Archivo del Autor: P. Antonio Diufaín Mora

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Acerca de P. Antonio Diufaín Mora

Sacerdote católico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta (España). http://antoniodiufain.com

DOMINGO XI ORDINARIO “A”


«Liberados, para ser liberadores«

Ex 19,2-6:                 Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa

Sal 99, 2-5                Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño

Rm 5,6-11:                 Fuimos reconciliados con Dios con la muerte de su Hijo

Mt 9,36-10,8:             Llamó a sus doce discípulos y los envió

  1.  

I. LA PALABRA DE DIOS

Dios libera de la esclavitud egipcia a los hijos de Israel para hacer de éstos su propiedad personal, «un reino de sacerdotes y una nación santa» para Él (1.a Lect.).

Jesucristo murió por amor para liberarnos y liberar a todos los hombres del pecado. Esta liberación estaba ya significada en la de Egipto y, como ésta, principio y camino de la futura salvación que se nos dará, si «nos gloriamos en nuestro Señor Jesucristo» (2.a Lect.).

Liberados por Jesucristo, estamos llamados a anunciar y a comunicar a todo hombre la misma libertad de los hijos de Dios. Cristo libera y llama a los ya liberados para que hagan a otros libres, sobre todo a los que «andan como ovejas sin pastor» (Ev.).

Comienza la segunda gran instrucción de Jesús a sus discípulos. Trabajo no ha de faltarles. La oración de petición al Padre que «envía», aparece como fuerza indispensable de las vocaciones apostólicas.

Pedro, Andrés, Santiago… Esa lista abre la inmensa hilera de los seguidores de Cristo, pero no acaba ahí. En esa lista estás también tú, llamado por Cristo, con tu nombre y apellidos. ¡Tú junto a los apóstoles de Cristo, junto a los mártires y a los santos de todas las épocas! ¿De veras al escuchar este evangelio sientes la alegría de ser cristiano? Tú has sido elegido personalmente por Cristo, y no por tus méritos o cualidades, sino pura y simplemente porque Él lo ha querido.

Y también tú como ellos has recibido los mismos poderes de Cristo para curar toda enfermedad y dolencia, para arrojar demonios, para resucitar muertos… Ante un mundo que agoniza porque no conoce a Cristo o le ha rechazado, nosotros tenemos el remedio, porque tenemos las armas de Cristo. Y no podemos seguir lamentándonos como si las cosas no tuvieran solución. ¿Qué haces para que el mundo mejore y la gente a tu alrededor sea más feliz?

¿Sientes compasión de la gente que está extenuada y abandonada como ovejas sin pastor? Es decir, ¿te importa la gente que sufre porque le falta Cristo, aunque aparente ser feliz? ¿Te duele la situación de tanta gente hundida en su falta de fe, enfangada en su pecado, destrozada por sus propios egoísmos? La compasión de Cristo no es un sentimiento estéril. Tampoco tú puedes quedar indiferente.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Individual y socialmente, el hombre clama por su libertad. Sin embargo, el progreso ha propiciado nuevas esclavitudes, nuevas amenazas y nuevos temores. La injusta distribución de las riquezas ha generado inmensas muchedumbres privadas de los bienes esenciales para una vida digna y humana. No es culpa del progreso. Pero al hombre le ha preocupado más hacer crecer las cosas de su entorno que crecer él mismo. La deshumanización es obra del mismo hombre.

Libertad, liberación y salvación:
(1739- 1742).

Libertad y pecado. La libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios se engañó a sí mismo; se hizo esclavo del pecado. Esta alienación primera engendró una multitud de otras alienaciones. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, testimonia desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.

Amenazas para la libertad. El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer todo. Es falso concebir al hombre, sujeto de esa libertad, como un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales. Por otra parte, las condiciones de orden económico y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con mucha frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Apartándose de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad de sus semejantes y se rebela contra la verdad divina.

Liberación y salvación. Por su Cruz gloriosa, Cristo alcanzó la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud. «Para ser libres nos libertó Cristo» (Gal 5,1). En él participamos de «la verdad que nos hace libres» (Jn 8,32). El Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el apóstol, «donde está el Espíritu, allí está la libertad» (2 Co 3,17). Desde ahora nos gloriamos de la «libertad de los hijos de Dios» (Rom 8,21).

