¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?
(1Cor 6,19-20)
Él habita en vosotros
porque lo habéis recibido de Dios.
No os poseéis en propiedad,
porque os han comprado pagando un precio por vosotros.
Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!
«Reconoce, oh cristiano tu dignidad,
San León Magno
y, una vez que te has hecho
participante de la naturaleza divina,
ten cuidado de no retornar a tu bajeza anterior
por una conducta indigna»
La castidad y el pudor 1
Verdades silenciadas
La castidad cristiana es una virtud sobrenatural que modera en la caridad la tendencia sexual, tanto en lo afectivo como en lo físico. Ella suscita el pudor, «la prudencia de la castidad».
Los paganos viven sin mayores problemas de conciencia el impudor y la lujuria, el divorcio, la poligamia, la sodomía, el aborto y el adulterio. Ya San Pablo, cuando describe las miserias del paganismo antiguo, enumera ampliamente estas maldades, señalando que «no solo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen» (Rm 1,18-32).
El cristianismo es en la historia de la humanidad la primera fuerza espiritual que introduce en los distintos pueblos y culturas del mundo la buena nueva del pudor, la castidad y la monogamia. Cristo y su Iglesia consiguen este milagro histórico, por la comunicación del Espíritu Santo, «que renueva la faz de la tierra». Los cristianos, ciertamente, pecarán a veces contra esas virtudes, pero la reacción entonces de la Iglesia, no solo por la predicación sino incluso por la disciplina penitencial comunitaria, mantendrá siempre vivo el Evangelio del pudor y de la castidad.
Tanto los escritos de los santos Padres, como el testimonio de los historiadores de la Iglesia antigua, permiten afirmar sin exageración que el testimonio verbal y práctico de la castidad y del pudor fue una de las principales fuerzas evangelizadoras del mundo pagano greco-romano, que en gran medida ignoraba esas virtudes. Los cristianos, en su atuendo y arreglo personal, no se limitaban a no-escandalizar, sino que revelaban atractivamente a los paganos la belleza santa de su nueva condición de hombres divinizados por Cristo.
La revolución sexual mundana, en apostasía del cristianismo, quiere volver al paganismo que da culto al cuerpo, a la desnudez, al sexo. El impudor y la lujuria atacan hoy a la humanidad con una fuerza mayor de lo que se ha conocido antes en la historia. Con la ayuda decisiva de los modernos anticonceptivos, separa la sexualidad de la procreación, normaliza la lujuria en adolescentes, jóvenes y matrimonios, reduciendo la vida sexual al placer sensual. Fomenta la pornografía en todos los medios de comunicación, en las playas, en las modas, en diarios y revistas, en la televisión, en internet, incluso en la publicidad comercial. Con la base de estudios estadísticos ideologizados (Kinsey, Master and Johnson), promueve el divorcio exprés, la masturbación, la homosexualidad, la bisexualidad, como si lo malo fuera bueno al fundamentarse en la mayoría estadística, y obligando en las escuelas y colegios a difundir esas doctrinas. Desprecia la virginidad y también el matrimonio, destruyéndolo, pues lo equipara con cualquier forma de unión. Promueve, por el feminismo, un igualitarismo total entre las funciones sociales del hombre y de la mujer. Legaliza y financia la píldora postcoital y el aborto, haciendo a éste libre en la práctica. Reduce en grados extremos la nupcialidad y la natalidad. Esta invasión de pecado, aunque preparada en tiempos anteriores, se consuma en el último medio siglo.
El Nuevo Orden Mundial, que pretende eliminar hasta las menores huellas del Cristianismo, ya actúa desde los documentos publicados por la ONU en los años 60 y, con fuerza siempre creciente, a través de grandes conferencias y asambleas internacionales (Dacca 1964, Río de Janeiro 1992, Bucarest 1974, Carta de la Tierra 1993, El Cairo 1994, Pekín 1995 y tantas otras más), que van todas a dar en la anticoncepción y el aborto, el divorcio y la ideología de género. Han ido constituyéndose unos pretendidos “derechos sexuales y reproductivos”, “derecho a la autodeterminación de género”, “derecho a la diversidad de modelos de familias”, etc., también recogidos en la Agenda 2030, siempre a la contra del orden natural y cristiano creado por Dios.
Incluso gran parte del pueblo cristiano está invadido por el virus del impudor, como quizá nunca lo estuvo antes en la historia de la Iglesia.Hasta el tiempo de nuestros abuelos los humanos sufrían muchísimas menos agresiones habituales contra el pudor y la castidad. Estas tentaciones eran incomparablemente menores, y puede decirse que había que buscarlas –comprar una mala revista, asistir a un espectáculo obsceno, ir a un burdel– para caer en ellas. Actualmente, por el contrario, la invasión de impudor y lujuria está omnipresente: en TV, cine, series, internet, calles, playas y piscinas, publicidad, departamentos políticos para la juventud, colegios y universidades, fiestas, viajes, farmacias, librerías, diarios y revistas, centros comerciales, etc. La tentación en esta materia es casi continua y afecta a toda la población y a todas las edades.
El impudor reinante en el mundo ha penetrado también en el mismo interior de la Iglesia, incluso en personas y ambientes católicos: familias y grupos o movimientos laicales, colegios y universidades, editoriales y medios de comunicación, etc. No es infrecuente encontrar en ellos una tolerancia, aceptación o incluso promoción de formas mundanas de hablar o vestir, de libros o películas, diversiones o estilos de vida, muy alejados del pudor y la modestia cristiana.
El silencio de los pastores
Desde hace medio siglo, por acuerdo tácito y unánime, nunca –o casi nunca– se predica la doctrina católica sobre la castidad y el pudor.
Cuando un mal social se multiplica hasta generalizarse –como el impudor o la anticoncepción– acaba por ser considerado un bien o como una deficiencia tolerable por cristianos que están débiles en la fe y la caridad. Y este siniestro proceso, cuando la predicación contraria a ese mal está casi totalmente silenciada, se da con casi total seguridad.
El silencio actual en la predicación del Evangelio del pudor se hace tanto más incomprensible cuanto más hundido en el pansexualismo y la lujuria está el mundo moderno. ¿Cómo es posible que estando hoy gran parte del pueblo cristiano tan gravemente enfermo de lujuria casi nunca se le prediquen la castidad y el pudor? Quizá la pregunta, en cierto modo, está mal planteada. Porque seguramente es al revés: la falta de predicación del Evangelio del pudor y de la castidad es la causa principal de la abundancia de la lujuria y del impudor en el pueblo cristiano y en el mundo.
Jesucristo, justo antes de subir al cielo, envía a los Apóstoles por todo el mundo con el mandato hacer discípulos, bautizando y enseñando a vivir según su Evangelio.
«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.» 2
El Buen Pastor ha encomendado a los Apóstoles y sucesores —Obispos y sacerdotes— el cuidado pastoral de su pueblo, capacitándolos con el Sacramento del Orden sacerdotal para actuar en su persona, en su nombre y con su poder divino.
«Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas.» 3
Son muchas las tareas del pastor con respecto a sus ovejas: alimentarlas, conducirlas, buscar la perdida, sanar a la enferma… De nada servirían sus esfuerzos si no las defiende de los peligros o si el lobo las mata. El buen pastor no abandona a su suerte al rebaño, sino que, incluso a riesgo de su vida, cuida y defiende a sus ovejas.
«El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.» 4
El pastor es también como el «centinela» que debe advertir de los peligros.
«Si alguien oye el toque de trompeta y no hace caso, y el enemigo llega y lo sorprende, él mismo es responsable de su muerte. … Si hubiera hecho caso habría salvado su vida. Pero si el centinela que ve venir al enemigo no toca la trompeta y el pueblo no es puesto en alarma, llega el enemigo y se cobra algunas vidas, estos habrán perecido por su maldad, pero yo pediré cuenta de su sangre al centinela. A ti … te he puesto de centinela.» 5
«El justo vive de la fe», que se enciende «por la predicación» apostólica, y ésta halla en «la palabra de Cristo» su luz y su fuerza 6. Por eso el gran silencio sobre la virtud del pudor y la castidad es la causa principal del crecimiento presente entre los cristianos del impudor y la lujuria, que hallan un eficacísimo aliado en el consumo muy frecuente –que es a veces una adicción– de galerías gráficas, música y videos, películas, series, lecturas, teatro, contrarias al pudor y promotoras de la lujuria en todas sus formas. En consecuencia, la lujuria ha invadido el mundo, ha creado un ambiente perverso tan generalizado en las costumbres, que los cristianos hoy, al menos los más débiles en la fe y en la práctica de los sacramentos, pierden o se debilitan en la castidad, sin mayores problemas de conciencia, aceptando el impudor extremo de unas modas y costumbres que nunca fueron aceptadas en los siglos anteriores de la Iglesia. Y como si esto fuera un progreso de la conciencia moral de la humanidad moderna.
El diseño de Dios
Hombre y mujer los creó (Gn 1,27)
Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, con distinta identidad sexual e idéntica dignidad personal.
«Dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra’. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: ‘Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla’… Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno». 7
Dios hizo diferentes al hombre y a la mujer para que fueran complementarios y, por la unión íntima de amor esponsal, colaborasen con Él en la transmisión de la vida humana. Las diferencias —genéticas, biológicas, psicológicas, morfológicas, etc.— entre hombre y mujer no significan superioridad ni subordinación de uno respecto el otro, ni mayor o menor dignidad. La diferencia y complementariedad física, moral y espiritual, está orientada a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. Por eso el hombre y la mujer se atraen sexual y espiritualmente y se complementan.
A cada uno le corresponde reconocer y aceptar su propia identidad sexual, masculina o femenina, como diseño y don del Creador. Dios no comete errores. Nadie nace en un cuerpo equivocado, como pretenden hacer creer algunos. La identidad sexual —masculina o femenina— está determinada genéticamente e inscrita con los cromosomas en cada una de las células de cada ser humano desde el primer instante de su existencia. Esto es ciencia, no opinión. Y esto no se puede cambiar ni con cirugías, ni con medicamentos, ni con ideologías.
Estando la identidad sexual inscrita y determinada por la naturaleza —se nace hombre o se nace mujer—, sin embargo la sexualidad no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en su unidad total de cuerpo y alma. La sexualidad hace referencia particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión.
Ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)
La sexualidad humana está ordenada al amor conyugal entre el hombre y la mujer en el matrimonio. La intimidad corporal de los esposos viene a ser una expresión y una garantía de comunión espiritual. El sexto mandamiento —“no cometerás actos impuros” 8— enseña el recto sentido de la sexualidad humana. La sexualidad es verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de amor personal entre un hombre y una mujer en el matrimonio, en una entrega mutua, exclusiva, total, temporalmente ilimitada y abierta a la vida. La íntima unión sexual del hombre y de la mujer en el matrimonio —consecuencia y expresión de su amor— es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador.
Dios, que es amor y vida, ha inscrito en el varón y en la mujer la llamada a una especial participación en su misterio de comunión personal y en su obra de Creador y de Padre 9. Por esa razón, el matrimonio posee bienes y valores específicos de unión y de procreación. 10
En el cuarto mandamiento, Dios pide a los esposos que se amen entre sí, que reciban responsablemente a los hijos y que los eduquen con amor. Por eso, la unión sexual en el matrimonio tiene un doble y esencial valor unitivo y procreativo, diseñado por Dios, que no es lícito separar. La fecundidad es un bien, un don, un fin del matrimonio. Dando la vida, los esposos participan de la paternidad de Dios.
Sed fecundos y multiplicaos (Gn 1,28)
Por razones justificadas, y en una decisión pensada y tomada ante Dios, los esposos pueden querer espaciar el nacimiento de sus hijos. Deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad de una paternidad responsable. Pero, no cualquier método de regulación es admisible moralmente. Se consideran lícitos la continencia periódica y los “métodos naturales” fundados en la autoobservación y en el recurso a los periodos infecundos naturales de la mujer.
Se excluyen los medios inmorales que atentan contra los aspectos esenciales, unitivo y procreador, del acto conyugal. La buena intención de los esposos no justifica el recurso a medios inmorales. Es inmoral e ilícita toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación; como, por ejemplo, la esterilización (ligadura de trompas, vasectomía, etc.), los anticonceptivos (preservativo, píldora anticonceptiva) y los abortivos (“DIU”, píldora del día siguiente, aborto provocado, etc.).
El hijo es un don de Dios, el don más grande dentro del matrimonio. No existe el «derecho» a tener hijos, ni dentro ni, menos aún, fuera del matrimonio.
La inseminación y la fecundación artificial son inmorales porque disocian la procreación del acto conyugal, instaurando así un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Además, cuando se recurre a técnicas que implican a una persona extraña (donantes de esperma o de óvulos, ’gestación subrogada’ o ‘vientres de alquiler’), se lesiona el derecho del hijo a ser fruto del acto conyugal de sus padres (expresivo de su amor mutuo) y a nacer de un padre y de una madre conocidos por él y unidos en matrimonio.
El matrimonio no confiere a los cónyuges el derecho a tener un hijo, sino solamente el derecho a realizar los actos naturales que de suyo se ordenan a la procreación.
La generación de un hijo ha de ser siempre el fruto del amor y de la donación recíproca realizada en el acto conyugal propio de los esposos, en el que hombre y mujer cooperan como servidores, y no como dueños, en la obra del amor creador de Dios.
El origen de una persona humana es en realidad el resultado de una donación. La persona concebida deberá ser el fruto del amor de sus padres. No puede ser querida ni concebida como el producto de una intervención de técnicas médicas y biológicas.
