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Acerca de P. Antonio Diufaín Mora

Sacerdote católico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta (España). http://antoniodiufain.com

8 de agosto de 2021: DOMINGO XIX ORDINARIO “B”


«El Pan de los ángeles se hace pan de los hombres;
y el pan celestial da fin a las antiguas figuras»

1R 19,4-8: «Con la fuerza de aquella comida, caminó hasta el monte de Dios»
Sal 33: «Gustad y ved qué bueno es el Señor»
Ef 4,30-5,2: «Vivid en el amor como Cristo»
Jn 6,41-51: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo»

I. LA PALABRA DE DIOS

La lectura del primer libro de los Reyes nos describe la huida de Elías que se siente fracasado en su obra, y pide a Dios que se lo lleve de este mundo. El milagroso alimento que recibe es señal de que Dios está con él.

«Los judíos murmuraban», como los israelitas contra Moisés en el desierto, con una murmuración que manifiesta la falta de fe y que, en realidad, iba dirigida contra Dios.

«¿No es este Jesús, el hijo de José?» Los judíos murmuraban de Jesús, que se presentaba como «pan bajado del cielo». Se negaban a creer su palabra. No se fiaban de Él. Preferían permanecer encerrados en su razón, en su «experiencia», en sus sentidos… y en sus intereses. La fe exige de nosotros un salto, un abandono, una expropiación. La fe nos invita a ir siempre «más allá». La fe es «prueba de las realidades que no se ven» (Hb 11,1).

«Jesús tomó la palabra y les dijo». Jesús no retira ni corrige sus afirmaciones anteriores; afirma que la fe es don de Dios, que la obra humana es «dejarse llevar» por ese atractivo con el que el Padre nos pone ante su Hijo. «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre». La fe es respuesta a esa atracción del Padre, a la acción suya íntima y secreta en lo hondo de nuestra alma. La adhesión a Cristo es siempre respuesta a una acción previa de Dios en nosotros. Pero es necesario acogerla, secundarla. Por eso la fe es obediencia (Rom 1,5), es decir, sumisión a Dios, rendimiento, aceptación, acatamiento. Y por eso, la fe remata en adoración.

El único verdadero «padre» de Jesús es Dios, «el Padre» (con artículo determinado, corrigiendo a sus interlocutores, que acaban de nombrar a José como padre de Jesús).

«Yo soy el pan de vida». Cristo es siempre el pan que alimenta y da vida; no sólo en la eucaristía, sino en todo momento. Y la fe nos permite «comulgar» –es decir, entrar en comunión con Cristo– en cualquier instante. La fe nos une a Cristo, que es la fuente de la vida. Por eso asevera Jesús: «Os digo: el que cree tiene vida eterna». Todo acto de fe acrecienta nuestra unión con Cristo y, por tanto, la vida.

«Mi carne»: mi naturaleza humana, mi humanidad. «Mi carne por la vida del mundo»: en favor de la vida, para que los hombres tengan vida. El anuncio de la Eucaristía es claro y sin ambigüedades, hasta provocar el escándalo. El texto recuerda la fórmula de los otros evangelistas para la institución de la Eucaristía bajo la especie de pan, acentuando su aspecto redentor, de sacrificio.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo revela el Espíritu
a través de la Eucaristía
(728)

Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que Él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo.

El memorial sacrificial de Cristo
y de su Cuerpo, que es la Iglesia
(1362 – 1371)

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual: Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención.

Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros» y «Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros» (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la misma sangre que derramó por todos para la remisión de los pecados.

La Eucaristía es un sacrificio porque representa (hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto. Cristo, nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para los hombres una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacerdocio, en la última Cena, la noche en que fue entregado, quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible –como lo reclama la naturaleza humana–, donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día.

El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecerse. En la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento.

La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

En las catacumbas de Roma, la Iglesia es con frecuencia representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en actitud de orante. Como Cristo que extendió los brazos sobre la cruz, por Él, con Él y en Él, la Iglesia se ofrece e intercede por todos los hombres.

A la ofrenda de Cristo se unen, no sólo los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.

