Archivo de la categoría: Uncategorized

DOMINGO XXXII ORDINARIO “A”


 «Volverá el Señor para abrir y cerrar la puerta del banquete de bodas»
 
Sb 6,13-17: «Encuentran la sabiduría los que la buscan»
Sal 62,2-8: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío»
1Ts 4,12-18: «A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él»

Mt 25,1-13: «Que llega el esposo, salgan a recibirlo».

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En estas últimas semanas del año litúrgico la Iglesia quiere fijar nuestra mirada en la venida de Cristo al final de los tiempos. En esta venida aparecerá como Rey y como Juez (evangelio de los dos próximos domingos); pero hoy se nos presenta como la llegada del Esposo

«No se aflijan como los hombres sin esperanza». Hay un dolor por la muerte de los seres queridos que es natural y totalmente normal. Pero también hay un tipo de tristeza que no tiene nada de cristiana y que sólo refleja falta de fe y de esperanza. El verdadero cristiano puede sentir pena en su sensibilidad, pero en el fondo de su alma está lleno de confianza, porque Cristo ha resucitado y los muertos resucitarán. 

«A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él». En esto se decide todo: en «morir en el Señor«. Para el cristiano, la verdadera tristeza no es la causada por el hecho de morir, sino por morir fuera de Jesús; porque esa sí que es verdadera muerte, la «muerte segunda», la muerte definitiva en los horrores del infierno por toda la eternidad. En cambio, el que muere en Jesús no puede perderse, pues Jesús no abandona a los suyos, sino que como Buen Pastor los conduce a «verdes praderas» para hacerlos descansar. El que muere en el Señor no pierde ni siquiera su cuerpo. El que no muere en Jesús lo pierde todo, «se pierde a sí mismo».

El título de «Esposo», que se aplica a Yahvé en el Antiguo Testamento, Jesús lo toma para sí. Sin entrar en mayores explicaciones, este título subraya sobre todo la relación de profunda intimidad amorosa que Cristo-esposo establece con la Iglesia, su esposa y —en ella— con cada cristiano. Mientras llega ese momento, cada cristiano, y toda la Iglesia, debe estar vigilante.

El cristiano –según esta parábola– es el que está esperando a Cristo Esposo con un gran deseo que brota del amor y que le hace obrar en consecuencia para tener suficiente aceite. Por tanto, es una espera amorosa y activa. Y no es una espera de estar con los brazos cruzados: el que espera de verdad prepara la lámpara, sale al encuentro. 

«Mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis». Esta respuesta sería egoísta si sólo se tratara de aceite material. Pero aquí tiene un sentido mucho más profundo: se trata de salvación o condenación, y nadie debe pensar que su respuesta personal a Cristo van a darla otros por él.

«Y se cerró la puerta». Es el dato más dramático de toda la parábola. Muchos de los invitados se quedarán fuera y para siempre. A un cristiano no lo salva automáticamente el hecho de pertenecer a la Iglesia por el bautismo, ni el estar invitado a las bodas del cielo, ni la sola fe en Jesús como su salvador personal («Señor, Señor, ábrenos»), sino el tener encendida la antorcha del amor en el momento de su muerte, a la llegada del Esposo.

Precisamente, la parábola pone el acento en esta atención vigilante (esperanza) a Cristo que viene, para estar preparado, con suficiente aceite de buenas obras de amor para que arda la lámpara de la fe. La lámpara sin aceite se apaga, «la fe sin obras está muerta». 

