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DOMINGO XXI ORDINARIO “C”



«Id al mundo entero y predicad el evangelio»

Is 66, 18-21: Traerán a todos vuestros hermanos de entre todas las naciones.

Sal 116, 1. 2 Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Hb 12,5-7.11-13: El Señor reprende a los que ama.

Lc 13, 22-30: Vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.

I. LA PALABRA DE DIOS

La salvación de Dios anunciada en la profecía de Isaías es universal, sin barreras religiosas ni tribales.

El autor de la carta a los Hebreos expone que en el camino hacia Dios, guiados por la fe, hay lugar para las penalidades que conviene sobrellevar con espíritu penitencial, aceptándolas como advertencias y correctivos divinos.

Jesús en el Evangelio parte de una pregunta que le da lugar a una catequesis sobre el número de los que se salvarán. Dios quiere que todos los hombres se salven, pero hay que esforzarse por hacer el bien, sacrificando lo que haga falta, pues la puerta es estrecha.

«¿Serán pocos los que se salven?» Jesús no suele responder a las preguntas malintencionadas ni a las realizadas por simple curiosidad. Tampoco a las mal formuladas, como en este caso; o mejor dicho, responde rectificando. Jesús no quiere decir si serán pocos o muchos los que se salven, porque es una curiosidad inútil o una búsqueda de seguridad y tranquilidad o una excusa en la responsabilidad personal. Responde invitando a entrar por la puerta estrecha. Es como decir: «Puedes salvarte o condenarte; en tu mano está acoger la salvación entrando por el camino marcado por Dios o rechazarla yendo a tu aire».

«No sé quienes sois». Las palabras siguientes acen-túan la llamada a la conversión y a la responsabilidad. Los judíos se creían posesores seguros de la salvación porque tenían la Ley de Dios y su revelación. Pero Jesús insiste en que el Reino de Dios no hay privilegios. Sólo la obediencia a Dios y a su palabra nos abre a la salvación. Jesús sólo reconoce y acepta a los que han aceptado ser suyos.

«Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos». Ciertamente las apariencias engañan. Pero a Dios, que «escruta los corazones» (Hch 1,24), no es posible engañarle. Por eso, la única respuesta correcta a la pregunta inicial es: «Vive en la verdad, de cara a Dios, procurando agradarle en todo… Lo demás se te dará por añadidura».

El Evangelio exige conformar la vida al camino de Cristo: vivir según Cristo. Todos los hombres están llamados a ello. La Iglesia es maestra y educadora de la vida moral cristiana.

El anuncio del Evangelio no tiene fronteras. La Iglesia es el instrumento para la evangelización y en ella todos los cristianos. El testimonio de fidelidad al Evangelio y a las enseñanzas morales que presenta la Iglesia es la mejor palabra evangelizadora ante el mundo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia es católica
(830-831)

La palabra «católica» significa «universal» en el sentido de totalidad, de integridad. Por eso, la Iglesia es católica en un doble sentido:

1º) La Iglesia Católica TIENE TODO lo que Cristo le entregó: Es católica porque Cristo está presente en ella. En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza, lo que implica que ella recibe de Él «la plenitud de los medios de salvación» que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica.

2º) La Iglesia Católica es ENVIADA A TODOS por Cristo: La Iglesia es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano: Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos. Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu.

La Iglesia, madre y maestra
(2030-2031).

El cristiano realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con todos los bautizados. De la Iglesia recibe la Palabra de Dios, que contiene las enseñanzas de la «ley de Cristo». De la Iglesia recibe la gracia de los sacramentos que le sostienen en el camino. De la Iglesia aprende el ejemplo de la santidad; reconoce en la Bienaventurada Virgen María la figura y la fuente de esa santidad; la discierne en el testimonio auténtico de los que la viven; la descubre en la tradición espiritual y en la larga historia de los santos que le han precedido y que la liturgia celebra.

