Archivo de la categoría: Comentario bíblico

2 de septiembre de 2018: DOMINGO XXII ORDINARIO “B”


«Acepten dócilmente la Palabra que ha sido plantada
y que es capaz de salvarles»

Dt 4,1-2.6-8: «No añadan nada a lo que les mando… así cumplirán los preceptos del Señor»

Sal 14,2-5: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?»

St 1,17-18.21b-22.27: «Lleven a la práctica la Palabra»

Mc 7,1-8a.14-15.21-23: «Dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a la tradición de los hombres»

I. LA PALABRA DE DIOS

En el Deuteronomio Moisés exhorta a su pueblo, destacando que Dios está en medio de ellos y pueden escucharle; Israel ha recibido de Dios una Ley como ningún otro pueblo la tiene; el pasaje recuerda a la teofanía del Sinaí en el que el pueblo oyó a Dios, pero no le vio.

En el Evangelio encontramos una nueva polémica de tipo legalista ritual con los escribas y fariseos. Después de una larga explicación acerca del rito de lavarse las manos, Jesús marca la frontera entre la ley y Él. Esto da pie a Jesús para afirmar una de sus enseñanzas morales más importantes: frente al legalismo puramente externo, lo que importa es la interioridad del hombre. Una vez más la enseñanza de Jesús se presenta como noticia gozosa (Evangelio = Buena Noticia) y profundamente liberadora. Más allá de la mera observancia de cumplimiento, es en el corazón del hombre –de donde brota lo bueno y lo malo– donde se da la verdadera batalla; es ahí, en el corazón, donde se realiza la auténtica adhesión a la voluntad santa y sabia de Dios (1ª lectura).

El reproche de Jesús a los fariseos también nos afecta a nosotros. Los mandamientos de Dios son portadores de sabiduría y vida. Pero muchas veces hacemos más caso a otros criterios distintos de la Palabra de Dios. Incluso muchos refranes y dichos de la llamada «sabiduría popular» chocan con el evangelio. De esa manera despreciamos el Evangelio y nos quedamos con unas palabras que sólo llevan muerte y mentira. Es necesario estar atentos para no aferrarnos a preceptos y tradiciones humanas contrarias a veces a la Palabra de Dios.

«Del corazón del hombre…». Para un hebreo, el «corazón» no sólo es un órgano corporeo, sino la fuente de los sentimientos y emociones, sinónimo de «las entrañas». Es la sede de lo más propio del hombre: la inteligencia y la voluntad (pensamientos, proyectos, decisiones), el núcleo de la personalidad, de lo más arcano e íntimo de cada uno. En el AT Dios prometió el don de «un corazón nuevo» , que aseguraba la unión entre Dios y su pueblo; esa promesa se cumplió en Jesucristo, corazón verdaderamente nuevo y recreador de corazones nuevos

Uno de los aspectos más importantes de la Buena Nueva que Jesús ha traído es la interioridad. No basta la limpieza exterior, que puede ir unida a la suciedad interior. Cristo ha venido a cambiar el interior del hombre, a darnos un corazón nuevo. Cuando el corazón ha sido transformado por Cristo, también lo exterior es limpio y bueno. De lo contrario, todo esfuerzo por alcanzar obras buenas será inútil. ¿Hasta qué punto creo en la capacidad de Cristo para renovar mi vida y deseo intensamente esta renovación?

Ser cristiano no consiste en «hacer» cosas distintas o mejores, sino en «ser» distinto y mejor, es decir, de otra calidad: la divina. El amor y el poder de Cristo se manifiestan en que no se conforma con un barniz superficial. Somos una «nueva creación» (2Cor 5,17), hemos sido hechos «hombres nuevos» (Ef 4,24) y por eso estamos llamados a vivir una «vida nueva» (Rom 6,4).

