «Perdona, Señor, nuestros pecados«
1 Co 10,31-11,1: «Sigan  mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo«

Mc 1,40-45: «La lepra se le quitó y quedó limpio«


I. LA PALABRA DE DIOS

Evangelio y primera lectura: Al leproso se le consideraba un castigado por Dios por pecados ocultos. Debía ser declarado «oficialmente impuro» y quedaba totalmente marginado de la sociedad humana y de la comunidad religiosa. Apartado del culto, no podía entrar en la sinagoga; y si alguno mejoraba de su mal, se le permitía entrar pero poniéndose en un sitio aparte. 

Jesús no sólo no lo rechaza, sino que se acerca a él y le toca: de ese modo el que era impuro queda purificado, sanado y reintegrado a la normalidad al ser tocado por el Santo de Dios. Aunque Jesús le impone silencio, el gozo de la salvación es demasiado grande como para seguir callado.

La curación del leproso es un milagro real: un suceso o fenómeno sensible que es un signo religioso, realizado por el poder divino al margen de, o contra, el curso ordinario de la naturaleza, es decir, que no puede explicarse por las leyes que rigen el curso ordinario de la naturaleza tal como la conocemos. La fe y el gesto de adoración por parte del leproso no son fuerzas psicológicas suficientes que puedan producir ni explicar una curación física real e inmediata.

En los milagros de Jesús podemos subrayar: a) la autoridad soberana con que los realiza, a la vez que con discreción y pudor, huyendo de todo «espectáculo»; b) La vinculación entre lo milagroso y su persona, que actúa a través de su humanidad (tocando, hablando, etc.); c) la fe no es consecuencia lógica y automática de un milagro –a veces quienes lo presenciaron se cegaron más–, sino un dato previo, la perspectiva correcta para «entender» un milagro.

La lucha contra el pecado es manifestada por los evangelistas a través de las curaciones. Y cuando la enfermedad lleva consigo el apartamiento y la segregación social, la persona es reintegrada y devuelta a la comunidad como signo, no sólo de curación, sino de reconciliación. 

Segunda lectura: «Cuando coman o beban o hagan cualquier cosa, háganlo todo para gloria de Dios». El cristiano, consagrado por el bautismo, puede y debe ver todo santamente. El valor de lo que hacemos no está en lo externo, sino en cómo lo hacemos. Todo puede ser orientado a la gloria de Dios, todo: la comida, la bebida, cualquier cosa que hagamos.

«No den motivo de escándalo». Esta advertencia de san Pablo es también para nosotros. Incluso sin querer, sin darnos cuenta, podemos estar poniendo estorbos para que otros se acerquen a Cristo. Escándalo es todo lo que sirve de tropiezo al hermano o le frena en su entrega al Señor. Y las palabras de Cristo sobre el escándalo son terribles: «¡Ay del que escandaliza! Más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar» (Mt 18,6).

 «Sigan mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo». Sólo la imitación de Cristo no escandaliza. Al contrario, estimula en el camino del evangelio. Cuando vemos a alguien seguir el ejemplo de Cristo, comprobamos que su palabra se puede cumplir y ese ejemplo aviva nuestra esperanza. En cambio, decir una cosa y hacer otra es escandaloso.


II. LA FE DE LA IGLESIA

La providencia y el escándalo del mal
(309 – 314; 549)

Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal –el dolor, la enfermedad, la muerte…–? A esta pregunta, tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa, no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.

Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Sin embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo «en camino» hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección.

Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien.

Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas. Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás –el rechazo y la muerte del Hijo de Dios– causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.

Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios «cara a cara», nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación.

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

Y líbranos del mal 
(2850 – 2854)

La última petición del Padrenuestro concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el «nosotros», en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia humana. 

En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» es aquél que «se atraviesa» [dia – bolos]  en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.

Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira, Satanás, el seductor del mundo entero, es aquél por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será liberada del pecado y de la muerte.

La victoria sobre el «príncipe de este mundo» se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo está «echado abajo». Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: «Ven, Señor Jesús» ya que su Venida nos librará del Maligno.

Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. 


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas también os protege y os guarda contra las astucias del Diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al Demonio. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (San Ambrosio).

«A los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede: Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin» (Santa Catalina de Siena).

Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que El quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor«.


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El dolor extendido por tu cuerpo,
sometida tu alma como un lago,
vas a morir y mueres por nosotros
ante el Padre que acepta perdonándonos.

Cristo, gracias aún, gracias, que aún duele
tu agonía en el mundo, en tus hermanos.
Que hay hambre, ese resumen de injusticias;
que hay hombre en el que estás crucificado.

Gracias por tu palabra que está viva,
y aquí la van diciendo nuestros labios;
gracias porque eres Dios y hablas a Dios
de nuestras soledades, nuestros bandos.

Que no existan verdugos, que no insistan;
rezas hoy con nosotros que rezamos.
Porque existen las víctimas, el llanto. 

Amén.