Lejos de temer esta venida, el cristiano la desea, como la esposa fiel desea la vuelta del esposo que marchó de viaje. Sólo la esposa infiel teme la llegada del esposo. El cristiano no se entristece por la muerte «como los hombres sin esperanza». La muerte es sólo un «dormir» y el cristiano tiene la certeza de que será despertado y experimentará la dicha de «estar siempre con el Señor». Por eso, en lugar de vivir de espaldas a la muerte, el verdadero creyente vive aguardando serenamente el momento del encuentro con el divino Esposo, la vuelta de Jesús desde el cielo.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Señor Jesucristo»

(672)

El Reino de Cristo, está presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado. Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: «Ven, Señor Jesús.» Nosotros vivimos el entretiempo que media de la primera a la segunda venida del Señor. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía por la «tristeza» y la prueba del mal, que afecta también a la Iglesia, e inaugura los combates de los últimos días. Es un tiempo de espera y de vigilia.

La espera en vigilia:
(2612; 2849; 2699)

«Vigilia» es un término clásico del lenguaje cristiano para designar un tiempo largo dedicado a la oración en las horas de la noche. Tiempo de silencio exterior y de riqueza interior, porque es espera del Señor y todo se mira desde su próxima venida (Parusía). Tiempo simbólico que remite a la venida del Señor en la muerte de cada uno y al fin de los tiempos.

Jesús –«el Reino de Dios está próximo»– llama a la conversión y a la fe, pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a aquél que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate; y velando en la oración es como no se cae en la tentación.

Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del «Tentador», desde el principio y en el último combate de su agonía. En la petición a nuestro Padre «no nos dejes caer en la tentación«, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es guarda del corazón, y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre». El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela».

El Señor conduce a cada persona por los caminos de la vida y de la manera que Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación, y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.

El retorno del Señor es gozoso: se compara a un banquete de bodas y, al mismo tiempo, abre un gran interrogante: decide la suerte eterna que cada uno se ha labrado durante la propia vida. El entretiempo actual es tiempo de oración vigilante. En su centro, la Plegaria eucarística y la comunión, esperando la venida del Señor.

 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera  que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes’» (Lumen gentium, 48).

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos» (Misal Romano).

 

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Este es el tiempo en que llegas,
Esposo, tan de repente,
que invitas a los que velan
y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro
doncellas con ramos verdes
y lámparas que guardaron
copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpearon las necias
las puertas de tu banquete!
¡Y cómo lloran a oscuras
los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,
Esposo, por si vinieres,
y está el corazón velando,
mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,
Amor que a la noche vienes,
antes que la noche acabe
y que la puerta se cierre. 

Amén.

Domingo XI ordinario «B»


De la más alta rama del tronco de David suscitó el Señor un renuevo

Ez 17,22-24: “Ensalzó los árboles humildes”
2 Co 5,6-10: “En destierro o en patria nos esforzamos en agradar al Señor”
Mc 4,26-34: “Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas”

I. LA PALABRA DE DIOS

Muchos judíos en tiempos de Jesús esperaban una implantación pronta del reino de Israel. Un Mesías que inmediatamente, y de una vez por todas, y si era preciso de manera violenta, arreglase las cosas. Esto chocaba con las palabras y las maneras de hacer las cosas de Cristo. Dadas las dificultades evidentes con que tropieza su palabra y su actuación, Jesús se ve obligado a explicar que la fuerza del Reino de Dios es imparable; que aunque a veces parezca que no pasa nada, el resultado final será espectacular. El reino de Dios, que va desarrollándose lenta y trabajosamente en la historia humana, acabará imponiéndose inexorablemente.

El domingo undécimo nos presenta las parábolas de la semilla que crece por sí sola y del grano de mostaza. La primera insiste en el dinamismo del Reino de Dios: la semilla depositada en tierra tiene vigor para crecer; a pesar de las dificultades del entorno, Dios mismo está actuando y su acción es invencible. La segunda pone más de relieve el resultado impresionante a que ha dado lugar una semilla insignificante. «La semilla germina y va creciendo sin que el labrador sepa cómo». El Reino de Dios no llega de repente, sino que va creciendo a partir de unos comienzos ocultos. Y siempre por obra divina.