Hoy nos hallamos en el polo opuesto con el que Jesús se enfrentó. Si Él tuvo que luchar contra el legalismo, hoy hay que esforzarse en luchar contra el relativismo subjetivista; contra la falsa defensa de una libertad individual mal entendida. Hoy se presenta cualquier mandato o precepto como imposición destructora del hombre y de su iniciativa personal. Para el cristiano «los Mandamientos –decía Juan Pablo II– constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad.»

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios constituye su pueblo y le da su Ley
(62, 708)

Después de la etapa de los patriarcas, Dios constituyó a Israel como su pueblo salvándolo de la esclavitud de Egipto. Estableció con él la Alianza del Sinaí y le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera como al único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y para que esperase al Salvador prometido.

La pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley. La letra de la Ley fue dada como un «pedagogo» para conducir al Pueblo hacia Cristo.

Dios ha dicho todo en su Verbo
(65 – 100)

La Revelación de Dios es la comunicación o manifestación que Él ha hecho, de Sí mismo y de su plan salvador, a los hombres.

Dios se ha revelado, en primer lugar, a nuestros primeros padres; después, en la historia del pueblo de Israel, a través de los patriarcas y los profetas; y, por último, por medio de Jesucristo, que es la plenitud de la revelación.

«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta.

Es decir, que Dios ya se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su Alianza para siempre. La revelación terminó con Jesucristo. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no hay ni habrá ya otra Revelación después de Él.

La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

La Revelación de Dios llega a nosotros mediante la Iglesia Católica, fundada por Jesucristo sobre los Apóstoles. Esta Revelación de Dios o Depósito de la fe, que también se llama la Palabra de Dios, se contiene en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia. Es decir, la Escritura y la Tradición constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios.

Por tanto, no toda la Revelación de Dios se encuentra escrita en la Biblia, pues parte de ella se conserva en la Tradición, que es la Palabra de Dios no escrita en la Biblia y que se nos ha transmitido en la vida de la Iglesia, en los escritos de los Santos Padres y en la Liturgia.

El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios (la Biblia y la Tradición) lo tiene, por voluntad de Jesucristo, el Magisterio de la Iglesia, es decir, el Papa y los obispos en comunión con Él.

La fe cristiana no puede aceptar «revelaciones» que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Este es el caso de ciertas Religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes «revelaciones».

A lo largo de los siglos ha habido las llamadas «revelaciones «privadas»», algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de «mejorar» o «completar» la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y [Dios] no tiene más que hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad» (San Juan de la Cruz).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Verbo de Dios, eterna luz divina,
fuente eternal de toda verdad pura,
gloria de Dios que el cosmos ilumina,
antorcha toda luz en noche oscura.

Palabra eternamente pronunciada
en la mente del Padre sin principio,
que en el tiempo a los hombres nos fue dada,
de la Virgen María, hecha Hijo.

Las tinieblas de muerte y de pecado
en que yacía el hombre, así vencido,
su verdad y su luz han disipado,
con su vida y su muerte ha redimido. Amén.

19 de agosto de 2018: DOMINGO XX ORDINARIO “B”


«Alimentas a tu pueblo con comida de ángeles
y le has dado pan del cielo»

Pr 9,1-6: «Coman de mi pan y beban del vino que he mezclado»
Sal 33: «Gusten y vean qué bueno es el Señor»
Ef 5,15-20: «Dense cuenta de lo que el Señor quiere»
Jn 6,51-58: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida»

I. LA PALABRA DE DIOS

Dios Padre, que con su sabiduría eterna y su amor infinito nos ha preparado el alimento, nos invita con insistencia a su banquete: «Vengan a comer de mi pan». Dios desea colmarnos de Vida y nos invita al banquete del cuerpo y sangre de su Hijo, signo del banquete escatológico prometido. Las fuerzas del cuerpo se agotan, la vida física decae, pero Cristo nos quiere dar otra vida: «el que come este pan vivirá para siempre». Sólo en la Eucaristía se contiene la vida verdadera y plena, la vida definitiva.

