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14 DE SEPTIEMBRE DE 2025, DOMINGO, LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


«Mirarán al que traspasaron»

Núm 21, 4b-9: Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida
Sal 77: No alvidéis las acciones del Señor
Flp 2, 6-11: Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo
Jn 3, 13-17: Tiene que ser elevado el Hijo del hombre

I. LA PALABRA DE DIOS

Para los cristianos la cruz es un símbolo frecuente. Más aún, es nuestro signo de identidad. Sin embargo, esto es algo paradójico. Para los romanos era instrumento de suplicio; más aún, de humillación, pues en ella morían los esclavos condenados. Y para los judíos era signo de maldición: «Maldito todo el que sea colgado en un madero».

¿Qué ha ocurrido para que la maldición se trastoque en bendición? ¿A qué se debe que la humillación sea lugar de exaltación? El Hijo de Dios se ha dejado clavar en ella. En el patíbulo de la cruz se ha volcado tal torrente de amor –«tanto amó Dios al mundo»– que ella será hasta el fin de los tiempos instrumento y causa de redención para todo hombre.

«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto». Una serpiente de bronce no podía matar ni dar vida, pero cuando Israel la miraba creía en Aquel que había ordenado a Moisés que la hiciera, y Él los curaba.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito». La redención tiene su fuente en el amor de Dios a los hombres, y la realiza el Hijo entregando su vida: su finalidad es salvar —salvación que el Espíritu aplica a cada creyente en el momento del Bautismo—; pero el hombre puede permanecer en la oscuridad y no creer en el Hijo.

El «mundo» en los escritos de San Juan es palabra polivalente: puede significar «el universo», o «la humanidad», el género humano; y este segundo significado se desdobla en dos: el conjunto de seres humanos, objeto del amor salvador de Dios (como en este pasaje), o «el mundo malo», es decir, los seres humanos que, como seres libres, rechazan creer en Jesús, revelador del Padre.

«Se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo». La fe católica nos dice que el Hijo no se despojó de su naturaleza divina, no renunció a su divinidad —cosa imposible—, sino que, al hacerse verdadera criatura humana, renunció durante su vida mortal al esplendor de la gloria divina al que tenía derecho por ser Hijo de Dios, y así «hecho semejante a los hombres», … «reconocido como hombre por su presencia», … «hecho obediente hasta la muerte».

«Tiene que ser elevado». El Hijo del hombre es elevado en la cruz, y exaltado en la resurrección y ascensión; recibiendo del Padre —en su humanidad—, como premio a su obediencia hasta la muerte, la gloria esplendorosa que como Hijo le pertenecía. En la cruz Jesús está venciendo al maligno. En ella se destruye todo el pecado del mundo. Desde ella el Hijo de Dios atrae a todo hombre con la fuerza de su amor infinito. Por eso, lo que nos corresponde es mirar a Jesús crucificado y dejarnos mirar por Él; creer en Él para tener vida eterna; dejarnos amar por Él para ser sanados; acoger el torrente de salvación, que brota de su cruz, en los Sacramentos de su Iglesia.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios tiene la iniciativa
del amor redentor universal
realizado en Cristo
(571, 604, 609)

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados». «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos». Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente». De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte.

El Misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de «una vez por todas» por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo.

Jesús reemplaza nuestra desobediencia
por su obediencia
(615 — 617)

«Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos». Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará» (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados.

En la cruz, Jesús consuma su sacrificio. El «amor hasta el extremo» es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron». Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación, enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna». Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «Salve, oh cruz, única esperanza«, en el himno Vexilla Regis.

La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres». Pero, porque en su Persona divina encarnada, se ha unido en cierto modo con todo hombre, él ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual. Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» porque él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas». Él quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios. Y eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados» (S. Francisco de Asís).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos!
¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra

Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana, 
que reparase el daño paso a paso

Y así dijo el Señor: «¡Vuelva la Vida, 
y que el Amor redima la condena!»
La gracia está en el fondo de la pena,
y la salud naciendo de la herida

En plenitud de vida y de sendero,
dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso
abierto por la fuerza de un Cordero

Ablándate, madero, tronco abrupto
de duro corazón y fibra inerte;
doblégate a este peso y esta muerte
que cuelga de tus ramas como un fruto

Tú, solo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo;
tú, el arca que nos salva; tú, el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido

Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en la cruz devuelve la esperanza
de toda salvación, honor y gloria. Amén

