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2 de septiembre de 2018: DOMINGO XXII ORDINARIO “B”


«Acepten dócilmente la Palabra que ha sido plantada
y que es capaz de salvarles»

Dt 4,1-2.6-8: «No añadan nada a lo que les mando… así cumplirán los preceptos del Señor»

Sal 14,2-5: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?»

St 1,17-18.21b-22.27: «Lleven a la práctica la Palabra»

Mc 7,1-8a.14-15.21-23: «Dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a la tradición de los hombres»

I. LA PALABRA DE DIOS

En el Deuteronomio Moisés exhorta a su pueblo, destacando que Dios está en medio de ellos y pueden escucharle; Israel ha recibido de Dios una Ley como ningún otro pueblo la tiene; el pasaje recuerda a la teofanía del Sinaí en el que el pueblo oyó a Dios, pero no le vio.

En el Evangelio encontramos una nueva polémica de tipo legalista ritual con los escribas y fariseos. Después de una larga explicación acerca del rito de lavarse las manos, Jesús marca la frontera entre la ley y Él. Esto da pie a Jesús para afirmar una de sus enseñanzas morales más importantes: frente al legalismo puramente externo, lo que importa es la interioridad del hombre. Una vez más la enseñanza de Jesús se presenta como noticia gozosa (Evangelio = Buena Noticia) y profundamente liberadora. Más allá de la mera observancia de cumplimiento, es en el corazón del hombre –de donde brota lo bueno y lo malo– donde se da la verdadera batalla; es ahí, en el corazón, donde se realiza la auténtica adhesión a la voluntad santa y sabia de Dios (1ª lectura).

El reproche de Jesús a los fariseos también nos afecta a nosotros. Los mandamientos de Dios son portadores de sabiduría y vida. Pero muchas veces hacemos más caso a otros criterios distintos de la Palabra de Dios. Incluso muchos refranes y dichos de la llamada «sabiduría popular» chocan con el evangelio. De esa manera despreciamos el Evangelio y nos quedamos con unas palabras que sólo llevan muerte y mentira. Es necesario estar atentos para no aferrarnos a preceptos y tradiciones humanas contrarias a veces a la Palabra de Dios.

«Del corazón del hombre…». Para un hebreo, el «corazón» no sólo es un órgano corporeo, sino la fuente de los sentimientos y emociones, sinónimo de «las entrañas». Es la sede de lo más propio del hombre: la inteligencia y la voluntad (pensamientos, proyectos, decisiones), el núcleo de la personalidad, de lo más arcano e íntimo de cada uno. En el AT Dios prometió el don de «un corazón nuevo» , que aseguraba la unión entre Dios y su pueblo; esa promesa se cumplió en Jesucristo, corazón verdaderamente nuevo y recreador de corazones nuevos

Uno de los aspectos más importantes de la Buena Nueva que Jesús ha traído es la interioridad. No basta la limpieza exterior, que puede ir unida a la suciedad interior. Cristo ha venido a cambiar el interior del hombre, a darnos un corazón nuevo. Cuando el corazón ha sido transformado por Cristo, también lo exterior es limpio y bueno. De lo contrario, todo esfuerzo por alcanzar obras buenas será inútil. ¿Hasta qué punto creo en la capacidad de Cristo para renovar mi vida y deseo intensamente esta renovación?

Ser cristiano no consiste en «hacer» cosas distintas o mejores, sino en «ser» distinto y mejor, es decir, de otra calidad: la divina. El amor y el poder de Cristo se manifiestan en que no se conforma con un barniz superficial. Somos una «nueva creación» (2Cor 5,17), hemos sido hechos «hombres nuevos» (Ef 4,24) y por eso estamos llamados a vivir una «vida nueva» (Rom 6,4).

Hoy nos hallamos en el polo opuesto con el que Jesús se enfrentó. Si Él tuvo que luchar contra el legalismo, hoy hay que esforzarse en luchar contra el relativismo subjetivista; contra la falsa defensa de una libertad individual mal entendida. Hoy se presenta cualquier mandato o precepto como imposición destructora del hombre y de su iniciativa personal. Para el cristiano «los Mandamientos –decía Juan Pablo II– constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad.»

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios constituye su pueblo y le da su Ley
(62, 708)

Después de la etapa de los patriarcas, Dios constituyó a Israel como su pueblo salvándolo de la esclavitud de Egipto. Estableció con él la Alianza del Sinaí y le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera como al único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y para que esperase al Salvador prometido.

La pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley. La letra de la Ley fue dada como un «pedagogo» para conducir al Pueblo hacia Cristo.

