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11 de abril de 2021: DOMINGO II DE PASCUA o DE LA DIVINA MISERICORDIA «B».


«¡Señor mío y Dios mío!» Sólo desde la fe se puede adorar así.

Hch 4,32-35: «Un solo corazón y una sola alma»
Sal 117: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia»
1 Jn 5,1-6: «Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo»
Jn 20,19-31: «A los ocho días llegó Jesús»

I. LA PALABRA DE DIOS

El libro de los Hechos de los Apóstoles revela que lo que hacían las primeras comunidades no pasaba inadvertido: «Y se los miraba a todos con mucho agrado». Su manera de vivir se convertía en testimonio: la gente se fijaba en su actitud y se sentía atraída por su novedad u originalidad. Por sus obras eran misioneros, testigos.

El pasaje del Evangelio de San Juan muestra la conexión entre la Resurrección y el envío del Espíritu Santo. Por el Espíritu reúne Jesús a su Iglesia, anuncia un nuevo modo de presencia, le garantiza que estará en y con la comunidad.

«Paz a vosotros». La paz es simple y llanamente don del resucitado. En esa paz está comprendida la gran reconciliación que abarca al mundo entero, y que Jesús ha operado con su muerte «para la vida del mundo». La paz del resucitado es una realización del crucificado; es decir, que sólo ha sido posible por sus padecimientos y su muerte. Es la paz que brota del sacrificio de Jesús por su victoria definitiva sobre el pecado.

«Les enseñó las manos y el costado». El resucitado es el mismo que murió en la cruz. Por eso les muestra las manos y el costado. Las heridas de Jesús se convierten en sus señas de identidad. El Cristo resucitado y glorificado no ha borrado de su personalidad la historia terrena de sus padecimientos. Está marcado por ella de una vez para siempre.

«Recibid el Espíritu Santo». He aquí el regalo pascual de Cristo. El que había prometido. «No los dejaré huérfanos», ahora cumple su promesa. Jesús, que había gritado «el que tenga sed, que venga a mí y beba», se nos presenta ahora en su resurrección como fuente perenne del Espíritu. A Cristo resucitado hemos de acercarnos con sed a beber el Espíritu que mana de Él, pues el Espíritu es el don pascual de Cristo. Cristo les comunica el Espíritu Santo, primeramente para suscitar y reafirmar en ellos la fe en su resurrección; y luego, para hacer que otros crean, quitando la ceguera del pecado. La misión tiene como fin transmitir al mundo entero la paz lograda por Jesús.

«A quienes les perdonéis los pecados…». Las palabras de Jesús en este pasaje hay que entenderlas de la potestad de perdonar y de retener los pecados en el Sacramento de la Penitencia.

«¡Señor mío y Dios mío!». La actitud final de Tomás nos enseña cuál ha de ser nuestra relación con el Resucitado: una relación de fe y adoración. Fe, porque no le vemos con los ojos: «Bienaventurados los que crean sin haber visto»; fe a pesar de que a veces parezca ausente, como a los discípulos de Emaús, que no eran capaces de reconocerle aunque caminaba con ellos. Y adoración, porque Cristo es en cuanto hombre «el Señor», lleno de la vida, de la gloria y de la felicidad de Dios.

«Se llenaron de alegría al ver al Señor». La resurrección de Cristo es fuente de alegría. El encuentro con el Señor resucitado produce gozo. Su presencia lo ilumina todo, porque Él es el Señor de la historia. En cambio, su ausencia es causa de tristeza, de angustia y de temor. También en esto Cristo cumple su promesa: «Volveré a verlos y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar». ¿Es mi relación con Cristo la fuente única del gozo autentico y duradero?

Desde las perspectivas anteriores, la segunda lectura adquiere su verdadera dimensión. La victoria de la fe se «ve», se «palpa» en quienes han creído. Desde la fe, el derrotado es el mundo y el pecado, lo viejo del hombre, lo que ha quedado clavado con Cristo en la cruz.