Toda intervención técnica que sustituya al acto conyugal es moralmente ilícita. Y esto, aunque estuviera libre de toda relación con la práctica abortiva —por la destrucción de los embriones no seleccionados que conlleva— y de la masturbación —requerida para la obtención del semen necesario—.
El acto de amor conyugal es el único lugar digno de la procreación humana. 11
Los progresos de la técnica hacen posible en la actualidad una procreación sin unión sexual. Pero lo que es técnicamente posible no es, por esa sola razón, moralmente admisible. Y, por el mero hecho de que algo sea permitido legalmente, no quiere decir que también sea lícito moralmente.
No obstante, y a pesar de lo inmoral que haya podido ser el modo de su concepción, todo niño que llega al mundo deberá en todo caso ser acogido como un don viviente de la bondad divina y deberá ser educado con amor. 12
Cuando el don del hijo no les es concedido, los esposos, además de acudir a los recursos moralmente lícitos de la medicina, pueden ejercer una preciosa fecundidad espiritual mediante la tutela o la adopción, o bien realizando servicios en beneficio del prójimo.
La alianza que los esposos contraen libremente implica un amor fiel y abierto a la vida y les confiere la obligación de guardar indisoluble su matrimonio. Entre bautizados, los vínculos del matrimonio están santificados por el sacramento.
Castidad
La castidad es una virtud moral, incluida en la virtud cardinal de la templanza, que, bajo la moción de la caridad, orienta y modera santamente el impulso sexual humano, tanto en sus aspectos físicos como afectivos. Entraña el aprendizaje del domino personal. Es un don de Dios, una gracia. Implica en la persona fidelidad a la gracia, libertad, dominio y respeto de sí misma, así como caridad y respeto hacia los otros. Infunde lógicamente una repugnancia hacia el impudor y la lujuria que le son contrarios.
No es la castidad la principal de las virtudes, por supuesto. Pertenece a la virtud de la templanza —virtud que modera la atracción de los placeres y procura la moderación en el uso de los bienes creados—, que en la escala de las cuatro virtudes cardinales –prudencia, justicia, fortaleza y templanza– suele considerarse como el peldaño inferior. Pero si es el más bajo de la escala, es el primero, por el que se empieza a subir. Y si uno tropieza por la lujuria en ese primer escalón, se cierra a sí mismo la posibilidad de ascender por la escala de la perfección.
Tampoco, por supuesto, es la lujuria el más grave pecado, pero sí es la más grave quiebra de la virtud de la templanza 13. Y es un vicio capital, esto es, cabeza de otros muchos males: egoísmo, avidez del mundo, olvido de Dios y de la esperanza del cielo, oscurecimiento del juicio, debilitación de la voluntad, inconstancia, vanidad, infidelidades, mentiras, injusticias, crueldades absolutamente indignas, etc. 14.
La castidad es una virtud, es por tanto una fuerza espiritual, una facilidad e inclinación habitual y firme hacia el bien honesto de la sexualidad, así como es al mismo tiempo una repugnancia hacia toda forma de sexualidad deshonesta.
La perfecta castidad es un amor perfecto al prójimo, es una gran veneración interpersonal; de modo que con el crecimiento de la caridad, crece la castidad, y viceversa. La castidad evangélica es mucho más que una sexualidad razonable y ordenada: es la alta calidad de la caridad en la relación sexual entre personas.
La perfecta castidad es también perfecta libertad. El lujurioso está cautivo de su adicción morbosa al sexo o a sus representaciones. No es en él el jinete quien conduce al caballo, sino el caballo el que lleva al jinete donde quiere. Entendimiento y voluntad no son capaces de dirigir la sensualidad, sino que ven arrastrado y llevado por ella tanto su pensamiento como su querer. La castidad, por el contrario, guarda a la persona en la «libertad propia de los hijos de Dios» (Rm 8,21), de tal modo que son los sentidos y sentimientos los que van integrándose cada vez más en el pensar del entendimiento y en el querer de la voluntad. Cuando la virtud de la castidad llega a estar perfecta, ya la persona no apetece sensualmente lo indecente, sino que le repugna.
La castidad ayuda a crecer en la madurez personal. La sexualidad delniñoes incierta, quizá se orienta a él mismo, a otros niños –posiblemente del mismo sexo– o a los adultos más próximos. El adolescentesano desarrolla una inclinación claramente heterosexual, pero la inmadurez de su tendencia se manifiesta en que todavía es general, hacia las personas del otro sexo. Eladulto casadoque ha alcanzado la madurez personal, centra su sexualidad en una sola persona, su esposa o esposo, y ese amor lo hace incapaz de enamorarse de otras. El cristiano célibe, por su parte, de tal modo se enamora de Cristo, por especial gracia de Dios, que este amor le hace incapaz de enamorarse de una única persona humana concreta, haciéndolo al mismo tiempo capaz de amar a todas las personas, con una admirable caridad universal y difusiva; oblativa, no posesiva.
El ejercicio de la sexualidad no es requisito necesario para el desarrollo personal del cristiano –ni de cualquier hombre–, como lo vemos en Cristo. Dios es amor interpersonal, y el hombre fue creado como imagen de Dios (Gen 1,26). Por eso lo que es imprescindible para la maduración personal es el crecimiento en el amor interpersonal, amor que, según las vocaciones, tendrá un ejercicio sexual (en el matrimonio) o carecerá de él (fuera del matrimonio). Lo que frustra a la persona hasta su fondo no es la falta de ejercicio de la sexualidad, sino el desamor. Una persona que no ama, que ama poco, que ama mal, apenas es hombre, porque el hombre es imagen de Dios, y «Dios es amor» (1Jn 4,8). El amor personal puede y debe ser mucho más fuerte que la mera inclinación sensual, y ésta, en su ejercicio, debe ser siempre una manifestación elocuente del amor interpersonal.
Qué diferencia tan inmensa entre la sexualidad cristiana –personal, libre, digna, respetuosa y siempre amorosa– y la sexualidad carnal y mundana–tantas veces egoísta, animal, compulsiva, apenas libre–.
Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y os aseguramos: Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa (1 Tes 4,3-7).
La castidad evangélica es santa y hermosa en todos los estados de la vida cristiana. Es santa y hermosa la castidad en el celibato y la virginidad consagrada, pero también en todos los estados de la vida laical puede y debe, con la gracia de Cristo, alcanzar la perfección, una perfección que vamos a intentar describir, pues algunos la desconocen y ni siquiera la imaginan.
Todos los cristianos están llamados a vivir la castidad según su estado de vida particular. Las personas casadas son llamadas por Dios a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia.