Necesidad y frutos de la comunión eucarística
(1384 –1401)

Los fieles, con las debidas disposiciones, deben comulgar cuando participan en la misa. El mismo Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,53).

La Iglesia nos recomienda vivamente a los fieles que recibamos la sagrada comunión cada vez que participamos en la misa; nos manda participar los domingos y días de fiesta en la misa y comulgar al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección. No obstante, quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

La Sagrada Comunión produce los siguientes frutos:

  • acrecienta nuestra unión íntima con Cristo;
  • conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo;
  • nos purifica de los pecados veniales, porque fortalece la caridad;
  • nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra amistad con Cristo;
  • renueva, fortalece y profundiza la unidad con toda la Iglesia;
  • nos compromete en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo;
  • y se nos da la prenda de la gloria futura.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Dios no rehusará ser invocado como Dios por aquellos que hayan mortificado en la tierra sus miembros, y, sin embargo, viven en Cristo. Además, Dios es Dios de vivos, no de muertos; más aún, vivifica a todo hombre por su Verbo vivo, el cual da a los santos para alimento y vida, como el mismo Señor dice: «Yo soy el pan de la vida». Los judíos, por tener el gusto enfermizo y los sentidos del espíritu no ejercitados en la virtud, no entendiendo rectamente la explicación de este pan, le contradecían porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo»» (San Atanasio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Cantan tu gloria, Cristo Sacerdote,
los cielos y la tierra:
a ti que por amor te hiciste hombre
y al Padre como víctima te ofrendas.

Tu sacrificio nos abrió las puertas,
de par en par, del cielo;
ante el trono de Dios, es elocuente
tu holocausto en la cruz y tu silencio.

Todos los sacrificios de los hombres
quedaron abolidos:
todos eran figuras que anunciaban
al Sacerdote eterno, Jesucristo.

No te basta el morir, que quieres darnos
alimento de vida:
quedarte con nosotros y ofrecerte
sobre el altar: hacerte eucaristía.

Clavado en cruz nos miras, te miramos,
crece el amor, la entrega.
Al Padre, en el Espíritu, contigo,
eleva nuestro canto y nuestra ofrenda.

Amén.


Publicado por P. Antonio Diufaín Mora

1 de agosto de 2021: DOMINGO XVIII ORDINARIO “B”


«Al vencedor le daré un maná escondido
y un nombre nuevo»

Ex 16,2-4.12-15: «Haré llover pan del cielo para vosotros»
Sal 77: «El Señor les dio pan del cielo»
Ef 4,17.20-24: «Revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios»
Jn 6,24-35: «El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed»

I. LA PALABRA DE DIOS

En el relato del libro del Éxodo, ante las protestas del pueblo por las dificultades surgidas en su camino hacia la Tierra Prometida, la respuesta divina no pudo ser más espectacular y eficaz: «Hizo llover sobre ellos carne como una polvareda, y volátiles como la arena del mar». La sorpresa del pueblo de Dios quedaría definitivamente plasmada en el «nombre» del nuevo alimento: «¿Qué es esto?» («Manhú» = «Maná»). Así quedó en las mejores tradiciones de Israel: «Hizo llover sobre ellos maná, les dio trigo celeste».

En el Evangelio, el discurso que Jesús pronuncia después de la multiplicación de los panes intenta desvelar el profundo significado de lo que ha hecho. La multiplicación de los panes era preparación psicológica y espiritual de los discípulos y el pueblo para la enseñanza sobre la Eucaristía. Pero mientras Jesús habla del «pan que da la vida eterna«, ellos no pasaban de entender el pan (el maná) que dio Moisés en el desierto.

Como los judíos, también nosotros nos quedamos muchas veces en el deseo del alimento material. Pero Dios nos ofrece otro alimento. ¡Cuántos buscan a Jesús sólo para que les haga favores materiales! Apenas se busca a Jesús por Jesús. El pan que el Padre nos da es su propio Hijo; un pan bajado del cielo, pues es Dios como el Padre («Yo soy»); un pan que perdura y comunica vida eterna, es decir, vida divina; un pan que es la carne de Jesucristo.