Las convicciones de las personas se notan en sus obras. Las palabras pueden ser fachada de lo que no se cree, porque no se vive. El cristiano, como hombre de la verdad, muestra su fe en las obras, en lo que su modo de vivir confirma.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Sentido y alcance salvífico de la Resurrección
(651 — 655)

«Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1Co 15,14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión «según las Escrituras» indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho: «Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy». La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, Él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: «Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy»». La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos … así también  nosotros vivamos una nueva vida». Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id y avisad a mis hermanos». Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

Por último, la Resurrección de Cristo –y el propio Cristo resucitado– es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron; del mismo modo que en Adán murieron todos, así también todos revivirán en Cristo». En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En Él los cristianos «saborean los prodigios del mundo futuro» y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para Aquél que murió y resucitó por ellos.

El amor a los pobres
(2443; cf. 2444 — 2447)

Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: «a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas» (Mt 5,42). «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva «anunciada a los pobres» (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo.

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Se nos ocurre preguntar: ¿Cómo es que Nuestro Señor dio el Espíritu Santo una vez cuando estaba en la tierra y otra cuando ya estaba en el cielo?… Porque dos son los preceptos de la caridad, a saber, el amor de Dios y del prójimo. Fue dado el Espíritu Santo en la tierra para que sea amado el prójimo; es dado desde el cielo para que sea amado Dios. Así como es una la caridad y dos los preceptos, así también es uno el Espíritu y dos las dádivas» (San Gregorio Magno).

«No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyo» (S. Juan Crisóstomo).

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (S. Gregorio Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Porque anochece ya,
porque es tarde, Dios mío,
porque temo perder
las huellas del camino,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo

Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo

Porque ardo en sed de ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa,
bendice el pan y el vino.
¡Qué aprisa cae la tarde!
¡Quédate al fin conmigo! 

Amén.

28 de marzo de 2021: DOMINGO DE RAMOS “B”


«Lo aclamamos como Rey
porque entrega su vida como Siervo»

Procesión:
Mc 11,1-10: «Bendito el que viene en nombre del Señor»

Misa:
Is 50,4-7: «No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado»
Sal 21: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Flp 2,6-11: «Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo»
Mc 14,1-15,47: «Era media mañana cuando lo crucificaron» 

I. LA PALABRA DE DIOS

En el pórtico de la Semana Santa, el Domingo de Ramos presenta la Entrada Mesiánica de Jesús en Jerusalén. El texto muestra a un Jesús que prevé y domina los acontecimientos, precisamente cuando emprende el camino de la pasión. San Marcos, que había custodiado cuidadosamente en silencio la identidad de Jesús  para evitar confusiones –el «secreto mesiánico»–, manifiesta ahora a Jesús aclamado abiertamente como Mesías –«bendito el reino que llega, el de nuestro padre David»–. Sin embargo, no es un Mesías guerrero que aplasta a sus enemigos por la fuerza de las armas, sino el Mesías humilde que trae el gozo de la salvación en la debilidad –montado en un borrico: ver Zac 9,9s–.

El profeta Isaías destacó del Siervo sufriente la perfecta docilidad y entrega a la voluntad de Dios, y cómo todo eso se revela como proyecto de Dios. El Siervo resiste, pese a todo, porque sabe que el Señor está a su lado.

El himno de la Carta a los Filipenses resume todo el misterio de Cristo que vamos a celebrar en estos días de la Semana Santa:

«Se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo». Estas son las disposiciones más profundas del Hijo de Dios hecho hombre. Justamente lo contrario de Adán, que siendo una simple criatura quiso ávidamente hacerse igual a Dios. Justamente lo contrario de nuestras tendencias egoístas, que nos llevan a enaltecernos a nosotros mismos y a dominar a los demás. Pero Jesús se despojó. 

La fe católica nos dice que el Hijo de Dios no se despojó de su naturaleza divina, no renunció a su divinidad –cosa imposible–, sino que, al hacerse verdaderamente criatura humana, renunció durante su vida mortal al esplendor (= gloria divina) al que tenía derecho. Prefirió recibir como un don la gloria a la que tenía derecho por ser el Hijo. Prefirió hacerse esclavo de todos, siendo el Señor de todos. En su resurrección y ascensión, la humanidad de Cristo recibió del Padre esa gloria, como premio a su obediencia.

«Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». Una obediencia que significaba morir a sí mismo y que le llevó hasta la muerte de cruz. Es preciso contemplar detenidamente esta tendencia de Cristo a la humillación. Lo menos es el sufrimiento físico, aun siendo atroz. Lo más impresionante es el sufrimiento moral, la humillación: Jesús es ajusticiado como culpable, pasa a los ojos de la gente como un malhechor. Más aún, pasa a los ojos de la gente piadosa como un maldito, uno que ha sido rechazado por Dios, pues dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un madero» (Gal 3,13).

«Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre», precisamente «por eso»: por humillarse, por obedecer. Jesús no buscó ni su voluntad, ni su gloria. No trató de defenderse ni de justificarse. Lo dejó todo en manos del Padre. El Padre se encargará de demostrar su inocencia. El Padre mismo le glorificará en la resurrección. He aquí el resultado de su obediencia: el universo entero se le somete, toda la humanidad le reconoce como Señor (= Kyrios, el Yahveh del Antiguo Testamento). La soberbia de Adán –y la nuestra–, el querer ser como Dios, acaba en el absoluto fracaso. La humillación voluntaria de Cristo acaba en su exaltación gloriosa. En Él, antes que en ningún otro, se cumplen sus propias palabras: «el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

El relato de la Pasión según San Marcos es el más sobrio y realista. El evangelista no disimula los contrastes de un acontecimiento que resulta desconcertante: la cruz es escándalo al tiempo que revela perfectamente al Hijo de Dios. Jesús ha aceptado plenamente el plan del Padre en una obediencia absolutamente dócil y filial («Abba»: 14,36). En la escena central del relato –al ser interrogado por el Sumo Sacerdote– Jesús confiesa su verdadera identidad: es el Mesías, el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre –es decir, el Juez escatológico–. A diferencia de Pedro, que reniega de Jesús para salvar su piel, Jesús confiesa, en absoluta fidelidad, ser el Hijo de Dios –«Yo soy»– sabiendo que esta confesión le va a llevar a la cruz. Paradójicamente, en el momento de mayor humillación –cuando agoniza y expira– es cuando manifestará plenamente quién es. Pero para conocerle y aceptarle como Hijo de Dios en el colmo de su humillación es necesaria la fe que se somete al misterio: frente a la reacción de los discípulos –que huyen abandonando a Jesús– la única actitud válida, a pesar de lo chocante y desconcertante de la Pasión, es el acto de fe del centurión romano: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios». En medio de las tinieblas, brota la luz por la confesión de fe de un militar pagano, auténtica confesión de fe en la filiación divina de Jesús.

Frente al relato de la Pasión, hemos de evitar ante todo la impresión de algo «sabido». Es preciso considerar, uno por uno, los indecibles sufrimientos de Cristo. En primer lugar, los sufrimientos físicos: latigazos, corona de espinas, golpes, crucifixión, desangramiento, sed, descoyuntamiento… Pero más todavía los interiores: humillación, burlas y desprecios, incluso de los discípulos y amigos, contradicciones, injusticia clamorosa… Basta pensar en nuestro propio sufrimiento ante cualquiera de estas situaciones. Y, lo más duro de todo, la sensación de abandono por parte del Padre; aunque Jesús sabía que el Padre estaba con Él, quiso experimentar en su alma ese abandono de Dios que siente el hombre pecador.

San Marcos nos sitúa ante la Pasión como frente a un misterio desconcertante. El que así sufre y es humillado es el mismo Hijo de Dios. Esto es algo que sobrepasa nuestro entendimiento y choca contra la lógica humana. Al considerar los sufrimientos de Cristo, hemos de evitar quedarnos en la mera conmoción sensible e ir más allá, contemplando en «este hombre» al Hijo eterno de Dios. Para ello es necesaria la fe del centurión, la única que nos capacita para penetrar en el misterio, oscuro y luminoso a la vez, del crucificado.

La meditación de la pasión desde la fe arroja un gran chorro de luz sobre nuestra vida de cada día. El sufrimiento no es una muralla que nos separa de Dios, sino una puerta de entrada al misterio de su amor. Cristo no ha venido a eliminar nuestros sufrimientos, lo mismo que Él no se ha bajado de la cruz cuando se lo pedían; ha venido a darles sentido, transfigurándolos por amor en fuente de fecundidad y de gloria. Por eso, el cristiano no rehúye el sufrimiento ni se evade de él, sino que lo asume con fe; la prueba no destruye su confianza y su ánimo, sino que les proporciona un fundamento más firme. Para quien ve la pasión con fe, la cruz deja de ser locura y escándalo y se convierte en sabiduría y fuerza.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
(559, 560, 570)

¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su Padre». Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir «¡sálvanos!», «¡Danos la salvación!»). Pues bien, el «Rey de la Gloria» entra en su ciudad «montado en un asno»: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación «Bendito el que viene en el nombre del Señor», ha sido recogida por la Iglesia en el «Santo» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Fuera de la cruz no hay otra escala por donde subir al cielo» (Santa Rosa de Lima).

