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31 de octubre 2021: DOMINGO XXXI ORDINARIO “B”


“¿Por la fe privamos a la ley de su valor?
¡De ningún modo! Más bien la afianzamos”

Dt 6,2-6: “Escucha, Israel: Amarás al Señor, con todo el corazón”
Sal 17: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”
Hb 7,23-28: “Como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa”
Mc 12,28-34: “No estás lejos del Reino de Dios”

I. LA PALABRA DE DIOS

Israel tiene que ser fiel a Yavé. Por eso el «amarás al Señor tu Dios con todo el corazón», lo llevan tan profundamente clavado en el alma y en los labios que todo israelita piadoso recita a diario la “Shemá” (=Escucha Israel…). Lejos del miedo a Dios, el amor y el respeto han de mover al pueblo para cumplir con lo mandado. Este método recordatorio: «Las escribirás en las jambas de tu casa», se tomó al pie de la letra, y los judíos guardaban a la entrada de sus casas una cajita (mezuza), con ese texto escrito.

Los rabinos, en tiempos de Jesús, discutían cuál de los mandamientos promulgados por Moisés, y multiplicados por la tradición oral, era el principal. A aquél escriba, que parece que se acercó con buena intención, Jesús, repitiéndole la “Shemá”, le responde conservando intacta la validez de aquel precepto. En los mandamientos de Moisés, se incluía también el amor al prójimo, sin excluir a los extranjeros. Lo original de Jesús es unir ambos mandatos (a Dios y al prójimo) en un solo y principal precepto moral. Y deja claro que este doble amor constituye la base del culto verdadero y perfecto. La expresión «no estás lejos del Reino de Dios» indica que, obedeciendo a la voluntad de Dios revelada por Moisés, el escriba sintonizaba con lo nuclear del mensaje de Jesús, …pero aún le faltaba algo.

«Amarás al Señor». Este es el mandamiento primero y principal. La unicidad de Dios funda ese radicalismo en las exigencias del amor («todo…, todo…, todo…»): no hay varios dioses, varios “señores” entre los que dividir el corazón. De nada servirá cumplir todos los demás mandamientos sin cumplir este. El amor al Señor da sentido y valor a cada mandamiento, a cada acto de fidelidad. Para esto hemos sido creados, para amar a Dios. Y sólo este amor da sentido a nuestra vida, solamente Él nos puede hacer felices, nadie más que Él puede hacer que nos vaya bien.

«Con todo tu corazón». Pues el amor a Dios no es una simple obligación, sino una necesidad, una respuesta espontánea al experimentar que «Él nos amó primero» (1Jn 4,16).

«Con todo tu ser». Precisamente porque el amor de Dios a nosotros ha sido y es sin medida, el nuestro para con Él no puede ser a ratos o en parte. No importa que nos sintamos poca cosa y limitados; la autenticidad de nuestro amor se manifiesta en que debe ser total, que no se reserve nada: todo nuestro tiempo, todas nuestras energías y capacidades, todos nuestro bienes… Al Dios que es único le corresponde la totalidad de nuestro ser.

«Amarás a tu prójimo». Jesús une estos dos preceptos que los judíos consideraban independientes. La revelación plena de la caridad (Jn 13-17; 1Jn) nos dice que el amor a Dios y el amor al prójimo son un único río que brota de la misma fuente: El Espíritu del Padre y del Hijo, Espíritu de amor.

«Como a ti mismo». No es difícil entender cómo ha de ser nuestro amor al prójimo. Basta observar cómo nos amamos a nosotros mismos… y comparar. Podemos y debemos amar al prójimo como a nosotros mismos porque forma parte de nosotros mismos, porque no nos es ajeno. «No hay judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28). Gracias a Cristo, el prójimo ha dejado de ser un extraño.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El mandamiento principal
(2053 – 2055)

El Decálogo debe ser interpretado a la luz del doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.

Jesús,en su mensaje, recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la «justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos» (Mt 5,20), así como la de los paganos. Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos: «habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás…Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mt 5,21-22).

El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta.

La enseñanza de los diez mandamientos
(2064 – 2072)

Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.