7 de septiembre de 2025: DOMINGO XXIII ORDINARIO “C”


«Déjalo todo… Sígueme»

Sb 9, 13-19: ¿Quién se imaginará lo que el Señor quiere?
Sal 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Flm 9b-10.12-17: Recóbralo, no como esclavo, sino como un hermano querido.
Lc 14, 25-33: Aquel que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

I. LA PALABRA DE DIOS

Sólo en este domingo del año se lee un pasaje de la carta a Filemón, la más breve de san Pablo; que sabiendo que Filemón tiene derechos legales sobre su esclavo huido, invoca su caridad y su buena voluntad. Jurídicamente, Onésimo es esclavo de Filemón, pero en la fe es su hermano, por ser los dos –amo y criado– cristianos, hijos de Dios por el bautismo. Desde los primeros siglos de la Iglesia, este principio evangélico fue socavando lentamente la secular institución social de la esclavitud, hasta su progresiva abolición en todas las naciones; y  que, aunque legalmente abolida y socialmente reprobada, desgraciadamente sigue existiendo en nuestro mundo de forma más o menos encubierta.

En el Evangelio, durante el transcurso de su larga subida a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria, Jesús quiere dejar muy claras las condiciones para ser discípulo suyo: debían estar dispuestos a renunciar a todo: familia, riquezas y al propio egoísmo. ¡Que nadie se llame a engaño! Ya desde el primer paso hay que estar dispuesto a hacer «renuncia a todos sus bienes» y a  posponer «a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos … e incluso a sí mismo». Dura renuncia para quienes confiaban en Jesús como el futuro rey que los llenaría de honores, poder, prosperidad y autonomía. Sin estar dispuesto a jugárselo todo por Cristo, ni se construirá la Iglesia, ni se vencerá en la batalla contra las fuerzas del mal. El texto de este versículo pertenece a la esfera del primer Mandamiento, porque contiene una declaración implícita de la divinidad de Jesucristo: sólo Dios puede exigir una adhesión a Él tan inaudita.

Lo que Cristo dice parece duro y exigente. Por eso es necesario que Dios nos de «sabiduría» y nos envíe su «santo Espíritu desde lo alto» (1ª lectura) para que estas palabras nos resulten atractivas y encontremos en ellas nuestro gozo. Esta sabiduría, que es don del Espíritu, no sólo nos hace entender las palabras de Cristo, sino que suscita en nosotros el deseo de cumplirlas en totalidad y con perfección.

Es sólo el amor apasionado a Jesucristo el que nos hace estar dispuestos a perderlo todo por Él, a no poner condiciones, a no anteponer a Él absolutamente nada ni nadie (cf. san Cipriano y san Benito). Ni aun los amores más santos y bendecidos por Dios deben anteponerse al amor de Cristo. Cuando no existe el amor a Cristo o se ha enfriado, todo son excusas, justificaciones, «peros» y dificultades, se calcula cada renuncia, se recorta la generosidad, se frena la entrega, se disimula o justifica el pecado…

Y, esta de Jesús, no es una invitación sólo para los consagrados. Cada cristiano, según su vocación, estado y situación, ha de vivir como Cristo, en Cristo y para Cristo, sin más intereses absolutos: riquezas, reconocimiento social, proyectos propios, gratificaciones afectivas…

Seguir a Jesucristo es la ley del cristiano, ley nueva o ley evangélica que cumple, supera y lleva a su perfección la ley antigua. Es ley de amor, de gracia y de libertad. Exige renuncia al egoísmo y vivir en gracia, en Cristo.

En la pluralidad de carismas, ministerios y servicios, en la Iglesia se expresa una comunidad que sigue al Señor, único Camino, Verdad y Vida.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La ley moral
(1950 – 1964)

La Ley divina es una instrucción paternal de Dios que prescribe al hombre los caminos que llevan a la bienaventuranza prometida y proscribe los caminos del mal. La ley divina se compone de la Ley natural y de la Ley revelada.

La Ley natural es una participación en la sabiduría y la bondad de Dios por parte del hombre, formado a imagen de su Creador. Expresa la dignidad de la persona humana y constituye la base de sus derechos y sus deberes fundamentales. La ley natural es inmutable, permanente a través de la historia. Las normas que la expresan son siempre substancialmente válidas. Es la base necesaria para la edificación de las normas morales y la ley civil.

La Ley revelada se compone de la Ley Antigua y de la Ley Nueva. La Ley antigua es la primera etapa de la Ley revelada. Sus prescripciones morales se resumen en los diez Mandamientos. La Ley antigua es una preparación al Evangelio.