«La Cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Jesucristo –Hombre, Hijo de María, Hijo putativo de José de Nazaret– deja este mundo, es al mismo tiempo una nueva manifestación  de la eterna paternidad de Dios, el cual se acerca de nuevo en Él a la humanidad, a todo hombre, dándole el tres veces santo Espíritu de Verdad»  (Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

¿Quién es éste que viene,
recién atardecido,
cubierto con su sangre
como varón que pisa los racimos?

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. 

Amén.

21 de marzo de 2021: DOMINGO V DE CUARESMA “B”


«Conoceremos al Señor porque perdonará nuestros pecados
por la Nueva Alianza en Cristo»

Jr 31,31-34: «Haré una alianza nueva y no recordaré los pecados»
Sal 50: «Oh, Dios, crea en mí un corazón puro»
Hb 5,7-9:  «Aprendió a obedecer; y se convirtió en autor de salvación eterna»
Jn 12,20-33: «Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto» 

I. LA PALABRA DE DIOS

El anuncio de Jeremías –la Alianza Nueva– parece un anticipo del Evangelio. La letra había ahogado al espíritu y había que grabar en los corazones la Ley Nueva. Dios mismo será quien escribirá esa ley dentro del  corazón del hombre. 

«Queremos ver a Jesús». ¿Accedió Jesús al deseo de estos griegos piadosos? Lo que dice a continuación es la respuesta indirecta: «Si quieren verme, que me ‘vean’ en la cruz».

«Padre, glorifica tu nombre». Jesús acepta voluntariamente su muerte redentora, pero la idea de sufrir lo turba instintivamente, como en Getsemaní. Desearía verse libre de esa hora dolorosa: «y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?»; pero su oración no es egoísta: sólo busca que el Padre sea glorificado. La respuesta del Padre, que ya ha actuado en las señales reveladoras de Jesús (sus milagros), indica que precisamente ahora, en la muerte y la resurrección, va a mostrar con más claridad «el esplendor del Hijo único».

«Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre». La glorificación de Jesús empieza ya con la pasión. Jesús es «elevado sobre la tierra»: con esta expresión san Juan se refiere a la cruz y a la gloria al mismo tiempo. Con ello expresa una realidad muy profunda y misteriosa a la vez: en el patíbulo de la cruz, cuando Jesús pasa a los ojos de los hombres por un derrotado y por un maldito, es en realidad cuando Jesús está venciendo. «Ahora el Príncipe de este mundo –Satanás– va a ser echado fuera». En la cruz Jesús es Rey. 

«Si muere, da mucho fruto». El cuerpo destruido de Jesús es fuente de vida. De su pasión somos fruto nosotros. Millones y millones de seres humanos han recibido y recibirán vida eterna por la entrega de Cristo en la cruz. El sufrimiento con amor y por amor es fecundo. La contemplación de Cristo crucificado debe encender en nosotros el deseo de sufrir con Cristo para dar vida al mundo: «les he destinado para que vayan y den fruto y su fruto dure» (Jn 15,16).

«Atraeré a todos hacia mí». Cristo crucificado –«elevado sobre la tierra»– atrae irresistiblemente las miradas y los corazones. Mediante la cruz ha sido colmado de gloria y felicidad. La cruz ha sido constituida fuente de vida para toda la humanidad. La cruz es expresión del amor del Padre a su Hijo: «Por esto me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17). Por eso, Jesús no rehuye la cruz: «Por esto he venido».