Desde S. Agustín, los “diez mandamientos” ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. Enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo.

El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las “diez palabras” remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.

Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano. Nadie podría dispensar de ellos.

Lo que Dios manda lo hace posible por su gracia. Jesús dice: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

La Ley nueva, ley del amor
(1972)

Toda la Ley evangélica está contenida en el “mandamiento nuevo” de Jesús: amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto, ni indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y tener un solo corazón con su prójimo… Las palabras del Decálogo persisten también entre nosotros (cristianos). Lejos de ser abolidas, han recibido amplificación y desarrollo por el hecho de la venida del Señor en la carne” (S. Ireneo).

“Aunque la ley antigua prescribía la caridad, no daba el Espíritu Santo, por el cual «la caridad es difundida en nuestros corazones» (Rm 5,5)” (Santo Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Sólo desde el amor
la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas.

Desde el cimiento mismo
del corazón despierto,
desde la fuente clara
de las verdades últimas.

Ver al hombre y al mundo
con la mirada limpia
y el corazón cercano,
desde el solar del alma.

Tarea y aventura:
entregarme del todo,
ofrecer lo que llevo,
gozo y misericordia.

Aceite derramado
para que el carro ruede
sin quejas egoístas,
chirriando desajustes.

Soñar, amar, servir,
y esperar que me llames,
tú, Señor, que me miras,
tu que sabes mi nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo.

Amén.

17 de octubre de 2021: DOMINGO XXIX ORDINARIO “B”


“Tomó el pecado de muchos
e intercedió por los pecadores”

Is 53,10-11: “Al entregar su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años”
Sal 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
Hb 4,14-16: “Comparezcamos confiados ante el trono de la gracia”
Mc 10,35-45: “El Hijo del hombre ha venido a dar su vida en rescate por
muchos”

I. LA PALABRA DE DIOS

El texto del Evangelio de hoy es un ejemplo más del contraste entre la actitud de Jesús y la de los discípulos. Frente a la búsqueda de gloria humana por parte de los discípulos, Jesús aparece una vez más como el Siervo que da su vida en rescate por muchos. Y su gloria consiste precisamente en justificar a una multitud inmensa «cargó con los crímenes de ellos» (1ª lectura). Para moderar las ansias de grandeza de los discípulos Jesús ante todo exhibe su conducta y su estilo; más que muchas explicaciones, les pone ante los ojos el camino que Él mismo sigue: del mismo modo, el que quiera ser realmente grande y primero no tiene otro camino que hacerse siervo y esclavo de todos. La actitud de Jesús es normativa para la comunidad cristiana. Ejercer la autoridad no es tiranizar, sino servir y dar la vida. La verdadera autoridad viene de ser autor, de comunicar vida, y Jesús lo hace dando su vida, por eso es la máxima autoridad, el Señor.

Como en tantos otros pasajes, Jesús corrige a sus discípulos sus ideas excesivamente terrenas, sobre todo en su afán de poder y dominio. Apuntados al seguimiento de Jesús, el Maestro, también nosotros hemos de dejarnos corregir en nuestra mentalidad no evangélica. La Iglesia, comunidad de los seguidores de Jesús, no es una sociedad o institución cualquiera: el estilo de Jesús es radicalmente distinto al del mundo.

Frente a las pretensiones de grandeza, de superioridad e incluso de dominio sobre los demás, Jesús propone el modelo de su propia vida: la única grandeza es la de servir. Esto es lo que Él ha hecho: El eterno e infinito Hijo de Dios se ha convertido voluntariamente en esclavo andrajoso –y hace falta entender todo el realismo de la palabra, lo que era un esclavo en tiempos de Jesús: alguien que no contaba, que no tenía ningún derecho, que vivía degradado y humillado–, en esclavo de todos, y ha ocupado en último lugar.

