Archivo del Autor: P. Antonio Diufaín Mora

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Acerca de P. Antonio Diufaín Mora

Sacerdote católico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta (España). http://antoniodiufain.com

DOMINGO XI ORDINARIO “C”



La misericordia vence al pecado

2 S 12, 7-10. 13: El Señor perdona tu pecado. No morirás
Sal 31, 1-2.5.7.11: Perdona Señor, mi culpa y mi pecado
Ga 2, 16. 19-21: No soy yo, es Cristo quien vive en mí

Lc 7, 36-8,3: Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor

I. LA PALABRA DE DIOS

El pecado está en la vida de todo hombre. Pero la misericordia de Dios también es para todos. Entre una realidad y otra, la vida cristiana se desarrolla en el arrepentimiento y la confianza en la misericordia divina.

Dios está dispuesto a perdonar los mayores pecados, como el de David, cuando media el arrepentimiento.

La síntesis de la Buena Noticia anunciada por san Pablo es que el cristiano es justificado por la fe en Cristo, y no por cumplir los preceptos de la antigua ley de Moisés.

El Evangelio según san Lucas es conocido como el de la misericordia de Dios.

«Tus pecados están perdonados». Destaca en este relato la gratitud y la alegría por el perdón. Todos los gestos de esta mujer muestran que a Jesús le debe todo: «sus muchos pecados están perdonados». El gozo la inunda. Y la gratitud también. La mujer va a Jesús con fe en Él y con arrepentimiento perfecto, que obtiene de Dios el perdón aun antes de la absolución externa manifestada por Jesús. Sus lágrimas no son sólo de arrepentimiento, sino de alegría, de gozo agradecido por el perdón obtenido. Su amor a Jesús es la respuesta de quien se sabe amada generosamente, gratuitamente; es respuesta a aquel que la amó primero (cf. 1Jn 4,19). El verdadero arrepentimiento es el movido por el amor. No hay pecado que Jesús no perdone. Tiene el poder de Dios.

«Tu fe te ha salvado». Como buen discípulo de san Pablo, san Lucas sabe bien que sólo Jesús salva, y que esta salvación se acoge por la fe. Esta mujer se sabe sin méritos propios. No se ha salvado ella: ha sido salvada. Ella ha creído en Jesús, se ha fiado de Él; y Jesús ha volcado sobre ella todo su poder salvífico convirtiéndola en una mujer nueva.

«Has juzgado rectamente». Todo esto es lo que muestra claramente la parábola que Jesús propone a Simón el fariseo. La parábola es de una lógica aplastante. Sin embargo, Simón no es capaz de sacar sus consecuencias en el plano religioso. El fariseo que todos llevamos dentro se rebela ante el hecho de recibir la salvación como don gratuito. Quisiéramos poder exhibir derechos ante Dios, quisiéramos no depender de Él totalmente. La gratitud y el gozo son los mejores signos de que hemos sido salvados.

El arrepentimiento es una gracia divina que hay que pedir para descubrir el pecado y amar a Dios sobre todas las cosas por Él mismo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La misericordia y el pecado
(1846 – 1848)

El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores. El ángel anuncia a José: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: «Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados».

Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (S. Agustín). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. «Si decimos: “no tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia».

Como afirma san Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos «la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor». Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: «Recibid el Espíritu Santo». Así, pues, en este «convencer en lo referente al pecado» descubrimos una “doble dádiva”: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito.

La misericordia vence al pecado
(1849 – 1851)

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna».

El pecado es una ofensa a Dios: «Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí» (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal. El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios”. Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación.

En la Pasión, la misericordia de Cristo vence al pecado. En ella, es donde éste manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados.

La contrición
(1451 – 1453)

La contrición es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar.

Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta” (contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental.

La llamada “contrición imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia.

¿Uno podría pedir perdón directamente a Dios, sin confesarse con un hombre? Siempre se puede, y se debe, pedir perdón a Dios; pero Dios, el único que puede perdonar los pecado, ha querido conceder su perdón ordinariamente sólo por el ministerio de la Iglesia, en el Sacramento de la Penitencia, a través de la absolución del sacerdote. Cristo ha conferido este poder de perdonar pecados a los sacerdotes para que lo ejerzan en su nombre. Además, la reconciliación con la Iglesia, representada en el sacerdote, es inseparable de la reconciliación con Dios.

El Sacramento de la Penitencia produce una verdadera “resurrección espiritual”: nos reconcilia con Dios, nos reconcilia con la Iglesia, nos perdona la pena eterna contraída por los pecados mortales, nos perdona parte de la pena temporal merecida por nuestros pecados, nos devuelve la paz de la conciencia y nos aumenta las fuerzas espirituales para nuestra lucha cristiana contra el mal.

Conviene preparar la recepción del sacramento de la Penitencia mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas (Rm 12-15; 1 Co 12-13; Ga 5; Ef 4-6, etc.).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido. Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote. Porque “si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora» (S. Jerónimo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Señor mío Jesucristo,
Dios y hombre verdadero,
Creador, Padre y Redentor mío;
por ser Tú quién eres, Bondad infinita;
y porque te amo sobre todas las cosas;
me pesa de todo corazón haberte ofendido.

