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1º de enero de 2025: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


«Bienaventurado el vientre que te llevó
y los pechos que te criaron»

Núm 6,22-27: «Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré«
Sal 66: «Que Dios tenga piedad y nos bendiga»
Gal 4,4-7: «Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer»
Lc 2,16-21: «Encontraron a María y a José y al Niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús»

I. LA PALABRA DE DIOS

La historia del hombre ha sido bendecida por Dios, por eso el creyente mira al mañana con esperanza. Su fundamento son las promesas de Dios. Y estas promesas tienen rostro y nombre: Abraham, Moisés… Jesús. Cristo Jesús hace que llegue la benevolencia y bendición divina a todos los pueblos de la tierra año tras año, hasta el fin del mundo.

«El Señor te bendiga y te proteja». La primera lectura hace alusión a la circunstancia del inicio del año civil. Sólo podemos comenzar adecuadamente un nuevo año de nuestra vida y de la historia del mundo implorando la bendición de Dios. Apoyados en esta bendición podemos mirar el futuro con esperanza. Solamente sostenidos por ella podremos afrontar las luchas y dificultades de cada día.

«Nacido de mujer». El Hijo de Dios es verdaderamente hombre porque ha nacido de María. Por eso María es Madre de Dios. Y por eso ocupa un lugar central en la fe y en la espiritualidad cristianas. Por toda la eternidad, Jesús será el nacido de mujer, el hijo de María. Este es el designio providencial de Dios. Ella es la colaboradora de Dios para entregar a su Hijo al mundo. Y esto que realizó una vez por todos lo sigue realizando en cada persona.

«Encontraron a María y a José y al niño». No podemos separar lo que Dios ha unido. Ni María sin Jesús, ni Jesús sin María. Ni ellos sin José. No se trata de lo que los hombres queramos pensar o imaginar, sino de cómo Dios ha hecho las cosas en su plan de salvación. Nuestra espiritualidad personal subjetiva ha de adecuarse a la objetividad del proyecto de Dios.

Dios ha «bendecido» especialmente a María para hacerla Madre de Dios, y la «bendición» ha culminado en la Maternidad. María sabe que no es ella la depositaria última de Cristo como definitiva bendición del Padre. Ella es la primera de los bendecidos, pero el don es para toda la humanidad: Cristo nos es dado a todos.

«María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón». Además de presentar a María como observadora, reflexiva, inteligente y de profunda vida interior, el evangelista san Lucas parece querer aludir a su principal fuente de información directa o indirecta (quizá a través de Juan), de estos relatos acerca de la infancia de Jesús.

«Se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño». La circuncisión de Jesús es el signo de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la alianza, de su sumisión a la Ley, y de su consagración al culto de Israel, en el que participará a lo largo de toda su vida. Un misterio (junto con el de su Presentación en el Templo y la Purificación de María) que expresa la voluntad del Hijo de Dios de someterse a una ley que no le obligaba, «para rescatar a los que estaban bajo la Ley», a los perdidos por la desobediencia (cf Rm 5,19).

«Le pusieron por nombre Jesús». En el centro del versículo, y de toda la historia humana, hay un Nombre que hizo suyo, hace veinte siglos, un bebé de ocho días; Dios, cuyo nombre es oculto (Gn 32,30; Ex 3,14), tiene ya nombre de verdadera criatura humana.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre
(466)

La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la Persona divina del Hijo de Dios, que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne.

María, Madre de Dios
(495, 503, 508)

De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, llena de gracia, es el fruto excelente de la redención; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

María, llamada en los Evangelios la «Madre de Jesús», es aclamada por su prima Isabel, bajo el impulso del Espíritu, como «la Madre de mi Señor», desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo Eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios (Theotokos) porque es la Madre de Jesús, y Jesús además de ser verdadero hombre es también verdadero Dios.

La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios. La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre. Consubstancial con el Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas divina y humana.

María, Virgen y Madre
(506, 507, 510, 721)

María fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre (S. Agustín): Ella, con todo su ser, es «la esclava del Señor» (Lc 1, 38).

María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe, no adulterada por duda alguna, y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador.

María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia: La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo. 

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. 

María en el año litúrgico
(1171, 1172)

Las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.

En la celebración de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser.

