Archivo por meses: abril 2010

DOMINGO III DE PASCUA “C”


«¡Es el Señor!»
Hch 5, 27b-32.40b-41:  Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo
Sal 29,2-13b:                 Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
Ap 5, 11-14:                   Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la alabanza
Jn 21, 1-19:                   Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; lo mismo el pescado
I. LA PALABRA DE DIOS
El evangelio de hoy nos presenta la tercera aparición de Cristo Resucitado en Galilea, en el contexto de una pesca milagrosa en el lago. Todo el capítulo 21 de San Juan está lleno de sentido simbólico que nos ayuda a entender el misterio de la Iglesia: la barca de Pedro; el trabajo misionero; el fruto de ese trabajo por la intervención de Jesús (para el número «ciento cincuenta y tres», marcadamente simbólico, no se ha encontrado explicación satisfactoria); la red sin roturas; la primacía de Pedro sobre el rebaño que debe cuidar…. Pero las apariciones de Jesús no son simbólicas –aún estando cargadas de un misterioso significado simbólico revelador–, son reales, objetivas; y esto es así tanto por la imposibilidad de reducirlas a meras alucinaciones colectivas, como por las circunstancias que se describen.
La liturgia del tiempo pascual nos ofrece la gracia de experimentar o de revivir nuestra propia experiencia de encuentro con el Resucitado en su Iglesia. En este sentido, el evangelio nos ilumina poderosamente.
«No sabían que era el Señor». Jesús está ahí, con ellos, pero no se han percatado de su presencia cercana y poderosa. ¿No es esto lo que a veces nos ocurre también a nosotros? Ocupados en nuestros intereses, Cristo camina con nosotros, sale a nuestro encuentro de múltiples maneras, pero nos pasa desapercibido. Esa es la raíz de nuestros males: no saber descubrir su presencia viva que ilumina nuestra existencia, que da sentido y vivifica todo.
«Es el Señor». Los discípulos reconocen a Jesús por el prodigio de la pesca milagrosa. Él mismo había dicho: «Por sus frutos los conoceréis». El que murió en la cruz y el que ahora se les aparece resucitado es realmente la misma y única persona: «el Señor» constituido en gloria.
«Jesús se acerca, toma el pan y se lo da». En el relato evangélico, Cristo aparece alimentando a los suyos –cui­dándoles con exquisita delicadeza– en el banquete del Pez y del Pan, que son símbolos eucarísticos primitivos. También ahora, es sobre todo en la eucaristía donde Cristo Resucitado se hace presente y se nos da, nos cuida y alimenta, Él mismo en persona. La fe tiene que estar viva y despierta para reconocer cuánta ternura hay en cada misa.
Cristo Resucitado quiere hacerse reconocer por unas obras que sólo Él es capaz de realizar. Su presencia quiere obrar maravillas en nosotros. Su influjo quiere ser profundamente eficaz en nuestra vida. La presencia del Resucitado quiere renovar nuestra existencia y la vida de la Iglesia entera. Pascua es el tiempo del gozo profundo, de la alegría desbordante y de la paz del corazón.
II. LA FE DE LA IGLESIA
Sentido y alcance salvífico de la Resurrección
(651 – 655)
«Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe». La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación en Cristo que, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina, según lo había prometido.
La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión «según las Escrituras» indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.
La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy». La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, Él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los Judíos: «la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: «Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy»». La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.
Cristo, «el primogénito de entre los muertos», es el principio de nuestra propia resurrección. Y esto, en un doble aspecto: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida.
Esta es, en primer lugar, la «justificación» que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros vivamos una nueva vida». Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos». Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.
Por último, la Resurrección de Cristo –y el propio Cristo resucitado– es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron … del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo». En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En Él los cristianos «saborean los prodigios del mundo futuro» y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina «para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por ellos».
El ministerio de Pedro en la Iglesia
(551 – 553).
El Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo y se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo. La Iglesia es el germen y el comienzo de este Reino.
Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos hombres en número de doce para estar con Él y participar en su misión; les hizo partícipes de su autoridad «y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar». Ellos permanecen para siempre asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia: «Yo, por mi parte, dispongo el Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».
En el colegio de los Doce Simón Pedro ocupa el primer lugar. Jesús le confía una misión única. Gracias a una revelación del Padre, Pedro había confesado: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Entonces Nuestro Señor le declaró: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Cristo, «Piedra viva», asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos.
Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, «el Buen Pastor» confirmó este encargo después de su resurrección: «Apacienta mis ovejas». El poder de «atar y desatar» significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino.
Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia y se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.
Toda la Iglesia es apostólica
(863-865)
La única Iglesia de Cristo –de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica– subsiste en la Iglesia católica, es indestructible y se mantiene infaliblemente en la verdad. Está edificada sobre sólidos cimientos: «los doce apóstoles del Cordero».
La Iglesia es apostólica por su origen, ya que fue construida sobre el fundamento de los apóstoles; por su enseñanza, que es la misma de los apóstoles; por su estructura, en cuanto es instruida, santificada y gobernada, hasta la vuelta de Cristo, por los apóstoles, gracias a sus sucesores, los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro.
Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es «enviada» al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado. Se llama «apostolado» a toda la actividad del Cuerpo Místico que tiende a propagar el Reino de Cristo por toda la tierra.
Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, que es como el alma de todo apostolado.
La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos «el Reino de los cielos«, «el Reino de Dios», que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por Él, hechos en Él «santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor», serán reunidos como el único Pueblo de Dios, «la Esposa del Cordero», «la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios»; y «la muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero».
III. EL TESTIMONIO CRISTIANO
«Por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió» (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium).
«En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso, Pastor eterno. Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos Apóstoles, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio» (Misal Romano, Prefacio de apóstoles).
IV. LA ORACIÓN CRISTIANA
Tu cuerpo es lazo de amores,
de Dios y el hombre atadura;
amor que a tu cuerpo acude
como tu cuerpo perdura.
Tu cuerpo, surco de penas,
hoy es de luz y rocío;
que lo vean los que lloran
con ojos enrojecidos. 
Tu cuerpo espiritual
es la Iglesia congregada;
tan fuerte como tu cruz,
tan bella como tu Pascua.
Tu cuerpo sacramental
es de tu carne y tu sangre,
y la Iglesia, que es tu Esposa,
se acerca para abrazarte. 
Amén.

