Encuentro con Cristo


¿Para qué son estas páginas?

Autor: D. Juan Esquerda Biffet

Para que en medio de este mundo sin equilibrio, que desconoce el optimismo y la esperanza, sepas vivir con Cristo y ver todas las cosas centradas en aquel que es fundamento de nuestra esperanza. Entonces descubrirás que el mundo es muy hermoso. Entonces irradiarás a Cristo en tu ambiente, allí donde Cristo te llama.

Sin prisas, en un rato de intimidad ante el sagrario, confidencialmente, después de saludar al Señor, de exponerle tus cosas, puedes utilizar una de las presentes páginas para un coloquio sabroso o para meditar un rato a los pies del Maestro, como Magdalena, o como san Juan sobre el pecho de Jesús. No digas nunca que eres amigo de Cristo, si no sabes pasar un rato, sin prisas, junto a él.

El Evangelio es siempre nuevo y nunca cambia. Cuando lo leemos, escuchamos o meditamos, entonces acontece, se actualiza en nuestro “contexto” de aquí y ahora. En él nos espera “alguien” que “vive” y que nos lleva en su corazón, como parte de su misma biografía, y que nos ama hasta darse a sí mismo como “consorte”.

En estas “meditaciones” sobre el Evangelio, no he intentado dar una metodología especial y menos una ideología, sino una ayuda o motivación para que cada uno aprenda personalmente a dejarse sorprender por Cristo, como María, su Madre y nuestra, que lo recibió en su corazón y en su seno para transmitirlo al mundo.

NO ESTOY RECOGIENDO FIRMAS CONTRA EL PAPA


NO ESTOY CONTRA EL PAPA

Soy sacerdote católico. El pasado 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor, se cumplieron 36 años desde que fui ordenado sacerdote en la Catedral de Cádiz. En esa celebración hice pública y solemnemente, ante Dios y su Iglesia, unas promesas sacramentales, que ratificaban las que hice cuando fui ordenado diácono unos meses antes. Entre ellas, prometí:

— Desempeñar siempre el ministerio sacerdotal en el grado de presbítero, como fiel colaborador del Orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor bajo la guía del Espíritu Santo.

— Desempeñar con dedicación y sabiduría el ministerio de la palabra en la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica y proclamar esta fe de palabra y obra, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia».

— Obediencia y respeto a mí obispo y a sus sucesores.

Cada año, en la Misa Crismal, he renovado con gozo las promesas y pedido a Dios su gracia para cumplirlas con fidelidad.

Es verdad que, por mi debilidad y pecados, he tenido que recurrir muchas veces y con frecuencia al sacramento de la reconciliación, y recibir el perdón de Dios de manos de un hermano sacerdote. Aún así, a pesar de mis debilidades y por la misericordia de Dios, creo que puedo decir con humildad y agradecimiento, como san Pablo, que he combatido el noble combate y, aunque todavía pienso que no se ha completado mi carrera, he mantenido la fe (cf 2 Tim 4,7). Hoy vuelvo a repetir las palabras que puse en la estampa de recordatorio de mi ordenación: «Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio» (1 Tim 1,12).

De mis 36 años de sacerdote, la gran mayoría de ellos los he ejercido como párroco. 17 de ellos, los más gozosos de mi vida sacerdotal, como misionero fidei donum —enviado por mi obispo— en Hispanoamérica; entre los pobres, campesinos y braceros emigrantes, en los campos de caña del este de la República Dominicana y en las estribaciones de la selva amazónica de Perú. Y, por obediencia a mi obispo, regresé a mi diócesis de Cádiz y Ceuta, cuando fui requerido para ello.

En los años de mi ministerio (especialmente, en los años de misionero, en Hispanoamérica) he dado una infinidad de bendiciones a personas que por una u otra circunstancia (homosexualidad, adulterio, amancebamiento u otras) no podían recibir la absolución sacramental, pero que, conscientes de sus pecados y de su debilidad, deseaban ser ayudados por Dios para salir de la situación que les impedía recibir los sacramentos. Muchos de ellos, conscientes del pecado en que vivían, ordenaron su situación y comenzaron a recibir los sacramentos y vivir en gracia de Dios. Y, como yo, me consta, otros muchos compañeros sacerdotes. No sé si esas bendiciones eran litúrgicas o pastorales, pero ciertamente eran reales, y en los que no pusieron obstáculos, Dios actuó. Y la mayoría de ellas las impartí revestido de alba y estola y en la capilla o templo, o cuando no había templo, debajo de un árbol de mango. Por eso, por mucho que lo intento, y muchas veces que la leo, no entiendo a qué viene la Declaración del Prefecto de la Fe, ni qué aclara, ni que novedad aporta. Y sé que muchos de entre nuestros fieles, tampoco. Incluso a muchos nos parece escandalosa, por lo que, sin decir explícitamente, parece dar a entender. 

No seré yo quién acuse a nadie de herejía, pero no puedo dar mi asentimiento a lo que es confuso, contradictorio y daña la unidad de la fe y la comunión en la Iglesia. En estas circunstancia de confusión y escándalo, el silencio de los pastores sería una grave falta contra la caridad pastoral. Por eso, junto con otros hermanos sacerdotes misioneros, iniciamos la petición al Santo Padre para que, por el bien de la Iglesia, retirase la Declaración «Fiducia supplicans».

