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DOMINGO VIII ORDINARIO “A”


 «Los que buscan el Reino de Dios no olvidan las añadiduras,
pero no viven de ellas»

Is 49,14-15: «Yo no te olvidaré»
Sal 61: «Descansa sólo en Dios, alma mía»
1Cor 4,1-5: «El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón»

Mt 6,24-34: «No os agobiéis por el mañana»

I. LA PALABRA DE DIOS

Isaías nos invita a descubrir la ternura del amor de Dios, que tiene el signo más acabado en el amor de la madre a su hijo.

En el evangelio, Jesucristo no rechaza el trabajo y el esfuerzo personal para mejorar la vida personal, familiar y social; no invita al desinterés, ni a la despreocupación, sino que fija el orden de prioridades entre el afán por lo material y la búsqueda de lo trascendente, dejando bien sentado que el Reino de Dios tiene precedencia y valor absoluto. Preocuparse en exceso por lo material hasta inquietarse y perder el sosiego puede apartarnos de Dios.

«A Dios y al dinero». Dos fuerzas entorpecen la relación «sin doblez» con Dios: el ansia de dinero y el afán de poder y de prestigio.

«No estéis agobiados». Ya en el Antiguo Testamento se habla de la providencia divina, no sólo para la colectividad, sino también para cada individuo; que no es como una gota perdida y olvidada en el universo, sino alguien conocido y querido por Dios. Jesús recuerda esta verdad de fe y la explica en estos versículos que son una pequeña joya literaria. Jesús no prohíbe trabajar («ocuparse»), sino trabajar con ansiedad («preocuparse») o hacerlo en exceso. 

En el último versículo está la clave para discernir nuestra concepción de Dios y la manera de relacionarnos con Él: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura». Buscando primero la realización de su reino —como Jesús nos enseña a decir en la primera parte del Padrenuestro— Dios nos dará todo lo necesario para la vida —como pedimos en la segunda parte del Padrenuestro—. El reino de Dios y sus exigencias de santidad —su justicia—; vienen a ser casi lo mismo. El orden de cosas en el que se realiza el designio histórico de Dios es, a la vez, don suyo y tarea nuestra.

 II. LA FE DE LA IGLESIA

El Padre cuida de sus hijos
(305)

Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer?; ¿qué vamos a beber?…Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura».

Dios realiza sus designios
(302 — 303; 310 — 312)

La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada «en estado de vía» hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó.  Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral, sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien. Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas.

Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esa perfección: Dios guarda y gobierna por su Providencia todo lo que creó, «alcanzando con fuerza de un extremo a otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura». Porque «todo está desnudo y patente a sus ojos», incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá.

El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: «Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza»; y de Cristo se dice: «si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir»; «hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza». 

En distintos pasajes, la Sagrada Escritura nos recuerda la primacía absoluta de Dios sobre la historia y el mundo, educándonos para la confianza en Él. La oración de los Salmos es la gran escuela de esta confianza.

La providencia de Dios
y las acciones de los hombres
(306 — 308)

Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio.

Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de «someter» la tierra y dominarla. Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos. Entonces llegan a ser plenamente «colaboradores de Dios» y de su Reino.

Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas: «Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece». Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque «sin el Creador la criatura se diluye»; menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia.

III. El testimonio cristiano

«El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos» (S. Agustín).

«Dios Todopoderoso… por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal» (S. Agustín).

«Nada te turbe
Nada te espante
todo se pasa
Dios no se muda
la paciencia todo lo alcanza
quien a Dios tiene
nada le falta
Sólo Dios basta
» (Santa Teresa de Jesús).

Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor«. 

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Sagrado Corazón de Jesús,
en ti confío.

15 de enero de 2023: DOMINGO II ORDINARIO “A”


 

 «Llamados a ser testigos de Cristo Salvador»

Is 49,3.5-6: «Te hago luz de las naciones para que seas mi salvación»

Sal 39: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»

1Cor 1,1-3: «A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.«

Jn 1,29-34: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»

I. LA PALABRA DE DIOS

En el evangelio, el Bautista manifiesta que Jesucristo existe antes que nada, que es el Hijo de Dios, el Ungido por el Espíritu, el que bautiza con el Espíritu. Proclama, sobre todo, que es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», clara alusión a la Pasión. Quita los pecados de nosotros y los carga sobre sí mismo, y los hace como suyos, para ser Él castigado por ellos y que nosotros quedásemos libres.

El Siervo de Yavé de Isaías, al que Dios hace luz de las naciones para salvarlas, es Jesucristo.

A partir de hoy, durante los próximos domingos, leeremos como segunda lectura la Primera Carta a los Corintios. Intentaremos recoger algunas de las indicaciones que San Pablo hace a esta joven comunidad, llena de vitalidad, pero también con problemas y dificultades de crecimiento. Esas indicaciones, el Espíritu Santo nos las hace hoy también a nosotros.

«Llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios». Llama la atención la profunda conciencia que San Pablo tiene de haber sido llamado personalmente al apostolado. Si ha recibido esta misión no es por iniciativa suya, sino por voluntad de Dios. Por eso la realiza en nombre de Cristo, con la autoridad del mismo Cristo, como embajador suyo. También nosotros hemos de considerarnos así. Cada uno ha recibido una llamada de Cristo y una misión dentro de la Iglesia para contribuir al crecimiento de la Iglesia. 

«A la Iglesia de Dios». Cualquier comunidad católica, por pequeña que sea, es Iglesia de Dios. Así debe considerarse a sí misma. Esta es nuestra identidad y a la vez la fuente única de nuestra seguridad: somos Iglesia de Dios, a Él pertenecemos, somos obra suya, construcción suya. No somos una simple asociación humana. 

«A los santificados por Jesucristo, llamados santos». Es casi una definición de lo que significa ser cristiano: santificados, santos. Por el bautismo hemos recibido la gracia santificante, hemos sido santificados, consagrados; pertenecemos a Dios, hemos entrado en el ámbito de lo divino, formamos parte de la casa de Dios. Pero este don conlleva el impulso, la llamada y la exigencia a «completar nuestra consagración», a «ser santos en toda nuestra conducta». Esta es la voluntad de Dios (1 Tes 4,3). La Iglesia es santa. La santidad es una nota esencial e irrenunciable de la Iglesia. Si nosotros no somos santos, si no perseveramos en gracia de Dios; estamos destruyéndonos a nosotros mismos… y estamos destruyendo la Iglesia.

La Iglesia se dirige hoy a nosotros, «a los santificados por Jesucristo, llamados santos», y nos invita a anunciar a todos, como S. Pablo, a Jesucristo y éste crucificado, que salva al hombre liberándolo del  pecado.

Para anunciarle a Jesucristo al hombre de nuestros días, a quien nada dicen ni las verdades abstractas ni las palabras vacías, los cristianos hemos de presentarnos limpios de pecado, llenos de Espíritu, servidores humildes de todos, para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra.

En comunión con la Iglesia, abrazados a la Cruz de Cristo y haciéndonos entender por el mundo de hoy, hemos de proclamar, como el Bautista, que Jesucristo es el Salvador.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo
(789 – 798)

La Iglesia, comunión con Jesús, es el sacramento de Jesucristo que, por la comunicación de su Espíritu a los hombres reunidos de todos los pueblos, los constituye místicamente en su Cuerpo.

Jesús asoció a sus discípulos a su vida; les reveló el Misterio del Reino; les dio parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos. Jesús habló de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan: «Permanezcan en mí, como yo en vosotros… Yo soy la vid y vosotros los sarmientos». Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él».

Cuando los discípulos fueron privados de su presencia visible, después de su Ascensión, Jesús no los dejó huérfanos. Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos, les envió su Espíritu. Por eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa. Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo. 

La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo.

Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y son hechos miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a Cristo: La vida de Cristo se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real. Esto es particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo, y en el caso de la Eucaristía, por la cual, compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con Él y entre nosotros.

El Espíritu Santo es el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del Cuerpo. Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo en la caridad: por la Palabra de Dios, que tiene el poder de construir el edificio; por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo; por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por la gracia concedida a los apóstoles, que entre estos dones destaca; por las virtudes que hacen obrar según el bien; y por las múltiples gracias especiales llamadas «carismas«, mediante las cuales los fieles quedan preparados y dispuestos para asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia.

Cristo, Cabeza del Cuerpo de la Iglesia
(792 – 796)

Cristo es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Es el Principio de la creación y de la redención. Elevado a la gloria del Padre, «Él es el primero en todo», principalmente en la Iglesia por cuyo medio extiende su reino sobre todas las cosas: Él nos une a su Pascua. Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a Él hasta que Cristo esté formado en ellos. Por eso somos integrados en los misterios de su vida, nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con Él para ser glorificados con Él. 

Él provee a nuestro crecimiento: Para hacernos crecer hacia Él, nuestra Cabeza, Cristo distribuye en su Cuerpo, la Iglesia, los dones y los servicios mediante los cuales nos ayudamos mutuamente en el camino de la salvación.

Cristo y la Iglesia son, por tanto, el «Cristo total«. La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de esta unidad.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos. Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza o en el de cuerpo. Según lo que está escrito: «Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia». Y el Señor mismo en el Evangelio dice: «De manera que ya no son dos sino una sola carne». Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal. Como cabeza Él se llama «esposo» y como cuerpo «esposa«» (San Agustín).

«Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Comprenden, hermanos, la gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como Cabeza? Admírense y regocíjense, hemos sido hechos Cristo. En efecto, ya que Él es la Cabeza y nosotros somos los miembros, el hombre todo entero es Él y nosotros. La plenitud de Cristo es, pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué quiere decir la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia» (San Agustín).

Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces resume la fe de los santos doctores y expresa el buen sentido del creyente: «De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello» (Juana de Arco).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No; yo no dejo la tierra.
No; yo no olvido a los hombres.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están vuestros nombres.

¿Qué hacéis mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
ya es vuelta y es cercanía.

El gozo es mi testigo.
La paz, mi presencia viva,
que, al irme, se va conmigo
la cautividad cautiva.

El cielo ha comenzado.
Vosotros sois mi cosecha,
El padre ya os ha sentado
conmigo, a su derecha.

Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora.
Comienza vuestra tarea.

8 de enero de 2023: DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR “A”


 «El hijo amado del Padre es el Hijo-siervo»

Is 42,1-4.6-7: «Mirad a mi siervo a quien prefiero»
Hch 10,34-38: «Dios ungió a Jesús con la fuerza del Espíritu Santo»
Mt 3,13-17: «Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre él»

I. LA PALABRA DE DIOS

El «Siervo» que presenta Isaías es alguien excepcional y desconcertante. Su misión de renovar a Israel, haciendo retornar a los exilados, es presentada por S. Mateo, tan amigo de citar el AT, como la del que toma nuestras flaquezas y carga con nuestras enfermedades.

Las escenas evangélicas consecutivas del Bautismo de Jesús y de las tentaciones en el desierto son las dos bisagras de su actividad mesiánica: glorificación y sufrimiento. El Bautismo viene a ser como la consagración formal de Jesús para su misión.

A los primeros cristianos les preocupaba la cuestión de por qué Cristo se hizo bautizar si no tenía pecados, ni original ni personales; de ahí también la resistencia de Juan a bautizarle. La razón que le da Jesús de que «cumplamos así todo lo que Dios quiere» (lo que es justo), parece expresar la plena solidaridad con la humanidad pecadora a la que había venido a salvar. La presentación como «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» invita a pensar así. La salvación la llevará a cabo Jesús, el Cordero inmaculado, como «siervo paciente de Dios» que se pone en nuestro lugar, carga con nuestras culpas, sufre el castigo que nos correspondía y nos salva, según profetizó Isaías.

Jesús, al comienzo de su vida pública, tiene delante el proyecto salvador del Padre y le va a costar la vida —a su muerte la llamará «bautismo»—. Esa es precisamente la razón de su vivir: «Dar la vida en rescate por muchos».

El pasaje del Bautismo de Jesús es un texto trinitario, dónde se manifiestan el Padre, el Hijo —designado con un énfasis especial y en un tono superior al usado a veces en el Antiguo Testamento para la relación del hombre con Dios— y el Espíritu. 

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Bautismo de Jesús
(536)

La escena del Jordán, manifestación trinitaria, nos muestra el amor íntimo de Dios revelándose en el Hijo amado a los hombres.

Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para «cumplir toda justicia«. Este gesto de Jesús es una manifestación de su «anonadamiento«. Es la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo«; anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia», es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo y manifiesta a Jesús como su «Hijo amado«.

El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación, Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción, viene a «posarse» sobre Él como preludio de la nueva creación. De Él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como comienzo de la nueva creación.

Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con Él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y «vivir una vida nueva«.

El Bautismo en la economía de la salvación
(1224, 1225)

Todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo. Jesús comienza su vida pública después de hacerse bautizar por san Juan Bautista en el Jordán, y después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado».

En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, Sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios.

El bautismo en la Iglesia

Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo». Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos… El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: «ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa» declara S. Pablo a su carcelero en Filipo. El relato continúa: «el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos».

Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con El: «¿O es que ignoran que cuantos fuimos bautizados  en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 34; cf Col 2,12).

Los bautizados se han «revestido de Cristo». Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6, 11;12, 13).

El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la «Semilla incorruptible» de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador.

El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño del agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la voz del Padre, llegaremos a ser hijos de Dios» (San Hilario).

«Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él, para ser glorificados con él» (San Gregorio Nacianceno).

«Considera dónde eres bautizado, de dónde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: Él padeció por ti. En Él eres rescatado, en Él eres salvado» (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Mas ¿por qué se ha de lavar
el Autor de la limpieza?
Porque el Bautismo hoy empieza
y él lo quiere inaugurar.

Juan es gracia y tiene tantas,
que confiesa el mundo de él
que hombre no nació mayor
ni delante, ni después.

Y, para que hubiera alguno
mayor que él, fue menester
que viniera a hacerse hombre
la Palabra que Dios es.

Esta Palabra hecha carne
que ahora Juan tiene a sus pies,
esperando que la lave
sin haber hecho por qué.

Y se rompe todo el cielo,
y entre las nubes se ve
una paloma que viene
a posarse sobre él.

Y se oye la voz del Padre
que grita: «Tratadlo bien;
mi hijo querido es».
Y así Juan, al mismo tiempo,
vio a Dios en personas tres,
voz y paloma en los cielos,
y al Verbo eterno a sus pies. 

Amén.