La Carta a los Hebreos, aludiendo a la oración del huerto, afirma que Cristo fue «escuchado» por su Padre. Expresión paradójica, porque el Padre no le ahorró pasar por la muerte. Y, sin embargo, fue escuchado. La resurrección revelará hasta qué punto el Hijo ha sido escuchado. A este Cristo, que había pedido: «Padre, glorifica a tu Hijo», lo vemos ahora coronado de honor y gloria precisamente en virtud de su pasión y de su cruz. Más aún, una vez resucitado, llevado a la perfección, «se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna». A la luz de la Resurrección entendemos en toda su verdad que Cristo es «el grano de trigo» que «cae en tierra y muere» para dar «mucho fruto». Sí, efectivamente, en lo más hondo de su agonía el Hijo ha sido escuchado por el Padre.

«Y donde esté yo, allí también estará mi servidor». Para estar un día en la gloria con el Hijo resucitado, su servidor tiene que vivir también –no de modo fortuito, ni optativo, sino necesariamente– en comunidad de cruz con Él. Esto es iluminador para nosotros. Mucha gente se queja de que Dios no le escucha porque no le libra de los males que está sufriendo. Pero a su Hijo tampoco le liberó del sufrimiento ni le ahorró la muerte. Y, sin embargo, le escuchó. Dios escucha siempre. Lo que ocurre es que nosotros «no sabemos pedir lo que conviene». Dios puede escucharnos permitiendo que permanezcamos en la prueba y no evitándonos la muerte. Nos escucha dándonos fuerza para resistir en la prueba; dándonos gracia para ser aquilatados y purificados –glorificándonos– a través del sufrimiento. Nos escucha haciéndonos –con el Hijo– grano de trigo que muere para dar fruto abundante. 

Todos los cristianos y santos de todas las épocas somos fruto de la pasión de Cristo. Gracias a ella «el príncipe de este mundo» ha sido «echado fuera» y hemos sido arrancados del poder del demonio y atraídos hacia Cristo. Por ella Dios ha sellado con nosotros una alianza nueva y nuestros pecados han sido perdonados; ha creado en nosotros un corazón puro y nos ha devuelto la alegría de la salvación. Por la pasión de Cristo ha sido inscrita en nuestro corazón la nueva ley, la ley del Espíritu Santo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
(606 – 607)

El Hijo de Dios –que ha bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado– al entrar en este mundo, dice: «He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad«. Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra«. El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero«, es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida. El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado«.

Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?». Y todavía en la cruz antes de que «todo esté cumplido«, dice: «Tengo sed«.

El cordero que quita el pecado del mundo
(608)

Juan Bautista señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo«. Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero y carga con el pecado de las multitudes y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua. Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos«.

Jesús acepta libremente el amor del Padre
(609)

Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, los amó hasta el extremo porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos«. Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). 

El Espíritu grabará en nosotros la Ley Nueva:
(715 – 716)

El Pueblo de los «pobres», los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios; los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, es la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas (Antiguo Testamento). En los «últimos tiempos», el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva. 

Ley nueva o Ley evangélica
(1972)

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo, a la de amigo de Cristo, o también a la condición de hijo heredero.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Hubo, bajo el régimen de la antigua alianza, gentes que poseían la caridad y la gracia del Espíritu Santo y aspiraban ante todo a las promesas espirituales y eternas, en lo cual se adherían a la ley nueva. Y al contrario, existen, en la nueva alianza, hombres carnales, alejados todavía de la perfección de la ley nueva: para incitarlos a las obras virtuosas, el temor del castigo y ciertas promesas temporales han sido necesarias, incluso bajo la nueva alianza. En todo caso, aunque la ley antigua prescribía la caridad, no daba el Espíritu Santo, por el cual «la caridad es difundida en nuestros corazones» (Rm 5,5)» (Santo Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

A Ti, sumo y eterno Sacerdote
de la nueva alianza,
se ofrecen nuestros votos y se elevan
los corazones en acción de gracias.

Tú eres el Ungido, Jesucristo,
el Sacerdote único;
tiene su fin en ti la ley antigua,
por ti la ley de gracia viene al mundo.

Al derramar tu sangre por nosotros,
tu amor complace al Padre;
siendo la hostia de tu sacrificio,
hijos de Dios y hermanos tú nos haces.

Para alcanzar la salvación eterna,
día a día ofreces
tu sacrificio, mientras, junto al Padre,
sin cesar por nosotros intercedes. 

A ti, Cristo pontífice, la gloria
por los siglos de los siglos;
tú que vives y reinas y te ofreces
al Padre en el amor del santo Espíritu. 

Amén.