Dios ha dicho todo en su Verbo
(65 – 100)

La Revelación de Dios es la comunicación o manifestación que Él ha hecho, de Sí mismo y de su plan salvador, a los hombres.

Dios se ha revelado, en primer lugar, a nuestros primeros padres; después, en la historia del pueblo de Israel, a través de los patriarcas y los profetas; y, por último, por medio de Jesucristo, que es la plenitud de la revelación.

«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta.

Es decir, que Dios ya se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su Alianza para siempre. La revelación terminó con Jesucristo. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no hay ni habrá ya otra Revelación después de Él.

La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

La Revelación de Dios llega a nosotros mediante la Iglesia Católica, fundada por Jesucristo sobre los Apóstoles. Esta Revelación de Dios o Depósito de la fe, que también se llama la Palabra de Dios, se contiene en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia. Es decir, la Escritura y la Tradición constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios.

Por tanto, no toda la Revelación de Dios se encuentra escrita en la Biblia, pues parte de ella se conserva en la Tradición, que es la Palabra de Dios no escrita en la Biblia y que se nos ha transmitido en la vida de la Iglesia, en los escritos de los Santos Padres y en la Liturgia.

El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios (la Biblia y la Tradición) lo tiene, por voluntad de Jesucristo, el Magisterio de la Iglesia, es decir, el Papa y los obispos en comunión con Él.

La fe cristiana no puede aceptar «revelaciones» que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Este es el caso de ciertas Religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes «revelaciones».

A lo largo de los siglos ha habido las llamadas «revelaciones «privadas»», algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de «mejorar» o «completar» la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y [Dios] no tiene más que hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad» (San Juan de la Cruz).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Verbo de Dios, eterna luz divina,
fuente eternal de toda verdad pura,
gloria de Dios que el cosmos ilumina,
antorcha toda luz en noche oscura.

Palabra eternamente pronunciada
en la mente del Padre sin principio,
que en el tiempo a los hombres nos fue dada,
de la Virgen María, hecha Hijo.

Las tinieblas de muerte y de pecado
en que yacía el hombre, así vencido,
su verdad y su luz han disipado,
con su vida y su muerte ha redimido. Amén.

19 de agosto de 2018: DOMINGO XX ORDINARIO “B”


«Alimentas a tu pueblo con comida de ángeles
y le has dado pan del cielo»

Pr 9,1-6: «Coman de mi pan y beban del vino que he mezclado»
Sal 33: «Gusten y vean qué bueno es el Señor»
Ef 5,15-20: «Dense cuenta de lo que el Señor quiere»
Jn 6,51-58: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida»

I. LA PALABRA DE DIOS

Dios Padre, que con su sabiduría eterna y su amor infinito nos ha preparado el alimento, nos invita con insistencia a su banquete: «Vengan a comer de mi pan». Dios desea colmarnos de Vida y nos invita al banquete del cuerpo y sangre de su Hijo, signo del banquete escatológico prometido. Las fuerzas del cuerpo se agotan, la vida física decae, pero Cristo nos quiere dar otra vida: «el que come este pan vivirá para siempre». Sólo en la Eucaristía se contiene la vida verdadera y plena, la vida definitiva.

«El que come mi carne y bebe mi sangre». El realismo de esta frase es impresionante. El verbo griego usado aquí suele traducirse por «comer», del que es sinónimo, pero lo más probable es que aquí conserve su significado específico de «masticar», «roer», quizá para rechazar interpretaciones puramente espiritualistas o meramente simbólicas de estas palabras de Jesús. Igual que la norma tradicional para la cena del cordero pascual era que había que «masticarlo» bien. El realismo de «la carne y la sangre» habla también de la totalidad de la persona de Jesús bajo el aspecto de su corporalidad que se entrega al sacrificio; Jesús está verdaderamente presente en esta «carne» y esta «sangre»: a Jesús se le recibe todo entero en la Eucaristía. El que come esta carne y bebe esta sangre no sólo toma una materia dotada de determinada fuerza, sino al mismo Jesús.

Los judíos entendieron perfectamente el lenguaje de Cristo en su sentido real: masticar su carne humana; pero le rechazan y abandonan porque no comprendían cómo podía hacerse eso sin caer en canibalismo: «Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir esto?» Pero Jesús, a pesar de su escándalo, no corrige lo que les ha dicho. Su divina Palabra no es verdadera porque sean muchos los que la acepten; ni es falsa porque sea rechazada por la mayoría.