Y, precisamente porque es divino, es el único alimento capaz de saciarnos plenamente. Al fin y al cabo, las necesidades del cuerpo son pocas y fácilmente atendibles. Pero la verdadera hambre de todo hombre que viene a este mundo es más profunda y más difícil de satisfacer. Es hambre de eternidad, de plenitud, de santidad: hambre de Dios. Esta hambre sólo Jesucristo puede saciarla. Él se ha quedado en la Eucaristía para darnos vida y saciarnos, de modo que nunca más sintamos hambre ni sed.

A la luz de esto, hemos de examinar nuestra relación con Cristo Eucaristía. ¿Agradezco este alimento que el Padre me da? ¿Soy consciente de mi indigencia, de mi necesidad, de mi pobreza? ¿Voy a la Eucaristía con verdadera hambre de Cristo? ¿Me acerco a Él como el único que puede saciar mi hambre? ¿Le busco como el pan bajado del cielo que contiene en sí todo deleite? ¿O busco saciarme y deleitarme en algo o en alguien que no sea Él?

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Espíritu Santo prepara a recibir a Cristo
(1093 – 1095)

El Espíritu Santo realiza en la economía sacramental las figuras de la Antigua Alianza. Puesto que la Iglesia de Cristo estaba preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza, la Liturgia de la Iglesia conserva como una parte integrante e irremplazable, haciéndolos suyos, algunos elementos del culto de la Antigua Alianza: principalmente la lectura del Antiguo Testamento; la oración de los Salmos; y sobre todo la memoria de los acontecimientos salvíficos y de las realidades significativas que encontraron su cumplimiento en el misterio de Cristo (la Promesa y la Alianza; el Éxodo y la Pascua, el Reino y el Templo; el Exilio y el Retorno).

Sobre esta armonía de los dos Testamentos se articula la catequesis pascual del Señor, y luego la de los Apóstoles y los Padres de la Iglesia. Esta catequesis pone de manifiesto lo que permanecía oculto bajo la letra del Antiguo Testamento: el misterio de Cristo. Es llamada catequesis «tipológica», porque revela la novedad de Cristo a partir de «figuras» (tipos) que la anunciaban en los hechos, las palabras y los símbolos de la primera Alianza. Por esta relectura en el Espíritu de Verdad a partir de Cristo, las figuras del Antiguo Testamento son explicadas. Así, el diluvio y el arca de Noé prefiguraban la salvación por el Bautismo, y lo mismo la nube, y el paso del mar Rojo; el agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo; el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía «el verdadero Pan del Cielo».

Por eso la Iglesia, especialmente durante los tiempos de Adviento, Cuaresma y sobre todo en la noche de Pascua, relee y revive todos estos acontecimientos de la historia de la salvación en el «hoy» de su liturgia. Los fieles deben abrirse a esta inteligencia «espiritual» de la Economía de la salvación, tal como la Liturgia de la Iglesia la manifiesta y nos la hace vivir.

El banquete pascual
(1382 – 1383)

La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.

El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da.

Comulgar el Cuerpo de Cristo
(1385 – 1390)

El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: «En verdad en verdad os digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tendrán vida en vosotros» (Jn 6,53).

Para responder a esta invitación del Señor, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo nos exhorta a un examen de conciencia: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo» (1Co 11,27-29). Por tanto, quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe acudir al sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno de una hora prescrito por la Iglesia. También, por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la Misa y a recibir al menos una vez al año la Comunión, si es posible en tiempo pascual, preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía todos los domingos y los días de fiesta, o con más asiduidad aún, incluso todos los días, confesándose frecuentemente.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua «eucaristizados», llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño (el bautismo) para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo» (San Justino).

«¡Cuántos buscan a Jesús sólo para que les haga favores materiales! Tiene uno un asunto difícil y busca la intervención de los clérigos; otro es perseguido por alguien más poderoso y va a refugiarse en la iglesia; otros quieren que se les recomiende ante una persona para la que valen poco; unos de una manera, otros de otra, todos los días está llena la iglesia de esa gente. Apenas se busca a Jesús por Jesús» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Que la lengua humana
cante este misterio:
la preciosa sangre
y el precioso cuerpo.
Quien nació de Virgen
Rey del universo,
por salvar al mundo,
dio su sangre en precio.