La vida moral es un culto espiritual. Ofrecemos nuestros cuerpos «como una hostia viva, santa, agradable a Dios» (Rm 12,1) en el seno del Cuerpo de Cristo que formamos y en comunión con la ofrenda de su Eucaristía. En la liturgia y en la celebración de los sacramentos, plegaria y enseñanza se conjugan con la gracia de Cristo para iluminar y alimentar el obrar cristiano. La vida moral, como el conjunto de la vida cristiana, tiene su fuente y su cumbre en el Sacrificio Eucarístico.

Vida moral y Magisterio de la Iglesia
(2032-2040).

La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3,15), recibió de los Apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva. Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.

El magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral se ejerce ordinariamente en la catequesis y en la predicación. Así se ha transmitido de generación en generación, bajo la dirección y vigilancia de los pastores, el «depósito» de la moral cristiana, compuesto de un conjunto característico de normas, de mandamientos y de virtudes que proceden de la fe en Cristo y están vivificados por la caridad. Esta catequesis ha tomado tradicionalmente como base, junto al Credo y el Padre Nuestro, el Decálogo que enuncia los principios de la vida moral válidos para todos los hombres.

El Romano Pontífice y los obispos, como maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo, predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica. El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.

La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida por el Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las prescripciones de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce una parte esencial de su función profética de anunciar a los hombres lo que son en verdad y de recordarles lo que deben ser ante Dios.

La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, sanan la razón humana herida. La conciencia de cada cual, en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia.

Así puede desarrollarse entre los cristianos un verdadero espíritu filial con respecto a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo miembros del Cuerpo de Cristo. En su solicitud materna, la Iglesia nos concede la misericordia de Dios que va más allá del simple perdón de nuestros pecados y actúa especialmente en el sacramento de la Reconciliación. Como madre previsora, nos prodiga también en su liturgia, día tras día, el alimento de la Palabra y de la Eucaristía del Señor.

«La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«!Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo Logos (Palabra) del universo y también un solo Espíritu Santo, idéntico en todas partes; hay también una sola virgen hecha madre, y me gusta llamarla Iglesia» (Clemente de Alejandría).

«Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios de salvación. Creemos que el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza a un único colegio apostólico presidido por Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual deben incorporarse plenamente los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo de Dios» (Lumen Gentium, 8).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Nueva Jerusalén y ciudad santa,
nuevo Israel, nueva morada
de la comunidad de Dios en Cristo edificada,
Iglesia santa.

Esposa engalanada, con Cristo desposada
por obra del Espíritu en sólida alianza,
divino hogar, fuego de Dios que al mundo inflama,
Iglesia santa.

Edén de Dios y nuevo paraíso,
donde el nuevo Adán recrea a sus hermanos,
donde el «no» del pecador, por pura gracia,
el «sí» eterno de amor de Dios alcanza,
Iglesia santa.

Adoremos a Dios omnipotente y a su Espíritu,
que en el Hijo Jesús, Señor constituido,
del hombre que ha caído raza de Dios levanta,
Iglesia santa. 

Amén.

DOMINGO XX ORDINARIO “C”


El combate espiritual: La ascesis

Jr 38,4-6.8-10: Me engendraste hombre de pleitos para todo el país.

Sal 116, 1. 2: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Hb 12, 1-4: Corramos la carrera que nos toca, sin retirarnos.

Lc 12,49-53: No he venido a traer paz, sino división.

I. LA PALABRA DE DIOS

Los verdaderos profetas como Jeremías crean a su alrededor fuertes divisiones y enfrentamientos, pues no hablan según lo que a la gente le gustaría escuchar (falsos profetas, demagogos), sino conforme a lo que Dios les dice, aunque lo que digan no agrade a los que escuchan.

El ejemplo de fe y constancia de los antiguos patriarcas es propuesto en la carta a los Hebreos a quienes saben con certeza hacia donde se encaminan, gracias a la nueva fe que comenzó y termina en Cristo.

En el Evangelio Jesús anuncia las divisiones, enfrentamientos y contradicciones que rodean a los verdaderos profetas cuando su mensaje, que es de Dios, se proclama completo y con fidelidad entre las familias y los pueblos.

«No he venido a traer paz, sino división». Misteriosa frase de Jesús que contrasta con otras salidas de sus mismos labios: «La paz os dejo, mi paz os doy». Ello quiere decir que no hemos de entender las palabras de Cristo según nuestros criterios puramente humanos: «No os la doy como la da el mundo».