Una vez más queda de relieve que en la persona de Jesús se cumplen las profecías. El profeta Ezequiel anuncia que Dios se ocupará de dejar una rama verde de la que brote el Mesías, plantada «en un monte elevado». Y todos los pueblos se reunirán en Jerusalén («aves de toda pluma»); y todas las naciones («todos los árboles silvestres») reconocerán que todo ha sido obra de Dios.

Dios es la fuente de la vida y sólo el que vive en Dios tiene vida. El hombre que confía en el Señor es como un árbol plantado junto al agua, que está siempre frondoso y no deja de dar fruto; en cambio, el que confía en sí mismo es como un cardo en el desierto, totalmente seco y estéril. Es preciso descubrir que todo nos viene de Dios, que todo es gracia. Toda la vitalidad personal y toda la fecundidad –el dar fruto– dependen de estar o no injertados en Cristo. Y ello, a pesar de las dificultades, a pesar de la sequía y hostilidad del entorno, o a pesar de la vejez. Las lecturas de hoy han de acrecentar en nosotros el deseo de echar raíces en Dios para germinar, ir creciendo, y dar fruto abundante. Así testimoniaremos que «el Señor es justo», que en Él no hay maldad y que hace florecer incluso los árboles secos, hasta en los desiertos.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El anuncio del Reino de Dios
(541, 543, 544)

Jesús proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos. Pues bien, la voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación de la vida divina. Y lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra el germen y el comienzo de este Reino.

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús.

El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir, a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para “anunciar la Buena Nueva a los pobres”. Los declara bienaventurados porque de “ellos es el Reino de los cielos”; a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes. Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino.

¡Venga a nosotros tú Reino!
(2816 – 2820, 2632)

Esta petición es el «Marana Tha«, el grito del Espíritu y de la Esposa: «Ven, Señor Jesús«.

El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre.

La oración de petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús. Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica. Es la oración de Pablo, el Apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana. Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.

El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre «la carne» y el Espíritu.

Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz.

En la oración del Señor –el Padre nuestro–, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo. Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Solo un corazón puro puede decir con seguridad: «¡Venga a nosotros tu Reino!» Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: «Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal» (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: «¡Venga tu Reino!»” (San Cirilo de Jerusalén).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo veamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión, sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces -siempre, siempre-, entonces
seremos bien lo que seremos

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo.

Amén.

LA SANTÍSIMA TRINIDAD “B”



«Con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor»

Dt 4,32-34.39-40: «El Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra»
Sal 32: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad»
Rm 8,14-17: «Han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: !Abbá!»

Mt 28,16-20: «Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»


I. LA PALABRA DE DIOS 

San Pablo nos recuerda el fundamento trinitario de la vida cristiana: el bautizado entra a formar parte de una familia, la familia de Dios: el Padre es Dios, Jesucristo es el primogénito, el Espíritu Santo es el amor familiar, el «nosotros» divino. Por eso el cristiano llama a Dios ¡Abbá!, ¡Padre!, porque nos ha adoptado como hijos en el Hijo, que nos hace hermanos y coherederos; y nos comunica el Espíritu, que habita en nosotros y nos hace capaces de saborear consciente y amorosamente todo ello.

A muchos cristianos el misterio de la Trinidad les echa para atrás. Les parece demasiado complicado y prefieren dejarlo de lado. Y sin embargo las páginas del Nuevo Testamento nos hablan a cada paso de Cristo, del Padre y del Espíritu Santo. Ellos son el fundamento de toda nuestra vida cristiana. 

Explicar el misterio de la Trinidad, no es que sea difícil, ¡es imposible!; precisamente porque es misterio. Pero esto no quiere decir que sea un mito o que no sea real. Seguramente nosotros tampoco sepamos explicar qué es la electricidad, pero todos sabemos que existe y sabemos utilizarla y aprovecharnos de ella. 

Lo mismo que un niño puede conocer y tener gran familiaridad con su padre, aunque no sepa decir muchas cosas de él, nosotros podemos vivir también en una profunda familiaridad con el Padre, con Cristo, con el Espíritu y tener experiencia de estas Personas divinas. No sólo podemos: estamos llamados por Dios a ello en virtud de nuestro bautismo. No es un privilegio de algunos místicos.