Fue en la última cena
-ágape fraterno-,
tras comer la Pascua
según mandamiento,
con sus propias manos
repartió su cuerpo,
lo entregó a los Doce
para su alimento.

La palabra es carne
y hace carne y cuerpo
con palabra suya
lo que fue pan nuestro.
Hace sangre el vino,
y, aunque no entendemos,
basta fe, si existe
corazón sincero

Adorad postrados
este Sacramento.
Cesa el viejo rito;
se establece el nuevo.
Dudan los sentidos
y el entendimiento:
que la fe los supla
con asentimiento.

Amén.

Domingo, 25 de julio de 2021, Santiago, Apóstol, Patrono de España


Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2. «El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago».
Sal 66. «Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben».
2 Cor 4, 7-15. «Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús».
Mt 20, 20-28. «Mi cáliz lo beberéis»


Santiago, hijo de Zebedeo, hermano del apóstol san Juan, fue el primero de los apóstoles en beber el cáliz del Señor, cuando participó en su Pasión, al ser decapitado por orden del rey Herodes. De esa manera anunció el reino que viene por la muerte y resurrección de Cristo. Estando sus restos en Galicia, es patrono de los pueblos de España. Pidamos por su intercesión que España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos. Una petición muy necesaria hoy día, cuando la fe y los valores cristianos están tan en crisis en nuestra sociedad. Pidamos también que seamos testigos de esta fe, como Santiago, dispuestos a beber el cáliz del Señor.

El nombre Santiago, proviene de dos palabras latinas Sant Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: «Sant Iacob, ayúdanos». Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago.

Santiago es uno de los doce Apóstoles de Jesús; se le llama el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Con sus padres —Zebedeo y Salomé— vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea. Él y su hermano Juan, el evangelista, eran pescadores. Su posición social parece que era acomodada —su padre tenía una industria pesquera con empleados—. Y fueron llamados por Jesús mientras estaban arreglando sus redes de pescar, con Zebedeo, su padre, en la orilla del lago de Genesaret. Inmediatamente dejaron la barca y a Zebedeo, su padre, y lo siguieron. Antes habían sido seguidores de Juan el Bautista.

Santiago,
apóstol de Jesucristo

Recibieron de Cristo el nombre «Boanerges«, significando “Hijos del trueno”, por su impetuosidad y ardoroso celo. En una ocasión, Jesús no fue bien recibido por los samaritanos y los dos hermanos le preguntaron a Jesús si quería que hicieran bajar fuego del cielo para consumirlos. Su madre, que no se quedaba atrás, acompañada por sus hijos, pidió a Jesús que sus dos hijos se sentasen en su trono, uno a la derecha y otro a la izquierda, a lo que el Señor les respondió: “No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber y recibir el bautismo que yo voy a recibir?” A lo que respondieron ardorosamente: “¡Podemos!”

Durante la vida pública de Jesucristo, Santiago fue uno de los predilectos: Estuvo presente, junto con su hermano Juan y con Pedro, en la curación milagrosa de la suegra de Pedro y en la resurrección de la hija de Jairo. Con ellos, fue testigo ocular de la Transfiguración de Jesús. Y también lo acompañó de cerca durante su agonía en el huerto de Getsemaní.

Los Hechos de los Apóstoles relatan que éstos se dispersaron por todo el mundo para llevar la Buena Nueva. El apóstol Santiago es el primer apóstol mártir. Escribió una de las cartas del Nuevo Testamento. 

 Santiago, evangelizador de España

Dicen las confusas narraciones de los primeros años de la cristiandad, que a él le fueron adjudicadas las tierras de la península  Ibérica para predicar el Evangelio. Viajó desde Jerusalén por mar hasta Gades (Cádiz, sur de España).