Libertad y gracia. La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima libertad y nuestra seguridad en las pruebas, como ante las presiones y coacciones del mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

Y líbranos del mal:
(2854).

Al pedir, en el Padrenuestro, ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición del Padrenuestro, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo.

La oración de la hora de Jesús:
(2750).

Si en el Santo Nombre de Jesús nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que Él nos enseñó: «Padre Nuestro». La oración sacerdotal de Jesús (Jn 17) inspira desde dentro las grandes peticiones del Padre Nuestro: la preocupación por el Nombre del Padre, el deseo de su Reino, el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio de salvación y la liberación del mal.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Todos nuestros pecados han sido borrados en el Bautismo, pero ¿acaso ha desaparecido la debilidad después de que la iniquidad ha sido destruida? Si aquella hubiera desaparecido, se viviría sin pecado en la tierra… Mas, como nos ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos la ley del pecado somos esclavos» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

 

Líbranos de todos los males, Señor,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, bien dispuesto
nuestro cuerpo nuestro espíritu,
podamos libremente cumplir tu voluntad;
y, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.

 

(cf. Misal Romano).

DOMINGO X ORDINARIO “A”


«Marginados o pecadores, todos tenemos sitio junto a Jesucristo»

Os 6,3-6:                 Quiero misericordia y no sacrificios

Sal 49, 1–15                Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

Rm 4,18-15:                 Fue confortado en la fe y en la gloria dada a Dios

Mt 9,9-13:                 No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores

 

I. LA PALABRA DE DIOS

(1.a Lect.). A Dios no le agrada un acto meramente de culto si no se da un verdadero acercamiento a Él por el amor. «Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos».

«Sígueme». Una vez más la voz de Jesús resuena nítida y poderosa. Una vez más Él se adelanta, toma la iniciativa. Y una vez más levanta al hombre de su postración. Mateo estaba «sentado al mostrador de sus impuestos»; pero estaba sobre todo hundido en su codicia, en su afán de poseer. «Él se levantó y lo siguió». Remite a otras escenas evangélicas; por ejemplo, la resurrección de Lázaro: «Lázaro, sal fuera». Levantar a Mateo de la postración y de la corrupción de su pecado no es menor milagro que hacer salir a Lázaro de la tumba cuando ya olía mal.

«Muchos pecadores… se sentaron con Jesús». El Hijo de Dios se ha hecho hombre para eso, para compartir la mesa de los pecadores. No rechaza a nadie, no se escandaliza de nada. Sabe que todo hombre está enfermo, y ha venido precisamente como médico, para buscar a los pecadores, para sanar la enfermedad peor y más terrible: el pecado que gangrena y destruye en su raíz la vida y la felicidad de los hombres.

«Misericordia quiero». Una vez más, Jesús tiene que enfrentarse con la dureza de corazón de los fariseos. En cambio Mateo, pecador público, ha experimentado la misericordia de Jesús, su amor gratuito; y por eso se convierte en instrumento de ese amor y de esa misericordia para muchos otros. Lo que él ha recibido gratis lo ofrece –también gratuitamente– a los demás. La conversión de Mateo es ocasión de conversión para muchos otros…

Jesucristo confirma la misma llamada a la conversión y a la misericordia. Busca a los marginados, «publicanos y pecadores», come con ellos, invita a algunos a seguirle para incorporarlos al grupo de los íntimos, con el consiguiente escándalo de los que se tenían por justos. Los defiende, y proclama, además, que Él «no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores» y a dedicarse a la misericordia, al amor que libera a los oprimidos por el mal.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El respeto a la persona
deriva de su dignidad:
(1930-1938).

Creados a imagen del Dios único, dotados de una misma alma racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto de una misma dignidad.

La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella: «Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión». (GS 29,2).

El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral. Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos.

El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: «que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como ‘otro yo’, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente» (GS 27,1).

El deber de hacerse prójimo de otro y de servirle activamente se hace más acuciante todavía cuando éste está más necesitado en cualquier sector de la vida humana. «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25,40).

Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5,43-44). La liberación en el espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.

Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el evangelio: «La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional» (GS 29,3).

La solidaridad,
exigencia de la fraternidad:
(1939-1942).

El principio de solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana: Un error, «hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora» (Pío XII).

La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: «Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura» (Mt 6,33):

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese sentimiento que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano» (Pío XII).

 

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!)
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo.

DOMINGO IX ORDINARIO “A”


«Creyente puede ser quien sólo cree; cristiano, quien cree y vive lo creído»

Dt 11,18.26-28:     Mirad, os pongo delante bendición y maldición

Sal 30,2- 25:         Sé la roca de mi refugio, Señor

Rm 3,21-25.28:     El hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley

Mt 7, 21-27:         La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena

 

I. LA PALABRA DE DIOS

Hombre sabio es el que escucha las palabras y las pone en práctica: edifica sobre roca. El que escucha las palabras y no las pone en práctica, es un necio que edifica sobre arena. Este se limita a decir: «Señor, Señor…» Aquél, además, «hace la voluntad del Padre». Este último se salva; aquél no.

«No todo el que me dice ‘Señor, Señor’». Es uno de los textos más duros del evangelio. Nos advierte que puede haber una oración falsa e ilusoria («Señor, Señor»). Pero sorprende más que puede haber personas que han profetizado y hecho milagros en nombre de Jesús y sin embargo son definitivamente rechazados («nunca os he conocido; alejaos de mí, malvados»). No nos salvan las acciones y prácticas externas, aun buenas y santas, sino la adhesión a la voluntad de Dios.

«El que escucha… y pone en práctica…» Lo único firme y estable, lo único que perdura es lo que se construye sobre roca. Lo que da firmeza a nuestra vida es escuchar la palabra de Cristo, hacerla propia, ponerla en práctica y adherirse a lo que Dios quiere.

«Se hundió totalmente». Las dos casas son igualmente embestidas por los vientos y tempestades. En la vida de toda persona aparecen tormentas, antes o después. Y lo que se hunde demuestra que no estaba afianzado sobre roca. «¡Mire cada cual cómo construye!» (1Cor 3,10). Los zarandeos de la vida, las crisis diversas ayudan a comprobar lo que en nosotros no tenía firmeza ni consistencia. La mayor necedad sería seguir construyendo en falso y no aprender cuando experimentamos un derrumbe. Cristo nos deja claro cómo construir con firmeza: tomar en serio su palabra, actuar según ella, plasmar nuestra vida según la voluntad de Dios. Pero si persistimos en la ceguera nos amenaza la ruina total y definitiva. Y esto vale tanto para los individuos como para las comunidades, parroquias, diócesis…

Las expresiones de San Pablo «por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen»; «el hombre es justificado por la fe» (2ª Lect.) enseñan que la fe, es decir, la adhesión y conformidad con Jesús en su entrega a la voluntad del Padre es lo que únicamente justifica. La santidad es la respuesta a la fe. El verdadero discípulo de Jesús, une su sí al sí de Jesús a su Padre.

No son los teólogos, ni los predicadores, ni los grandes organizadores, ni los cristianos rutinarios «de toda la vida», los que cambiarán el mundo; serán los santos.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

El nombre de Dios, signo de fidelidad
(206 – 221)

Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro delante de la Santidad Divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: «¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!». Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro exclama: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pero porque Dios es santo, puede perdonar al hombre que se descubre pecador delante de Él: «No ejecutaré el ardor de mi cólera…porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo el Santo» (Os 11,9). El apóstol Juan dirá igualmente: «Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo».

Al revelar su nombre misterioso de YHWH, «Yo soy el que es» o «Yo soy el que soy» o también «Yo soy el que Yo soy», Dios dice quién es y con qué nombre se le debe llamar. Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por esto mismo expresa mejor a Dios como lo que Él es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o decir: es el «Dios escondido», su nombre es inefable, y es el Dios que se acerca a los hombres.