Además, sólo alimentándonos de la Eucaristía podemos tener experiencia de la bondad y ternura de Dios «Gusten y vean qué bueno es el Señor». Pero, ¿cómo saborear esta bondad sin masticar la carne de Dios? Es increíble hasta dónde llega la intimidad que Cristo nos ofrece: hacerse uno con nosotros en la comunión, inundándonos con la dulzura y el fuego de su sangre vertida en la cruz.

Comer a Cristo es sembrar en nosotros la resurrección de nuestro propio cuerpo. Por eso, en la Eucaristía está todo: mientras «los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada». En comer a Cristo consiste la máxima sabiduría. Pero, no comerle de cualquier forma, con rutina o indiferencia; sino con ansia insaciable, con hambre de Dios, con infinito respeto, llorando de amor.

«El que me come vivirá por mí». Como el Padre comunica su vida al Hijo, así el que comulga vive gracias a Cristo. La comunión de vida que se establece entre Jesucristo y quien comulga es la meta de la comunión eucarística. Para ello se apela nada menos que a la comunión de vida entre el Padre y el Hijo. Ahora es cuando queda definitivamente claro que es «el pan de la vida».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Eucaristía:
fuente y cumbre de la vida de la Iglesia
(1324 – 1327)

La Eucaristía es «fuente y cima de toda la vida cristiana«. Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua.

La Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Iglesia es ella misma. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción de Dios por la que, en Cristo, santifica al mundo, y del culto que los hombres, en el Espíritu Santo, dan a Cristo y, por él, al Padre.

Finalmente, la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos.

En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: «Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar» (S. Ireneo).

El nombre de este sacramento
(1328 – 1332)

La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le dan. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:

  • Eucaristía: porque es acción de gracias a Dios por sus obras: la creación, la redención y la santificación.
  • Banquete del Señor: porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero en la Jerusalén celestial.
  • Fracción del pan: porque este rito, propio del banquete de judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia, sobre todo en la última Cena. En este gesto los discípulos de Emaús lo reconocerán después de su resurrección, y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas. Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan partido, que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él.
  • Asamblea eucarística: porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visible de la Iglesia.
  • Memorial de la pasión y de la resurrección del Señor.
  • Santo Sacrificio: porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también «santo sacrificio de la misa», «sacrificio de alabanza», «sacrificio espiritual», «sacrificio puro y santo», puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.
  • Santa y divina Liturgia: porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama también «celebración de los santos misterios».
  • Santísimo Sacramento: porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.
  • Comunión: porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo; se la llama también «las cosas santas» –es el sentido primero de la comunión de los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles–, pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad, viático…
  • Santa Misa: porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (envío = missio ≈ misa) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos… Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oyen cada día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que ustedes cantan. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación» (San Agustín).

Jesucristo, «naciendo, se da como amigo; puesto a la mesa, como alimento; muriendo, se ofrece como redención; reinando, como premio» (Himno «Verbum supernum»).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.

Por descubrirte mejor
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida
donde me subió el amor;
si prenda quieres mayor,
mis obras hoy te la den.

Pasto, al fin, hoy tuyo hecho,
¿cuál dará mayor asombro,
o al traerte yo en el hombro
o al traerme tú en el pecho?
Prenda son de amor estrecho
que aún los más ciegos las ven.

Amén.

12 de agosto: DOMINGO XIX ORDINARIO “B”


«El Pan de los ángeles se hace pan de los hombres;
y el pan celestial da fin a las antiguas figuras»

1R 19,4-8: «Con la fuerza de aquel alimento caminó hasta el monte de Dios»
Sal 33: «Gusten y vean qué bueno es el Señor»
Ef 4,30-5,2: «Vivan en el amor, como Cristo»
Jn 6,41-51: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo»

I. LA PALABRA DE DIOS

La lectura del primer libro de los Reyes nos describe la huida de Elías que se siente fracasado en su obra, y pide a Dios que se lo lleve de este mundo. El milagroso alimento que recibe es señal de que Dios está con él.

«Los judíos murmuraban», como los israelitas contra Moisés en el desierto, con una murmuración que manifiesta la falta de fe y que, en realidad, iba dirigida contra Dios.

«¿No es este el hijo de José?» Los judíos murmuraban de Jesús, que se presentaba como «pan bajado del cielo». Se negaban a creer su palabra. No se fiaban de Él. Preferían permanecer encerrados en su razón, en su «experiencia», en sus sentidos… y en sus intereses. La fe exige de nosotros un salto, un abandono, una expropiación. La fe nos invita a ir siempre «más allá». La fe es «prueba de las realidades que no se ven» (Hb 11,1).