Santiago cumplió su misión, con poco éxito y escaso número de discípulos, en el noroeste de la península Ibérica, en la céltica y verde Galicia, a la que los romanos llamaron «Finis Terrae» (Fin de la Tierra) —por ser el extremo más occidental del mundo hasta entonces conocido—, cumpliendo el mandato del Señor de predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Desanimado por la poca acogida del Evangelio, fue a Zaragoza, donde corrió muchos peligros. La Leyenda Aurea de Jacobus de Voragine nos cuenta que las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas y solo siete personas se convirtieron al Cristianismo. Estos eran conocidos como “los Siete Convertidos de Zaragoza”.  Santiago llamó en su ayuda a la Virgen María, rogándole lo ayudase. 

Santiago y la Virgen del Pilar

Las cosas cambiaron cuando la Virgen Santísima, que entonces vivía aún en Jerusalén, se apareció en carne mortal al Apóstol sobre una columna o pilar, a las orillas del rio Ebro, en la ciudad romana de «Caesar Augusta», la actual Zaragoza; aparición conocida como la de la Virgen del Pilar.

Según la tradición, una noche el apóstol estuvo rezando intensamente con algunos discípulos junto al río Ebro, cerca de los muros de la ciudad, pidiendo luz para saber si debía quedarse o huir. Él pensaba en María Santísima y le pedía que rogara por él para pedir consejo y ayuda a su divino Hijo Jesús, que nada podía negarle a su madre. De repente, se vio venir un resplandor del cielo sobre el apóstol y aparecieron sobre él los ángeles que entonaban un canto muy armonioso mientras traían una columna de luz, cuyo pie, en medio de un rayo luminoso, señalaba un lugar, a pocos pasos del apóstol, como indicando un sitio determinado. Sobre la columna (o pilar), se le apareció la Virgen María. Santiago se levantó del lugar donde estaba rezando de rodillas, y recibió el aviso de María de que debía erigir de inmediato una iglesia allí; que la intercesión de María haría crecer como una raíz y expandirse. María le indicó que, una vez terminada la iglesia, debía volver a Jerusalén. Santiago se levantó, llamó a los discípulos que lo acompañaban, que habían oído la música y visto el resplandor; les narró lo demás, y presenciaron luego todos cómo se iba desvaneciendo el resplandor de la aparición. Desde entonces la intercesión de la Virgen hizo que se abrieran extraordinariamente los corazones al Evangelio en España.

En el lugar de la aparición, se levantó posteriormente lo que hoy es la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, un lugar de peregrinación famoso en el mundo entero, que no fue destruido en la guerra civil española (1936-1939), puesto que las bombas que se lanzaron no explotaron, pudiéndose hoy en día verse expuestas en el interior de la Basílica.

Santiago partió de España para trasladarse a Jerusalén, como María le había ordenado. En este viaje visitó a María, que ya vivía en la casa de su hermano Juan en Éfeso. María le predijo la proximidad de su muerte en Jerusalén, y lo consoló y lo confortó en gran manera. Santiago se despidió de María y de su hermano Juan, y se dirigió a Jerusalén. 

Santiago,
el primer apóstol mártir de la fe

Cuando regresó a Palestina, en el año 44, fue hecho prisionero, torturado y decapitado por el rey Herodes Agripa I, el 25 de marzo de 41 AD (día en que la liturgia actual celebra La Anunciación). Fue llevado al monte Calvario, fuera de la ciudad. Durante el recorrido, estuvo predicando y aún fue capaz de convertir a algunas personas. Cuando le ataron las manos, dijo: «Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi bendición ni mi lengua». Un tullido que se encontraba a la vera del camino, clamó al apóstol que le diera la mano y lo sanase. El apóstol le contestó: «Ven tú hacia mí y dame tu mano». El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó.

Josías, la persona que había entregado a Santiago, fue corriendo hacia él para implorar su perdón. Este hombre se convirtió a Cristo. Santiago le preguntó si deseaba ser bautizado. Él dijo que sí, por lo que el apóstol lo abrazó y le dijo: «Tú serás bautizado en tu propia sangre». Y así se cumplió, siendo Josías decapitado a continuación del Apóstol. En otro tramo del recorrido, una mujer se acercó a Santiago con su hijo ciego para alcanzar de él la curación para su hijo, obteniéndola de inmediato.