La ley nueva o ley evangélica
(1965 – 1972)

La Ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Actúa por la caridad, utiliza el Sermón de la Montaña del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para comunicarnos la gracia de realizarlo.

La Ley evangélica «da cumplimiento», purifica, supera, y lleva a su perfección la Ley antigua. En las «Bienaventuranzas» da cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas al Reino de los cielos. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro, donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. Se dirige a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.

La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre «los dos caminos» (Mt 7, 1314) y la práctica de las palabras del Señor (Mt 7, 2127); está resumida en la regla de oro: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque ésta es la Ley y los profetas» (Mt 7, 12; Lc 6, 31).

Toda la Ley evangélica está contenida en el «Mandamiento Nuevo» de Jesús: amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado (cf. Jn 15, 12).

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15), y también a la condición de hijo heredero (Ga 4, 17. 2131; Rm 8, 15).

Los consejos evangélicos
(1973 – 1974; 915 – 919)

Más allá de sus preceptos, la Ley nueva contiene los consejos evangélicos. La distinción tradicional entre mandamientos de Dios y consejos evangélicos se establece por su relación a la caridad, perfección de la vida cristiana. Los preceptos están destinados a apartar de lo que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar de lo que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de la caridad.

Los consejos evangélicos manifiestan la plenitud viva de una caridad que nunca se sacia. Atestiguan su fuerza y estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de Dios y del prójimo. Los consejos indican vías más directas, medios más apropiados, y han de practicarse según la vocación de cada uno.

Los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicidad a todos los discípulos de Cristo. La perfección de la caridad —a la cual son llamados todos los fieles— implica, para quienes asumen libremente el llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia. La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia es lo que caracteriza la «vida consagrada» a Dios.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Dios no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas las leyes y de todas las acciones cristianas, la que da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor» (San Francisco de Sales).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

A Ti, sumo y eterno Sacerdote
de la nueva alianza, Jesucristo,
se ofrecen nuestros votos y se elevan
los corazones en acción de gracias.

Desde el seno del Padre, descendiste
al de la Virgen Madre;
te haces pobre, y así nos enriqueces;
tu obediencia, de esclavos libres hace.

Tú eres el Ungido, Jesucristo,
al Sacerdote único;
tiene su fin en ti la ley antigua,
por ti la ley de gracia viene al mundo.

Al derramar tu sangre por nosotros,
tu amor complace al Padre;
siendo la hostia de tu sacrificio,
hijos de Dios y hermanos Tú nos haces.

Para alcanzar la salvación eterna,
día a día se ofrece
tu sacrificio, mientras, junto al Padre,
sin cesar por nosotros intercedes.

A ti, Cristo pontífice, la gloria
por los siglos de los siglos;
tú que vives y reinas y te ofreces
al Padre en el amor del santo Espíritu.

Amén.

31 de agosto de 2025: DOMINGO XXII ORDINARIO “C”


Orar y vivir con humildad y audacia

Eclo 3, 17-20. 28-29: Humíllate, y así alcanzarás el favor del Señor.
Sal 67: Tu bondad, oh, Dios, preparó una casa para los pobres.
Hb 12, 18-19. 22-24a: Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo.
Lc 14,1. 7-14: El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

I. LA PALABRA DE DIOS

La antigua sabiduría del pueblo de Israel, recogida en el libro del Eclesiástico, recomendaba con frecuencia la práctica de la humildad.

La carta a los Hebreos nos recuerda que en la asamblea litúrgica cristiana no se dan los prodigios del Sinaí, pero se está en comunicación verdadera con Dios por la presencia real de Jesucristo y de la Iglesia celeste.

En el Evangelio, Jesús invita a sus discípulos a la virtud de la humildad y a hacer el bien desinteresadamente. Cristo siempre va a lo esencial. Él, que «conoce el corazón del hombre», sabe que, desde Adán, nuestro más grave mal es el deseo de sobresalir. Sin embargo, nunca es más grande el hombre que cuando se sabe pequeño delante de Dios. La humildad es nuestro lugar, pues no podemos exhibir delante de Dios ningún derecho. Todo lo que eres y tienes lo has recibido: ¿De qué enorgullecerse? Y, por otra parte, ¿qué son todas las grandezas humanas al lado del puesto en que hemos sido colocados por gracia junto a los santos, los ángeles y el mismo Dios?