La paz de Cristo no consiste en la carencia de luchas, no se identifica con una situación de indiferencia donde todo da igual, ni proviene de la eliminación de las dificultades. Cristo es todo lo contrario a esa falsa paz, a esa actitud anodina que en el fondo delata que uno no tiene nada por lo que valga la pena luchar, vivir y morir; Él es pura pasión, fuego devorador: «He venido a prender fuego en el mundo».

También el cristiano vive en una lucha a muerte contra el mal: «Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado». El profeta es perseguido por denunciar el mal. Una paz que nace de tolerar el mal no es la paz de Cristo. Hay que contar conque los que rechazan a Cristo, aunque sean de la propia familia, siempre nos perseguirán, precisamente por seguir a Cristo e intentar ser fieles al evangelio. Una paz cobarde, lograda a base de traicionar a Cristo, no es paz. Él es el primero, el único, el absoluto. Cristo y su evangelio no son negociables. Poner como criterio máximo el no chocar, el estar a bien con todos a cualquier precio, el no crearse problemas, acaba llevando a renegar de Cristo. Y a veces se impone la opción: «O conmigo o contra mí».

El combate espiritual es un combate de oración (domingo anterior), es un combate cultural (primera lectura y evangelio), es un combate total de la vida del que sólo en Dios tiene su meta y en Cristo su Camino, Verdad y Vida. La ascesis, el esfuerzo, la  mortificación, la lucha, no son palabras de moda. Pero, Jesús es muy claro: como los profetas verdaderos, sus discípulos provocan divisiones a su alrededor y su vida es una lucha y esfuerzo continuo. Bien vale la pena la meta: la santidad, aunque sea duro el camino.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Combate espiritual
(407 – 409)

El pecado original entraña la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el campo de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres (…y de la pastoral).

Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de S. Juan: «el pecado del mundo». Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres.

Esta situación dramática del mundo que «todo entero yace en poder del maligno», hace de la vida del hombre un combate: A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla con-tra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo.

El Verbo se encarnó
para ser nuestro modelo de santidad
(459,  2012).

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí…». «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí». Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle». Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

Sabemos que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman… a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; y a los que justificó, a ésos también los glorificó» (Rm 8,28‑30).

La vocación a la santidad
(2013).

Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Es decir, todos somos llamados a la santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».

Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos.

El camino del combate espiritual
(2014 – 2016).

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Y Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él. El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas.

Los hijos de nuestra madre la Santa Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús. Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la «bienaventurada esperanza» de aquellos a los que la misericordia divina congrega en la «Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo, mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce» (S. Gregorio de Nisa).

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo» (Vaticano II, LG, 40).

«La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite» (S. Gregorio de Nisa).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dame, Señor, la firme voluntad,
compañera y sostén de la virtud;
la que sabe en el golfo hallar quietud
y, en medio de las sombras, claridad;

la que trueca en tesón la veleidad,
y el ocio en perennal solicitud,
y las ásperas fiebres en salud,
y los torpes engaños en verdad.

Y así conseguirá mi corazón
que los favores que a tu amor debí
le ofrezcan algún fruto en galardón.

Y aún tú, Señor, conseguirás así
que no llegue a romper mi confusión
la imagen tuya que pusiste en mí.

Amén.

DOMINGO XIX ORDINARIO “C”


El combate espiritual: La oración

Sb 18, 6-9:              Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.

Sal 32, 1-22            Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Hb 11, 1-2.8-19:     Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.

Lc 12, 32-48:          Estad preparados.

I. LA PALABRA DE DIOS

Los israelitas aguardaron la venida del Señor en la noche de Pascua para ser liberados de la esclavitud. Es un recuerdo vivo del Pueblo de Dios que recoge el libro de la Sabiduría.

Comienza a leerse la última parte de la carta a los Hebreos. Su tema principal es la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre el de la antigua alianza en la que vivieron los profetas, ilustres por su fe en las promesas de Dios.

Jesús, en el Evangelio, recomienda a sus discípulos dos actitudes fundamentales para la vida cristiana: la espera y la vigilancia. El vendrá inesperadamente como un ladrón nocturno o como un amo que está muchos años lejos de su hacienda.