Por respeto a su santidad, el pueblo de Israel no pronuncia el Nombre de Dios. En la lectura de la Sagrada Escritura, el Nombre revelado (YaHWeH) es sustituido por el título divino «Señor» («Adonai«, en griego «Kyrios«). Con este título será aclamada la divinidad de Jesús: «Jesús es Señor».

En el transcurso de los siglos, la fe de Israel pudo desarrollar y profundizar las riquezas contenidas en la revelación del Nombre divino. Dios es único; fuera de Él no hay dioses. Dios transciende el mundo y la historia. Él es quien ha hecho el cielo y la tierra: «Ellos perecen, mas tú quedas, todos ellos como la ropa se desgastan…pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus años» (Sal 102,27-28). En Él «no hay cambios ni sombras de rotaciones» (St 1,17). Él es «El que es», desde siempre y para siempre y por eso permanece siempre fiel a sí mismo y a sus promesas.

Por tanto, la revelación del Nombre inefable «Yo soy el que soy» contiene la verdad que sólo Dios ES. En este mismo sentido la Tradición de la Iglesia ha entendido el Nombre divino: Dios es la plenitud del Ser y de toda perfección, sin origen y sin fin. Mientras todas las criaturas han recibido de Él todo su ser y su poseer. Él solo es su ser mismo y es por sí mismo todo lo que es.

El Dios de nuestra fe se ha revelado como «El que es»; se ha dado a conocer como «rico en amor y fidelidad». Su Ser mismo es Verdad y Amor.

«Dios es Luz, y en Él no hay tiniebla alguna». Dios es la Verdad misma, es decir, que no puede equivocarse ni engañarnos. La verdad de Dios es su Sabiduría con la que ha creado y gobierna el mundo. La enseñanza de Dios es verdadera.

«Dios es Amor». El ser mismo de Dios es Amor. Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.

Consecuencia de la fe en el Dios único
(222 – 227)

Creer en Dios, el Único, y amarlo con todo el ser tiene consecuencias inmensas para toda nuestra vida:

Es reconocer la grandeza y la majestad de Dios: «Sí, Dios es tan grande que supera nuestra ciencia» (Jb 36,26). Por esto Dios debe ser «el primer servido» (Santa Juana de Arco).

Es vivir en acción de gracias: Si Dios es el Único, todo lo que somos y todo lo que poseemos vienen de él: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co 4,7). «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (Sal 116,12).

Es reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los hombres: Todos han sido hechos «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26).

Es usar bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el Único, nos lleva a usar de todo lo que no es Él en la medida en que nos acerca a Él, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparta de Él.

Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad.

Cumplir la voluntad de Dios
(1965 – 1975)

La ley divina es una instrucción paternal de Dios que prescribe al hombre los caminos que llevan a la bienaventuranza prometida y proscribe los caminos del mal.

La Ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo y se expresa particularmente en el Sermón de la Montaña. Es también obra del Espíritu Santo, y por Él viene a ser la ley interior de la caridad.

La Ley evangélica lleva a plenitud los mandamientos de la Ley antigua. El Sermón del monte, lejos de abolir o devaluar las prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de ella sus virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela toda su verdad divina y humana. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro, donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes.

La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre «los dos caminos» (cf Mt 7, 13-14) y la práctica de las palabras del Señor; está resumida en la regla de oro: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque ésta es la Ley y los profetas».

Toda la Ley evangélica está contenida en el «mandamiento nuevo» de Jesús: amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer», o también a la condición de hijo heredero.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Toda la pretensión de quien comienza oración (y no se olvide esto, que importa mucho), ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda a hacer su voluntad conformar con la de Dios; estad muy ciertas que en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual» (Santa Teresa de Jesús).

«El que quiera meditar con piedad y perspicacia el Sermón que nuestro Señor pronunció en la montaña, según lo leemos en el Evangelio de San Mateo, encontrará en él sin duda alguna la carta perfecta de la vida cristiana…Este Sermón contiene todos los preceptos propios para guiar la vida cristiana» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Señor mío y Dios mío,
quítame todo lo que me aleja de ti.

Señor mío y Dios mío,
dame todo lo que me acerca a ti.

Señor mío y Dios mío,
despójame de mi mismo
para darme todo a ti. Amén.

(S. Nicolás de Flüe, oración).