También me pesa
porque puedes castigarme
con las penas del infierno.

Ayudado por tu divina gracia,
propongo firmemente
nunca más pecar,
confesarme y cumplir la penitencia
que me fuera impuesta.

Amén.

LECTIO DIVINA: Evangelio del domingo X ordinario, ciclo C, 9 de junio de 2013


Lc 7, 11-17

«La esperanza,
ancla del alma»

Resurrección del hijo de la viuda de Naím, Iglesia greco-católica rumana

Resurrección del hijo de la viuda de Naím, Iglesia greco-católica rumana

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OL Domingo X Ordinario C, PDF

Mozart, Symphony #36 In C, K 425, «Linz» – 1. Adagio, Allegro con Spirito

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LECTURAS DEL SIGUIENTE DOMINGO, 16 de junio,
Domingo XI Ordinario, ciclo C

2 S 12, 7-10. 13: El Señor perdona tu pecado. No morirás

Sal 31, 1-2.5.7.11: Perdona Señor, mi culpa y mi pecado

Ga 2, 16. 19-21: No soy yo, es Cristo quien vive en mí

Lc 7, 36-8,3: Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor

DOMINGO X ORDINARIO “C”



«La esperanza, ancla del alma»

1 R 17, 17-24: Tu hijo está vivo
Sal 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
Ga 1,11-19: Se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles

Lc 7, 11-17: ¡Muchacho, a ti te lo digo,levántate!

I. LA PALABRA DE DIOS

En la segunda lectura, san Pablo se presenta a los Gálatas haciendo constar el origen divino de su Evangelio, la buena noticia de la justificación por la fe, sin las obras de la Ley de Moisés.

Ya en el Antiguo Testamento, el poder de Dios para resucitar a los muertos se manifiesta en Elías, su profeta. Este relato de resurrección de un muerto por parte de un profeta contrasta con el del Evangelio. Para Elías la resurrección del hijo de una viuda es un trabajoso esfuerzo.

En el Evangelio, el Señor, Dios de la vida y de la muerte, resucita al hijo de la viuda de Naín con la libertad soberana y la facilidad del que tiene dominio sobre la muerte. Lo realiza sin que se lo pidan; libremente y por compasión. Dios es así. Ante el milagro surge el santo temor de Dios, la oración de bendición y alabanza y la esperanza confiada.

El evangelio muestra a Jesús atento a un grupo social desvalorizado (teórica y prácticamente entre los gentiles, y prácticamente, al menos, entre los judíos): las mujeres y entre ellas, peor, las viudas. El milagro, que nadie ha pedido, nace del corazón compasivo de Cristo, para quien aquella madre, tan acompañada, estaba sola. (¿Pensó Jesús en su propia madre, viuda, que pronto vería morir a su hijo único?).

II. LA FE DE LA IGLESIA

La revelación progresiva de la Resurrección
(992-997)

La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo.

Los fariseos y muchos contemporáneos del Señor esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: «Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error». La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios que «no es un Dios de muertos sino de vivos».

Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos, anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del «signo de Jonás» o del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22) y anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte.

Ser testigo de Cristo es ser «testigo de su Resurrección», «haber comido y bebido con El después de su Resurrección de entre los muertos». La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.

Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones. «En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne» (San Agustín). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?

¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

Resucitados con Cristo
(1002 – 1004)

Si es verdad que Cristo nos resucitará en «el último día», también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo.

Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado, pero esta vida permanece «escondida con Cristo en Dios». Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos «manifestaremos con Él llenos de gloria».

Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser «en Cristo»; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre.

La virtud de la esperanza en la vida eterna
(1833, 1840, 1843, 1817-1821)

La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien. Las virtudes teologales disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto, a Dios conocido por la fe, esperado y amado por El mismo.

La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. «Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa» (Hb 10,23). Es decir, por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.

La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham en las promesas de Dios.

La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en «la esperanza que no falla» (Rm 5, 5). La esperanza es ‘el ancla del alma’, segura y firme, «que penetra… a donde entró por nosotros como precursor Jesús» (Hb 6, 19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación: «Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación» (1 Ts 5, 8). Nos procura el gozo en la prueba misma: «Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación» (Rm 12, 12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman y hacen su voluntad. En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, «perseverar hasta el fin» y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que «todos los hombres se salven» (1Tm 2, 4) y espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Espera, espera, que no sabes cuando vendrá el día, ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleases, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin» (Sta. Teresa de Jesús).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Oh Jesucristo, Redentor de todos,
que, antes de que la luz resplandeciera,
naciste de tu Padre soberano
con gloria semejante a la paterna

Tú que eres luz y resplandor del Padre
y perpetua esperanza de los hombres,
escucha las palabras que tus siervos
elevan hasta ti de todo el orbe

La tierra, el mar, el cielo y cuanto existe
bajo la muchedumbre de sus astros
rinden tributo con un canto nuevo
a quien la nueva salvación nos trajo

Y nosotros, los hombres, los que fuimos
lavados con tu sangre sacratísima,
celebramos también, con nuestros cantos
y nuestras alabanzas, tu venida

Gloria sea al divino Jesucristo,
que nació de tan puro y casto seno,
y gloria igual al Padre y al Espíritu
por infinitos e infinitos tiempos

Amén.