«El que se humilla, será enaltecido». Como tantas otras palabras del evangelio, esta frase nos da un verdadero retrato del propio Cristo. Él es quién verdaderamente se ha humillado, despojándose totalmente, hasta el extremo de la muerte en cruz. Por eso precisamente Dios Padre le ha exaltado sobremanera y le ha concedido una gloria inimaginable. Él nos enseña como alcanzar ese oculto deseo de gloria que todos llevamos dentro: la humillación voluntaria y sincera es el único camino, no hay otro. Cristo quiere desengañarnos y lo hace convirtiéndose Él en modelo y caminando por delante.

La última parte del evangelio nos recuerda: ¡Cuántos actos inútiles y sin provecho para la vida eterna porque buscamos de mil maneras recompensa y paga de los hombres!

La humildad es una actitud de vida frente a Dios y con los hermanos, que se alimenta y se expresa en la oración, especialmente en el Padrenuestro. Actitudes, virtudes, comportamientos morales y oración son inseparables.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El cristiano debe acercarse al Padre Dios
con toda confianza y humildad
(2777 — 2785)

En la Misa, se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padre Nuestro con una “audacia filial”. Ante la zarza ardiendo, se le dijo a Moisés: «No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies» (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina, sólo lo podía franquear Jesús, el que «después de llevar a cabo la purificación de los pecados» (Hbr 1, 3), nos introduce en presencia del Padre: «Henos aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio» (Hbr 2, 13). La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo, no nos empujasen a proferir este grito: «Abbá, Padre». “¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo alto?” (San Pedro Crisólogo).

«¡PADRE!«. Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas de Dios. La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar», es decir «a los pequeños». La purificación del corazón también concierne a las imágenes paternales o maternales, correspondientes a nuestra historia personal y cultural, y que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre transciende las categorías del mundo creado; también las categorías de “padre” o “madre” de la tierra. Transferir a Él, o contra Él, nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado:

Podemos invocar a Dios como «Padre» porque Él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Cuando oramos al Padre estamos en comunión con Él y con su Hijo, Jesucristo. Entonces le conocemos y lo reconocemos con admiración siempre nueva. La primera palabra de la oración del Señor es una bendición de adoración, antes de ser una imploración. Porque la Gloria de Dios es que nosotros le reconozcamos como «Padre», Dios verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su Nombre, por habernos concedido creer en Él y por haber sido habitados por su presencia. Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el Bautismo nos incorpora al Cuerpo de su Cristo, y, por la Unción de su Espíritu que se derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de nosotros «cristos»:

Así pues, por la Oración del Señor, hemos sido revelados a nosotros mismos al mismo tiempo que nos ha sido revelado el Padre.

Este don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:

1º- El deseo de la voluntad de asemejarnos a Él. Creados a su imagen, la semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que responder a ella.

“Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios «Padre nuestro», de que debemos comportarnos como hijos de Dios” (San Cipriano).

“No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tenéis en vosotros la señal de la bondad del Padre celestial” (San Juan Crisóstomo).

“Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma” (San Gregorio de Nisa).

2º- Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños; porque es a «los pequeños» a los que el Padre se revela:

“Es una mirada a Dios y sólo a Él, un gran fuego de amor. El alma se hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad en verdad entrañable” (San Juan Casiano).

“Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros todo a la vez, el amor, el gusto en la oración…, y también la esperanza de obtener lo que vamos a pedir… ¿Qué puede Él, en efecto, negar a la oración de sus hijos. cuando ya previamente les ha permitido ser sus hijos?” (San Agustín).

Padre «Nuestro» se refiere a Dios. Este adjetivo, por nuestra parte, no expresa una posesión, sino una relación totalmente nueva con Dios. El adjetivo «nuestro» al comienzo de la Oración del Señor, así como el «nosotros» de las cuatro últimas peticiones no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad, debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.

III. TESTIMONIO CRISTIANO

“La expresión «Dios Padre» no había sido revelada jamás a nadie. Cuando Moisés preguntó a Dios quién era Él, oyó otro nombre. A nosotros este nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este nombre implica el nuevo nombre del Padre” (Tertuliano).

“El hombre nuevo que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia dice primero: «Padre», porque ha sido hecho hijo” (San Cipriano).

“Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tu bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo, te has convertido en buen hijo… Eleva, pues, los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro… Pero no reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras que a nosotros nos ha creado. Di entonces también por medio de la gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo” (San Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor,
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
Él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor.

Amén.