Castidad en el matrimonio
La sexualidad humana está ordenada al amor conyugal entre el hombre y la mujer en el matrimonio. Los esposos cristianos,perfectamente castos, se aman como Cristo ama a su Iglesia. Son incapaces de enamorarse de otro y toda su sexualidad es plenamente conyugal. De tal modo su sexualidad está integrada en la caridad, que el amor puede despertarla, y el amor puede dormirla, según convenga a las mismas exigencias del amor conyugal. Por eso los esposos cristianos –como antes, de novios– pueden abstenerse de la unión sexual, periódica o totalmente, sea por motivos de salud, de regulación de la natalidad o simplemente «por entregarse a la oración» (cf. 1Cor 7,5). Si ello implica cruz, ya el cristiano ha conocido desde niño que no es posible ser discípulo de Cristo sin tomar su cruz y seguirle.
Castidad en la viudedad
El cristiano viudo ha de vivir también la perfecta paz de la castidad evangélica. La gracia de Cristo le sitúa providencialmente en un estado de vida singularmente abierto a los valores espirituales. Dios le ha retirado el esposo o la esposa, es decir, le ha quitado la representación sensible y sacramental de Cristo Esposo; y así ha pasado del signo a la realidad, quedando a solas con Cristo Esposo. Ésta es también la gracia propia de la virginidad consagrada y el celibato apostólico.
Esto no implica que la relación y el amor entre los cónyuges cristianos se rompa o se debilite con la muerte de uno de ellos –al menos si murió «en el Señor»–, pues el influjo benéfico del difunto, por ejemplo, hacia la viuda y los hijos no disminuye desde el cielo, sino que aumenta. Desaparece el vínculo sacramental, pero no el amor. El viudo o la viuda cristiana no captan ya, mirando hacia el pasado, su relación con el cónyuge, en evocaciones vanas que podrían a veces ser morbosas, sino en el presente y, sobre todo, mirando hacia el futuro escatológico del Reino: «el tiempo es corto… Pasa la apariencia de este mundo» (1Cor 7,29.31). Y «cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres tomarán esposo; serán como ángeles en el cielo» (Mt 22,30).
Castidad en el noviazgo
Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad y deben esperar a estar casados para tener relaciones sexuales. En esta prueba del amor descubren el mutuo respeto, aprenden la fidelidad y esperan recibirse el uno y el otro de Dios en el matrimonio. Los novios cristianos, no sólo continentes, sino perfectamente castos, se aman con el amor de Cristo, sin relacionarlo con mal alguno, ni en obra, ni en deseo o imaginación. Y por supuesto su amor, que todavía no tiene ejercicio sexual, es ciertamente profundo, verdadero y personal, libre y fiel.
Virtud ¿fácil, difícil, imposible?
La castidad es fácil para quien vive realmente la vida de la gracia. La castidad es una virtud, una fuerza espiritual, un hábito operativo, y como ocurre con todas las virtudes, a medida que va creciendo en la persona, va ejercitándose cada vez con más facilidad y perfección: inclina establemente hacia lo honesto, vence con más rapidez y seguridad la tentación, e incluso llega a repugnar sensiblemente de toda deshonestidad sexual. Cuando la virtud está formándose, hay guerra entre el hombre espiritual y el carnal; crecida la virtud, se hace la paz, porque fácilmente prevalece el espíritu del hombre nuevo; y ya perfecta la virtud de la castidad, experimenta la persona la victoria y una gran libertad. Éstas son las fases normales en el crecimiento espiritual de un cristiano: guerra (principiantes), paz (adelantados), victoria y libertad (maduros).
La castidad es virtud bastante fácil, al menos si se compara con otras virtudes cristianas que han de vencer enemigos más poderosos y perdurables: soberbia, vanidad, avaricia, pereza, etc. Si el cristiano se libera, como es debido, de los hábitos mundanos erotizantes, y sigue una vida verdaderamente cristiana, con oración y sacramentos, virtudes, trabajo santo y santo ocio, la castidad es perfectamente posible.
El mundo está muy mal, muy podrido de lujuria; pero Dios concede siempre a sus hijos, y de modo sobreabundante, la gracia que necesitan en cada circunstancia y época: «bien sabe vuestro Padre celestial –nos dice Cristo– que de todo eso tenéis necesidad» (Mt 6,32).
Por el contrario, la castidad será imposible al cristiano que vive según el mundo, que asimila su modas y costumbres, que no se alimenta habitualmente de Cristo en la palabra, la oración, los sacramentos (Misa y Confesión) y la vida virtuosa, y que no se aleja, lo que sea preciso, de las ocasiones próximas de pecado. Pero en estas condiciones cualquier virtud es muy difícil, es prácticamente imposible.
Pudor
El pudor es un aspecto de la castidad 15. De hecho, en el lenguaje ordinario, se toma indistintamente uno por otra. El sentido del pudor consiste «en la innata y más o menos consciente tendencia de cada uno a defender de la indiscriminada concupiscencia de los demás un bien físico propio, a fin de reservarlo a los sabios fines del Creador, por Él mismo puestos bajo el escudo protector de la castidad y de la modestia» 16.
Pudor y castidad son virtudes inculcada por el mismo Dios en el hombre caído por el pecado. No son meras normas sociales de orden cultural.
La doctrina cristiana sobre el pudor, era —y aún es— poco conocida y apreciada en el mundo pagano, y llega al conocimiento de los pueblos por la Revelación bíblica, y concretamente en relación con el pecado original. Crea el Señor a Adán y Eva, y «estaban ambos desnudos, sin avergonzarse de ello» (Gen 2,25). Pero al perder por el pecado la justicia y gracia en que habían sido creados, inmediatamente se les abren los ojos, sienten vergüenza de su desnudez y se visten con unas hojas de higuera como pueden (3,7). Pero, «el Señor Dios hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió», estableciendo así el pudor como norma para hombres y mujeres (3,10-11; 3,21).
En estos versículos la Biblia enseña dos verdades: 1) que, en el hombre caído, trastornado por el pecado, el vestido es una exigencia natural y la desnudez es anti-natural, algo contrario a la naturaleza caída del hombre. Y enseña también 2) que, después del pecado original, el mismo Dios que creó desnudos al hombre y a la mujer, «los vistió»; es decir, que es voluntad de Dios el vestido humano, y prohibió la desnudez impúdica. Ésta ha sido la fe constante de Israel y de la Iglesia de Cristo. Y la Iglesia difunde en todas las naciones las normas propias de esta virtud.
Únicamente la palabra de Cristo tiene poder para sanar al hombre podrido por el impudor y la lujuria. «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida» (Jn 8,12). Jesús enseñó en la plenitud de la revelación: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28). El impudor suscita el pecado. San Pablo predica a los recién convertidos al cristianismo la castidad y el pudor como algo exigido por su condición de miembros de Cristo: «el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo… ¿No sabéis acaso que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… El que se une al Señor se hace un solo espíritu con él. Huid de la fornicación» (cf. 1Cor 6,13-18). Les recuerda igualmente su condición de templos del Espíritu Santo: «¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, y que habéis recibido de Dios? No os pertenecéis, pues habéis sido comprados ¡y a qué precio! Glorificad, pues a Dios, en vuestros cuerpos» (6,19-20). Y gravemente amenaza –«no os engañéis»– con la condenación eterna que espera a los adúlteros, fornicarios y sodomitas (3,16-17; 6,9-11).