«Un tesoro inagotable». Toda palabra de la Escritura es expresión del amor de Dios por nosotros. También cuando a primera vista no lo parece. La invitación de Jesús es clara: «Vended vuestros bienes, y dad limosna». Pero ese imperativo no va contra nosotros, sino a nuestro favor: nos invita a hacernos «talegas que no se echen a perder», a depositar nuestros bienes allí «donde no se acercan los ladrones ni roe la polilla». Con otras palabras: nos invita a realizar la mejor inversión posible haciendo que nuestros bienes se transformen en «un tesoro inagotable en el cielo».

«Estad preparados». La parábola siguiente nos recuerda una verdad esencial de la enseñanza de Jesús: que Él va a volver y que hay que permanecer vigilantes, a la espera. Los bienes materiales pueden hacernos olvidar lo único importante: ¡sería trágico! Todo lo de aquí abajo es provisional, es relativo.

«Administrador fiel y solícito». Mientras estamos en este mundo somos nada más –¡y nada menos!– que administradores de los bienes que Dios nos confía. Unos bienes que –empezando por la misma vida– no nos pertenecen en propiedad y hemos de saber administrar con sensatez según el querer de Dios. Sólo con sentido de eternidad podemos administrar rectamente. Sólo a la luz de los bienes del cielo –los definitivos y eternos– podemos valorar y usar justamente los de la tierra.

La exhortación de Jesús a la espera y la vigilancia se concreta en la vida cristiana en tener a Dios siempre presente. Es una exhortación necesaria pues no pocas veces vivimos como si Dios estuviera ausente. La oración nos pone en diálogo con el Dios presente. Pero orar es un combate, el mismo combate cristiano de  vida y oración.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El combate de la oración
(2725 – 2745)

La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone un esfuerzo, un combate, contra nosotros mismos y contra las astucias del tentador que hace todo lo posible para separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El «combate espiritual» de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.

Excusas para no orar

En el combate de la oración, tenemos que hacer frente a conceptos erróneos sobre la oración. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos. Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

Dificultades en la oración

La dificultad más corriente de la oración es la distracción. Salir a la caza de la distracción es caer en sus redes; basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir.

Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad en la que el corazón está sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. «El grano de trigo, si muere, da mucho fruto». Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión.

Tentaciones contra la oración

La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a ora, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias.

Otra tentación, a la que abre la puerta la presunción, es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. «El espíritu está pronto pero la carne es débil». Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.

Hay quien deja de orar porque se queja de que su oración no es escuchada. He aquí, en primer lugar, una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable; por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio para conseguir lo que queremos o Dios como Padre? Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador de los dones?

En segundo lugar, ¿Estamos convencidos de que «nosotros no sabemos pedir como conviene»? ¿Pedimos a Dios los «bienes convenientes»? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos, pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Si pedimos con un corazón dividido, «adúltero» (St 4, 4), Dios no puede escucharnos porque Él quiere nuestro bien, nuestra vida. Nuestro Dios está «celoso» de nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor.

La eficacia de la oración.

La transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición. La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es nuestro modelo. Él ora en nosotros, ora con nosotros y ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre. Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

Perseverar en la oración es perseverar en el amor.

Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes: 1ª) Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está «con nosotros, todos los días», cualesquiera que sean las tempestades. Nuestro tiempo está en las manos de Dios. 2ª) Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado. ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser «vida nuestra», si nuestro corazón está lejos de Él? 3ª) Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor.

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Él quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que Él está dispuesto a darnos» (San Agustín).

«No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es Él quien quiere hacerte más bien todavía mediante tu perseverancia en permanecer con Él en oración» (Evagrio).

«Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina» (San Juan Crisóstomo).

«También entre los pucheros anda Dios» (Santa Teresa de Jesús).

«Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua» (Orígenes).

«Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar» (San Juan Crisóstomo).

«Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (San Alfonso María de Ligorio).

LA ORACIÓN CRISTIANA

Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón

Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón

Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón

Para nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón

Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra
en el desierto de mi corazón.

Amén