DOMINGO V ORDINARIO “B”



«Nuestros corazones sanan; nuestras heridas se curan: ha llegado a nosotros el Reino de Dios»

Jb 7,1-4.6-7: «Mis días se consumen sin esperanza»
Sal 146: «Alabemos al Señor, nuestro Dios»
1 Co 9,16-19.22-23: «!Ay de mí, si no anuncio el Evangelio

Mc 1,29-39: «Curó a muchos enfermos de diversos males»


I. LA PALABRA DE DIOS

El domingo quinto  nos lleva a contemplar a un Jesús que salva a todo el hombre –curación de enfermos en su cuerpo y sanación de endemoniados en su espíritu– y a todos los hombres –las multitudes que acuden a Él–. De ese modo levanta de su postración y abatimiento –a la suegra de Pedro «la cogió de la mano y la levantó»– a los hombres que bajo el peso del mal ven pasar sus días como un soplo y consumirse sin dicha y sin esperanza –personificados en Job–.

«¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!». Estas palabras de san Pablo son para todos, también para nosotros. Anunciar el evangelio es un deber, una obligación que incumbe a todo cristiano. Todo cristiano es un apóstol, un enviado de Cristo en el mundo. Para anunciar el evangelio no hace falta subir a un púlpito ni hablar por un megáfono. Podemos hablar de Cristo en casa y por la calle, a los vecinos y a los compañeros de trabajo, con nuestra palabra y con nuestra vida. ¡Pero es necesario que lo hagamos! ¿Cómo puede creer la gente sin que alguien les hable de Cristo?

«Me he hecho todo a todos para ganar, como sea, a algunos». ¡Admirable testimonio de san Pablo! Hacerse todo a todos significa renunciar a sus costumbres, a sus gustos, a sus formas… Y todo para que se salven algunos, para llevarles al Evangelio. Exactamente lo que hizo el mismo Cristo, que se despojó de su rango y se hizo uno de nosotros para hablarnos al modo humano, con palabras y gestos que pudiéramos entender. A la luz de esto, nunca podemos decir que hemos hecho bastante para llevar a los demás a Cristo. 

«Sin usar el derecho que me da la predicación de esta Buena Noticia». San Pablo reconoce que el que predica tiene derecho a vivir del evangelio. Sin embargo, gustosamente ha renunciado a este derecho, no recibiendo nada de los corintios y trabajando con sus propias manos, «para no crear obstáculo alguno al evangelio». El que anuncia el evangelio debe dar testimonio de absoluto desinterés personal, renunciando incluso a lo justo y a lo necesario. Sólo así podrá ser testigo creíble de una palabra que anuncia el amor gratuito de Dios. 

«Jesús … fue a un lugar desierto; allí estuvo orando». Es enormemente hermoso en los evangelios el misterio de la oración personal de Jesús. El Hijo de Dios hecho hombre vive una continua y profunda intimidad con el Padre. A través de su conciencia humana Jesús se sabe intensamente amado por el Padre. Y su oración es una de las expresiones más hermosas de su conciencia filial. Se sabe recibiéndolo todo del Padre y a Él lo devuelve todo en una entrega perfecta de amor agradecido.

«Todos te buscan». Estas palabras de los discípulos centran la atención en la persona de Jesús. Todo hombre ha sido creado para Cristo y todo hombre –aun sin saberlo– busca a Cristo; incluso el que le rechaza, en el fondo necesita a Cristo. Su búsqueda de alegría, de bien, de justicia, es búsqueda de Cristo, el único que puede colmar todos los anhelos del corazón humano.

«Le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio». San Marcos nos presenta a Jesús realizando curaciones. De esta manera se expresa, mejor que con palabras, su poder de salvar del pecado. Los endemoniados son distintos de los enfermos, aunque también ellos son criaturas enfermas, seres degradados. Sin llegar a este estado, todo hombre en pecado está pervertido y enfermo, por muchos éxitos aparentes que tenga.

«No dejó que los demonios hablaran». La consigna del silencio aparece en tantas ocasiones, especialmente en el Evangelio de san Marcos, que se ha acuñado el término técnico «secreto mesiánico». Muy probablemente era un recurso pedagógico de Jesús, para evitar que lo identificaran con un Mesías político liberador de la dominación romana; también podría ser un recurso literario del evangelista, para no anticipar la plena identidad de Jesús hasta después de la resurrección.

Con este evangelio la Iglesia quiere afianzar nuestra fe en Jesús que es capaz de sanar a un mundo –el nuestro– y a unos hombres –nuestros hermanos y nosotros mismos– profundamente enfermos. Cristo puede hacerlo; la única condición para hacer el milagro es nuestra fe: «¿Crees que puedo hacerlo?».


II. LA FE DE LA IGLESIA

Los signos del reino de Dios
(547 – 549)

Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús que concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. 

Al liberar a algunos hombres de los males terrenos, del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en nuestra vocación de hijos de Dios y causa de todas nuestras servidumbres humanas.

Jesús ora y nos enseña a orar
(2599 – 2615)

El Hijo de Dios hecho hombre también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. El aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las «maravillas» del Todopoderoso y las meditaba en su corazón. La oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con y para los hombres.

Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión; ora también ante los momentos decisivos que van a comprometer la misión de sus Apóstoles. La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.

Es, sobre todo, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar. Entonces, puede aprender del Maestro de la oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre. Cuando Jesús ora, ya nos enseña a orar.


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Jesús ora por nosotros, como sacerdote nuestro; ora en nosotros, como cabeza nuestra; a Él dirige nuestra oración, como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros» (San Agustín).


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Cuando sembramos de esperanza,
cuando regamos con dolor,
con las gavillas en las manos,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. 
Amén.