El Catecismo de la Iglesia Católica 17 nos enseña que la pureza exige el pudor, que es parte integrante de la templanza. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. El pudor preserva la intimidad de la persona. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama.
El pudor rechaza los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de comunicación a hacer pública toda confidencia íntima (p.e.: reality shows). El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes.
El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa; contribuye a que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo del hombre y de la mujer entre sí.
El pudor es modestia. Mientras la castidad modera el mismo impulso sexual, el pudor ordena en la castidad, no solamente la elección del vestido, sino también, miradas, gestos, conversaciones, relación entre novios, confidencias, higiene personal, espectáculos, medios de comunicación, redes sociales, etc., es decir, todo un conjunto de circunstancias que se relacionan más o menos con el impulso sexual, en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas. «El pudor advierte el peligro inminente, impide el exponerse a él e impone la fuga de aquellas ocasiones a las que se hallan expuestos los menos prudentes» 18 y los menos castos.
El pudor se convierte en discreción cuando mantiene el silencio o la reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla. La caridad, el bien del prójimo, el respeto a la vida privada, el bien común, el deber de evitar el escándalo, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido, o para usar un lenguaje modesto y discreto.
«Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye una intuición de la dignidad espiritual propia del hombre. Nace con el despertar de la conciencia personal. Educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona humana» 19 y la obediencia a Dios, que «los vistió» en su origen.
La mayoría de los cristianos, al menos de los practicantes, tienen, probablemente, una cierta idea de la castidad. Pero quizá muchos de ellos apenas han recibido nunca el evangelio del pudor, y no se dan cuenta a veces de las enormes dosis de impudor que han ido asumiendo sin mayores problemas de conciencia. Y esto trae para ellos y para otros pésimas consecuencias.
La Biblia, en efecto, presenta la vergüenza de la propia desnudez como un sentimiento originario de Adán y Eva después del pecado original, es decir, como una actitud espiritual cuya bondad viene confirmada por Dios, que «los vistió» (Gén 3,7.21). Ésta ha sido la fe constante de Israel y de la Iglesia de Cristo.
Por tanto, ciertas modas y modos impúdicos de vestir generalizados en el mundo, ciertos espectáculos, ciertas playas y piscinas, ciertas imágenes innumerablemente difundidas impresas y más aún en medios digitales, redes sociales y plataformas multimedia o de video en streaming, en los que casi se elimina totalmente ese velamiento social del cuerpo humano querido por Dios, son inaceptables para los cristianos. Contrarían la voluntad de Dios, y no traen, con su rebelión contra Dios —el que «los vistió»—, ningún progreso. Aceptarlos es avergonzarse de la propia fe, mundanizarse en pensamientos y obras, y acercarse a una apostasía implícita o explícita. Siempre la Iglesia ha combatido las costumbres contrarias al pudor, sea en la familia, la conducta, el vestir, el lenguaje, el teatro, los baños públicos o donde fuere. El vestido es grato a Dios y la desnudez impúdica le ofende, porque daña al hombre y a la mujer.
El silenciamiento sistemático de la predicación del pudor y la castidad oculta un importante mandato de Dios y pone gravemente en peligro la vida de los fieles.
Impudor y escándalo
«El escándalo es la actitud o el comportamiento que llevan a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo, y puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave si, por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave» 20.
El impudor propio puede ser ocasión próxima de pecado para el prójimo. Y, así, al pecado de impudor se añade el pecado del escándalo; con lo que al pecado propio se añade la responsabilidad por el pecado de los demás. Jesús es muy claro en esto: «Al que escandalice … más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. … Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay de aquel por quien viene el escándalo!» (cf. Mt 18,6s).
Es prácticamente imposible que alguien asuma, en sí mismo o en la contemplación de los otros, un alto grado de impudor 1) sin pecado de impureza, o al menos sin peligro próximo, propio o ajeno, de incurrir en él, según aquello de Cristo: «todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5,28), y 2) sin pecado de vanidad positiva, orgullo de la belleza propia, o negativa, pena por la propia fealdad, lo que viene a ser lo mismo.
Por otra parte, aunque una persona impúdica se viera exenta de las tentaciones aludidas –cosa difícil de creer, al menos si su constitución psico-somática es normal–, causará un daño al bien común espiritual, apoyando con su conducta una costumbre mala, que para la mayoría de los prójimos es ciertamente una ocasión próxima de pecado. El impudor, la lujuria y la pornografía, dando culto al cuerpo propio y ajeno, lo devalúan, lo desacralizan, lo profanan, ensuciando la bondad y belleza de la criatura suscitada por el amor de Dios.
Es un pecado de impudor que hombres y mujeres se muestren semi-desnudos en público, haciéndose al mismo tiempo para otros ocasión próxima de pecado. Aunque esa costumbre esté hoy moralmente aceptada por la gran mayoría, también de los cristianos, sigue siendo mundana y anticristiana.
El sexto Mandamiento del Decálogo prohíbe el pecado de adulterio, entendido como acto exterior cometido (Ex 20,14; Dt 5,18). Pero Jesús, en el Nuevo Testamento, denuncia también «el adulterio del corazón»,cometido únicamente en el interior, por las malas miradas y deseos consentidos: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27s). Y lo mismo sucede cuando es la mujer la que mira al hombre con deseo. Habla Jesús del mal deseo en la mirada «a la mujer», porque sabe que el impudor social visible relativo a la mujer es mucho más frecuente y peligroso que el referente al varón, aunque, por supuesto, también se da en éste a su modo.
En el «adulterio del corazón» del que habla Cristo caen los hombres con mucha más frecuencia que las mujeres. En este ámbito, la mujer peca más bien de impudor –y de orgullo, y de vanidad– cuando con su modo de vestir, sus gestos y actitudes, ocasiona en el varón el pecado del adulterio interior. Aunque es obvio que una mujer modesta y decente puede ser objeto, sin culpa suya alguna, de miradas y deseos malos.
Reconozcamos los cristianos, hombres y mujeres, que es pecado poner a otros en ocasión próxima de pecado, por vestir según modas mundanas indecentes: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. … ¡Ay de aquel por quien viene el escándalo!» (cf. Mt 18,7-8).
Si queremos que Cristo viva y crezca en nosotros, tenemos que evitar modas y modos de vestir (en estos casos, de ‘mal vestir’) que puedan ser ocasión de malas miradas, que susciten malos deseos, que a su vez engendran adulterios del corazón y otros pecados de lujuria.