«El que come mi carne y bebe mi sangre». El realismo de esta frase es impresionante. El verbo griego usado aquí suele traducirse por «comer», del que es sinónimo, pero lo más probable es que aquí conserve su significado específico de «masticar», «roer», quizá para rechazar interpretaciones puramente espiritualistas o meramente simbólicas de estas palabras de Jesús. Igual que la norma tradicional para la cena del cordero pascual era que había que «masticarlo» bien. El realismo de «la carne y la sangre» habla también de la totalidad de la persona de Jesús bajo el aspecto de su corporalidad que se entrega al sacrificio; Jesús está verdaderamente presente en esta «carne» y esta «sangre»: a Jesús se le recibe todo entero en la Eucaristía. El que come esta carne y bebe esta sangre no sólo toma una materia dotada de determinada fuerza, sino al mismo Jesús.

Los judíos entendieron perfectamente el lenguaje de Cristo en su sentido real: masticar su carne humana; pero le rechazan y abandonan porque no comprendían cómo podía hacerse eso sin caer en canibalismo: «Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir esto?» Pero Jesús, a pesar de su escándalo, no corrige lo que les ha dicho. Su divina Palabra no es verdadera porque sean muchos los que la acepten; ni es falsa porque sea rechazada por la mayoría.

Además, sólo alimentándonos de la Eucaristía podemos tener experiencia de la bondad y ternura de Dios «Gusten y vean qué bueno es el Señor». Pero, ¿cómo saborear esta bondad sin masticar la carne de Dios? Es increíble hasta dónde llega la intimidad que Cristo nos ofrece: hacerse uno con nosotros en la comunión, inundándonos con la dulzura y el fuego de su sangre vertida en la cruz.

Comer a Cristo es sembrar en nosotros la resurrección de nuestro propio cuerpo. Por eso, en la Eucaristía está todo: mientras «los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada». En comer a Cristo consiste la máxima sabiduría. Pero, no comerle de cualquier forma, con rutina o indiferencia; sino con ansia insaciable, con hambre de Dios, con infinito respeto, llorando de amor.

«El que me come vivirá por mí». Como el Padre comunica su vida al Hijo, así el que comulga vive gracias a Cristo. La comunión de vida que se establece entre Jesucristo y quien comulga es la meta de la comunión eucarística. Para ello se apela nada menos que a la comunión de vida entre el Padre y el Hijo. Ahora es cuando queda definitivamente claro que es «el pan de la vida».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Eucaristía:
fuente y cumbre de la vida de la Iglesia
(1324 – 1327)

La Eucaristía es «fuente y cima de toda la vida cristiana«. Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua.

La Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Iglesia es ella misma. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción de Dios por la que, en Cristo, santifica al mundo, y del culto que los hombres, en el Espíritu Santo, dan a Cristo y, por él, al Padre.

Finalmente, la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos.

En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: «Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar» (S. Ireneo).

El nombre de este sacramento
(1328 – 1332)

La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le dan. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:

  • Eucaristía: porque es acción de gracias a Dios por sus obras: la creación, la redención y la santificación.
  • Banquete del Señor: porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero en la Jerusalén celestial.
  • Fracción del pan: porque este rito, propio del banquete de judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia, sobre todo en la última Cena. En este gesto los discípulos de Emaús lo reconocerán después de su resurrección, y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas. Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan partido, que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él.
  • Asamblea eucarística: porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visible de la Iglesia.
  • Memorial de la pasión y de la resurrección del Señor.
  • Santo Sacrificio: porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también «santo sacrificio de la misa», «sacrificio de alabanza», «sacrificio espiritual», «sacrificio puro y santo», puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.
  • Santa y divina Liturgia: porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama también «celebración de los santos misterios».
  • Santísimo Sacramento: porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.
  • Comunión: porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo; se la llama también «las cosas santas» –es el sentido primero de la comunión de los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles–, pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad, viático…
  • Santa Misa: porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (envío = missio ≈ misa) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos… Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oyen cada día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que ustedes cantan. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación» (San Agustín).