Pero Jesús no es sólo un esclavo, con todo lo que tiene de humillante; es el Siervo de Yahvé que ha cargado con todos los crímenes y pecados de la humanidad, que se ha hecho esclavo para liberar a los que eran esclavos del pecado. Su servicio no es un insignificante “detalle” (como dice alguna cancioncilla). Su servicio consiste en dar la vida en rescate por todos. Y nosotros, apuntados a la escuela de Jesús, somos llamados a seguirle por el mismo camino: hacernos esclavos de todos y dar la vida en expiación por todos, para que todo hombre oprimido por el pecado llegue a ser realmente libre.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
(606, 623)

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra». El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero», es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida». «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».

Por su obediencia amorosa a su Padre, «hasta la muerte de cruz», Jesús cumplió la misión expiatoria del Siervo doliente que «justifica a muchos cargando con las culpas de ellos».

La Iglesia es misionera
(767 – 768)

Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia. Es entonces cuando la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud y se inició la difusión del evangelio entre los pueblos mediante la predicación. Como ella es “convocatoria” de salvación para todos los hombres, la Iglesia –por su misma naturaleza– es misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos.

Para realizar su misión, el Espíritu Santo la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos. La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios. Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra.

La misión,
exigencia de la catolicidad de la Iglesia
(849 – 852)

La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser “sacramento universal de salvación”, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).

El mandato misionero del Señor tiene su fuente última en el amor eterno de la Santísima Trinidad: La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre. El fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor.

Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero: «porque el amor de Cristo nos apremia…» (2 Co 5,14). En efecto, «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera.

Los caminos de la misión
(852 –853)

El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial. Él es quien conduce la Iglesia por los caminos de la misión. Ella continúa y desarrolla en el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres; impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección. Es así como “la sangre de los mártires es semilla de cristianos” (Tertuliano).

Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio. Sólo avanzando por el camino de la conversión y la renovación y por el estrecho sendero de Dios es como el Pueblo de Dios puede extender el reino de Cristo. En efecto, como Cristo realizó la obra de la redención en la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Esta dignidad [del cristiano] se expresa en la disponibilidad a servir, según el ejemplo de Cristo, que no ha venido para ser servido sino para servir. Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente «reinar» sólo «sirviendo», a la vez el «servir» exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el «reinar». Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio” (San Juan Pablo II, Redemptor hominis, 21).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Benditos los pies de los que llegan
para anunciar la paz que el mundo espera,
apóstoles de Dios que Cristo envía,
voceros de su voz, grito del Verbo.

De pie en la encrucijada del camino
del hombre peregrino y de los pueblos,
es el fuego de Dios el que los lleva
como cristos vivientes a su encuentro.

Abrid, pueblos, la puerta a su llamada,
la verdad y el amor son don que llevan;
no temáis, pecadores, acogedlos,
el perdón y la paz serán su gesto.

Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero;
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno.

Amén.

10 de octubre de 2021: DOMINGO XXVIII ORDINARIO “B”


«La llamada de Jesús nos apremia»

Sb 7,7-11: «En comparación con la sabiduría, tuve en nada la riqueza»
Sal 89,12-17: «Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría»
Hb 4,12-13: «La Palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón»
Mc 10,17-30: «Vende lo que tienes y sígueme»

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio nos presenta a un hombre honrado y piadoso, pero cuyo amor a las riquezas le lleva a rechazar a Cristo.

La persona de Jesús es el bien absoluto que hay que estar dispuesto a preferir por encima de las riquezas, de la fama, del poder y de la salud (1ª lectura). En esto consiste la verdadera sabiduría: al que renuncia a todo por Cristo, en realidad con Él le vienen todos los bienes juntos; todo lo renunciado por Él se encuentra en Él centuplicado –con persecuciones– y además vida eterna. Pero es preciso tener sensatez para discernir y decisión para optar abiertamente por Él y para estar dispuesto a perder lo demás. Porque el que se aferra a sus miserables bienes y riquezas se cierra a sí mismo la entrada en el Reino de Dios.