Igualmente, tenemos la obligación moral de evitar las miradas concupiscentes, si queremos guardarnos como templos sagrados de la Santísima Trinidad, que habita en nosotros. Y si no queremos cometer «adulterios del corazón». San Gregorio Magno nos advierte:
«Todo aquel que mira exteriormente de una manera incauta, generalmente incurre en la delectación de pecado, y obligado por los deseos, empieza a querer lo que antes no quiso. Es muy grande la fuerza con que la carne obliga a caer, y, una vez obligada por medio de los ojos, se forma el deseo en el corazón, que apenas puede ya extinguirse con la ayuda de una gran batalla. Debemos, pues, vigilarnos, porque no debe verse aquello que no es lícito desear. Para que la inteligencia pueda conservarse libre de todo mal pensamiento, deben apartarse los ojos de toda mirada lasciva, porque son como los ladrones que nos arrastran a la culpa» 21.
Potenciemos con actos afirmativos de oración las negaciones que imponemos a las miradas impúdicas. Que no quede esa obra preciosa limitada a su negatividad: no mirar. Que siempre vaya acompañada de una oración por nosotros y por la conversión de las personas impúdicas.
Lujuria
El Creador estableció que en la función de la generación los esposos experimentasen un gran placer y una honda satisfacción del cuerpo y del espíritu. Por tanto, los esposos no hacen nada malo procurando este placer y gozando de él. Aceptan agradecidos lo que el Creador les ha destinado. Sin embargo, los esposos deben saber mantenerse en los límites de una justa moderación. 22
El placer sexual es pecado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión conyugal, o fuera del matrimonio. 23
«La lujuria es el deseo o goce desordenados del placer sexual. La lujuria es el vicio contrario a la castidad, y se realiza por malos actos o deseos consentidos fuera del matrimonio, o dentro de él, pero contra sus leyes morales. En la opinión de San Alfonso María de Ligorio, es el pecado «por el que mayor número de almas caen en el infierno» 24. La lujuria consumada es la que realiza el acto sexual completo; y la incompleta la que, iniciándolo más o menos, no llega a él.
La lujuria, en cualquiera de sus pésimas modalidades, es rechazada con energía por la Sagrada Escritura. «Ni fornicarios, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni sodomitas… heredarán el reino de Dios» (1Cor 6,9-10). Los fornicarios, en efecto, son «idólatras»: dan culto a la criatura en lugar de al Creador (Ef 5,5; Col 3,5-6; Rm 1,25). La lujuria repugna en absoluto al que es miembro de Cristo y templo de la Trinidad divina (1Cor 6,12-20). Y se puede pecar contra la castidad con actos sólo internos. Cristo nos enseña que «todo el que mira a una mujer deseándola, ya en su corazón comete adulterio con ella» (Mt 5,28).
Pecados contra la castidad
Los pecados principales contra la castidad vienen enumerados y descritos en el Catecismo de la Iglesia 25. Transcribo abreviando.
Por masturbación o ‘autoerotismo’ se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. Es una falta contra el amor, porque hace del placer sexual un fin en sí mismo desvinculado del amor entre varón y mujer. Se puede convertir en una adicción que aísle a la persona en su soledad y le impida encontrar el amor en una relación personal. “Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado” 26.
Conviene advertir que el término «desordenado», frecuente hoy en el lenguaje eufemístico vigente, significa «pecado»: es bueno aquello que se mantiene ordenado hacia su fin propio; es pecado, es desordenado, aquello que se desvía culpablemente de su fin verdadero. Algo «gravemente desordenado» es, por tanto, «pecado grave».
La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos. 27
La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Degrada a las personas convirtiéndolas en meros objetos para el consumo de placer y ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. 28
La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga, además, peca gravemente contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha su cuerpo, templo del Espíritu Santo (cf. 1 Cor 6,15-20). 29
La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. Lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (incesto) o de educadores con los niños que les están confiados. 30
Respecto de la homosexualidad, hay que distinguir entre la tendencia homosexual —objetivamente desordenada— y los actos homosexuales.
La tendencia homosexual, es decir, la atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo, en sí misma no es pecado y constituye para la mayoría de las personas que la experimentan una auténtica prueba. Las personas con esta tendencia deben ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza, evitando toda discriminación injusta. Están llamadas a la castidad en la continencia —como cualquier persona no casada— y a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor, las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición. Pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana, mediante las virtudes de dominio —educadoras de la libertad interior—, de la oración y la gracia sacramental, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada.
Los actos homosexuales son depravaciones graves, intrínsecamente desordenados 31, degradantes y contrarios a la ley natural. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual y cierran el acto sexual al don de la vida. San Pablo denuncia fuertemente estas prácticas:
«una impureza tal que degradaron sus propios cuerpos; … pasiones vergonzosas, pues sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza; de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer, se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres» 32.
La práctica de la homosexualidad no puede recibir aprobación en ningún caso 33.
Gravedad de los pecados contra la castidad
La Sagrada Escritura afirma en muchos lugares la gravedad de los pecados contra la castidad. «No cometerás adulterio» (Ex 20,14). «Todo aquel que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5,28). «No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas… poseerán el reino de Dios» (1Cor 6,9-10). «Las obras de la carne son manifiestas: fornicación, impureza, lascivia… y otras como ésas, de las cuales os prevengo, como antes lo hice, que quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios» (Gál 5,19-21). «Habéis de saber que ningún fornicario, ni impuro… tendrá parte en la heredad del reino de Cristo y de Dios» (Ef 5,5). «Dios ha de juzgar a los fornicarios y a los adúlteros» (Heb 3,4).
El placer sexual directamente buscado fuera del matrimonio es pecado grave, tanto si es procurado en forma consumada o solamente incompleta; y tanto si se produce con actos externos o sólo internos –una mirada, un pensamiento o un deseo–. Sólo puede ser pecado venial cuando el acto no ha sido verdaderamente responsable, es decir, cuando ha faltado la advertencia suficiente de la mente o el pleno consentimiento de la voluntad.
La teología católica explica esta intrínseca y grave maldad de la lujuria considerando que Dios unió el placer sexual con la posible procreación, para asegurar el desarrollo de la humanidad. Procurarse directamente por pura sensualidad, en mayor o menor grado, ese placer sexual fuera del matrimonio, o dentro de él en forma anticonceptiva, es una acción contra natura, gravemente desordenada, intrínsecamente mala, un pecado grave.
Y la gravedad de los pecados de lujuria incompleta, no consumada, se comprende porque es pecado grave ponerse sin causa justificada en ocasión próxima de pecado. Y ciertamente los actos incompletos conducen de suyo a ser completados. Por eso mismo es difícil sofrenarlos, y han de ser frenados en su principio, y mejor aún si se evitan antes de principiar. En realidad, es prácticamente imposible procurarse el placer sexual en forma incompleta sin que, al menos implícitamente, se procure, o al menos se desee, su consumación. Santo Tomás explica esto al estudiar la finalidad en los actos humanos: «la incoación de una cosa se ordena siempre a su consumación» 34.
«Para emitir un juicio justo sobre la responsabilidad moral de los sujetos, ha de tenerse en cuenta el grado de inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral» 35. Esto se puede decir, obviamente, de todos los pecados. Pero ha de ser tenido en cuenta especialmente en aquellos pecados que crean una mayor huella psico-somática, como son los pecados sexuales.