Jesucristo, «naciendo, se da como amigo; puesto a la mesa, como alimento; muriendo, se ofrece como redención; reinando, como premio» (Himno «Verbum supernum»).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.

Por descubrirte mejor
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida
donde me subió el amor;
si prenda quieres mayor,
mis obras hoy te la den.

Pasto, al fin, hoy tuyo hecho,
¿cuál dará mayor asombro,
o al traerte yo en el hombro
o al traerme tú en el pecho?
Prenda son de amor estrecho
que aún los más ciegos las ven.

Amén.

15 de agosto de 2018: SOLEMNIDAD DE LA ASUNCION DE NUESTRA SEÑORA


«Magnificat»

Ap 11, 19; 12, 1.3-6.10: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal.

1 Co 15, 20-27:  Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo.

Lc 1, 39-56:  El Poderoso ha hecho obras grandes por mí.

 

I. LA PALABRA DE DIOS

En la primera lectura, la mujer del Apocalipsis representa a María y a la Iglesia.

En la segunda lecturase proclama que la resurrección de Jesucristo es victoria sobre la muerte ganada por Él para todos los que le siguen. María, ya ha alcanzado esta gracia.

El cántico del Magnificaten el Evangelioes modelo de la oración cristiana. María eleva su alabanza y bendición al Señor, que hace en ella maravillas. Todos los pueblos, con Isabel, la llamamos «bendita». Ella recoge esta bendición y la eleva al Poderoso. El Magnificat es una oración que expresa el alma de María: humilde esclava del Señor, que en ella hace maravillas.

II. LA FE DE LA IGLESIA (963-975)

El misterio de la Asunción

La liturgia de la Misa de este día proclama el misterio de la Asunción, y por boca de María proclama la grandeza de Dios que nos hace partícipes de su gloria.

La solemnidad de la Asunción de la Virgen conmemora el tránsito de María de este mundo al Padre, es decir, su pascua. La Madre virginal del Hijo de Dios no podía corromperse en el sepulcro y fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.

«La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte…».

la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo

María, «icono escatológico» (imagen final)
de la Iglesia:

A María se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor… más aún, “es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza” (S. Agustín)

El cántico de María, el «Magnificat», expresión de una vida, es a la vez el cántico de la Madre de Dios y el cántico de la Iglesia; cántico de la Hija de Sión y del nuevo Pueblo de Dios; cántico de acción de gracias por la plenitud de gracias derramadas en la Economía de la salvación; cántico de los «pobres», cuya esperanza ha sido colmada con el cumplimiento de las promesas hechas a nuestros padres «en favor de Abrahán y su descendencia, para siempre».

El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz la dio como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 26‑27).

Después de la Ascensión de su Hijo, María estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones. Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra.

María es la primera resucitada después de Cristo. La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos: Vivir como María, es vivir con Cristo y con Él resucitar.

María, Modelo y Madre de la Iglesia.

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es «miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia», incluso constituye «la figura» (modelo) de la Iglesia.

Aún más, colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia.

Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.

La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. Todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de Él y de Él saca toda su eficacia.

Debemos volver «la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su Misterio, en su peregrinación de la fe, y lo que será al final de su marcha, donde le espera, para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad, en comunión con todos los santos, aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre».

La liturgia quiere ayudarnos a contemplar a María como “icono escatológico” (imagen final) de la Iglesia. María es Peregrina de la fe que ya ha llegado a la meta que todos esperamos. María es Aliento, mientras peregrinamos en la tierra. María es Consuelo y Auxilio de Madre que vive gloriosa junto a Dios. María es la «Causa de nuestra alegría» en esta fiesta.

El culto a María

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial de veneración. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente y encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, «síntesis de todo el Evangelio».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina).

Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor… más aún, “es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza” (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava. 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso
ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación. 

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos. 

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham
y su descendencia por siempre.