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Son pecados graves las uniones y prácticas homosexuales y otras fuera del matrimonio


Doctrina católica

Son pecados graves
las uniones y prácticas homosexuales
y otras fuera del matrimonio.

El acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio;
fuera de éste
constituye siempre un pecado grave

y excluye de la comunión sacramental.

SAGRADA ESCRITURA

ANTIGUO TESTAMENTO

Gn 19,1-19

El pecado de los sodomitas.

Lv 18,22: 

“No te acostarás con varón como con mujer; es abominación».

Lv 20,13: 

“Si alguien se acuesta con varón como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos».

NUEVO TESTAMENTO

1 Cor 6, 9-10: 

«…Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados (malakoí), ni los homosexuales (arsenokoítai)… heredarán el Reino de Dios».

1 Tim 1, 9-11:

«Teniendo bien presente que la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores,…, adúlteros, homosexuales (arsenokoítai), traficantes de seres humanos,…».

Rom 1, 26-27:

«Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío».

Ef. 5, 1-7:

En cuanto a la fornicación y cualquier género de impureza o avaricia, que ni se nombren entre vosotros, como conviene a santos: ni palabras torpes, ni groserías, ni truhanerías, que desdicen de vosotros, sino más bien acción de gracias. Pues habéis de saber que ningún fornicario, o impuro, o avaro, que es como adorador de ídolos, tendrá parte en la heredad del reino de Cristo y de Dios».

Gál. 5, 19-23:

«Ahora bien, las obras de la carne son manifiestas, a saber: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, ambiciones, disensiones, facciones, envidias, embriagueces, orgías y otras como éstas, de las cuales os prevengo, como antes lo hice, que quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios.

Ap. 21,8:

«El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes, incrédulos, depravados, asesinos, fornicarios, supersticiosos, idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda».

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

2353 La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción de menores.

2357 La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.

2380 El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio (cf Mt 5, 27-28). El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio (cf Mt 5, 32; 19, 6; Mc 10, 11; 1 Co 6, 9-10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría (cf Os 2, 7; Jr 5, 7; 13, 27).

2381 El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres.

2382 El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble (cf Mt 5, 31-32; 19, 3-9; Mc 10, 9; Lc 16, 18; 1 Co 7, 10-11), y deroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua (cf Mt 19, 7-9).

Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte” (CIC can. 1141).

2383 La separación de los esposos con permanencia del vínculo matrimonial puede ser legítima en ciertos casos previstos por el Derecho Canónico (cf CIC can. 1151-1155).

Si el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral.

2384 El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente:

«No es lícito al varón, una vez separado de su esposa, tomar otra; ni a una mujer repudiada por su marido, ser tomada por otro como esposa» (San Basilio Magno, Moralia, regula 73).

2385 El divorcio adquiere también su carácter inmoral a causa del desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social.

2386 Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado en conformidad con la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido (cf FC 84).

2390 Hay unión libre cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad sexual.

La expresión en sí misma es engañosa: ¿qué puede significar una unión en la que las personas no se comprometen entre sí y testimonian con ello una falta de confianza en el otro, en sí mismo, o en el porvenir?

Esta expresión abarca situaciones distintas: concubinato, rechazo del matrimonio en cuanto tal, incapacidad de unirse mediante compromisos a largo plazo (cf FC 81). Todas estas situaciones ofenden la dignidad del matrimonio; destruyen la idea misma de la familia; debilitan el sentido de la fidelidad. Son contrarias a la ley moral: el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental.

2391 No pocos postulan hoy una especie de “unión a prueba” cuando existe intención de casarse. Cualquiera que sea la firmeza del propósito de los que se comprometen en relaciones sexuales prematuras, éstas “no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer queden aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las veleidades de las pasiones” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 7). La unión carnal sólo es moralmente legítima cuando se ha instaurado una comunidad de vida definitiva entre el hombre y la mujer. El amor humano no tolera la “prueba”. Exige un don total y definitivo de las personas entre sí (cf FC 80).

2400 El adulterio y el divorcio, la poligamia y la unión libre son ofensas graves a la dignidad del matrimonio.

2396 Entre los pecados gravemente contrarios a la castidad se deben citar la masturbación, la fornicación, las actividades pornográficas y las prácticas homosexuales.

P. Antonio Diufaín Mora

adiufain@me.com 

antoniodiufain.com 

¿Cómo podemos ayudar a nuestros difuntos?


SUFRAGIOS, la memoria provechosa para nuestros difuntos

La oración por los difuntos

Orar por los difuntos es una obra de misericordia y un acto de justicia y caridad. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón? Una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos, y que sigue siendo también hoy una experiencia consoladora, es que el amor puede llegar hasta el más allá; que es posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto, más allá del confín de la muerte.

El cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino que también hace eficaz su intercesión en nuestro favor. «No dudemos, pues,  en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo).

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos, cuyo número es incalculable (Cf. Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros.