Podemos conocer al Padre como Fuente y Origen de todo, Principio sin principio, Causa última y absoluta de la vida, que no depende de nada ni de nadie. El Hijo es engendrado por el Padre, recibe de Él todo su ser: por eso es Hijo; pero el Padre se da totalmente: por eso el Hijo es Dios, igual al Padre, de la misma naturaleza del Padre. Nada tiene el Hijo que no reciba del Padre; nada tiene el Padre que no comunique al Hijo. La personalidad del Hijo consiste precisamente en recibir todo del Padre; y el Hijo mira al Padre en un movimiento eterno de amor, gratitud y donación; y el Padre mira complacido al Hijo, su imagen perfecta, su expresión, su Verbo. Y ese abrazo eterno de amor entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo, que procede de ambos.

El Espíritu nos da a conocer a Cristo y al Padre y nos pone en relación con ellos. Las Personas divinas viven como en un templo en el hombre que está en gracia. Estamos habitados por Dios. Nunca estamos solos. Las Tres divinas Personas viven en nosotros, nos conocen y nos aman; los Tres quieren vivificarnos y ser conocidos y amados por nosotros para mantener un continuo diálogo personal de amor. Somos templo suyo, templo vivo y habitado. Vivimos, nos movemos y existimos en el seno de la Trinidad; y los Tres habitan en nosotros por la gracia. ¿Se puede imaginar mayor familiaridad? Todo nuestro cuidado consiste en permanecer en esta unión vital y mantener esta conversación amistosa.


II. LA FE DE LA IGLESIA

La fe en la Santísima Trinidad

(232, 234, 236, 237, 260)

Los cristianos somos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Antes respondemos –nosotros mismos o nuestros padrinos– «Creo» a la triple pregunta que nos pide confesar nuestra fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu: «La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad» (S. Cesáreo de Arlés).

Hay un solo Dios verdadero –»Si Dios no es único, no es Dios»–, pero en Dios hay tres Personas distintas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, pero no son tres dioses; sino que son tres Personas distintas y un solo Dios verdadero. Esto es un misterio que nos ha revelado Jesucristo y le llamamos el Misterio de la Santísima Trinidad, que consiste en que existen tres Personas distintas y un sólo Dios verdadero. Es decir, que Dios es uno en esencia y trino en Personas.

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de fe». Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos.

El fin último de todas las acciones de Dios es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad en el Cielo. Pero ya desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: «Si alguno me ama –dice el Señor– guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).

La gracia de Dios

(cf. 1996 – 2000)

Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder libremente a su llamada: ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina y de la vida eterna. La gracia nos santifica: es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma –en el Bautismo– para curarla del pecado y santificarla

La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como «hijo adoptivo» puede ahora llamar «Padre» a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia.

Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como de toda criatura. 

La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la llamada divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas sea en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación. 


III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la Unidad me posee de nuevo» (San Gregorio Nacianceno).

«Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Beata Isabel de la Trinidad).


IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El Dios uno y trino,

misterio de amor,

habita en los cielos

y en mi corazón.

Dios escondido en el misterio,

como la luz que apaga estrellas;

Dios que te ocultas a los sabios,

y a los pequeños te revelas.

No es soledad, es compañía.

es un hogar tu vida eterna,

es el amor que se desborda

de un mar inmenso sin riberas.

Padre de todos, siempre joven,

al Hijo amado eterno que engendras,

y el Santo Espíritu procede

como el Amor que a los dos sella.

Padre, en tu gracia y tu ternura,

la paz, el gozo y la belleza,

danos ser hijos en el Hijo

y  hermanos todos en tu Iglesia.

Al Padre, al Hijo y al Espíritu,

acorde melodía eterna,

honor y gloria por los siglos

canten los cielos y la tierra. 

Amén.