Una vez llegado al Monte Calvario, el mismo lugar donde años antes fue crucificado nuestro Señor, Santiago fue atado. Le vendaron los ojos y le decapitaron. Y se prohibió que su cuerpo fuese enterrado. 

El sepulcro del apóstol Santiago

Sin embargo, sus discípulos, en secreto, durante la noche trasladaron su cuerpo hasta la orilla del mar, donde encontraron una barca preparada para navegar, pero sin tripulación. Allí depositaron, en un sepulcro de mármol, el cuerpo del apóstol; que llegaría tras la travesía marítima, remontando el río Ulla, hasta un puerto romano en la costa Gallega de Iria Flavia, la capital de la Galicia romana. Allí enterraron su cuerpo en un compostum o cementerio en el cercano bosque de Liberum Donum, donde levantaron un altar sobre el arca de mármol.

Tras las persecuciones romanas contra los cristianos y la prohibición de visitar el lugar, se olvidó la existencia del mismo, por más de 800 años. Bajo el reinado de Alfonso II (789-842), un ermitaño llamado Pelagio (Pelayo) recibió en visión, conocimiento del lugar donde se encontraban los restos del Apóstol. En el año 813 el eremita Pelayo observó el resplandor de una estrella y cánticos en un campo. En base a este suceso se llamaría al lugar Campus Stellae, o Campo de la Estrella, de donde derivaría el actual nombre de Compostela.

El eremita advirtió al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, quien después de apartar la maleza descubrió los restos del apóstol, identificados por la inscripción en la lápida. Informado el Rey Alfonso II del hallazgo, acudió al lugar y proclamó al apóstol Santiago patrono del reino, edificando allí un santuario que más tarde llegaría a ser la Catedral. A partir de esta declaración oficial los milagros y apariciones se repetirían en el lugar, dando lugar a numerosas historias y leyendas destinadas a infundir valor a los guerreros que luchaban contra los avances de los musulmanes desde Al-Andalus, y a los peregrinos que poco a poco iban trazando el Camino de Santiago. 

El apóstol Santiago,
defensor de la fe

Una de las tradiciones narra como Ramiro I, en la batalla de Clavijo, venció a las tropas de Abderramán II ayudado por un jinete sobre un caballo blanco que luchaba a su lado y que resultó ser el Apóstol. A partir de entonces se convirtió en patrón de la Reconquista. Los cristianos se encontraban abatidos bajo el imperio del Islam y la fe cristiana corría el peligro de ser erradicada. La lucha por la reconquista duró hasta el año 1492.  Ese largo período de tiempo forzó a los cristianos a una guerra de supervivencia en la que se apoyaban del auxilio del Apóstol y de la Virgen Santísima. Santiago sigue siendo el protector y guía de los Cristianos en la batalla actual por la defensa de la fe católica contra sus enemigos. 

Las peregrinaciones
y el Camino de Santiago

A partir del s. XI el sepulcro del apóstol Santiago de Compostela ejerció una fuerte atracción sobre el cristianismo europeo y fue centro de peregrinación multitudinaria, al que acudieron reyes, príncipes y santos.

En los s. XII y XIII, época en que se escribió el «Códice Calixtino«; primera “guía del peregrino”, la ciudad alcanzó su máximo esplendor. El Papa Calixto II concedió a la Iglesia Compostelana el «Jubileo Pleno del Año Santo» y Alejandro III lo declaró perpetuo, convirtiéndose Santiago de Compostela en Ciudad Santa junto a Jerusalén y Roma. El Año Santo se celebra cada vez que la festividad del Apóstol, el 25 de Julio, cae en Domingo.

En siglos posteriores y hasta el momento actual, numerosos fieles, principalmente de Europa, recorren el «Camino de Santiago» que les conduce a la tumba del Santo, con el fin de pedir perdón por sus pecados. 

Santiago y la evangelización de América

Santiago Apóstol preparó el camino para la Virgen María en España y también preparó su llegada al «Nuevo Mundo». El es el Apóstol de la Virgen María, también es conocido como el Apóstol de la Paz.