Conviene revisar hasta qué punto en este aspecto pensamos y actuamos según el evangelio. Pues no basta cumplir los mandamientos; al joven rico, que los cumplió desde pequeño, Jesús le dice: «Una cosa te falta». Ahora bien, Cristo no exige renuncias por exigir o por poner las cosas difíciles. Al contrario, movido de su inmenso amor quiere desengañar al hombre, abrirle los ojos, hacerle que viva en la verdad. Quiere que se apoye totalmente en Dios y no en riquezas pasajeras y engañosas. Quiere que su corazón se llene de la alegría de poseer a Dios. El joven rico se marchó «triste» al rechazar la invitación de Jesús a desprenderse. Por el contrario, el que, como Zaqueo, da la mitad de sus bienes a los pobres (Lc 19,1-10), experimenta la alegría de la salvación.

La negativa del muchacho da lugar a la afirmación sobre las riquezas: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!» Sin duda, una de las advertencias que más reiterada e insistentemente aparecen en la predicación de Jesús, es la que encontramos en el evangelio de hoy: las riquezas constituyen un peligro, un estorbo. En pocos versículos, hasta tres veces insiste Jesús en lo muy difícil que es que un rico se salve. Dios, en su infinito amor, llama al hombre entero a que le sirva y a que le pertenezca de manera total e indivisa. Ahora bien, las riquezas inducen a confiar en los bienes conseguidos y a olvidarse de Dios (Lc 12,16-20) y pueden fácilmente llevar a despreciar a los pobres que nos rodean (Lc 16,19ss). Las riquezas hacen a los hombres codiciosos, orgullosos y duros (Lc 16,14), «la seducción de las riquezas ahoga la palabra» de Dios (Mt 13,22); el rico «atesora riquezas para sí, pero no es rico ante Dios» (Lc 12,21). La conclusión es clara: «No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24). De ahí la advertencia de Jesús: «Ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo» (Lc 6,24).

«Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras» La extrañeza de los discípulos es porque ellos participaban de la idea de que las riquezas eran señal de la benevolencia divina. Jesús mismo, matizando lo dicho, habla de la esperanza mesiánica de salvación porque «Dios lo puede todo».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Nuestra comunión
en los Misterios de Jesús
(519 – 521)

Toda la riqueza de Cristo «es para todo hombre y constituye el bien de cada uno» (RH 11). Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros.

Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: él es el «hombre perfecto» que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones.

Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en Él, y que Él lo viva en nosotros. «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre»(GS 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con Él; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que Él vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro:

«Maestro, ¿qué he de hacer…?»
(2052 – 2055)

«Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?» Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como «el único Bueno», como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le declara: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor al prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre». Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,16-19).

A esta primera respuesta se añade una segunda: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19,21). Esta respuesta no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta. En los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) la llamada de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con el llamamiento a la pobreza y a la castidad. Los consejos evangélicos son inseparables de los mandamientos.

Cuando le hacen la pregunta «¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22,36), Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.

En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud.

La propiedad privada
(2402 – 2406)

Los bienes creados están destinados a todo el género humano. La propiedad privada es lícita para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres.

El derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de modo justo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continua siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio. La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus prójimos.

El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la actividad económica y social. El desarrollo de las actividades económicas y el crecimiento de la producción están destinados a satisfacer las necesidades de los seres humanos. La vida económica no tiende solamente a multiplicar los bienes producidos y a aumentar el lucro o el poder; está ordenada ante todo al servicio de las personas, del hombre entero y de toda la comunidad humana. Los bienes creados por Dios para todos deben llegar a todos, según la justicia y con la ayuda de la caridad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret: una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. El interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino. Él es un israelita piadoso que ha crecido, diríamos, a la sombra de la Ley del Señor… Siente la necesidad de confrontarse con aquel que había iniciado su predicación con este nuevo y decisivo anuncio: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva»» (Juan Pablo II).

«No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos» (S. Juan Crisóstomo).

«Hay que satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia» (Concilio Vaticano II).

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (S. Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

El trabajo, Señor, de cada día
nos sea por tu amor santificado,
convierte su dolor en alegría
de amor, que para dar tú nos has dado

Paciente y larga es nuestra tarea
en la noche oscura del amor que espera;
dulce huésped del alma, al que flaquea
dale tu luz, tu fuerza que aligera

En el alto gozoso del camino,
demos gracias a Dios, que nos concede
la esperanza sin fin del don divino;
todo lo puede en él quien nada puede.

Amén