DOMINGO II DE PASCUA “C”


«¡Dichosos los que crean sin haber visto!»

Hch 5, 12-16:                            Crecía el número de los creyentes

Sal 117,2-4. 22-27a:                  Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

Ap 1, 9-11. 12s. 17-19:             Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos

Jn 20, 19-31:                             A los ocho días, se les apareció Jesús

I. LA PALABRA DE DIOS

«Señor mío y Dios mío». Jesús condesciende con las exigencias de Tomás, sin forzarlo a convencerse. La fe sigue siendo libre. La actitud final de Tomás en el evangelio –su espléndida confesión de fe en la divinidad de Jesús– nos enseña cuál ha de ser nuestra relación con el Resucitado: una relación de fe y adoración. Fe, porque no le vemos con los ojos: «Dichosos los que crean sin haber visto» –El Señor «se deja encontrar por quienes no le exigen pruebas, se revela a los que no desconfían de él» (Sb 1,2); fe, a pesar de que a veces parezca ausente, como a los discípulos de Emaús, que no eran capaces de reconocerle aunque caminaba con ellos. Y adoración, porque Cristo es, en cuanto hombre, «el Señor», lleno de la vida, de la gloria y de la felicidad de Dios.

«Un domingo caí en éxtasis…» Ya desde los primeros tiempos del cristianismo, el día del Señor es momento privilegiado para hacer experiencia de Cristo Resucitado. El misterio divino-humano cristaliza en un Día, en el que todo eso sucede, «el primero de la  semana» y «a los ochos días».También hoy el domingo es el día por excelencia en que Cristo se comunica y actúa. Estamos llamados, sobre todo en este tiempo de Pascua, a vivir el día del Señor como día de gracia, a experimentar la presencia y la potencia del Resucitado. El domingo es sacramento del Resucitado. El domingo marca la identidad del cristiano. Nos hemos dejado robar el domingo por la sociedad secularizada y consumista, y hay que recuperarlo.

«…en medio de las siete lámparas de oro». Es en la celebración litúrgica, y especialmente en la Eucaristía, donde Cristo se manifiesta y actúa. La liturgia no son ritos vacíos, sino la presencia viva y eficaz del Resucitado. Si descubriéramos –y experimentásemos– esta presencia y esta acción, nos sería mucho más fácil vivir las celebraciones; y, sobre todo, recibiríamos su gracia abundante transformando nuestra vida, pues la liturgia es el cielo en la tierra.