Los vicios y las adicciones, como la lujuria o como el alcoholismo, son hábitos que han podido formarse en un principio por una sucesión de actos libres y culpables. Pero cuando esos hábitos malos están ya muy arraigados, pueden disminuir mucho, o eliminar, la libertad de quienes están en ellos cautivos. Vemos ahí claramente cómo la libertad, mal usada, que se ejercita pecando, puede acabar destruyéndose a sí misma en aquello en lo que más pecó.
La persona, por supuesto, no pierde su libertad en todos los campos, sino en aquellos muy especialmente pervertidos por los pecados. Con un ejemplo: un alcohólico, si se va con los amigos a la taberna, tiene perdida su libertad y se emborracha. Pero queda en él, no destruida, la libertad en otros muchos ámbitos de su persona: puede, concretamente, decidir no irse a la taberna. Algo semejante podría decirse de algunos pecados contra la castidad.
Diez verdades principales
1.– El pudor está ordenado a favorecer la castidad 36. Y como la virtud de la castidad es tan valiosa en todos los estamentos del pueblo cristiano, por eso es también tan grave mal la pérdida del pudor. Difícil es que se mantenga firme la castidad donde reina el impudor en el vestir, en el hablar, en los espectáculos y medios de difusión. El ser humano, que está llamado a ser para sus prójimos «imagen de Dios», se degrada por el impudor, convirtiéndose en instrumento del diablo.
2.– El mundo secular apenas conoce hoy el valor del pudor, también desconocido en gran parte del mundo antiguo. Y la situación actual del mundo en el impudor y la lujuria es semejante a la que halló la Iglesia en los primeros siglos, o quizá peor.
Pues si [los cristianos], después de haberse alejado de los abusos del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, vuelven a implicarse en ellos hasta verse dominados, entonces su situación última es peor que la primera. Pues habría sido mejor para ellos no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, desviarse del mandamiento santo que les había sido transmitido. Les pasa lo de ese refrán tan verdadero que dice: «El perro vuelve a su propio vómito» y «Cerda lavada se revuelca en el fango» (2Pe 2, 20-22).
Los cristianos degradados se hicieron mundanos, ignorando que «todo lo que hay en el mundo –concupiscencia de la carne, codicia de los ojos y ostentación de la riqueza– no procede del Padre, sino que viene del mundo» (1Jn 2,16).
3.– Dios infunde el pudor en Adán y Eva, después de su pecado. Así como la predicación de la Iglesia afirmó la verdad original del matrimonio, librándolo de muchas corrupciones –«al principio no fue así» (Mt 19,8)–, también reveló al mundo con su predicación que Dios mismo, después de la caída del hombre y de la mujer, quiso al principio librarlos de la vergüenza que sintieron al verse desnudos: «les hizo vestidos y los vistió» (Gén 3,7.21). El vestido es, pues, con-natural a la naturaleza del hombre caído; y la desnudez es una indecencia y un peligro.
4.– El Evangelio del pudor fue una gran novedad que la Iglesia predicó al mundo antiguo con gran fuerza. El testimonio del pudor en los primeros siglos fue para la Iglesia ocasión de muchas conversiones, y también de muchos casos de martirio. Y así como el Occidente cristiano difundió con la luz de Cristo por todo el mundo el pudor y la castidad, ahora, caído en la apostasía, es lógicamente el mayor difusor del impudor y de la lujuria entre las naciones. Corruptio optimi pessima. Por eso es evidente que uno de los elementos de la nueva evangelización ha de ser la predicación y el testimonio del Evangelio del pudor y de la castidad, que hoy es desconocido, es algo nuevo para el mundo y para gran parte del pueblo cristiano.
5.– El impudor es una ocasión próxima de pecado. La vanidad y la sensualidad de la mujer la llevan al impudor, y éste despierta fácilmente en el hombre la lujuria: «todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5,28). Y lo mismo, mutatis mutandis, ha de decirse del hombre en relación a la mujer. Por eso todas las formas de impudor en vestidos, palabras, costumbres, espectáculos, libros, son un escándalo.
«Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!» (Mt 18,6-7).
6.– La gracia de Cristo mueve al recogimiento de los sentidos, por ejemplo, el de la vista, cuando sobreviene la tentación del impudor. Y lleva también a evitar la frecuentación de aquellos lugares en los que el pudor se ve agredido con tentaciones especialmente graves, como sucede en ciertas playas o espectáculos. Si el cristiano no se ejercita con la gracia de Cristo en la mortificación habitual de sus sentidos, será para él imposible evitar el pecado y más imposible aún ir adelante en el camino de la santidad. Por eso decía San Juan de la Cruz:
«¡Oh, si supiesen los hombres de cuánto bien de luz divina los priva esta ceguera que les causan sus aficiones y apetitos [desordenados], y en cuántos males y daños les hacen ir cayendo cada día en tanto que no los mortifican! Porque no hay que fiarse de buen entendimiento, ni dones que tengan recibidos de Dios, para pensar que, si hay afición o apetito [desordenados], dejará de cegar y oscurecer y hacer caer poco a poco en peor.» 37
7.– El mundo presente, al ser una gran escuela de impudor, es por eso mismo una gran escuela para ejercitar la virtud del pudor. El mundo trata de inculcar el impudor y la lujuria, ya desde la escuela, y en todos los ambientes y ocasiones. Y esta agresión del mal solo puede ser resistida con un ejercicio muy continuo y enérgico de las virtudes. Ahora bien —como éstas crecen precisamente con los actos intensos 38—, por eso, si, cada vez que el cristiano recibe en sus sentidos una incitación al pecado, rechaza, con la gracia de Dios, la tentación, crecen en él mucho el pudor y la castidad. Y crecen al mismo tiempo con ellas todas las virtudes morales, pues todas están conexas y crecen juntamente, como los dedos de una mano 39. Y quiera Dios que en este santificante ejercicio, el cristiano, al rechazar la tentación, no se limite a realizar actos negativos –aunque, en realidad, todos los actos son positivos–, sino que siempre motive sus negaciones con actos positivos de amor y fidelidad a Cristo Esposo: «Señor, centra en ti mi corazón por el amor, y hazlo libre de toda criatura»; «Concédeme, Señor, que no desee nada que esté fuera de ti»; «Señor, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme».
8.– La predicación insuficiente del Evangelio del pudor y de la castidad es una de las causas principales de la degradación creciente de estas virtudes en el mundo y en la Iglesia. Concretamente la Iglesia viene sufriendo en estas materias escándalos muy dolorosos. La causa principal de éstos no es la maldad del mundo circundante, sino el silenciamiento de la doctrina cristiana sobre estas materias, e incluso una aceptación ideológica del impudor como si fuera un progreso de la conciencia moral de la humanidad moderna. Solo la predicación del Evangelio, solo la verdad, puede vencer los males del mundo o al menos hacernos libres de ellos.