En 1519, Hernán Cortés llegó a Veracruz, y en Lantigua construyó la primera Iglesia dedicada a Santiago Apóstol en el continente Americano. También en 1521, cuando México fue conquistada, Cortés construyó una Iglesia en las ruinas de los Aztecas que al igual fue dedicada a Santiago Apóstol. A esta Iglesia era que san Juan Diego se dirigía el 9 de diciembre de 1531, para recibir clases de catecismo y oír la Santa Misa, ya que era la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Santiago Apóstol es patrón
de las siguientes ciudades de Hispanoamérica:

  • Santiago de Chile
  • Caracas, Venezuela (la cual fue fundada el 25 de julio de 1567 con el nombre de Santiago de León de Caracas).
  • Santiago de Guayaquil (Ecuador). 
  • Santiago de Cuba
  • Santiago de Querétaro (México)
  • Santiago de Cali, (Colombia)
  • Santiago de los Ocho Valles de Moyobamba, (Perú)
  • Santiago de Guatemala
  • Santiago de Veraguas (Panamá)
  • Santiago de Chiuitos (Bolivia)
  • Santiago de los Caballeros (Rep. Dominicana)
  • Provincia de Santiago de México
  • Saltillo Coahuila (México)
  • Santiago de Sesimbra (Portugal)
  • Alanje (Panamá)
  • Santiago del Estero (Argentina) 
  • Provincia de Mendoza (Argentina)
  • San Felipe y Santiago de Montevideo (Uruguay)

LETANÍA DE SANTIAGO “EL MAYOR”, APÓSTOL

  • Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
  • Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.
  • Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
  • Cristo, óyenos. Cristo, óyenos.
  • Cristo, escúchanos. Cristo, escúchanos.
  • Dios, Padre Celestial. Ten misericordia de nosotros.
  • Dios, Hijo Redentor del mundo. Ten misericordia de nosotros.
  • Dios, Espíritu Santo. Ten misericordia de nosotros.
  • Trinidad Santa, un solo Dios. Ten misericordia de nosotros.
  • Santa María  Ruega por nosotros.
  • Santa Madre de Dios.  Ruega por nosotros.
  • Santa Virgen de las vírgenes.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, Apóstol de Jesucristo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, hijo de Zebedeo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, nacido de María Salomé.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que seguiste a Jesús incluso antes de ser testigo de sus milagros.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que respondiste inmediatamente a la primera venida de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que despreciaste el mundo para seguir a Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que dejaste a tus padres por amor a Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que deseaste llamar fuego del Cielo contra los que se oponían a extender el mensaje salvador de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, uno de los tres testigos presenciales de la resurrección de la hija de Jairo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, uno de los tres testigos de la Transfiguración de Cristo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, uno de los tres que disteis testimonio de la agonía de Nuestro Señor en el Huerto de Getsemaní.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, por cuya predicación convertiste siete discípulos  en España.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que convertiste a una cantidad innumerable de personas en Judea y Samaria por tu predicación.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que desafiaste a los Judíos y confundiste a los Escribas y Fariseos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que valerosamente discutiste con Pilatos y ganaste el día.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que torturaste a los demonios enviados por Hermogenus, el gran hechicero.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que conseguiste que Hermogenus fuera confinado por los mismísimos demonios que él envió.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que posteriormente liberaste a Hermogenus y le hiciste seguidor de Cristo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que arrojaste libros de hechicería a los mares profundos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que curaste a un enfermo de reuma agudo e hiciste que alabara el Santo nombre de Dios.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que hiciste que tu verdugo compartiese tu agonía y obtuviste para él la salvación eterna.  Ruega por nosotros.  
  • Santiago, que te sometiste a ser decapitado y sufriste el martirio con alegría.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que tuviste el privilegio de tener una muerte similar a la de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que fuiste bendecido con un bautismo similar al de Jesús.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que te ganaste el honor de ser el primer mártir de entre  los Apóstoles.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, cuyos restos mortales llegaron a España en un pequeño barco, sin timón, ni velas, ni tripulación.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que cuando tu sagrado cuerpo fue depositado en un duro bloque de granito, éste se ablandó para que recibieras un adecuado entierro.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que hiciste que los toros salvajes se comportaran como mansos corderos cuando los guiabas para tirar del carro  que contenía tus sagrados restos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que milagrosamente mantuviste vivo durante treinta días a un hombre inocente, injustamente condenado y ahorcado.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que salvaste España en muchas ocasiones de numerosos enemigos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que montado en un caballo blanco como la nieve derribaste sesenta mil enemigos durante el reinado del rey Samir.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que fuiste recompensado con un trono Celestial por tu obediencia al Señor.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, cuyo amor a la pobreza te hizo ganar el Reino de los Cielos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que saliste victorioso de la batalla contra legiones de demonios y contra todos los poderes de la oscuridad.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que despreciando todos los honores mundanos, y en combate con el mundo, saliste finalmente triunfante.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que por oraciones y mortificación dominaste la carne, y ganaste la eterna corona del Cielo.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, siempre voluntarioso para ayudar a aquellos que luchan
    por la defensa del nombre de Dios.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, que tanto ayudas a los que están en el exilio.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, rápido restablecedor de la buena salud.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, libertador de aquellos que se encuentran en la esclavitud.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, consuelo de los afligidos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, a quien se alaba y se da las gracias con gran devoción por el mundo entero.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, invocado con fe y confianza por todos los cristianos.  Ruega por nosotros.
  • Santiago, a quien se le da enormemente las gracias en todas  las naciones.  Ruega por nosotros.
  • Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Perdónanos, Señor.
  • Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Escúchanos, Señor.
  • Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Ten misericordia de nosotros.
  • Ruega por nosotros, oh Santiago. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN

Dios Todopoderoso y misericordioso, que escogiste doce Apóstoles para evangelizar al mundo entero. Entre ellos, tres fueron favorecidos de manera especial por Tu Hijo Jesucristo, quien se dignó a contar con el Apóstol Santiago en este  selecto número. Que por su intercesión seamos dignos de obtener la gloria del Cielo, donde Tú vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN A SANTIAGO, “EL MAYOR”.

¡Gran Apóstol Santiago, familiar cercano de nuestro Señor y aún más cercano a Él por lazos espirituales! Al ser llamado por Él entre los primeros discípulos y ser favorecido con Su especial intimidad, tú respondiste con gran generosidad, dejándolo todo para seguirle a la primera llamada. También tuviste el privilegio de ser el primero de los Apóstoles en morir por Él, sellando tu predicación con tu sangre.

“Atronador” en el entusiasmo en la tierra, que desde el cielo te has mostrado defensor de Su Iglesia una y otra vez, apareciendo en el campo de batalla de los cristianos para derrotar y dispersar a los enemigos de la Cruz, y llevar a los descorazonados creyentes a la victoria. Fuerza de los cristianos, refugio seguro de aquellos que te suplican con confianza, protégenos ahora en los peligros que nos rodean.

Que por tu intercesión, nuestro Señor nos conceda su santo amor, filial temor, justicia, paz y la victoria sobre nuestros adversarios, tanto visibles como invisibles, y sobre todo, que un día nos conceda la felicidad de verlo y tenerlo con nosotros en el cielo, en tu compañía y la de los ángeles y santos para siempre. Amén. 

¿Qué nos enseña Santiago, el Mayor?

A vivir nuestra fe con autenticidad; a ser testigos del Evangelio con nuestra vida. 

A cumplir con nuestra misión dentro de la Iglesia: extender la Palabra de Dios a todos los que nos rodean. 

A cumplir con nuestra misión cueste lo que cueste, ya que a él le costó el martirio.

A invocar y confiar en la intercesión maternal de María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización.

A ser fieles a Jesús y su Iglesia. Nosotros somos fieles a la Iglesia obedeciendo al Papa y ayudándolo en la tarea de la Nueva Evangelización.

A confiar en Dios y a sabernos abandonar en sus manos.

A perdonar a nuestros enemigos, a amar a aquél que me ofendió, a aquél que me ha hecho sufrir. 

¡Dios ayuda,
y Santiago!