«Jesús les respondió». Jesús no retira ni corrige sus afirmaciones anteriores; afirma que la fe es don de Dios, que la obra humana es «dejarse llevar» por ese atractivo con el que el Padre nos pone ante su Hijo. «Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae». La fe es respuesta a esa atracción del Padre, a la acción suya íntima y secreta en lo hondo de nuestra alma. La adhesión a Cristo es siempre respuesta a una acción previa de Dios en nosotros. Pero es necesario acogerla, secundarla. Por eso la fe es obediencia (Rom 1,5), es decir, sumisión a Dios, rendimiento, aceptación, acatamiento. Y por eso, la fe remata en adoración.

El único verdadero «padre» de Jesús es Dios, «el Padre» (con artículo determinado, corrigiendo a sus interlocutores, que acaban de nombrar a José como padre de Jesús).

«Yo soy el pan de la vida». Cristo es siempre el pan que alimenta y da vida; no sólo en la eucaristía, sino en todo momento. Y la fe nos permite «comulgar» –es decir, entrar en comunión con Cristo– en cualquier instante. La fe nos une a Cristo, que es la fuente de la vida. Por eso asevera Jesús: «Se lo aseguro, el que cree tiene vida eterna». Todo acto de fe acrecienta nuestra unión con Cristo y, por tanto, la vida.

«Mi carne»: mi naturaleza humana, mi humanidad. «Para que el mundo tenga vida»: en favor de la vida, para que los hombres tengan vida. El anuncio de la Eucaristía es claro y sin ambigüedades, hasta provocar el escándalo. El texto recuerda la fórmula de los otros evangelistas para la institución de la Eucaristía bajo la especie de pan, acentuando su aspecto redentor, de sacrificio.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo revela el Espíritu
a través de la Eucaristía
(728)

Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que Él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo.

El memorial sacrificial de Cristo
y de su Cuerpo, que es la Iglesia
(1362 – 1371)

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual: Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención.

Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros» y «Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros» (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la misma sangre que derramó por todos para la remisión de los pecados.

La Eucaristía es un sacrificio porque representa (hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto. Cristo, nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para los hombres una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacerdocio, en la última Cena, la noche en que fue entregado, quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible –como lo reclama la naturaleza humana–, donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día.

El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecerse. En la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento.

La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

En las catacumbas de Roma, la Iglesia es con frecuencia representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en actitud de orante. Como Cristo que extendió los brazos sobre la cruz, por Él, con Él y en Él, la Iglesia se ofrece e intercede por todos los hombres.

A la ofrenda de Cristo se unen, no sólo los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.

Necesidad y frutos de la comunión eucarística
(1384 –1401)

Los fieles, con las debidas disposiciones, deben comulgar cuando participan en la misa. El mismo Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,53).

La Iglesia nos recomienda vivamente a los fieles que recibamos la sagrada comunión cada vez que participamos en la misa; nos manda participar los domingos y días de fiesta en la misa y comulgar al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección. No obstante, quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

La Sagrada Comunión produce los siguientes frutos: acrecienta nuestra unión íntima con Cristo; conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo; nos purifica de los pecados veniales, porque fortalece la caridad; nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra amistad con Cristo; renueva, fortalece y profundiza la unidad con toda la Iglesia; nos compromete en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo; y se nos da la prenda de la gloria futura.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Dios no rehusará ser invocado como Dios por aquellos que hayan mortificado en la tierra sus miembros, y, sin embargo, viven en Cristo. Además, Dios es Dios de vivos, no de muertos; más aún, vivifica a todo hombre por su Verbo vivo, el cual da a los santos para alimento y vida, como el mismo Señor dice: «Yo soy el pan de la vida». Los judíos, por tener el gusto enfermizo y los sentidos del espíritu no ejercitados en la virtud, no entendiendo rectamente la explicación de este pan, le contradecían porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo»» (San Atanasio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Cantan tu gloria, Cristo Sacerdote,
los cielos y la tierra:
a ti que por amor te hiciste hombre
y al Padre como víctima te ofrendas.

Tu sacrificio nos abrió las puertas,
de par en par, del cielo;
ante el trono de Dios, es elocuente
tu holocausto en la cruz y tu silencio.

Todos los sacrificios de los hombres
quedaron abolidos:
todos eran figuras que anunciaban
al Sacerdote eterno, Jesucristo.

No te basta el morir, que quieres darnos
alimento de vida:
quedarte con nosotros y ofrecerte
sobre el altar: hacerte eucaristía.

Clavado en cruz nos miras, te miramos,
crece el amor, la entrega.
Al Padre, en el Espíritu, contigo,
eleva nuestro canto y nuestra ofrenda.

Amén.


Publicado por P. Antonio Diufaín Mora