«Soy el primero y el último». Cristo resucitado se nos manifiesta como Señor absoluto de la historia y de los acontecimientos. Todo está bajo su control, de principio a fin. Tiene las llaves de la muerte y del infierno. Es el Señor, sin límites ni condicionamientos. ¿Cómo no vivir gozoso bajo su dominio? ¿Cómo ser pesimistas?

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las apariciones del Resucitado
(641 – 647)

La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena, como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es «el hombre celestial».

Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto y el compartir la comida. Les invita así a reconocer que Él no es un espíritu, pero sobre todo a que comprueben que su cuerpo resucitado es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión. Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere.

La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos testigos de la Resurrección de Cristo son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: están las santas mujeres y Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles.

Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos  y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y sus palabras les parecían como desatinos. Cuando se manifiesta a los once en la tarde de Pascua Jesús les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Por esto no tiene consistencia la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles.

El Domingo: el Día del Señor
(1163 – 1167; 2174 – 2179)

La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón «día del Señor» o domingo. Cada semana, la Iglesia conmemora su resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua. Al conmemorar así los misterios de la redención, la Iglesia abre la riqueza de las virtudes y de los méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes, en cierto modo, a los fieles para que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación durante todo el tiempo.

El domingo es por excelencia el día de la Asamblea litúrgica, en que los fieles deben reunirse para –escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía– recordar la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios. El «banquete del Señor» –la Eucaristía– es el centro del domingo, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete. La carta a los Hebreos dice: «No abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente» (Hb 10, 25).

El Domingo, día de precepto y descanso
para el encuentro con el Señor y con los hermanos
(2180 – 2188)

La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños…) o dispensados por su pastor propio (el obispo o el párroco). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.

La participación en la celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.

Así como Dios «cesó el día séptimo de toda la tarea que había hecho», así también la vida humana sigue un ritmo de trabajo y descanso. La institución del día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa.

El domingo se distingue expresamente del sábado, al que sucede cronológicamente cada semana, y cuya prescripción litúrgica reemplaza para los cristianos. Realiza plenamente, en la Pascua de Cristo, la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios.

Durante el domingo, y las otras fiestas de precepto, los fieles se abstendrán de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia del día del Señor, la práctica de las obras de misericordia, el descanso necesario del espíritu y del cuerpo. Los cristianos que disponen de tiempo de descanso deben acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria.

El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes para con los enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana.

Las necesidades familiares o una gran utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los fieles deben cuidar de que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud. Cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a otro lo que le impediría guardar el día del Señor. Cuando las costumbres (deportes, restaurantes, etc.) y los compromisos sociales (servicios públicos, etc.) requieren de algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de dedicar un tiempo suficiente al descanso. A pesar de las presiones económicas, los poderes públicos deben asegurar un tiempo destinado al descanso y al culto divino. Los patronos tienen una obligación análoga con respecto a sus empleados.

Los cristianos deben esforzarse por obtener el reconocimiento de los domingos y días de fiesta de la Iglesia como días festivos legales en el respeto de la libertad religiosa y del bien común de todos. Deben dar a todos un ejemplo público de oración, de respeto y de alegría, y defender sus tradiciones como una contribución preciosa a la vida espiritual de la sociedad humana. Si la legislación del país u otras razones obligan a trabajar el domingo, este día debe ser al menos vivido como el día de nuestra liberación que nos hace participar en esta «reunión de fiesta», en esta «asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos» (Hb 12, 22-23).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por Él y por su muerte» (San Ignacio de Antioquía).

«Ir temprano a la iglesia, acercarse al Señor y confesar los pecados, arrepentirse en la oración, asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marcharse antes de la despedida. Lo hemos dicho con frecuencia: este día nos es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En Él exultamos y nos gozamos» (Antiguo autor anónimo).

«No puedes orar en casa como en la iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se eleva a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes» (S. Juan Crisóstomo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Es domingo; la alegría
del mensaje de la Pascua
es la noticia que llega
siempre y que nunca se gasta

Es domingo; la presencia
de Cristo llena la casa:
la Iglesia, misterio y fiesta,
por El y en El convocada

Es domingo; «este es el día
que hizo el Señor», es la Pascua,
día de la creación
nueva y siempre renovada

Es domingo; de su hoguera
brilla toda la semana
y vence oscuras tinieblas
en jornadas de esperanza

Es domingo; un canto nuevo
toda la tierra le canta
al Padre, al Hijo, al Espíritu,
único Dios que nos salva. 

Amén