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7 de enero de 2024: DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR “B”


«Te he llamado,… te he tomado de la mano,…
y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones»

Is 42,1-4.6-7: «Mirad a mi siervo, en quien me complazco»
Sal 28: «El Señor bendice a su pueblo con la paz»
Hch 10,34-38: «Ungido por Dios con la fuerza del  Espíritu Santo»
Mc 1,7-11: «Tú eres mi  Hijo amado, en ti me complazco»

I. LA PALABRA DE DIOS

«La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará». Son palabras que manifiestan la confianza de Dios en el hombre, a pesar de todas sus debilidades y vacilaciones. Quien sigue a Cristo habrá de estimar posible su salvación por lejana y difícil que le parezca. Nuestra esperanza está puesta en Jesucristo, no en nuestras fuerzas.

San Marcos destaca el carácter teofánico del Bautismo de Jesús. El relato es una manifestación de fe en la divinidad de Cristo y un anuncio de lo que sucede en el Bautismo cristiano: que también somos ungidos por el Espíritu Santo, que somos hechos hijos de Dios, que entramos en comunión con la Santísima Trinidad.

El pasaje incluye, además del relato del bautismo en sí –muy breve en Marcos–, el anuncio del Bautista de que «Él os bautizará con Espíritu Santo»; con ello se pone de relieve que precisamente por ser el Mesías y estar lleno del Espíritu, Jesús puede bautizar –es decir, sumergir– en Espíritu a todos los que le aceptan.

«Fue bautizado por Juan». Siendo inocente y santo, al bautizarse, Jesús pasa por un pecador; por eso Juan quiere impedírselo (Mt 3,14). Jesús inicia su vida pública con la humillación, lo mismo que había sido su infancia y seguirá siendo toda su vida hasta acabar en la suprema humillación de la cruz. Jesús vive en la humillación permanente; no sólo acepta la humillación, sino que Él mismo la elige. ¿Y nosotros?

«Vio rasgarse los cielos». Los cielos –tanto tiempo cerrados– ahora se rasgan: en Jesús se ha restablecido la comunicación de Dios con los hombres y de los hombres con Dios; con Jesús, siervo de Yahvé e Hijo muy amado de Dios, comienza una etapa nueva. 

En el relato del bautismo, Jesús aparece como el «Hijo amado» del Padre. Esta es su identidad y su misterio a la vez: este hombre es el Hijo único del Padre, Dios igual que Él. Toda la vida humana de Jesús es una vida filial; vive como Hijo, y se sabe y se siente amado por el Padre: «El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus manos» (Jn 3,35). También nosotros somos hijos de Dios por la gracia recibida en el bautismo. Pero nuestra vida cristiana no tendrá base sólida ni cobrará altura si no vivimos en la benevolencia del Padre y no experimentamos la alegría de ser hijos amados de Dios.

El «Espíritu … bajaba hacia él como una paloma». El bautismo de Jesús pone de relieve que Él es efectivamente el Mesías, el Ungido de Dios. Ungido por el Espíritu Santo, toda su existencia va a ser conducida por este Espíritu (Lc 4,1.4).

Dios viene al mundo a través de la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad. El bautismo de Cristo fue la primera manifestación explícita de la Santísima Trinidad: la presencia física del Hijo, la voz del Padre, y el Espíritu Santo, bajando como una paloma.

Jesús es totalmente dócil a la acción del Espíritu Santo en Él, y nos da su mismo Espíritu a nosotros. ¿Tengo conciencia de ser «templo del Espíritu Santo»? (1Cor 6,19) ¿Conozco al Espíritu Santo o soy como aquellos discípulos de Juan que ni siquiera sabían que existía el Espíritu Santo? (He 19,2). «Los que se dejan llevar por el Espíritu, esos son los hijos de Dios» (Rom 8,14): ¿me dejo guiar dócilmente por este Espíritu que mora en mí? ¿Experimento como Jesús «la alegría del Espíritu Santo»? (Lc 10,21). ¿Dejo que Él produzca en mí sus frutos? (Gal 5,22-23).

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús, el Cristo, el Mesías, el Ungido
(151, 436, 438)

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su complacencia. Dios nos ha dicho que les escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí». Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado». Porque «ha visto al Padre», él es único en conocerlo y en poderlo revelar.

Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido«. Pasa a ser nombre el propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa.

La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su misión divina. «Por otra parte, eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobre entendido El que ha ungido, El que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: El que ha ungido, es el Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción» (S. Ireneo de Lyon). Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su bautismo por Juan, cuando «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38) «para que él fuese manifestado a Israel» (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como «el santo de Dios».

El bautismo de Jesús
(536, 537)

El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»; anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia», es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre Él. De Él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con Él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y vivir una vida nueva.

Los frutos del Bautismo
(1279)

El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original y de todos los pecados personales; el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.

El Sello o carácter bautismal
(1280, 1272, 1273, 1274)

El Bautismo imprime en el alma un signo espiritual indeleble de su pertenencia a Cristo, el carácter, que consagra al bautizado al culto de la religión cristiana. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación. Dado una vez por todas, por razón del carácter, el Bautismo no puede ser reiterado.

El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz.

El «sello del Señor», es el sello con que el Espíritu Santo nos ha marcado «para el día de la redención». El Bautismo, en efecto, es el sello de la vida eterna. El fiel que «guarde el sello» hasta el fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo, podrá morir marcado con «el signo de la fe», con la fe de su Bautismo, en la espera de la visión bienaventurada de Dios –consumación de la fe– y en la esperanza de la resurrección.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Considera dónde eres bautizado, de dónde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: Él padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado» (San Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Una voz se levanta en el llano:
«Convertíos y haced penitencia»;
el Señor se sumerge en las aguas
para darnos la vida por ellas.

En Caná manifiesta su gloria
con el cambio del agua en el vino,
esperando la hora fijada
en que habrá de explicar este signo.

Escuchando tu voz, Padre amado,
veneramos a tu único Hijo,
sobre el cual el Espíritu Santo
descendió para ser tu testigo.

Amén.