9.– El pudor cristiano no se limita a no-escandalizar, sino que pretende expresar la santidad de Cristo en formas nuevas que iluminen la oscuridad del mundo con su bondad y su belleza. Los cristianos no hemos sido enviados por Cristo al mundo para no hacer males, sino para difundir y acrecentar en él toda clase de bienes. Es decir, para renovar el mundo a la luz del Evangelio, creando nuevas formas, modas y costumbres. La mejor manera –o la única a veces– que tiene el cristiano para negarse a participar de los males presentes es afirmando nuevos bienes.
«Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rm 12,2). «Así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida.» (Flp 2,15s).
10.– Laicos, sacerdotes y consagrados, hombres y mujeres, todos los cristianos estamos llamados a la santidad, también evidentemente en el pudor y la castidad. En lo referente al vestir, por ejemplo, todo cristiano debe ser reflejo de la santidad, pobreza y dignidad de Cristo. Aunque en modos diversos, según sus distintos estados, todos deben vestir en formas absolutamente decentes.
La victoria sobre el pecado
Dios nos enseña el recto sentido de la sexualidad humana y nos previene de los pecados contra la castidad en el sexto y noveno mandamientos: «No cometerás actos impuros» y «No consentirás pensamientos ni deseos impuros». 40
La concupiscencia es toda forma vehemente de deseo humano que procede del pecado original y provoca una tensión entre el cuerpo y el espíritu, y que, sin ser una falta en sí misma, inclina al hombre a cometer pecados. No sólo se refiere al deseo sexual. San Juan distingue tres especies de concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf. 1Jn 2,16).
La sexta bienaventuranza proclama “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Hay un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe. Los de “corazón puro” o “limpio” son los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor a la verdad y la ortodoxia de la fe.
La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón, que es la sede de la personalidad moral, y por la práctica de la templanza. La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un prójimo; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina. La pureza exige el pudor, que preserva la intimidad de la persona.
La victoria sobre la concupiscencia de la carne se consigue con la vida en gracia de Dios, alimentada con la oración y la frecuencia de los sacramentos de la Eucaristía y la Confesión; mediante la virtud y el don de la castidad, que nos permite amar con un corazón recto e indiviso; mediante la pureza de intención y de mirada; mediante la disciplina de los sentidos y de la imaginación; y mediante el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros.
Las virtudes crecen por actos intensos, no por la mera repetición de actos remisos. En palabras de San Ignacio de Loyola: «vale más un acto intenso que mil remisos» 41. Si el cristiano ha de guardarse de las tentaciones y resistirlas, tendrá que realizar con la gracia de Cristo muy frecuentes actos intensos, de tal modo que vaya por la calle o en el autobús o entre en un mercado, y no digamos si va a la playa o a la piscina, el Espíritu Santo le moverá a recoger su mirada cada vez que venga la tentación o simplemente le llevará a no asistir a lugares impúdicos –«muerto el perro, se acabó la rabia»–.
«Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna» (Mt 5,29-30).
«El cristiano que aspire seriamente a santificarse huirá como de la peste de toda innecesaria ocasión peligrosa. Y por sensible y doloroso que le resulte, renunciará sin vacilar a espectáculos, revistas, playas, amistades o trato con personas, que puedan serle ocasión de pecado» 42.
Es cierto que las ocasiones próximas para los pecados de lujuria abundan hoy en todas las épocas del año. Pero en el verano se multiplican mucho las tentaciones que estimulan las malas miradas: en la calle, en las playas, en todos los lugares, hasta en los templos. Consiguientemente, el verano es un tiempo muy favorable para el crecimiento en pudor y castidad, si las tentaciones vienen a ser ocasión de realizar actos intensos movidos por la gracia del Salvador.
Especialmente en el verano, suele llegar el ambiente del mundo a un paroxismo de impudor: vale todo, todo está permitido. El verano puede ser un tiempo intenso de gracia, que purifique los corazones y los haga crecer en Cristo. «Todas las cosas colaboran al bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28), también los pecados, en este caso de impudor. Estas condiciones estivales tan estimulantes para crecer con la gracia de Dios en el pudor han de ser aprovechadas por hombres y mujeres, no mirando lo que no se debe y vistiendo como Dios manda, lo que también exigirá a veces, según las circunstancias, actos heroicos. Hombres y mujeres, movidos por el Espíritu Santo, negarán día a día todo lo que viene del diablo, príncipe de este mundo, y afirmarán día a día todo lo que viene de Dios, por obra del Espíritu Santo; tanto en el dominio de la mirada, como en el modo de vestir, o en la renuncia a ciertos lugares, compañías, espectáculos, viajes o excursiones.
NOTAS
1 Algunos textos de esta entrada están extraídos o inspirados de varios artículos referentes al pudor en el blog «Reforma o apostasía» de D. José María Iraburu. https://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/1211240939-0-indice-del-blog-reforma-o-a
2 Mt 28,19s.
3 Jn 21,15-17
4 Jn 10,11-13
5 cf. Ez 33,4-7.
6 Rm 1,17; 10,17
7 Gn 1,26-28.31
8 cf. Ex 20,14; Dt 5,17; Mt 5,27-28
9 cf. San Juan Pablo II, exhort. apost. Familiaris consortio, 11: AAS 74 (1982), 91-92; cf. también const. past. Gaudium et spes, 50.
10 cf. Donum vitae. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19870222_respect-for-human-life_sp.html#_ftnref46
11 cf. Donum vitae.
12 cf. Donum vitae.
13 Santo Tomás de Aquino, STh II-II,151,4 ad 3m
14 STh II-II,153,4-5; 53,6
15 cf. STh II-II, 151,4
16 cf. Pio XII, Discurso 8-XI-1957
17 cf. Catecismo 2521-2533
18 Pío XII enc. Sacra virginitas 1954, 28
19 Catecismo 2524
20 Catecismo 2284
21 Moralia in Job 21,2
22 cf. Pío XII, discurso 29 octubre 1951
23 Catecismo 2351
24 Theologia moralis l.3, n.413
25 Catecismo 2351-2359
26 Catecismo 2352. Persona humana 9
27 Catecismo 2353
28 Catecismo 2354
29 Catecismo 2355
30 Catecismo 2356
31 cf. Persona humana 8
32 cf. Rom 1,24-27
33 cf. Catecismo 2357-2359
34 STh I,1,6
35 Catecismo 2352; cf. Persona humana 9
36 STh II-II, 151,4
37 Subida 8,6-7
38 STh I-II, 52,3; II-II, 24,6
39 STh I-II, 65,1
40 cf. Ex 20,14; Dt 5,17; Mt 5,27-28; Ex 20,17; Mt 5,28.; Catecismo 2331-2400 y 2514-2533
41 Cta. 7-V-1547,2; cf. STh II-II, 24,6; I-II, 52,3
42 Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, n.238