La mejor ayuda a nuestros difuntos:
Misas e indulgencias

Dado que nadie conoce el estado en que una persona muere, la Iglesia celeste y la que peregrina en el mundo interceden por los difuntos para que alcancen la perfección necesaria para ver a Dios. La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, siempre ha honrado la memoria de los difuntos y ha enseñado que, por el misterio de la comunión de los santos, podemos ayudar a nuestros difuntos —las almas del Purgatorio—, pues después de la muerte ya no pueden merecer para sí mismos, mediante la oración, las limosnas, los sacrificios y obras de penitencia, las indulgencias en su favor y especialmente ofreciendo por ellos la Santa Misa pidiendo por el perdón de sus pecados y su eterno descanso, y agradeciendo los beneficios que recibieron en vida, «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (Cf. 2 M 12, 45). De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros, mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. El cristiano no teme el trance de la muerte ni la purificación que viene tras ella, pues es obra del amor de Dios que perfecciona a su criatura.

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Dios los vistió


¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?
Él habita en vosotros
porque lo habéis recibido de Dios.
No os poseéis en propiedad,
porque os han comprado pagando un precio por vosotros.
Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

(1Cor 6,19-20)

«Reconoce, oh cristiano tu dignidad,
y, una vez que te has hecho
participante de la naturaleza divina,
ten cuidado de no retornar a tu bajeza anterior
por una conducta indigna
»

San León Magno

La castidad y el pudor 1

Verdades silenciadas

La castidad cristiana es una virtud sobrenatural que modera en la caridad la tendencia sexual, tanto en lo afectivo como en lo físico. Ella suscita el pudor, «la prudencia de la castidad».

Los paganos viven sin mayores problemas de conciencia el impudor y la lujuria, el divorcio, la poligamia, la sodomía, el aborto y el adulterio. Ya San Pablo, cuando describe las miserias del paganismo antiguo, enumera ampliamente estas maldades, señalando que «no solo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen» (Rm 1,18-32).

El cristianismo es en la historia de la humanidad la primera fuerza espiritual que introduce en los distintos pueblos y culturas del mundo la buena nueva del pudor, la castidad y la monogamia. Cristo y su Iglesia consiguen este milagro histórico, por la comunicación del Espíritu Santo, «que renueva la faz de la tierra». Los cristianos, ciertamente, pecarán a veces contra esas virtudes, pero la reacción entonces de la Iglesia, no solo por la predicación sino incluso por la disciplina penitencial comunitaria, mantendrá siempre vivo el Evangelio del pudor y de la castidad.

Tanto los escritos de los santos Padres, como el testimonio de los historiadores de la Iglesia antigua, permiten afirmar sin exageración que el testimonio verbal y práctico de la castidad y del pudor fue una de las principales fuerzas evangelizadoras del mundo pagano greco-romano, que en gran medida ignoraba esas virtudes. Los cristianos, en su atuendo y arreglo personal, no se limitaban a no-escandalizar, sino que revelaban atractivamente a los paganos la belleza santa de su nueva condición de hombres divinizados por Cristo.

La revolución sexual mundana, en apostasía del cristianismo, quiere volver al paganismo que da culto al cuerpo, a la desnudez, al sexo. El impudor y la lujuria atacan hoy a la humanidad con una fuerza mayor de lo que se ha conocido antes en la historia. Con la ayuda decisiva de los modernos anticonceptivos, separa la sexualidad de la procreación, normaliza la lujuria en adolescentes, jóvenes y matrimonios, reduciendo la vida sexual al placer sensual. Fomenta la pornografía en todos los medios de comunicación, en las playas, en las modas, en diarios y revistas, en la televisión, en internet, incluso en la publicidad comercial. Con la base de estudios estadísticos ideologizados (Kinsey, Master and Johnson), promueve el divorcio exprés, la masturbación, la homosexualidad, la bisexualidad, como si lo malo fuera bueno al fundamentarse en la mayoría estadística, y obligando en las escuelas y colegios a difundir esas doctrinas. Desprecia la virginidad y también el matrimonio, destruyéndolo, pues lo equipara con cualquier forma de unión. Promueve, por el feminismo, un igualitarismo total entre las funciones sociales del hombre y de la mujer. Legaliza y financia la píldora postcoital y el aborto, haciendo a éste libre en la práctica. Reduce en grados extremos la nupcialidad y la natalidad. Esta invasión de pecado, aunque preparada en tiempos anteriores, se consuma en el último medio siglo.

El Nuevo Orden Mundial, que pretende eliminar hasta las menores huellas del Cristianismo, ya actúa desde los documentos publicados por la ONU en los años 60 y, con fuerza siempre creciente, a través de grandes conferencias y asambleas internacionales (Dacca 1964, Río de Janeiro 1992, Bucarest 1974, Carta de la Tierra 1993, El Cairo 1994, Pekín 1995 y tantas otras más), que van todas a dar en la anticoncepción y el aborto, el divorcio y la ideología de género. Han ido constituyéndose unos pretendidos “derechos sexuales y reproductivos”, “derecho a la autodeterminación de género”, “derecho a la diversidad de modelos de familias”, etc., también recogidos en la Agenda 2030, siempre a la contra del orden natural y cristiano creado por Dios. 

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