El culto a la Santísima Virgen María
(971, 975)

Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial (culto de hiperdulía). Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de «Madre de Dios», bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Vino Nuestro Señor Jesucristo a liberarnos de nuestras dolencias, no a cargar con ellas; no a rendirse a los vicios sino a remediarlos… y por eso convenía que naciese de manera nueva quien traía la gracia nueva de la santidad inmaculada… Convino que la virtud del Hijo velase por la virginidad de la Madre y que tan grato claustro del pudor y morada de santidad fuera guardada por la gracia del Espíritu Santo» (San León Magno).

«Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin  mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, ¡sálvanos!« (liturgia de S. Juan Crisóstomo, tropario «O monoghenis«).

«Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe, que al concebir en su seno la carne de Cristo» (S. Agustín).

«Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor, más aún, es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo, porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
ante bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

Amén.

(Esta es la oración más antigua que se conoce a la Virgen María).

Pasear con Dios en el Paraíso, ciclo —C—


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Estos comentarios a las lecturas litúrgicas del domingo fueron inicialmente preparados para la formación de adultos en las asambleas familiares y vecinales, fruto de las distintas misiones populares, realizadas en la Parroquia de San Antonio de Padua, de El Puerto, Diócesis de San Pedro de Macorís, en la República Dominicana, entre 1995 y 2007.

Aunque la finalidad primera no era la de ayudar a los sacerdotes a preparar la homilía, algunos compañeros me han dicho que les sirve como base para su preparación. La Exhortación Apostólica del Papa Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 46, (2007) al referirse a la necesidad de mejorar la calidad de las homilías va en esta dirección:

La necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta «es parte de la acción litúrgica»; tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso los ministros ordenados han de «preparar la homilía con esmero, basándose en un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura». Han de evitarse homilías genéricas o abstractas. En particular, pido a los ministros un esfuerzo para que la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada en estrecha relación con la celebración sacramental y con la vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor de la Iglesia. Se ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de la homilía. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los cuatro «pilares» del Catecismo de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana.

El mismo Benedicto XVI, en la Exhortación Apostólica Verbum Domini86,(2010) sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, habla de la «lectura orante de la Sagrada Escritura y lectio divina», recordándo que «la Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana». Y nos invitaba, como ya hizo el Concilio en la Dei Verbum, a

retomar la gran tradición patrística, que ha recomendado siempre acercarse a la Escritura en el diálogo con Dios. Como dice san Agustín: «Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios». Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración.Y está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica «scientia Christi» sin enamorarse de Él.

En la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma. 

En esta perspectiva, la lectura de la Palabra de Dios nos ayuda en el camino de penitencia y conversión, nos permite profundizar en el sentido de la pertenencia eclesial y nos sustenta en una familiaridad más grande con Dios. Como dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las Sagradas Escrituras en nuestras manos, y las leemos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con Dios en el paraíso.

Estas páginas no son más que un intento de responder a estas exhortaciones del querido Papa Benedicto XVI.

2 de noviembre: Conmemoración de todos los fieles difuntos


SUFRAGIOS, la memoria provechosa para nuestros difuntos

La oración por los difuntos

Orar por los difuntos es una obra de misericordia y un acto de justicia y caridad. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón? Una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos, y que sigue siendo también hoy una experiencia consoladora, es que el amor puede llegar hasta el más allá; que es posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto, más allá del confín de la muerte.

El cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino que también hace eficaz su intercesión en nuestro favor. «No dudemos, pues,  en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo).

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos, cuyo número es incalculable (Cf. Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros.

La mejor ayuda a nuestros difuntos:
Misas e indulgencias

Dado que nadie conoce el estado en que una persona muere, la Iglesia celeste y la que peregrina en el mundo interceden por los difuntos para que alcancen la perfección necesaria para ver a Dios. La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, siempre ha honrado la memoria de los difuntos y ha enseñado que, por el misterio de la comunión de los santos, podemos ayudar a nuestros difuntos —las almas del Purgatorio—, pues después de la muerte ya no pueden merecer para sí mismos, mediante la oración, las limosnas, los sacrificios y obras de penitencia, las indulgencias en su favor y especialmente ofreciendo por ellos la Santa Misa pidiendo por el perdón de sus pecados y su eterno descanso, y agradeciendo los beneficios que recibieron en vida, «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (Cf. 2 M 12, 45). De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros, mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. El cristiano no teme el trance de la muerte ni la purificación que viene tras ella, pues es obra del amor de Dios que perfecciona a su criatura.

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